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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.39 n.3 Santiago sep. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272001000300012 

Rev Chil Neuro-Psiquiat 2001; 39(3): 265-268

COMENTARIO DE LIBROS Y REVISTAS

 

Marcados con fuego. La enfermedad
maníaco-depresiva y el temperamento artístico

Autor: Kay Redfield Jamison.
Presentación: Héctor Pérez Rincón.
Fondo de Cultura Económica, México: 1998, 332 págs.

La frase es de Aristóteles y, como tal, viene cargada de dos y medio milenios de un sonido tremendo que desencadena aludes históricos. El texto es el famoso pasaje de Problema XXX que comienza así: "¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres de excepción, bien en lo que respecta a la filosofía, o bien a la ciencia del Estado, la poesía o las artes, resultan ser claramente melancólicos, y algunos hasta el punto de hallarse atrapados por las enfermedades provocadas por la bilis negra ...?". La densidad conceptual de la breve obra del Estagirita dejó unidos de manera imperecedera melancolía y genio, aunque una exégesis rigurosa que escarbe por debajo del sentido manifiesto de las palabras indica que esta conexión es de una complejidad extrema que supera con creces la causalidad lineal simple. H. Tellenbach en su Melancholie (Springer Verlag, 1961) y J. Pigeaud en la introducción al propio volumen de Aristóteles Problema XXX, 1 (Quaderns crema, 1996) examinan con minuciosidad los fundamentos antropológicos y su valor heurístico. Lo que pasa es que nos topamos con un asunto que nos incumbe en nuestra condición última de homo faber, o como indica el mismo Aristóteles en otro contexto, que atañe "a la filosofía de las cosas humanas". ¿Por qué entre todas las criaturas de la tierra somos la única que inventa e innova y además se enferma de la mente?

En la historia de Occidente se ha abordado el tema en forma reiterada a través de los siglos. Mejor aún, se lo analiza cada cierto tiempo como si se tuviera la necesidad de replantearse el nexo entre creatividad y depresión porque nunca se ha dado una respuesta satisfactoria o mínimamente iluminadora. El siglo XIX se destaca sólo porque la psiquiatría comienza a entrometerse activamente en una arena que había quedado reservada hasta esos tiempos a filósofos, poetas, escritores, músicos, biógrafos. Desde entonces hasta hoy día se han publicado no pocos trabajos psiquiátricos que tienen una característica común: sus conclusiones amparadas bajo el alero de la supuesta objetividad y prestigio de la ciencia, son reflejo de la teoría psicopatológica reinante en esos instantes. Pocos estudios resisten el paso del tiempo con decoro. Peor aún, no comienzan con un análisis metodológico previo que delimite los alcances y restricciones del punto de vista psiquiátrico ­por lo cual son justamente criticados como reduccionistas­, sino que con osadía, se lanzan a sus hipótesis y conclusiones. Cualquiera sea el mérito de Jaspers en su conocida obra Strindberg und van Gogh (Springer Verlag, 1922), sus advertencias de principio siguen valiendo tanto entonces como ahora: ¿constituye la enfermedad la causa, única o acompañada de otras, de las creaciones artísticas?, ¿representará una condición específica de los cambios de estilo de un artista, cuando hace irrupción al mismo tiempo que se producen éstos?, ¿se muestran en la propia obra huellas de esta causa específica, es decir, presenta síntomas específicamente enfermizos? Los atrevidos análisis de Freud sobre Leonardo, Miguel Angel o Goethe son antecedidos por cautas indicaciones: el psicoanálisis puede ayudar a entender sólo determinados aspectos de la biografía y de la creación artística; el narcisismo del psicoanalista debe tolerar que su técnica ilumina zonas circunscritas de la obra de arte que no siempre son las fundamentales para coger el enigma de lo bello o lo genial.

Kay Redfield Jamison es una psiquiatra norteamericana que sufrió un trastorno bipolar severo que la tuvo al borde del suicidio y la locura y, gracias a los actuales psicofármacos, pudo salir airosa y renovada. En 1995 publicó un emotivo relato de su lucha personal con este trastorno y de sus beneficios, obtenidos con la terapéutica a base del litio. Su batalla la ha trasladado al campo de la misteriosa relación entre actividad creativa y melancolía, a investigar con afán y vigor las distintas caras de los sujetos geniales "marcados con fuego". Su propósito es científicamente impecable y su compromiso íntimo es garantía que su inclinación hacia la cuestión trasciende la mera curiosidad intelectual o académica. Producto de esta búsqueda es el presente manuscrito que cuenta con una bibliografía impresionante, mucha desconocida para los legos o simples aficionados, sobre todo porque se circunscribe de preferencia al ámbito anglosajón de literatos y poetas. El desconocimiento de muchos de estos artistas limita nuestras consideraciones que hacemos a continuación, pero no a los fundamentos en que basamos nuestros reparos.

Comencemos por lo que nos es familiar. Kay Jamison es producto de la psiquiatría americana última: las "nociones vagas de la psicopatología" son parte ya de la historia de la psiquiatría, que ahora está por fin convertida en una ciencia auténtica: biológicamente fundada y diagnósticamente confiable. Ella se encarga de entregar didácticamente todos los hallazgos vigentes con rigor como manera de entrar en materia para "establecer una asociación indispensable ya no digamos realmente una coincidencia" entre "argumentos literarios, biográficos y científicos". En menos de tres líneas despacha el asunto histórico: "los excesos de la especulación psicoanalítica, junto con otros abusos de la psicobiografía, se han ganado un merecido ridículo". Es decir, para Jamison no cabe duda que hay una relación específica entre creatividad y trastorno bipolar y que ella ha encontrado el nexo causal. Así de simple y claro. Su entusiasmo a toda prueba por los "adelantos extraordinarios de la genética, de las neurociencias y de la psicofarmacología" la autorizan a borrar y, peor aún, desconocer el laborioso desarrollo del pensamiento psicopatológico. Pero la psicopatología es bastante más compleja y sutil que lo que imagina la autora. Por decirlo de una manera suave, la psiquiatría no comienza con el DSM-III. Ni menos aún, se entiende el enigma de la creatividad a partir del último gen descubierto en el trastorno maníaco-depresivo.

Lo que queremos afirmar es que Kay Jamison sufre de provincialismo intelectual, tan propio de la psiquiatría americana de fin de siglo que se conduce como si esta ciencia fuera obra exclusiva del país del norte; este aldeanismo le provoca una ceguera absoluta para lo que se había avanzado y trabajado hasta esos instantes. Recuerda un conocido dicho español: "para un hijo que siempre ha almorzado en casa, no existe otra sopa de sabor distinto y mejor que la de mamá".

Lanzada la primera piedra de su edificio, el alud comienza a rodar por sí solo y de manera imparable. Al igual que los exuberantes Nancy Andreasen y Hagop Akiskal, la doctora Jamison empieza a elaborar tablas y a registrar en gráficos presuntos hallazgos empíricos que avalan su prejuicio teórico. Con supuestos datos estadísticos ­que no toleran el mínimo análisis­ nos entrega listas de músicos, literatos, poetas, escritores, compositores, artistas plásticos que padecieron ciclotimia, depresión mayor o enfermedad maníaco-depresiva. ¿Qué validez puede tener un gráfico que señala "los trastornos afectivos de escritores y poetas" medido con el porcentaje esperado en la población general? (Capítulo III) ¿Qué realidad objetiva tienen las "tasas de tratamientos para los trastornos del humor en muestra de escritores y pintores ingleses"? (Capítulo III). Peligroso espejismo porque anima a creer que se está haciendo ciencia dura. ¿No ayudaría a K. Jamison leer a Richard Riegelman y su Studying a study and testing a test: How to read the medical evidence (Lippincott, Williams & Wilkins, 2000), como buena investigadora que ella es y como deben hacerlo los estudiantes noveles de las Escuelas de Medicina de todo el mundo?

Cuando nos adentramos en los capítulos dedicados a las patografías concretas la doctora Jamison exhibe un conocimiento acabado del DSM-IV unido a un desconocimiento de principio de la psicopatología. Confunde lamentablemente ambos enfoques de modo que las innumerables viñetas que va acumulando a través de sus páginas quedan reducidas a impresiones fugaces o anécdotas irrelevantes; la sintomatología no es elaborada en su fenomenología, así que difícilmente nos ayudan a formarnos una idea acabada de cada personaje. La posibilidad de un diagnóstico diferencial queda excluida desde el inicio del escrito: "los grandes artistas imaginativos siempre han navegado "de cara al viento", y nos han traído palabras, sonidos e imágenes para "compensar el sufrimiento humano". "Que por ello hayan padecido más de lo que les correspondía sólo los hace más dignos de nuestro aprecio, de nuestra comprensión y de nuestro más cuidadoso pensamiento". Esta cita de Jamison da por subentendido que para ella el "sufrimiento humano" es el trastorno maníaco-depresivo. ¿No es posible temer, y con razón, la presencia de un reduccionismo psiquiátrico elevado a la doble potencia, reduccionismo que irrita tanto a los filósofos y artistas cuando leen frases como éstas?

¿Y qué decir de los casos ya famosos y que recibieron otros diagnósticos por reputados psiquiatras? Nos referimos especialmente a Strindberg, Van Gogh, Swedenborg, Poe, Mahler, Hölderlin, Henry James, Artaud, Baudelaire. Cuando menos esperábamos acuciosidad a la hora de plantear el diagnóstico y rebatir los contraargumentos de los otros investigadores (que por lo general son ignorados por completo).

Al concluir la lectura algo fatigosa de Marcados con fuego, nos asalta el convencimiento que Kay Redfield Jamison no ha sabido elaborar el rico material que poseía, producto de una esforzada labor de acumulación proveniente de distintas fuentes. Quizás si la mejor lección que obtenemos del libro sea la de recordar una vez más las palabras del viejo Platón en su último escrito Parménides: "Es hermoso y divino el ímpetu ardiente que te lanza a las razones de las cosas; pero ejercítate y adiéstrate en estos ejercicios que en apariencia no sirven para nada, y que el vulgo llama palabrería sutil, mientras eres aún joven; de lo contrario, la verdad se te escapará de entre las manos".

GUSTAVO FIGUEROA

 

Servicio de emergencia de salud
mental en la comunidad

Editores: Michael Phelan, Geraldine Strathdee, Graham Thornicroft
Cambrige, University Press: 1995, 361 págs.

Este libro ofrece una revisión actualizada de la disponibilidad y organización de recursos para la atención de urgencias psiquiátricas y salud mental comunitarias. La combinación de modelos teóricos y de los hallazgos de investigaciones pertinentes impulsaron el desarrollo de variadas experiencias tanto en Europa como en Norteamérica. Ahora bien, considerando las conclusiones de una revisión histórica sobre la evolución y modificaciones habidas en la atención de emergencias ­valga como ejemplo el traslado del foco de atención desde el hospital mental a un local de la comunidad, de acuerdo con el desarrollo de una red de salud mental­ se presentan distintos aspectos conceptuales, técnicos y prácticos en la oferta de servicios en este campo asistencial. Sucesivos capítulos, agrupados en dos cuerpos bien delimitados, dan cuenta de la extensión y limitaciones de los servicios de emergencia de salud mental psiquiátricos comunitarios generados en las últimas décadas. Ahora bien, la primera parte a cargo de un equipo profesional multidisciplinario está dedicada a describir las doctrinas y principios para el trabajo de esa naturaleza y la segunda a ilustrar los múltiples desafíos y peripecias para conseguir su implementación. De esta manera se revisan los modelos diferentes de atención psiquiátrica de urgencia en ciertos países Europeos y en América del Norte, lo que se entiende por cuidados de emergencia psiquiátricos comunitarios, la visión que los usuarios tienen de la disponibilidad y uso de los recursos, el aspecto legal y económico de las emergencias en salud mental, la prevención del suicidio, las ventajas de una intervención precoz ante una incipiente recaída en la psicosis, etc.

De acuerdo con el concepto de red, particular atención se da a los variados sitios de atención de la intervención inicial, dependiendo de la necesidad más imperiosa de satisfacer, sea un estadía breve en un recinto no hospitalario, tranquilo y restringido, una tranquilización farmacológica mediante una rápida prestación efectuada en el mismo hogar, una integración progresiva a la comunidad asistiendo previamente al hospital de día o sencillamente la sedación y contención en el servicio de urgencia general, seguido de una breve internación.

La segunda parte, como ya lo adelantamos, dirige su mirada a los esfuerzos y desafíos a enfrentar tras haber decidido la instalación, implementación y permanencia de un servicio de urgencia en la comunidad. Acordado que la atención de urgencia es una de las intervenciones en salud mental se describe y discute la fundación y continuidad de un servicio de emergencia local, la participación psiquiátrica en el departamento de emergencias general, la asesoría psicológica en la intervención de la crisis, la colocación familiar como alternativa a una hospitalización breve, la hospitalización en un servicio de agudos, etc.

A riesgo de cometer injusticias al destacar sólo algunas ideas que sirven como ejemplo de la reflexión desarrollada en el texto, señalaré ciertos aportes a la discusióo®e un tema poco conocido en nuestro medio. Entre otros, que la atención de urgencia psiquiátrica es distinta al cuidado del paciente internado en unidad de corta estadía, que la ayuda prestada en la sala de urgencia requiere de especialistas expertos en el proceso de decisión, siempre limitados por la escasez de antecedentes, exigidos por la falta de tiempo y, en fin, urgido por la necesidad de neutralizar la alteración conductual o vivencial. También conviene precisar que los autores consideran que la investigación y la docencia en un servicio de emergencia son un estímulo para la integración de los miembros del equipo y la continuidad de la unidad. Al respecto se comenta que en la fatiga (responsable del elevado recambio de los integrantes de los equipos de urgencia) de los componentes de la unidad tiene un papel considerable la disponibilidad de comunicación con otras agencias sociales, la pobre opinión de otros especialistas sobre los profesionales de salud mental, la presencia de los pacientes frecuentes o repetidores, la mayoría sin apoyo familiar. Es mérito de algunos autores presentarse más convincentes al revisar sus argumentos, así como originales en sus creativas colaboraciones. El último capítulo se ocupa del futuro de los servicios de urgencia en salud mental desde la perspectiva de los proveedores de servicios, del beneficio de los usuarios, de la integración de los clínicos e investigadores, etc.

En resumen, este libro permite al estudioso conocer principios de gestión y entender la organización de los servicios de emergencia psiquiátricos comunitarios para los próximos años, incitar a los encargados de salud mental a nuevos desafíos, orientar a los prestadores en la búsqueda de sus habilidades para las demandas futuras, respaldar las necesidades de los usuarios y los proveedores, etc. Este texto esperamos sea una buena ayuda para la fundación de unidades que atiendan urgencias psiquiátricas en nuestro medio, considerando naturalmente las modificaciones que las características idiosincrásicas recomienden.

ENRIQUE ESCOBAR

 

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