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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.45 n.2 Santiago jun. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272007000200011 

 

REV CHIL NEURO-PSIQUIAT 2007;45(2): 167-168

NUESTRA PORTADA

Pintando desde las raíces


Gonzalo Poblete Corona (1957)
El Rehue (2000, acrílico sobre tela, 150x100 cms)

Mientras los últimos siglos nos han sumergido en el mundo de la técnica, distante del sentido y los ideales superiores, hay artistas que dirigen la mirada hacia los universos simbólicos de nuestros pueblos aborígenes, ligados íntimamente a su identidad y estrategias de vida. Uno de ellos es Gonzalo Poblete Corona, pintor chileno con estudios de arte y filosofía en la Universidad de Mérida en Venezuela, país en el cual inició su trayectoria en el campo de la plástica. De regreso a Chile, en 1993, diversificó sus propuestas visuales. Encauzó la "multiplicidad de su ser" creativo a través de varias vías de producción artística, agregando los seudónimos (heterónimos) de "Nahuel Manquelaf' y "Aliro Parga" a su firma habitual de pintor.

Esta obra ilustró el afiche y las publicaciones del 56° Congreso Chileno de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía, realizado en Pucón en 2001. Ella nos introduce al cosmos articulado y significativo de los habitantes originarios de una zona de volcanes y lagos: los mapuches. Al centro del cuadro se despliega el rehue, canelo o árbol sagrado, el que se desvía a la izquierda abarcando en los dos tercios inferiores, la imagen de una mujer, la machi. En la tradición mapuche el poste totémico pasa a ser el centro del mundo, el lugar de unión e intercambio de energías entre el cielo y la tierra. Es el eje del nguillatún, ceremonia ritual que congrega comunidades, transformando el sentido de la vida cotidiana. Los participantes cantan, danzan y declaman con plegarias a Nguenechén y los pillanes para rogar, ahuyentar, evitar y curar.

Bajo el rostro humano del ápice del rehue, se extienden los escalones por los cuales ascenderá la machi percutiendo el kultrún, timbal forrado en cuero, cubierto con el diseño característico de la cosmovisión mapuche, en que los puntos cardinales representan el mundo y los espíritus del bien y del mal. A la izquierda del cuerpo femenino está la anciana reina luna (Antu kuche), en tanto el anciano rey sol (Antu rucha) brilla en el extremo superior derecho como portador de la luz de una época en la cual no existia el tiempo y la oscuridad dominaba el cielo. Más abajo se delinean con nitidez los pillanes, espíritus benéficos vinculados a los orígenes de la etnia, a los volcanes y las montañas. Junto al sol, son los responsables de la luz y los colores, semejando brillantes estrellas del firmamento. Son deidades del oriente, sin edad, pero de apariencia joven. Uno de ellos hace sonar la trutruca, de sonido potente y penetrante, señal de guerra y homenaje, capaz de convocar divinidades y caciques. El otro recurre a la pifülka, flauta pequeña, cuyo sonido se mezcla con el canto, independiente del ritmo y del tono.

El pintor modula el fondo con los colores propios de la visión del cosmos mapuche: las diversas gamas de azules del cielo y el blanco de la luz solar. Esta última se extiende hacia el amarillo, para unirse con los ocres y tierras de su paleta personal que singulariza a los principales protagonistas antropomorfos del cuadro. Sus distintas orientaciones y direcciones, como la reiteración rítmica de formas y líneas cóncavas y convexas, -junto a pinceladas celestes y rojas, como a claros y oscuros-, enlazan los distintos elementos, a la vez que contribuyen a la intensa dinámica virtual de la pintura. En suma, esta obra implica no sólo un hacer en el arte, sino un conocer de nuestros orígenes y un expresar de un artista que privilegia, ante todo, la densidad de la urdimbre pictórica.

Prof. Mimí Marinovic
Psicología de las Artes

 

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