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Atenea (Concepción)

On-line version ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  no.521 Concepción July 2020

http://dx.doi.org/10.29393/at521-13pdjc30013 

DOSIER

PRESENTACIÓN

1Ph.D. en Sociología. Académica de la Escuela de Sociología, Universidad de Valparaíso, Valparaíso, Chile. Correo electrónico: daniela.jara@uv.cl.

2Doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos. Investigadora postdoctoral, Instituto de Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. Correo electrónico: caaguilera@uc.cl.

3Doctora en Ciencias Sociales. Investigadora postdoctoral Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile, Santiago, Chile. Correo electrónico: lorelopez@ug.uchile.cl.

En abril de 2018, el Museo Histórico Nacional de Chile inauguró la exposición "Hijos de la Libertad. 200 años de Independencia, 1818-2018". La propuesta, según sus gestores, buscaba propiciar una reflexión crítica sobre la historia de Chile a partir de 1818, y en ella se revisaba de qué manera la historia republicana de nuestro país se había articulado en torno a los regímenes ideacionales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. La exhibición, de tipo genealógico, pretendía historizar los distintos discursos e imaginarios políticos que se han desplegado a lo largo de 200 años de vida republicana. En la primera exhibición, dedicada al discurso de la "libertad", la curatoría incluyó una frase de Augusto Pinochet, situando al dictador en una forma de afiliación y continuidad con otros personajes históricos, incluyendo, por ejemplo, a Salvador Allende y Gabriela Mistral, a quienes también se relacionaba con el discurso libertario.

La inclusión de Pinochet como uno de los protagonistas del discurso en torno a la libertad provocó el rechazo de distintos actores del debate público y suscitó una controversia que terminó con la destitución del director del Museo y con la clausura de la exposición. Sin embargo, este no fue el primer debate al respecto: algunos años atrás, ya habían tenido lugar otras controversias similares (Jara, 2013). Durante la inauguración del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en 2010, por ejemplo, se discutió intensamente sobre cómo historizar el pasado reciente, la relevancia de incluir en guion museográfico el período de la Unidad Popular para entender la dictadura cívico militar, y la importancia que tenía para algunos sectores el trabajo de contextualización del golpe de Estado. Esta discusión cada cierto tiempo resurge, adquiriendo distintos matices y énfasis.

Los debates sobre la representación están relacionados con el problema de la escritura de la historia reciente y los distintos modos de elaborar un pasado difícil: cómo se narra, quién narra y para qué. En palabras de Theodor Adorno (ver Adorno y Becker, 2017), se trata de cómo podemos elaborar la historia tras periodos que han conllevado procesos generalizados de deshumanización (o anti-civilización, en sus términos). Este tipo de dilemas recuerdan al Historiskerstreit, debate que se suscitó en Alemania Federal en torno al rol que tenía el Holocausto en la identidad nacional y sus implicancias para la historiografía. Durante este debate, que tuvo lugar cuatro décadas después de la Segunda Guerra Mundial, Jürgen Habermas (1989) acuñó el concepto de "el uso público de la historia" para aludir a la relación entre los modos de narrar la historia y los efectos políticos que esto tenía. Para Jeffrey Olick (2007), uno de los legados fundamentales de la intervención de Habermas fue que logró instaurar la idea de que los Estados deben llevar a cabo acciones de reparación, dándole un nuevo horizonte a la manera en que los Estados asumen su participación en la historia. Esta conciencia tuvo tal impacto que, según Olick, parte de la búsqueda de legitimidad política de los Estados en la producción de comunidades nacionales y posnacionales se tradujo desde entonces en el impulso de las "políticas de arrepentimiento" (comisiones de verdad, mea culpas, acciones de reparación) a nivel global.

En el caso chileno, los debates respecto del pasado dictatorial se han organizado en un campo de luchas en torno a la producción narrativa e interpretativa del pasado reciente (Jara y Aguilera, 2017). Los múltiples debates en torno al golpe militar y el rol de Pinochet han tendido a enfocarse, en una primera etapa (hasta hace un par de años), en los modos de justificación de los acontecimientos. Fueron clásicas las cartas públicas de historiadores como Gabriel Salazar y Aníbal Pinto -ambos premios nacionales de Historia- en los 90 y 2000 o las intervenciones en medios de comunicación de personajes públicos, como la directora de la DIBAM, Magdalena Krebs, en 2012. Sin embargo, en 2018, tras el último impasse, surgió un nuevo elemento en nuestro debate local: del antiguo foco en el problema del golpe de Estado, la atención pasó a estar en cómo se historizará a Pinochet, y cuál será el juicio reflexivo que estará en la base de dicha historización. Ello se expresó no solo en distintas manifestaciones de rechazo a la inclusión de la figura de Pinochet en la exhibición del Museo (o, por el contrario, en defensa de su presencia), sino también en un conjunto de columnas de opinión en las que se reflexionó sobre esta controversia y se abordó la importancia que se le asigna a la capacidad que tienen las representaciones de producir sentidos e interpretaciones históricas. Lo que muchas posiciones cuestionaron en estas columnas fue la aparente neutralidad con que la exhibición del Museo de Historia hacía referencia al dictador. Un elemento interesante de esta discusión fue la importancia que pasaron a tener las mediaciones de las distintas representaciones.

En este contexto, entre mayo y septiembre de 2018 las coordinadoras de este dosier invitaron a un conjunto de actores, intelectuales y académicos a un Ciclo de Cuatro Foros especiales en el marco del Coloquio Memorias en Conflicto, patrocinado por el Centro de la Cohesión Social y el Conflicto (COES), realizados en Santiago y Valparaíso. Propusimos a diversos actores culturales, ciudadanos y académicos que ahondaran en los distintos argumentos que permitieran entender, por una parte, las causas de la polémica, pero que, por otra parte, también dieran elementos para justificar sus respectivas interpretaciones sobre la exhibición. La respuesta fue entusiasta, quedando en evidencia además que los asuntos ético-políticos, sociológicos, culturales e historiográficos resultan trasversales e ineludibles al problema de la representación de la historia y su uso público en sociedades posconflicto. Las intervenciones en los foros dan cuenta de que el debate trasciende el impasse del Museo Histórico, e incluso va más allá del problema de la contextualización del golpe de Estado. De esta forma, se discutieron problemas tan amplios y complejos como la representación de los perpetradores de violaciones de derechos humanos, la relación entre representación y poder, las maneras de narrar la historia y las implicancias éticas de los distintos modos de representación y mediación en los museos, productos culturales y lugares de memoria.

El presente dosier expresa la preocupación por los efectos públicos del debate desplegado a través de los foros, al publicar algunas de las intervenciones que en ellos efectuaron las y los exponentes. Si bien arranca desde los hitos que inspiraron esta controversia, no se agota en ellos, sino que incluye múltiples dilemas y desafíos que la constituyen y que resultan iluminadores para pensar en un futuro próximo la historización del presente, y alguno de sus hitos más significativos como el reciente 18 de octubre. Por un lado, se plantean preguntas y reflexiones vinculadas a la museología y la museografía, en particular cuando se trata de museos históricos nacionales en contextos de transformación política y cultural: ¿cuál es el rol de los museos públicos en la elaboración de los pasados de violencia política y en la creación de discursos oficiales sobre la historia reciente en un contexto posnacional? Esta pregunta se sitúa en las transformaciones e interrupciones que ha tenido la museología crítica en nuestro país, en el contexto particular de los debates posdictatoriales, pero también específicos al campo cultural, en que tanto las audiencias como las plataformas de exhibición y difusión han experimentado intensas transformaciones. Por otro lado, surgen debates en torno a los regímenes y políticas de representación de pasados recientes, donde tanto la experiencia de Chile como de Alemania son abordadas como escenarios para un estudio de casos: ¿cuáles son las implicancias y consideraciones para la representación de perpetradores de violaciones a los derechos humanos en espacios públicos?, ¿de qué forma estos problemas han sido abordados en distintos casos?, ¿cuáles son los límites y dilemas éticos de la representación de conflictos políticos de gran violencia?, y por último, ¿cuál es el rol de las nuevas generaciones, incluyendo a historiadores, productores culturales y nuevas audiencias, en su interpretación y mediación?

En esta primera versión del dosier se presentan cuatro de las intervenciones de los foros. El trabajo de Andrés Estefane y Luis Thielemann discute la importancia de los marcos culturales y políticos desde los cuales se lee el pasado. En su texto argumentan que es necesario desmarcarse de una lectura del pasado reciente en clave transicional. Según proponen los autores, uno de los problemas centrales de la polémica del Museo Histórico fue que se utilizó la metáfora del monstruo, y, por lo tanto, de lo irrepresentable, para referirse a Pinochet. Estefane y Thielemann argumentan que esto constituye una simplificación del pasado, y reproduce una práctica que atribuyen a los gobiernos posdictatoriales: el asociar todos los males de la dictadura a la responsabilidad exclusiva del dictador. Esta operación permitió, por un lado, exculpar a otros sujetos históricos de la responsabilidad política del conflicto, y por otro, invisibilizar verdades incómodas, como la de vecinos delatores, proletarios enrolados en la DINA y la CNI, políticos conversos, y pobladores que votaron por el Sí en 1988. Por el contrario, los autores argumentan que es necesario complejizar la historia e intentar explicar la dictadura sin reducirla a la figura monstruosa de Pinochet, asumiendo que la violencia no fue un rasgo barbárico, sino que, por el contrario, cumplió una función racional en la materialización del proyecto histórico del régimen. En la segunda parte del artículo, Estefane y Thielemann profundizan en el concepto de libertad que promovió la dictadura de Pinochet, indicando que tiene muchas reminiscencias del concepto que estuvo en la base del modelo económico de los gobiernos transicionales. Este texto escrito casi un año antes del 18 de octubre, cobra relevancia con el estallido social, crisis que dio cuenta de la crítica a la transición política y evidenció cómo en estas décadas se perpetuó en la práctica el modelo de democracia protegida de Pinochet.

El texto de Omar Sagredo y Daniel Rebolledo describe las distintas formas en que los perpetradores de violaciones de derechos humanos aparecen en los dispositivos de visita disponibles en el sitio de memoria Parque por la Paz Villa Grimaldi, primer ex recinto recuperado como lugar de la memoria en el Cono Sur. La presencia de los perpetradores en audioguías, guiones de visitas y recursos museográficos expresa la diversidad de posiciones ejercidas por estos en su relación con la violencia y las propias víctimas. Las decisiones adoptadas en torno a cómo disponer la imagen y presencia de los perpetradores en el espacio físico del sitio de memoria, contribuyen a pensar en la relación entre los visitantes y el lugar, por cuanto en ellas se consideró la percepción de las personas que visitan el sitio. No obstante, los autores advierten que la incorporación de la figura de los perpetradores a la narrativa del espacio se encuentra en construcción, por cuanto tensiona las funciones asociadas a la reparación simbólica, dirigida principalmente a las víctimas, con aquellas destinadas a la pedagogía, más orientadas a público general.

Por su parte, Michael Lazzara presenta un análisis de un fenómeno relativamente nuevo y a su vez poco explorado en los estudios culturales sobre las memorias generacionales: las producciones culturales de descendientes de perpetradores de crímenes de violaciones a los derechos humanos. Esto lo realiza recurriendo al análisis de dos filmes producidos, uno por el hijo de un agente de la CNI (El color del camaleón, 2017), de Andrés Lübbert, y el otro por la sobrina de una agente de la DINA (El pacto de Adriana, 2017), de Lissette Orozco. Recurriendo al concepto de "sujeto implicado" el autor propone que ambos filmes serían una búsqueda identitaria que da cuenta de la complejidad que tiene el situarse en una zona gris entre víctima y victimario. Sin embargo, en ambos casos, los documentales buscar ubicar al agente en el lugar de la víctima o del victimario, intentando resolver la ambigüedad que presenta el personaje. El autor del artículo destaca, a su vez, que las dos películas entran en tensión con el lenguaje del perdón y exploran sus límites y posibilidades en el espacio familiar.

Por último, el artículo de Daniela Jara ofrece un análisis sobre la forma en que los perpetradores aparecen en las narrativas de los informes de verdad elaborados por iniciativa del Estado chileno tras el fin de la dictadura. Dirigidos al establecimiento de una verdad oficial centrada en el reconocimiento de las violaciones a los derechos humanos y las víctimas, los informes lograron posicionar una lectura histórica sobre el contexto y las circunstancias en que se perpetraron esos crímenes, pero incluyendo referencias a los victimarios que evitaron su individualización y que los posicionaron de manera ambivalente. Frente a ello, el artículo reconoce las contra-narrativas que la sociedad civil ha producido para componer la figura del perpetrador, restituyéndoles identidad y sanción pública por el daño contra las víctimas. El ejercicio limitado de una condena moral y jurídica emprendido por el Estado en los informes, derivó en la necesidad de explorar otras vías que en el artículo se ejemplifican a través de impugnaciones y narrativas alternativas por parte de historiadores, la organización de "funas" a victimarios, películas y documentales, entre otros. De esta manera se advierte que es importante observar cómo en la vida social el tratamiento del pasado y sus consecuencias éticas y morales, trasciende los mecanismos transicionales de los que se dotó el Estado para lidiar con el pasado de violencia y atrocidad.

REFERENCIAS

Adorno, T. y Becker, H. (2017). Educación para la emancipación: conferencias y conversaciones con Hellmut Becker. Madrid, España: Ediciones Morata. [ Links ]

Olick, J. (2007). The Politics of Regret. On Collective Memory and Historical Responsbility. New York, United States: Routledge. [ Links ]

Habermas, J. (1989). On the Public Use of History, en S. Weber Nicholsen (ed. y trad.). The New Conservatism Cultural Criticism and the Historians'Debate. Cambridge, United Kingdom: Polity. [ Links ]

Jara, D. (2013). A propósito del Museo de la Memoria: El debate de los historiadores y el uso reflexivo de la historia. Revista Observatorio Cultural 17, 4-8. [ Links ]

Jara, D. y Aguilera, C. (2017). Pasados inquietos. Dilemas en torno al lugar de los perpetradores en las sociedades postconflicto. En Jara, D.; Aguilera, C. (eds.). Pasados Inquietos (pp. 8-15). Santiago, Chile: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos; Foro Urbano. [ Links ]

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