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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.498 Concepción  2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622008000200010 

 

Atenea N° 498- II Sem. 2008: 155-160

 

RESEÑAS

 

Carmen McEvoy y Ana María Stuven. La república peregrina.
Hombres de armas y letras en América del Sur. 1800-1884.
Lima. Instituto Francés de Estudios Andinos/Instituto de Estudios Peruanos, 2007.

GRÍNOR ROJO
Poeta ensayista y crítico, profesor en la Universidad de Chile.
E-mail: grojo@usach.cl. CHILE


Sobre La república peregrina…*

YO NO soy un historiador, lo confieso de inmediato, y la invitación que me ha hecho Ana María Stuven para presentar La república peregrina… no ha dejado de sorprenderme. No soy un historiador, aunque sí soy un latinoamericano y un latinoamericanista “convicto” y “confeso”, para usar los contundentes adjetivos de Mariátegui. Estas son mis credenciales para estar acompañándolos hoy y, apoyándome en ellas, trataré de borronear algunas ideas acerca de este libro y acerca de lo mucho que en él encuentro de valioso y sugerente.

En primer lugar, descubro en La república peregrina… una visión de conjunto sobre el siglo XIX en la “América del Sur”. No sólo una visión de conjunto sobre los “hombres de armas y letras” de aquella época, según se lee en el subtítulo, sino también sobre las acciones de los mismos (y sobre las acciones de las mujeres del período, si es que no o no siempre “de armas”, en cualquier caso “de letras”: Mercedes Marín del Solar, Carmen Arriagada, Juana Gorriti y las varias “viajeras” a las que se refiere Carlos Sanhueza) y de todo aquello que esos hombres y esas mujeres crearon o quisieron crear. Nuestro siglo XIX es un tiempo de ensayos, como todos sabemos. Desde la transición independentista hasta los decenios finales de la centuria se están probando en esta porción del planeta toda clase de soluciones que garanticen el logro de la construcción nacional. Es cierto que en el cumplimiento de la tarea se cruzan intereses y aspiraciones, juicios y prejuicios de muy diversa índole, pero yo quiero creer –este libro me ha enseñado a creer– que por sobre esos intereses y esas aspiraciones, por sobre esos juicios y esos prejuicios, prevaleció siempre o casi siempre el amor desinteresado por la patria y la búsqueda honesta de su bienestar.

Cualesquiera hayan sido las plataformas teóricas que estaban entonces disponibles, y cualquiera haya sido el apoyo o la falta de apoyo que ellas concitaron –el rousseauninismo temprano de don Simón Rodríguez o Mariano Moreno, el jacobinismo de Juan José Castelli, el ideologismo a lo Destutt de Tracy, que fue el que profesaron Lafinur y Rivadavia, el liberalismo conservador a la Constant, que permea los escritos del último Bolívar, el ancestralismo del mariscal Santa Cruz, la filosofía de la historia o el posterior positivismo de José Victorino Lastarria y Domingo Faustino Sarmiento, el civilismo progresista y racista de Manuel Pardo y el liberalismo no menos progresista y no menos racista de su amigo-enemigo Benjamín Vicuña Mackenna–, lo que subyace a todo eso es un espíritu constructivo, pujante y, aunque sin abstenernos de dejar la debida constancia del rechazo que nos inspiran algunos de sus presupuestos (los presupuestos racistas, por ejemplo), por lo general, estimable. Eran aquellas, en definitiva, ofertas teóricas de muy distinta procedencia pero puestas al servicio de los respectivos procesos de organización nacional.

Es notorio que en el curso de esos procesos la idea mirandina de una unidad de la región perdió terreno, aunque no desapareciera por completo. Persistió a lo largo del siglo, como un anhelo latente, casi como un reprimido freudiano, que retornaba cada cierto tiempo, de diferentes maneras y con más o menos fuerza: en el espíritu y los actos de Bolívar, en el episodio confederacionista de Andrés de Santa Cruz, en los congresos de repúblicas americanas, como el de 1847-48 (a raíz de la “guerra” del 47 de los Estados Unidos contra México), o el de 1856, que se hizo en Santiago (su detonante fueron los latrocinios de William Walker en Centroamérica), o el de 1864-65, en Lima, que nos recuerda Eduardo Dargent Bocanegra. Podrían mencionarse igualmente, en este sentido, los cónclaves de carácter jurídico, el de 1877, el de 1883 y el de 1888-9. Incluso, como nos lo recuerda Carmen McEvoy, “la doble identidad hispanoamericana, identidad que desde sus inicios se debatió entre lo nacional y lo supranacional”, se hizo presente también en la última tentativa para detener la Guerra del Pacífico, en la conferencia de Arica de 1880 (552). Yo me atrevo a pensar que ese fondo de fraternidad latente sobrevive aún entre nosotros, que el latinoamericanismo que los jóvenes de mi generación experimentamos, durante los años sesenta y setenta del siglo XX, fue su heredero. Con un sesgo diferente, más etnicista y ancestralista que el nuestro, que como se recordará fue sobre todo político, tal vez hoy mismo estemos contemplando los brotes de una nueva floración.

Pero, como decía, aunque no haya desaparecido por completo, el latinoamericanismo no fue la línea de pensamiento que dominó en nuestro siglo XIX. En cambio, sí lo fue el nacionalismo. Desde la muerte de Bolívar, e incluso desde antes, el gran objetivo fue la aparición en estas tierras de naciones independientes, autónomas y con sus propios y distintos perfiles identitarios. La hora de los venezolanismos, los peruanismos, los chilenismos o los argentinismos había sonado. Puede que ese oleaje nacionalista haya sido el sucedáneo para las debilidades de la construcción política, como opinan algunos no sin buenas razones. En cualquier caso, no cabe duda de que fue un sucedáneo oportuno, muy a tono con los tiempos. La mayoría de nuestros héroes y estadistas, los de la pluma y los de la espada, aquellos cuyas estatuas pueblan nuestros parques y avenidas, fueron protorrománticos o románticos, hombres de esa persuasión y, por lo tanto, nacionalistas fervientes aun a pesar suyo (pienso en el seco Manuel Montt, por ejemplo, a quien a primera vista una descripción como ésta no le calza en absoluto, pero que a la larga no puede escaparse de ella). Fueron pues individuos que sintieron que su misión era hacer de la colonia ayer liberada el espacio para la convivencia de una comunidad de nuevo cuño y que la mejor manera de llevar ese proyecto a cabo era recurriendo a la idea de nación. Se aspiraba a que con ello, dentro del territorio ahora libre, se generaran al más corto plazo, además de unas estructuras de gobierno más o menos eficientes, tradiciones y símbolos compartidos y en los cuales todos y todas, de una forma o de otra, podrían reconocerse. Esteban Echeverría lo había dicho a comienzos de siglo: la guerra de la independencia nos dejó países; lo que había que hacer, de ahí en adelante, era transformar a esos países en naciones. Con la ayuda de las armas, y es posible que más aún con la ayuda de las letras, así se fue articulando el mosaico que llamamos hoy Latinoamérica.

¿Cómo darle una forma definida a la nueva nación? Esta parece haber sido la pregunta del día. La tentación monárquica, sobre todo en su versión constitucionalista inglesa, ya para mediados de la tercera década del siglo XIX era un proyecto obsoleto. Bello, sin ir más lejos, a quien la idea no dejaba de seducirlo, se había percatado, sin embargo, ya en 1823 ó 1826, dependiendo de la fuente de la que uno se sirva, de que ésa era una apuesta que no tenía futuro. Lo que se abrió entonces, hacia el porvenir, como única alternativa transitable, fue la república, aunque tampoco estuviese claro lo que por ella se iba a entender. Por cierto, la república jacobina, la que parece haber tenido en la cabeza el revoltoso Juan José Castelli y que definitivamente era la que le daba en la vena del gusto a nuestro Francisco Bilbao, o incluso la girondina, como escribió Vicuña Mackenna, no tenían opción de imponerse. Bolívar lo había dicho en el “Discurso de Angostura”: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”1. Si nosotros interpretamos el orden de las palabras del prócer en el interior de esta frase como un orden de carácter jerárquico (y a mí modo de ver es lo que tiene que hacerse), se desprende de eso que la “seguridad social” y la “estabilidad política” no se encuentran para Bolívar en un mismo nivel de importancia que la “felicidad” ciudadana. Esta es un bien de mayor calibre a cuyo servicio se deben poner los otros dos. Más precisamente: la felicidad ciudadana constituye la meta hacia la que a juicio de Bolívar debe encaminarse el trabajo del conductor de pueblos en América, una meta en la que nosotros reconocemos la huella de una tradición filosófica que modernamente se remonta a las meditaciones de Condillac y de Helvecio, y que el héroe y pensador venezolano hace suya pudiera ser que derivándola no tanto de una lectura de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano como de su conocimiento de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos.

No tiene que extrañarnos por lo tanto que el republicanismo, el “peregrinaje” del republicanismo, que dicen Ana María Stuven y Carmen McEvoy, como matriz teórica obligada por las circunstancias, pero sujeta a interpretaciones dispares, sea, a lo largo del siglo XIX, el norte de todas las brújulas. El libro que ellas han compilado lo reconoce, advierte la indeterminación epocal que el término carga consigo, su “nomadismo”, como dirían los postmodernos, y la/lo aprovecha con ingenio y lucidez. Las mil caras de la República con, si es que vamos a dar por buena la tesis de Julio Pinto, la República política al principio y la República nacionalista a la postre, abastecen así a estas dos estudiosas con el hilo historiográfico conductor. Desde los primeros trabajos que su libro incluye, los de José Luis Roca o Guadalupe Soasti Toscano, pasando por los que se ocupan del medio siglo, los de Ana María Stuven y Graciela Batticuore, por ejemplo, hasta los que indagan en su conclusión, los de Julio Pinto, José Luis Rénique y Carmen McEvoy, ese hilo no cambia. Es, en verdad, impresionante observar cómo las organizadoras del simposio que dio origen al volumen se las arreglaron para mantener un tan estricto nivel de coherencia. O, mejor dicho, para defender la unidad de lo que no muy por debajo de la superficie era profundamente heterogéneo.

Selecciono a continuación tres asuntos que a mí me llaman la atención especialmente. Bolívar es el primero de ellos. Me apasiona y me parece paradigmático, por lo que he escrito en el pasado acerca de ello, el atolladero teórico y práctico del que el Libertador no pudo salir. Dos textos hay en este libro que me ayudan a confirmar esa circunstancia en toda su hermosa y trágica magnitud: el excelente ensayo de Clément Thibaud sobre “Ejércitos, guerra y la construcción de la soberanía: El caso grancolombiano” y el no menos notable de Carolina Guerrero titulado “Del mar de las Antillas a los Andes: El pacto en la retórica republicana de Bolívar”. La evolución bolivariana, despegando desde su juventud liberal hasta llegar a su madurez conservadora, se dibuja en ambos trabajos con extraordinaria nitidez. El tironeo de Bolívar, entre la teoría y la práctica, entre el ideario abstracto europeo y la áspera realidad de América, acaba configurando una suerte de modelo fundador del que los intelectuales y políticos que vendrán después de él no podrán prescindir. Se diría que Bolívar avanza de Nueva Granada a Roma, de Roma a las Antillas y de las Antillas a los Andes ahondando cada vez más, y cada vez más angustiosamente, en la certidumbre de nuestra diferencia y en la imposibilidad de reducir esa diferencia aplicándole mecánicamente las abstracciones importadas de Europa. El mismo se transforma a la larga en un líder autoritario y personalista, eso es cierto, pero en un líder autoritario y personalista que, pese a todo y contra todo, no reniega del ideal republicano de proyección universal. Declara en la “Carta de Jamaica”, en 1815: “Los meridionales de este continente han manifestado el conato de conseguir instituciones liberales y aun perfectas, sin duda, por efecto del instinto que tienen todos los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible; la que se alcanza, infaliblemente, en las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas sobre las bases de la justicia, de la libertad y de la igualdad”2. Pero, ¿cómo ser un republicano y hasta un liberal demócrata e igualitario en países que todavía se estaban haciendo y en los cuales “las elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre nosotros, porque los unos son tan ignorantes que hacen las votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción”3. Ese fue el atolladero en que se nos perdió el prócer epónimo, del que él no supo cómo extricarse. La carta testamento a Juan José Flores, la de 1830, esa que conocemos todos y en la que afirma que “la América es ingobernable” y que “el que sirve a una revolución ara en el mar”4, es elocuente de sobra.

En seguida, me impresiona la comprobación, en el trabajo de Ana María Stuven, de la existencia en el Chile de la cuarta década del siglo XIX de una vigorosa opinión pública. Acostumbrado, como estoy, a los trabajos de mi amigo Carlos Ossandón, quien ha rastreado este fenómeno en la segunda mitad del XIX, descubro ahora en el ensayo de Stuven que, no obstante las altas cifras de analfabetismo de aquella época, en torno a la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, en la década del treinta, hay en nuestro país una efervescencia discursiva enorme, una voluntad de debate y una capacidad de escritura mucho mayores de lo que uno podría pensar y, a lo peor, mucho mayores de las que hoy día mismo existen. Nos informa Stuven: “De siete periódicos publicados en 1835, el número aumentó a doce en 1836, a 24 en 1838 y a 34 hacia el final de la guerra” (411). Cierto, las circunstancias eran extremas. Sin embargo, treinta y cuatro periódicos circulando en el país a poco más de diez años de la obtención definitiva de nuestra independencia constituyen el indicio claro de una sensibilidad pública activa, de un deseo de opinar e intervenir que yo echo de menos en la grisura de los tiempos que actualmente padecemos. Stuven es minuciosa y precisa cuando documenta esa abundancia diarística, cuando demuestra que “a pesar de los bajos niveles de alfabetización alcanzados, tanto en Chile como en el Perú hasta el período de la guerra, la prensa era indudablemente un medio de expresión de las ideas en pugna y de socialización de éstas hacia la opinión pública” (415).

Por último, otra sorpresa ha sido para mí la iconografía decimonónica chilena. El ensayo de Trinidad Zaldívar Peralta, que se ocupa de este tema, es novedoso y rico en noticias picarescas. Nos habla de “las primeras representaciones alegóricas de la república en la plástica chilena” (314), durante el gobierno autoritario de Manuel Montt, y de cómo la bella Marianne, la representación alegórica de la república francesa, fue retomada y aprovechada satíricamente por los caricaturistas locales. Combatían así esos hombres las durezas del gobierno de turno con el corrosivo de la risa, un arma cuya eficacia no siempre se estima como corresponde pero que no es extraño que acabe siendo superior a la de las armas. Se suma de este modo el ensayo de Zaldívar a otros trabajos historiográficos que desde un tiempo a esta parte se han venido produciendo en Chile y en todos los cuales se descubre un cambio de énfasis desde la historia política y económica hacia la historia cultural. Es un desplazamiento profundamente significativo, a mi juicio, que pareciera estar mostrando que por fin al campo de la cultura se le reconoce en Chile la importancia que él tiene y que deja de esta manera de ser para nosotros, los chilenos del siglo XXI, la quinta rueda del carro social. Si esta actitud de los historiadores encontrase algún eco entre los políticos, yo creo que estaríamos muchísimo mejor.

Pero nada de lo que acabo de destacar disminuye otros asuntos de igual o incluso mayor relevancia y que están presentados en este libro con rigor y con brillo. Los que acabo de enumerar son sólo tres de aquellos que a mí me preocupan, que como se ha visto tienen que ver con la historia intelectual de América y, en particular, durante la era republicana. Mi tarea de estos últimos años se orienta en ese sentido, el del legado que nos dejaron Bello, Rodó, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Candido y Angel Rama. Yo creo en la realidad de ese legado. Creo que hay en América Latina una tradición de pensamiento y que, dentro de esa tradición de pensamiento, hay autores que son clásicos y cuya palabra es nuestro deber de estudiosos recuperar. No para repetirla como un catecismo tonto, es claro, sino para aprender de los desafíos con que quienes la pronunciaban debieron enfrentarse. Esos desafíos son de ayer y de hoy. De ayer, cuando estábamos empezando a definir lo que somos, y de hoy, cuando todavía no hemos terminado de hacerlo.

NOTAS

1 “Discurso pronunciado por el Libertador ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819, día de su instalación” en Simón Bolívar. Obras completas, II, ed. Vicente Lecuna con la colaboración de Esther Barret de Nazaris. La Habana. Ministerio de Educación Nacional de los Estados Unidos de Venezuela, 1947, p. 1141. Todas las citas posteriores de las Obras completas provienen de la misma edición y en ellas doy sólo el volumen y el número de página.

2“Contestación de un americano meridional a un caballero de esta Isla”. Obras completas, I, 169. El subrayado es mío, G.R.

3 “Manifiesto de Cartagena”. Obras completas, II, 1002.

4 Obras completas, II, 859-860.

* Texto leído como presentación del libro el 3 de diciembre de 2007. En las citas de este libro que haré a continuación, daré sólo el número de página en el texto y entre paréntesis.

 

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