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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.42 n.1 Arica jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562010000100003 

Volumen 42, N° 1, 2010. Páginas 9-11 Chungara, Revista de Antropología Chilena

IN MEMORIAM

MURRA 1916-20061

Olivia Harris2


 

En primer lugar pido disculpas que por razones familiares no puedo asistir personalmente a este homenaje en honor de un personaje tan especial, y que influyó profundamente a mi vida. En estas breves líneas quisiera reflexionar sobre algunos aspectos de la obra de Murra, y a la vez sobre su vida, que por cierto fue compleja y diversa. Su vida fue en muchos sentidos emblemática de la historia del terrible siglo XX. Cambió su identidad varias veces, como correspondió a su condición de migrante, de refugiado, de extranjero, pero también como resultado de las transformaciones en su postura política y en la relación con su familia de origen.

Murra nació Isak Lipschitz en 1916 en la ciudad cosmopolita de Odessa en el momento en que el antiguo régimen zarista cedía el poder a los revolucionarios soviéticos y el Ejército Rojo. Su primer recuerdo de infancia fue el de correr a través del gran puente sobre el río Dnieper, agarrado de la mano de su mamá quien llevaba los cubiertos de plata en una mochila sobre su espalda. De esta manera se escaparon de la guerra civil, para iniciar una nueva vida en Rumania.

De hecho, se sintió rumano toda la vida; la experiencia de crecer como rumano en aquella época entre las dos grandes guerras, cuando aquel Estado trataba de adquirir una identidad propia en los márgenes de los grandes imperios -el de los rusos, de los Habsburgos y de los turcos- marcó toda su experiencia posterior. Me acuerdo bien de una ocasión, cuando le pregunté sobre el por qué de su preocupación y su fascinación por el Estado Inca y me contestó que tenía que ver con ser rumano. La afinidad que sentía con el pueblo catalán quizás se debía también a ese aspecto de sus orígenes.

A este respecto, cabe notar asimismo que sus antecedentes judíos al parecer le interesaban bien poco. Si bien tenía amigos judíos, cambiaba el tema cuando la gente le preguntaba sobre ese aspecto de su identidad. Hablaba seis idiomas con fluidez: ruso, rumano, alemán, francés, inglés y español. El yiddish, el idioma hablado en casa por sus padres durante su infancia, no figuraba. Su gran amigo de toda la vida, Sidney Mintz, me comentó que no se acordaba haberle escuchado a Murra jamás emplear alguna frase en esa lengua, y menos hablarla.

La creciente amenaza del fascismo en Rumania lo llevó a afiliarse con la juventud social-demócrata, y de allí militar en el partido comunista. Adoptó Murra (es decir, mora, en honor a sus ojos que eran intensos y negros), su apodo de la infancia, como su nombre en la clandestinidad. Después de pasar unos meses en la cárcel sus padres lo enviaron donde un tío músico que vivía en Chicago, y pudo iniciar sus estudios en sociología y antropología en la Universidad de Chicago. Contaba que como buen militante gritaba en la clase de Radcliffe-Brown desde el fondo del aula: "¡Usted no ha mencionado la lucha de clases!".

No me toca hablar sobre sus experiencias en la guerra española, aunque me acuerdo muy bien los días emocionantes que pasamos en Barcelona pocos años después de la muerte de Franco (1980? 1981?), cuando Murra fue invitado a participar en un congreso sobre la guerra en que por primera vez militantes de bandos opuestos pudieron dialogar en un ambiente de mutuo respeto: Falange, POUM, anarquistas, comunistas, jóvenes y ex combatientes. Uno de los participantes que más le gustó fue un ex militar de derechas, cuya honestidad y falta de retórica ideológica le cayeron muy bien.

Murra decía que la experiencia militar en España fue de profunda importancia para su formación, tanto como su militancia política. Descubrió el gusto (he discovered the pleasure of) por formar parte de una causa más vasta, por encima de los intereses personales, y apreció mucho las habilidades estratégicas y la visión global de los líderes y los comandantes (de un tal Petru Navodaru, militante rumano, o Ángel Palerm, comandante catalán). Pero cuando sirvió como intérprete para los comisarios del PC durante la guerra pudo observar igualmente el cinismo, los manipuleos y la politiquería a primera mano, de manera que dejó la militancia política a poco tiempo de regresar a los EE.UU. después de la guerra española. Y odiaba a los regímenes soviéticos que se instalaron en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

De vuelta a Chicago, se dedicó a estudiar antropología, y cambió definitivamente su nombre a John Victor Murra. Este nombre representa las distintas facetas de su nuevo ser: Víctor alude indirectamente a su identidad de militante, aunque su militancia cambió de perspectiva: su objetivo ya no era la revolución social y el socialismo, sino la antropología y el rescate de las grandes civilizaciones andinas. Escogió John para indicar su nueva identidad de ciudadano norteamericano: un nombre ordinario, neutral, casi anónimo. Solamente con el nuevo apellido de Murra señalaba una cierta continuidad con la infancia.

Estas experiencias son claves para entender su enfoque tan original en la antropología y en particular acerca de la civilización andina. Su afán por la antropología no se originaba en una actitud romántica anticapitalista, típica de nuestra disciplina en la época. Pienso que eran dos los motivos que le inspiraban: por una parte, un menosprecio por las petulancias y presunciones de los europeos en sus proyectos imperiales, y por otra, la urgencia de rescatar los conocimientos sobre una gran civilización. La importancia del Estado Inka para la historia mundial se debía al hecho de su originalidad y surgimiento autónomo, al no ser el producto de procesos de difusión y/o préstamos culturales recíprocos, tal como era el caso de la mayor parte de las civilizaciones del Viejo Mundo. Cuando hablaba de la invasión europea de América -y siempre hablaba en términos de los europeos, sin echar la culpa a los españoles en particular- no insistía tanto en la injusticia de aquel acto histórico, sino que hacía hincapié en la ignorancia y la destrucción de tantas cosas únicas en el mundo, tantos conocimientos preciosos que se perdieron.

Todos los que le visitaron en su casa en Ithaca, New York, pudieron apreciar el gran dibujo de un quipocamayoc incaico sobre la pared del comedor, tomado de la Nueva Coránica y Buen Gobierno de Waman Puma. Consideraba que la tarea de descifrar el lenguaje de las cuerdas anudadas, y de leerlas, era parecida a aquella de descifrar la piedra Rosetta, y que sólo cuando los quipos rindieran sus secretos estaríamos en condiciones de entender la grandeza de las civilizaciones andinas.

De igual manera, mostró una gran sensibilidad por las distintas técnicas de producción y los propios productos, que permitían a los distintos estados andinos asentarse en un medio ambiente tan particular. Le fascinaban, por ejemplo, las técnicas de almacenamiento. Los Inkas mantenían inmensos almacenes de alimentos, semillas, armas, ropas, y lo notable del caso es no sólo que los burócratas llevaban cuentas detalladas de cada cosa almacenada y quien lo había producido, sino que los ingenieros habían inventado técnicas para que se mantuvieran en buen estado durante años sin estropearse o pudrirse.

Murra también prestó especial atención a los usos particulares de los distintos productos para indicar su originalidad. Sus trabajos sobre los tejidos como símbolo de estatus, como máximo don, y como fuente de riqueza, fueron pioneros y han inspirado a muchos estudios posteriores. Asimismo, insistió toda la vida en la importancia de la hoja de coca en el desarrollo de las grandes civilizaciones de la región andina.

Estos temas particulares le preocupaban, pero siempre situados en un marco más vasto. Le fascinaban los mecanismos administrativos que permitían a pueblos dispersos en un medio ambiente tan difícil construir estados, lograr comunicaciones a larga distancia, perfeccionar conocimientos científicos, en fin, crear civilizaciones. Aunque no citaba a Louis Baudin en su obra, no olvidemos que el historiador francés había publicado en 1928 su estudio sobre los Incas del Perú bajo el título 'Un Imperio Socialista' en que manifestaba las similitudes entre el sistema inca y aquel de los bolcheviques en la flamante Unión Soviética. Si bien Baudin llamaba la atención sobre lo que él veía como la ausencia de derechos y de libertad personal, y el culto del trabajo común a ambos estados, lo que impresionaba a Murra fue la capacidad administrativa, tan espectacular en el caso inca: ¿Cómo animar a los campesinos a trabajar para el bien del Estado? ¿Cómo hacerles desplazarse a veces cientos o hasta miles de kilómetros desde sus pueblos de origen para asentarse en una zona peligrosa, en defensa de la frontera? A Murra le fascinaba el poder, no tanto como un mecanismo coercitivo, de control y de explotación, sino un bien civilizador. Uno de los personajes históricos que más apreciaba por ser un hombre de Estado fue don Pedro Chuchuyauri, señor de los Yacha, cuyo testimonio forma parte de la magistral Visita de la Provincia de León de Huánuco en 1562.

La publicación de esta Visita nutrió toda su obra posterior, porque los testimonios de los señores de la región de Huánuco son tan detallados y en muchos casos tan humanos. Pueden ser considerados como heroicos en su afán de mantener el orden del Tawantinsuyu 30 años después de la llegada de los europeos, y rendir cuentas de todos los recursos, inclusive los humanos, que se encontraban bajo su responsabilidad. Para Murra, el Estado inca no fue esclavista. Lo interesante del caso no era el hecho -obvio por demás- de que las elites Inka reunían tanta riqueza y tanto poder en sus personas, sino que el Estado funcionara a gusto de muchos de sus subditos.

De igual manera apreciaba el genio de españoles como Polo Ondegardo o del doctor Barros, objeto ambos de algunos de sus últimos ensayos, por su curiosidad por entender la naturaleza de la civilización que sus gobernantes intentaban destruir.

En resumidas cuentas, Murra encontraba en las culturas americanas una manera de estudiar la vida humana enfatizando los logros y la originalidad, como contraparte positiva de sus denuncias de la ignorancia, la mezquindad y la destrucción. Si bien tenía una excelente formación teórica, se impacientaba cada vez más con los que discurseaban en base a abstracciones. Para él la antropología y la etnología tenían que ser siempre ciencias de lo concreto, en las palabras de Lévi-Strauss. Los antecesores académicos que más apreciaba eran los que se dedicaron a estudiar y a documentar los hechos mundanos y cotidianos, tales como Fletcher y La Flesche (autores de The Omaha Tribe), y Paul Radin (autor del The Winnebago Tribe) para Norteamérica; Valcárcel y José María Arguedas para el Perú; Ramiro Condarco Morales y Gunnar Mendoza para Bolivia.

Murra subrayaba con evidente placer las largas continuidades en la organización de las sociedades y culturas americanas, y de esta manera quizás lograba trascender las profundas rupturas en su vida personal. Lo cierto es que encontraba en la antropología una casa, una familia global de la cual le gustaba formar parte. Como lo comentó en el prefacio a su compilación sobre los antecedentes tempranos de la antropología norteamericana: "pretendo que [la antropología] sea la única afiliación étnica, religiosa e ideológica que tengo" [Ipretend that it is my only ethnic, religious and ideologic affiliation"]. Creo que es una afiliación que compartimos todos los antropólogos.

Muchas gracias, 18 de febrero 2007

Notas

1 Sesión conmemorativa para JV Murra, École des Hautes Etudes en Science Sociale, Paris, 25 enero 2007. Acto homenaje a John V. Murra, Institut d'Estudis Catalans, Barcelona, 20 de febrero de 2007, Institut d'Estudis Catalans, Barcelona.

2 Nota de los Editores: La edición final de este número nos impactó con la inesperada noticia de la muerte de Olivia, quien fue una de las primeras que estuvo dispuesta a participar y enviar los dos manuscritos que acá se publican (ver sentidos homenajes de Albo y Bubba 2009 y Bouysse-Cassagne y Platt 2009).

Referencias Citadas

Albo, X. y C. Bubba 2009 Olivia Harris en nuestro recuerdo. Chungara Revista de Antropología Chilena 41:167-171.        [ Links ]

Bouysse-Cassagne, T. y T. Platt 2009 Olivia Harris (1948-2009), catedrática de antropología en la London School of Economics. Chungara Revista de Antropología Chilena 41:173-177.        [ Links ]

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