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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) vol.44 no.4 Arica  2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562012000400002 

Chungara, Revista de Antropología Chilena Vol. 44 (4), 551-569 (2012)

ARQUEOLOGÍA

 

UN TIGRE EN EL VALLE. VIALIDAD, ARQUITECTURA Y RITUALIDAD INCAICA EN LA CUENCA SUPERIOR DEL RÍO ACONCAGUA

 

A TIGER IN THE VALLEY: ROADS, ARCHITECTURE AND INCA RITUALITY IN THE UPPER COURSE OF ACONCAGUA VALLEY

 

Daniel Pavlovic1, Andrés Troncoso2, Rodrigo Sánchez2 y Daniel Pascual3

1 Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile e Instituto de Estudios de Montaña de Aconcagua. Eduardo Castillo Velasco 2788, Ñuñoa, Santiago, Chile. daniel.pavlovic@gmail.com

2 Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Ignacio Carrera Pinto 1045, Ñuñoa, Santiago, Chile. atroncos@uchile.cl; rsanchez@uchile.cl

3 Brown Norte 554, Dpto. 301 B, Ñuñoa, Santiago, Chile. danipascual79@gmail.com


Resumen

Se presentan los resultados de las investigaciones desarrolladas en el sitio incaico El Tigre, situado en la cuenca superior del río Aconcagua, en la zona septentrional de Chile Central. Su conjunto arquitectónico monumental, su contexto material y el análisis de su relación con otras manifestaciones incaicas situadas en zonas adyacentes apuntan a un carácter mutifuncional del sitio, reflejado de manera preferente en su asociación con la red vial y expresiones rituales de origen cuzqueño implantadas en la zona durante el período Tardío (1.400-1.542 d.C.). Estos antecedentes se discuten a la luz de los mecanismos que tuvo en la zona la presencia del Tawantinsuyu.

Palabras claves: vialidad, arquitectura, ritualidad, Tawantinsuyu, valle de Aconcagua.


Abstract

This paper presents the results of research conducted at the Inca site of El Tigre, situated in the upper basin of the river Aconcagua, in the northern area of Central Chile. Its monumental architecture and material context and analysis of its relationship with other Inca remains in nearby areas all suggest a multipurpose character for the site. This is found primarily in its association with the Inca road network and evidence of ritual expressions originating in Cuzco implanted in the area during the Late Period (1.4001.542 BC). These antecedents are discussed in relation to the mechanisms held by the presence of Tawantinsuyu in the area.

Key words: Inca road, architecture, rituals, Tawantinsuyu, Aconcagua valley.


 

Desde los inicios de la investigación arqueológica se ha discutido el carácter que tuvo la presencia Inca en Chile y su influencia en las poblaciones locales. La postura inicial de Barros Arana (1930 [1884]), que otorgaba un rol civilizatorio al Tawantinsuyu, fue rebatida por Latcham (1928). Esto, sumado al corto período de presencia Inca según la cronología etnohistórica "corta" de Rowe (1945, 1946) y la escasa investigación sistemática en Chile Central durante gran parte del siglo XX, explican de alguna manera los planteamientos etnohistóricos sobre una escasa presencia incaica en la región (León 1983; Silva 1985) y la definición acrítica de esta zona como un espacio de frontera, en proceso de incorporación (Dillehay y Netherly 1988; Hyslop 1990; Stehberg y Planella 1998).

Esta situación comenzó a ser superada parcialmente a partir de fines de los años 80 del siglo pasado con el desarrollo de algunas investigaciones sistemáticas, lo que ha permitido generar modelos más críticos e integrales (González 2000; Llagostera 1976; Planella y Stehberg 1997; Stehberg 1995), destacando las propuestas de Llagostera (1976) y González (2000) sobre un dominio incaico directo, pero discontinuo, basado en enclaves situados estratégicamente que se transformaban en núcleos incaizantes y que determinaban el establecimiento de relaciones de distinto grado y significación con los grupos locales.

Este modelo ha sido considerado con variaciones para distintas regiones del Tawantinsuyu (Pease 1991; Siiriainnen y Parssinen 2001; Williams y D'Altroy 1998) y entre sus causas se encontraría el hecho de que no eran zonas orientadas a la obtención de recursos alimenticios y a las dificultades que habría tenido el Cusco, debido a la distancia, para controlar y administrar el sistema de redistribución (Sánchez 2004).

En ese contexto, Uribe (2000) ha criticado que la discusión sobre la presencia incaica se haya centrado en la monumentalidad arquitectónica, resaltando que las evidencias apuntan a una estrategia estatal de incorporación basada en la eficacia simbólica de las conductas ceremoniales.

Del mismo modo, Sánchez (2004) plantea que, al ser el Tawantinsuyu un "Estado Temprano" (Ziólkowski 1996) o en proceso de consolidación, su presencia en Chile Central debe ser analizada considerando un dominio discontinuo y la centralidad de una estrategia estatal basada en el ceremonialismo, el cual tendría como elemento central la arquitectura incaica, tal como han planteado Gallardo y colaboradores (1995). Esta actuaría como expresión simbólica y legitimadora de la ocupación del territorio al replicar actos ocurridos durante la fundación del Cusco, otorgándoles un carácter político-simbólico de refundación del espacio, reestructurándolo e integrándolo al Tawantinsuyu. Esta situación ha sido planteada también para el noroeste argentino (Acuto 1999) y espacios amazónicos (Siiriainnen y Parssinen 2001).

Una primera aproximación llevó a plantear que esta nueva materialidad arquitectónica, y también aquella representada por el conjunto cerámico inca-local, se presentaba segregada de los contextos culturales autóctonos (Sánchez 2003, 2004), lo que podía ser analizado utilizando las categorías de exclusión e inclusión (Gallardo et al. 1995). Posteriormente, se propuso que los principios de exclusión e inclusión se generaban especialmente a través de la utilización de dos materialidades, el arte rupestre y la arquitectura monumental (Sánchez y Troncoso 2008; Troncoso 2004), el primero funcionando como la materialidad privilegiada, generando la inclusión gracias a la convivencia, en estilos locales, de motivos locales e Incas, y la arquitectura para la exclusión, separada de lo local.

Los últimos estudios han revelado un mucho más complejo manejo de estas categorías y de las materialidades involucradas, permitiendo reevaluar sitios incaicos ya conocidos y discutir su dinámica dentro de un sistema de construcción social y ritual del espacio (Martínez 2010; Troncoso et al. 2009). A la luz de tales avances, se contextualizan los resultados obtenidos en el sitio El Tigre y en áreas aledañas, discutiéndose la funcionalidad del sitio y su relación con las modalidades que habría adquirido la presencia del Tawantinsuyu en la zona y en Chile Central en general.

El Período Tardío en el Valle de Aconcagua

Gracias a una serie de investigaciones sistemáticas generadas a partir de la década de 1990, ha sido posible realizar importantes avances en el conocimiento sobre el período Tardío en la cuenca superior y media del río Aconcagua (Garceau et al. 2010; Pavlovic et al. 2004; Pavlovic et al. 2006, Pavlovic et al. 2007; Rodríguez et al. 1993; Sánchez 2004; Sánchez et al. 2007; Stehberg y Sotomayor 1999, Stehberg y Sotomayor 2002-2005; Troncoso 2004; Troncoso et al. 2009). Actualmente es posible plantear que el Tawantinsuyu se hizo presente en el valle de Aconcagua en forma territorialmente discontinua, reconociéndose espacios con evidencias incaicas monumentales y claras transformaciones en las tradiciones tecnológicas de las poblaciones locales y zonas sin este tipo de testimonios, dando cuenta de una actuación diferencial en intensidad y, una dinámica heterogénea de ocupación de este territorio. Esta situación pudo, al menos en parte, estar relacionada con las características del panorama social previo, para el cual se ha reconocido la presencia de sociedades segmentarias compuestas por comunidades horticultoras con un patrón de asentamiento disperso que privilegia el uso de las zonas llanas de valle, con autonomía productiva y bajos niveles de desigualdad sociopolítica, centralismo político y especialización artesanal. Estas comunidades han sido agrupadas en al menos dos tradiciones culturales sobre la base de sus diferencias en tecnologías alfareras, tradiciones funerarias y expresiones rupestres, una asentada en el valle de Putaendo y fuertemente interconectada con poblaciones ubicadas al norte (valles de La Ligua, Petorca y litoral adyacente) y otra en la cuenca de San Felipe-Los Andes, con esferas de interacción centradas en los grupos Aconcagua de la cuenca del Maipo-Mapocho (Pavlovic et al. 2006; Troncoso 2004).

Si a esto se suma el hipotético movimiento o traslado de poblaciones desde regiones aledañas (grupos Diaguitas y Aconcagua), es factible suponer que durante el período Tardío en el valle de Aconcagua se hayan generado procesos diferenciales de transformación sociocultural, conflicto, integración y/o alianza de las poblaciones locales con el Tawantinsuyu y, por ende, la generación de un panorama multicultural. Todos estos fenómenos se habrían dado en un período de tiempo mayor al planteado tradicionalmente, ya que parte de las dataciones obtenidas hasta el momento confirmarían la llegada del Tawantinsuyu a las regiones centrales de territorio chileno antes del 1.470 d.C. (Sánchez 2004; Stehberg 1995; Uribe 2000), fecha tradicionalmente planteada para la incorporación de la zona al Estado incaico (Rowe 1969 [1944]).

Complejo Arquitectónico El Tigre

El sitio se emplaza en las cercanías de la localidad de Tabolango (Provincia de San Felipe, V Región de Valparaíso), en un macizo precordillerano que delimita la cuenca de San Felipe-Los Andes por el noroeste y el valle del río Putaendo por el este (Figura 1) y ocupando la angosta planicie de una estribación serrana denominada loma El Tigre (1.240 msm), prolongación suroeste del monte más alto del área, el Orolonco (2.333 msm).

Como portezuelo y divisoria de aguas de las dos cuencas referidas, esta loma es parte del límite de terrenos entre dos comunidades de campo, la de Jahuel (San Felipe-Los Andes) y la de Rinconada de Herrera (Putaendo), lo que a su vez sitúa al sitio en la actual frontera administrativa entre las comunas de Santa María y de Putaendo.

A 100 metros al norte del sitio se emplaza la "vertiente de la virgen", fuente permanente de agua dulce que alimenta en la ladera adyacente una vega y un bosquete de quillayes (Quillaja saponaria), boldos (Peumus boldus) y litres (Lithraea caustica). El resto del entorno del sitio presenta formaciones vegetacionales con espino (Acacia caven), guayacán (Porlieria chilensis) y quillayes de menor talla.

Figura 1. Plano de emplazamiento del sitio El Tigre y de otros sitios y localidades de la cuenca superior del río Aconcagua mencionados en el texto.

Map of the El Tigre site and other relevant sites and locations of the upper basin of Aconcagua river mentioned in the text.

El sitio se ha conservado en buenas condiciones debido a su distancia de lugares poblados y al "sello" constituido por el material arcilloso fino que, arrastrado por la lluvia desde la ladera adyacente, lo ha cubierto, a excepción del extremo superior de las rocas de los muros. No obstante lo anterior, el sitio ha sufrido intervenciones parciales a raíz de la construcción de un camino vehicular y algunas excavaciones de saqueo.

Espacialmente, El Tigre puede ser dividido en dos sectores, suroeste y noreste (Figura 2).

El sector suroeste corresponde a una angosta planicie (1.800 m2) y ladera de pendiente suave que se encuentra delimitada por el norte por grandes afloramientos rocosos angulosos, los cuales a la distancia se asemejan a grandes muros, y en cuya superficie se aprecian fragmentos cerámicos de los períodos Alfarero Temprano e Histórico, material lítico y algunos materiales subactuales.

En el extremo oriental de este sector se aprecia un muro doble aislado, posiblemente de manufactura incaica, cuyo extremo noreste habría sido disturbado por la construcción del camino vehicular señalado.

Por su parte, el sector noreste es una pequeña llanura (1.000 m2), ubicada unos 2 m sobre el nivel del sector suroeste, y que se encuentra delimitada al oeste por grandes afloramientos rocosos pertenecientes a la misma formación descrita anteriormente. Hacia el sur se ubica una ladera de pendiente suave y hacia el norte y este el piedemonte del cerro adyacente llamado El Alto (2.040 msm).

En la superficie de este sector se observan alineamientos de roca muy enterrados pertenecientes a los muros de la estructura principal del sitio, así como escasos fragmentos cerámicos.

Con el fin de definir la organización arquitectónica, técnicas constructivas, cronología y funcionalidad del sitio, entre los años 2005 y 2009 se excavó una superficie de aproximadamente 52m2 en distintos sectores del sitio (Pavlovic et al. 2011; Troncoso et al. 2009) (Figura 3).

Patrón arquitectónico y técnicas constructivas

El sitio presenta arquitectónicamente tres unidades, dos de ellas adscritas por morfología, emplazamiento, técnicas constructivas y contexto material al período Tardío (muro 1 y estructura 1) y la tercera sin asignación hasta el momento (muros 2, 3 y 4) (Figura 2).

Figura 2. Plano topográfico con sectores del sitio El Tigre (suroeste y noreste).

Topographic map of El Tigre (southwest and northeast sectors).

Figura 3. Fotografías panorámicas excavaciones extensivas sitio El Tigre temporada 2009.

Panoramic photographs of extensive excavations at the site El Tigre, 2009 season.

El muro 1 está en el sector suroeste y es un muro doble, recto y aislado de otros recintos. Tiene un largo de 15 m y una orientación noreste-suroeste (azimut: 230). Aunque se desconoce su extensión total debido a que está disturbado por un camino reciente, su orientación lleva a pensar que se unía a la estructura 1 o bien al afloramiento sobre el cual esta se sitúa.

Por su parte, la estructura 1 es un Recinto Perimetral Compuesto (RPC) de 530 m2 ubicado en el área noreste. Su esquema cuadrangular queda verificado al constatar la homogénea extensión de los muros perimetrales (20 a 25 m de largo) y sus azimuts (1600 en muros norte y sur y 600 en muros este y oeste), los cuales generan ángulos rectos casi perfectos en sus cuatro esquinas (Letelier 2010). Este carácter cuadrangular simétrico sólo se ve roto en el sector noroeste con un recinto que sobresale unos metros, prolongando el muro perimetral oeste hacia el noreste (Figura 2).

En su interior, en forma paralela y perpendicular a los perimetrales, se disponen otros muros que definen al menos en los lados norte, sur y oeste ejes de recintos cuadrangulares y rectangulares contiguos en torno a un área central libre de estructuras que podría asumirse como un explazo central o kancha incaica. Las excavaciones realizadas en los sectores sur y oeste de la estructura indicarían que los ejes estarían compuestos por tres recintos por lado, sumando un total de al menos seis recintos.

De la superficie total de esta estructura, 170 m2 están ocupados por el explazo central y los restantes 360 m2 se distribuyen en los recintos, con áreas bastante similares entre si y las cuales varían entre los 35 y los 44 m2 (Letelier 2010).

Sólo se han reconocido unos pocos accesos que conectan recintos interiores entre sí o con el explazo central, por lo que no ha sido posible establecer el patrón de circulación al interior de la estructura 1.

Tanto el muro 1 como la estructura 1 presentan similares técnicas constructivas, con lajas de entre 40 y 70 cm de alto dispuestas verticalmente, con sus caras lisas hacia el exterior y organizadas en hileras paralelas que conforman muros dobles de una hilada, sin presencia de mortero de relleno y enterradas entre 10 y 15 cm de profundidad a partir del piso existente al iniciar la ocupación del período Tardío (Figura 3).

Sus anchos son bastante homogéneos, presentando 80 cm en el muro 1 y en los muros perimetrales de la estructura 1 y 70 cm en los muros de los recintos de esta última, valores recurrentes en la arquitectura incaica (Agurto 1987).

Debido a que en las excavaciones de la estructura 1 se recuperaron rasgos de ceniza, carbón y restos de quincha quemada con negativos de ramas y troncos se propone que los muros de piedra, que no habrían superado los 50 cm de altura desde el piso, fueron la base de gruesos muros de quincha, adobe o barro apisonado (tipo tapial) que, luego del abandono del sitio, habrían colapsado y quemado, posibilitando el cocimiento de su componente arcilloso.

Esto se vería apoyado en la presencia de un fino sedimento rojizo asociado a los muros de piedra registrado en otras unidades de excavación sin evidencia de quemas, el cual correspondería a la desintegración paulatina del componente arcilloso de los muros de quincha, tal como se ve en estructuras actuales de este mismo material que no reciben mantención periódica.

Cabe señalar que muros de quincha, adobe y tapial son frecuentes en las zonas rurales de la zona central hasta la actualidad y que también se han reconocido en sitios incaicos, como la Kallanka de Turi (Cornejo 1995) y Raqchi, en el valle de Cusco (Agurto 1987).

Finalmente, la tercera unidad también se sitúa en el sector noreste del sitio y está constituida por tres simples acumulaciones de rocas lineales de 60 cm de altura máxima y unos 110 cm de ancho en promedio (muros 2, 3 y 4), situadas respectivamente en el sector noreste de la estructura 1 y fuera de esta, hacia el este y al sur. Su emplazamiento, la sencilla técnica constructiva, su orientación y la posibilidad que para su elaboración se habrían utilizado rocas de la estructura 1, llevan a hipotetizar que fueron construidas con posterioridad al fin de la ocupación incaica, pudiendo corresponderse con actividades de pastoreo caprino de cronología histórica republicana (siglos XIX y XX).

Estratigrafía y Secuencia Ocupacional

El sitio presenta un perfil estratigráfico de baja complejidad, caracterizado por la presencia de tres capas. La primera (A, 0-30/35 cm de profundidad) es un limo arcilloso café rojizo (5YR 5/3 reddish brown)3 con escasos materiales culturales, que sepultó la estructuras y la ocupación del período Tardío luego del abandono del sitio.

La segunda capa es un limo orgánico café oscuro (5YR 5/1 gray)3 de menor compactación con rasgos de carbón y ceniza (B, 30/35-55 cm). Los materiales de esta capa y su ubicación en relación a las rocas base de los muros indican que se corresponde con la ocupación del período Tardío. Dos rasgos de ceniza, recuperados en la unidad de excavación 5, corresponderían a la incineración de la materia vegetal incluida en los muros de quincha o tapial y otros dos, unidad 6, estaban asociados a cerámica y restos óseos de camélidos, por lo que corresponderían a los restos de fogatas relacionadas con el procesamiento de alimentos, realizadas o desechadas en el lugar.

Finalmente, la capa más profunda (C, 55/6080 cm) es una arcilla café clara (5YR 7/2 pinkish gray)3 compacta que fue intervenida por la construcción de las estructuras del período Tardío y se corresponde con la ocupación previa del sitio asociada al período Alfarero Temprano, lo que explicaría la presencia de materiales asignables a esta etapa también en la capa B. Bajo esta capa C se presenta un conjunto homogéneo de bloques rocosos de distinto tamaño que corresponderían a la parte superior del afloramiento rocoso base que ha conformado el portezuelo (Figura 4).

Cultura Material

A pesar de que la construcción de las estructuras determinó que materiales de los períodos Alfarero Temprano y Tardío se encuentren mezclados en las capas A y B, ha sido posible diferenciar los materiales de ambas ocupaciones (cerámica) o atribuir la mayoría de las muestras a la ocupación del segundo período indicado (materiales zooarqueológicos y arqueobotánicos).

Material cerámico

Los 278 fragmentos asignados al período Tardío (Alfaro 2010) evidencian los rasgos morfológicos, decorativos y tecnológicos del conjunto cerámico incaico local del valle de Aconcagua, compuesto por piezas que emulan formas y decoraciones de origen incaico producidas posiblemente por poblaciones locales y utilizadas preferentemente en sitios con arquitectura monumental situados sobre cerros o estribaciones montañosas y en los cuales se habrían desarrollado eventos rituales de interacción entre las poblaciones locales y el Tawantinsuyu (Martínez 2010; Pavlovic y Rosende 2010; Troncoso et al. 2009). Cabe destacar la completa ausencia de piezas cerámicas incaicas cuzqueñas, Diaguita-incaicas o de tipos cerámicos locales.

De acuerdo al análisis de los fragmentos indicadores de forma recuperados (bordes, cuellos y parte superior de cuerpo) y de cuerpo, se han identificado vasijas restringidas con cuello alisadas y pulidas medianas (13-16 cm de diámetro de boca), correspondientes a ollas, jarros y aríbalos, y piezas no restringidas alisadas y pulidas medianas (14 cm) y grandes (24 cm) que darían cuenta de escudillas de baja altura (platos playos o planos) con un asa en arco horizontal. Todas las piezas presentan paredes delgadas y medianas (0 a 7 mm).

Cerca del 32% de la muestra presenta decoración, incluyendo engobe rojo en una o ambas superficies (18% del total) y una amplia gama de variedades con decoraciones pintadas (14%), destacando motivos policromos en negro y/o rojo sobre blanco y negro sobre rojo por el interior de las escudillas y el exterior de los aríbalos y otras piezas restringidas, destacando el diseño reticulado (Figura 5).

Figura 4. Fotografía con detalle de estatigrafía

Stratigraphic detail

Figura 5. Fotografías de fragmentos cerámicos decorados. (5.1) Reticulado negro sobre blanco exterior - alisado interior (posible aríbalo). (5.2) Rojo engobado exterior - Banda reticulada negro sobre rojo engobado interior (escudilla baja). (5.3) Asa plana de escudilla baja rojo engobada exterior e interior. (5.4) Asa cinta negro sobre blanco (aríbalo).

Decorated sherds: (5.1) Reticulated Black on White exterior /Smoothed interior (possible amphora or aryballos form). (5.2) Red slipped exterior / Black on Red reticulated slipped interior (short bowl). (5.3) Flat exterior handle of short bowl with red slipped interior and exterior. (5.4) Black on White handle (amphora or aryballo form).

Atributos tecnológicos presentes como el alisado escobillado interior en el 12% de la muestra y otros varios asociados a una manufactura relacionada posiblemente con una producción a mayor escala que la del Intermedio Tardío (bolsas de aire, irregular distribución, escasez o desigualdad extrema en el tamaño de los antiplásticos, cocción incompleta, textura deleznable y de fácil fractura), son característicos de la alfarería incaica local de la zona.

Finalmente, destaca la ausencia de huellas de exposición al fuego relacionadas con el procesamiento y/o recalentamiento de alimentos.

Material lítico

Aunque no se ha podido discriminar la asignación temporal de las 1.298 piezas líticas recuperadas en excavación, es factible plantear algunas consideraciones generales para el período Tardío (Pascual 2010).

Inicialmente, es importante señalar la escasa presencia de piezas con corteza (7,59% de la muestra), lo que indicaría que las primeras etapas de la cadena operativa se realizarían fuera del sitio y una articulación de la organización tecnológica con otros sitios de la zona.

Este aspecto se relacionaría con las materias primas representadas, gran parte de las cuales son aloctonas, ya que en el entorno se reconocen rocas básicamente graníticas y cuarcíticas. En ese marco, aunque predominan las materias primas de granulometría media como el basalto y la andesita (representan el 67,74%), destaca la cantidad de piezas en rocas de grano fino tipo silíceas (30,08%) y la presencia de un pequeño derivado de talla de obsidiana, materia prima naturalmente ausente en el valle, que se ha registrado solo en contextos del período Tardío y cuyo origen más probable se situaría a unos 300 km al sur (Glascock et al. 2010).

Las categorías de instrumentos identificados darían cuenta de trabajo sobre madera, hueso y/o cuero (cepillos, raspadores y derivados con modificaciones) y la refacción y descarte de puntas de proyectil fracturadas. La ausencia de instrumentos de molienda sugiere que el procesamiento de granos no fue una actividad significativa.

Destaca la presencia de una punta triangular de base escotada con pedúnculo elaborada en sílice y dos adornos en piedra talcosa, posiblemente combarbalita, que corresponden a elementos que en la zona se asocian exclusivamente al período Tardío.

Por último, las piezas recuperadas muestran una alta fragmentación que podría estar indicando un significativo grado de circulación de personas en el sitio (fractura por pisoteo).

Material zooarqueológico

Se recuperó una muestra de 494 elementos, que en su mayoría corresponden a astillas no identificables (89%). Del pequeño conjunto restante, un 85% fue asignado a Lama sp., un 11% a Mamallia (la mayoría debiera ser a Lama sp.), 1% a Ave y 1% a Rodentia. Un 38% de los restos zooarqueológicos presentan huellas de termoalteración (Iglesias 2010).

Al interior de Lama sp. fue posible identificar un número mínimo de seis individuos (NMI), tres de ellos con evidencias de exposición al fuego y también huellas de corte.

Se presenta un instrumento (espátula o piezas de ornamentación) elaborado a partir de un hueso largo de Lama sp.

Las alteraciones tafonómicas secundarias (canidos o roedores) son prácticamente inexistentes, contrastando con el porcentaje (39%) que evidencia la acción de raicillas.

Todo esto apunta a una concentración en el uso del recurso camélido, particularmente como alimento, sea mediante el descarne (huellas de corte), asado directo (exposición al fuego) y otros mecanismos de procesamiento, como la cocción en agua. A esto último podría deberse la alta fragmentación de la muestra y el hecho de que más del 60% no presenta signos de termoalteración. Evidencias similares de un probable procesamiento vía "caldo" también han sido registradas en sitios incaicos del Norte Chico (Cristian Becker comunicación personal 2007).

Finalmente, la alta fragmentación del material podría relacionarse con la limpieza de este espacio y/o por un importante grado de pisoteo, situación que se observa también en el material lítico.

Material arqueobotánico

La flotación de 26 litros de sedimentos procedentes de distintos sectores del sitio ha permitido el análisis de un total de 107 carporrestos que en su mayoría pudieron ser identificados (71,96%) y se encontraban carbonizados (67,29%), los cuales pertenecían mayoritariamente a especies silvestres de tipo herbáceo y arbustivo (Belmar y Quiroz 2010).

Es así como taxones de tipo arbustivo como Euphorbiaceae y Onagraceae fueron registrados en los rasgos asociados a argamasa de construcción (unidad 5), lo que confirmaría su uso como materia prima de los muros de quincha.

Con respecto a las evidencias de especies herbáceas, los rasgos de ceniza (unidad 6) evidenciaron Chenopodiaceae y Portulacaceae, además de Fabaceae, Poaceae y Suaeda sp., los que pudieron haber sido utilizados como combustible para fogatas, o haber ingresado al registro de manera no intencional, durante el colapso e incineración de los muros de barro.

En ese contexto, es probable que se hayan desarrollado actividades efímeras de recolección y probable procesamiento y consumo de una variedad de taxas silvestres económicamente significativas como quilo (Muehlenbeckia hastulata), leguminosas, gramíneas (Poaceae spp.), quisco (Echinopsis sp.) y otro cactus no identificado (Cactaceae sp.).

Cronología Absoluta

Se han obtenido 9 dataciones absolutas para el sitio, 7 radiocarbónicas que fueron obtenidas a partir de carbón, ceniza y restos óseos de camélido y 2 de termoluminiscencia obtenidas de fragmentos cerámicos (Tabla 1). A excepción de la datación de UGAMS 5532 (que correspondería a ceniza de la ocupación Alfarera Temprana), la revisión de las dataciones radiocarbónicas permite confirmar la asignación del sitio al período Tardío, situándose en un rango entre 1.423 y 1.604 cal. d.C.

Al respecto, las fechas más tardías (UGAMS 5530, 5531 y 5533) fueron obtenidas de carbones procedentes de una capa que ha sido relacionada con el abandono del sitio (caída de los muros de quincha y la quema del material vegetal incluido en estos o presente en forma silvestre).

Por su parte, las fechas UGAMS 5980, 5981 y 5983, obtenidas de restos óseos de camélido, datarían específicamente de la ocupación incaica del sitio. Es posible indicar que la calibración de dos de estas generan un rango inferior previo a 1.470 d.C. (UGAMS 5981 y 5983) apoyaría los planteamientos sobre una presencia más temprana del Tawantinsuyu (Sánchez 2004).

Con relación a las fechas por termoluminiscencia, una de ellas (UCTL1687) se corresponde con las dataciones más tempranas obtenidas por radiocarbono a partir de la aplicación de sus sigmas (1.285-1.425 d.C.), mientras que otra (UCTL1688) plantea un problema pues entrega una datación asignable al Intermedio Tardío, sin que exista evidencia alguna de ocupación de tal período. Esta situación podría corresponder a un problema con la muestra cerámica (por ejemplo, deficiente cocción).

Dinámica Funcional de El Tigre y su Relación con la Vialidad Incaica en la Cuenca Superior del Río Aconcagua

El emplazamiento, la composición arquitectónica, los contextos materiales recuperados y las dataciones absolutas obtenidas permiten plantear que El Tigre corresponde a un asentamiento construido y ocupado durante el período Tardío, siguiendo una planificación logística y política definida por el Tawantinsuyu que contrasta fuertemente con el patrón de asentamiento, la estructura de los espacios domésticos y públicos y las tradiciones tecnológicas de las poblaciones locales que habitaron la zona en forma previa y contemporánea.

Tabla 1. Dataciones absolutas sitio El Tigre. Absolute dates for the El Tigre site.

UCTL: Laboratorio de Termoluminiscencia, Universidad Católica de Chile.

UGAMS: Center of Applied Isotope Studies, University of Georgia.

*CALIB RADIOCARBON CALIBRATION PROGRAM / Stuiver y Reimer 1986.

Es así como se sitúa fuera de las zonas de valle preferentemente ocupadas por las poblaciones locales, exhibe un patrón arquitectónico ortogonal en piedra de alta homogeneidad, solidez y complejidad estructural interna sin antecedentes a nivel de planta o tecnología en las poblaciones locales y presenta como elemento material más emblemático el conjunto cerámico incaico local, que aunque fue elaborado localmente, prácticamente no fue utilizado en los sitios habitacionales locales, sino casi exclusivamente en los sitios incaicos de la zona.

La ausencia de rasgos y concentraciones particulares de materiales que permitan definir áreas de actividad diferenciales, la escasez generalizada de materiales culturales, la ausencia de ciertos ítems tipológicos y ecofactuales (formas cerámicas asociadas al procesamiento de alimentos y escasas huellas de uso, instrumentos de molienda y evidencias de cultígenos) y la representación particular de otros (número significativo de vasijas decoradas) permite plantear que El Tigre fue un espacio donde no se realizó la variedad de actividades asociadas a sitios habitacionales de uso cotidiano, sino se efectuaron actividades domésticas de acotada duración, poco variadas y/o esporádicas por un grupo pequeño de personas.

Este registro material, sumado a los atributos espaciales y materiales de otros asentamientos incaicos de Chile central (Garceau et al. 2010; Planella et al. 1993; Stehberg 1995), permiten plantear que su función primaria fue la de servir de apoyo logístico a la vialidad estatal, al modo de un tambo o tampu.

Este carácter se ve apoyado por la estratégica posición que ocupa el sitio en cuanto a recursos básicos de sostenimiento (recursos silvestre de caza y recolección, acceso a agua fresca) y en la presencia, aunque escasísima, de obsidiana, materia prima alóctona que apuntaría a la participación del sitio en vías de comunicación interregionales establecidas mediante la vialidad incaica.

En este contexto, la asociación con un segmento de vialidad incaica de El Tigre tiene sustentos tanto documentales como arqueológicos. Entre los primeros, se puede considerar la historiografía local (Benjamín Olivares comunicación personal 2000) y una referencia documental del siglo XVII (Contreras 2000) que dan cuenta de un camino incaico en la ladera poniente del cerro Orolonco, justamente donde se sitúa El Tigre. Este segmento no coincide con lo planteado por Stehberg (1995), quien señalaba que el camino longitudinal incaico en la zona recorría el valle de Putaendo en forma paralela al río del mismo nombre, situado a unos 10 km al oeste del emplazamiento de El Tigre.

Arqueológicamente, las prospecciones realizadas en el lugar permitieron reconocer un trazado caminero asociable al camino incaico (Acuña 2010; Pavlovic et al. 2011). Este en gran parte de su extensión es un simple sendero tropero, pero en ciertos tramos, que no superan los 50 m de extensión, presenta obras tales como despeje, muros de contención, alineamientos de piedras en uno o ambos lados y un ancho de dos a tres metros, cumpliendo patrones incaicos (Hyslop 1992) (Figura 6). Cabe destacar que hasta el día de hoy es una ruta tropera utilizada por cabreros y arrieros locales como atajo para conectar en pocas horas el valle de Putaendo y la cuenca de San Felipe-Los Andes.

Según Hyslop (1992), es usual que en estos caminos se construyeran obras viales en las entradas o salidas de zonas pobladas, situación que se reitera acá al constatar que los segmentos de alta inversión están próximos a zonas pobladas durante los períodos Intermedio Tardío y Tardío (Piguchén en Putaendo y Tabolango en Jahuel).

A lo anterior se suma que El Tigre se ubica a igual distancia, y no mayor a los 15 km, de otros dos espacios con ocupación incaica: el sector del Tártaro en el valle Putaendo y la zona de Curimón (Figura 1). En el primero emplaza el sitio Pukará El Tártaro (Pavlovic et al. 2004, Sánchez 2004) sobre la cima de un cerro bajo (aproximadamente 100 m sobre el nivel del valle), y a cuyos pies se ha reconocido una intensa presencia de asentamientos habitacionales del período Tardío (Pavlovic et al. 2011; Sánchez 2004).

Curimón, por su parte, corresponde al espacio de ocupación hispana más antiguo en la cuenca superior del río Aconcagua (fines siglo XVI, Keller 1976), aspecto asociado a su ubicación adyacente al lado sur del mejor vado del río Aconcagua en la zona. Antecedentes toponímicos que pueden ser asociados a la presencia incaica se encuentran tanto en Curimón (el "Callejón del Inca", situado inmediatamente al sur del vado del río) como en el nombre de la localidad de El Tambo, situada en la margen norte del río, también a escasa distancia del vado y en donde, además, existen antecedentes de contextos mortuorios con piezas asociables al período Tardío.

Figura 6. Fotografías de tramos de camino con aterrazamiento y alineamiento de rocas: (6.1, 6.2 y 6.3): Rinconada de Piguchén, cuenca de Putaendo. (6.4): Rinconada de Silva, cuenca de Putaendo.

Road sections with terracing and rock alignments: (6.1, 6.2 and 6.3): Rinconada de Piguchén, Putaendo basin. (6.4): Rinconada de Silva, Putaendo basin.

Este camino, por tanto, atravesaría zonas poco pobladas, conectando por la ruta más directa diferentes asentamientos incaicos, con lo que replicaría una estrategia vial recurrente en el Tawantinsuyu (Acuto 1999), que favorecía una rápida comunicación entre sus instalaciones y evitaba trastocar la organización social local y conflictos con las poblaciones locales.

En este marco, la presencia de obras viales incaicas, el emplazamiento de El Tigre a medio camino entre la zona de El Tártaro y Curimón-El Tambo y la separación entre estos lugares por la tradicional distancia entre los asentamientos incaicos asociados a su sistema vial de 15 a 20 km (Agurto 1987) avalan la existencia de un tramo vial incaico no contemplado previamente en la zona y permite verificar para El Tigre su funcionamiento como un asentamiento de apoyo en la red vial, un espacio de aprovisionamiento para quienes transitaban en este segmento longitudinal del Qhapaq Ñan.

Finalmente, es importante señalar la alta probabilidad de que este tramo de camino sea parte de un eje longitudinal de gran significación que, al menos, se habría prolongado hasta el valle de La Ligua por el norte y la cuenca del Maipo-Mapocho por el sur, a juzgar por los antecedentes conocidos sobre la vialidad incaica en estos últimos espacios (Stehberg 1995).

El Tigre y su Relación con las Modalidades de Presencia Incaica en la Cuenca Superior del Río Aconcagua

No obstante lo propuesto en el acápite anterior, una comprensión cabal del sitio debe evitar el uso segregado de categorías funcionales seculares derivadas de los sistemas estatales contemporáneos y considerar que los sitios incaicos deben ser pensados como espacios multifuncionales donde se ejecutaron actividades que tuvieron fines administrativos, logísticos, productivos, políticos y rituales a la vez, tal como lo avanzara Hyslop (1990) hace varias décadas y lo sugirieran Stehberg y Sotomayor (1999) para el valle de Aconcagua.

Por lo anterior, se ha preferido evitar incluir exclusivamente a El Tigre en una de éstas y pensarlo, de partida, como un sitio multifuncional que no se agota en su relación con la vialidad.

Al respecto, contextos incaicos similares en emplazamiento geográfico, rasgos arquitectónicos y/o contextos materiales identificados en Chile central no solo han sido asociados al Qhapaq Ñan, sino también a actividades de tipo administrativo, defensivo, productivo y/o a ritual (Garceau et al. 2010; Martínez 2010; Pavlovic et al. 2004; Planella y Stehberg 1997; Stehberg 1995; Troncoso et al. 2009).

En ese marco, considerando el nivel intrasitio y a pesar de la escasez de evidencias de ocupación doméstica periódica y/o masiva, llama la atención la configuración arquitectónica del sitio, con un explazo central rodeado de recintos menores, característica poco común entre los sitios asociados preferentemente a la vialidad, sino más asociada a sitios más complejos relacionados con actividades de carácter más público con dimensiones administrativas y/o rituales (Garceau et al. 2010; Stehberg 1995). Esto podría estar asociado con acotados eventos de ritualidad incaica, lo cual explicaría la presencia de una vajilla incaica local más asociadas por lo general a actividades ceremoniales (Bray 2003).

Aunque estos acotados eventos pudieron estar preferentemente asociados a la vialidad, la consideración del sitio en un contexto territorial más amplio, hacen posible evaluar su relación con otros aspectos de la presencia incaica en la zona, como es la incorporación de creencias y rituales de origen cuzqueño (Stehberg y Sotomayor 1999).

Al respecto, el nombre de la principal cumbre de la serranía de la cual es parte El Tigre, Orolonco, ha sido considerado por Strube (1959) y Sánchez (comunicación personal 2000) como corrupción del nombre quechua para el jaguar (Panthera onca), Uturunku u Otorongo, una figura de gran significación en los Andes ligada a los especialistas religiosos y relacionada con la intermediación entre los humanos y lo sobrenatural, entre el tiempo presente y el pasado, a los conceptos de transición, frontera y cambio (Perales 2004)1. La importancia de este antecedente toponímico radica en la ausencia del jaguar en forma natural en Chile y en la identificación (Pavlovic y Rosende 2010) en la cumbre plana del Orolonco de una pequeña estructura irregular (3m2) elaborada aprovechando bloques existentes y alineamientos sencillos de rocas medianas, similar a algunas registradas en otros sitios del período Tardío como el Complejo Arquitectónico Cerro Mercachas (Troncoso et al. 2009) y Cerro El Castillo (Pavlovic y Rosende 2010), y de un bloque rocoso con petroglifos correspondientes a más de una decena de grabados rellenos de forma ovoidal y circular (sitio Orolonco 1, Figura 7), cuyos atributos se asocian exclusivamente al período Tardío (Troncoso 2004), y que podría interpretarse metafóricamente como la piel del jaguar o del Uturunku/Otorongo.

El registro toponímico, la presencia de grabados y el reconocimiento de una estructura arquitectónica en la cima del cerro llevan a pensar en una sacralización y ritualización de este espacio, desarrollándose actividades rituales en la cumbre del Orolonco, desde donde se tiene una relación visual directa con el Monte Aconcagua, principal cumbre andina y significativa waka incaica (Schobinger 1985), que no es visible desde los espacios de valle de esta zona de la cuenca superior del río Aconcagua.

Por otro lado, toda la serranía del Orolonco tiene una gran significación geopolítica, debido a que no solo funciona como divisoria de aguas, administrativa y de propiedades comunitarias actuales, sino que también habría delimitado los espacios de las dos tradiciones culturales que coexistieron durante el período Intermedio Tardío en la cuenca superior del río Aconcagua, comunidades de Putaendo y San Felipe-Los Andes (Pavlovic et al. 2006), cuyos "territorios" podían ser dominados visualmente en forma parcial desde el sitio.

Figura 7. Fotografía de petroglifo en la cima del cerro Orolonco con motivos grabados circulares y ovoidales rellenos (sitio Orolonco 1).

Petroglyph from the top of the Orolonco hill with engraved circular and ovoid filled motifs (Orolonco 1 site).

La utilización de este tipo de espacio de "fronteras" ha sido reconocida como una de las estrategias utilizadas por el Estado cuzqueño en su interacción con las comunidades locales (Perales 2004), actuando como metáfora de su calidad de mediador, pero también utilizando un lugar que tanto en el mundo andino (Cereceda 1990), como en la teoría antropológica (Leach 1978), han sido conceptualizados como espacios liminales donde median diferentes realidades (en este caso comunidades), y por ende zonas sagradas. El Tigre, por tanto, se dispondría en este lugar de mediación entre dos espacios, asociándose a un rasgo orográfico ampliamente visible desde toda la cuenca superior del Aconcagua (cerro Orolonco), y semantizándola desde la ritualidad incaica a partir de la figura mediadora del Uturunku/Otorongo. A partir de ello, se posiciona simbólicamente por encima, representando su rol de mediador o interlocutor, categoría simbólica central al pensamiento andino (Cereceda 1990), y que parece contrariar planteamientos previos (Sánchez 2004; Sánchez y Troncoso 2008): la arquitectura del Tawantinsuyu, en conjunto con su entorno aparecen jugando el papel de generar inclusión, o al menos mediar entre los dos grupos culturales locales, presentes desde el período Intermedio Tardío (Figura 9). Además, parece compartir este rol con el arte rupestre, gracias al reciente registro (Pavlovic y Rosende 2010) de un sitio con grabados esquemáticos que por técnica (trazos muy finos hechos posiblemente con instrumento metálico) y motivos (reticulados y motivos inscritos en su mayoría) dataría de momentos incaicos (Troncoso 2004), situado en la mejor ruta entre ambos espacios (sitio Orolonco 2, Figura 8), permitiría validar espacialmente la conexión entre El Tigre y la cumbre del Orolonco (Figura 9).

Figura 8. Fotografías de petroglifos en afloramiento rocoso en ruta natural de conexión entre El Tigre y la cumbre del Orolonco (sitio Orolonco 2).

Petroglyphs from outcrop rocky on natural path between El Tigre and the summit of Orolonco hill (Orolonco 2 site).

Figura 9. Imagen satelital de macizo del cerro Orolonco y sitios mencionados en el texto. Esta incluye el trazado de acceso a la cumbre del Orolonco y del eje vial incaico.

Satellite image of Orolonco hill and sites mentioned in the text. This impage indicates the path to the top of Orolonco and the Inca road.

La asociación propuesta implica, por tanto, una articulación de estos tres tipos de registro (El Tigre, petroglifos y estructura en cumbre del Orolonco) dentro de una totalidad funcional-ritual, ubicándose el Complejo Arquitectónico en la ruta de más fácil acceso a la cumbre del cerro, los grabados reticulados realizados posiblemente con un instrumento metálico a medio camino de la ascensión a la cima y, finalmente en la cumbre, el bloque con petroglifos rellenos ovoidales y circulares y la pequeña estructura asociada visualmente con el Monte Aconcagua2.

El hecho de que en todo el Tawantinsuyu estos mecanismos de apropiación y mediación se expresan y reproducen mediante eventos rituales periódicos, permitiría proponer que El Tigre podría haber sido parte de lo que se podría definir como un complejo ritual asociado al Orolonco/Uturunku/Otorongo, funcionando, en forma paralela a su rol de apoyo a la vialidad longitudinal, como base logística para acceder a la montaña y como espacio para acotados rituales, asociados tanto con la vialidad como con la veneración al mismo cerro principal.

Toda esta aproximación encuentra un significativo correlato en un sitio ubicado en otra zona con presencia del Tawantinsuyu que comparte varias características con El Tigre. Corresponde a un sitio incaico con una kallanka y otras estructuras asociadas a un posible tramo de camino incaico denominado Otorongo, situado en el valle de Ricrán, en la sierra de Perú central (Perales 2004).

En específico, el sitio se emplaza a los pies de una montaña waka para las poblaciones locales a la llegada de los europeos (Apohuayhuay) y, tal como El Tigre, en una zona de frontera o transición entre distintos grupos culturales antes y durante la presencia del Tawantinsuyu en la zona (Xauxa y Tarama) y la administración colonial, así como también entre diferentes ambientes (puna/ceja de selva).

Citando como antecedentes principales el emplazamiento de sitios tan importantes como Huanuco Pampa, Pumpu y Hatun Xauxa en zonas de fronteras entre distintas comunidades, Perales (2004) asocia el nombre del sitio Otorongo con su emplazamiento en una zona de frontera para relacionarlo con el manejo por parte del Tawantinsuyu de las diferencias étnicas, utilizando en este caso un lugar asociado claramente a la waka local. Tal como en El Tigre, en este caso, el Estado incaico se apropia de la figura del jaguar y su rol en las creencias andinas asociado a la intermediación.

Conclusiones

La planificación, construcción y ocupación del complejo arquitectónico de El Tigre fue parte de las estrategias utilizadas por el Tawantinsuyu para incorporar y mantener dentro de su extensa área de influencia el valle de Aconcagua. Su instalación y dinámica respondieron a una diversidad de factores, entrecruzando tanto una funcionalidad relacionada con aspectos administrativos (aprovisionamiento dentro de la red vial) como con aspectos rituales (sacralidad espacial asociada al cerro Orolonco) del Estado cuzqueño en la zona.

Ambas dimensiones del sitio han sido correlacionadas con la práctica incaica de incorporar espacios o lugares, construidos o no, significativos para las poblaciones locales a sus propias concepciones ideológicas, procediendo a resemantizarlos (Acuto 1999; Morris 1998). En este caso específico, el macizo del Orolonco, aunque no presenta evidencias de uso previo por las poblaciones locales, habría correspondido a un espacio liminal, una zona fronteriza entre las áreas ocupadas por las dos tradiciones culturales que ocuparon la cuenca superior durante los períodos Intermedio Tardío y Tardío.

La ocupación y sacralización de este espacio con vialidad, arquitectura, arte rupestre y creencias incaicas relacionadas con una deidad asociada con los conceptos de transición, frontera y mediación como es el Otorongo/Uturunku habría buscado situar al Tawantinsuyu y sus representantes como mediadores en el heterogéneo contexto sociocultural local. Este rol mediador habría permitido reproducir la estructura profundamente jerárquica y centralizada de la sociedad incaica, situándose esta, de manera física y simbólica a la vez, por encima de las poblaciones locales y sus diferencias y particularidades, posiblemente ofreciendo unidad, orden y armonía en comunidades caracterizadas por la segmentación e igualdad sociocultural y política. Todo este andamiaje materializaría una compleja planificación logística y política del espacio en la cuenca de Aconcagua, pues en este espacio se aprovecharía la dinámica espacial de las poblaciones locales (territorio liminal de dos comunidades), las necesidades funcionales asociadas a la implementación del camino, las estrategias políticas del Estado y los requerimientos de la ritualidad incaica, interviniendo todos estos aspectos a partir de la construcción del Complejo Arquitectónico El Tigre, razón que lleva a definir su funcionalidad más allá de un simple tambo.

Interesante es que una estrategia similar de ocupación del espacio aprovechando las diferencias locales por parte del Tawantinsuyu, no sólo ha sido identificada de manera general en diferentes provincias del Estado (Malpass y Alconini 2010; Perales 2004), sino que se replica de manera idéntica en el asentamiento Otorongo en la sierra peruana (Perales 2004), sugiriendo una presencia directa del Estado y la replicación de una estrategia espacial específica en dos zonas completamente heterogéneas entre sí.

Aunque la inferida presencia directa podría llevar a pensar en la generación de una dinámica de exclusión de estas de los sitios cuzqueños de la zona (Sánchez y Troncoso 2008), el conjunto cerámico incaico local registrado en El Tigre y en otros sitios del valle de Aconcagua como el Complejo Arquitectónico de Cerro Mercachas (Troncoso et al. 2009), El Castillo (Sánchez 2004), Ojos de Agua (Garceau et al. 2010), entre otros, podría estar indicando que esta situación es más bien aparente y que en realidad, al menos algunos grupos locales tuvieron acceso a estas instalaciones.

Es así como ha sido posible constatar, mediante el análisis por activación neutrónica de muestras de cerámica procedentes de distintos sitios del período Tardío, incluyendo El Tigre, y el registro en el transcurso de excavaciones de rasgos de producción alfarera en sitios habitacionales de poblaciones locales en el valle de Putaendo (Pavlovic et al. 2011), que la cerámica incaica local habría sido producida por comunidades nativas con cierto grado de relación con el Estado.

Siguiendo modelos planteados para diversas zonas del Tawantinsuyu (Malpass y Alconini 2010), es posible suponer que la presencia de estos grupos locales en los sitios incaicos de la zona haya estado relacionada con la agencia de algunas autoridades locales, cuya jerarquía, prestigio y poder de convocatoria fueron potenciados de manera deliberada por pequeños contingentes de representantes del Estado (prácticamente no identificables arqueológicamente) con el fin de tener contrapartes capaces de movilizar personas para la construcción de obras como las evidenciadas en El Tigre y en la red vial identificada en la zona.

Aunque a partir de la ausencia de cerámica local en sitios como El Tigre y la escasez de cerámica incaica local en los sitios habitacionales de las poblaciones locales (incluso en los cuales esta habría producido) se podría derivar que la participación de la población local solo estuvo relacionada con la construcción de obras y la producción de bienes de uso exclusivo por grupos de origen, la ausencia de vasijas manufacturadas fuera de la zona durante el período Tardío abre las puertas a cuestionar tal idea (Pavlovic et al. 2011).

Sin embargo, más allá de quién haya dirigido todo este proceso, aspecto que requiere otras estrategias metodológicas para ser respondidas, lo relevante es cómo en esta dinámica de incorporación del Aconcagua se aplican y replican principios políticos, espaciales y administrativos que son compartidos con otras provincias del Tawantinsuyu, los que se ajustan a las realidades locales en pos de maximizar su eficacia simbólica y política.

En ese contexto, las características funcionales y espaciales de El Tigre, sumado a los resultados obtenidos de otros sitios incaicos de la zona (Cerro La Cruz, Complejo Arquitectónico Cerro Mercachas) (Martínez 2010; Troncoso et al. 2009), nos llevan a proponer que la presencia incaica en el valle de Aconcagua debe ser entendida en el marco de un fenómeno que no involucraba de manera importante la coerción, sino que más bien estaba basado en la difusión y transmisión de los principios ideológicos de origen incaico y todo lo que ello implicaba a nivel de prácticas cotidianas y rituales. Estos principios habrían tenido una desigual aceptación entre las poblaciones locales, lo que habría motivado diferentes niveles de transformaciones de las poblaciones locales y de integración de estas con el Tawatinsuyo (Pavlovic et al. 2007).

Esta propuesta en ningún caso descansa en un idealismo ingenuo, sino que también reconoce la relevancia de la dominación material, la implementación de estrategias de intensificación en la producción (como se evidencia en los contextos habitacionales de este momento, Pavlovic et al. 2011) y, posiblemente, la apropiación de mano de obra para la construcción de grandes infraestructuras estatales. Sin embargo, antes de priorizar esta segunda alternativa como motor del proceso, entendemos a ambos como dos caras de una misma moneda, pero donde las dinámicas materiales no pueden ser pensadas si no son dentro del orden de racionalidad que le entregan lógica y eficiencia (Criado 2012).

Este modelo contrasta con el enfoque de presencia cuzqueña indirecta planteado por algunos autores para Chile central (Stehberg 1995), quienes han planteado que, en la práctica, esta zona habría sido incorporada por la agencia de poblaciones mitimaes y líderes Diaguita incaizados, que, procedentes de los valles transversales semiáridos situados al norte de la cuenca del río Aconcagua, habrían establecido una especie de alianza con el Estado incaico. Al respecto, actualmente es posible establecer con seguridad la ausencia de materiales Diaguita incaicos en El Tigre y, gracias a prospecciones sistemáticas en diferentes zonas de la cuenca del Aconcagua, la inexistencia de sitios habitacionales que puedan correlacionarse con las posibles poblaciones Diaguita incaizadas trasladados a la zona como mitimaes, registrándose solo algunos fragmentos de su tradición alfarera en algunos de los sitios definidos hoy como de agregación social (Martínez 2010; Sánchez y Troncoso 2008).

En el marco de todo lo planteado anteriormente, la interpretación de El Tigre lleva a confirmar la necesaria reevaluación de todas las categorías aplicadas tradicionalmente a los sitios incaicos tales como tambo, centro administrativo, sitio defensivo, centro ritual y otras realizadas en el marco de un cambio global en la forma en que se ha enfrentado durante las últimas décadas el estudio del Estado cuzqueño y su relación con las diferentes poblaciones locales. Estas aparecen ahora como categorías fuertemente reduccionistas y en vez de ayudar, complican la comprensión de los sitios, ya que analizan las actividades del pasado en nuestras parciales y seculares segregaciones de la realidad cultural.

Asimismo, la identificación de estrategias basadas en la apropiación de las fronteras tradicionales entre comunidades locales en distintas zonas de los Andes permite complejizar la discusión sobre las fronteras en el estudio del Estado incaico, pasando de un enfoque centrado en su conceptualización como límite territorial entre las sociedades "civilizadas" incorporadas y los pueblos "salvajes" al de las fronteras o divisorias internas, entre comunidades locales integradas en mayor o menor grado con el Tawantinsuyu, al de las dinámicas de relación cotidiana entre los actores locales y los representantes del Sapa Inca, contribuyendo a la comprensión del funcionamiento del "Reino del Sol".

Agradecimientos

Los autores agradecen a CONICYT por financiar el proyecto Fondecyt 1090680 del cual es parte el presente estudio, al arquitecto Eduardo León de Santa María, a la comunidad de campo de Jahuel, a los cabreros de Tabolango, a todos aquellos que desarrollaron análisis (P. Acuña, S. Alfaro, C. Belmar, C. Iglesias, J. Letelier, L. Quiroz, E. Rosende), a los que participaron en las excavaciones (M. Alban, M. J. Barrientes, C. Cortez, I. Fuentes, D. Goldschmidt, P. Larach, J. Lillo, A. Martínez, F. Mengozzi, P. Ruano, F. Rubio, E. Silva, F. Vergara, F. Villela, S. Yakuba) y a quienes evaluaron anónimamente este trabajo.

Notas

1 Aunque parte del toponímico (lonco o lonko) tiene una acepción conocida en la lengua mapuche actual, el ma-pudungun ("cabeza", que se utilizaba también como jefe o líder), la lengua más similar a la hablada en Aconcagua al momento de la conquista hispánica, tanto la revisión de análisis de origen lingüístico de toponimias (Strube 1959) como los obtenidos en la revisión de otras fuentes como diccionarios mapudungun-español fueron estériles en la identificación de un vocablo similar a la otra sección del toponímico (oro), siendo la única alternativa una composición lingüística mixta castellana-mapudungun. Ante la escasez de este tipo de acepciones en la lengua mapuche actual y a nivel toponímico en la zona de estudio, se considera la acepción de origen quechua como la más probable.

2 En esa línea, cabe mencionar una eventual conexión entre el nombre (loma El Tigre) del lugar donde se emplaza el sitio, prácticamente inexistente en la toponimia local o en las denominaciones comunes para los felinos silvestres locales (león o puma por Puma concolor, güiña por Leopardus guigna, colocolo por Leopardus colocolo), y la figura o el recuerdo del felino moteado y, por ende, con la cumbre mayor del área. Al respecto, podría ser importante el hecho de que los conquistadores españoles llamaron tigre al jaguar por su parecido con el felino asiático (Pantera tigris).

3 Según Tabla Munsell.

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Recibido: enero 2011. Aceptado junio 2012.

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