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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) vol.52 no.1 Arica mar. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562020005000601 

Reseñas de Libros

Lenguas de Bolivia. Tomo IV. Temas Nacionales

María Agustina Morando1  2 

1 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina. agusmoar@gmail.com

2 Centro de Investigaciones Históricas y Antropológicas, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Lenguas de Bolivia. Tomo IV. Temas Nacionales. Crevels, Emily Irene; Muysken, Pieter. Plural editores, La Paz: 2015. 289p.

Lenguas de Bolivia es una serie de cuatro libros, editados por los lingüistas neerlandeses Mily Crevels y Pieter Muysken, que ofrece información actualizada sobre unas 30 lenguas habladas actualmente en Bolivia y que ha sido producto de la compilación de los resultados de distintos proyectos de investigación. En Bolivia se hablan en la actualidad 34 lenguas indígenas, además del castellano. De acuerdo con las estimaciones del censo nacional del año 2001, luego del castellano -hablado por un 43% de la población- las lenguas nativas más difundidas son el quechua (2.293.980 hablantes), el aymara (1.549.320 hablantes), el guaraní (62.575 hablantes) y el chiquitano (61.520 hablantes) (p. 24). A lo largo de los cuatro tomos que integran la colección, estos volúmenes documentan nueve lenguas del altiplano y el piedemonte andino (chipaya, uru, chholo, puquina, kallawaya, aymara, quechua, leko, mosetén y chimane), diez lenguas de la Amazonía (pano meridional, ese ejja, cavineño, araona, maropa, itonama, baure, cayubaba, movima y canichana) y diez lenguas de la región oriental del país (ignaciano, trinitario, sirionó, yurakaré, yuki, paunaca, chiquitano, guaraní, ayoreo, weenhayek y afroyungueño), además de las diferentes variantes de castellano que pueden encontrarse en distintas partes del país. El cuarto tomo de la serie se concentra particularmente en la situación del castellano en relación con algunas lenguas indígenas como el quechua y el aymara; en el estado de una lengua criolla afroibérica llamada afroyungueño, sobre la cual existen actualmente pocos trabajos; en un panorama acerca de los registros escritos de las lenguas indígenas del país y, por último, algunas cuestiones relacionadas al problema de normativización de las mismas.

Bolivia es un país en el que predomina fundamentalmente un panorama de poliglosia. Sin embargo, como explica José Mendoza en el primer capítulo de este libro, pueden advertirse ciertas tendencias muy marcadas, que serían a grandes rasgos el aumento gradual de los hablantes monolingües en castellano y bilingües en alguna lengua indígena y castellano, y la disminución del número de hablantes de lenguas indígenas (p. 24- 25). Los números arrojados por los últimos dos censos que son analizados por Mendoza son preocupantes. Mientras que según el censo de 1976 el 36% de los bolivianos era monolingüe en castellano, en el censo de 2001 este número aumenta hasta alcanzar un 50% de la población; del mismo modo, mientras que en 1976 el número de monolingües en cualquier lengua indígena alcanzaba un 20%, la cifra desciende veinticinco años después a un alarmante 12%. Esto resulta aun más evidente si nos remitimos a censos anteriores, como en el caso de los censos presentados por Xavier Albó; podemos decir, entonces, que estas tendencias ya se advertían si se comparan con los resultados de los censos de 1950, 1976 y 1992. El gran quiebre entre estas cifras se da quizás entre 1950 y 1976, periodo en el que se encuentra comprendida la Revolución Nacional de 1952 (1952-1964), que impulsó una serie de políticas que produjeron cambios estructurales en la vida de la sociedad boliviana como, por ejemplo, la promulgación del sufragio universal, la creación de la Central Obrera Boliviana (COB), la nacionalización de las minas, el desarrollo de una reforma agraria, el avance sobre el Oriente boliviano que buscó la diversificación de la actividad económica -que hasta ese momento dependía casi exclusivamente de la actividad minera y que tuvo como consecuencia la creación de “colonias” en zonas con mayoría de habitantes del altiplano- y el avance de una reforma educativa fundamentalmente castellanizante. Si bien los números del censo de 1976 muestran que la mayoría de la población hablaba por entonces una lengua indígena, el uso del castellano también había aumentado, siendo hablado por un 78,8% de la población. La tendencia fue observándose a lo largo de los siguientes censos, cuando por ejemplo aumentó el número de personas que conocían el castellano a 87,4% en 1992 y a 87,7% en 2001. Asimismo, puede notarse de qué manera disminuye el número de hablantes monolingües indígenas de 20,4% en 1976 a 11,5% en 1992 y a 11,8% en 2001; así, aumenta el porcentaje de hablantes bilingües (43,3% en 1976, 46,8% en 1992 y 37,5% en 2001), y aumenta el porcentaje de hablantes monolingües en castellano (36,3% en 1976, 41,7% en 1992 y 50,5 en 2001) (p. 129-130).

Como el lector habrá advertido, a pesar de las tendencias descriptas persiste en Bolivia un alto grado de poliglosia. Teniendo esto en cuenta, cualquier tipo de análisis sociolingüístico no puede dejar de lado la cuestión de la identidad étnica. Así, el propio Albó presenta un indicador -diseñado junto a Ramiro Molina- cuyo fin es lograr un análisis de datos cuantitativos que permita comparar la situación lingüística a la luz de la pertenencia étnica, denominado “escala CEL (condición étnico lingüística)” (p. 133). Entre las variables que incluye esta escala se encuentran la pertenencia étnica, el uso de la lengua indígena y su aprendizaje o no desde la infancia, y el uso del castellano. Esta herramienta puede resultar interesante para recabar nuevos datos acerca de la evolución de un panorama lingüístico en relación con el mantenimiento o no de una identidad étnica. Sin embargo, considero que un estudio semejante debería ir acompañado asimismo de su contraparte cualitativa, indispensable para comprender en profundidad los diversos contextos de uso del castellano o de una lengua indígena determinada, las razones por las cuáles se usa más o menos tal o cual lengua en determinado contexto, las motivaciones para utilizar una u otra lengua en cada uno de estos registros, y las representaciones que los hablantes mantienen acerca de ellas -y más teniendo en cuenta la creciente importancia que los sectores indígenas han cobrado progresivamente en el país.

Como ya hemos referido, en este libro se reserve también un espacio muy importante al estudio del castellano local. El castellano hablado en Bolivia tiene características bien definidas, como el leísmo, la discordancia de tiempos verbales y la ocurrencia del artículo definido en los nombres propios como marca de cercanía. Sin embargo, como bien explica José Mendoza, existen ciertas variantes circunscriptas a ciertas zonas geográficas determinadas que complejizan el estudio de la dialectología hispánica. A grandes rasgos, parecen distinguirse tres grandes variedades del castellano boliviano: la andina, la oriental y la sureña, cada una con rasgos fonológicos, morfosintácticos y léxicos que las distinguen. Por ejemplo, en lo que se refiere a las características fonológicas, la variante andina se diferencia, entre otras cosas, por la caída vocálica de las sílabas átonas; o la oriental y la sureña por mantener una tendencia hacia la eliminación del fonema /d/ en posición intervocálica. A nivel de la morfosintaxis, la variante andina se caracteriza asimismo por algunos elementos como el doble posesivo o la duplicación del locativo; la oriental por la utilización predominante del voseo, de modo tal que incluso podría compararse con el castellano rioplatense, o bien la duplicación del clítico con complemento directo pospuesto; y la sureña por el uso del adverbio “pues” en su forma reducida “pu” para marcar énfasis o hasta por la duplicación del clítico con complemento directo compuesto (p. 32-50).

Debido a la situación de poliglosia del país, todas estas variantes del castellano han sido permeadas en mayor o menor medida por términos provenientes de las lenguas indígenas locales; así, por ejemplo, entre los hablantes pueden escucharse, tal como explica Mendoza, algunas palabras de origen quechua como chuchus (‘senos’), otras de origen aymara como charque (‘tipo de carne seca’) e inclusive algunas formas híbridas que combinan una palabra del castellano con otra proveniente de una lengua indígena, por ejemplo, cabello chiri (‘pelo rizado’) (p. 52). Pero la complejidad no se agota allí, puesto que la influencia del castellano como lengua dominante dio también como producto una lengua criolla de tipo afroibérica surgida como consecuencia del contacto del castellano con comunidades de habla de origen africano. Se trata, aquí, del prácticamente desconocido afroyungueño hablado en las Yungas, en el departamento de La Paz, del que John Lipski ofrece un detallado panorama. Esta lengua es hablada actualmente por algunos pocos descendientes de esclavos traídos desde África hasta el Alto Perú para el extenuante trabajo en las minas. Estos grupos se establecieron hacia fines del siglo XVIII en los valles que rodean la ciudad de La Paz para trabajar en haciendas cocaleras y cafetaleras, zona en la que han permanecido hasta el día de hoy. Desde el punto de vista fonológico, Lipski analiza algunos rasgos puntuales como la elisión del fonema /s/ hacia el final de las palabras, que también puede llegar a pronunciarse en algunos casos como /h/, o bien la caída del fonema /r/ al final de una palabra, tal como ocurre en el caso de los infinitivos. En lo que se refiere a sus características morfosintácticas, podemos mencionar asimismo la inmutabilidad de los sustantivos en su forma plural; la falta de distinción de género en la tercera persona, siendo reemplazadas por las formas ele (para el singular) y eyus (para el plural); la eliminación de los artículos definidos en casos en los que su utilización sería facultativa en castellano, o la no utilización de preposiciones como “a”, “de” y “en”. Todo esto se encuentra ilustrado por Lipski con un corpus breve pero aleccionador de ejemplos tomados tanto de obras literarias como de transcripciones de conversaciones cotidianas.

Las lenguas indígenas no quedan fuera de este volumen, ya que Hans van der Berg reserva un capítulo a esbozar un panorama sobre la extensísima bibliografía de registro de estas diferentes lenguas que comienza en los tiempos coloniales, pasa por la época republicana y llega incluso al siglo XX. Este repertorio bibliográfico comentado incluye obras variadísimas, pero sobre todo obras lingüísticas misioneras, conjunto en el que podemos incluir tanto los textos legados por jesuitas y franciscanos como más recientemente por los miembros del Summer Institute of Linguistics o la New Tribes Mission. Puntualmente, el lector puede encontrar aquí información acerca de las lenguas de las tierras bajas -como el chiriguano, guarayo, mosetén, sirionó, tacana, yuracaré, chiquitano, pacahuara, itonama, mojeño, chiquito, zamuco, baure o el cavineño- y, en mucha menor medida, de las tierras altas, como el quechua y el aymara. Una de las obras más representativas de este conjunto presentado por van der Berg quizá sea Yembosingaro Guasu. El Gran fumar, publicado en 1998 por el recientemente fallecido antropólogo alemán Jürgen Riester: se trata de una colección amplia de textos orales de los isoseños-guaraníes que encontramos resumida hacia el final del libro con algunos detalles acerca del contexto de producción de la obra.

El registro de las lenguas indígenas está estrechamente ligado con la necesidad de llevar a la escritura lenguas cuya naturaleza es fundamentalmente oral. Por eso, Pedro Plaza Martínez dedica un espacio considerable a las experiencias de normalización de la escritura de las lenguas indígenas. Luego de la década de 1950, coexistieron en Bolivia tres alfabetos distintos, sobre todo para la escritura del quechua y del aymara: el “alfabeto pedagógico”, propuesto por organizaciones religiosas evangélicas y la Academia Aymara de La Paz; el “alfabeto indigenista”, propuesto en el 3er Congreso Indigenista Interamericano; y el “alfabeto fonémico”, propuesto por el Instituto Nacional de Estudios Lingüísticos. En la década de 1990 el Proyecto de Educación Intercultural Bilingüe propone finalmente un “alfabeto único”, que se adaptaba con muchas dificultades a las diferentes realidades lingüísticas indígenas. Teniendo en cuenta las dificultades que plantea la normativización alfabética de las lenguas indígenas y contemplando los continuos trabajos que se realizan sobre el tema, Plaza Martínez propone una serie de cuestiones a tener en cuenta: estudiar las lenguas indígenas desde una perspectiva descriptiva; promover el uso oral y escrito de las lenguas indígenas tanto en ámbitos domésticos y escolares como en los medios masivos de comunicación y en las esferas administrativas; fortalecer el programa de Educación Intercultural Bilingüe desde el nivel primario, haciendo uso de nuevas metodologías de enseñanza de segundas lenguas que permitan un mejor aprendizaje de las lenguas indígenas; o continuar trabajando con el desarrollo de sistemas de escritura que reflejen más adecuadamente las especificidades fonéticas y fonológicas de cada lengua.

En resumidas cuentas, este libro, así como los otros tomos que han sido publicados como parte de esta colección, constituye un paso enormemente significativo para el desarrollo de un campo de investigación muy rico en posibilidades, y resulta por tanto una bibliografía indispensable para cualquier interesado en el estudio de las lenguas indígenas sudamericanas. Esta colección, y en particular el volumen aquí reseñado, contiene detallados análisis sobre la situación de distintas lenguas incluyendo el castellano y el afroyungueño, algo que debe ser visto desde la perspectiva fluida de la historia regional y sobre todo teniendo en cuenta los cambios coyunturales que se han producido en el país desde las últimas tres décadas, durante las cuales los movimientos indígenas y afroamericanos comenzaron paulatinamente a cobrar una mayor importancia en la vida política, así como también de los eventos recientes, que amenazan con poner punto final a un ciclo de reivindicaciones sociales del cual los sectores indígenas y afroamericanos han sido motores impulsores.

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