SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número487Aproximación al mitoRevisitando la literatura chilena: "Sigue diciendo: cayeron / Di más: volverán mañana" índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.487 Concepción  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622003048700008 

Mitos y construcción
del imaginario
nacional cotidiano

Ana Pizarro*

RESUMEN

Los grandes mitos fundadores de la nación los forjó la burguesía agraria del valle central en el recrudecimiento de su poder frente al pueblo que estaba al sur de la frontera. Entre ellos está el de la otredad del país, su carácter diferente respecto de los demás países latinoamericanos, la homogeneidad que diseñó un país blanco y reducido a la zona central, el carácter de cultura europea de nuestra identidad. El texto muestra las contradicciones de estas propuestas y agrega a la pluralidad del país el perfil del retornado así como se aproxima al mecanismo cultural que resulta del favor: el pituto.

Palabras claves: Mitos, otredad, homogeneidad, discriminación, retornado, inmigración.

ABSTRACT

The great founding myths of the nation were forged by the agrarian bourgeoisie of the central valley in the upsurge of their power facing the people that were south of the "frontera"1.  Between them is the otherness of the country, its character of difference in respect to the rest of the Latin American countries, the homogeneity that designed a country that was white and reduced to the central zone, the character of European culture in our identity. The text shows the contradictions of these proposals and adds to the plurality of the country the profile of the "retornado", the returned exile, as well as outlining the cultural mechanism that results from doing favors: "el pituto".

Keywords: Myths, otherness, homogeneity, discrimination, returned exile, immigration.

Recibido: 25.07.2003. Aprobado: 04.11.2003.

QUE Chile es un país latinoamericano es una obviedad para todo el mundo salvo para los chilenos. Aquí Latinoamérica es un trampolín que apenas pisamos para saltar al mundo y compararnos sobre todo con el primero. La relación permanente con el exterior continúa siendo la del siglo XIX, Chile y Europa, y también la de mediados del XX, Chile y los Estados Unidos. Latinoamérica es una relación que molesta: se trata de países con un desarrollo económico por lo menos sospechoso, con una molesta historia política de populismos -ya no hablamos de dictaduras- que no tiene que ver con nuestros patrones europeos, que no cultivan las manners que nos entregaron los ingleses en el siglo XIX, junto con la aversión a los colores chillones que lucen nuestro vecinos continentales. Para qué hablar del Caribe.

Estas informaciones que provienen de la cultura hegemónica permean a los distintos sectores de la cultura nacional. Sin embargo, creo que realmente hay diferencias entre Chile y otros países latinoamericanos, pero son de otra naturaleza y tienen que ver justamente con los mitos fundadores de la nación.

Conocemos el mito de inkarri. El héroe -Tupac Katari- despedazado por las fuerzas españolas en el altiplano durante la colonia que renacerá de sus fragmentos y volverá convertido en miles y miles. Esta idea del retorno -del espíritu del héroe, de la divinidad- tiene antecedentes más antiguos.

En el momento de la conquista el pueblo azteca vio en el invasor a un dios: era la vuelta de Quetzalcoatl, y frente a este retorno, previsto por la tradición, nada había que hacer. Lo mismo sucedió con el pueblo inca y la esperada vuelta de Viracocha: estaba en el relato de los antepasados. Con el pueblo mapuche sin embargo sucedió algo distinto: ellos no creyeron en el retorno de Dios. Si pensaron en el hombre y el caballo como una sola entidad fue una ilusión rápidamente desvanecida. No parece haber estado en sus tradiciones. Entonces, como no se trataba de un ser divino, los mapuche vieron al invasor como un enemigo. Y lo enfrentaron.

Creo que esta situación diferente respecto a los mitos de origen de otros lugares de América marca singularmente nuestra historia. Porque el pueblo mapuche fue bravo, y más que sofisticación cultural, su fuerte era la estrategia guerrera. Frente a ello, y a la larga ofensiva que debió desarrollar para combatirlo y expandir el capitalismo agrario, que recién logró llevar a cabo a fines del siglo XIX, la gran burguesía agraria del valle central se fue también fortaleciendo. Concentró así su poder frente al resto del territorio, al resto de la sociedad. Entonces vio erguirse su hegemonía frente al "otro": el mapuche, el aymara, el sureño y el nortino -en Chile no existe, como en otras partes, la noción de "interior"- y generó los patrones culturales que conducirían la vida republicana del país naciente.

Fiesta en La Pampilla

Fue un disciplinamiento férreo, restrictivo, en donde incluso la fiesta, esa ruptura del orden cotidiano y de la vida del trabajo que trastoca los órdenes sociales, estaba normativizada. La constitución de la nación, en Chile, se llevó a cabo en el espíritu de la separación -la frontera- y por lo tanto en términos de recrudecimiento del poder. Así la comunidad imaginada que se formaba fue armándose en la hegemonía de la estructura cortesana y los valores de un grupo social que se quería europeo sobre el resto de la población. En ese momento ella estaba constituida fundamentalmente por el campesinado, hasta la emergencia, a fines del siglo XIX, de los sectores medios, que entregaban servicios ligados a la exportación. Aquel grupo social estuvo vinculado a lo hispánico primero, luego al mundo francés porque así se era rebelde a la antigua metrópoli y además elegante, pero con té a las cinco de la tarde por los capitales ingleses que se apoderaban de riquezas y servicios en la segunda mitad del siglo XIX. Pero no vivía en conflicto sus contradicciones, ellas eran su manera de ser nacional. Quería ser europeo pero quería tener al mismo tiempo las ventajas de la periferia: lacayos, sectores ligados a él y serviles por la obligatoriedad que genera la carencia, por la expectativa de prebendas. Querían ser europeos, pero manejar al "propio". Eramos herederos de la Revolución Francesa, liberales, pero con lacayo, con inquilino, el siervo de la gleba a escala local.

La gran burguesía agraria del valle central estableció así su hegemonía cultural, impuso las normas del deber ser chileno, las particularidades que lo singularizan y esta hegemonía tiene su expresión máxima en el estado portaliano.

La primera particularidad es la otredad del país, su condición única, diferente del resto del continente, plagado entonces de caudillismos que no se condecían con el modelo político ya trazado por viejas tradiciones , y que es el modelo por antonomasia. Está muy lejos la voz de Martí y sus ecos no alcanzan el finis terrae. Somos diferentes porque estamos alejados. La falta de contacto físico con el resto de América fue siempre muy funcional a este planteamiento en que mar y cordillera nos establecían la calidad de isla. Teníamos comunicación sólo con Europa y difícilmente con nuestros vecinos del sur. La dictadura militar de los años 70 del siglo XX y a pesar del flujo de las comunicaciones que ya comienza su etapa desbordante, logra restablecer este postulado: no se debe escuchar lo que dice de nosotros el extranjero, es que somos diferentes y nadie nos entiende. La vinculación allí se da directamente con los Estados Unidos y sobre todo en el ámbito de la economía.

El segundo elemento de normatividad cultural es el de la homogeneidad del país.

El elemento unificador consistió justamente en el carácter europeo que se le atribuyó. Hemos sido "los ingleses de América". Evidentemente algo había de razón en este planteamiento: la organización de la sociedad desde el comienzo fue altamente jerarquizada y de un clasismo brutal. La oligarquía de la zona central, en general de origen vasco, presidía la organización social de un país que vio desarrollarse sobre todo desde comienzos del siglo XX clases medias que sustentaban en aquélla su modelo cultural e intentaron reproducir a lo largo de la historia su imagen. Esta estuvo ligada a Europa durante por lo menos la mitad del siglo XX, fue compartida con los Estados Unidos durante los años cincuenta y sesenta y ya en los años setenta se impuso, sobre todo a partir de la economía neoliberal, el modelo norteamericano que había estado siempre presente en países del norte del subcontinente, como Venezuela, por ejemplo.

Presidente Arturo Alessandri y ministro Emilio Bello en revista el el Parque Cousiño, 1935.

Todo esto implicaba desde luego la negación del mestizaje. Chile se consideró a sí mismo, a diferencia de sus vecinos, un país blanco. Los indígenas habían sido arrinconados en el sur, se los había vencido, estaban en reducciones. Es decir, nada teníamos que ver con ellos, eran la rémora de un pasado que no nos alcanzaba ya. El indígena era utilizado como símbolo -"la heroica sangre araucana" - en los discursos pompier. El indígena concreto, si existía, era molesto y la discriminación un hecho no explicitado públicamente, pero real.

En la última década esta situación ha quedado en evidencia a través de las manifestaciones políticas de los grupos mapuche y de las reacciones que han generado en la sociedad chilena.

El país discriminatorio ha sido poco elaborado en la reflexión nacional. La discriminación contra el mundo judío, por ejemplo, por momentos de mucha fuerza, atraviesa a los distintos sectores sociales y llegó a ser muy fuerte a mediados del siglo pasado. Recuerdo un juego de infancia muy común que perturbó mi memoria cuando mayor. Era en los años cincuenta del siglo XX. Un grupo de niños jugaba contra otro y preguntaba: "Cuántos panes hay en el horno?" El otro respondía "Veintiún quemados". La nueva pregunta era: "¿Quién los quemó?". Respuesta: "El perro judío". La frase siguiente: "Mátalo por atrevido". Y comenzaba la persecución.

La inmigración judía, a veces eskenazi, a veces sefaradí era en general también de origen humilde y estaba ligada al comercio, como la de los árabes. En San Felipe, un pueblo de mi niñez, había "la calle de los turcos", como se les llamaba, con ignorancia y desdén, a los árabes. Nunca nadie se preguntó por esas culturas milenarias, por su perfil, por su riqueza, por las historias de origen de estos señores de bigote y traje oscuro sentados en la entrada de tiendas de tela o mercería de donde emanaba un fuerte olor a naftalina. Eran sólo "los turcos", permanentemente atentos al dinero, y su existencia se iniciaba y terminaba en esa calle. Tal vez el interés más generalizado por ellas haya comenzado recién en el siglo XXI, un 11 de septiembre.

Como contrapartida a estas migraciones se dio el prestigio del colono de Europa occidental. Los inmigrantes que procedían de allí, lejos de constituir un "otro", tuvieron el prestigio de su origen. Así se integraron alemanes, algunos franceses, yugoslavos, además de una legión de españoles e italianos, movidos todos por la situación económica europea de fines del siglo XIX y luego por las guerras mundiales. Como toda inmigración, el origen estaba sobre todo en la pobreza. Algunas veces en la política, como en el caso de algunos inmigrantes españoles, pero también de algunos de los alemanes llegados al sur del país a áreas rurales para huir de la persecución contra los nazis. En muchos casos pasaron por suizos.

Esta inmigración asumió su condición de acuerdo con las exigencias de la estructura de poder del país. Lejos de concebirse a sí misma pionera, orgullosa de su tránsito desde la extrema pobreza en que llega todo inmigrante y de su carácter de self made society, a diferencia de Argentina, por ejemplo en que cada uno luce con orgullo el tránsito desde el Hotel de Inmigrantes a la situación de hoy -el esfuerzo de la familia por forjarse un espacio en la sociedad-, esta inmigración en Chile construyó un relato dorado respecto de su origen. En éste, hay una familia de prestigio social, hay en ocasiones títulos nobiliarios y a veces un mundo de dinero . Uno no entiende entonces por qué se trasladaron a este país del fin del mundo. Es una inmigración que rápidamente, en una o dos generaciones, integró los sectores medios y altos del país. Una mirada a los apellidos en las páginas sociales de los periódicos lo pone en evidencia. Contrariamente también al caso argentino, esta inmigración en Chile se integró rápidamente al estado nacional. Si en el país vecino la estructura social está marcada por capas superpuestas o adosadas de inmigrantes de distintos orígenes: armenios, alemanes, rusos, italianos, etc., que afirman su procedencia en la vida cotidiana además de su pertenencia al estado nacional, en Chile la nación los absorbe con mayor fuerza y el origen se desvanece con rapidez en el espacio cultural de la nación y su cultura hegemónica. Distinto es el caso de las otras migraciones. Contrariamente a esta aceptación del colono europeo, los recién llegados de las últimas décadas exhiben un destino peor que el de las migraciones no prestigiosas de árabes en el pasado, hoy integrados a la nación. Se trata de migrantes latinoamericanos por una parte, bolivianos, peruanos, pero también coreanos, hindúes. Es cierto que son los inmigrantes de la última ola siempre los más rechazados. En este caso les corresponde hoy a los peruanos.

Esta situación se exacerbó con la dictadura militar, el disciplinamiento de la apariencia bajo el modelo blanco-vestido-a-la-occidental-con-el-pelo-corto tuvo su apogeo con castigo a veces desmedido a la infracción de la norma, en un momento en que se generalizó la persecución del "otro" como respuesta a la apertura de la década anterior: el latinoamericano, el de tez oscura, el indígena, el izquierdista. Hay trabajos sobre la actitud antisemita por parte de los aparatos represores del momento.

Si, de acuerdo a la metáfora de Tabucchi en esa hermosa novela que es Sostiene Pereira, el ser humano tiene varias almas que de acuerdo al momento que se vive emergen o se repliegan, tomando una el papel central, habría que pensar que en nuestra sociedad se han configurado históricamente patrones de comportamiento que, latentes en general, de pronto tienen la capacidad de hegemonizar el perfil de ella y plasmarle un rostro que preferiríamos no mirar.

La nación es, como sabemos, un modelo de representación, una construcción de comunidad que aglutina, articula y entrega las modulaciones que históricamente la sociedad le ha plasmado. Ahora bien, la sociedad no es toda la sociedad, es el discurso de las voces que la hegemonizan. Es por eso que este modelo ha podido desconstruirse por momentos, fragmentarse en su pluralidad, poner en evidencia el juego de sus ocultamientos, sus contradicciones, sus emergencias. En ellas ha surgido con nitidez en nuestro país, por ejemplo, la presencia de ese entre-lugar cultural que se ha llamado la Región XIV, el universo de quienes permanecieron fuera del país después del 73 y constituyen en sus vidas un espacio híbrido en donde están negociando permanentemente los residuos culturales del país de origen y el lugar del transtierro, el país de acogida. Una cultura de fragmentos que se mueve entre la memoria y el presente, de negaciones, expectativas, de mayor o menor tecnologización, dependiendo del asiento cotidiano, un discurso diferente, que conforma también a este país.

También hace parte de la cultura del entre-lugar la de los retornados, los escasos exiliados que decidieron volver. Percibo tres momentos en la vivencia y la cultura del exilio: primeramente la del desgarramiento propia del que salió recién y que corresponde en general a la segunda parte de la década de los setenta, en segundo lugar la del transtierro, que es el momento en el que el exiliado comienza a insertarse en el país de acogida y comienza allí a "acomodar el alma", en la expresión de Martí. La tercera pertenece a la identidad del retornado.

El retornado guarda en el sí mismo siempre al exiliado. Hay un hiato en la memoria y en la experiencia concreta. Un tiempo que no estuvo presente y que se pone en evidencia porque no puede participar en el discurso de los demás, hay formas de sensibilidad que no tiene, hechos que no ha registrado, bromas que no comprende porque sólo la experiencia histórica entrega la percepción cabal de la vida de un lapso, y éste es el de su ausencia. Tiene en cambio otros registros, le parecen graciosos otros gestos, aprendió a disfrutar del perfume de otras plantas, sabe de diferentes formas de la luz, conoce otros sabores, el sonido de otras lenguas, ha aprendido a mantener afectos lejanos y ha comenzado a ver a su país desde fuera de él, con la distancia que anula el patrioterismo vulgar y permite iniciar la crítica, develar los mitos. De alguna manera, ese rayado mural que vi fotografiado alguna vez y que expresaba el peor nacionalismo nuestro tenía algo de razón: "Los retornados también son extranjeros", decía.

El retornado vive entonces en un entre-lugar de la vida y la cultura, en un espacio de negociación, entre el pasado que lo destruyó y lo rehizo, y este presente que también está en su memoria histórica pero es diferente a las imágenes que ella conservaba. Dependerá de las circunstancias y de sus recursos íntimos el lograr equilibrar esta tercera etapa de su viaje, y de este equilibrio dependerá el resto de su vida. Hay quienes han regresado al país de exilio porque no pudieron con éste, hay quienes permanecieron en el rencor al país de origen, hay quienes se sumieron en él tratando de olvidar el hiato. Creo que la sanidad consiste en llevar al exiliado consigo mismo e insertarse con él en la vida en esa interlocución permanente que será la de aquél con la realidad, así como la de él con su parte exiliada. Vivir un entre lugar de la cultura, un entre lugar de los sentimientos, de los afectos. Esta es tal vez la marca del exiliado y del retornado, la cicatriz que dejó la ruptura inicial con el lugar de origen. Es la marca de su desgarro, pero también de su enriquecimiento, su carencia y su atributo, el único modo, en fin, con el que podrá enfrentar nuevamente la vida. El retornado es también una tribu diferente, con modulaciones que remiten al país del que proviene, que va integrándose por distintos lugares, con diferentes intensidades y suerte a la vida y a la identidad del país. En esta proveniencia también se identifica: hay países que tienen más prestigio que otros y priman, desde luego, los europeos occidentales.

Esta situación se ve fortalecida por la evolución del pensamiento a nivel internacional en torno a la aceptación paulatina de la fragmentación como eje de los tiempos en el siglo XXI, fragmentación de los paisajes de género, de clase, de etnia, de nacionalidad. La tensión está presente en la actualidad frente a la concepción monolítica del chileno como sujeto integrado, con una ascendencia discernible y una filiación única. La noción de diversidad no está generalizada, pero ha ganado terreno.

Quiero tocar un último punto en este perfilamiento cultural de los comportamientos sociales a partir del origen.

La sociedad colonial, como sabemos, tuvo su sustento en la encomienda. Esta situación generó relaciones de poder altamente polarizadas en una sociedad pequeña y de gran jerarquización. De alguna manera, en el período republicano la oligarquía de la zona central reprodujo el esquema con el inquilinaje. Se generó así una relación interclase basada en el favor. En una sociedad altamente jerarquizada el favor juega un papel central en las conexiones entre los individuos. El que entrega el favor ejerce su poder, el que lo recibe queda en situación de deber algo, en una forma de dependencia. De este modo se activa un mecanismo de sujeción en donde las relaciones de los individuos, lejos de ser transparentes ponen en evidencia la opacidad del funcionamiento de una sociedad en donde lo importante no es el mérito, sino "ser amigo de". Tener "amigos", es decir, contrariamente al sentido de la amistad, poder hacer contacto con alguien que tiene algún poder ha sido tradicionalmente una forma de funcionamiento social. Es un mecanismo que se agudizó en el momento del gobierno militar. El favor remite a los esquemas de una sociedad cortesana, en donde perder el favor del poder puede ser el peor de los castigos. Desde los años sesenta del siglo XX este sistema tomó incluso una denominación: el pituto, aceptado socialmente incluso como algo simpático. Evidentemente este mecanismo establece un sistema de relaciones sociales altamente antidemocrático: sólo aparentemente los individuos tienen las mismas opciones, subyacen a ellas las redes construidas por el sistema del favor. Actualmente es el modo oblicuo con que el país desarrolla el llamado lobby . De este modo la sociedad sostiene un sistema doble de funcionamiento cultural en donde democracia alude a un sistema equilibrado de relaciones por una parte y en su interior está activado un sistema paralelo y articulado profundamente antimeritocrático ligado a rémoras culturales de poder colonial.

De este modo, por una parte los mitos, por otra parte los mecanismos con que históricamente se ha perfilado la cultura en el país necesitan ser puestos en la mesa de la discusión y en la reflexión nacional. Construir un sistema democrático es también pensar desde dónde hablamos, cuál es la situación de enunciación de nuestro discurso. Ello nos puede entregar más de una sorpresa.


*Profesora de literatura en la Universidad de Santiago de Chile, autora de Ostras y caníbales, entre otras. E-mail: aipizarro@hotmail.com

1In Chile "la frontera" or border corresponded roughly to the Araucania, an area where the Mapuche Indians lived as well as settlers from the central zone and Europe.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons