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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.500 Concepción  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622009000200026 

Atenea N° 500- II Sem. 2009: 337-350

 

500 NÚMEROS DE REVISTA ATENEA

 

APUNTES PARA ESTUDIAR LA CLASE MEDIA EN CHILE POR AMANDA LABARCA H.*

NOTES FOR STUDYING THE MIDDLE CLASS IN CHILE BY AMANDA LABARCA H.

 

AMANDA LABARCA H.
Destacada profesora, escritora, feminista, embajadora y política chilena (Santiago, 1886-1975). Su obra se orientó principalmente al mejoramiento de la situación de la mujer latinoamericana y al sufragio femenino en Chile.


RESUMEN

Se desarrolla en este texto un estudio sociológico y económico de la extensión de la clase media en Chile. Partiendo de la definición de clase otorgada por Max Weber, pasa a definir el segmento social que coincide con la denominación clase media. Establece la complejidad composicional de tal grupo social a la vez que complementa un primer acercamiento descriptivo (desde los puntos de vista económico, cultural y psico-social) al hacer el deglose de estos puntos de vista en una multiplicidad de aspectos: establecimiento rural o urbano, ocupación, cifra de asegurados, rentas, cálculo poblacional (alrededor de 800.000 personas en la época de escritura del artículo), procedencia, condición económica, filtraciones (la debilidad económica del segmento social se ve incrementada, a veces, por factores como el juego o el consumo de alcohol), condición cultural y características psicológicas.

Palabras clave: Clase, clase media, economía, ingresos, cultura.


ABSTRACT

This texts develops a sociological and economic study of the extension of the middle class in Chile. Starting with the definition of class given by Max Weber, it attempts to define the social segment that coincides with the denomination middle class. It establishes the compositional complexity of the social group while complementing the first descriptive approach (from the economic, cultural an psycho-social points of view) as it breaks down these points of view into a multiplicity of aspects: rural or urban establishment, occupation, number of insured, incomes, calculation of population (around 800,000 people at the time the article was written), origin, economic condition, filtrations (the economic weakness of the social segment is seen as increasing, sometimes, due to factors such as gambling o alcohol consumption), cultural condition and psychological characteristics.

Keywords: Class, middle class, economics, income, culture.



DELIMITEMOS el horizonte de esta investigación: la clase media en Chile. Mas, ¿qué entendemos por clase y luego a qué extensión de la colectividad aplicaríamos el adjetivo: media?

De acuerdo con Max Weber, calificamos de clase, a esos conglomerados sociales fácilmente permeables y que permiten que un individuo o una generación transiten fácilmente de uno a otro de sus estratos. Tal permeabilidad los diferencia de la casta.

Aunque basada en criterio distinto, no contradice esa definición a la aceptada por la escuela comunista que reúne en “clase” a aquellos grupos sociales que desempeñan igual función en el proceso de la producción y que, por lo tanto, tienen parecidas fuentes de ingreso. Es verdad, sin embargo, que para los comunistas las clases son únicamente dos: la burguesía detentora de los medios de producción y el proletariado.

Las democracias americanas, desconocen casi en absoluto las determinaciones jerárquicas que las sociedades europeas involucran en la “nobleza”. Por ende, la alta burguesía, la aristocracia de sangre y aún la plutocracia, aparecen aquí indeferenciadas para el observador externo, pese a la aguda sensibilidad de muchos de sus propios integrantes que se empeñan en separarlos con líneas rígidas.

De hecho, en estos países nuevos, de la América Hispana, no existen invisibles alambradas entre diversos planos sociales. La gloria y el privilegio de la democracia es la oportunidad de superación para todos. Mas, si fuéramos capaces de detener un instante el flujo y reflujo de los grupos sociales en su ascenso o declinación, hallaríamos estructuras, estratificaciones que presentan caracteres comunes y relativamente estables.

La zona que no cabría incluir ni entre la proletaria ni en el grupo aristocrático o de gran fortuna la estudiaremos en cuanto a clase media1.

Su deslinde superior: la aristocracia. Podría ésta caracterizarse en los países americanos a base de la coincidencia de tres factores: a) un considerable patrimonio vinculado en los grupos más antiguos al latifundio (heredero de la encomienda colonial) y en casos más modernos, a la posesión de minas, fábricas, industrias, etc.; b) una intervención destacada en el manejo de los asuntos públicos, por lo menos durante las dos o tres generaciones anteriores; y c) una tradición familiar de relativa cultura. Cuando estos tres factores coinciden, decimos que la familia o el individuo que a ella pertenece, forma parte de la aristocracia.

Tal coincidencia sigue las líneas que Max Weber trazó como características de una clase: a) la posesión de cierto volumen de medio económico; b) un cierto nivel de vida; y c) posibilidades culturales y recreativas.

No es, sin embargo, ese grupo superior una casta cerrada. De inmediato y en una sola generación, por virtud de un talento extraordinario, por la brillante ascensión de sus negocios, por su alta participación en la res pública y aún por matrimonio con un miembro destacado del grupo superior, individuos excepcionales crean una dinastía que si no es aceptada de lleno en el sancta sanctorum de la rancia aristocracia, se la recibe y estima en sus zonas fronterizas.

Si del alto confín, descendemos al inferior, hallamos una masa cuya característica es el trabajo manual y que vegeta en un nivel de vida en que se confabulan para deprimirlo, la pobreza y la ignorancia. Oscila ésta entre el completo analfabetismo y los conocimientos primarios del obrero especializado; entre la ausencia del mínimo indispensable de dinero para un subsistir higiénico, y el modesto bienestar del artesano, el jefe de obras, etc.

Límites son estos –por lo alto y lo bajo– que de transcribirse en gráficos, no podrían representarse con una línea sino por zonas de tonalidades in crescendo o diminuendo.

Aceptadas estas premisas introductorias, busquemos algunos criterios que nos permitan caracterizar a los sectores medianos.

1) Criterio económico. Aceptaremos como válido para la clase media chilena, el que Sergio Bagú2 aplica a la Argentina: “es el grupo social formado por las personas que en el proceso de producción aportan sólo trabajo intelectual o burocrático, o trabajo de cualquiera índole y pequeño capital, o sólo pequeño capital”.

Naturalmente, que al aceptar tal definición nos apartamos grandemente del criterio marxista que veía en el “burgués” al representante de una minoría que se alimentaba de los super valores (surplus) y del favoritismo del Estado y que mediante tales medios era el parásito del proletariado productor a quien explotaba. El término burguesía que empleó Marx denotaba en la Alemania de 1848 el grupo de propietarios-empresarios y altos burócratas. No es esa la consideración que el término posee hoy en América; entre nosotros la clase media incluye el empresario mediano, al simple productor de materias primas, tales como los artesanos y los chacareros, al pequeño comerciante y el empleado fiscal o particular.

2) Cultural. Por lo general, los individuos que la integran han continuado estudios más allá de la enseñanza primaria.

3) Psico-social. Aceptan sus miembros normas establecidas de conducta social, estimaciones de valores propios, un “decoro” que les induce a desarrollar cierto “consumo ostensible” de bienes de uso familiar o personal. El vestuario, la forma en que ornamentan sus casas, la manera de educar a sus hijos, el trato entre los miembros de la familia, se basan en una estimación de lo que es debido a su “clase”.

Sin embargo, aún aplicando estos tres criterios, no podríamos determinar rígidamente los confines. El obrero altamente especializado, el mínimo comerciante, el empleado auxiliar de la burocracia, participan a la vez de las características del obrero y de la pequeña burguesía. Y otro tanto ocurre en los planos superiores. El industrial, el comerciante, el agricultor afortunado, el alto burócrata viven a su turno en una zona que participa de la estimación de valores del grupo llamado aristocrático.

Establecidas estas premisas, preguntémonos si este conglomerado constituye una “clase”. Al modo tradicional europeo no lo es. Le falta la relativa estabilidad. En Europa, durante tres, seis, ocho generaciones una familia conserva, por ejemplo, la tradición de un artesanado. “Sombrereros del rey desde 1687”, he leído, si mal no recuerdo, en una tienda de Londres. En España, los tejedores de alfombras de la Real Fábrica, en Francia los ceramistas de Sevres, conservan casi con la unción de un escudo nobiliario, la tradición de su burguesía, el status de artesanos maestros. En América, las gentes pueden de hecho vivir fuera de las normas legales de una auténtica democracia, pero lo que no le dispensarán jamás es la posibilidad (que sólo la democracia ofrece) de rápidos ascensos sociales.

Los sociólogos clásicos distinguen entre una vieja y una nueva clase media. La primera, económicamente autónoma, estaría compuesta de artesanos maestros, de modestos industriales, de medianos terratenientes que por generaciones han vivido involucrados a ese grupo social intermedio. La segunda, dependiente, subordinada a un salario munido por el Estado o por grandes empresas. No faltan los tratadistas que trasladan este grupo a la clase asalariada. Lo son de hecho. Les diferencian su nivel de cultura y sus rasgos psicológicos.

Su extensión en lo urbano y rural no puede establecerse rigurosamente en las estadísticas chilenas faltas de indicaciones precisas sobre esta materia. Pero es posible colegirla en su conjunto gracias a la comparación de índices diversos: a) el de ocupaciones; b) el de aseguradores en las Cajas de Previsión para empleados; y c) el de las rentas declaradas en Impuestos Internos.

Extensión de la clase media chilena.
Coloquemos en primer lugar la clase media independiente y entre ella a la campesina, la de los medianos terratenientes, que insertamos entre los propietarios de predios de 5 a 200 hectáreas3.

La estadística de 1936 enrola 80.741.
Su importancia económica oscila entre hitos muy distanciados. En las provincias del norte, en los valles angostos, pero de extraordinaria fertilidad como el de Azapa o el de Elqui o en los oasis del desierto, un predio de 100 hectáreas es una fortuna y su acaudalado dueño, si por vinculaciones familiares no pertenece de hecho a la clase alta, se halla muy cerca de ubicarse en ella.

En cambio, 100 hect. de terreno de secano rara vez producen lo necesario para mantener y educar a la familia en esas condiciones de “decoro” a que aspira la clase media.

¿Y artesanos y comerciantes independientes? La estadística no distingue a los que ejercen actividades autónomas, ni a los comerciantes de menor o mayor escala.

Veamos, en seguida, el problema en lo urbano:

a) Las cifras del censo de 1940 publicadas en 1946 por la revista Estadística chilena enrolan 274 ocupaciones diversas. A pesar de su detalle, es tarea difícil asignarlas dentro de determinada clase social. Por ejemplo, figuran 31.392 rentistas, en una población de 5.023.539 habitantes (cifra de 1940). ¿Son pequeños o grandes rentistas? Igual confusión en el rubro de “patrones”: 156.389 agro-pecuarios, ¿Cuántos de ellos son dueños de minufundios?

En la población activa se totalizan:

Una de estas cifras es básica para nuestro estudio: 229.148 empleados. No sabemos aún cuántos de los patrones podrían añadirse al grupo social de la clase media ni cuántos empleados al grupo de la aristocracia. Volveremos sobre este punto al referirnos a las rentas.

b) Cifra de asegurados:

Las grandes instituciones de seguros sociales son en Chile la Caja de Previsión de los Empleados Particulares, la de los Empleados Públicos y la de los Obreros. Los datos de 1948, publicados en la página 206 de la “Estadística chilena” correspondiente a los imponentes en mayo de 1949 son:

Caja de Empleados Particulares …………………………...
Caja de los Ferrocarriles (Empleados)……………………
En otros organismos de Previsión4……………………....
En la de Empleados Públicos y Periodistas ……….….
En la de Carabineros ………………………………….......…

..............................................Total………………

134.925
5.386
15.693
72.294
24.889
________

253.187

En el mismo año 1948, la Caja de Seguro Obrero Obligatorio enrolaba 1.005.000 imponentes.

Descontemos de los asegurados en la Caja de Previsión de Carabineros a los soldados rasos y quedémonos, por ahora, con la cifra provisoria de 240.000 personas que por su calidad de empleados deberían incluirse en la estrata mediana. La cifra no es aún exacta, porque muchos miembros de la alta clase suelen ingresar como empleados a los ministerios o grandes empresas. Vengamos, para ajustarla a la realidad, al monto de las rentas declaradas.

c) Rentas:

En la ascendente espiral de la inflación, no podemos hoy, septiembre de 1950, afirmar cuál es el límite numérico que permita clasificar con justeza al individuo de la clase superior acaudalada. Aceptemos provisoriamente el lindero de los $500.000 anuales de renta. Según la Memoria de la Dirección de Impuestos Internos publicada en 1948, los contribuyentes que declaraban rentas entre 25.000 y 500.000 anuales eran 99.019. Sobre esa línea superior hubo sólo 1.593 declarantes5.

Se asegura a menudo que no hemos desarrollado en Chile una conciencia económica y que son pocos los que se dan cuenta de que al burlar al fisco estafan a la comunidad. Las cifras de los Impuestos Internos son relativas, a causa de esa carencia de responsabilidad cívica. Los que no pueden excusarse de declarar sus rentas, porque ella está precisada en una planilla de pagos fiscales o de empresas particulares, son los empleados. Observemos, empero, las cifras que obtuvimos gracias a las Cajas de Previsión: 240.000 y esta otra de los impuestos internos: 99.019. Habría que inferir que cerca de 140.000 empleados viven con rentas inferiores a 25.000, lo que nos llevaría a eliminarlos de la clase media y ubicarlos en la inferior. Promediando la diferencia, arribamos a 150.000 individuos de la clase media activa.

d) Cálculos generales:

Si a esta cifra de 150.000 se añaden los terratenientes industriales y comerciantes medianos, llegaríamos hasta los 200.000. Supongamos que cada uno es jefe de un grupo familiar de 4 personas (él, su esposa y 2 ó 3 hijos). La extensión de la clase chilena sería la de 800.000.

No desdice semejante guarismo de los otros correlativos que nos proporciona la estadística: obreros activos: un millón; grupo familiar posible 4 a 5 personas: él, la esposa y dos o tres hijos, totalizan: 4.500.000. A los 1.593 imponentes de la categoría superior a los 500.000, añadámosle por lo menos un 60%, porque es en este grupo en donde es más fácil ocultar las rentas y pensemos que su grupo familiar es de 4 personas.

1.593 más 60% 2.448 por 4 9.792.

El total de estas cifras arroja 5.302.800 que es casi precisamente la población calculada para 1946.

No cometemos, pues, grosero error al inferir que la población chilena de clase media bordea los 800.000.

e) Procedencia:

Dijimos ya que en los países del Viejo Mundo podía diferenciarse una vieja y una nueva clase media, pero en los de América, los flujos y reflujos son más rápidos. Y ello se ha observado desde el comienzo mismo de su génesis histórica. Ya la Santa, Teresa de Cepeda, llamaba la atención a su hermano que había venido a Indias, de su transgresión social al usar aquí un “don” para el cual en España carecía de ejecutoria. En suelo americano ennobleció a cuanto plebeyo ganó sus títulos en heroicas y jamás igualadas hazañas.

Las familias de estratos inferiores, sean ellas rurales como urbanas, tienen conciencia de la posibilidad de que sus hijos traspasarán sus modestos ámbitos. Ocurre en toda América. Recordemos si no la magistral obra del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez: Mi hijo, el dotor. Para el obrero, la cultura, un título universitario, dan patente superior. Nuestra clase media se incrementa cada día con los vástagos de obreros especializados, de mínimos comerciantes, de trabajadores rurales que por amor a sus hijos se privan de lo indispensable con tal de proporcionarles aquellos medios culturales que lo colocarán en un sector más alto.

El movimiento descendente de los que otrora actuaron en la aristocracia es menos visible, pero no menos cierto. La familia venida a menos oculta tanto tiempo como puede su condición. Valientemente algunas se dedican a faenas productivas que no las rebajan sino a los ojos de los snobs. Padres y madres se desviven para reabrir a sus hijos las puertas de la educación o de la fortuna que les permitan ocupar de nuevo un alto rango. Mientras tanto, el hecho de su pobreza no les impide suponerse ellos mismos pertenecientes a la aristocracia, ya que los abuelos ocuparon puestos de importancia en la República; pero de hecho viven como clase media.

El paso del inquilino (trabajador rural) a la clase del pequeño propietario es más difícil y lento, porque es demasiado grande la distancia que lo separa de patrón agrícola, especialmente en aquellas zonas en que persiste el latifundio. De inquilino a mediero y de mediero a propietario son los jalones. No podríamos, porque no existen estadísticas que pudieran ayudarnos, ni siquiera señalar alguna cifra indicadora del fenómeno. Existe; pero ignoramos en qué extensión.

El campesino que emigra a la ciudad es otra fuente de ingresos en la clase media, sobre todo cuando él inicia pequeños comercios que lo independizan.

Es la excepción, sin embargo. Parece que la mayoría ingresa al rango de los trabajadores.

Lo que caracteriza a nuestros grupos sociales americanos es la fluidez. Exceptuando a los trabajadores de la gleba, los demás habitantes rara vez permanecen en el mismo grupo durante dos o tres generaciones. O ascienden o decaen.

El aumento de la “nueva” clase media, la que según los tratadistas se caracteriza por su dependencia económica, no acusa en América del Sur escalas tan vastas como en los Estados Unidos. Lo que llama la atención es la cifra de los empleados civiles. En diciembre de 1948, el número de imponentes de la respectiva Caja ascendía en Chile a 72.294 (en una población de 5.500.000)6.

En Uruguay (1946) se contaban 71.770 que recibían sueldos estatales; añadiendo los semifiscales y los municipales, totalizaban cerca de 100.000 en una población de 2.200,0007.

El incremento, tan visible en los países sudamericanos de la costa atlántica, de la clase media por el caudaloso aporte de la inmigración, es en Chile y en toda la vertiente del Pacífico muy reducido. Decenas de miles contra centenas en las repúblicas transandinas.

f) Su condición económica:

Al tenor de las estadísticas de 1946, el salario medio del millón de obreros chilenos era de $23.60 diarios. En esa misma fecha, los 107.612 empleados particulares enrolados en su respectiva Caja recibían un promedio de $70.40 diario8.

Mas, lo que reduce el promedio del salario obrero es el del trabajador rural, porque los datos de 1948 nos muestran que el de la minería alcanzaba a $59.46; el de la industria en general a $129.69 y en una especial: papeles y cartones a 145.04 diarios9.

Existen, pues, sectores abundantes de la clase obrera que se hallan en condición material superior a la de los empleados. Hasta hace poco, sólo los primeros contaban con sindicatos ágiles y combativos que constantemente se empeñaban en campañas de mejoramiento económico. El gremio de los empleados no manejó esas armas sino hasta 1949. Llegó, pues, a esa lucha con retraso, pero en 1950 ha ganado gran parte del terreno perdido.

Con todo, la capacidad adquisitiva de la clase media en Chile es muy sumaria. De los 99.019 contribuyentes enrolados entre los que declaran de $25.000 a $500.000 anuales, 82.228 están por debajo de los $100.000 anuales de renta. Añádase a eso que su situación es más aflictiva que la del obrero, porque su estimación de los valores de “consumo ostensible” es mayor.

g) Filtraciones:

A esta debilidad suma, se añaden las filtraciones emanadas: I) del juego, que afecta a todas las clases sociales y que indudablemente influye en la pobreza de las que viven con salarios reducidos.

En 1949, se emitieron boletos de la Lotería y la Polla de Beneficencia por valor de 613 millones de pesos; en los hipódromos se jugaron 1.825 millones y en el casino de Viña del Mar hubo una entrada bruta de 204 millones, lo que da un total de 2.642 millones.

De éstos vuelven:


II) del exceso de consumo de bebidas alcohólicas. El monto de las ventas en el país de toda clase de vinos y licores alcanzó en 1948 a cerca de un mil y medio millones de pesos ($ 1.414.397.328).

Es imposible calcular, porque faltan las estadísticas correspondientes, cuánto fue consumido por los diversos grupos sociales. Un conocimiento experimental de la vida chilena puede permitir asegurar que ese consumo corresponde en sus dos terceras partes, por lo menos, a la clase obrera, rural y urbana, y que el resto podría dividirse por igual en las otras porciones del conglomerado social, significando, por consiguiente, para la porción media un dispendio de $235.732.888 de pesos anuales; c) del exceso de “consumo ostensible”. La fluidez de la clase media, el hecho de que todos se sientan en actitud de tránsito, les impele a aumentar los gastos de su indumentaria a extremos que son desconocidos en los países europeos, en que la burguesía menor no blasona de elegante sino de económica. Para festejar un matrimonio, un bautizo, un aniversario, no se vacila en contraer deudas siempre que las adquisiciones contribuyan a ofrecer un aspecto de riqueza o de boato. Empleados particulares y públicos de mínima renta compran a plazos, con sacrificios, incluso de su alimentación y a precios mucho más altos que los corrientes, todos aquellos atavíos que no les permitan disonar ante sus amigos, que de seguro, son iguales víctimas del mismo afán de parecer.

h) Condición cultural:

En Chile la clase media ha podido proliferar, entre otras razones, que más tarde veremos, gracias al hecho del expedito acceso a la cultura. Prácticamente ya en 1870 la nación extendía a todas las regiones su red de liceos fiscales gratuitos para hombres y en 1910 para niñas. Ello permitió que los hijos todos de la pequeña burguesía o del artesanado inteligente, del mínimo terrateniente, o del obrero especializado pudieran continuar sus estudios más allá de la escuela primaria y que ninguno de sus talentos o aptitudes se perdiera por falta de capacidad económica de los padres.

La ausencia de capital para comenzar una empresa, la escasísima industrialización del país, las dificultades para quebrar el sólido bastión del latifundio, todo impelió a la mayoría de los muchachos de la clase media: I) las carreras liberales que durante todo el siglo pasado y en los comienzos del presente ofrecían amplio campo a los sobresalientes; II) a la burocracia que tampoco exigía capital inicial y III) a la política.

Con todo, hasta fines de este siglo, el liceo fue un elemento utilizado más por la burguesía adinerada o la aristocracia que por los grupos populares. La democratización de sus aulas es visible desde 1910 al través de las estadísticas.

En 1911, el número de alumnos de los liceos era de 12.000. En 1936 se había más que duplicado: 25.000. En 1947, es decir, sólo once años más tarde se había triplicado: 71.200, los que agregados a los 66.397 de los otros establecimientos de enseñanza media arroja la suma de 137.598 jóvenes que prosiguen estudios más allá de la primaria.

Mientras en Argentina en ese año de 1947 había un alumno de enseñanza media por cada 785 habitantes, en Chile había uno por cada 36510.

Esta riqueza cultural de la clase media chilena se refleja en todas las actividades nacionales y constituye acaso la clave de su ascenso a las esferas gubernativas de la nación. Los grandes nombres en la literatura: la Mistral, Neruda, Barrios; los máximos tratadistas: Valentín Letelier, por ejemplo; los rectores de la universidad, los decanos de las facultades, han emergido en buen número de la pequeña o de la gran clase media.

Su promoción a puestos de importancia en los asuntos públicos, no como individuo señero, sino como masa social, se ve clarísimamente en la historia patria a partir del año ’20. Antes, un Valentín Letelier, un Enrique Mac-Iver, talentosos brotes de la burguesía, pero aliados a la aristocracia por vínculos matrimoniales, abrieron ellos mismos y por sus individuales merecimientos, ancha brecha en la estimación pública. Don Arturo Alessandri representa, sin embargo, al auténtico alabardero, al que abre camino sonoro y expedito. Es probable que quien le endiosara y le amase mejor, fuese su “adorada chusma”; pero a la que él levantó, gracias a su genio extraordinario, fue a la clase media, y prueba de ello es que incluso su contradictor Ibáñez y los presidentes que le siguieron: don Pedro Aguirre Cerda, don Juan Antonio Ríos y don Gabriel González Videla son honrosos y auténticos representantes de nuestra burguesía.

La historia del Partido Radical y la del Socialista en Chile se confunden en el desarrollo político de la clase media, porque fue ésta la que se volcó en esas filas. Sus vacilaciones, su fraccionamiento, su falta de propia conciencia de su capacidad y de su alto valor en el conjunto nacional pueden inscribirse como defectos, no sólo de esos partidos sino de los grupos sociales que los componen.

i) Características psicológicas:

Mirada ya en su amplio horizonte, nuestra clase media parece caracterizarse, primero, por su actitud de tránsito (versus permanencia). Sus miembros están, no son clase media. Imaginan que su condición actual es un peldaño que podrá él o la familia, franquear en la presente o en la próxima generación. Muchas veces tal certeza no es más que un miraje, una ilusión que la realidad brutal desmiente. Con eso y todo, él continúa en posición de cambio, y de aquí emanan a la vez su fuerza y su debilidad como clase. Porque imaginándose transeúnte, no ha desarrollado el sentido de la responsabilidad directora. No ha percibido, como grupo compacto, su posibilidad de dirigir la república ni se ha preocupado sistemáticamente de formar sus líderes. Ni siquiera los establecimientos públicos de segunda enseñanza incluyen dentro de su labor formativa la de preparar a los hacedores y dirigentes del futuro. Para llevar a cabo sus faenas de mejoramiento colectivo ha debido recurrir más de una vez al grupo que ya tenía el hábito de mandar. Siendo la clase media más voluminosa y más culta que la aristocracia, no ha tenido conciencia de ello y los años de gobierno burgués: 1920 a 1950, de enorme significado en los avances sociales, no han depurado los procesos de gestación electoral, ni elevado el nivel medio de vida, sobre todo de los elementos populares, en la extensión que habría sido posible si los partidos que representan a la clase media hubiera alcanzado mayor conciencia de su significado histórico.

La clase media chilena es pobre. La competencia difícil por alcanzar el bienestar y ese “consumo ostensible” que forma parte de sus necesidades sociales, la vuelven descontenta, agria, recelosa y agudamente crítica. A la pobreza hay que añadir ahora la inseguridad proveniente de la inflación y que es aminorada en parte por los beneficios que le otorgan los institutos de previsión.

Un capítulo que debería estudiarse a fondo es éste de la influencia de la extensión de los seguros sociales en el mejoramiento de los estratos básicos de la sociedad chilena, en su salubridad, en sus posibilidades de mejor educación para los hijos, en sus hábitos de ahorro, etc. Quede ello para otras oportunidades e investigaciones.

La inflación ha favorecido, sin duda, a la parte de esa burguesía que al traficar en el gran comercio y en la industria, está respaldada por magnos capitales. Ha puesto vallas al menudo comercio y a la pequeña industria y ha empobrecido al rentista, al funcionario y a los profesionales. De resultas de ello, sin duda, la composición de las diversas capas de la burguesía chilena va a sentir movimientos ascensionales y de descenso muy fuertes en los próximos años.

Probablemente que de resultas de ello, y del acrecentamiento del salario obrero, lleguemos a una sociedad sin mayores diferencias de clase, a una democracia en que el flujo y el reflujo de los diversos grupos sea tan expedito que la democracia chilena logre una auténtica plenitud.

NOTAS

1 Véase sobre este mismo tema el estudio “La clase media en Chile” del señor Julio Vega, publicado en los Nos de mayo, junio y julio de 1950 en la revista Occidente de Santiago de Chile.

2Materiales para el estudio de la clase media en la América Latina (I). Unión Pan Americana, Washington, D.C., p. 38.

3 Véanse: El mejoramiento de los trabajadores agrícolas y la sindicalización campesina por Gonzalo Santa Cruz, Santiago, Chile, 1941 y El problema del minufundio por Olga P. Olivieri A., Univ. de Concepción, 1950.

4 Datos publicados en la p. 320 del número correspondiente a junio de 1946.

5 Memoria de la Dirección General de Impuestos Internos, correspondiente al año 1948, p. 42.

6 Se incluyen maestros, profesionales, técnicos de toda clase que sirven al Estado. El censo de 1940 incluía en “oficinistas” sólo a 83,779, sin diferir entre oficinistas estatales o privados.

7 ”Materiales para el estudio de la clase media en América Latina”, op. cit., p. 85.

8 Estadística chilena, p. 116, marzo-abril, 1947.

9 Idem, p. 226, junio de 1949.

10 La comparación entre el número de profesionales de Chile con los otros países se dificulta porque el último censo chileno de 1940 y el gran crecimiento de los liceos corresponde, precisamente, a las décadas del 30 al 50. Como dato ilustrativo.

 


* En Atenea, año XXVII, tomo XCIX, Nos 305-306, noviembre/diciembre de 1950.

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