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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.36  supl.espect2 Arica sep. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562004000400024 

 

Volumen Especial, 2004. Páginas 833-845
Chungara, Revista de Antropología Chilena

ESTADIO FISCAL DE OVALLE: REDESCUBRIMIENTO DE UN SITIO DIAGUITA-INCA EN EL VALLE DEL LIMARÍ

 

Gabriel E. Cantarutti Rebolledo* y Rodrigo Mera Moreno**

* Camilo Mori 1152, La Serena. luzbelvox@hotmail.com

** San Diego 1576, Depto. 406, Santiago. meragol@entelchile.net


Estadio Fiscal de Ovalle fue un importante asentamiento del período incaico ubicado en la cuarta región de Coquimbo. Pese a haber sido excavado en múltiples oportunidades, permanecía virtualmente inédito. Este artículo reúne la información de antiguas excavaciones y nuevos estudios sobre el sitio y su colección. En especial, se examina de manera introductoria la variabilidad estilística de la alfarería.

Palabras claves: Cultura Diaguita, estado Inca, valle del Limarí, alfarería Inca, alfarería Diaguita.


Estadio Fiscal de Ovalle was an important settlement of the inca period located at Coquimbo, Chile's fourth region. Despite being excavated several times, it has remained nearly unpublished. This paper assembles information gathered from old excavations and new investigations about the site and its collection. Specially, pottery stylistic variation is introductory examined.

Key words: Diaguita culture, Inca state, Limarí valley, Inca pottery, Diaguita pottery.


 

Estadio Fiscal de Ovalle (EFO), es un sitio casi mítico en el contexto de las investigaciones que han abordado la expansión del estado Inca en el norte semiárido chileno. Hacer referencia a su existencia ha sido condición obligada para investigadores que han estudiado el tema (Niemeyer 1969-70, 1971; Ampuero 1969, 1994; Llagostera 1976; Stehberg 1995). Sin embargo, nunca se ha conocido una descripción integral del sitio, que clarifique aspectos vinculados a su ocupación ni a las características de los hallazgos realizados a partir de la década de 1930. Con el paso de los años, las personas que dirigieron las excavaciones fallecieron y con ellos comenzaba a perderse un cúmulo significativo de información contextual.

Gracias a dos proyectos patrimoniales de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM)1 hemos logrado desarrollar una investigación sobre la colección EFO, haciendo de paso un estudio exploratorio del sitio. En este artículo, presentamos una síntesis de la información generada, centrándonos hacia el final en la variabilidad iconográfica y morfológica de las vasijas de la colección. Nuestra intención es que este sea un trabajo introductorio de otros más específicos dirigidos a profundizar el estudio del sitio y sus materiales.

Advertimos al lector que el concepto Diaguita-Inca es empleado con un sentido exclusivamente cronológico, para señalar que una pieza o determinadas manifestaciones pertenecen a la fase de aculturación incaica de la cultura Diaguita. Para clasificar la variabilidad estilística de la alfarería en este período, proponemos el uso de nuevos conceptos2.

Estudio Exploratorio del Sitio

El sitio se ubica en el límite suroeste de la ciudad de Ovalle (30º 36'' L.S. - 71º 12'' L.O.), aproximadamente 3 km al oeste de la confluencia de los ríos Hurtado y Grande, donde nace el río Limarí. Emplazado sobre la ribera norte del valle, se extiende a lo largo de la primera terraza, a unos 200 msnm y a 50 km en línea recta de la costa.

Descubrir la extensión y, por ende, el tamaño del sitio ha sido una tarea compleja. Hacia el norte y al oriente del recinto deportivo municipal los terrenos están urbanizados y se han construido poblaciones. Hacia el sur la situación no es distinta, sólo que un centenar de metros más allá se encuentra el lecho del río Limarí. Hacia el poniente, entre el estadio y la ruta 45, que conduce a Socos, la terraza presenta fundamentalmente plantaciones de vides. En esta última área de 577.000 m2 aproximadamente, se planificó una prospección. A pesar de las modificaciones en la distribución del material producto de la actividad agrícola, se reconocen dos sectores donde la densidad de material artefactual (básicamente cerámico y lítico) es mayor. Entre ambos focos no se verifica el concepto de suelo estéril (Berenguer 1987), aunque se reconoce que la densidad de material que media entre ellos es muy baja. En el pasado, es posible que los sectores se manifestaran como dos sitios independientes; sin embargo, hemos preferido interpretar la muestra observada como parte de un solo sitio, manteniendo el nombre de Estadio Fiscal de Ovalle. Los sectores que hemos diferenciado reciben los nombres de Estadio Municipal y El Mirador. Ambos coinciden con espacios dentro de los cuales se han descubierto tumbas.

El sector El Mirador fue ocupado al menos por población diaguita de tiempos preincaicos e incaicos y, con seguridad, este foco se prolonga hacia el poniente de la ruta 45. Las tumbas encontradas por trabajadores agrícolas, el Dr. Durruty y posiblemente el mismo Cornely (1956), exhiben elementos diaguitas fase II y otras muestran objetos de la fase inca (minoritarios). Aunque durante la recolección se recuperó un fragmento de posible asignación temprana (Molle), pensamos que de verificarse un eventual componente este sería de considerable menor intensidad que las ocupaciones tardías.

El sector Estadio Municipal, en tanto, siempre ha sido conocido como un "cementerio"; no obstante, su realidad es todavía más compleja. En el marco de la prospección, se observó y recuperó fragmentería cerámica diagnóstica de la fase Diaguita III. Dentro de este conjunto fue posible determinar la presencia de vasijas que imitaban formas de alfarería inca, como aríbalos y platos planos u ornitomorfos, advirtiéndose al mismo tiempo formas de inspiración local como platos campanuliformes. Estas y otras formas restringidas y no restringidas yacen como evidencia de actividades ligadas a la preparación, consumo y almacenamiento de alimentos, siendo empleadas en contextos cotidianos y presumiblemente político-ceremoniales.

Junto con la cerámica se observó material lítico, destacando la presencia de puntas de proyectil con aletas y pedúnculo, características de la cultura Diaguita en esta zona. Son abundantes los instrumentos de molienda (manos y morteros) y los artefactos de tipo expeditivo elaborados a partir de guijarros obtenidos localmente. A su vez, se descubrieron restos de material malacológico, confirmándose el acceso a recursos del litoral, ya observados en las tumbas del sector.

El salvataje de una tumba diaguita-inca en el predio vecino al estadio (inmediatamente al poniente), permitió confirmar la existencia de un componente alfarero temprano en este sector del sitio. En los niveles superiores a la tumba, se observó abundante fragmentería de la fase III, mezclada con algunos pocos fragmentos Molle. En este caso, la alteración estratigráfica registrada no sólo se explica por la actividad agrícola, sino que también por la ocupación tardía y su dimensión funeraria.

Pozos de sondeo practicados al norte de la cabecera del estadio mostraron un depósito con capas apisonadas, algo contaminadas con material subactual, pero sin mayor alteración estratigráfica. La potencia se concentró en los primeros 20 cm y sólo se pudo distinguir un componente, atribuido a la fase inca, detectándose fragmentería en todo similar a la recolectada durante la prospección. Aunque hay tumbas que datan de tiempos histórico-tempranos, los pozos no permitieron descubrir claras asociaciones artefactuales propias de aquel momento.

Es importante consignar que la producción de vasijas cerámicas debió ser una actividad relevante en este sector del sitio. Así lo atestigua más de una veintena de desbastadores cerámicos3 hallados en 1964 por Ampuero y Rivera, que el primer investigador clasificó en tres tipos (Ampuero 1969). Al mismo tiempo, la fundición de minerales está representada por la presencia de cantidades significativas de escoria y algunos pocos fragmentos de moldes cerámicos encontrados en los pozos. Uno de ellos es similar a los hallados en el asentamiento santamariano de Valdéz (provincia de Salta, valle Calchaquí), donde eran empleados para la producción de lingotes de cobre (Earle 1994). Otras evidencias ligadas a esta actividad se observan entre los materiales recuperados por Grete Mostny en 1962 (en Museo Nacional de Historia Natural-MNHN).

Los sondeos confirmaron, además, el tradicional aprovechamiento de auquénidos a través de la identificación de restos pertenecientes al género Lama (no fue posible determinar especie) y se reconoció la presencia de bivalvos, gastrópodos y otros moluscos, cuyas conchas pudieron ser empleadas como fundente en actividades metalúrgicas.

El material lítico, por su parte, se vincula a la talla lítica donde predominan lascas y desechos de diverso tamaño, sin modificaciones. En su mayoría las materias primas son locales y a estas se suman otras alóctonas como jasperoides, cuarzo y obsidiana, presentes en microlascas y microdesechos que se relacionan con el reavivado de filos y la formatización de instrumentos.

El Ámbito Funerario

A partir de diversas fuentes, hemos podido establecer una sucesión de eventos durante los cuales se excavaron diferentes espacios del sitio. Estos lugares, cuya ubicación en algunos casos no hemos logrado precisar, los hemos denominado locus. En casi todos ellos se descubrieron conjuntos de unidades funerarias.

El primer hallazgo del cual existen registros ocurrió a comienzos de la década de 1930 producto de la construcción de un colector de alcantarillado. Esto, cuando el espacio era ocupado en faenas agrícolas y recibía el nombre de Hijuela Verdún (Iribarren 1949). Varios años más tarde, en noviembre de 1962, el sitio es redescubierto cuando se inician las obras de construcción definitiva del estadio. Las primeras tumbas son encontradas por obreros de la empresa constructora y excavadas por el Dr. G. Durruty. Más tarde Grete Mostny continuó las excavaciones, realizando un trabajo sistemático dirigido no sólo a recuperar las tumbas, sino también los restos de la ocupación diaguita-inca en los niveles superiores. Conforme avanzaban las obras de construcción del estadio, la Sociedad Arqueológica de Ovalle condujo nuevas excavaciones en los años 1963, 1964 y 1966. Como lo adelantáramos arriba, en el mismo año 1964, Ampuero y Rivera también practicaron excavaciones. Los hallazgos de tumbas dentro del recinto deportivo terminan en 1971, cuando la Sociedad Arqueológica de Ovalle excavó dentro de la misma cancha (área penal norte), aprovechando obras dirigidas a mejorar el drenaje. Sin embargo, en el lugar que actualmente ocupa la planta de Pisco Control, se habían encontrado tumbas en el año 1969, aparentemente en el marco de la instalación de una planta lechera. Posteriormente, en 1991, Biskupovic y personal del museo del Limarí efectuaron el salvataje de un nuevo conjunto de tumbas en el lugar (Biskupovic 1999). Finalmente, nosotros hemos realizado el salvataje de una tumba en el predio agrícola vecino al estadio, lográndose confirmar la presencia de un nuevo grupo de tumbas.

El proceso de recontextualización a nivel de tumbas sólo ha permitido reconstruir contextos funerarios de la fase inca, contándose además una tumba con elementos europeos que la adscriben a tiempos histórico-tempranos (locus Grete Mostny 1962, tumba I). Aunque en la colección existe una veintena de vasijas cerámicas entre las que se cuentan piezas fase I, fase II y otras claramente tardías sin asignación a fase, la adscripción de estas al sitio es dudosa. En estos casos la información relativa a procedencia es pobre y pudieron ocurrir errores al ser documentados los antecedentes en el museo.

La superficie que alberga tumbas es considerable y aparentemente no se distribuyen en forma continua. Observando la Figura 1, podemos diferenciar, de oriente a poniente, tres focos de concentración. El primero, conformado por los loci Hijuela Corazón de María o Planta Lechera 1969 y Planta Pisco Control 1991, con tumbas en lo que actualmente es el frontis de la planta pisquera. El segundo es el más extenso conocido hasta ahora y está integrado por los loci Empresa Constructora Limarí Ltda. 1962; Grete Mostny 1962; Luciano Pinto 1963; Sociedad Arqueológica de Ovalle 1963, 1964, 1966, y Área Penal Norte de la Cancha Principal 1971. Esta es la concentración que compromete fundamentalmente la cabecera norte del estadio, aproximadamente 80 m al poniente del primero. El tercero corresponde a un nuevo conjunto de tumbas descubierto durante el salvataje efectuado en el predio 1, aproximadamente 115 m al poniente de la galería sur del estadio. Es importante mencionar que, aunque hemos hablado de focos con concentraciones de tumbas, ignoramos si las unidades pudieron estar reunidas en pequeños grupos dentro de éstos.

Tomando como base la recontextualización de los conjuntos funerarios, se estima que el número total de tumbas debería aproximarse a 56, sin considerar el indeterminado número de unidades encontradas en el locus Hijuela Verdún (1931) y el nuevo grupo encontrado por nosotros.

Gracias a los hallazgos de la última década y algunos antecedentes recopilados, podemos señalar algunas características generales de los contextos funerarios. Los restos yacen a una profundidad que fluctúa entre los 60 y 130 cm de la superficie. En general, se trata de entierros simples, pero también los hay dobles y múltiples tipo osario. Los individuos parecen descansar directamente sobre la tierra, pues no existen descripciones de rasgos inorgánicos bajo los cuerpos (p.e. emplantillados) o eventualmente indicios de otros elementos orgánicos no conservados (p.e. esteras de fibras vegetales). Se han reconocido acumulaciones de guijarros sin modificaciones o pequeños alineamientos en los costados o en los extremos de los individuos.


Figura 1. Ubicación de antiguas excavaciones y pozos de sondeo en el sector Estadio Municipal.

Tampoco se han encontrado tumbas de cistas como en otros sitios contemporáneos (p.e. Fundo Coquimbo, en el valle de Elqui). No obstante, en el locus Sociedad Arqueológica de Ovalle 1964, se descubrió una tumba extraordinaria. Correspondía a una estructura cuadrangular de 2 x 2 m aproximadamente, de sección trapezoidal invertida y cuyas paredes estaban construidas con guijarros de aspecto tabular y sin cantear. De acuerdo a las noticias de la época, su contexto era igualmente llamativo en cantidad y composición. Sin duda, esta fue la tumba de un personaje reconocido de manera especialmente particular por la sociedad, la cual debió mantener un elevado compromiso colectivo hacia el individuo. Si seguimos los planteamientos de Tainter (1978:125), esto se reflejaría en la mayor cantidad de energía que el grupo ha invertido en la preparación de la tumba, en respuesta a su elevado estatus. Desgraciadamente, este contexto está muy incompleto.

En la Planta Pisco Control, la posición de los esqueletos fue preferentemente extendida, decúbito dorsal, variando la posición de los brazos. También se encontró un cuerpo decúbito dorsal, pero semiflectado y otros dos decúbito ventral extendido. En los trabajos del año 1966, en cambio, la prensa informa que la mayoría de los individuos estaba en posición "genuflexa izquierda" (¿decúbito lateral izquierdo con las piernas flectadas?).

Respecto a las ofrendas y ajuar, cabe apuntar que se han encontrado cuerpos con y sin estos elementos. Entre estos últimos, figuran dos "niños" encontrados en el locus Sociedad Arqueológica de Ovalle 1966. Los objetos que acompañan comúnmente a los individuos, incluyen vasijas cerámicas y artefactos de hueso, como agujas, instrumentos aguzados relacionados posiblemente a textilería y adornos o torteros. Otros elementos menos frecuentes corresponden a instrumentos de molienda (manos y morteros), puntas de proyectil, cuentas de piedra, distintos tipos de cinceles, desbastadores cerámicos, espátulas, aros y tupus. Los aros en su mayoría son de cobre o de metales ricos en este elemento (¿bronce?), pero la prensa también informa el hallazgo de aros de plata, en el año 1966. Aunque este dato es poco confiable, en la colección se conserva uno de ellos. La presencia de este y otros escasos elementos de plata en la colección, representan importantes indicadores que se asociarían a individuos de alto estatus social, o bien a contextos de profunda significancia simbólica en el marco de la cosmovisión Inca (Helms 1981; Rostworowski 1983).

Cerca de los individuos y dentro de las vasijas cerámicas, también se han encontrado ecofactos tales como valvas de moluscos y restos óseos de animales. Actualmente sólo se conservan los elementos hallados durante el salvataje de la Planta Pisco Control y estos no han sido identificados taxonómicamente. Menos frecuente todavía es la presencia de pigmentos minerales ferrosos y cupríferos (malaquita pulverulenta).

En relación a los individuos mismos, las únicas observaciones bioantropológicas existentes son las realizadas a los esqueletos de Pisco Control (Hagn y Constantinescu 1999, en Biskupovic 1999). De los trabajos y hallazgos anteriores sólo se conservan unas pocas unidades anatómicas aisladas, que difícilmente podrían proporcionar información bioantropológica relevante. Los informantes y la misma prensa recuerdan que los esqueletos encontrados durante la década de 1960 eran muy frágiles al tacto y que generalmente los restos no eran recuperados.

Respecto a la información bioantropológica, sugerimos al lector consultar la referencia mencionada. En esta síntesis sólo destacaremos que la deformación craneana bilobulada -definida por Munizaga (1987)- fue reconocida por los investigadores como una práctica recurrente en individuos de ambos sexos. Esta clase de deformación no había sido descrita antes para población diaguita preincaica, lo cual les ha llevado a plantear que pudo ser introducida en la zona en tiempos incaicos. Recientemente, María Rosado también ha observado este material y, a su juicio, la alteración que presentan los cráneos es tabular erecta, siendo virtualmente la misma que muestran individuos de las fases II y III, procedentes de Illapel, El Olivar y Peñuelas Alto. En su opinión, es una variación que acentúa la división de los parietales, generando un aspecto "bilobulado"(comunicación personal 2001). Si dicha "variación" era culturalmente significativa para la sociedad, es una cuestión que resta por resolver.

A diferencia de las unidades parcialmente reorganizadas en el marco de nuestra investigación, las tumbas casi completas del locus Planta Pisco Control permiten inferir actividades desarrolladas por los habitantes del asentamiento. De esta manera, se reconocen contextos vinculados al hilado y textilería, chamanería, producción cerámica y carpintería, entre otros. El análisis particular de los contextos funerarios amerita un tratamiento aparte, por lo cual hemos reservado dicho trabajo para otro momento.

Fechados Absolutos

Actualmente, el sitio cuenta con ocho fechados absolutos obtenidos por termoluminiscencia4.

De las vasijas que acompañaban la tumba rescatada en el predio vecino al estadio, se determinó fechar un aríbalo. La muestra arrojó como resultado la fecha de 510 ± 50 a.p. o 1.490 d.C. (UCTL 1388).

Para experimentar con objetos de la colección, se fechó un plato ornitomorfo perteneciente a la tumba I del locus Grete Mostny 1962, y un plato plano correspondiente a la tumba III, del locus Área Penal Norte de la Cancha Principal 1971. En ambos casos, la cuantificación de elementos radioactivos en el suelo circundante se determinó empleando el dosímetro instalado en la tumba rescatada en el predio vecino. Las dos fechas resultaron idénticas: 480 ± 45 a.p. o 1.520 d.C. (UCTL 1090 y UCTL 1091).

Aunque la tumba I (locus Grete Mostny 1962) presenta elementos hispanos de la primera mitad del siglo XVI (cuentas del tipo chevrón o venecianas y Nueva Cádiz), el contexto reorganizado y las fotografías existentes muestran que el conjunto se ordena de manera similar a otras tumbas de evidente data prehispánica (ej. locus Planta Pisco Control 1991; locus Sociedad Arqueológica de Ovalle 1966). En este sentido, la tumba se vincula claramente a la cultura Diaguita y las cuentas figuran como elementos intrusivos. A nuestro juicio, el valor de 1.520 d.C. es aceptable, ya que señalaría una fecha aproximada para la fabricación de la vasija. Pensamos que el contexto en sí podría pertenecer a los primeros años de la conquista (1.536 a 1.550 d.C. aprox.).

Para obtener un parámetro cronológico respecto a la ocupación del sitio, se fecharon cinco muestras seleccionadas de un mismo pozo. Las muestras fueron escogidas dentro de capas que contenían desechos artefactuales y ecofactuales, atribuidos al período de ocupación incaica y a un momento que podría ser histórico-temprano o fini-prehistórico. Considerando que la presencia incaica en el semiárido chileno se iniciaría entre el 1.400 a 1.470 d.C., que los fechados absolutos representan aproximaciones estadísticas al calendario astronómico y que el depósito ha sufrido procesos de alteración que han podido influir en la cuantificación de los elementos radiactivos en el suelo, podemos afirmar que los resultados que presentamos a continuación son aceptables.

Los tres primeros entregan valores centrales que se inscriben dentro del rango temporal propuesto y pensamos que son consistentes con los niveles de precisión que el método puede ofrecer. Los fechados son los siguientes: 595 ± 55 a.p. o 1.400 d.C. (UCTL 1095, cerámica); 585 ± 60 a.p. o 1.410 d.C. (UCTL 1094, cerámica); y 555 ± 55 a.p. o 1.440 d.C. (UCTL 1093, cerámica).

Los otros dos fechados muestran valores centrales que sitúan el desarrollo de actividades metalúrgicas en tiempos histórico-tempranos: 415 ± 40 a.p. o 1.580 d.C. (UCTL 1092, molde cerámico) y 405 ± 35 a.p. o 1.590 d.C. (UCTL 1234; escoria). La similitud entre un fragmento de molde fechado y aquellos descritos para asentamientos de Salta (Earle 1994) sugiere que las tareas involucradas (producción de lingotes) serían propias de una tradición metalúrgica prehispánica. A nuestro juicio, es improbable que labores de fundición como esta hayan perdurado en el sitio hasta fines del siglo XVI. Más factible es que las fechas (y por ende las actividades) se vinculen a momentos inmediatamente anteriores o posteriores al arribo hispano (1.520 a 1.545 d.C., aproximadamente).

Los fechados de los pozos dan cuenta de una secuencia coherente con el principio de superposición estratigráfica. Podría llamar la atención que los valores centrales fuesen diferentes con aquellos de las tumbas; no obstante, las distancias son sólo de unas decenas de años, situación que está acorde con la precisión del método y las transformaciones del depósito.

Variabilidad Estilística en la Alfarería de la Colección

La recontextualización de los conjuntos descubiertos antes de la década de 1990 en el sector Estadio Municipal se llevó a cabo agrupando las piezas en tres niveles básicos de asociación espacio-temporal, a saber: sitio, locus y unidad funeraria. Durante este proceso no todos los objetos pudieron alcanzar el nivel de asociación contextual más específico y varios sólo pudieron ser adscritos a un locus o, en el peor de los casos, simplemente al sitio. Este universo está compuesto por 496 elementos, a los que se suman unas decenas de fragmentos cerámicos (72) y algunos pocos restos esqueletales muy incompletos. Entre los ítemes presentes, son las vasijas cerámicas (272) las que en mayor proporción han podido ser asignadas a un locus y luego a una tumba específica. Gracias al valor que la alfarería posee como potencial indicador de contactos culturales, hemos centrado el interés en ellas. Aunque por razones de espacio, en este trabajo no podemos analizar la distribución de las vasijas a nivel de tumbas, es interesante examinar la heterogeneidad de expresiones que generalmente son englobadas en una sola canasta, con el nombre de alfarería Diaguita-Inca.

Una primera distinción que hicimos fue diferenciar las piezas de producción local de aquellas foráneas. Las primeras corresponden a vasijas que pudieron ser elaboradas en el mismo sitio o en otras zonas del valle, pero dentro de la región nuclear donde habitaron poblaciones que asociamos a la cultura Diaguita. Las piezas foráneas son para nosotros aquellas elaboradas en otras regiones, por entidades culturales distintas a la diaguita y que fueron trasladadas al sitio.

La determinación del carácter local o foráneo se realizó, por una parte, observando la pasta de las piezas que ofrecían secciones observables, con una lupa petrográfica con aumento de 10x y luz natural. Se caracterizó el tipo de inclusiones, sus formas, tamaños y se definieron familias de pastas que fueron catalogadas como locales o foráneas de acuerdo al criterio de abundancia (Bishop et al. 1982). Esta información fue cruzada, a su vez, con la observación de atributos morfológicos y decorativos. En el caso de aquellas piezas cuya pasta no pudo ser observada, la determinación fue propuesta a base de una combinación de criterios, como la observación de las formas, decoración y las superficies no engobadas, comparando esta información con aquella disponible para las piezas cuyas pasta pudo ser observada.

Basándonos en la clasificación de Calderari y Williams (1991) para el Noroeste Argentino (NOA), decidimos agrupar la alfarería del sitio en cuatro clases. El resumen de las definiciones es el siguiente:

1. Alfarería Inca Cuzqueña: Corresponde a piezas producidas y trasladadas desde el área cuzqueña, que pueden ser clasificadas dentro de la tipología de John Rowe (1944).

2. Alfarería Inca Provincial: Corresponde a piezas que imitan en mayor o menor grado a la alfarería inca cuzqueña en morfología, estructura de los diseños y diseños. En este sentido, pueden ser catalogadas como imitaciones de los tipos definidos por Rowe. Son reproducciones producidas con materias primas locales y por alfareros que probablemente no fueron cuzqueños.

3. Alfarería Inca Mixta: Está compuesta por piezas que imitan las formas y decoraciones cuzqueñas, pero combinando elementos cuzqueños y no cuzqueños a nivel de morfología, estructura de los diseños y/o diseños. Dentro de esta clase se reconoce cerámica como la del estilo Casa Morada Policromo (Calderari 1991) e Inca Pacajes (Ryden 1947).

4. Alfarería de la Fase Inca: Estas vasijas no responden a los estándares morfológicos cuzqueños y reflejan que, paralelamente a la producción de formas incaicas, la población local continuó desarrollando su propia tradición alfarera. En muchos casos, estas tradiciones experimentaron transformaciones y recibieron aportes producto del nuevo contexto sociopolítico. Las piezas, por lo tanto, muestran en algunos casos elementos que perduran y otros que cambian a nivel de morfología y decoración (ej. Yocavil Policromo, Famabalasto Negro sobre Rojo).

Cabe mencionar que las tres primeras son englobadas bajo el concepto genérico de alfarería Inca, ya que conservan o imitan la morfología de la cerámica producida en el Cuzco y sus alrededores.

Alfarería de factura foránea

Habiendo diferenciado la producción local de la foránea, nos propusimos identificar dentro de las clases de alfarería foránea, tipos o estilos cerámicos definidos a partir de la bibliografía especializada. Entre estas piezas se identificó una "ocarina" (Nº de registro 11.2005) que podría ser Inca Cuzqueña, del tipo Cuzco Policromo (Rowe 1944). Es la única pieza que adscribiría a la primera categoría, siendo similar y más prolijamente decorada que otros ejemplares encontrados en Machu Picchu (Bingham 1931: 210) y Sacsahuamán (Valcárcel 1934:29).

También se reconocieron platos ornitomorfos correspondientes a alfarería Inca Provincial, de adscripción cultural desconocida, que imitan a los tipos que Rowe (1944) llamó Cuzco Ante (11.0207; 11.0208) y Cuzco Rojo y Blanco (11.0210; Rojo Engobada).

Entre la alfarería Inca Mixta de producción foránea, se reconoce una botella (11.0199) y un aríbalo (11.0009) del estilo Casa Morada Policromo (sensu Calderari 1991). A esta pieza, podría sumarse un plato ornitomorfo (11.0573), pero su asignación a dicho estilo todavía es dudosa. Dentro de la misma alfarería Inca Mixta, se identifica una botella (11.0007) de origen desconocido, muy similar a un ejemplar encontrado en La Serena (González 1994:11) y a otros de sitios próximos a Copiapó (Castillo 1997:252). En estas botellas, el cuerpo presenta una decoración con cuatro bandas verticales dispuestas en forma cuatripartita desde la unión cuello-cuerpo, sumándose al diseño "llamitas estilizadas" dispuestas entre las bandas. Aunque generalmente se vincula las "llamitas estilizadas" a la escasamente documentada cerámica Inca pacajes, este motivo, que en las piezas figura aún más simplificado, también aparece con variantes locales en vasijas no restringidas de la puna de Jujuy y el extremo norte del valle Calchaquí (Gentile 1991). Si bien el elemento decorativo que vemos en las botellas podría tener su origen en el altiplano meridional boliviano o en variantes de la región septentrional del NOA, hasta donde sabemos este tipo de botellas ha sido encontrado mayoritariamente en la tercera región de Atacama.

También existe en el sitio una pieza foránea correspondiente a alfarería de la fase inca, cuya adscripción cultural no hemos podido identificar con seguridad. Se trata de un puco (11.0671), que presenta borde, base y pasta muy similares a piezas del complejo Chicha, en su variedad Chicha Naranja Natural (Raffino et al. 1986). Cabe mencionar que la cerámica de este complejo incluye los tipos que Krapovickas y Aleksandrowicz (1986-87) definieron para la cultura Yavi, cuyas manifestaciones se distribuyen fundamentalmente entre el sur boliviano y el extremo nororiental de la puna argentina (Tabla 1).

En total, la cerámica de producción foránea representa un 5% del total de las piezas del sitio (N = 252).


Alfarería de factura local

Entre las piezas de producción local, se cuentan 20 vasijas que han sido asociadas al sitio en forma dudosa y las hemos excluido de este trabajo. A nivel de clases, se reconoció alfarería de factura local Inca Provincial, Inca Mixta y alfarería de la fase Inca (Tabla 2). Al interior de esta última, hemos definido dos clases de alfarería que hemos llamado Diaguita Patrón Local y Diaguita Mixta. Ambas reflejan que, paralelamente a la producción de formas incaicas, la población local siguió desarrollando su tradición alfarera.

La alfarería Diaguita Patrón Local está integrada por piezas que no responden a los estándares morfológicos cuzqueños, encontrándose formas que perduran desde tiempos preincaicos, otras que muestran transformaciones respecto de sus predecesoras y algunas que son novedosas. Incluye piezas alisadas, pulidas, engobadas, así como engobadas y pintadas. En estos últimos casos, la decoración no acusa influencias foráneas. Algunas de las vasijas más frecuentes son jarros, urnas, escudillas, platos de paredes altas, platos zoomorfos, jarros zapatos, ollas y pucos.

La alfarería Diaguita Mixta también incluye piezas que no responden a los estándares morfológicos cuzqueños, al punto que hay formas que se repiten entre esta y la alfarería Diaguita Patrón Local (ej. platos zoomorfos). Sin embargo, a diferencia de esta última, la alfarería Diaguita Mixta reúne a las piezas que muestran atributos morfológicos y/o decorativos que se asocian a entidades foráneas, creándose híbridos que reflejan sincretismos sobre un sustrato local. Las influencias que se advierten son diversas y generan distintas mixturas; no obstante, la influencia cuzqueña es la más frecuente. Algunas formas frecuentes en esta clase cerámica son platos campanuliformes, jarros patos y jarros antropomorfos.

A pesar de que no podemos describir en detalle ejemplos dentro de cada una de las clases cerámicas de producción local, a continuación intentaremos entregar una visión general sobre ellas.

La alfarería Inca Provincial es la más numerosa y llega al 37% del total (252). Dentro de esta categoría se cuentan básicamente aríbalos, platos planos, platos ornitomorfos, botellas y ollas de pie que imitan los tipos Cuzco Policromo, Rojo y Blanco y Ante.


La alfarería Inca Mixta tiene una representación cercana al 9%, lo cual refleja que, dentro del ámbito funerario y en el marco de la producción local, las formas de imitación cuzqueña son poco receptivas a diseños y estructuras de diseños no cuzqueños. Las influencias que otorgan un carácter mixto a las piezas de esta clase cerámica son fundamentalmente de origen diaguita o presumiblemente diaguita. En estos casos, aríbalos, y en menor proporción platos planos, experimentan transformaciones en sus estructuras de diseño, incorporando al mismo tiempo diseños que se identifican con mayor o menor certeza con la tradición alfarera diaguita (ej. 11.0145 y 11.0110).

Dentro de la alfarería Inca Mixta también hemos podido distinguir influencia Inca Pacajes en dos platos planos (11.0112; 11.2004), un plato ornitomorfo (11.0154) y una olla (11.0023). En estos casos, la influencia se expresa a través de las figuras de "llamitas estilizadas", organizadas concéntricamente al interior de los platos y en el exterior de la olla. A diferencia de los ejemplares altiplánicos, en estos las "llamitas" son siempre pintadas sobre engobe blanco, mezclándose en los platos, con diseños que imitan a los cuzqueños5.

Otros aportes identificados en la cerámica Inca Mixta son los escasos ejemplos con influencia Copiapó (11.0109; estilización del rostro Copiapó Negro sobre Rojo) o aquellos donde la propia influencia diaguita se mezcla con recreaciones locales de figuras antropomorfas y ornitomorfas incluidas en la tradición estilística santamariana (Serrano 1976; Podestá y Perrota 1973, Weber 1978 y 1981). Establecer relaciones entre las recreaciones locales de Coquimbo y las variantes regionales santamarianas valle a valle no es algo simple, razón por la cual preferimos hablar de influencia del NOA valliserrano. Aunque en el estilo La Paya Dibujos Negros también se cuentan figuras de "hombrecitos" y bandas con figuras ornitomorfas en aríbalos (Calderari 1991), ello no debe hacernos pensar necesariamente en una influencia de este estilo sobre la producción local diaguita. Dichas figuras adscriben al gran complejo iconográfico tardío del NOA y este estilo tendría en su raíz aportes santamarianos6 (Calderari 1991; comunicación personal 2000).

Por su parte, la alfarería Diaguita Patrón Local representa un 30% del total. En piezas como jarros, miniollas, escudillas, pucos y algunas urnas predominan las superficies rojo engobadas. Jarros zapatos y ollas son por lo general alisados o pulidos y ocasionalmente rojo engobados. La decoración engobada y pintada se concentra en platos de paredes altas y platos zoomorfos, con diseños diaguitas característicos de tiempos preincaicos.

La alfarería Diaguita Mixta, en tanto, agrupa a un 19% de las piezas. En esta clase de alfarería se reconocen diversas influencias, pero la más frecuente es la cuzqueña, que se concentra en jarros patos y platos campanuliformes. La segunda variedad de vasijas más representativa de la alfarería Diaguita Mixta es aquella con influencia cuzqueña y del NOA valliserrano, la cual se verifica casi exclusivamente en la decoración de platos campanuliformes. En estos casos, los elementos de raíz foránea que identificamos corresponden a estructuras de diseño derivadas de la influencia cuzqueña y a variantes locales de motivos ornitomorfos pertenecientes al universo iconográfico del NOA valliserrano (presentes en diversos estilos santamarianos). En esta variedad, así como en otras que llevan el calificativo "con influencia del NOA valliserrano", más que una influencia específica, se advierte una acogida de contenidos que asociamos fundamentalmente a los valles calchaquíes (elementos iconográficos ornitomorfos). Influencias más australes, como la vinculación entre determinadas piezas del sitio -las cushunas (Iribarren 1949; 11.1087 y 11.1168)- y figuras presentes en la cultura Belén son más puntuales y podrían tener relación con una extendida práctica representacional zoomorfa de la alfarería del NOA valliserrano.

También dentro de la alfarería Diaguita Mixta hemos distinguido otras dos variedades cerámicas donde el denominador común es la influencia Yavi o Chicha. Ésta opera básicamente a un nivel morfológico sobre jarros antropomorfos y eventualmente sobre algunos pucos.

Los distintos tipos de cerámica foránea en el sitio, así como la diversidad de influencias que se advierten en la producción alfarera local, dan pie para una extensa discusión, que en este artículo no podemos desarrollar. Como este es el primer trabajo de otros que pretendemos publicar sobre el sitio, dejaremos esbozadas algunas ideas en las conclusiones.

Conclusiones

Las evidencias estudiadas dan cuenta de un asentamiento donde las manifestaciones funerarias y los restos asociados a múltiples actividades permiten concluir que el sector Estadio Municipal fue habitado por un interesante conjunto poblacional durante la fase Inca. La cercanía espacial de estas expresiones sugiere una estrecha conexión entre la comunidad y sus muertos, acorde con percepciones andinas e incaicas sobre los ancestros (Conrad 1992; Salomon 1994).

Los habitantes del asentamiento desempeñaron un amplio espectro de tareas, ligadas al trabajo agrícola, recolección, caza, hilado, textilería, producción cerámica, trabajo de metales y variadas labores domésticas. Presumiblemente, a través de estas actividades la población no sólo aseguraba su subsistencia y abrigo, sino que también el adecuado funcionamiento de redes políticas, económicas y sociales en el contexto organizacional de los habitantes de la región. Aunque el asentamiento debió jugar un importante rol en la dinámica social del valle, los vacíos arqueológicos en torno a la ocupación del sistema hidrográfico durante la fase Inca impiden aventurar relaciones entre este sitio y aquellos pocos sobre los cuales existen breves referencias. Plantear que Estadio Fiscal de Ovalle fue un centro administrativo incaico es una idea que podría confirmarse en el futuro. No obstante, sería necesario discutir su articulación con otros sitios y manejar un modelo explicativo sobre la presencia incaica en la zona. La investigación dista mucho de alcanzar dicho estado y es preciso trabajar en esta dirección.

Para comprender los alcances de las fusiones estilísticas en la alfarería del sitio, no podemos abstraernos del contexto en que estas se generaron. En el Tawantinsuyu, la apariencia visual de determinados objetos tenía un significado que el estado se encargaba de destacar. En este marco, la alfarería Inca es un claro indicador de que el estado asumió la instrucción de artesanos, encomendados a reproducir un conjunto de claros símbolos que las nuevas poblaciones podían fácilmente reconocer. Como contenedora de bebidas y alimentos, al ser servida a visitas y trabajadores, pasaba a ser signo de generosidad estatal en contextos políticos y ceremoniales, ayudando a reforzar un nuevo orden (Morris 1991; 1995).

Desde esta perspectiva, la cerámica ha sido un medio para representar o transmitir contenidos y es importante que nos preguntemos por qué la producción alfarera en el Limarí incorporó elementos visuales foráneos que se sumaron a los cuzqueños.

La presencia en el sitio de vasijas producidas en otras regiones señala que algunos singulares habitantes del valle trasladaron o recibieron estas piezas. El caso de las piezas producidas localmente, con atributos morfológicos y decorativos que se suman a los cuzqueños, a nuestro juicio, indica que quienes las empleaban, o se identificaban con ellas, las toleraban, o al menos las consideraban apropiadas. No deja de ser curioso que las piezas de producción foránea se vinculen al Noroeste Argentino y el altiplano meridional, y que al mismo tiempo, varios elementos decorativos incorporados en la producción local también tengan este origen.

En los últimos años, Stehberg (1995) ha sostenido una posible subordinación política y administrativa del territorio semiárido chileno a grandes centros del noroeste como Shinkal y Tambería del Inca (Chilecito). En este contexto, estamos convencidos de que el estudio de la alfarería nos puede ayudar a rastrear y precisar la procedencia de mitimaes o individuos de otros grupos, trasladados hasta el norte semiárido en el marco de políticas de la administración estatal. Desde enfoques cuantitativos, la presencia de vasijas foráneas, o la incorporación de atributos estilísticos (distintos de los cuzqueños) en la producción de cerámica local, ha sido tradicionalmente subvalorada. Especialmente las transformaciones a nivel de la producción alfarera señalan que tanto productores como consumidores, comparten las elecciones reunidas en las vasijas. En este caso, expresiones vinculadas a distintas sociedades son legitimadas en la zona y consiguen un espacio fuera de su lugar de origen. Es interesante constatar, además, que dicha situación no es exclusiva del sitio EFO en el norte semiárido.

Esta aproximación arqueológica desde la alfarería deberá ser complementada a futuro con otro tipo de evidencias y contrastada con información etnohistórica y bioantropológica.

Agradecimientos: Nuestro más sincero reconocimiento a las instituciones que han apoyado esta investigación: Museo del Limarí; Centro Nacional de Conservación y Restauración y Centro de Documentación de Bienes Patrimoniales. También deseamos expresar nuestra gratitud a la profesora Fernanda Falabella, quien ha guiado nuestros esfuerzos, y a los innumerables colaboradores anónimos que nos han tendido una mano. En memoria de Hugo Pastén, alumno y amigo, cuya desinteresada colaboración nos acompañó mientras existieron las preguntas.

Notas

1 Proyecto 25:31:216 (024), años 1997-1998, y proyecto 25:31:216 (019), años 1999-2000.

2 Un análisis más pormenorizado de los temas abordados en este artículo puede ser consultado en la memoria de título del primer autor (Cantarutti 2002).

3 Estos instrumentos obtenidos de fragmentos cerámicos retomados se emplean durante el "levantamiento" y modelado de las piezas, auxiliando en el adelgazamiento y alisado de las paredes. Ampuero los denominó "pulidores cerámicos" (1969), pero nosotros preferimos llamarlos "desbastadores", siguiendo a Anders et al. (1994).

4 Cabe recordar que el sitio cuenta con otros dos fechados por TL, obtenidos de tumbas del locus Planta Pisco Control 1991. El resultado de la tumba II fue publicado (Biskupovic, 1999), arrojando la fecha de 615 ± 60 a.p. o 1.375 d.C. (UCTL-295, cerámica). El fechado del la tumba IV fue de 785 ± 80 a.p. o 1.205 d.C. (UCTL-296, cerámica). Este último sitúa la antigüedad de la muestra en un momento inverosímil para la presencia incaica en la región. La fecha de 1.375 d.C. se encuentra más cerca del rango que aceptamos, pero también asoma temprana.

5 P. González también ha reconocido en el vecino valle de Elqui -80 km más al norte- la presencia de piezas similares a éstas (1994).

6 P. González (1995) ha relacionado las figuras y diseños ornitomorfos presentes en la cerámica diaguita de tiempos incaicos con la cerámica que Serrano (1976) llamó La Paya. M. Calderari, quien reestudió la alfarería del sitio Puerta de la Paya, distinguió cuatro estilos cerámicos (1991), uno de los cuales -La Paya Dibujos Negros- incluye los diseños que P. González relacionó con la cerámica diaguita de tiempos incaicos. Este estilo no es muy frecuente en el sitio de La Paya, estimando Calderari que podría ser intrusivo, ya que se lo encuentra muy difundido más al sur, en los valles calchaquíes (Comunicación personal 2000).

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