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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.40 n.1 Arica jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562008000100003 

Chungara, Revista de Antropología Chilena Volumen 40, Nº 1, 2008. Páginas 19-30

ARQUEOLOGÍA

 

ARQUEOLOGÍA DE ASENTAMIENTOS SALITREROS EN LA REGIÓN DE ANTOFAGASTA (1880-1930): SÍNTESIS Y PERSPECTIVAS

ARCHAEOLOGY OF NITRATE SETTLEMENTS IN THE ANTOFAGASTA REGION (1880-1930): SUMMARY AND PERSPECTIVES

 

Flora Vilches1, Charles Rees2 y Claudia Silva3

1Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo, R.P. Gustavo Le Paige, s.j., Universidad Católica del Norte. Casilla 17, San Pedro de Atacama, II Región, Chile. fvilches@ucn.cl
2reeschar@gmail.com
3calasilva@gmail.com


 

El desarrollo de la industria del salitre produjo un gran impacto entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, no sólo a nivel mundial, sino que localmente en la pampa desértica. Junto con introducir un nuevo sistema de producción de carácter capitalista, generó un nuevo sistema de relaciones sociales que produjo materialidades particulares. Los estudios arqueológicos sistemáticos del ciclo salitrero se reducen a esfuerzos esporádicos en la década de 1980 y otros más recientes en los últimos cinco años, todos en la región de Antofagasta. En este artículo se sintetizan dichos estudios dejando en evidencia el claro déficit de arqueología histórica a nivel nacional –y sobre todo industrial– con respecto al desarrollo de la arqueología prehispánica. En el marco de una arqueología histórico-capitalista mundial ya consolidada, discutimos, además, cómo la formalización misma de una arqueología industrial del salitre puede contribuir a dar voz a grupos desplazados de discursos dominantes. La arqueología aportaría evidencia paralela y complementaria del ciclo del salitre a aquella aportada desde la historia, literatura, sociología y más recientemente antropología, siempre teniendo como fuente principal el documento escrito y/u oral, y privilegiando la “oficina” y el territorio tarapaqueño como ejes analíticos.

Palabras claves: arqueología histórica, salitre, Antofagasta, asentamientos salitreros.


The development of the nitrate industry made a great impact not only worldwide but locally in the desertic pampa, between the end of the 19th and the beginning of the 20th centuries. Along with introducing a new system of production, it created a new system of social relations which produced a specific kind of cultural materiality. Systematic archaeological studies on the nitrate cycle are limited to scattered efforts in the 1980s and in the last five years, all of them in the Antofagasta region. In this article we summarize those studies evidencing the clear preference for the study of prehistoric over historical, let alone industrial, archaeology in Chile. Departing from a world historical-capitalist archaeology already consolidated, we also discuss the ways in which the very formalization of an industrial archaeology of nitrate could contribute to give voice to groups that are marginalized from dominant discourses. Archaeology may offer parallel and complementary evidence on the nitrate cycle to the one offered by history, literature, sociology and most recently anthropology; these disciplines have all had written and/or oral documents as main sources, and have privileged the “oficina” and Tarapacá territory as analytical guidelines.

Key words: Historical archaeology, nitrate, Antofagasta, nitrate settlements.


 

El desarrollo de la industria del salitre en territorio chileno data del siglo XIX y se prolonga hasta el presente registrando un período de auge, o expansión, entre los años 1880 y 1930 (Bermúdez 1987). Geográficamente, la explotación del salitre ha estado circunscrita a las regiones de Tarapacá y Antofagasta, lugares definidos por la existencia de caliche, materia prima fundamental en el proceso de producción del nitrato. El inicio de esta era industrial trajo consigo una nueva forma de relaciones de producción propias del sistema capitalista, cuya materialidad se reveló de diferentes maneras. Por un lado, significó la creación de un nuevo patrón de asentamiento que pobló la pampa de oficinas salitreras como ejes organizacionales (Garcés 1999). Asimismo, el proceso productivo reveló una serie de elementos tecnológicos visible tanto en las oficinas como en zonas asociadas (p.ej. estaciones de ferrocarril, pozos de sondaje y explotación, pueblos, puertos). Por otro lado, la población aumentó considerablemente incluyendo migrantes de diferentes regiones de Chile, Bolivia y Perú, con sus respectivos inventarios materiales. Las grandes diferencias sociales entre la clase obrera asalariada y la administración se hicieron evidentes, por ejemplo, en el tipo de vivienda de cada una. Finalmente, las demandas de forraje, combustible y alimentación impuestas por el nuevo sistema de vida desembocaron en un importante tráfico comercial con el Noroeste argentino y el sur de Chile (S. González 1999, 2002).

Si bien la necesidad de estudiar la cultura material del ciclo del salitre desde un punto de vista arqueológico fue anunciada hace más de treinta años por historiadores como Cassasas (1976), estudios sistemáticos se reducen a los esfuerzos esporádicos de Bente Bittmann y Gerda Alcaide en la década de 1980 (Alcaide 1981, 1983; Bittmann y Alcaide 1984) y, más recientemente, de Calogero Santoro (2004) y el equipo de Charles Rees (2005), todos en la II Región de Antofagasta. Marginalmente, se cuenta con estudios desde disciplinas afines, como la historia y antropología, que incorporan a su análisis indicadores materiales recuperados de oficinas en ruinas, tales como fichas, botellas, cajas de cigarrillos y documentos (p.ej. J. A. González 2003, S. González 2006b; Miranda 2001; Rodríguez et al 2002). Tal escasez de estudios especializados no es sorprendente, puesto que a nivel nacional se registra un claro déficit de arqueología histórica –más aún de carácter industrial– con respecto a la arqueología prehispánica (Sanhueza et al. 2004). Este magro panorama coincide con el contexto general del desarrollo de la arqueología histórica en la región andina, que también ha privilegiado el período colonial (Jamieson 2005). Afortunadamente, en países como Estados Unidos e Inglaterra, respectivamente, encontramos experiencias de arqueología capitalista industrial (p.ej. Leone et al. 1987; Shackel 1996) y de arqueología del pasado contemporáneo (Buchli y Lucas 2001) de alta utilidad comparativa.

Por toda la carencia de estudios arqueológicos sobre el fenómeno salitrero existe un cúmulo abundante y de larga data desde un punto de vista historiográfico (p.ej. Semper y Michels 1908; Bermúdez 1963; Pinto 1990; González, S. 2002), literario (p.ej. Sabella 1997; Rivera Letelier 1997), y más recientemente antropológico (p.ej. Rodríguez et al. 2002, 2005), siempre teniendo como fuente principal el documento escrito y/u oral y la oficina como protagonista de la representación del ciclo salitrero. Asimismo, la gran mayoría de los estudios sobre el tema se han centrado en la región de Tarapacá, probablemente por su mayor antigüedad y mejor calidad de caliche, lo que se tradujo en la más alta concentración de oficinas. Paulatinamente, algunos investigadores han reparado en la necesidad de estudiar el ciclo del salitre interdisciplinariamente. Sergio González, por ejemplo, destaca que

Los basurales están esperando al arqueólogo y al historiador para un trabajo interdisciplinario … El arqueólogo mejor que ningún otro científico puede trabajar con propiedad con fragmentos y el historiador es el gran taumaturgo del contexto (S. González 2006b:70).

Al respecto, creemos que la arqueología ofrece la posibilidad de revertir esta doble situación descompensatoria.

En suma, los resultados de Alcaide y Bittmann, Santoro, y Rees en la región de Antofagasta ponen de manifiesto el potencial significativo del registro material de la industria salitrera, así como la urgente necesidad de profundizar su investigación como línea complementaria al sustrato documental oral y escrito.

La Explotación de Salitre en la Pampa de Antofagasta

La explotación salitrera en la región de Antofagasta fue posterior a la de Tarapacá. En efecto, existen referencias de uso del caliche con fines agrícolas por parte de indígenas tarapaqueños, con anterioridad a, y en concurrencia con, la ocupación española (Bermúdez 1987). A mediados del siglo XIX, la porción septentrional de Antofagasta estaba bajo jurisdicción boliviana. Se trataba de un territorio explotado fundamentalmente por sus minerales de cobre y guano en la costa. En virtud del interés generalizado en la búsqueda de minerales, el gobierno de Bolivia otorgó derechos de exploración a diversos extranjeros, incluyendo chilenos. Es así como en 1857 los hermanos franceses Domingo y Máximo Latrille descubren caliche en el Salar del Carmen, cercano a la costa de Antofagasta, y, al año siguiente, lo encuentran dos cateadores argentinos en Carmen Alto, más al interior. Sin embargo, es el chileno José Santos Ossa quien, tras hallar caliche en el sector de Cuevitas/Aguas Blancas en 1860, consigue por vez primera –junto con Francisco Puelma– la concesión y goce de terrenos salitrales por parte del gobierno de Bolivia en 1866.

La explotación de salitre en Antofagasta se inicia en el Salar del Carmen en 1869 con la primera oficina salitrera administrada por la Melbourne Clark y Cía. (Bermúdez 1963). En la década de 1870 la explotación se extiende a Salinas y finalmente a Sierra Gorda, junto con la creación del ferrocarril bajo la administración de la recién formada Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. Paralelamente, se inician las expediciones al norte y sur de la región. En la siguiente década se intensifican los problemas limítrofes con Perú y Bolivia, en gran medida a raíz de la extracción y producción salitrera, lo que desemboca en la Guerra del Pacífico (1879-81). Como resultado, Chile triunfa incorporando a su soberanía los territorios de Tarapacá y Antofagasta, y a su vez se marca el inicio del auge o expansión del salitre (1880-1930). Sin embargo, en tal proceso Chile actuó como mero recaudador de los impuestos sobre las exportaciones del nitrato, ya que era predominantemente explotado por capitales y empresas internacionales. A fines de la década de 1920, la crisis económica de Nueva York, sumada a la creación de salitre sintético después de la Primera Guerra Mundial, redunda en el cierre definitivo de la mayoría de las oficinas. En la actualidad, la única que sobrevive en la región de Antofagasta es María Elena.

En cuanto al patrón de asentamiento salitrero, vemos que, al igual que en Tarapacá, se localiza en la franja intermedia del desierto de Atacama donde la aridez es absoluta. La rudeza ambiental de este territorio está reflejada en las escasas evidencias de poblamiento prehispánico, que se restringen a la costa y quebradas altas precordilleranas (p.ej. Llagostera 1989; Schiappacasse et al. 1989). El poblamiento salitrero, por lo tanto, se materializa en ese espacio históricamente vacío que es la pampa, sin responder a una “planificación abstracta del territorio, sino que estuvo asociada con la posición de los yacimientos, situación que derivó en el desarrollo de los cantones salitreros” (Garcés 1999:25). Estas unidades geográfico-administrativas se constituyeron en torno a tres vértices: un conjunto de oficinas territorialmente cercanas vinculadas por un ferrocarril a un mismo puerto. El cantón de Pampa Central, también llamado Bolivia o Antofagasta, fue el primero de los cinco que se erigieron en la región de Antofagasta, uniendo oficinas a lo largo del ferrocarril Antofagasta-Bolivia (Figura 1), entre el km 122 y km 170. Contó con la estación Baquedano como nodo ferroviario (unía el cantón Longitudinal con el Central y a ambos con el puerto de Antofagasta), el pueblo Pampa Unión y más de 25 oficinas (Sargento Aldea, Francisco Puelma, Carlos Condell, Chacabuco, Blanco Encalada, Aurelia, José Santos Ossa, Carmela, Ausonia, Agustín Edwards –ex Salar del Carmen–, Cecilia, Aníbal Pinto, Candelaria Luisis, Arturo Prat, Anita, Angamos, María, Araucana, Curicó, Perseverancia, Filomena, Aconcagua y Lina), activas entre los años 1906 y 1938, aunque no todas coexistieron.



Figura 1. Mapa con oficinas salitreras agrupadas en cantones: al norte Cantón El Toco y al sur Cantón Central, Región de Antofagasta (dibujo de Paulina Chávez).

Map with nitrate oficinas grouped by cantones: Cantón El Toco to the north and Cantón Central to the south, Region of Antofagasta (drawing by Paulina Chávez).

Entonces, tanto el desierto de Atacama como el de Tarapacá se poblaron rápidamente en su calidad de enclaves capitalistas del siglo XIX. Sin embargo, pese al desarraigo natural de sus habitantes, a nivel regional se las arreglaron para construir culturalmente el nuevo paisaje. De esa manera lo nombraron “pampa” y se transformaron en “pampinos”, convirtiendo el desierto en un lugar que “se ama como el más dulce de los hogares” incluso años después de su abandono, según lo relata S. González (2002:79) para Tarapacá, y lo corroboran Rodríguez y colaboradores para el sector de María Elena (Rodríguez et al. 2002). De acuerdo a S. González (2006a), este aspecto místico y religioso del desierto durante el ciclo del salitre ha quedado fuera de la historiografía especializada que ha favorecido una ideología económica ya sea obrera u oligarquista. En consecuencia, se ha pasado por alto el complejo y variado tejido cultural que constituye la identidad del Norte Grande, donde se entremezclan diferentes tradiciones e identidades (ver también J.A. González 1998).

La era Shanks a través de la evidencia escrita, oral y material

La explotación del salitre según lo describe Bermúdez (1987) ha transitado por diversos métodos, cada vez más eficaces y que van de la mano con un incremento del nivel de vida de sus usuarios. El sistema o civilización Shanks ocupa una suerte de posición intermedia dentro de la cronología de la explotación y producción de salitre. Supone un perfeccionamiento tecnológico con respecto al Sistema de Paradas que lo precede, pero presenta menor rendimiento que su sucesor, el sistema Guggenheim. Cronológicamente, la implementación del sistema Shanks coincidió con el período de expansión del salitre. De hecho, la crisis de la industria gatilló su paulatino reemplazo por el sistema norteamericano Guggenheim, o bien el cierre definitivo de las oficinas.

Como ya lo anunciáramos en secciones anteriores, la historiografía del salitre ha estado fundamentalmente referida a la región de Tarapacá, sobre la base de documentos escritos y, más recientemente, orales. Por otro lado, al ser Shanks el sistema en uso durante el auge del ciclo salitrero, la historiografía salitrera está fuertemente referida al período de producción bajo dicho sistema. En todo caso, podemos identificar diferentes enfoques en la construcción del mundo salitrero dependiendo de donde se ha puesto el acento analítico (Moulian 1996). En términos generales, es posible distinguir dos polos: una historia conservadora con énfasis en aspectos económicos, vale decir, tecnológico-productivos (p.ej. Bermúdez 1963, 1984, 1987; Blakemore 1974; Hernández 1930; Semper y Michels 1908) y una historia social que privilegia las condiciones de vida durante el ciclo del salitre (p.ej. J.A. González 1996, 1998, 2003; Pinto 1990). En este último polo incluimos los aportes más recientes desde la sociología (p.ej. S. González 1999, 2002, 2006a, 2006b) y la antropología (p.ej. Alvarado 2002; Miranda 2001; Rodríguez et al. 2002, 2005), así como estudios sobre la arquitectura de oficinas particulares, con un enfoque claramente local (p.ej. Garcés 1999).

Cabe señalar que si bien el polo social favorece discursos alternos a la ideología capitalista dominante, también presenta limitaciones al centrarse casi exclusivamente en el origen y organización de movimientos obreros. Es más, se trata de un movimiento social directamente asociado a la industria y modernidad, anclado en la oficina como centro urbano. Un reciente trabajo de S. González da cuenta de esta situación y, en contraposición, indaga en los aspectos místicos y religiosos ligados a la fiesta de La Tirana en la pampa salitrera de Tarapacá (S. González 2006a). Según el autor, uno de los principales reveses del énfasis en lo obrero-urbano reside en relegar el componente campesino e indígena propio de las faenas mineras “rurales” al mundo privado del salitre.

Resulta interesante constatar que la memoria histórica es bastante coincidente con la ficción literaria, la memoria oral y visual. Estudios etnográficos en María Elena han revelado el “trabajo continuado de interpretación que hombres, mujeres y niños llevan a cabo para identificar los vínculos que unen pasado y presente” (Rodríguez et al. 2002:118). Un elemento importante de este trabajo es la glorificación del pasado en la pampa donde los recuerdos se confunden con los de la era Shanks, como lo señala Alvarado en un análisis de historia visual a través de fotografías. La autora indica que la fotografía del ciclo salitrero corresponde a lo no vivido, pues se funda en imágenes tomadas durante el auge industrial –muchas de ellas retratan obreros, faenas y paisajes del cantón Central–, pero que circulan hasta hoy en día “institucionalizando la historia y las formas de recordación” (Alvarado 2002:35). De este modo, vemos que se repite aquel patrón donde el obrero-urbano encarna la historia del salitre. Asimismo, en su análisis de imágenes literarias sobre la vida salitrera, J.A. González concluye que tanto la poesía como la prosa y prensa ofrecen “una mirada retrospectiva, donde la épica proletaria se impuso sobre los vaivenes que acontecían con la tecnología y las inversiones en la industria” (J.A. González 2003:25).

Según Rodríguez et al. (2002:120) esta fijación en el pasado glorioso es fruto, entre otras, de la “memoria arqueológica” de los pampinos, y se encuentra asociada a la materialidad que esconden principalmente los basurales, los cementerios y los vestigios de las antiguas oficinas, convirtiendo los objetos del salitre y su colección en simbólicos al movilizar un conjunto de ideas sobre su propia historia, permitiendo que esta se abra e interprete (Miranda 2001). Por supuesto, los investigadores son cautelosos en aclarar que esta memoria poco y nada tiene que ver con la arqueología tradicional, y que su importancia reside en el potencial de los objetos como fuentes de construcción de verdades/ficciones, por más que “científicamente” no lo sean. Tomando en cuenta la dialéctica entre pasado y presente, queda en evidencia que “recordar siempre supone una prehistoria. Y la prehistoria, es el lugar desde donde se viene” (Rodríguez et al. 2002:125) y, en un sentido utópico, a donde se va (Figura 2).



Figura 2. Botellas recolectadas en diversas oficinas, Museo Ulmenes, Baquedano (Fotografía de Flora Vilches).

Bottles collected from different oficinas, Ulmenes Museum, Baquedano (photograph by Flora Vilches).

En este momento conviene señalar que la arqueología tradicional o científica no se opone a la construcción de verdades que no comulguen con sus resultados. Cada “verdad” que se construye a partir de un objeto material es parte de la “biografía cultural” (sensu Kopytoff 1986) del mismo. Desde esta perspectiva, la memoria arqueológica es perfectamente capaz de coexistir con la arqueología científica; sin embargo, el ciclo salitrero registra una notable carencia de arqueología sistemática en relación a la memoria arqueológica, por lo que S. González advierte:

los basurales … esperan que arqueólogos e historiadores los revisen y trabajen con las herramientas de la ciencia y la tecnología. No pocos basurales de oficinas salitreras de gran importancia histórica han sido completamente removidos. Mucha información clave para la historiografía actual ya se ha perdido para siempre (S. González 2006b:51).

Si prestamos atención a los escasos antecedentes arqueológicos para el mundo del salitre, notamos un balance entre la arqueología centrada en oficinas y aquella centrada en el patrón de asentamiento general de la industria salitrera. En el primer caso, encontramos los estudios de Gerda Alcaide y Bente Bittmann a comienzos de la década de 1980 (Alcaide 1981, 1983; Bittmann y Alcaide 1984) en la porción meridional del cantón Central. Esta investigación fue concebida como un proyecto interdisciplinario de múltiples etapas, sin embargo, sólo alcanzó a desarrollarse la primera de carácter exploratorio. Según las mismas investigadoras concluyen, la definición final del “patrón de oficina” que esperaban caracterizar a partir de excavaciones en la oficina José Santos Ossa debe esperar por una mayor cantidad de investigación intensiva (Figura 3). Este punto fue clave porque, al haber sido el primer intento sistemático por abordar arqueológicamente el mundo del salitre, no les fue posible comparar sus resultados con los de otros investigadores.



Figura 3. Vista actual de un sector habitacional de la oficina José Santos Ossa (Fotografía de Flora Vilches).

Current view of a living quarter in Oficina José Santos Ossa (photograph by Flora Vilches).

En cuanto a la arqueología centrada en el patrón de asentamiento, tenemos el caso de Charles Rees y colaboradores que desde el año 2003 se encuentran estudiando el segmento meridional del cantón El Toco, en el marco de un Estudio de Impacto Ambiental de cambio tecnológico en María Elena (Rees 2005). Este grupo de investigadores se ha concentrado en la evaluación detallada del hinterland de las oficinas localizadas en el sector, correspondiente a un paño de 200 km2 al oeste de las oficinas Peregrina y Santa Isabel por el sur y San Andrés y Santa Fe por el norte. Mediante prospecciones pedestres intensivas han documentado la presencia de tres categorías generales de asentamientos: fraguas, cocinas-comedor-fragua y campamentos (Figura 4) (Rees et al. 2007). Las variables que permitieron distinguir estos tipos de sitios fueron, por una parte, la presencia y forma de combinación de rasgos arquitectónicos como fraguas, cocinas y camas de piedras, costra y argamasa, paravientos y muros de saco y calamina, corrales, bodegas y basurales. Por la otra, la presencia, tipología y densidad de materiales arqueológicos tales como restos de comidas y sus contenedores (latas y botellas), herramientas (chuzos, palas y tenazas), desechos de fundición y trabajo en fraguas (escoria y fragmentos de herramientas y artefactos metálicos) y evidencias constructivas (amarres y vientos de alambre, sacos). Además su situación espacial respecto a las oficinas salitreras, las calicheras, las áreas de sondaje y vías de comunicación, fueron claves para asociarlos, principalmente, con las faenas de avanzada de la explotación del nitrato y construcción de la vía férrea Toco Anglo-Tocopilla (Rees 2007; Rees et al. 2007).



Figura 4. Detalle del campamento salitrero A27 en el hinterland de las oficinas del cantón El Toco (Fotografía de Flora Vilches).

Detail of nitrate camp A27 in the hinterland of El Toco cantón’s oficinas (photograph by Flora Vilches).

Como bien destacan estos investigadores, el estudio de estos elementos “periféricos” es especialmente relevante ya que no han sido incorporados en la memoria histórica, por medio de la documentación de sus características y relaciones (Rees 2005). En efecto, si revisamos la literatura especializada, algunos de estos asentamientos sólo se adivinan a partir de estudios que describen los oficios de adultos, jóvenes y niños en la industria salitrera (S. González 1996, 2002) o de fotografías antiguas que dan cuenta del trabajo salitrero allende las oficinas. Todos estos antecedentes nos llevan a pensar que los sitios periféricos forman parte del mismo mundo “privado” del salitre al cual alude S. González, pero que, en realidad, sólo permanece privado en razón del curso que ha tomado la historiografía del ciclo salitrero. En ese sentido, al asociar la funcionalidad de cada sitio con su emplazamiento, el equipo de Rees ha esbozado precisiones cronológicas que complementan las escasas dataciones directas de los mismos (ver Rees et al. 2007). Por otro lado, la disposición así como la variabilidad interna de cada asentamiento ha permitido distinguirlos claramente entre sí, así como dar cuenta de formas distintas de organización del trabajo y/o a situaciones cronológicas dispares propias de los matices en la administración y manejo de la explotación calichera a comienzos del siglo XX (Rees et al. 2007). Bajo esta óptica, más allá de incluir los asentamientos salitreros periféricos en la memoria histórica –tarea de por sí loable–, los resultados de Rees et al. han comenzado a identificar el patrón general de asentamiento salitrero donde las oficinas sólo representan un elemento. Entonces, el estudio del patrón de asentamiento salitrero no sólo contribuye a materializarlo, sino que comienza a extender relaciones concretas entre sus elementos y, en último término, a contextualizar las oficinas en tanto ejes organizacionales.

Por último, el estudio de Calogero Santoro en Pampa Lina, en el extremo septentrional del cantón Central, también se enmarca dentro de un Estudio de Impacto Ambiental de sondeos mineros (Santoro 2004). A diferencia de Rees et al., Santoro informó los resultados de la línea de base de un área mucho más circunscrita realizada en un período también menor. Asimismo, la prospección fue dirigida al radio de 100 m de los diez sondajes mineros definidos por la empresa, más una inspección intensiva del pueblo de Pampa Lina (ex oficina Lina), y el registro de vías de comunicación. Cabe destacar que algunos de sus hallazgos coinciden con la tipología de asentamientos periféricos elaborada por el equipo de Rees para El Toco (ver Santoro 2004:2-5). Rees, de hecho, señala haber también detectado asentamientos salitreros “satélite” en la porción media del cantón Central, en el marco de un Estudio de Impacto Ambiental en el transecto Mejillones-Pampa Blanca (Charles Rees comunicación personal 2006). Entonces, los datos por ahora aislados de Santoro y Rees para diferentes sectores del cantón Central indican que debería tratarse de un patrón de asentamiento similar al del cantón El Toco, aunque previendo diferencias internas dadas por la especificidad de cada contexto.

Paralelamente, no debemos olvidar el aporte significativo que estudios centrados en el patrón de asentamiento salitrero pueden realizar a la información documental. Una instancia concreta tiene que ver con la arquitectura de la vivienda obrera. Por ejemplo, sobre la base de documentos de la época, J. A. González hace ver que:

las ruinas que observamos de las Oficinas en el cantón central de la región de Antofagasta, de los campamentos obreros, son de las modificaciones introducidas desde 1910 en adelante … [sin embargo]… En la alborada de la explotación calichera en Antofagasta no se dispuso de un ordenamiento para el personal obrero. Este se ‘acomodó’ con los materiales de desechos (sacos, maderas, y hacia fines del siglo XIX, con la calamina) para levantar su ‘habitación’ donde yacer en los momentos de concluir el trabajo (J. A. González 2003:155).

Esta aseveración coincide con las tempranas descripciones de Semper y Michels (1908:100-104) que retratan los campamentos obreros como casas miserables hechas de sacos, fragmentos de calamina y muros de sal. Cabe destacar, sin embargo, que los campamentos “satélite” registrados por Rees y colaboradores en el cantón El Toco presentan el mismo tipo de “arquitectura de acomodo” descrita por J. A. González y Semper y Michels. En efecto, corresponden a campamentos cuyos fragmentos “permiten suponer su construcción a partir de carpas de sacos con pilotes de madera” (Rees 2005:20). Es probable que por tratarse de campamentos de residencia semipermanente, fuera del ámbito de las oficinas, aquella técnica de autoconstrucción haya perdurado por más tiempo, siendo indiferente a las modificaciones de 1910. Los asentamientos detectados por Rees et al., mayoritariamente datan entre 1920 y 1930 (Rees 2007).

Desde esta perspectiva, la invitación de S. González a estudiar basurales con la ayuda de herramientas propias de la disciplina arqueológica es imposible de rechazar (vid supra). No obstante, desde la especificidad disciplinaria, resulta prioritario comenzar por una etapa básica de identificación del patrón de asentamiento salitrero, sin perjuicio de futuros estudios centrados en la arqueología de oficinas y, más específicamente, de sus basurales. Es más, a partir del estudio del patrón de asentamiento salitrero se pueden potenciar otras líneas de estudio más específicas y complementarias, no necesariamente arqueológicas. En ese sentido, la reacomodación de la materialidad es sólo una faceta de un proceso de adaptación y cambio mucho mayor, ya que, según lo expresan Rodríguez et al., el verdadero relato antropológico de la vida salitrera es, justamente, la “resemantización permanente de la historia, su inagotabilidad simbólica” (S. González 2002:125). Desde ese punto de vista, insisten, “los marcadores del tiempo son importantes aunque sean imprecisos” (S. González 2002:125).

Con todo, la arqueología científica no pretende corregir aquellos datos imprecisos, sino complementarlos. Una arqueología del salitre, por lo tanto, sólo puede aspirar a complejizar y enriquecer aún más un paisaje provisorio desde el punto de vista interpretativo, evidenciando diversos discursos paralelos que en su conjunto dan forma al mundo del salitre.

Arqueología Histórica y del Pasado Contemporáneo: Enfoques en Uso

La riqueza del material documental escrito y oral puede encontrar en la arqueología una línea de investigación complementaria y que permita a la vez “complicar”, en este caso, la problemática del salitre. Como bien lo señalan Sanhueza et al., el desarrollo de la arqueología histórica chilena se ha caracterizado por esfuerzos aislados de carácter muy específico (Sanhueza et al. 2004). Asimismo, los autores destacan que es sólo a partir de la última década que la investigación ha registrado un aumento en dos líneas principales: asentamientos urbanos y coloniales. Este panorama es congruente con el estado de la arqueología histórica en la región andina, que se desenvuelve entre ejes similares (Jamieson 2005). De acuerdo a este balance, la arqueología histórica en el Norte Grande es prácticamente inexistente. Sabemos que no es el caso, puesto que se registran estudios aislados fundamentalmente referidos al período colonial (p.ej. P. Núñez 1984) y en menor medida al republicano (p.ej. Sanhueza 1991). Lo que resulta interesante, y a la vez preocupante, es que ninguna de estas investigaciones en arqueología histórica, independientemente de la región donde se hayan realizado, guarda relación con problemáticas industriales, menos con el ciclo del salitre. Más allá de los casos puntuales de Alcaide, Bittmann, Rees y Santoro, que ya conocemos, no existe un desarrollo formal de la arqueología histórica industrial en Chile.

Sin embargo, encontramos experiencias de arqueología histórica del capitalismo, específicamente referida a la problemática industrial, en los Estados Unidos. Estas se insertan dentro del desarrollo de una arqueología histórica que a nivel mundial se ha venido consolidando a partir de la década de 1960 (ver Funari et al. 1999). De particular interés resultan los trabajos de Mark Leone y colaboradores en la ciudad de Annapolis (Leone 1995; Leone et al. 1987), Paul Shackel en la armería de Harper’s Ferry (Shackel 1996) y del Ludlow Collective, integrado entre otros por Randall McGuire, en la mina de carbón Ludlow, Colorado (The Ludlow Collective 2001). Todos tratan problemáticas relacionadas con el cambio tecnológico y social de los siglos XIX y comienzos del XX. Desde un punto de vista teórico, el común denominador de estos estudios es su orientación de clara raigambre marxista y/o postestructuralista, que privilegia el análisis de la relación entre conciencia social (de clase), experiencia vivida y condiciones materiales que contribuyen al cambio cultural, principalmente mediante tecnologías de poder (sensu Foucault 1979). De esta manera, este grupo de arqueólogos ve en la arqueología histórica la posibilidad de dar voz a grupos generalmente desplazados de discursos dominantes –incluido el científico– ya sea en virtud de su raza, género, edad, nacionalidad o condición social, entre otros.

Creemos que más allá de aplicar los modelos específicos ofrecidos por la arqueología industrial norteamericana, el desarrollo de una arqueología de asentamientos salitreros debiera enmarcarse dentro de una arqueología histórico-capitalista más general, que pretende dar voz a grupos desplazados de discursos dominantes. Ahora bien, un modelo particular de rescate de grupos periféricos, en el contexto de una arqueología industrial incipiente, pretende abrir la sola posibilidad de arqueológicamente hacer visible un segmento del sistema salitrero hasta ahora invisible históricamente. En otras palabras, creemos necesario salir de los modelos que privilegian la oficina salitrera como centro organizacional (y exclusivo) del patrón de asentamiento del ciclo del salitre. Proponemos darle existencia material a los asentamientos y, por ende, a las prácticas sociales asociadas a ellos, de manera de identificarlos, caracterizarlos, documentarlos y relacionarlos entre sí.

En cierto sentido, nos encontramos más cercanos a experiencias en la arqueología del pasado contemporáneo, según las entienden Victor Buchli y Gavin Lucas (2001). Pese a tratarse de estudios que caben dentro de la definición clásica de arqueología histórica (sensu Orser et al. 1995), tratan con la cultura material de un pasado muy reciente y por lo general occidental. Sus antecedentes más cercanos se encuentran en los estudios de basurales actuales –iniciados por William Rathje y Michael Schiffer en la década de 1970– que dieron origen a la arqueología conductual (Gould et al. 1981); y los estudios de bienes de consumo de Daniel Miller y discípulos (Miller 1987, 1998; ver también Shanks y Tilley 1987), que abrieron paso a los estudios de cultura material moderna en Inglaterra. Para Buchli y Lucas, ambas corrientes tienen cabida en la arqueología del pasado contemporáneo, pues uno de sus temas principales es la “constitución de lo no constituido” (Buchli y Lucas 2002:12-16). Específicamente, sostienen que una arqueología del pasado contemporáneo

puede materializar lo material en el sentido de darle peso … más que un ‘descubrimiento’ puede ser caracterizado como una apertura, ocupando un espacio ‘intermedio’ o un tiempo iterativo: una arqueología del futuro y de la posibilidad social más que del pasado y la facticidad social; una arqueología que constituye el presente tanto como cualquier otra práctica materializadora (Buchli y Lucas 2001:13, traducción de los autores).

En otras palabras, la práctica arqueológica hace visible lo invisible de manera creativa, puesto que está constituyendo objetos para la formación de discursos que antes no existían. La arqueología del pasado contemporáneo permite, sin ir más lejos, materializar –y por ende tomar conciencia de– nuestras propias prácticas cotidianas, incluyendo la arqueológica (Vilches 2005, 2007a, 2007b).

Entonces, una arqueología histórica que busca darle presencia activa a un segmento del patrón de asentamiento salitrero prácticamente ausente y pasivo, sólo puede concebir el uso del espacio desde un enfoque humano, propio de la arqueología del paisaje (sensu Tilley 1994). Al mirar “desde afuera”, es decir, desde la periferia física de la pampa misma, hacia adentro –la oficina como capital urbana–, nos situamos en el “corazón” del proceso salitrero. En efecto, de no ser por los obreros que ocupaban estos asentamientos la industria no hubiese sido la misma pese a su actual invisibilidad histórica y, en algunos casos, física.

En suma, el sustento teórico de esta propuesta descansa en una arqueología histórica de un pasado reciente, la cual otorga peso semántico a lo que tiene peso específico. Nos referimos al patrón de asentamiento salitrero donde las oficinas son sólo un elemento más dentro del paisaje habitado, nombrado y significado por los pampinos. Desde esta perspectiva, la relación entre pasado y presente se vuelve más fluida, contribuyendo a identificar nuestro propio lugar en ese mismo paisaje social y cultural que describimos.

Propuestas para una Arqueología Histórica del Salitre: Síntesis y Perspectivas

En este artículo hemos expuesto los cimientos de una propuesta cuyo objetivo principal es la formalización de una arqueología histórica del salitre de manera de abrir una nueva línea de investigación en la disciplina. Esta iniciativa surge frente al gran impacto que produjo la industria salitrera entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, no sólo a nivel mundial, sino que localmente en la pampa desértica. Junto con introducir un nuevo sistema de producción de carácter capitalista, la industria del salitre generó un nuevo sistema de relaciones sociales que produjo materialidades particulares.

Metodológicamente, y por el carácter formativo de esta línea de investigación, creemos necesario partir por identificar el patrón de asentamiento salitrero de manera de “mapear” y darle existencia al problema a través de la caracterización y documentación de sus elementos, para luego relacionarlos entre sí. Para ello tomamos como punto de partida los recientes trabajos del equipo de Rees (2005) en el cantón El Toco, que revelaron la existencia de asentamientos salitreros asociados a las oficinas, aunque sin documentación histórica. Frente a estas evidencias se perfila necesario identificar asentamientos de similares características en otros cantones de la región que permitan determinar si se trata de un patrón de asentamiento salitrero que excede El Toco. Es nuestra intención que más allá del ámbito local esta propuesta siente las bases para un estudio sistemático y coherente del ciclo salitrero que, incluso, se haga extensivo a la región de Tarapacá.

La arqueología del salitre que creemos plausible no tiene ambiciones de objetividad en el sentido de “corregir” los múltiples discursos que componen el mundo del salitre. Muy por el contrario, pretende evidenciar desde la materialidad discursos alternos y complementarios, capaces de dialogar con la palabra escrita y oral. En otras palabras, busca la relación dialéctica entre una “memoria arqueológica” fundada en el pasado –y propia del discurso antropológico pampino– con una arqueología del pasado contemporáneo, fundada en la posibilidad social y que, por lo tanto, mira hacia el futuro.

Agradecimientos: Agradecemos los valiosos comentarios y observaciones de los evaluadores anónimos que contribuyeron a clarificar y fortalecer nuestras ideas.

 

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Recibido: enero 2007. Aceptado: diciembre 2007.

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