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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) vol.49 no.4 Arica dic. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562017000400477 

EDITORIAL

INTERCULTURALIDAD, TRADICIONES CULTURALES Y ETNICIDADES. TRES NOCIONES CLAVES PARA COMPRENDER LAS POLÍTICAS SANITARIAS EN CHILE

Vivian Gavilán1 

Patricia Vigueras2 

Carlos Madariaga3 

Michel Parra

1Departamento de Antropología, Universidad de Tarapacá, Arica, Chile. vtgavilanv@uta.cl

2Escuela de Enfermería, Universidad Arturo Prat, Iquique,Chile. patriciaviguerascherres@gmail.com

3Escuela de Salud Pública, Facultad de Medicina Universidad de Chile, Santiago, Chile. Madariaga21@gmail.com

4San Isidro 292 Depto. 2510, Santiago, Chile. michpac@gmail.com

Las políticas sanitarias dirigidas a los pueblos originarios en Chile se orientan a cumplir con diversos marcos jurídicos (Ley 19.253, 1993, la Ley 20.584 de derechos y deberes de los pacientes, Ley de Autoridad Sanitaria N°19.937, Reglamento Orgánico del Ministerio de Salud, Reglamento Orgánico de los Servicios de Salud, Norma General Administrativa N° 16 sobre Interculturalidad en los Servicios de Salud y el artículo 25 del Convenio 169 de la OIT). El propósito de las mismas es disminuir las inequidades en salud y considerar las reivindicaciones étnicas que han planteado las organizaciones que representan a los nueve pueblos indígenas que hoy reconoce el Estado.

Entre las estrategias para la década (2010-2020) se identifican las políticas y planes de salud, la atención de salud intercultural y el modelo de salud intercultural. En este contexto se creó el Programa de Salud y Pueblos Indígenas, se ha avanzado en la generación de diagnósticos epidemiológicos con enfoque sociocultural en las regiones con alta población adscrita a los pueblos originarios; se han configurado equipos especializados en el trabajo intercultural con enfoque comunitario; se han realizado encuentros zonales interdisciplinarios con participación de agentes comunitarios orientados al intercambio de experiencias con fines de generar propuestas programáticas en este campo, entre otras acciones (Ministerio de Salud [MINSAL 2010]; y, recientemente, las orientaciones técnicas para el abordaje de la salud mental (MINSAL 2016). De este modo, se avanza hacia la implementación de la interculturalidad en salud, tanto en el marco normativo, como en la formación de los equipos de salud, especialmente de los médicos en el ciclo de destinación y formación.

Las iniciativas son novedosas si consideramos que a lo largo del Siglo XX el Estado chileno no reconoció diferencias culturales; tampoco la condición de salud de la población indígena en relación a la no indígena, ni se propuso disminuir las brechas de equidad. Son innovadoras, también, al considerar a las ciencias sociales como área de conocimiento que puede contribuir tanto al diseño como a las prácticas sanitarias. No obstante, una mirada crítica de éstas permite observar dificultades conceptuales que contradicen los objetivos propuestos tanto de las propias políticas como de las demandas de las organizaciones que representan a los pueblos indígenas.

Con base en la experiencia de trabajo en el norte chileno, nos referimos aquí a las nociones de interculturalidad, de tradiciones culturales en salud de los pueblos indígenas y de etnicidades como una cuestión clave para comprender el accionar del Estado en salud pública. Si bien en la antropología existen diferentes marcos teóricos para entender los fenómenos a los que aluden, existe consenso en que la ciencia es histórica; en consecuencia, es política y éticamente correcto explicitarlos y que es necesario disponer de data empírica que los respalde.

Los Programas Interculturales Dirigidos al Pueblo Aymara

Entre las acciones concretas que se han implementado en las regiones de Arica y Parinacota y de Tarapacá se considera la incorporación de facilitadoras culturales en los hospitales regionales, los programas de atención del parto , la inclusión de sanadores en consultorios de ciudades y de las zonas rurales y en los equipos de rondas médicas que recorren las localidades apartadas en valles y altiplano. Los agentes que participan en estas iniciativas son autoridades sanitarias, funcionarios (entre los cuales se identifican antropóloga-os sociales), sanadores aymara y representantes de organizaciones aymara (se incluyen aquí profesionales de la salud y de las ciencias sociales).

El estudio de los documentos y de los significados que asignan los actores a las prácticas llamadas interculturales muestra que se trata de actividades dirigidas a facilitar el acceso a los centros de salud y a atender a la población indígena regional. Se pone énfasis en la cultura de los pueblos originarios y se invisibiliza la dimensión cultural de las prácticas sanitarias, las que incluyen tanto las acciones médicas como los modelos en los que se inscriben. El enfoque intercultural en salud se basa en el supuesto que la medicina indígena es tradicional en contraposición a la biomedicina, que sería medicina científica. En la historia de la antropología esta idea forma parte de las perspectivas a-históricas que consideraron la tradición como opuesta a la modernidad. En las profesiones dedicadas a la salud pública las acciones médicas tienden a asumir la perspectiva positivista que postula al sujeto como individuo biológico, alienándolo de la vida social. Se trata de dos paradigmas que siguen presentes en los currículums universitarios, lo que explica la reproducción de estos supuestos. La naturalización del modelo biomédico y la supuesta existencia de dos modelos médicos en oposición, puros y descontaminados, se sostiene en la idea de que el primero se inscribe en la tradición cultural de la sociedad occidental y el otro en la tradición cultural indígena; cada uno con sus propios agentes (no indígenas e indígenas); unos hablan castellano, otros dominan las lenguas originarias. Estas ideas siguen lo estipulado por los dirigentes aymara en el informe del Grupo de Trabajo Aymara de la Comisión para el Nuevo Trato (2004) en salud como una estrategia para reivindicar derechos a la diferencia cultural. Influenciados por el movimiento indígena de los países vecinos, los dirigentes aymara utilizaron el concepto de interculturalidad no solo referido a las interrelaciones entre culturas diferentes, sino también para fortalecer lo propio, aquello que consideran subalternizado por el colonialismo (Walsh 2007). Los resultados del proceso organizativo, sin embargo, condujeron a afirmar identidades/alteridades esenciales.

La dicotomía medicina tradicional/medicina moderna, entendida ésta última como biomedicina, simplifica una realidad compleja, pues en contextos de colonización el devenir de las acciones en salud ha conducido a modelos y sistemas mixtos y heterogéneos. Como ha señalado Menéndez (1987), se las concibe como si ambas constituyeran sistemas culturales aislados exteriormente y homogéneos interiormente; en consecuencia, niega la existencia de la heterogeneidad cultural dentro de la biomedicina y dentro de la medicina tradicional. En este sentido es pertinente considerar que los pueblos originarios son poseedores de conocimientos médicos, portadores de saberes de atención y de cuidados a la salud y, por lo tanto, no se debería hablar de medicina tradicional indígena y de medicina occidental o mestiza. Lo tradicional y lo científico, no son categorías homogéneas, ni cerradas, ni estáticas, ni aisladas, ni son las únicas formas de atención a la salud a las que recurre la población (Menéndez 1987).

En efecto, en las prácticas de atención del sistema de salud pública podemos hallar variantes de la medicina moderna y las acciones para la salud y para la enfermedad de los pueblos originarios pueden incluir a la medicina moderna, a la tradición indígena y a la medicina popular que practicamos indígenas y no indígenas. Asimismo, hallamos profesionales de la salud que se adscriben al pueblo aymara y adoptan la biomedicina como modelo de atención, expertos en salud que no se adscriben étnicamente, pero adoptan prácticas de los modelos de salud indígenas. Hay agentes que dominan la lengua aymara pero tienden a seguir la medicina moderna, en tanto otros no manejan la lengua pero adoptan la medicina indígena.

La heterogeneidad socioeconómica y sociocultural en la que los aymara se desenvuelven como resultado de las políticas de integración a la sociedad nacional muestra que van aumentando los niveles de escolaridad, las rupturas matrimoniales, el trabajo asalariado, la residencia en los centros urbanos más dinámicos va disminuyendo el número de hijos nacidos por mujer (Gavilán et al. 2017); y va aumentando el acceso a los dispositivos de salud pública. Por otra parte, las investigaciones cualitativas sobre la situación y condición de la colectividad aymara contemporánea informan cómo los patrones de integración han procedido subordinando a sus tradiciones culturales y han sido excluidos del diseño de las políticas dirigidas a mejorar su situación y condición (Gavilán et al. 2010; 2011; Gundermann y González 2008, 2009). En estos procesos, los Ministerios de Educación y de Salud han cumplido un rol fundamental. Los antecedentes históricos confirman el hecho que se ha impuesto el modelo hegemónico sin conocer las prácticas de salud legadas por generaciones anteriores y que contribuyeron a mantener la salud y enfrentar la enfermedad en la colectividad indígena (Guerrero 1995; van Kessel 1983, 1985).

Tradiciones Culturales en Salud y Etnicidades

La condición heterogénea de la población indígena exige abordar los problemas de salud colectiva reconociendo que las tradiciones en salud son mixtas y que los procesos reivindicativos que interpelan al Estado y a la sociedad nacional por la diferencia cultural en salud se inscriben en el campo de la política. En el marco de las reivindicaciones de los pueblos originarios del norte chileno la identidad étnica apela a un tipo de ciudadanía social diferenciada (Gundermann et al. 2014). En este sentido, la afirmación de una identidad étnica no necesariamente implica diferencia cultural. Como tampoco la lengua puede ser indicador de una tradición cultural y/o étnica.

Si entendemos las etnicidades como fenómeno que alude a la idea de identidades de grupos naturalizadas (Appadurai 2001), es posible ver cómo los sujetos individuales y colectivos conciben y califican sus tradiciones culturales en relación a la de otros grupos sociales como superior/inferior. Oommen (1994) sugiere que en la medida en que las etnicidades se transforman, pueden comprenderse como procesos; en consecuencia, van cambiando según sean los contextos sociopolíticos. En el actual pacto social entre el Estado y el pueblo aymara la afirmación de la alteridad tiende a reproducir las relaciones de poder en salud, más que a revertirlas.

El hecho de que las prácticas sanitarias no distingan etnicidades de tradiciones culturales en salud agrega dificultades para la concreción de los objetivos que consideran la disminución de las brechas de equidad. Los datos acopiados respecto de las prácticas médicas en la colectividad indígena de la región de Tarapacá indican que varían menos por área de residencia (rural-urbana) que, por el nivel de escolaridad alcanzado, el acceso a la medicina moderna, la adscripción religiosa y la proximidad de los medios de comunicación. La escuela ha promovido la secularización y la racionalización de la vida social y un individualismo creciente. De aquí que las nociones de cuerpo y los saberes médicos no son homogéneos en la población. En la zona de valles se ha producido un proceso más acelerado de reemplazo del sistema médico propio por la medicina moderna. Es posible observar, por ejemplo, la desaparición paulatina de sanadores. Las localidades ubicadas en los valles, pueblos en los que se concentró la población hasta mediados del siglo XIX, ya no cuentan con sanadores. En algunos casos son reemplazados por las nuevas generaciones, pero ahora como profesionales; en otros, por sanadores de la zona altiplánica y mayor uso de los servicios públicos. Si bien las comunidades del altiplano tienden, también, a seguir el mismo camino, la presencia más nítida de sanadores ejerciendo una praxis cotidiana habla de una mayor vigencia de la medicina andina. Aun así, la tendencia no se detiene. En Isluga, comunidad ubicada en la frontera con Bolivia, se observa la desaparición de yatiris mujeres. Esta pérdida paulatina se expresa sobre todo en la desaparición del chiriguano, sanador que solía caminar por los pueblos ofreciendo sus servicios de sanación. En el mismo sentido, se contaría únicamente con un waytiri (de origen chipaya), sanador de alto prestigio provisto de saberes y técnicas de sanación para problemas complejos (Gavilán et al. 2010; 2011).

Otro aspecto visible del desplazamiento del sistema médico andino y reconocido por los sanadores se expresa en la atención del parto. Los partos, que fueron atendidos en casa hasta fines del siglo XX, hoy están forzados a ser atendidos en el hospital. Por otra parte, una cuestión crítica es el reemplazo de las lenguas originarias por el castellano, lo que juega en contra de la preservación del conocimiento en salud.

Así, las políticas que aplican un enfoque intercultural que considera a los modelos y sistemas médicos indígenas como medicina tradicional e invisibiliza la hegemonía del modelo biomédico, que no distinguen las tradiciones en salud de la colectividad aymara de las demandas étnicas y -lo que nos parece de primer orden- de las condiciones de salud de la misma, pueden entenderse como otro modo de administrar las diferencias culturales y étnicas por parte del Estado chileno para continuar subalternizando al pueblo aymara.

Referencias Citadas

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