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Revista chilena de obstetricia y ginecología

Print version ISSN 0048-766XOn-line version ISSN 0717-7526

Rev. chil. obstet. ginecol. vol.68 no.1 Santiago  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-75262003000100013 

REV CHIL OBSTET GINECOL 2003; 68(1): 65-67

Documento

REALIDAD Y EXPECTATIVA EN TORNO A LA ATENCION
DEL PARTO EN CHILE. RENACER DEL PARTO NATURAL*

Dr. Jorge Cabrera Ditzel

Servicio de Obstetricia y Ginecología, Hospital Guillermo Grant Benavente, Facultad de Medicina, Universidad de Concepción


La medicina clínica ha sufrido acelerada y drásticamente cambios en la fisonomía de los grandes temas como, la enfermedad, la historia clínica, la relación médica enfermo, etc. Esta última ha cambiado en las últimas décadas, el médico que desempeñaba el papel de tutor o padre poderoso y el enfermo el de desvalido, es una situación que ha perdido vigencia. La serie de cambios que han sucedido terminan con la aparición del consentimiento informado que ha significado un avance histórico en la relación médico-paciente, pero a la vez plantea una nube de problemas, aún no bien conocidos ni resueltos. Principalmente referidos a los niveles tanto de conocimientos a informar por parte del médico, como del nivel de autonomía del paciente para dar su consentimiento, que en conjunto forman un mundo de situaciones no fáciles de solucionar, quizás avaladas por el hecho conocido que las relaciones humanas adultas y maduras, horizontales y simétricas, suelen ser más conflictivas e inestables que las paternalistas, asimétricas y verticales.

De ahí que la relación médico-paciente haya ganado últimamente en inestabilidad y conduzca más frecuentemente a conflictos. Esto no es negativo pero puede llegar a serlo. Se necesita una formación adecuada en estas materias, pero no podemos volver al antiguo paternalismo, nos queda seguir adelante en la seguridad que es la contribución que podemos hacer para acelerar la humanización de la medicina.

Esta situación no escapa al tema, sino que más bien obliga a una reflexión sobre nuestra participación en el evento del parto, que aunque milenariamente natural, es en algunas épocas y latitudes, un proceso algo lejano de este mandato, superado por fenómenos socio-culturales y científicos, que de alguna forma nos ha tocado vivir, y que finalmente producen esta preocupación de buscar la justa medida en que la naturaleza encuentre su necesario eco en nuestra visión, entendimiento y participación del evento que permite nuestra presencia.

La intensidad y la magia del parto son reconocidas por muchas culturas. Los aztecas asimilaban a la mujer en su papel procreador a guerreros, y ofrecían a las almas de aquellos que morían durante el acto de dar a luz la posibilidad de habitar entre los dioses.

Para otras civilizaciones la maternidad era la deidad que representaba el valor y la entrega. Desafortunadamente en otras como la Judea Cristiana, en la cual tenemos profundas raíces, el dar a luz es un castigo.

Enraizados en una cultura que vivencia el nacimiento equivocadamente, el momento fue perdiendo su carácter divino, mágico, trascendente. Asimilado a la noción de enfermedad, se transforma en un acto médico quirúrgico cuya esencia original se ha diluido. Vivirlo deja recuerdos azarosos temores que inclusive conducen a la solicitud formal de la intervención médica para evitarse el difícil momento.

Es necesario devolverle al nacimiento su verdadero sentido. Dar a luz plenamente es posible si le devolvemos a la mujer la seguridad perdida, preparándola para el nacimiento, rodeándola de un ambiente cálido, y dejándola asumir la tarea de acuerdo a sus propias convicciones y necesidades.

Sin lugar a dudas han sido varios los factores por los cuales este trascendental evento natural fuese asimilado al concepto de enfermedad, siendo la visión antropológica del evento, una manera lógica y quizás reveladora de contestar esta interrogante.

Sabemos que para algunos, "a priori" el principal factor es del dolor, que como manifestación orgánica de un desequilibrio, es actualmente un tipo de sufrimiento combatido por la ciencia que no acepta su presencia aún ante la llegada de un nuevo ser.

Otro factor también puede ser las complicaciones comunes a todo proceso natural que han contribuido, ya que cuando se presentan, pueden tener desenlaces más que dramáticos.

La modernidad en la medicina obstétrica ha sido contundentemente eficiente en la disminución drástica de tasas de morbimortalidad tanto maternas como perinatales, la analgesia y anestesia permiten el control y manejo quirúrgico del nacimiento, guiados con estrictas pautas para situaciones de alto riesgo.

El balance no resiste críticas a la luz de las cifras, se ha ganado mucho.

Pero es necesario analizar mirando a nuestro alrededor en forma global con una visión crítica y poder objetivar esta ganancia.

Sabemos que, el porcentaje de cesáreas ha aumentado en gran parte del mundo. La bibliografía de datos estadísticos muestra que en 1981, de 19 países industrializados de Europa que fueron encuestados, Checoslovaquia presentaba el más bajo porcentaje de cesáreas con 5%, en esos años Francia ostenta un 15%, mientras que en América, Estados Unidos ese mismo año tiene un 18% de partos por operación cesárea. Quince años después en 1996, Francia presenta un 16% prácticamente la misma cifra, mientras Estados Unidos, publica una tasa de cesáreas de casi 21% cifra que aumentó a 25% en 1999.

En Chile la curva de cesáreas presenta un ascenso sostenido en los últimos años, llegando en el año 2000 a una tasa de 30% en los hospitales estatales y 60% en el extrasistema. Estas cifras representan el promedio, por lo cual existen extremos, como un 80% de cesáreas en algunas zonas, por lo que no es alarmante que existan estudios extranjeros que se preocupen y muestren estas cifras, que aparecen indicando por su frecuencia que la cesárea es la forma normal de parir.

Actualmente en Europa, especialmente los países nórdicos, se mantienen en menos de un 10% la tasa de cesáreas, con importantes porcentajes de partos bajo el agua, o atendidos en domicilio, como era nuestra realidad chilena hasta mediados del siglo pasado.

Los innumerables trabajos publicados en la literatura internacional, que a la luz de las cifras, estiman alarmante el aumento de cesáreas, apuntan al llamado insistiendo en revertir estos números, en que el parto vaginal después de cicatriz de cesárea, representa uno de los más significativos cambios de la práctica obstétrica actual y que en nuestro medio es una indicación o desafío bastante temido. Todos estos datos, están enraizados y respaldados en la visión, que no por nueva necesariamente debe ser mejor, de que la madre es actualmente una "paciente o enferma", obliga a aceptar con frecuencia conductas médicas impuestas sin explicación o consentimientos previos.

El nacimiento no es ya algo propio, se reduce al valor y capacidad de entrega, incrementando el temor, la angustia y generando el convencimiento de que frente a una experiencia tan difícil los recursos médicos son la única salida.

Así, el control del dolor se ha convertido en una de las razones principales del actuar del médico. El uso rutinario de la anestesia ha generado la convicción de que parir sin este recurso está fuera de la capacidad de tolerancia de la mujer.

Partiendo de la anestesia se llega a producir una cascada de hechos que desembocan en la completa y total medicalización del proceso del nacimiento.

Así es necesario instalar suero endovenoso, uso de ocitocina para mantener la buena contracción del músculo uterino, fórceps para corregir las fallas de la prensa abdominal y finalmente; operación cesárea, que por su frecuencia en algunos segmentos de nuestro medio paradojalmente aparece como la forma normal de parir.

En otro plano quizás de menor envergadura tenemos: rasurado, enema, posición horizontal durante el parto, episiotomía, revisión instrumental de útero y canal, suturas de desgarros y otras acciones largas de enumerar.

El recién nacido personaje en cuestión no escapa a todo el bagaje de iniciativas que supuestamente aseguran un buen resultado. Así manifiestan algunos que probablemente desconociendo el profundo cambio vivencial que implica el nacer, se le corta el cordón obligándolo a asumir en forma brusca y no gradual, como lo tiene prevista la naturaleza una respiración aérea.

Agregando que es separado casi en forma inmediata de la madre, sometido a aspiración nasogástrica, examen médico a la luz de lámparas incandescentes de calor radiante, llegando a ser su primera vestida y peinada un acto realizado por personal de enfermería, ya que el padre si está presente no tiene una preparación adecuada para hacerlo.

Naturalizar el nacimiento exige también involucrar al pediatra que también se ha acostumbrado a desconfiar de los procesos naturales, asimilando al RN como un enfermo más. También su desconfianza es el resultado del actuar del obstetra que con sus intervenciones genera la necesidad de "tratar" al recién nacido.

La búsqueda de soluciones a todos los obstáculos que impidan convertir el acto natural que debe ser, constituye la esencia del desafío de la naturalización del parto, donde destacan la preparación de la futura madre, el espacio del nacimiento y la humanización del actuar del equipo de salud.

Esta humanización del actuar médico, exige el enfoque para recuperar el papel de educadores, que deben ser sumados a cambios de actitud de las mismas instituciones.

El concepto actual del médico como proveedor y el paciente como usuario, encasillados en una relación de tiempo determinado y con balances de rendimiento por hora, son situaciones que hacen casi imposible pretender una actitud humanitaria.

Debemos entender también que la relación médico-paciente, médico-enfermo, ha tenido que ir ampliándose, hasta dar cabida a todos los profesionales de la salud que intervienen en el acto clínico y que participen del cuidado del paciente. Así no es solo la relación médico-enfermo sino que todas son relaciones sanitarias. Médicos-matronas-enfermeras-auxiliares.

El desafío exige una transformación que permita revertir varias situaciones, empezando por dar una completa información que genere confianza y amistad, logrando la excelencia en la relación del profesional y paciente, desde los consultorios a la sala de parto, con el enfoque actual de un manejo racional del embarazo y resolución del parto, transformando la inseguridad en confianza, lo complejo en simple o natural, acciones que aparecen también como desafíos prioritarios, frente a la deshumanización de la atención sanitaria de muchos países.

Es así, que la humanización de la atención, y la naturalización del parto se ensamblan, se articulan y son dependientes. Lejos se está de pretender desconocer el avance y volver a lo que la selección natural nos pueda ofrecer, sino que es retomar con nuestra racionalidad asumiendo que el rol de la naturaleza no es contrario al avance de la ciencia.

El grupo de matronas de nuestro departamento a través del proyecto de investigación "Renacer del parto natural", han aplicado y enseñado estas técnicas, cuyos resultados preliminares arrojan la completa satisfacción de un grupo de 22 primigestas, hasta la fecha, que resolvieron sin mediar ningún tipo de medicalización mayor, sus partos en que solo 2 fueron resueltas por operación cesárea, que representa un 9%.

Este hecho nos demuestra la imperiosa y racional necesidad de educar, ya que es posible y real la transformación de la incertidumbre en seguridad y confianza, por lo que también es posible y real finalmente transformar la visión cultural del nacimiento que permanece tan arraigada en nuestro país en esta época que nos ha tocado vivir.

No se trata como en otros innumerables ejemplos, de ir a los extremos del vaivén del péndulo, en que el sentimiento o percepción colectiva, suma también a quienes de alguna u otra forma estamos llamados a educar guiar y aplicar los conocimientos y la práctica, que en este puntual caso parten como tantos otros de lo que la naturaleza nos muestra y enseña, y que aparecen muchas veces tan alejados de nuestra contribución profesional.

Así esta crítica y autocrítica, ejercicios inherentes al desarrollo humano, deben traducirse en la contribución que debemos hacer en pos de la racionalidad y la eficiencia, que adquieren un remarcado énfasis en las profesiones de la salud que trabajan con seres humanos, enfermos pero también sanos, como es el caso de la mayoría de las parturientas.

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*Documento recibido en noviembre de 2002 y aceptado para publicación por el Comité Editor en marzo de 2003.

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