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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.487 Concepción  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622003048700014 

Voces de Portocaliu. Omar Lara.
Editorial Universidad de Concepción.
Cuadernos Atenea, Concepción. 2003. 108 pp.


Jorge Ariel Madrazo*

EL POEMA, se sabe, nombra lo que no es pero que acaso es... Lo que será, o quizás no sea jamás. Es el canto a una ausencia. En tal sentido, la ya vasta y admirable obra de Omar Lara responde a la imagen acuñada por Mario Rodríguez F. en el prólogo de Voces de Portocaliu: esta poesía elude toda grandilocuencia o egocentrismo de un yo omnisciente y oracular; es como esa hierba del sur que crece queriéndose imperceptible, pero cuya belleza la torna más poderosa que la piedra.

La voz de este poeta amasa tiempo. Aunque pueda insinuar, en algún instante, la queja viril por el reino perdido (como el anhelo de beber "el vinillo triste de Imperial / con mi madre que amadra sin descanso"), jamás se queda en esa comodidad. Hay aquí melancolía, pero muy vital. Esta poesía no añora: es aquello que nombra, se trate del ayer, del hoy o de un mundo-Otro, como el misterioso Portocaliu. Esos otros mundos que, lo enseñó Paul Eluard, existen y están en éste. Ocurre que el pasado, el lar natal, son en Lara espacios míticos y a la vez vivientes: se amalgaman íntimamente con el espacio interior del hombre-poeta. Así, ante estos poemas se tiene la certeza de que la poesía (sea lo que fuere) no sólo es escrita sino que ella reescribe, y marca a fuego, a su propio demiurgo-criatura. Portocaliu, pariente lírica de Macondo aunque más plena de entrega amorosa -y por ello de belleza-, esconde la clave del secreto. Lo sugiere Lara en su posfacio: "Por qué me detengo tanto en Imperial, en el abuelo Juan, en las margaritas y en los cipreses, en la glotonería de las lecturas sin ton ni son... Pues porque ahí está todo, me he dado cuenta de repente. Me he dado cuenta ahora mismo, ahorita mismo, como diría Corcuera...". Es el pórtico a una Nueva Frontera, un regreso obsesivo a los reductos de infancia y a la vez un encuadre para -agrega el poeta- ir desplegando un "juego mayor".

¿Qué juego? El juego, a todo o nada, con los dados cruciales del amor, la amistad, la niñez, el sueño, el tránsito geográfico-existencial, la extrañeza frente al enigma de la cotidianeidad -ese cielo, esa mujer, esas aguas de oro del río Lía, esa vieja casa de madera-, aunados empero a un sabio distanciamiento apto para retraducir tanta subjetividad que piensa (porque la poesía de Omar Lara no es confesional: trasciende a la catarsis lírica al acceder a una rica elaboración espiritual-textual, y así hablar desde el riquísimo Aleph que son la memoria y la reinvención de cuanto se ha sentido). A todo lo cual se suma la lucidez acerca de la implacable Señora, la muerte. Que ya mostró su peor cara en el horror de la represión y los asesinatos del 73, también muy presentes en Lara aunque sin subalternizar nunca el rigor expresivo que valida lo que, en otro poeta, podría ser mera diatriba.

Todo lo que existe puede justificar la celebración o el cuestionamiento: "Yo y las cosas hemos desertado / yo de ellas / ellas de mí (...) Las cosas van a la peluquería / se embellecen para abandonarnos / enarbolan una especie de cólera / y navegan / navegan / navegan..." El poeta es, también, El Desencontrado que vive una rara ajenidad, al punto de exclamar: "No llego aún / verás / es cierto que no sé adonde llegar / de modo que si ocurre que he llegado / lo ignoraré por siempre / y seguiré buscando". La certeza de que todo es incierto, ése: encontramos una aguja en un pajar / y la perdemos oh dios, emblemático verso de un antiguo poema suyo, no le impide saber que si alguien sale de su casa convenientemente preparado, podrá descubrir el pueblo de sus sueños, la mujer de sus sueños.

La mujer evocada se las ingenia, en esta poesía, para metamorfosearse en un barco, o quizás en la dueña del "cuarto más dulce" de ese barco en cuya cubierta "crujían las sogas y los fierros". Pero esa amada del ayer se vuelve, de pronto, tan hoy como cualquier otro cálido hoy, porque "Amo ese barco / Amo el susurro de los árboles / lejos / en la ribera / Amo el sonido de sus pies sobre el suelo desnudo..." Barco vuelto pies femeninos, bello desplazamiento metonímico en inefable pirueta creadora. Son, todos, ensueños muy reales. Por eso, para el poeta no han muerto los amigos. O los compañeros a quienes mataron. Quizás, como aseveró otro notable poeta, el argentino Francisco Madariaga, sólo quedaron "encantados". Y así surge el "Buenas noches, Jorge", que dialoga conmovidamente, sobriamente, con Teillier; y los poemas a Marin Sorescu, a Víctor Jara, a Tagore Biram, a Fernando Krause, a René Barrientos, a Héctor Valenzuela -asesinado junto a su esposa y su pequeña hija en octubre de 1973- y a muchos otros que "se fueron por la tierra / derecho por la tierra adentro / dieron un salto al revés. // Pero se quedaron muy cerca / sólo unos metros los separan / de sus trabajos / de sus calles...". Tal, la estremecedora letanía del poema "Aparecidos y desaparecidos", cuyo finísimo tratamiento lírico no impide -todo lo contrario- registrar en lo hondo a qué dramáticos, obscenos hechos se refiere: "De pronto comenzó la danza loca. / Todo tipo de instrumentos / se hizo a la batahola / instrumentos cortantes y sangrantes / todos bailaban la danza demencial..."

Citando una vez más el introito de Mario Rodríguez F.: "El viajero ha llegado a las playas de Portocaliu cargado con todos los dolores, certidumbres y fidelidades producidos por la travesía", no cabe extrañarse de que tanto el final como el inicio del libro se muerdan la cola -como el dragón Ouroboros de los alquimistas- trazando un círculo donde se conjugan lo colectivo y lo personal. El poema que abre el poemario, "Sábado en Portocaliu", desde un predominante galope de eneasílabos alude a las arduas relaciones entre lo vivido y lo deseado, entre la historia y lo soñado. Sí: "Son muy extrañas esas cosas / que a veces tomamos por ciertas". El pozo de la memoria, dice el poeta, acumula "verdades aborrecibles". Que, vuelve a decir, "son como vidrios empañados". Quizás quede una esperanza: "Pero alguien limpia los vidrios / del mirador que da a tus ojos / y atisbamos o quisiéramos. // Y la noche se mira en nosotros / desvergonzadamente desnuda". El poema de cierre, "El caballero extravagante", desarrolla en una cadencia más aireada y semicoloquial una suerte de agrio aunque sereno balance vital. El caballero-poeta-hombre carga el madero de su cruz, que era al comienzo "una dulce carga en mi espinazo" (...); "era exactamente tu sexo dulce y cruel". Tal madero es ahora un castillo esclavizante; "y cómo escarban las astillas usted no podrá saberlo / jamás". El autor, que publicó su primer libro, Argumento del día, en 1964, el mismo año en que fundó en Valdivia el grupo Trilce, alcanza así con Voces de Portocaliu una cumbre en su quehacer poético. Ya Fernando Alegría reconoció en 1987: "La llamaron Trilce y sabían por qué". Y radiografió: "Lara dice y esconde la palabra, como quien lanza la piedra y, con ella, la mano. Es un maestro del boomerang, arte de pueblos fronterizos..."

Tan diestro es Omar Lara en este arte aéreo y sutil, que puede principiar un breve poema exclamando: "Sé lo que eres", para concluir apenas siete líneas más abajo: "Ay, si supiera qué eres". Casi, como si hablara de su misma y alta poesía, de su indefinible Portocaliu.


*E-mail: arielmadrazo@ciudad.com.ar

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