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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  no.520 Concepción dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622019000200163 

RESEÑA

Larraín, Jorge. Populismo .

SEBASTIÁN GUTIÉRREZ 1  

MARCELO SANHUEZA 2  

1Doctor en Ciencias de la Administración. Profesor de la Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones en la Universidad Central de Chile, Santiago, Chile. Correo electrónico: sebastian.gutierrez@ucentral.cl

2Dr. © en Literatura, Universidad de Chile, Santiago, Chile. Correo electrónico: marceloivansanhueza@gmail.com

Larraín, Jorge. ., Populismo. ., Santiago de Chile: :, Lom ediciones, ,, 2018. ., 93p. pp., ISBN 978-956-00-1048-3

En este reciente libro Jorge Larraín, destacado sociólogo chileno, realiza una meticulosa revisión del concepto populismo que ha sido central en los debates políticos y de las ciencias sociales durante más de un siglo, produciendo una gran cantidad de obras que lo han tratado de explicar, pero sin proporcionar aún un significado preciso. Larraín plantea, entonces, que el objetivo de su libro es doble: "primero, contribuir a aclarar lo que se ha entendido por populismo dentro de las ciencias sociales; segundo, proponer una conceptualización que a partir de las discusiones teóricas anteriores contribuya a superar la gran cantidad de confusiones que existen sobre este término" (p. 11).

En el primer apartado analiza cómo la crisis económica del sistema exportador impactó social y políticamente en Latinoamérica a principios del siglo XX, propiciando una mayor participación en el sufragio e incentivando, desde los gobiernos, la movilización de las masas para no alterar el orden político (p. 14). Esto derivó en un populismo anti-aristocrático y pro-burgués, con una retórica radical y apasionada (p. 15).

En el siguiente capítulo el autor explora las tres principales teorías que explican el origen del populismo latinoamericano: las del análisis de clase marxista, la teoría de la modernización y la perspectiva postmarxista.

Dentro de la línea marxista, el populismo correspondía a los movimientos revolucionarios que no adherían al socialismo científico, que eran "una conjunción entre el Estado nacional popular (...) guiado por su líder y las masas conformadas por diversos sectores incapaces de hacer valer sus intereses por sí mismos (...) y se propone la idea del «pueblo» como nuevo sujeto revolucionario" (p. 18). Para esta postura, el populismo era dependiente del Estado e ineficaz para conseguir el poder político, pues en el Estado negociaban diversos grupos de interés y clases sociales que poseían objetivos contrapuestos (p. 22). El problema para los marxistas sería que el populismo provocaba una neutralización de la lucha de clases y un control de los trabajadores a través de la utilización de la noción de pueblo que excluye la condición de clase como factor político (p. 25).

En relación con la teoría de la modernización, Larraín apunta que el populismo es identificado en América Latina como una forma "de movilización política dentro del proceso de modernización" (p. 25), que expresa la evolución de una sociedad tradicional a una industrial. En esta tendencia destaca las aportaciones de Gino Germani y Torcuato di Tella, quienes percibieron al populismo como "una enfermedad o anomalía del proceso de transición a la modernidad que surge por la coexistencia no sincrónica de rasgos sociales e instituciones tradicionales y modernas en una sociedad en proceso de cambio" (p. 26). Para Larraín, los estudios del populismo propuesto por estos autores, si bien introdujeron interesantes puntos al debate, manifestaron una problemática central, pues el fenómeno no es "explicado en sí mismo, sino solo como un proceso que se ha desviado de una supuesta transición ideal, que es la europea" (pp. 31-32). Advierte, entonces, que tanto los análisis de clases como los de la modernización comparten, aunque por caminos diferentes, "la idea de que el populismo es una desviación del modelo paradigmático europeo, sea de su sistema de clases, sea de su transición a la modernidad. Ninguno de los dos construye sociológicamente una noción de pueblo" (p. 33).

En el subcapítulo dedicado al postmarxismo, Larraín destaca a la figura de Ernesto Laclau como el teórico que reivindica el populismo, a partir de una crítica de los modelos teóricos anteriores, al proponer "una perspectiva de clase no reduccionista que busca construir teóricamente el sujeto «pueblo»" (p. 34). En consecuencia, destaca que en esta vertiente el populismo conforma una nueva identidad colectiva que es el pueblo-bloque en el poer, que, para Laclau, es un significante vacío donde se vehiculizan variadas "demandas populares que pueden articularse con proyectos de clase diferentes" (p. 36). En el postmarxismo el populismo es un discurso de antagonismo frente al bloque del poder que no es una contradicción de clase, sino más bien de luchas populares-democráticas (p. 37). Así, el populismo se presenta como contrario de la clase dominante, aunque no siempre sea de izquierda o revolucionario, pues se puede articular de diversas maneras como en el populismo nacional burgués de Perón o en el socialista de Mao. (pp. 37-38).

En el capítulo siguiente, Larraín señala que su concepto de populismo es legatario de Laclau, aunque considera que necesita una mayor precisión, puesto que en este el populismo termina siendo equivalente a la política en general. Para Larraín, el populismo necesita tres factores para su definición que son desestimados por Laclau. Primero, "un liderazgo personal carismático que le da credibilidad y predispone a las masas a aceptar las interpelaciones popular-democráticas, siendo así constituidas como pueblo en contra del bloque gobernante" (p. 52). Segundo, para que el discurso del líder sea efectivo la "organización política partidaria que media su relación con las masas permita una relación directa entre el líder y sus seguidores sin que las estructuras administrativas partidarias, sean de carácter clientelista o burocrático, puedan interferir en esa relación" (p. 53). Por último, añade como condición "para la aceptación de las interpelaciones populares por las masas, que el Estado y la institucionalidad política no puedan acomodar ni satisfacer las demandas populares, que el bloque de poder no pueda o no tenga la capacidad de eliminar antagonismos transformándolos en simples diferencias" (p. 53).

En los últimos apartados Larraín intenta aplicar su teoría para analizar el populismo en las experiencias políticas de las últimas décadas. En tal sentido, señala que para que exista populismo "se requiere la constitución de una nueva frontera antagónica en la cual el sujeto pueblo se constituya por una acumulación equivalencial de demandas heterogéneas insatisfechas, antagonismos e identidades amenazadas" (p. 59). Será este el vector que orientará su examen del populismo en diversas coyunturas históricas actuales que se encuentra asociado con la emergencia de movimientos sociales indígenas, feministas, antirracistas, etc., cuyas demandas se pliegan a discursos populistas que interpelan a un nuevo sujeto pueblo movilizado (p. 60).

Larraín también realiza una enérgica crítica a la manipulación y extensión políticas y periodísticas que se ha producido del término populismo, en tanto lo reducen a una noción peyorativa sin una preocupación por comprender el fenómeno. Es empleado tanto por la derecha como por la izquierda para criticar a sus adversarios, considerándolo como un movimiento político o gobierno que "ofrece soluciones rápidas y fáciles (...) a problemas complejos que no pueden resolverse de esa manera" (p. 70). Indica asimismo que el populismo como ideología se ha extendido en el mundo a Europa y los Estados Unidos, sobre todo dentro de la ultraderecha (p. 72). El populismo de ultraderecha se caracteriza por resguardar una cultura nacional idealizada y el empleo ante una supuesta "inmigración descontrolada desde otras culturas que entran a competir con los trabajadores locales (...) desconfían de las prácticas corruptas y abusivas de las grandes corporaciones de negocios y sienten desprecio por los intelectuales y miembros de la élite" (p. 74).

Larraín observa que en América Latina, en cambio, predominan populismos de izquierda como en Venezuela, Bolivia y Ecuador, que se definen por haber intentado instaurar una democracia más participativa e implementar una serie de programas sociales para combatir la pobreza. Además, enarbolan una retórica "radical y antagónica contra una serie de enemigos y fuerzas que se le oponen (...) Continúan siendo antiimperialistas en el sentido más estrecho de oponerse a las políticas norteamericanas para la región" (p. 77). Otro aspecto en común es su reivindicación de un socialismo del siglo XXI que pretende la inclusión de los sectores excluidos a través de una democracia radical (p. 83). El problema, de acuerdo a Larraín, es que el populismo latinoamericano tiene una debilidad inherente al rol "hipertrofiado y carismático del líder con respecto a las masas (...) falta de autonomía de la organización política partidaria frente a la voluntad del líder y la incapacidad para acomodar las demandas populares" (p. 84).

Por último, el autor considera que el origen del populismo en América Latina es producto de dos razones principalmente, por un lado, debido a "la crisis de la democracia liberal y de la representación política; por otro lado, el resentimiento por la enorme desigualdad" (p. 87). Esto se debe a la concentración de poder en coaliciones de centroizquierda y centroderecha que tienen un consenso sobre el neoliberalismo como sistema económico único. Las masas perciben que sus demandas no son nunca representadas por la clase política, lo que provoca una desconfianza en la institucionalidad estatal y en el sistema electoral, buscando vías alternativas de movilización (p. 88). La desigualdad económico-social, advierte Larraín, genera un resentimiento que se expresa en la violencia de las movilizaciones sociales, un preocupante aliciente para que "surjan movimientos sociales de carácter populistas" (p. 91).

Pues bien, es en este punto de la argumentación que Larraín muestra sus mayores resquemores con respecto a la posibilidad de un gobierno populista en Chile que "vaya a repetir la experiencia de Venezuela, Bolivia o Ecuador" (p. 91). Para finalizar, el sociólogo reconoce que en el país existe una cantidad importante de demandas sociales que podrían derivar en un movimiento populista. Sin embargo, plantea que nuestro país presenta una solidez institucional y un orden de los partidos políticos mayor que en América Latina, que dificulta el surgimiento del populismo, aunque esto "no excluye otras formas de avanzar a un socialismo democrático ni posibles regresiones de derecha" (p. 93). De este modo, Larraín presenta una visión excepcionalista de Chile en relación con la región; pero, a diferencia de su precisión conceptual anterior, aquí no se preocupa por demostrar con un análisis histórico pormenorizado y documentado nuestra supuesta estabilidad política, reproduciendo acríticamente una parte de la historiografía chilena que ve en el orden portaliano una continuidad fundante.

Nos parece que de todos modos el ensayo de Larraín realiza un útil mapeo del término populismo y sus principales teorizaciones, proponiendo una conceptualización operativa que trata de sintetizar las diferentes perspectivas sobre el fenómeno. No obstante, en la parte final de su trabajo reproduce una visión negativa del populismo que él mismo condena, frente a un paradigma socialista e institucional que solo queda esbozado, pero no desarrollado.

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