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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.497 Concepción  2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622008000100008 

 

Atenea N° 497- I Sem. 2008: 123-149

ARTICULOS

 

EL PENSAMIENTO DE LOS ENSAYISTAS Y CIENTISTAS SOCIALES EN LOS LARGOS AÑOS 60 EN CHILE (1958-1973). LOS CRÍTICOS AL PROYECTO DE FRANCISCO A. ENCINA*

THE THOUGHT OF ESSAYISTS AND SOCIAL SCIENTISTS IN THE LONG DECADE OF THE 1960’S IN CHILE (1958-1973). THE CRITICS OF FRANCISCO A. ENCINA’S PROJECT

 

JAVIER PINEDO

Doctor en Literatura. Académico del Instituto de Estudios Humanísticos Juan Ignacio Molina, de la Universidad de Talca. Talca, Chile. E-mail: jpinedo@utalca.cl


RESUMEN

En esta segunda parte analizamos los intelectuales de los años 60 que se opusieron a Francisco A. Encina, ya sea por preferir a su contrario Luis Emilio Recabarren (Jorge Teillier, Volodia Teitelboim, Julio César Jobet, Hernán Ramírez Necochea), o porque reemplazan el nacionalismo por el internacionalismo y la integración latinoamericana (Felipe Herrera); o porque se oponen a la modernidad burguesa de Encina desde una concepción católica (Jaime Eyzaguirre), o la identidad popular (Mario Góngora), o por cuestiones historiográficas (Ricardo Donoso). Esta variada oposición a la matriz ideológica creada por Encina es, sin embargo, la prueba de su presencia entre los pensadores de los años 60.

Palabras claves: Pensamiento chileno, años 60, identidad nacional.


ABSTRACT

In this second part we analyze the ideas of the intellectuals of the 1960’s that opposed Francisco A. Encina either because they preferred his rivals Luis Emilio Recabarren (Jorge Teillier, Volodia Teitelboim, Julio César Jobet, Hernán Ramírez Necochea) or because they substituted nationalism for popular internationalism and Latin American integration (Felipe Herrera); or because they opposed the bourgeois modernity sustained by Encina from a catholic standpoint (Jaime Eyzaguirre); or the popular identity (Mario Góngora), or, finally, they disagreed, as did Ricardo Donoso, on the grounds of historical methodology. The diversity of the opposition to the ideological framework created by Francisco A. Encina is the confirmation of its presence among intellectuals throughout the 20th century.

Key words: Chilean thought, the sixties, national identity.




JORGE TEILLIER Y EL NACIONALISMO DE IZQUIERDA

EL POETA Jorge Teillier, en sus ensayos y crónicas, se refiere a Encina, en un comienzo, positivamente: “… la Historia de Chile de Encina presenta una concepción articulada, una interpretación novedosa. Su éxito entre el lector medio ha sido debido a la facilidad del estilo, a la audacia, al desenfado con que trata a los personajes del pasado…” (Traverso, 1999: 383); pero, toma distancia respecto a sus posiciones más extremas:

… la clave de la concepción histórica de Encina (que la hace grata a las clases sociales acomodadas) es el racismo. Encina es un discípulo directo del Conde de Gobineau, (…). No está de más señalar que las teorías de Gobineau, adaptadas por Rosenberg, fueron el breviario del nazismo, su justificación teórica. Tanto Encina como Palacios fueron parcialmente, y a su modo, nacistas avantla-lettre (aun cuando Encina fue liberal políticamente) (Teillier, 1969).

Y luego, critica que, para Encina, el “pueblo queda al margen” de la historia, coincidiendo, en cambio, con “Recabarren, que en Pobres y ricos, (…) indica que la Independencia no significó adelanto social alguno para las clases trabajadoras” (Traverso, 1999: 384). Sin embargo, Teillier recupera a Encina por su oposición a la aristocracia, su desconfianza en la economía liberal, su apoyo al Estado en la economía, así como su marcado nacionalismo: una imagen de Encina en la que, mostrando sus desacuerdos, trata de acercarlo a su posición política, recuperando un común nacionalismo antiliberal. Es decir, aplaudir a Encina sin dejar de mencionar sus defectos: “El mismo Encina es enemigo del librecambismo, base de la política económica de las clases dirigentes chilenas, y acendrado nacionalista” (Traverso, 1999: 385). Y, con la misma lógica, Teillier recupera al conservador Portales, al que considera como “enemigo del librecambismo (…) y primer prócer que denuncia el peligro del imperialismo estadounidense, y que continúa en Balmaceda, derrocado por intentar recuperar las riquezas nacionales” (Traverso, 1999: 414).

Teillier desprecia el sistema liberal, que asocia a “la funesta era del ‘dejar hacer, dejar pasar’”; pero, no deja de celebrar el esfuerzo de sus antepasados que levantaron industrias, campos y riquezas, sin ayuda del Estado; y manifiesta su agrado por el desarrollo económico, y hablando, por ejemplo, del tren en la región de la Araucanía, dice: “El ferrocarril era la arteria vital para el desarrollo económico, ya que las vías fluviales y marítimas se habían hecho insuficientes” (Traverso, 1999: 393); y muchas veces se muestra partidario del esfuerzo personal y de la riqueza que produce, sumándose a aquellos ensayistas de los años 60 que celebraban el esfuerzo personal como una manera de vencer la pobreza; y define a Encina como un “hombre de acción en el campo de la economía, no sólo hacendado –siguiendo la tradición familiar– sino hombre de empresa”.


J. Teillier

¿A qué apunta Teillier, cercano al Partido Comunista, al celebrar a Encina como hombre de empresa? Probablemente Teillier, vislumbraba al socialismo no a la manera leninista, sino como un proyecto que permitiera salir de la pobreza y alcanzar el desarrollo; se podía aplaudir a Encina porque “señaló un camino de independencia económica”, lo que estaba en la línea de la izquierda de los 60, en el concepto de “segunda independencia”, lo que une el nacionalismo desarrollista de Encina con el socialismo de Teillier.

Sus simpatías hacia Encina aumentan cuando se refiere a su libro emblemático:

No menos importante es la actuación del desaparecido historiador en el campo de la teoría económica, con su obra Nuestra inferioridad económica (1912), que mantiene plena vigencia, al punto de que en 1962, en Santiago, la FAO y la UNESCO, se reunieron en conferencia varias semanas dedicadas exclusivamente al tema planteado por Encina hacía cincuenta años: la contribución de la educación al desarrollo económico1.

Teillier destaca la educación, y la necesidad de pasar a la industrialización:

Encina tuvo la clarividencia de señalar el fenómeno tan de moda del “subdesarrollo” antes que nadie, y llamó (…) a superar las viejas fórmu-las impuestas por el librecambismo de Courcelle Seneuil, a sustituir el liberalismo por una política realista económica y comercial que no se centrara en el precario desarrollo agrícola, sino en el desarrollo industrial (Traverso, 1999: 386).

El tema educacional es recogido por Teillier, trayéndolo a su propio presente: “La bête noire de Encina es la educación chilena (…). El liceo y la universidad son blanco de sus iras”.

Teillier también aplaude a Nicolás Palacios (Teillier, 1965), con el agravante que Palacios presentaba tesis más radicales que las de Encina, en cuestiones de racismo y sexismo; y sin embargo, Teillier no duda en celebrar Raza chilena, desde una izquierda cercana al nacionalismo, y discrepa de Unamuno que había declarado que “lo vergonzoso no era que se escribiera semejante libro (Raza chilena), sino que hubiese quienes lo tomaban en serio”. Teillier elogia el patriotismo de Palacios, en oposición a la abulia de su época: “En estos tiempos la nube del pesimismo y del desaliento envuelve el espíritu del chileno, sobre todo desde que políticos y economistas han incorporado a Chile a los países subdesarrollados”2, denunciando el mal ánimo en comparación con el (mítico) optimismo que había provocado el libro de Palacios. El estado de ánimo, no la situación real, pues los del centenario también pensaban que el pasado había sido mejor, y castiga ahora al Encina que había defendido:

Y suele haber una morbosa complacencia en este pesimismo, que se refleja en los títulos de libros de gran éxito: Nuestra inferioridad económica, Por qué somos pobres3 , Chile, un caso de economía frustrada4, y así por el estilo. En las novelas las figuras preponderantes son personajes abúlicos, descentrados, alcohólicos. (…) Por esto, pese a todas sus arbitrariedades y exageraciones, es refrescante como un vaso de agua con harina en medio del verano asomarse a las páginas de un libro injustamente olvidado: Raza chilena del doctor Nicolás Palacios, pleno de orgullo y confianza en el pueblo chileno y en el futuro del país.

Lo que nos muestra Teillier es que muchos chilenos necesitaban un proyecto político en el que creer, más allá incluso de su coherencia.

CHILE, UN PAIS DIFERENTE EN AMERICA LATINA

La imagen de Chile planteada por Encina, como una isla, no es algo fácil de establecer, pues los años 60 presentan una sensibilidad que intenta lo contrario, insertar a Chile en el resto de América Latina, desde la política, el arte, el folclor, el cine y la literatura. Y es seguro que Jorge Teillier participó de esta sensibilidad. Sin embargo, acepta la imagen de Chile como una isla, y podemos pensar que en la sociedad chilena de la época, incluida una parte de la izquierda, estaba presente cierto conservadurismo, en la aceptación de la matriz que he descrito. Es en este contexto que se comprende que Teillier celebre sin reparos a Palacios por haber escrito Raza chilena, una obra que “aún en estos días sorprende por su clarividencia en muchos aspectos”; uno de los cuales, dice Teillier, es el de un Chile diferente en América Latina, lo que coincide con los nacionalistas:

… la clave de la interpretación del chileno que según él es totalmente distinta a la del habitante de los demás países hispanoamericanos, la da el hecho de que Chile fue conquistado por españoles descendientes predominantemente de los godos de origen germano, [los que] uniéndose a las mujeres araucanas, o sea, de la raza más guerrera y con más amor por la libertad de los pueblos aborígenes de América, crearon una nueva raza, la raza chilena, cuyos caracteres le dieron inmediata superioridad dentro de América Latina (Traverso, 1999: 391).


J. Teillier

Son decires, pues en ningún momento Palacios (ni sus seguidores) han probado que los españoles eran godos, ni que los mapuches eran tan guerreros, ni que Chile se había destacado tanto dentro del continente. Sin embargo, Teillier continúa la tesis de Encina:

… hasta la época de Balmaceda Chile era país preponderante dentro de Sudamérica: vencedor de la Guerra del Pacífico, lo que le permitía ser único productor mundial del apetecido salitre; con astilleros que construían hasta destroyers, la más fuerte flota de la Guerra del Pacífico (superior incluso a la norteamericana) y hasta exportador de casas prefabricadas a California, y trigo y harina a Australia y Argentina. Todo esto era motivo de legítimo orgullo5.

Si Teillier pensaba que el desarrollo económico, las exportaciones, ser líder en el continente, era lo conveniente, ¿por qué no continuar con el modelo capitalista exportador que tan buenos resultados había producido? Tal vez, porque Teillier pensaba en un capitalismo de Estado que mantuviera el modelo del éxito en el siglo XIX, pero administrado por funcionarios del gobierno que reemplazaran a la decadente oligarquía. Un socialismo que recuperaba (desde el Estado) la fuerza de los primeros empresarios, unidos a los sindicados, y repartiendo las ganancias entre los que nada tenían.

Por supuesto, el más admirado del Centenario es Recabarren (Teillier, 1970: 7), del que recupera su trayectoria política: “Recabarren fue el primer artífice del triunfo de la Unidad Popular y creo que se le debe rendir no sólo un homenaje sentimental sino práctico. Sus obras necesitan reedición”. Teillier reitera sus críticas a Encina, por falsear la historia: “Para Encina, Manuel Rodríguez es un mito inventado por los ‘desconformados cerebrales’ y la guerra civil del 91 un producto de la egolatría de Balmaceda. Y cuando habla de Portales –su ídolo– se olvida de decir que fue el primero que denunció al imperialismo de los Estados Unidos”; y el poeta lárico, ahora propone

(…) revivir la historia sepultada mañosamente. Mucho han hecho –entre otros– Hernán Ramírez Necochea, Julio César Jobet, Marcelo Segall y Ariel Peralta, pero se necesita algo más. Así nuestros niños tendrán que aprender la historia de “Don Reca” que no necesita más estatus de la que tiene, porque el proletariado que entrará a La Moneda el 4 de noviembre es su estatua viva6.

En conclusión, para Teillier, la sociedad chilena tuvo más ventajas económicas en el pasado que en el presente, y con una convivencia social que se debe mantener, pero incorporando a las mayorías para alcanzar una sociedad más justa. Este proyecto se podría lograr en plena normalidad política, como señala en su artículo “Días de la frontera”, escrito en marzo de 1969 (a un año de la elección de Salvador Allende como Presidente, y a 4 años del golpe militar), en el que describe un país en absoluta paz y tranquilidad; y aunque menciona al Presidente Balmaceda, no hay conciencia del peligro real de una guerra civil o de la crueldad con que actuarían los militares. A Teillier le atraen los valores modernos (inmigración, industria, comercio, desarrollo), pero rechaza una modernidad asociada al consumismo, el racismo y la vulgaridad; frente a lo cual recupera el paraíso de las aldeas del sur, en las que la vida transcurría en paz y abundancia. Un favorable paisaje al que sólo había que agregarle justicia social.

VOLODIA TEITELBOIM: LA RECUPERACION CRITICA DE ENCINA

Jorge Teillier no fue el único que desde la izquierda realizó una recuperación crítica de Encina. A la muerte del historiador, en septiembre de 1965, el Senado celebró un homenaje en el que participó el senador comunista Volodia Teitelboim (Teitelboim, 1965: 2965-2970), que se refirió a Encina con el propósito de establecer las diferencias doctrinarias entre Encina y su visión “materialista”, inspirada; en el marxismo7 y celebrar su preocupación por el desarrollo económico del país. Teitelboim, define a Encina como representante de una república “todavía patriarcal y aristocrática”; pero con una “labor tesonera, de ancha vastedad, surgida de una vocación apasionada y de un interés profundo por el destino de Chile. Reconocemos ese empeño”. Y señala otro rasgo positivo pues, en el momento en que Luis Emilio Recabarren fue impedido de integrar la Cámara por oponerse a jurar por Dios, Francisco Antonio Encina, recuerda Volodia, “… fue de rechazo a la inhabilitación, lo que constituye un gesto humano de valor”; por lo anterior, evita las críticas a los aspectos más vulnerables de Encina (su racismo y antipopulismo), y se separa de los elogios con que la derecha reconocen en Encina los valores de “la raza”.


V. Teitelboim

Volodia manifiesta su admiración por Nuestra inferioridad económica, rescatando a Encina como un antecedente de una “nueva interpretación” histórica, la económica:“… sus primeros libros (Nuestra inferioridad económica) ponían el acento precisamente sobre el problema económico (…) Encina hace un verdadero diagnóstico de algunos de los males que aquejaban a la economía chilena (…) y aun del retroceso en algunos planos, respecto de las últimas décadas del siglo diecinueve”. Y aplaude su denuncia “(…) a la penetración de los capitales foráneos en Chile y la pérdida de algunas de nuestras riquezas fundamentales”. Teitelboim discrepa de Portales como individuo8, pero comparte la idea que el orden portaliano-conservador permitió el desarrollo económico en el siglo XIX, y cita la conocida opinión de Encina, según la cual, la Marina mercante fue desarrollada por los conservadores y destruida por los liberales:

La Marina Mercante Nacional (…) que merced a la temprana consolidación del orden, nació casi a raíz de la independencia, no sólo no se ha desarrollado paralelamente al crecimiento y a la intensidad del tráfico comercial marítimo, sino que ha venido a menos y continúa cediendo el paso, aun dentro del cabotaje, al pabellón extranjero.

Un nacionalista y un comunista se igualaban, más allá de sus diferencias doctrinarias, en un común antiliberalismo.

JAIME EYZAGUIRRE Y MARIO GONGORA: LA CRITICA CONSERVADORA A ENCINA

Las ideas de Encina influyeron notoriamente en Jaime Eyzaguirre, y ambos constituyen el grueso de la historiografía tradicional: un Chile nacionalista y aislado en América, ordenado y próspero por la acción de los conservadores, mutuo desprecio por los liberales, la misma desconfianza en la política norteamericana y la común admiración por la obra de Diego Portales. Escribe Eyzaguirre:

En contraste con el desorden endémico de los demás países hispanoamericanos, Chile logra, bajo el imperio de la Constitución de 1833 y la firmeza de sus gobernantes, una sorprendente estabilidad política. En treinta años se suceden legalmente tres presidentes: Joaquín Prieto (1831-1841), Manuel Bulnes (1841-1851) y Manuel Montt (1851-1861). Un partido poderoso, el Conservador, mantiene el control del poder (Eyzaguirre, 1967: 88)9.


J. Eyzaguirre

Eyzaguirre y Encina poseen, además, el mismo sentido antidemocrático al intentar una política desde la no política, ideal que encarnan en Portales:

Hay una figura que proyectó su personalidad en el periodo conservador y deja tras sí una huella que perdurará largamente. Es Diego Portales, personalidad compleja, poseedora de rara intuición, fuerte decisión en el obrar y profundo desprendimiento (Eyzaguirre, 1967: 90).

Eyzaguirre describe a la sociedad chilena en la época de Portales de manera muy semejante a Encina:

… a) la existencia de una sociedad racialmente homogénea, que supo salir indemne de los vaivenes de la guerra de independencia sin perder su estructura jerárquica y su hábito de disciplina; b) el predominio de una clase aristocrática sobria y amante del orden que a su antigua hegemonía económica había logrado añadir después de la separación de España, el control absoluto sobre la vida política; c) la influencia moralizadora del clero; d) la lamentable experiencia recogida con los ensayos prematuramente democráticos, que trajeron en todos los espíritus conscientes el anhelo de un régimen autoritario que salvara al país de la desintegración y la anarquía (Eyzaguirre, 1967: 95).

Jaime Eyzaguirre cita la obra de Encina como fuente de sus propios argumentos, aunque no menciona a otros miembros del Centenario. Sin embargo, hay evidentes diferencias entre ellos, como el marcado hispanismo cultural de Eyzaguirre, ausente en Encina, quien sólo posee (como otros del Centenario) una admiración racial hacia España; y que es uno de los motivos, ausente en Encina, que más reprocha Eyzaguirre a los liberales del siglo XIX: el haberse separado (culturalmente) de la madre patria. Tampoco hay en Encina la admiración por la acción de la Iglesia en América que manifiesta Eyzaguirre.

Estas diferencias quedan claramente expuestas en uno de los ensayos más representativos de Eyzaguirre, Hispanoamérica del dolor, un pequeño texto de siete artículos en los que con un tono cercano a la generación del 98, señala que le “… duele Chile, la patria chica”, e “… Hispanoamérica, la patria grande”, dolor que marca el título de un libro en el que Eyzaguirre se presenta claramente como un gran partidario de la acción de España en América, como el “espíritu” en la “materia”, y de cual acción surgió un continente con una cultura diferente a la anglosajona y a la modernidad. Es decir, habiéndose iniciado en Encina, Eyzaguirre recupera, en una variante conservadora, un proyecto señorial, católico, antiburgués y antimoderno, opuesto a aquél. Por ejemplo, Encina teme a la política estadounidense, pero no a su sistema económico que aspira implementar aquí. En cambio, Eyzaguirre se opone radicalmente al sistema económico y cultural norteamericano y rechaza cualquier posibilidad de aplicarlo en Chile, por tratarse de culturas incompatibles:

Por las razones de su mismo origen, el pensamiento de la América Latina no puede ser el mismo que el de la América del Norte. Allí la tarea consistió en ponerse a ligar la conciencia con la naturaleza vacía; entre nosotros la conciencia se encuentra en un espacio lleno de presencias milenarias (Eyzaguirre, 1969: 28).

Eyzaguirre, establece, desde su catolicismo conservador, las diferencias entre América Latina y los Estados Unidos. Para él, América Latina es producto de un positivo mestizaje cultural, radicalmente distinto al purismo anglosajón:

El inglés quiso arar lo vernáculo y trasplantar su civilización con cautela para librarla de los contagios autóctonos. El español se volcó con pleno desinterés y generosidad, dando y recibiendo. Por eso lo que brota en Iberoamérica ya no es la planta europea intacta, sino una tercera dimensión de sangre y cultura, enriquecida con aportes dispares, y orientada a nuevos y no soñados destinos.

Con ese hispanismo rechaza a los liberales del siglo XIX que intentaron imponer la cultura francesa e inglesa en Chile; rescatando, en cambio, a España, por haber creado una unidad católica, que abarcó la dispersión geográfica, cultural y étnica del Nuevo Mundo. Y, desde la integración, rescata a Simón Bolívar cuyo ideal de unidad permitiría levantar una cultura y un ideal político opuesto a Inglaterra, que actuó motivada sólo por el cálculo y el interés mercantil: los valores de la despreciable modernidad. Así, mientras la independencia de Hispanoamérica se realizó por la crisis y desmembramiento del proyecto hispano, la de Estados Unidos “... no se hace porque se haya perdido la fe en un ideal, puesto que jamás se tuvo alguno. Es el frío realismo de las contabilidades puritanas el que aconseja excluir a Inglaterra de la explotación de las tierras…” (Eyzaguirre, 1969: 33).


S. Bolivar

De aquí surgen las diferencias entre una y otra cultura: “Es indudable que puesto en paralelo Bolívar y Washington, con criterio puritano, el último resulta en extremo favorecido, puesto que para él brilló el triunfo económico. Pero mirado desde el ángulo hispano-católico, la cosa tiene otra dimensión. Bolívar, aristócrata pleno de generosidad, muere empobrecido en la persecución quijotesca de un ideal que huye de sus manos y ante el cual ha hecho derroche de genio y heroísmo. Washington, burgués ponderado y militar sin éxito, muere rebosante de dinero, gracias a sus diestras especulaciones de tierras y a su acertado matrimonio con una viuda rica. Entre uno y otro media la diferencia de un artista de la gloria y un ‘businessman’” (Eyzaguirre, 1969: 34).

Eyzaguirre establece una jerarquía semántica para definir ambas Américas: América española (Bolívar): aristócrata, católica, espiritual, artista de la gloria, pobre. América sajona (Washington): burguesa, puritana, calculadora, businessman, rica.

Eyzaguirre rescata positivamente la renuncia al mundo material y los valores del espíritu, pues es preferible no poseer, pero salvar el alma, y la figura de Don Quijote, un loco que recorre el mundo prodigando el bien, es la representación más alta de su ideal10.

Detrás de este ideario se encuentra su profundo rechazo a la modernidad como proyecto racional, laico, burgués. Pertenecer al mundo hispanoamericano significaba estar al margen, y Jaime Eyzaguirre acepta esa pérdida y ese dolor simbolizado en el nombre “Huelén” con que los indígenas de Santiago de Chile nombraban al pequeño cerro en el que Pedro de Valdivia fundó la ciudad, y que significa precisamente “dolor”.

A partir de aquí todo serán diferencias: Estados Unidos serán federales y América hispana centralistas. Uno exitoso, otra marginal. Uno blanco, la otra mestiza.


D. Portales

Para el hispanista Jaime Eyzaguirre, ahora sí cercano a Encina, Chile es una variante exitosa en el continente, por dos razones: por haber sabido rechazar el “caos inevitable” y conservar a su elite después de la Independencia, la que mantuvo los valores del orden colonial:“Apenas Chile se escapa a esta regla general (la destrucción de su aristocracia). En Chile hay entonces una clase firme y sobria, educada en la austeridad y el esfuerzo, como la vieja nobleza de Castilla. Ella es capaz de imponer una vigorosa estructuración a la sociedad y salvarla de la anarquía” (Eyzaguirre, 1969: 36).

Y en segundo lugar, por la presencia de Diego Portales, constructor de un país ordenado, aristocrático, militar11, que supo darle un orden jurídico al país, y defenderlo frente a la intromisión norteamericana12, fomentada por los liberales, a quienes desprecia tanto como Encina, pero por razones diferentes: “Y mientras de un lado de los Andes un Sarmiento vomitaba denuestos con la raza propia y soñaba con hacer de su patria argentina un símil de Yankilandia, de la otra vertiente cordillerana un Lastarria alentaba la misma apostasía y se entregaba a la adoración salvadora de los ejemplos de Francia”. Eyzaguirre, al preferir el orden conservador como propio, rechaza duramente a los liberales:

Pobres advenedizos sin pudor, han corrido a la zaga de todos los vencedores con las babas del adulo y las contorsiones simiescas de la imitación. Porque nuestra estúpida América de la apostasía vio en el federalismo yanki, el jacobinismo francés y el parlamentarismo británico, otros tantos talismanes que la sacarían sin esfuerzo de su notoria ruindad (…) En más de cien años de “vida libre”, Iberoamérica no ha dicho al mundo una sola palabra que merezca recordarse.

Un continente que no ha sabido oponerse al poder norteamericano, o al que ha cedido voluntariamente13.

Si en algunos aspectos, Eyzaguirre, se encuentra con Encina, en otros se mantiene bolivariano, popular, a favor del mestizaje, cristiano y en la tradición de la “conciencia de la dignidad humana y la conciencia de la ley moral” (Eyzaguirre, 1969: 41); por lo que desprecia el capitalismo y la acumulación de riquezas:

Yo quisiera encontrar en la historia colonizadora británica el caso de un Rey como Felipe II que en 1581 se quejó al Consejo de Indias por haber en América personas faltas de conciencia que “piensan que sólo consiste el servicio de Su Majestad en allegar mucho dinero”; y en la historia de Nueva Inglaterra casos como el del Oidor Egas Venegas, que en una visita en 1571 a la Imperial y Valdivia, obligó a los encomenderos a restituir a los indios la inmensa suma de ciento cincuenta mil pesos de entonces… (Eyzaguirre, 1969: 44).

Eyzaguirre propone la superioridad de los valores de justicia y la dignidad, encarnados en tres personajes típicamente hispanos: el caballero andante, el misionero y el santo; mientras que “… la justicia de los pueblos sajones se mueve en torno a la utilidad, como claramente lo han expresado sus filósofos Jeremías Benthan y Stuart Mill. El arquetipo no es aquí el caballero, el santo o el misionero, sino el hombre de negocios, el banquero, el industrial afortunado” (Eyzaguirre, 1969: 45), y al analizar a Alonso de Ercilla, señala: “No le vengan a Don Alonso (…) con el cálculo y la conveniencia, con la transacción y el oportunismo. A extender el reino de Dios han venido los españoles a las Indias…” (Eyzaguirre, 1969: 71).

Lo anterior se opone al proyecto de Encina, que buscaba la modernización burguesa de Chile, pero, además, Eyzaguirre, considera en su proyecto a los pobres14, estableciendo una variante del pensamiento católico-conservador. En este sentido, si la sociedad chilena, también para Eyzaguirre, vivía una crisis, la salida que propone se relaciona con vivir en la propia tradición, aunque esto signifique estar de espaldas al mundo moderno. Sin embargo, este mensaje, que en muchos aspectos coincide con el discurso liberacionista de los años 60, debe ser leído como un regreso, no un adelanto, a formas sociales tradicionales. Aceptar y defender la no modernidad.

Ahora Ibero-América no se pertenece a sí misma. Voluntades mercenarias se han interpuesto en su propio camino y le han ido engañosamente amordazando. Otras manos que las suyas son las que recogen las riquezas de sus entrañas y orientan el cauce de su actividad, como otra lengua que la propia es la que se habla por la boca inerte y vencida de sus pseudoestadistas.


M. Góngora

En este contexto resulta sintomático que en los años 60, incluso un conservador como Mario Góngora se oponga al “Materialismo neocapitalista” (Godoy, 1971: 537), rechazando el “materialismo económico mecanicista”, el “desarrollo”, y cualquier ideología que anule la espiritualidad humana:“El fomento de una burguesía industrial, de un sentido empresarial, de una mentalidad racionalista, parecen constituir el desiderátum de los ideólogos del desarrollo…”. La oposición de Góngora y Eyzaguirre se afirma en las diferencias entre la identidad de América Latina y el mundo occidental: “La aspiración de crear una clase capitalista nacional que dirija ese tipo de cambio social que se denomina hoy “desarrollo” no es fácil en Hispanoamérica…”; y deduce que en Chile nunca habrá capitalismo como en los países desarrollados. Los argumentos de Mario Góngora son de orden espiritual, con los que se opone al racionalismo económico. Y critica la (creciente) presencia de las ciencias sociales, erradas en su opinión, para comprender la realidad social y cultural: “… un economista planificador chileno (…) espera de la enseñanza de las Ciencias Sociales la formación de una conciencia cívica y de un conocimiento realista, que cancele el imperio –para él dañoso– de las filosofías sociales al estilo del marxismo o del tomismo”. Para Góngora no existen “vicios” en el pueblo chileno, sino diferencias respecto al canon occidental, incapaz de interpretar el mundo latinoamericano, transformándose en un negador de la modernidad, en sus manifestaciones: ciencia, técnica, economía, planificación, capitalismo; y su preferencia por el espíritu, la cultura y religiosidad popular.

Jaime Eyzaguirre es la fuente de la que se nutren autores como Mario Góngora, y más tarde en los ’80, aunque desde miradas diferentes, Jorge Guzmán, Pedro Morandé y otros que se opusieron al reformismo socialista, como a la modernización liberal15.

Sin embargo, la lectura que se ha hecho de Eyzaguirre es la de un continuador de Encina. Así lo ve Francisco Peña-Torres, que define a éste en conjunto con Alberto Edwards y Jaime Eyzaguirre, como profundamente antiliberales y antidemocráticos, anulando las diferencias entre ellos.

RICARDO DONOSO: EL GRAN DENUNCIADOR DE ENCINA

El historiador talquino, Ricardo Donoso (1896-1985) se opuso terminantemente a la concepción de la historia de Encina, a su defensa de Portales, y a su proyecto de país. Donoso no aplaude el orden colonial, ni considera que Chile, por la acción de los conservadores, haya sido un lugar superior en América Latina. Donoso está más cerca de los liberales:“Por esos días arribó al país don José Joaquín de Mora, que ejercería una profunda influencia en la vida espiritual y política de Chile. Liberal de profundas convicciones, entusiasta de la ilustración y de la libertad…” (Donoso, 1963: 38); por lo que defiende el programa político liberal, la modernidad y el cambio social: “El liberalismo, considerándose el heredero de los ideales de la revolución emancipadora, orientaría desde entonces sus esfuerzos en el sentido de modificar la estructura social, política y espiritual de la nación para abrir el camino a un régimen de raigambre democrática” (Donoso, 1963: 41). Los conservadores, en cambio, son aquellos que tuvieron una “reacción violenta”, al ver heridos “de muerte los intereses de los terratenientes”. Portales, para Donoso, es un tirano, aunque su “... personalidad han exagerado hasta el delirio sus panegiristas...”. Y, por supuesto, se opone al antilatinoamericanismo de Encina.


R. Donoso

Es cierto que considera a la década de 1840 como una época de gran florecimiento intelectual que convirtió al país en una “verdadera isla, un remanso de paz y de trabajo...”, pero Donoso no deja de manifestar su admiración por los inmigrados argentinos y habla de la “fecunda actividad de los espíritus” que su presencia provocó en Santiago y otras ciudades. Ricardo Donoso, en Francisco A. Encina simulador, somete la obra de Encina a una acuciosa revisión para detectar las imitaciones que éste realiza de otros historiadores, y los párrafos casi textuales que Encina ha trascrito de Diego Barros Arana.

JULIO CESAR JOBET: LAS ALABANZAS Y LAS CRITICAS

Julio César Jobet cita elogiosamente a los pensadores del Centenario: Tancredo Pinochet, Alejandro Venegas, Francisco A. Encina, y especialmente a Luis Emilio Recabarren, cuyo pensamiento contribuyó a difundir.

Respecto a Encina, sus opiniones avanzan entre elogios y críticas, pero a medida que los conflictos sociales en los 60 se hacían más fuertes, y cuando Ricardo Donoso publicó sus denuncias de Encina, Jobet se fue distanciando, con críticas cada vez mayores.

Uno de los rasgos de los debates intelectuales de los años 60 consiste en reinterpretar la historia de Chile desde las posiciones políticas personales. Por ejemplo, donde Alone (con Encina) defendía a Portales como el constructor de la nación, Jobet (como Donoso) hace suyas las opiniones democráticas y librepensadoras de los liberales, y señala que fue el Presidente Francisco Antonio Pinto el que contrató a Andrés Bello (al que define por su “liberalismo intelectual”, y que se opuso a “la censura en la internación de libros”) (Jobet, 1970: 165), quitándole el privilegio de la venida del venezolano a Portales.


J.C. Jobet

Jobet rechaza las ambivalentes opiniones de Encina sobre Bello, como cuando aquél escribió:“La gran falla de su cordura intelectual (de Bello) era el rol exagerado que asignaba a la enseñanza intelectual en la evolución de los pueblos”.

Jobet se opone a la odiosidad de Encina hacia los liberales: “El historiador don Francisco A. Encina, tan injusto para enjuiciar la personalidad y labor intelectual y política de Lastarria, Miguel Luis Amunátegui y Diego Barros Arana (los acusa con reiteración monótona de ‘inercia cerebral’ y de ‘indigencia mental’)…” (Jobet, 1970: 183). Jobet, en cambio, celebra “La Sociedad de la Igualdad”, las ideas de Bilbao y Arcos, y rechaza “el orden portaliano cimentado en el Partido Conservador y la Iglesia” (Jobet, 1970: 268). En el mismo sentido, acusa de simplista la visión de Encina sobre la obra educacional de Sarmiento: “El historiador don Francisco A. Encina únicamente reconoce capacidad y talento, en este terreno, a don Manuel Montt y a él atribuye todas las ideas y actividades de valer (…) Para Encina, Sarmiento, a pesar de su vocación por la enseñanza, al llegar a Chile ‘aún era una página en blanco en la concepción misma de la enseñanza’” (Jobet, 1970: 197 y 198). Sin embargo, Jobet coincide con Encina en algunos aspectos de su diagnóstico, como el rechazo al liberalismo y la función del Estado en el desarrollo, que Jobet asume desde el reformismo:“El liberalismo individualista reduce la iniciativa del Estado al mínimo: conservar la propiedad y el orden a favor de los privilegios de los potentados (…) dejando entregadas las funciones sociales (economía, educación, sanidad y asistencia) a la libre iniciativa de las instituciones privadas y de los individuos, determinada por la ley de la oferta y la demanda” (Jobet, 1970: 346). Ahora, como había sucedido con Teillier y Teitelboim, y a pesar de las diferencias, se encuentra con Encina, y expone las tesis de Encina: la economía agraria y minera como orígenes del atraso económico16. La limitada “psicología económica del chileno”, y la necesidad de realizar “un incremento industrial y comercial de la nación como el verdadero camino a seguir, para lograr su grandeza”, lo cual para Jobet constituye un “notable análisis”. Y coincide con Encina en implementar una nueva enseñanza, que juegue “un rol decisivo en el cambio y creación de las actitudes individuales, facilitando un desenvolvimiento económico efectivo”. Plenamente de acuerdo con este diagnóstico, Jobet lamenta que “hasta ahora no ha existido” tal desarrollo económico.

Más adelante, Jobet alaba el proyecto de Encina: “En su libro Nuestra inferioridad económica estudia con gran hondura los diversos factores causantes de la paralización del desarrollo económico nacional (…) Es notable su análisis de la psicología económica del chileno y digno de conocerse…” (Jobet, 1970: 355). Y como otros miembros de la izquierda, Jobet coincide con Encina en que para “imponer esta realidad (la industrialización del país) es necesaria, además de la acción directa del Estado (…) una modificación fundamental en la finalidad y orientación de la enseñanza”. Es decir, Jobet aplaude a Encina en aquellos puntos en que sus programas coinciden, criticándolo cuando se separaban, como en el caso de la Reforma Agraria, pues mientras para Jobet lo importante era poner fin al latifundio y repartir la tierra, para Encina era necesario crear escuelas agrícolas que formaran un campesino con una nueva mentalidad empresarial.

Las críticas, sin embargo, siempre son mayores, señalando contradicciones, inexactitudes y racismo: “En toda su obra repite con insistencia la importancia determinante de la raza y la sangre en el modo de ser de los pueblos, distinguiendo razas superiores y razas inferiores. Acepta plenamente las desprestigiadas teorías del conde de Gobineau y sus discípulos, a través de su primer defensor y adaptador criollo, el doctor Nicolás Palacios”. Pero, sobre todo lo critica por su autoritarismo: “… es sistemático su ataque a toda idea o posición democrática. Los elementos liberales caen aniquilados bajo una avalancha de dicterios: F. A. Pinto, Infante, P. F. Vicuña, Lastarria, Bilbao, M. L. Amunátegui, Barros Arana, Valentín Letelier, según Encina, son enajenados, indigentes, tarados y desconformados mentales” (…) “Es muy conservador y exaltador de la aristocracia castellano-vasca. No es de extrañar, entonces, que esta nueva Historia de Chile sea el arsenal histórico de los grupos reaccionarios del país”.

Las críticas continúan, y no puedo dejar de incluir una opinión de Encina citada por Jobet, respecto a la función de las universidades y que es sintomática del antiintelectualismo del talquino:

Las universidades jamás han sido focos creadores de las ciencias ni palancas del desarrollo mental. Siempre han sido simples esponjas que absorben la producción intelectual del medio que las alimenta, con gran retraso y resistencia tenaz a todo avance científico, y que, en seguida, la devuelven a la misma colectividad y estandarizada, para uso de los cerebros más débiles (Jobet, 1970: 429).

Sin embargo, existe una semejanza con Encina y Jobet, en la positiva imagen de Chile, como un país diferente en América Latina, por su estable desarrollo democrático17. Como Teillier en los 60, Jobet en 1970 pensaba que Chile podría hacer una revolución social manteniendo los cauces institucionales.“El desarrollo democrático de Chile en el plano constitucional y jurídico en estas últimas décadas ha llamado la atención de muchos observadores extranjeros, sobre todo por el contraste con la situación frecuente de tiranía de caudillos militares o de oligarquías corrompidas en la América Latina. Y en verdad, examinando la superficie política de nuestro país, es una comprobación justa” (Jobet, 1970: 429). O sea, la izquierda también se hace cargo de la imagen de Chile como un país distinto en América Latina, y desde allí intenta dar el salto hacia el cambio social, tratando de optimizar la imagen de Encina, no de desconstruirla.

A inicios de 1973, Jobet publicó Temas históricos chilenos, en el que incluye dos textos sobre Encina: “Las concepciones historiográficas reaccionarias de F. A. Encina”, y “Francisco A. Encina, analizado por Ricardo Donoso”. En ambos, su perspectiva ha cambiado radicalmente, y si comparamos su primer artículo, publicado 23 años antes, “Francisco A. Encina. Sociólogo e historiador”, con una lectura positiva de Nuestra inferioridad económica, y La educación económica y el liceo, que define como “interesantes libros” (Jobet, 1950: 136)18; en cambio en sus últimas publicaciones, y a medida que las contradicciones políticas se agudizaban por los cambios sociales promovidos por Frei y Allende, que le permitieron comprender de qué lado se encontraba Encina, las diferencias aumentan. Señala que la de Encina es una historiografía especulativa, no apegada a las fuentes documentales, y “reaccionaria”, apelativo que no había utilizado con anterioridad; acusando a Encina en los siguientes términos:

La urdimbre de su historia ha sido trazada con el fin de demostrar que la Conquista se basó en altos ideales de creación desinteresada y que la tiranía española durante la Colonia es una burda patraña, que el español llegado a Chile era de sangre germana y su mestizaje con los aborígenes significó un retroceso de su grado de evolución mental; que la grandeza de Chile se debe exclusivamente a la aristocracia castellano-vasca, y los elementos de ideas democráticas eran “ideólogos”, “tarados mentales” y “desconformados cerebrales” (Jobet, 1973: 84).

Y aún Jobet acusa moralmente a Encina, con argumentos como éste: “las argucias de Encina para justificar las atrocidades cometidas contra los indios”, “El atrasado racismo de Encina”, o “El aristocratismo reaccionario de F. A. Encina”. Jobet se propone, ahora sí, desmontar el pensamiento de Encina19, y concluye aplaudiendo los argumentos de Donoso:

El renombrado historiador Ricardo Donoso Novoa (Premio Nacional de Ciencias Sociales correspondiente a 1972) publicó una obra erudita y polémica: Francisco A. Encina, simulador, en dos volúmenes, con un total de 732 páginas. Un inexplicable silencio de los críticos e historiadores ha eludido el debate esclarecedor y fructífero sobre el copioso estudio de Donoso y, por ende, de la caudalosa producción imaginativa de F. A. Encina, por la cual recibió el Premio Nacional de Literatura de 1955.

Y agrega Jobet:“En el segundo libro citado (La literatura histórica de Chile, 1935) inició su ataque desenfrenado, envidioso, injusto, mezquino y torpe a Diego Barros Arana, con el fin de ocultar el saqueo literal de sus páginas eruditas a partir de 1940, cuando sale a la luz el primer tomo de su Historia de Chile, en veinte tomos” (Jobet, 1973: 111). Hemos pasado de la admiración al desprecio absoluto. Uno de los subtítulos del libro de Jobet reza: “La egolatría satánica de Encina oculta una obra de segunda mano”, con lo cual las diferencias entre ambos quedaban definitivamente selladas.

HERNAN RAMIREZ NECOCHEA: COMUNISMO Y ANTIIMPERIALISMO

Hernán Ramírez Necochea publicó, durante nuestro periodo de estudio, Antecedentes económicos de la independencia de Chile, que aunque analiza una época muy lejana a los años 60, plantea tres temas pertinentes a estos años, al relacionar el fin de la Colonia e inicio de la vida republicana con los problemas de su presente. En primer lugar, el tema de la “pobreza”, que es un eje central entre los ensayistas de los sesenta, y cita a Manuel de Salas, quien había afirmado que “Chile es el más miserable de los dominios españoles”, por lo que intenta ofrecer una respuesta global al tema.

En segundo lugar, la crisis del orden colonial, adelantando la idea de la “crisis social”, que recorre el siglo XX, al inicio de la Independencia, pues para Ramírez Necochea la crisis colonial se produjo porque “la política colonial española jugó apasionadamente las cartas del liberalismo económico y de la teoría de las ventajas comparativas”, con lo cual “... los mercados chilenos quedaron abiertos sin protección alguna a una invasión de manufacturas españolas, los precios internos cayeron y el país no pudo dar salida adecuada a todo su potencial productivo, especialmente a su fuerza de trabajo. Resultado: la crisis”. Con lo cual, justifica históricamente la incapacidad del “liberalismo” para alcanzar el desarrollo, lo que constituye uno de los pilares del pensamiento de los años 60.

Ramírez Necochea reconoce a los autores del Centenario su preocupación por los problemas nacionales y, en relación a Encina, también él recupera lo que lo acerca a su propio pensamiento; por ejemplo, al denunciar Ramírez Necochea: “Ya hacia el año 1930, Chile no era más que factoría de los Estados Unidos” (Ramírez Necochea, 1960: 240).

Ramírez Necochea cita a F. A. Encina, Valdés Canje y Nicolás Palacios, como defensores del país, y denuncia a otros por su falta de nacionalismo:

Enrique Mac Iver, uno de los grandes dirigentes del Partido Radical (…). Fue abogado de North y de otras poderosas empresas británicas; contribuyó a que las borateras chilenas fueran monopolizadas por la Borax Consolidated, a la que sirvió durante muchos años como abogado gestor. (…) litigó contra el Fisco en defensa de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta (Ramírez Necochea, 1960: 153)20.

Encina, en cambio, es mencionado positivamente por su nacionalismo antiimperialista: “Como muy bien lo ha señalado Francisco A. Encina, el imperialismo implicó ruptura o disgregación del sentimiento de nacionalidad. Y este espíritu enfermizo, decadente y profundamente antinacional, rompió la resistencia interna al imperialismo, de ahí que, como dice Encina, “en obsequio al extranjero llegamos hasta renunciar a nuestro propio interés y aun hasta exponernos a los más graves peligros” (Ramírez Necochea, 1960: 288)21.

Luego, vuelve a elogiar a Encina: “Entre los estudios dedicados a la cuestión económica que arrojan bastante claridad sobre los asuntos indicados (se refiere a la crisis económica entre 1891 y 1920), merecen destacarse los siguientes”, y menciona las obras de Luis Aldunate Carrera, Francisco Valdés Vergara, Francisco Rivas Vicuña, y Nuestra inferioridad económica. Sus causas y consecuencias (1912) de Francisco Antonio Encina, a las que define positivamente, pues “… en ellas se expresa una conciencia sanamente nacionalista que involucra decidida postura antiimperialista” (Ramírez Necochea, 1960: 251).

En relación a la obra de Encina señala:

El año 1912, Francisco Antonio Encina publicó su libro Nuestra inferioridad económica. Sus causas y consecuencias. Esta obra produjo viva impresión en todos los círculos, pues no sólo se limitó a retratar las condiciones que prevalecían en la economía nacional desde el ángulo del especialista, sino que también examinó los diversos antecedentes que la estaban provocando. Más que un estudio de índole económica, el de Encina posee un carácter sociológico. La obra, muy densa en contenido, y muy sugerente en ideas –aunque altamente discutible en muchos de sus aspectos– representa un denodado esfuerzo por favorecer la creación de una conciencia nacional sólida, capaz de promover el desarrollo independiente de Chile.

Ramírez Necochea celebra muchos aspectos de Encina, particularmente su creación de una mentalidad nacionalista para vencer el subdesarrollo económico, y un denunciador del imperialismo en Chile:

Encina inicia su trabajo con una afirmación categórica: “Nuestro desa-rrollo económico –dice– viene manifestando en los últimos años, síntomas que caracterizan un verdadero estado patológico (…) El extranjero es dueño de las dos terceras partes de la producción de salitre, y continúa adquiriendo nuestros más valiosos yacimientos de cobre. La marina mercante nacional (…) ha venido a menos y continúa cediendo el paso, aun dentro del cabotaje, al pabellón extranjero… (Ramírez Necochea, 1960: 257).

Para Ramírez Necochea esto es tan válido para el siglo XIX, para comienzos del XX, como para los años 60.

Otra de sus coincidencias mayores se da en el debate de si Chile era feudal o capitalista, lo que tenía implicancias en las diferentes estrategias de la izquierda. Ramírez, partidario de la tesis que Chile no ha llegado al capitalismo pleno, menciona en su apoyo a Encina: “… estimamos que Encina señala un hecho incontrovertible de la mayor importancia; en Chile prevalecía una conducta económica propia de sociedades precapitalistas, en razón de que el país todavía no había entrado al modo capitalista de producción”.

Ramírez Necochea quiere denunciar el imperialismo, y su oposición a los sectores más izquierdistas, al sostener un principio central del Partido Comunista en los 60: en Chile estaba pendiente una revolución democrática y burguesa, anterior al socialismo, lo que se avalaba en parte por la “autoridad” de una figura de prestigio como Encina, permitiendo el encuentro de un nacionalista y un comunista. En el mismo sentido, Ramírez Necochea recupera desde el antiimperialismo a Diego Portales: “Al cabo de cien años, se había cumplido el pronóstico de Diego Portales: Chile fue conquistado (por los norteamericanos) ‘no por las armas, sino por la influencia en toda esfera’” (Ramírez Necochea, 1960: 244). Aunque Encina siendo antiextranjero, no es antiestadounidense, o no al modo de Ramírez Necochea, que lo cita desde ciertos pensamientos comunes, pero con propósitos políticos diferentes.

LA RECUPERACION DE LUIS EMILIO RECABARREN

Las coincidencias con Encina sólo constituyen la mitad del pensamiento de Ramírez Necochea, pues en la otra mitad está su inspiración en Recabarren, a quien dedica una de sus obras más importantes: Origen y formación del Partido Comunista de Chile, en la que sostiene que la historia tiene una dirección: la “vieja aristocracia” fue desplazada por una “burguesía pujante”, a la que deberá continuar “la clase obrera”, que hará “… de Chile una sociedad socialista en la cual se construyan las bases materiales y espirituales de la futura sociedad comunista” (Ramírez Necochea, 1965: IX). Y allí donde Encina critica a la aristocracia (y a los liberales) por no haber sido capaces de modernizar al país, Ramírez Necochea, siguiendo el esquema de Marx, señala el fuerte empuje capitalista y burgués que vivió Chile (y el mundo) en el siglo XIX, lo que obligó al surgimiento y desarrollo de la clase obrera, creadora con su trabajo de la riqueza nacional, y futura administradora del Estado.

Para Ramírez Necochea, los males de las clases postergadas no se deben a una negativa psicología moral como grupo racial, sino a las inequidades de un sistema que hace que algunos hombres tengan que embrutecerse para sobrevivir. El campesinado, por ejemplo, que para Encina es un grupo racialmente atrasado debido a las taras de su herencia genética mestiza, para Ramírez Necochea es la víctima de la injusticia:

La terrible oposición de los hacendados –quienes exhibieron toda su prepotencia de clases– impidió que la organización campesina prosperara (…). De esta manera, los modernos señores feudales, resabios de los encomenderos coloniales, mantuvieron intacto el más oprobioso régimen de explotación que prevalecía en sus vastos dominios (Ramírez Necochea, 1965: 106).

Así, el sistema oligárquico, superado para Encina, está aún en plena vigencia para Ramírez, pues en Chile dominaba “… el predominio de un régimen agrario semifeudal, que tenía enorme gravitación económico-social y política” (Ramírez Necochea, 1965: 259). Allí donde Encina critica la aristocracia, Ramírez Necochea denuncia el “régimen capitalista” completo; valorizando, en cambio, a Francisco Bilbao y Santiago Arcos, en quienes ve los primeros esfuerzos por lograr una sociedad más igual22. El nacionalismo de Encina es superado por el internacionalismo proletario, del que surge el Partido Comunista, con un carácter nacional, pero no nacionalista23. Ramírez Necochea acepta una humanidad única y global, y cita un artículo en un periódico de Iquique que afirmaba: “¡No más fronteras! Todo el mundo es una sola patria para el proletariado” (Ramírez Necochea, 1965: 77). Y, por último, llama la atención que en este libro, Ramírez Necochea no cita a Encina al momento de hacer el recuento de la historia de comienzos del siglo XX, pues quiere recuperar la historia de los oprimidos. En cambio, sí menciona a sus contrarios: Recabarren y Ricardo Donoso.

Son evidentes las diferencias, todavía, al analizar un tema tan importante para Encina como la educación, y la formación de ciudadanos empresarios; Ramírez Necochea, como Jobet, en cambio, piensa la educación desde la crisis económica que afectaba a los docentes de la época:

El magisterio primario se enroló también con cierto dinamismo en la lucha social. En noviembre de 1917 se produjo una huelga de maestros, la primera de esta naturaleza en Chile, (…) Más tarde, en 1922, hubo otra huelga del profesorado; durante ella se vio la urgente necesidad de organizar y unificar sindicalmente al magisterio… (Ramírez Necochea, 1965: 101).

Con todo, y siguiendo la paradoja ya señalada, Ramírez Necochea y Encina se dan la mano, en el mutuo desprecio por la “democracia burguesa”; pues para Encina, la democracia burguesa permitiría la explosión social de los marginados, por lo que era necesario entregar el gobierno a personas calificadas para ejercer el poder. Este desprecio por la democracia liberal se manifiesta, además, en su admiración, como hemos dicho, por Portales y su modo de actuar autoritario.

Para Hernán Ramírez Necochea, la democracia no ha funcionado en Chile, y ha llegado la hora de la reforma social.

… el sufragio universal, la existencia de un marco de libertades públicas relativamente amplio, el parlamentarismo, etc., le daban las apariencias de un sistema liberal burgués más o menos completo. Esta fachada, sin embargo, ocultaba una realidad que distaba mucho de la democracia preconizada aún por los más moderados teóricos del liberalismo; el sufragio universal se hallaba pervertido por las dificultades de todo orden opuestas para que los trabajadores lo pudiesen ejercitar (…) (Ramírez Necochea, 1965: 260).

Es decir, una historia evolucionista que pasa del feudalismo a la democracia burguesa y al socialismo, como la superación definitiva de las sociedades previas. Una visión completamente diferente a la de Encina.

FELIPE HERRERA Y LA INTEGRACION LATINOAMERICANA

Muchos de los oponentes a Encina lo hacen desde su antilatinoamericanismo. Felipe Herrera, por ejemplo, quien es conocido por sus enormes esfuerzos en la creación del Banco Interamericano de Desarrollo, y otras instancias para superar el nacionalismo y pensar más allá del Estado-Nación, el continente completo.Y para alcanzar la integración se debe crear una cultura y una educación que la respalde: “… una conciencia colectiva a favor de la integración” (Herrera, 1967: 18). Es decir, la recuperación de las grandes figuras como: Bolívar, San Martín, Bello, Sarmiento, González Prada, Varona, Justo Sierra, “… esa pléyade latinoamericana que con certera intuición de la historia afirmó su convencimiento de que el proceso de la reintegración de América Latina volvería a tener vigencia en condiciones más propicias; y cuya ignorancia permite que América Latina hoy sea una ‘gran nación deshecha’ ” (Herrera, 1967: 23). Y, en América Latina integrada, reitera que es el único caso de un continente con un pasado indígena común, que mantuvo formas culturales y raciales muy similares durante trescientos años de periodo colonial; todo lo cual se desintegró con la independencia y ha llegado el momento de reunificar, conservando los rasgos de cada uno de ellos. En el epígrafe hace suya una idea de Gabriela Mistral:“Nosotros debemos unificar nuestras patrias en lo interior por medio de una educación que se trasmute en conciencia nacional y de un reparto del bienestar que se nos vuelva equilibrio absoluto”.

Felipe Herrera recupera de Andrés Bello la imagen de una sola nación, incluso geográficamente integrada: “Basta echar la vista sobre un Mapa de la América Meridional para percibir hasta qué punto ha querido la Providencia facilitar el comercio de sus pueblos y hacer de todos una sociedad de hermanos”24.

Y frente al nacionalismo “excluyente” de Encina, Herrera propone un nacionalismo “integrador”, que supere lo local, ahora que comienza la era de lo global. Un visionario que comprende el rol del nacionalismo continental en la etapa inicial de la globalización; un modernizador no dogmático ni autoritario, a favor del progreso y el desarrollo.

ALFONSO CALDERON: UN CENTENARIO SIN ENCINA

Alfonso Calderón el año 1973 publicó una crónica de Chile en 1910, en la que incluye un texto sobre “Los ‘aguafiestas’: “De pronto la música parece desafinar en los oídos celebrantes. Son las voces de los ‘aguafiestas’ del Centenario. El primero se llama Luis Emilio Recabarren y llama a sus compañeros de clase a tener conciencia acerca de lo que se está conmemorando (…) El segundo ‘aguafiestas’ es un profesor llamado Alejandro Venegas, que firma con el seudónimo de Doctor Valdés Cange”, y con los cuales coincide en los reproches a la sociedad. Se cierra así la crítica recepción a Francisco A. Encina, con un ensayista que olvidándolo completamente, ni siquiera lo menciona.

CONCLUSIONES

En las dos partes de este trabajo he presentado el pensamiento de Francisco A. Encina y su proyección entre importantes cientistas sociales y ensayistas de los años 60.

En la primera parte he mostrado cómo ese pensamiento se expresó en cuestiones fundamentales: la sociedad chilena como una sociedad en crisis, Chile como un país diferente en Latinoamérica, el interés por el desarrollo económico, y una visión de las masas populares que iba del desprecio a la admiración.

En la segunda, he analizado a los detractores y sus propuestas contrarias a las de Encina, ya sea por la atracción del mundo popular, la ausencia de racismo, y la búsqueda de salidas democráticas a la crisis25. Un país con dificultades, pero diferente, en el cual Salvador Allende pensó que se podría iniciar una revolución, única en el mundo, dentro del sistema político y jurídico vigente, para desarrollar cambios económicos y sociales, que permitieran incorporar a las mayorías, y alcanzar el socialismo democrático26.

La pregunta es por qué la matriz de Encina logró cruzar un espectro tan amplio de intelectuales diferentes. Mi respuesta es que hubo un punto en que los conservadores y los progresistas de los 60 estuvieron de acuerdo, y fue la oposición al liberalismo político y económico: es decir, a la democracia burguesa y a la libre empresa.

Los intelectuales de los 60 nunca dejan de mantener lazos con los pensadores del Centenario a través del nacionalismo, lo que nos permitió ordenar su producción entre los cercanos a Encina y los que, de una manera u otra, se opusieron a él.

Si el nacionalismo es una ideología de la modernidad que fomentó la formación del Estado-nación, en Chile ese sentimiento se mantuvo a lo largo del siglo XX, y particularmente en los años 60, a través de la tríada: Primera independencia (política), Centenario (crisis), Segunda independencia (económica y social), lo que hizo que muchos pensadores mantuvieran vivos ciertos temas comunes: superar la pobreza, extender la justicia social y superar la crisis con que asociaban al país.

En este sentido, al analizar un amplio conjunto de obras y pensadores, pudimos percibir cómo transmigran las ideas de un sistema de pensamiento a otro y cómo son adaptadas por diferentes autores, constituyendo nuevos sistemas. Por último, pudimos concluir que el tema del desarrollo económico es anterior a las reformas neoliberales proclamadas por el gobierno militar post ’73, quienes hicieron suyo un proyecto de modernización que se inició en el Centenario y se desarrolló con Jorge Ahumada, Aníbal Pinto, y los economistas de la CEPAL. Estas ideas probablemente no fueron completamente acogidas en un momento de gran agitación social, pero tampoco estuvieron ajenas.

He tratado, sobre todo, a los ensayistas, cientistas sociales e historiadores que expusieron un pensamiento sobre Chile, en el entendido que hubo otro aspecto del pensamiento que se preocupó de temas como América Latina, la filosofía europea, las relaciones internacionales, los que serán considerados en próximas investigaciones.

NOTAS

1 Teillier menciona el artículo de José Vicente Mogollón, “Francisco Antonio Encina: Su personalidad y sus ideas sobre la raza, la economía y la educación. Escenario: Chile 1910”; Concepción, Chile, Atenea, Nº 450, julio-septiembre 1964, pp. 3-21, diciembre 1964. En mi opinión, uno de los trabajos más documentados y objetivos sobre Encina.

2 Resulta extraño que Teillier (como Horacio Serrano) no comprenda que la categoría “país subdesarrollado” no era una creación de técnicos, sino un síntoma del país: alta cesantía, inflación, bajos ingresos.

3 Corresponde al libro de Horacio Serrano que hemos analizado en la primera parte de este estudio.

4 El título correcto de Aníbal Pinto es, Chile, un caso de desarrollo frustrado.

5 Para ser precisos, Encina alegaba que el éxito se había logrado mientras estuvieron los conservadores en el poder, es decir, hasta la década del 50 del siglo XIX. Momento a partir del cual, y Encina sí da pruebas, con el traspaso del poder a los liberales, la economía decayó hasta su propio presente, es decir hasta 1910. Teillier, en cambio, estira el éxito económico hasta Balmaceda, aunque sin entregar antecedentes económicos que lo comprueben.

6 Es curioso que incluya a Ariel Peralta junto a Ramírez Necochea, Julio César Jobet y Marcelo Segall, pues Peralta estaba muy lejos de las propuestas de la izquierda democrática. Remito a Javier Pinedo,“El pensamiento de los ensayistas y cientistas sociales en los largos años 60 en Chile (1958-1973). Los herederos de Francisco A. Encina” (Primera parte). Atenea 492, II semestre 2005. Universidad de Concepción, Chile, pp. 69-120.

7 Teitelboim aunque se declara marxista no cita a Marx ni a Lenin, pero sí a Voltaire, Montaigne, Rousseau, Hegel y Paul Valerie.

8 “… una especie de hombre fuerte, draconiano, también Licurgo o Sila del patriciado, y, a la vez, asiduo de chinganas plebeyas y de amores extralegales…”.

9 Eyzaguirre le dedicó un trabajo a Portales, “Hogar y juventud de Portales”, en Viejas imágenes, Santiago, 1947, donde recoge muchos argumentos de Encina.

10 Para Eyzaguirre, Don Quijote representa los valores de la hispanidad, mientras que los modernos buscadores del poder, la vulgaridad de Sancho, cuando el caballero le dice a éste: “Bien parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: ¡Viva quien vence!” (Jaime Eyzaguirre, 1969: 51).

11 Eyzaguirre inventó la imagen de la geografía de Chile como una espada, reiterada por Borges al recibir la condecoración de Pinochet en los años 80.

12 “Portales fue acaso el único iberoamericano que en los días de Monroe intuyó el verdadero fondo de su doctrina de aparente protección continental…” (Eyzaguirre, 1969: 49).

13 “Nada sacamos con que se nos repita que entre 1901 y 1913 los Estados Unidos han efectuado veintisiete intervenciones armadas en la América española. Lo que conviene subrayar es que ni una nación del continente, fuera de la pequeña Guatemala, alzó la voz cuando México fue invadido y cercenado por su vecino poderoso” (Eyzaguirre, 1969: 39).

14 “Nuestro concepto de la dignidad del hombre más que nunca hoy es valedero y son millones los seres que en el ámbito geográfico de nuestra comunidad cultural están reclamando su aplicación. Trabajadores de los cafetales y cauchales, trabajadores de las minas del estaño y del cobre, trabajadores de los pozos petroleros y de la industria agraria, invocan su calidad de hombres y exigen su rehabilitación espiritual y material”. Jaime Eyzaguirre (Eyzaguirre, 1969: 47).

15 Ver, Javier Pinedo, “Chile a fines del siglo XX: entre la modernidad, la modernización y la identidad”, Universum, Universidad de Talca, Nº 12, 1997.

16 “Chile es uno de los países hispanoamericanos peor dotados desde el punto de vista agrícola. Las tres cuartas partes de su superficie carecen de valor agrícola...”, había dicho Encina. Los reparos a la actividad minera eran por pertenecer a empresas extranjeras.

17 Jobet señala que frente a las dos grandes crisis sufridas por el país, la de 1919-1920 y la de 1929-1930, que desataron profundas consecuencias sociales y económicas, el país respondió por “cauces democráticos”.

18 Ese mismo año Jobet publicó,“Francisco A. Encina y su Historia de Chile, en Travesía, Revista cultural de la Frontera, Temuco, año II, enero-abril 1950, Nos 10-11, pp. 43-50, en el que expresa su admiración por: la “Inmensa empresa”, el “estilo animado, evocador y sugerente”, la “entrega de una renovada interpretación de todo el proceso nacional”, y aunque no deja de mencionar sus defectos, lo prefiere a Diego Barros Arana.

19 Jobet menciona a su favor a otro miembro del Centenario, Tancredo Pinochet: “Al leer la obra de Tancredo Pinochet Le-Brun, Autobiografía de un tonto, me encontré con un excelente capítulo donde examina los primeros tomos de la producción de Encina. En él registra diversas afirmaciones rotundas del anciano historiador y, luego, las confronta a lo largo de esos volúmenes verificando una serie de flagrantes contradicciones, muy propias de quien se deja llevar por la facilidad torrencial de su imaginación y de su pluma incansable”. Jobet se refiere al capítulo VIII “Chile y yo”, en el que Pinochet realiza fuertes críticas a Encina, al que acusa de cercano al “Herrenvolk de Hitler”.

20 Esta negativa opinión de Mac Iver ya estaba presente en Jobet.

21 La cita de Encina corresponde a Nuestra inferioridad económica, 1912, p. 16.

22 Ramírez Necochea celebra que haya sido Arcos el primero en usar la palabra “comunista” en la historia de Chile (Ramírez Necochea, 1965: 22).

23 “La unidad del movimiento comunista chileno con el movimiento comunista internacional –materialización concreta del internacionalismo proletario– no menoscabó en modo alguno el carácter nacional del Partido Comunista” (Ramírez Necochea, 1965: 307).

24 Andrés Bello en una de las Memorias del Ministerio de Relaciones Exteriores que redactaba personalmente, en Felipe Herrera, 1967: 165.

25 El tema de la crisis está presente además en Carlos Keller, Eduardo Frei Montalva, Osvaldo Sunkel, Mario Góngora, Eduardo Hamuy, Salvador Allende, entre otros. Por espacio no puedo detenerme en cada uno de ellos.

26 El golpe militar de 1973 fue para muchos la prueba de que Chile no era tan diferente y que su democracia estaba menos preparada de lo que se creía para experimentaciones sociales extremas. Y no fue la izquierda la que finalmente se benefició de la idea de un Chile diferente en América Latina, sino el gobierno militar quien la utilizó en beneficio propio: un Chile diferente y superior, y al que le resulta más cómodo relacionarse con los países desarrollados que con sus vecinos, lo cual permitía la imposición de un capitalismo más agresivo.

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Recibido: 10.06.2007. Aprobado: 07.04.2008.

* Este trabajo forma parte del proyecto de investigación: “Ensayo literario, ciencias sociales, pensamiento político, sensibilidades, y su relación con las redes intelectuales, en los (largos) años 60 en Chile: 1958-1973”, financiado por Fondecyt Chile, con el número 1030097. El presente artículo es la continuación de: Javier Pinedo,“El pensamiento de los ensayistas y cientistas sociales en los largos años 60 en Chile (1958-1973). Los herederos de Francisco A. Encina” (Primera parte), Atenea Nº492. II semestre 2005. Universidad de Concepción, Chile, pp. 69-120.

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