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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.40 n.3 Santiago jul. 2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272002000300013 

COMENTARIO DE LIBROS Y REVISTAS

Patopsicología y psicopatología
en la clínica psiquiátrica

Autor: Rafael Parada
Editorial Mediterráneo, Santiago, 2001, 206 pp.

Rafael Parada, Profesor Titular de Psiquiatría de la Universidad de Chile, compila en este libro trabajos realizados en el curso de más de tres décadas. Su aparición y reedición conjunta, sin embargo, enfrentan al menos dos desafíos insoslayables. El primero es el anacronismo: efectivamente, el sustento y marco de estos ensayos corresponde a autores como Lacan, Freud, Von Gebsattel, Minkowski, M. Ponty, Heidegger, Sartre, Husserl, Wittgenstein, Bergson y Schneider, por citar sólo a los principales. La mayor parte de ellos escribió sus obras fundamentales en la primera mitad del siglo XX, y algunos a fines de la década de los cincuenta y parte de la de los sesenta. El segundo desafío se origina en la constatación de que la mitad de ellos fueron filósofos y no psiquiatras, lo que conduce a la pregunta acerca de la significación o relevancia de la filosofía en el marco de la psiquiatría actual.

Salta a la vista que, con algunas excepciones, los autores nombrados están fuera o apenas en los márgenes de la formación psiquiátrica de las últimas décadas, hecho que no pocos consideran el grito de independencia que la psiquiatría lanza al retornar a su tierra madre: la medicina. Y, en los más estridentes, a la "ciencia". Atrás han quedado los tiempos en los que una especialidad médica tenía de nodriza al pensamiento filosófico y sus dos mil setecientos años de vuelcos y revuelcos acerca del ser, el ente, la existencia, la psique, la vida, la conciencia, el tiempo, el pecado, el destino, lo infinito y lo finito, el pensar y el conocer. Y este retorno a la medicina trae consigo un radical cambio en la "temporalidad" de la psiquiatría. Las fotocopias de los años ochenta y gran parte de los noventa (del siglo XX se entiende), abarrotan las estanterías de mi escritorio, transformadas en papel entintado o quemado por la impresión láser. Han adquirido un aspecto cadavérico (de crema, diría Otto Dörr) y yacen amontonadas, rehusando cualquier intento de ordenación. Al lado, en situación similar se encuentra el DSM-I, el II, el III y el III-R, como también la Psicofarmacología de Lipton, la Psiquiatría de Mayer-Gross y muchos otros. El progreso de la psiquiatría -ya retornada a su fuente-, se mide por el ritmo de esa misma fuente, es decir, al tono de un metabolismo del conocimiento con un recambio de dos o tres años, después de lo cual viene la inevitable excreción catabólica. De allí que todo ese material puede ser "cremado" sin que signifique otra cosa que la constatación de su caducidad y futilidad.

Al frente, en otra estantería, los libros ofrecen un carácter diferente. Lucen atesorables, estables, y aún en el tono amarillento de las páginas de algunos, irradian dignidad y presencia. La Metafísica de Aristóteles queda bien al lado de las Investigaciones lógicas de Husserl, y la Ética a Nicómaco se instala cómodamente al lado de la Fenomenología del espíritu de Hegel. Pero no sólo esto. Además armonizan con la Psicopatología general de Jaspers, Tres formas de la existencia frustrada de Binswanger, y, lo que es aún más sorprendente, con las Obras completas de Freud y la serie de Seminarios y Escritos de Lacan. Cada uno en su sitio y en su hueco. Pero, ¿es que hay alguna afinidad entre lo escrito en el siglo V a. C. y lo escrito dos milenios después? Perfectamente tales obras y su ubicación pueden obedecer a un mero afán de coleccionista. Efectivamente. De eso se trata: toda colección tiene un hilo conductor, un sentido de comunidad que permite, a diferencia del "montón" de fotocopias, formar un conjunto, una figura que se sostiene y gira por sí misma. Todo coleccionista es, en el fondo, un experto en afinidades. Y aquí el metabolismo es otro, medido en siglos y milenios, entramado en la rueda del "sin cesar" y del "no importa cuándo". Importa el "qué" y el "cómo". Por eso, en esta zona del conocimiento, el anacronismo no tiene un lugar.

En ese tiempo circular, semejante a la esfera celeste en movimiento en torno a la Tierra, como pensaba Aristóteles, es en el que se arropan los trabajos de Parada. No se ve ninguna intención de hacer creer que se está en el último "ahora", pues cualquier ahora no es más que el nudo del tiempo todo. Desde esa serenidad, con un estilo algo enrevesado, nos sumerge en los problemas psicopatológicos que han dado sustento a la psiquiatría desde su nacimiento. Maestro de los títulos y los comienzos, parecieran tenerle sin cuidado los finales. Esto se comprende, si se piensa que tal vez todo final no sea más que un comienzo, y las metas, tan sólo pretextos para tener caminos, siempre encantados por el misterio de que estemos inevitablemente en tránsito. Por lo dicho, quien esté apurado, quiera una lectura fácil o tenga un afán por los resultados, no es el acompañante adecuado para esta obra.

Los temas, desde mi lectura, se saltan la sutileza de la distinción entre patopsicología y psicopatología: la primera un capítulo de la psicología, y la segunda, un capítulo de la patología. Efectivamente, la patopsicología habla psicológicamente del sector patológico del psiquismo en general, en cambio la psicopatología habla del sector de la patología general que nace, se asienta y se expresa psíquicamente. Estos sectores parecen coincidir e intersectarse, sin embargo, hacia el otro lado de la patopsicología, está la psicología entera, y hacia el otro lado de la psicopatología, la patología entera. Luego, se trata aparentemente de lo mismo, pero mirado desde perspectivas enteramente distintas. Una, la mirada psicológica; la otra, la mirada médica. La psicología en búsqueda del sentido (logos) de la psique, y la psiquiatría ejerciendo el iatros, es decir, la sanación. El pathos entonces, se torna bi-sémico pues se lee contextualmente de manera diferente y retiene de ese modo dos de los significados principales en su origen griego: por una parte, lo relativo al "experienciar", y por otra, aquello que toma la forma de infortunio, desastre y enfermedad.

No obstante, estar en una y determinada perspectiva, implica que perfectamente se podría estar en otra. Esto ocurre porque lo que aparece a la vista es siempre un escorzo o lado de la "cosa", la que en su mostrarse esconde, al mismo tiempo, su inevitable reverso, reverso que, miremos desde donde miremos, siempre estará ofreciendo su patencia críptica e inalcanzable. Por lo mismo, la órbita en torno a lo que se ofrece a la vista admite infinitos planos radiales que, aún así, jamás harán desaparecer esa zona de lo oculto a la perspectiva, es decir, del reverso de todo anverso. De este modo, los "objetos" son siempre "parciales", y el "objeto total", tan sólo una ilusión epistemológica, sostenida en la necesidad de completar y cerrar lo que está irremediablemente abierto y oculto. El material y la nobleza de ese cierre es lo que da consistencia a una teoría.

En este libro Rafael Parada orbita, en primer lugar, en la huella de Lacan. Digo en primer lugar porque, con independencia del tema tratado, su lenguaje tiene siempre un dejo lacaniano, que irritará a los que se irritan y encantará a los que se encantan. Pero además, algunos contenidos aparecen y reaparecen como reincidencias necesarias en los distintos capítulos, puesto que forman parte del núcleo del tejido de Lacan: por ejemplo, la diferenciación irrenunciable entre "yo" y "sujeto".

El sujeto es el sujeto del inconsciente que produce un yo imaginario, el que sustentado en una recusación, cree ser, no sólo autónomo, sino además, el que ocupa el lugar de tal sujeto y no advierte, como cree Lacan, su excentricidad, que lo ubica en el lugar del otro. Esta constatación, originada en el estadio de espejo, permite comprender el logos de la escisión y de la disociación, como se sabe, los ejes que sustentan la inteligibilidad de la esquizofrenia y de la histeria, respectivamente.

En otros momentos nos encontramos principalmente en el rastro de Husserl y Heidegger, no pocas veces mediado por el psiquiatra Ludwig Binswanger. Como es conocido, Binswanger intentó una filosofía aplicada, en un sentido similar a lo que se entiende por "ciencia aplicada". Algunos filósofos contemporáneos, y especialmente Heidegger, tienden a rehusar toda "aplicación" antropológica de sus armados, y a reaccionar alérgicamente frente a todo lo que trasunte un aroma psicológico. Sea como fuere, Binswanger efectivamente aplicó a la psicopatología -especialmente a la esquizofrenia- las ideas iniciales de Heidegger, expresadas en Ser y tiempo. Posteriormente, hizo lo mismo con la Fenomenología trascendental de Husserl en relación a la Melancolía, la Manía y el Delirio. Curiosamente, Binswanger parece haberse desencantado de Heidegger después del giro o enroque (Khere), nombre con que se conoce el viraje que este filósofo experimentó poco después de publicado Ser y tiempo, en medio del cual su pensamiento fue adquiriendo una notable desmesura ontológica: del olvidado "ser" con minúscula, se transitó al Ser (Seyn) y al "Misterio", ambos con mayúscula. Lo claro es que Binswanger volvió a Husserl y llegó a proponer a la Fenomenología trascendental como el "organismo" de la medicina psiquiátrica. Parada, en esta parte del libro, realiza un recorrido por las relaciones entre tiempo y psicopatología y, posteriormente, las emprende en contra de la marca husserliana en el trabajo de Binswanger sobre la temporalidad en la Melancolía. Luego, continúa con el estudio de la introducción que Michel Foucault escribiera al libro Sueño y existencia de Binswanger, y finalmente se topa y se las ha con el fenómeno de la corporalidad.

Otro giro y estamos en perspectiva de J-P Sartre y la mirada. Curioso esto de la mirada: tal vez yo no miro, sino que veo. Son los otros, concretos y específicos, los que ven mi mirada, y yo la de ellos. Este intercambio de miradas me consolida y consolida al otro. En la persona esquizofrénica este otro no se constituye nada más que como una cáscara abstracta, sin rostro ni figura, una subjetividad pura y omnipotente, que no sólo desorganiza los objetos de mi universo -como ocurre con la presencia sin distancia del otro en condiciones normales-, sino que me evapora en tanto "mí mismo". Una agnosia para el prójimo, dice Parada. Nosotros agregamos: y consecuentemente, una agnosia para el "mí mismo".

Habiendo mucho más en este libro, deseo terminar expresando que Rafael Parada hace todos estos recorridos con soltura, pero la marca lacaniana tiene consecuencias en la "letra" de su "discurso". Es así que "el sujeto" de los enunciados de este libro frecuentemente se extravía, y de ese modo, por momentos no se sabe quién es ni dónde está. No se trata de un hermetismo artificioso ni de una voluntad de excluir al lector. A mi entender, se trata de un no poder ser de otra manera: sin el abandono de las certezas y de las claridades, es decir, del imaginario donde habitan tales delineamientos apolíneos, quedaría cerrada la puerta para el entramado de ausencias, vacíos y sospechas donde vive el psiquismo humano. Creo que si alguna vez alguien llegara a tener absolutamente claros y definidos los "registros" real, simbólico e imaginario, ellos serían otros y no los propuestos por Lacan, en lo que él -con la inmodestia de la que hacía alarde- llamaba "su enseñanza".

CÉSAR OJEDA

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