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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.41 n.2 Santiago abr. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272003000200010 

Medical ethics and law. The core curriculum

Autores: Tony Hope, Julian Savulesco,
Judith Hendric

Churchill Livingstone. Edinburgh, 2003: 222 pgs.

La bioética o ética médica forma ya parte insustituible de los programas de pre y postgrado de los estudios médicos desde hace más de un cuarto de siglo. Ello está fuera de toda duda aunque los principios, metas, orientaciones y respuestas sean disímiles y aun contradictorios. Por decirlo así, lo que estaba implícito desde el Juramento de Hipócrates ahora se ha institucionalizado, sistematizado y operacionalizado. En el mundo anglosajón la investigación y producción científica han sido especialmente inundatorias porque allí tuvo su nacimiento esta rama referida a las normas y valores al interior de las ciencias de la salud a partir del conocido texto del oncólogo Van Rensselaer Potter Bioethics. Bridge to the future (1971). En una suerte de avalancha que arrastró a toda la medicina occidental y que ayudó a la creación de la cultura posmoderna, la bioética impuso una impronta indeleble que se hace sentir hoy más que nunca en los medios de comunicación, foros interdisciplinarios, congresos mundiales, códigos transnacionales.

El presente manual es un aporte pragmático y didáctico destinado a estudiantes y médicos jóvenes que necesitan orientarse con prontitud pero seriedad en el campo. Los autores proceden del Reino Unido, lo que se nota de inmediato en el estilo seco pero preciso así como en las constantes referencias a las leyes británicas. Su justificación está en consonancia directa con los tiempos actuales: "Un acercamiento racional a la ética es el hermano gemelo de la medicina basada en la evidencia. La creencia está en que lo que es éticamente correcto al acto de una manera mejor que otra siempre debe basarse en buenas razones". El lector no se ve arrastrado a disquisiciones abstrusas sobre los fundamentos o principios trascendentales tan características de los textos alemanes ni a las ricas filigranas o floridas imágenes de los parisinos. Por ello hay que estar agradecido puesto que es una especie de alimento rico en proteínas pero digerible, aunque de esta manera se pierde parte de las cuestiones particularmente intrincadas, ambiguas y específicamente humanas. No hay que olvidar las palabras de Aristóteles, de que la ética, como saber práctico que sirve para conducir nuestra vida, se ocupa de "aquello que puede ser de otra manera".

La división del libro se acomoda especialmente a su tarea de entregar el currículo básico que debe ser conocido y manejado con propiedad por todos los que se inician y trabajan en las áreas de la prevención, curación e investigación de la enfermedad. La primera parte se introduce en "El trasfondo ético y legal", sustentado en el pensamiento analítico y utilitarista de larga tradición en la filosofía inglesa desde Locke, así como en la preferencia por la ley común (o de casos) por sobre la estatutaria. En tablas creadas con especial destreza plástica se va dando cuenta de los puntos principales y las características definitorias de los asuntos relevantes que complementan el texto principal. En la segunda sección, "Tópicos específicos", se aborda una serie de temas que preocupan y son materia de debate permanente tanto en el público interesado como entre los especialistas: consentimiento, confidencialidad, genética, medicina reproductiva, niños, término de la vida, ubicación de los medios económicos, investigación. El recurso de ilustrar los problemas teóricos con casos concretos ayuda a formarse una idea real del proceder legal y moral al interior de la clínica, además que permite que el lector dé respuestas personales divergentes de los autores. Como admiten al comienzo, "el aprendizaje por medio de modelos en la educación médica es valioso, pero tiene sus debilidades; esencialmente es conservador…, por lo que hay que enfatizar la importancia de la evaluación crítica".

El apartado consagrado a la "Salud mental" es apretado y circunscrito a lo nuclear. Sus diez páginas saben a poco, aunque entendemos que están en equilibrio con el resto de los tópicos específicos. Hay que tener presente que la propuesta de los bioeticistas británicos es de proporcionar una visión básica y de conjunto que abarque todo el campo. Se nos hacen saber los pormenores del Acta de Salud Mental de 1983, lo que ella considera enfermedad o trastorno mental, la detención compulsoria y el tratamiento obligatorio sin consentimiento del interesado, la peligrosidad para terceros así como el abuso posible que se puede cometer en contra de los sujetos que padecen de un impedimento psicológico. A todo ello se le adjuntan minuciosamente las penas y castigos a que se ven sometidos los psiquiatras que no las siguen con fidelidad y rigurosidad, como un recordatorio que pende sobre sus cabezas (y bolsillos). Su principal debilidad está más bien en otra parte, en el desmesurado acento colocado en lo legal. Esto es, lo moral termina diluyéndose casi por completo en leyes o dictámenes judiciales que definen y resuelven por sí qué es lo psiquiátrico y dónde comienza y termina lo ético de lo mental. Un juez nos conmina a acatar sin chistar el fallo de que si queremos aplicar terapia electroconvulsiva sin el consentimiento del paciente debemos necesariamente contar con una segunda opinión de otro colega ¿En esos instantes adquiere el procedimiento un estatuto de ético o legal? ¿O de ambos?

Hay que admitir que ésta es la mayor y más grave insuficiencia del manual y, por supuesto, de toda la bioética anglosajona. Sabemos que su origen histórico estuvo íntimamente ligado al Congreso de Estados Unidos y a casos judiciales paradigmáticos (Karen Ann Quinlan, Tatiana Tarasoff, Helga Wanglie, Rafael Osheroff, Baby M.). Esta génesis se percibe en toda ocasión y es el motivo que ha hecho decir, con bastante razón, que nos hallamos en una época de ética sin moral, de una ética sin metafísica, de una ética sin religión, a la que basta el derecho y la política para resolver los conflictos de la salud y la enfermedad, incluida la vida espiritual aquejada de un mal patológico. Por decirlo en una frase, es una ética de la represión o coerción antes que una ética de la aspiración.

Tampoco se puede dejar de mencionar la bibliografía al final de cada capítulo, cuidadosamente seleccionada y pensada en un estudioso ocupado y que necesita conocer con prontitud los artículos y libros más decisivos en cada área. La seriedad y ayuda didáctica de las lecturas recomendadas contrastan con el pecado original que aqueja por igual a americanos e ingleses. Fuera de Aristóteles y Kant no hay investigador que no sea anglosajón. ¿Será posible que no existan pensadores de otros ámbitos? ¿Qué precio hay que pagar por desconocer tan brutalmente otros idiomas e idiosincrasias? ¿Qué grave sesgo implica para toda la medicina y psiquiatría esta manera de citar, esto es, de desconocer? ¿No se percatan aún hoy de la presencia de alemanes, franceses, italianos, españoles, escandinavos, que se han esmerado en trabajar y desarrollar la moral médica? Y esto por nombrar sólo a los europeos especialmente destacados, que poseen un trasfondo filosófico centenario, ya que no se puede siquiera plantear que lean alguna vez eticistas procedentes de otros continentes. Recordar el parroquianismo y la presuntuosidad propia de adolescentes ricos y mimados inherentes a la actual bioética tiene consecuencias insospechadas que no pueden sino despertar una inquietud desazonadora, especialmente para nosotros que somos herederos de una historia que hunde sus raíces en el mundo latino.

Este mal que asola inclemente a la ética médica no empaña los méritos del presente manual. Sólo nos refresca el conocimiento que igual enfermedad es endémica a toda la medicina del siglo XXI. Por ello resulta recomendable su lectura pausada y meditada, pero altamente crítica. Mejor aún, es un escrito que merece una amplia difusión en nuestras Escuelas de Medicina y en los especialistas en formación en psiquiatría, puesto que nos obliga a pensar en un currículo fundamental alternativo que esté más de acorde con nuestras estimativas y aspiraciones morales. Al lado de un consecuencialismo necesitamos un principialismo, frente a la autonomía está la virtud, junto a un pragmatismo se yergue una ética de la convicción, más allá del deber surge la felicidad. "¿Qué es la felicidad?" se preguntaba Nietzsche después de recordarnos que "no existen fenómenos morales sino sólo una interpretación moral de los fenómenos". Su respuesta profunda nos obliga a ser más cuidadosos cuando tratamos de entender en serio las prescripciones éticas que tan fácilmente se nos dan a profusión en los códigos médicos procedentes del mundo de habla inglesa: "El sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia queda superada".

GUSTAVO FIGUEROA
Editor Asociado de Psiquiatría

 

 

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