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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.488 Concepción  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622003048800012 

Homenaje a Félix Martínez Bonati

Dieter Oelker**

El libro Félix Martínez Bonati. Homenaje, motivo de esta introducción, fue publicado, en coedición con la Universidad Austral y la Universidad de Chile, por la Editorial de la Universidad de Concepción. La edición del texto estuvo a cargo de los profesores Pedro Lastra, Universidad de Stony Brook, y Mario Rodríguez, Universidad de Concepción. El libro consta de 251 páginas, entre las que se distribuyen 18 trabajos ordenados en secuencia alfabética según el apellido de los autores, el Indice, la Presentación y el Curriculum vitae del homenajeado.

Cuando asumí la responsabilidad de presentar este libro, de alguna manera acepté el mismo desafío que le lanza Hugh Vereker al crítico en el relato "La figura en la alfombra", de Henry James. Porque de eso se trata: identificar en el texto "algo semejante al complicado dibujo de una alfombra persa", que constituye su motivo principal al mismo tiempo que su significación general. No dudo de que se trata de una tarea atractiva aunque compleja, por cuanto cada colaborador escribe los artículos desde su respectivo lugar teórico-metodológico y área de interés.

Sin embargo, a pesar de ello, estimo que sí es posible reconstituir las preguntas que busca contestar el libro a través de los diversos estudios, y encontrar en función de ellas algunos trazos del dibujo en la alfombra de este texto. Porque mientras en algunos estudios se interroga por la significancia, "la propiedad de significar" (Emile Benveniste) de los textos analizados, en varios se pregunta por los sentidos que van gestando, y en otros por su presencia polémica en la identidad de un pueblo. Obviamente, se dan contaminaciones, fugas de uno a otro y excepciones, pero en lo fundamental, esta distinción entre los artículos puede resultar práctica y funcional. En todo caso, estimo que son éstas las preguntas que se formulan en los diversos trabajos, y que las respuestas van conformando el dibujo en la alfombra del texto-figura que se constituye tanto a través de lecturas reflexivas y críticas, como a través de estudios que se plantean desde un punto de vista histórico, literario y/o cultural.

La serie de trabajos que se preguntan por los sentidos de los textos aparece inaugurada por el estudio de María Nieves Alonso, "Callada tempestad. Signos exactos e incomprensibles. Este fulgor azul se me resiste". El estudio se centra en el libro Edad de Antonio Gamoneda, y se propone "destacar ciertas señas, símbolos, metáforas o formas; unos adverbios, unos colores" como medio para comprender ese lenguaje poético que "señala los márgenes de las palabras, su dimensión infinitesimal frente a la vastedad oceánica y profunda del sentido, pero [que] se alimenta, no obstante, de la ilusión de dar cuenta de algo más allá de sus límites, de nombrar el ámbito silencioso que se encuentra más allá de los límites de la palabra". En cumplimiento de su propósito acude María Nieves Alonso a ciertas "señales de lectura" que denotan el espacio de esta poesía como "pura contradicción, pura transgresión de lo recién dicho, puro devenir y permanecer" de manera que los poemas del libro Edad aparecen iluminados y ensombrecidos por la tensión enunciada en el agua, en la alondra, en la hierba, y representada sintácticamente por el verbo habitar, por sus interrogaciones, por los adverbios ya y aun, por el dominio del frío y las alturas.

El ensayo de María Nieves Alonso pertenece a la serie de los estudios crítico-literarios dedicados a la literatura española. También forman parte de esta área temática los trabajos de Diana Fox, quien reflexiona sobre la aplicación de la categoría "hombre esquivo" al drama Fieras afemina amor de Calderón, de José María Pozuelo Vivancos y su pregunta por el sentido que genera la estructura retórica de la "Canción III" de Garcilaso y de Elías L. Rivers, interesado en contrastar, a partir de una reseña de los trabajos de Gilman (1951) e Iffland (1999), el sentido dialógico y libertario del Quijote Cervantes con la "dogmática simplicidad" conceptual y constructiva del Quijote de Avellaneda. Asocio a estos trabajos, por una parte, la reflexión de Manuel Jofré sobre la necesaria "interfertilización de los lenguajes [en] la producción de la significación" y, por otra, la propuesta de Iván Carrasco referida al ámbito de la literatura chilena, sobre la significancia de los "discursos de sobremesa" de Nicanor Parra, a los que describe como "una mutación discursiva entre la literatura (antipoesía) y el discurso propiamente tal". Pero también forma parte de esta serie de artículos centrados en el estudio de los sentidos que van generando los textos, los trabajos dedicados a la obra entera de un autor. Es el caso del extenso artículo de Federico Schopf, quien sostiene, en relación con la obra poética de Jorge Teillier, que una vez "perdida toda esperanza en la recuperación real del espacio lárico o siquiera en su existencia en el pasado como fundamento moral para su vida", el poeta se presenta como un "sobreviviente de sus propias ilusiones". Sin embargo, estima también que "l’ideal no se ha perdido del todo, y que su llamado (...) aún suele resonar (...) desde el fondo desencantado del poeta".

Otra secuencia de trabajos centra su atención en la gestación de los sentidos del textos a partir del proceso de su recepción y/o de la comparación de sus diferentes lecturas a través del tiempo. Destaco aquí el trabajo de Gonzalo Sobejano primero, como evocación de tres lecturas del Quijote, hechas por Heinrich Heine, Nietzsche y Thomas Mann y, segundo, porque "el espejo refleja al espejo, el eco llama al eco" (George Steiner), como lectura que realiza Gonzalo Sobejano de cada una de esas lecturas ante el fondo de su propia recepción del Quijote. El estudioso concluye, en relación a lo primero, que "la interpretación de Thomas Mann arranca de una actitud humanista: amor, humor, cristianismo, libertad como liberación, equilibrio, mesura. Lo supremo en Don Quijote no es para él el entusiasmo solitario en pugna con la creciente maleza del prosaísmo burgués (Heine), ni tampoco la transfiguración sobrehumana hacia un futuro utópico (Nietzsche), sino el esfuerzo hacia la libertad y la íntima labor de conocerse el hombre a sí mismo". Se ha dicho que el texto clásico se caracteriza por "suscitar interpretaciones sin término" (Jorge Luis Borges) -aseveración magistralmente demostrada por Gonzalo Sobejano. Lamentamos, por eso, que el autor no haya traducido las extensas citas en alemán- especialmente, porque su permanencia en ese idioma no parece estrictamente necesaria para los propósitos del trabajo.

También participan de esta concepción histórica y comparativa el estudio de Leda Schiavo, que busca "explicar la seducción que ha ejercido el tema [de las fiestas galantes] a través del tiempo", en Antoine Watteau, Verlain, Rubén Darío y Valle Inclán. También asociamos a este grupo la reflexión de Pedro Lastra sobre Luis Cernuda como ejemplo de "la constante presencia de Sevilla en Hispanoamérica", y el trabajo de Oscar Hahn sobre su "trato con la obra de Borges" y sus encuentros con el escritor argentino. Finalmente, porque, "atender al significado es traducir" (George Steiner), incluyo aquí el artículo de Nelson Cartagena, en cuanto análisis que señala y hace justicia al aporte hecho por el hoy olvidado español Alonso de Madrigal (1400-1455) a la teoría de la traducción. El estudio comparativo demuestra que las ideas del Tostado, que así lo llamaban sus contemporáneos, anticipan en casi un siglo las propuestas del hasta hoy recordado francés Etienne Dolet (1508-1546).

Una tercera sucesión de trabajos estudia la inauguración y el desarrollo de determinados procesos históricos, literarios y culturales, tanto chilenos como hispanoamericanos. Se inicia esta serie en el ámbito colonial con el aporte de Jorge Guzmán, continúa en los inicios de la Independencia, con el estudio de Miguel Gomes, "La teoría crítica hispanoamericana. Algunas reflexiones sobre sus orígenes", espacio al que también pertenece el trabajo de Cedomil Goic. Otro autor, Dieter Oelker, analiza el anuncio del modernismo como cambio de paradigma en el desarrollo de la literatura hispanoamericana hacia fines del siglo XIX, mientras que Gilberto Triviños y Mario Rodríguez reflexionan en sus aportes sobre la presencia crítica, polémica, de la literatura en la constitución de la identidad chilena y su resistencia a las diversas formas del modelo social vigente.

Miguel Gomes reseña en su trabajo las respuestas a la preguntas que presidieron la conformación de una estética hispanoamericana como expresión de una identidad diferente a la peninsular, hispánica. Tal como fue posible en lo militar y administrativo, ¿puede lograrse igualmente la emancipación cultural?, ¿cuál debe ser la función del intelectual en las naciones en formación?, ¿qué validez tienen para Hispanoamérica los ideales innovadores provenientes de Europa? Los artistas y escritores hispanoamericanos se entienden como una variante del ser occidental. Consecuentemente, cumplen para sus pueblos la función de creadores y maestros en la consolidación de esa diferencia. Los intelectuales "están en la obligación de contribuir con su labor a la construcción de la nación". Sienten su marginalidad y rezago con respecto a Europa, pero no por eso renuncian a "modelar la sociedad según nuevas ideas" y "hacerse una historia autóctona" para, de esta manera, contribuir a la definición y consolidación de la identidad hispanoamericana.

Entre los textos coloniales que sin duda contribuyen a realizar el propósito de "crearse una historia autóctona", ocupan un lugar importante los Comentarios reales de los incas, de Garcilaso Inca de la Vega. Jorge Guzmán estudia el libro en función del especial significado que tienen los nombres de los reyes -y muy especialmente Huacchacúyac, amador de los pobres- como matriz del mundo incaico. El estudio sostiene que "por ese nombre se engrana en el texto la realidad española, la de los ‘amadores del oro’, con la realidad inca, la de los ‘amadores de los pobres’, y se hace dolorosamente comprensible la historia del Tahuantinsuyo antes y después de la invasión europea". A su vez, pensando en los escritores que se esfuerzan por "modelar la realidad según nuevas ideas", aparece Andrés Bello en lugar destacado como férreo defensor de la independencia de las letras americanas. Esta permanente disposición suya también se manifiesta en la epístola que envía a José Joaquín Olmedo, el 3 de mayo de 1827. Se trata de la "Carta escrita de Londres a París por un americano a otro", que estudia y define Cedomil Goic como "carta de amistad muy horaciana que da lugar a una novedosa formulación fundacional de la poesía americana en perfecta afinidad con los grandes poemas de Bello de ese tiempo: ‘Alocución a la poesía’ (1823) y ‘La agricultura en la zona tórrida’ (1826)".

Cierran esta serie de trabajos los estudios de Gilberto Triviños y Mario Rodríguez, quienes destacan en sus ensayos el carácter insumiso y crítico de la literatura. El primero de ellos se propone iluminar "la parte de sombra dejado por el relato del poder incontrastable de la civilización en la Araucanía". Ante el fondo de La Araucana de Alonso de Ercilla, relaciona en diálogo la Crónica de la Araucanía (Leyenda heroica de tres siglos), publicada por Horacio Lara en 1889, con el relato "Quilapán", de Baldomero Lillo, incluido en su libro Sub Sole de 1907. Como resultado de esta interacción a la cual progresivamente se van integrando otros textos, aparece con claridad "la violencia del origen de Chile como nación moderna" -violencia fundadora que denuncia Ercilla en la Conquista, pero que silencia Lara en su relato de la penetración chilena en la Araucanía. Horacio Lara borra con ello el "legado humanista" de La Araucana, porque no descifró el "mensaje clandestino" del poema que no es un camino a la épica sino al humanismo. Es el recado que recoge Baldomero Lillo, "su verdadero continuador, en la época de las mayores loas al triunfo de la ley universal del progreso en la Araucanía", cuando dibuja con nitidez "el rostro violento" de la pacificación.

Mario Rodíguez, por su parte, analiza "la situación crítica, histórico-social", que se produce en torno al poeta José Domingo Gómez Rojas (1896-1920), el autor de "Miserere". "Veo en el martirio de este poeta chileno un símbolo, una síntesis marcada por el horror de las nacientes sociedades disciplinarias latinoamericanas". Gómez Rojas fue percibido en su tiempo como "un sujeto indócil, subversivo primero y anormal después" -en lo cual radica la diferencia que introduce la consolidación de la sociedad disciplinaria en el proceso cultural chileno. Porque si en el siglo XIX se combate al escritor que se oponía al estatus vigente, es muy propio de la época, el principio del siglo XX, cuando comienza a consolidarse la sociedad disciplinaria, que se sustituya "el carácter de posible subversivo (...) del poeta por el de anormal, una persona a quien es imposible de disciplinar". Ello explica que se le haya adjudicado el rostro de "anormal" a la rebeldía de Gómez Rojas, y que se haya operado sobre su cuerpo para disciplinarlo, aun cuando el poeta ya había entrado al terreno del alma -ignorado por una sociedad sólo interesada en normalizar los cuerpos. José Domingo Gómez Rojas "emerge violentamente como el fulgor de una llama en la poesía chilena y se apaga con la misma rapidez".

Las disciplinas humanísticas se definen por su propósito de comprender el fenómeno mismo en su concreción histórica. Por otra parte, ellas no buscan encontrar un sentido único sino, por el contrario -y ése es su aporte-, tienen la certeza de la fundamental pluralidad de sentido que poseen sus objetos de reflexión. Estimo que los trabajos que conforman este libro constituyen excelentes ejemplos para lo que son las disciplinas humanísticas -esas disciplinas que se ocupan del hombre en su acción esencial de procesar simbólicamente la realidad.

Decía al comienzo de esta presentación, que me guiaba el propósito de buscar el dibujo que se va trazando entre los diversos trabajos que conforman la alfombra de este libro. Dejo cabos sin atar en un tapiz que apenas se insinúa, en una textura que bien puede ser una ilusión. Otros y más prolijos lectores continuarán la tarea, pero cualquiera sea el resultado, siempre se encontrarán en el libro con el afecto, la gratitud y la admiración por la trayectoria académica y dimensión humana del profesor Félix Martínez Bonati -sentimientos que presidieron y dieron origen a esta publicación. Porque el fondo ante el cual se atisba la figura en la alfombra de este texto es el reconocimiento a un académico de excepción.

AGRADECIMIENTO

Félix Martínez Bonati

Quien recibe un homenaje tiene que sentirse agitado por sentimientos contradictorios, pues el clásico tema de la vanidad y el del merecimiento se hacen inescapables, aunque atinadamente callemos sobre estos puntos. Pero, pese a todas las aflicciones de la duda sobre sí mismo, cómo podría uno dejar de aceptar con íntimo regocijo un gesto de afecto y de aprobación profesional, y que viene de los nuestros, de aquéllos cuyo reconocimiento es el que más nos importa.

Me honra que éste provenga formalmente de la Universidad de Concepción, de tan sostenida labor en el campo de las humanidades, desde su fundación y la obra de su ilustre fundador, y de la venerable revista Atenea, una de las no muchas publicaciones periódicas de lengua española que se encuentran regularmente en las mejores bibliotecas de Europa y América. Es también muy significativo para mí que se asocien a este volumen mi universidad materna, la grande, siempre atribulada, desarticulada y fecunda, y la universidad de mis mayores desvelos, ilusionados y felices.

Circunstancias en gran parte fortuitas me hicieron aparecer a veces como figura de identificación de un grupo generacional de estudiosos chilenos de las letras, aunque mi contribución a estos estudios no es mayor que la de los otros miembros del grupo. La obra de un autor -éste es un tópico que se repite en los estudios literarios de nuestro tiempo- es inseparable no sólo de la tradición en general, sino en particular de la comunidad en que se ha formado. Entre los maestros que uno tiene están también los coetáneos y también los discípulos. Si puedo atribuirme una virtud, ella ha sido la de escuchar el discurso de las humanidades lo más amplia y atentamente que me ha sido posible. Y ante todo he escuchado a quienes me tocó en suerte conocer como compañeros de trabajo y como alumnos. Por eso, al ver los nombres de quienes contribuyen a este volumen, he recordado las muchas señas orientadoras y las nuevas ideas que les he ido debiendo desde hace mucho tiempo. Siempre hay alguien en torno nuestro que en algún respecto de la experiencia intelectual ve más lejos que nosotros. Reconocerlo alegremente y aprovecharlo es, claro, un principio elemental de sabiduría.

De Mario Rodríguez aprendí, hace ya más de cuarenta años --y él no lo ha sabido hasta ahora- la audacia de habilitar las grandes teorías estéticas y filosóficas como herramientas de exégesis literaria concreta. Lo hizo en su primer trabajo de alguna extensión, cuando era todavía estudiante, con la teoría vossleriana de la estilística literaria, que todos conocíamos entonces, pero no nos habíamos resuelto a aplicar, y que él usó con seguridad y propiedad, y hallazgos convincentes, en su tesis sobre Antonio Machado, dándonos así un ejemplo decisivo. Más tarde ha recurrido a pensadores como Derrida, Deleuze y Foucault, en parte abriendo con sus conceptos nuevas vistas de los textos, en parte articulando con un vocabulario nuevo sus propias intuiciones críticas.

De Pedro Lastra, el fino poeta y sabio crítico, e inolvidado maestro de tantos, he aprendido el valor de una apertura apasionada, sensible e ilimitada a las letras iberoamericanas. Veo en sus escritos una salvación íntima de nuestro mundo que persuade y alienta.

De mis viejos compañeros Cedomil Goic y Jorge Guzmán admiré siempre la energía y consecuencia de su esfuerzo intelectual y universitario. Cedomil, por el alcance verdaderamente asombroso de sus lecturas y su saber, y la disposición ordenada y sistemática, transparente por su claridad teórica, de ese enorme material -logro tan raro entre los eruditos historiadores de las letras.

De Jorge, su libertad interpretativa, de sólido fundamento, su insolencia respetuosa (si puedo usar este oxímoron) frente a la tradición, lo sorprendente, paradójico y original de sus profundas percepciones.

De Federico Schopf, ya desde entonces cuando era mi alumno, y gracias primero a un breve estudio que hizo para sus trámites de titulación, aprendí a ver más abiertamente la dimensión metafísica de la literatura. Me hizo comenzar a entender qué era lo que Heidegger llamaba el Ser, y su revelación en el poema. (Tampoco él sabe de este efecto que su trabajo tuvo sobre mí, porque mis reacciones a estímulos intelectuales son lentas y tardo en comprender sus procesos y, al cabo, se pasa la ocasión de comunicarse).

De los tiempos de estudiante de Nelson Cartagena, hoy profesor titular en la Universidad de Heidelberg, recuerdo su vigorosa inteligencia y admirable rigor metódico, su voluntad de no dejar un concepto teórico a medio entender -como lo veíamos en un seminario que hicimos sobre la Teoría del lenguaje de Karl Bühler. Su notable obra posterior ha desplegado ampliamente estas virtudes.

De Oscar Hahn he aprendido y aprendo mucho acerca de la exactitud del lenguaje crítico y del lenguaje lírico, y he seguido absorto su revivición poética de los grandes temas del amor y la muerte.

Llamarlos mis colegas, mis exalumnos y amigos me llena de orgullo.

Me enorgullece también que algunos que no fueron mis alumnos se hayan sentido estimulados por mis trabajos. Las obras de Manuel Jofré me han transmitido una lúcida visión de las corrientes teóricas contemporáneas, enseñándome, en más de un caso que se me escapaba, cómo se articula su diversidad. Con sus trabajos mantengo un hasta ahora callado diálogo, para mí muy productivo.

Con el más genuino interés he leído los estudios de Dieter Oelker y Gilberto Triviños, que en un espacio relativamente brevísimo hacen emerger con claridad y fuerza algunos de los temas más hondos de nuestra historia intelectual y de nuestra actualidad espiritual y política.

María Nieves Alonso, como lo he experimentado también leyendo otros de sus ensayos, logra en el que nos ofrece en este libro un propósito doble. Por una parte, describe agudamente los textos que tematiza; por otra, lo que es más difícil, generando el temple de ánimo precisamente adecuado, dispone al lector a la captación intuitiva del poema. Esta dimensión suprarracional del arte es la más esquiva al discurso crítico y, por cierto, la más esencial en nuestra experiencia estética.

Iván Carrasco, desarrollando sus análisis de la obra de Nicanor Parra, nos hace ver, más allá del desmontaje paródico de los géneros líricos y discursivos tradicionales, la confusión, creativamente asumida, de, por una parte, el discurso real de un hablante que actúa en un aquí y ahora fugaces y al menos mínimamente históricos, y, por otra, el discurso imaginario de una persona lírica, discurso y persona éstos repetibles, intemporalizados. Los enigmas de estas transmutaciones propiamente ontológicas, que yacen bajo este juego ingenioso de Parra, me han ocupado, a partir de otras observaciones, desde el comienzo de mis estudios. Sigo pensando que en ese desliz de la historia como acción singular a la historia como tradición compartible, se manifiesta una de las formas originarias del fenómeno cultural que es la literatura. Debo a Iván Carrasco una intensa renovación de esta problemática.

Leda Schiavo, en indispensables estudios, entre otros, sobre Galdós y Valle Inclán, me hizo ver con una nitidez que yo no había experimentado antes lo precario de la autonomía con que la obra singular se yergue desde la densa red contextual, la insacudible maraña histórica de la vida de la literatura.

Dian Fox, en sus originalísimos trabajos sobre el teatro español del Siglo de Oro, enseña la virtud y la necesidad de atender con reflexión elaborativa a nuestras reacciones inmediatas de contempladores, despejando la imagen de la obra de las preconcepciones tradicionales. Debemos agradecer especialmente a Susan Foote la excelente traducción de este artículo sobre Calderón.

Miguel Gomes lee la historia del pensamiento latinoamericano con la propiedad, tan difícil de alcanzar, de una comprensión históricamente rigurosa y fiel y, a la vez, tensionada por las inquietudes intelectuales y éticas de nuestra hora.

De Elías Rivers, maestro de los hispanistas norteamericanos, y no sólo de ellos, he admirado siempre la disciplina hermenéutica, el fundamento erudito, nunca excluyente de nuevas perspectivas, y la vitalidad sobria que determinan sus interpretaciones, tanto de poesía lírica como de prosa.

José María Pozuelo Yvancos ha contribuido como pocos a facilitar a los estudiosos hispánicos una amplia y discriminadora recepción de la teoría literaria internacional. Lo ha hecho con resuelta libertad crítica y en creadora interrelación con el estudio sensible y acucioso de textos singulares y géneros históricos. Le debo, entre muchas otras, sutiles observaciones sobre el inestable, escurridizo carácter de lo ficticio.

He tenido la excepcional fortuna de compartir por años el quehacer universitario con Gonzalo Sobejano. Su dedicación ejemplar a sus discípulos, la vastedad y precisión de sus conocimientos y, sobre todo, la delicadeza y vigor de su obra y de su espíritu, lo han hecho para mí un modelo inalcanzable, pero guía en mis esfuerzos.

Pero es un hecho relevante -no debo callarlo- que los trabajos de mis discípulos, así como en general de los que han contribuido a este volumen, sólo en pocos casos y sólo en algunos aspectos han seguido explícitamente o de hecho mi propia línea metodológica o teórica. Ello tiene más de una razón, pero una es la que quiero destacar: nunca comprendí mi tarea de profesor como la de convertir a mis alumnos a mis convicciones, metodológicas y teóricas, y menos, ideológicas. Siempre quise animarlos a sacar de sí mismos sus singulares disposiciones intelectuales. Lo que sí me pareció, por cierto, necesario, fue demostrar y exigir la estrictez formal y analítica del pensamiento y de la exposición. Bien es así que esto es lo único que puede unirnos a todos en la labor universitaria de las humanidades, cualquiera que sea nuestra orientación espiritual y ético-política: el ideal de la libertad rigurosa de la inteligencia.

Ante testimonios de asentimiento y afecto, recordamos que, naturalmente, hemos encontrado siempre también opiniones adversas a las nuestras. Pero la multiplicidad de los caminos críticos nos enriquece, inclusive cuando nos irritan posiciones que consideramos erradas y hasta nefastas. Debemos seguir escuchando esas expresiones con paciencia y atención. Y como no hay comprensión sin simpatía hacia el espíritu que se expresa, como nos recuerdan tantos autores, es a la vez deber de humanidad y virtud intelectual atender con respeto a todas las voces de nuestra circunstancia.

Observando las atrocidades de la historia, tanto la universal como la particularmente nuestra -que resuenan nítidamente en los estudios de este volumen- se hace difícil, si no imposible, en la realidad de nuestra acción social, abrir los brazos a todos. Como sabemos, Kant juzgaba que el imperativo de amar universalmente a nuestros semejantes era excesivo y contrario a nuestra naturaleza, y que lo que nos correspondería sería someternos a una norma racional y sobria que, dicho simplificadamente, no va más allá -aunque no es poco- de ajustar todas nuestras acciones a la posibilidad de una convivencia civilizada. Ortega como, a su manera, Nietzsche parecen pedir más: una aceptación afirmativa de la totalidad del mundo que nos ha tocado vivir. Según éste, habría que gritar con entusiasmo: ¡Esta misma vida, venga otra vez, una y otra vez, eternamente! (Y en consecuencia habría que actuar en cada momento, ejercitando nuestra libertad, de acuerdo a esta terrible perspectiva). Pero esto que nos parece decididamente demasiado pedir en la vida histórica, puede ser tomado como una suerte de alegoría de nuestros deberes intelectuales, pues aproximarse a la verdad exige comprender, en principio universalmente, y comprender exige una recepción afirmativa, sólo después de la cual puede y debe asumirse la responsabilidad del juicio valorativo.

Si se me permite, para terminar, una amplificación de veras extravagante -y ya que con la alusión a Nietzsche he tocado el tema de la eternidad- les diré que un asunto ocasional de mis reflexiones es la luz que arroja sobre la naturaleza de nuestra identidad personal, y su entrelazamiento existencial con sus favorecedores y sus antagonistas, el esfuerzo de imaginarse el paraíso. Quiero decir: un paraíso decididamente occidental y unamuniano, en que nuestro ser individual persistiese, la singularísima persona que creemos ser. ¿Qué llevaría consigo este yo que perdura, para sostener o realizar su plenitud? ¿La circunstancia toda consubstancial a mí, con sus gentes amigas, indiferentes u hostiles y sus paisajes alentadores o inquietantes?

Sin ella no puede imaginarse más que un yo abstracto y vacío, o vertido a la pura memoria. Si hubiese un paraíso del yo, al parecer tendrían que estar en él, no sólo los seres que queremos, sino también todos los que pudimos considerar rivales o enemigos, pues, sin ellos, no poco de nuestra substancia personal se desintegraría, y ya no sería nuestro ser el que persiste. En el horizonte de nuestro cielo tendría que haber, en consecuencia, una dislocación dantesca: algo así como un coro de condenados que hace eco disonante a nuestro discurso interior. Y, en consecuencia también, nosotros mismos tendríamos que participar de vez en cuando, ingratamente, como figuras marginales y abyectas, en los paraísos de otros.

La lógica de esta errancia imaginativa -a diferencia de otras que también recorro- me lleva a concluir que la perduración del yo sería incompatible con una beatitud perfecta. Por ésta y semejantes rutas se pierden sin llegar a buen puerto algunas de mis meditaciones. Pero, tan difícil como me es imaginar el paraíso -ya lo ven-, muy probablemente porque mis premisas e ilusiones acerca de la identidad personal son insuficientes o falsas, y sobre todo, sospecho, por la rigidez de mi imaginación, encadenada por el racionalismo e inepta para el misterio, seguro es que en ese cielo no podrían faltar aquellos que van cargados de libros, frunciendo el ceño ante un adjetivo desafortunado, arrebatados por ocasionales éxtasis de lectura, y echando sobre el mundo en torno una mirada desorbitada y herida -aquéllos, pues, a quienes me une el compañerismo de una labor común.

Es una labor muy terrenal y muy difícil, por un país lúcido y letrado, sensible y profundo. La tarea, aunque superior a nuestras fuerzas, nos ennoblece como comunidad intelectual. Y como miembro de esta comunidad recibo con gratitud, y quisiera poder decir: en nombre de todos, esta celebración de amistad.

Noviembre de 2003.


*Texto leído en el acto de lanzamiento del libro en homenaje a F. Martínez Bonati, realizado en la Universidad de Concepción, el 21 de noviembre de 2003.

**Ensayista y crítico literario. Profesor de Literatura y Teoría Literaria en la Universidad de Concepción. E-mail: doelker@udec.cl

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