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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  no.522 Concepción dic. 2020

http://dx.doi.org/10.29393/at522-93pdnc20093 

DOSIER

Centenario UdeC / Centenary UdeC

PRESENTACIÓN

NOELIA CARRASCO HENRIQUEZ1 
http://orcid.org/0000-0001-5560-9866

CLARA PARRA TRIANA2 
http://orcid.org/0000-0002-5590-4635

1Doctora en Antropología Social y Cultural. Académica de la Universidad de Concepción, Concepción, Chile. Correo electrónico: noeliacarrasco@udec.cl.

2Doctora en Literatura Latinoamericana. Académica de la Universidad de Concepción, Concepción, Chile. Correo electrónico: claraparra@udec.cl.

Pensar la universidad como espacio clave en la configuración del mundo occidental moderno y contemporáneo, de nuestras propias realidades, es una tarea necesaria y apremiante en estos tiempos. Esta tarea se ha hecho más urgente en el actual contexto de crisis que afecta a las sociedades y paradigmas del conocimiento juzgados como válidos o verdaderos. Se trata de un contexto sumamente desafiante, donde se buscan nuevos acuerdos, nuevos consensos para la convivencia en tiempos de elevada incertidumbre. Por tal motivo es que en este dosier de la revista Atenea, nos proponemos instalar un espacio de discusión que aborde la institución universitaria, ofreciendo diversas miradas en torno al lugar que esta ha tomado en las coordenadas políticas y culturales desde diversas perspectivas. Abrimos así, en este número, un espacio para indagar en nuestra propia historia y circunstancias como académicas de una universidad centenaria, en los significados más profundos que desde acá se pueden generar y que se traducen cotidianamente en la provisión de formas de conocer, de producir y valorar los conocimientos científicos, en la promoción de unos u otros modelos de economía y sociedad, y de condicionantes de identidad críticos en sociedades que anhelan progresos no solo económicos sino sobre todo humanos.

En torno a la universidad prevalece actualmente un conjunto de interrogantes como: ¿qué rol han jugado estas instituciones en el devenir histórico de los Estados y territorios?, ¿de qué manera el compromiso originario de la universidad con el progreso y el desarrollo basado en el crecimiento económico y la expansión tecnológica ha acompañado la trayectoria que el propio modelo global ha impulsado hacia sistemas de producción más sustentables y menos extractivos?, ¿de qué manera transitamos epistemológicamente desde un paradigma de universidad centrado en el conocimiento experto hacia un paradigma de universidad plural, abierta y respetuosa de otros modos y tipos de conocimiento?, ¿cómo apoyamos tanto la trayectoria del progreso y el desarrollo económico, como la creación y el diseño de otros paradigmas de sustentabilidad?, ¿qué rol deberían jugar hoy las universidades como instituciones y los/las académicas/os como partes de un sistema social, económico y ecológico en crisis?, entre otras.

Aquellas preguntas que acompañan el esfuerzo por abordar la cuestión de la universidad desde diferentes lugares de enunciación nos llevaron a plantear una invitación a detenernos a pensar en las posibilidades de comprender la universidad en los actuales tiempos de crisis. Esta invitación implica, a su vez, el compromiso ético básico de contribuir con los desafíos que enfrentan en la actualidad los modelos de organización y administración del saber. En este sentido, asumimos que se trata de un espacio para avanzar en la promoción del encuentro de miradas pluridisciplinares sobre la universidad, sobre los modelos de producción y distribución del conocimiento que ella instala, y sobre las dinámicas de control político y económico que ofician sobre la institucionalidad académica.

En el marco de lo anterior, la reflexión que aborda a la universidad como agente perteneciente a un modelo de sociedad heredado de la modernidad europea, e instalado en territorios disputados y muy diversos, cuenta hoy con nuevos argumentos. Si concordamos en que la universidad -en las historias particulares que la conforman- configura un entramado sociocultural y político mayor, la comprensión de su rol en el marco de un proyecto histórico basado en el estatus social de la ciencia normal permite dar cuenta de la creación y consolidación de diversas prácticas que hoy afectan al mundo social que habitamos. Esto incluye también la creación y reproducción generacional de tradiciones científicas que han proporcionado una base cultural y epistémica sólida, pero excluyente y cerrada, no siempre suficiente para responder a los nuevos dilemas. En efecto, la universidad como institución trajo consigo la consolidación del poder que el Estado otorga a los valores de la ciencia y la intelectualidad, en el camino al progreso de una nación. En esta alianza gestacional, la universidad adhiere en todos los casos al proyecto republicano del Estado moderno, fundamentado en la razón eminentemente científica y la consecuente invisibilización de otras racionalidades. Para el caso de la Universidad de Concepción, es ampliamente reconocido que su origen resultó del esfuerzo de un conjunto de individuos emprendedores que procuraron para la provincia la creación de un espacio para "el desarrollo libre del espíritu" (en directa filiación con la herencia de las luces). Su fundación en 1919 se sostiene en un compromiso férreo con los principios del progreso y la intelectualidad, haciendo de la Universidad el mecanismo para abrir nuevas posibilidades al conocimiento científico y humanístico. En este compromiso, se destaca el interés por hacer de la Universidad de Concepción un espacio para abrirse más allá del positivismo y así pensar desde la realidad social, comprendiendo que el progreso no puede ser solo material sino que debe ir acompañado de la formación artística y cultural.

La Universidad se concibe así, desde sus orígenes seculares, como un espacio para el desarrollo de las ideas, la creación artística, el apoyo de la creatividad y la generación de conocimientos diversos con perspectiva social. En este compromiso, la Universidad instalada en los territorios ribereños y costeros del Biobío, sienta las bases de su rol preponderante en la expansión de la modernidad.

Desde este punto de vista, la formación universitaria constituyó para las generaciones anteriores a la nuestra el principal espacio para imaginar y construir el futuro. Con este objetivo, las universidades se han enfrentado al cumplimiento de metas materiales, relativas a la superación del subdesarrollo, pero también al cumplimiento de metas referidas a valores, en las que lo humano sea la razón de ser del conocimiento. Estas últimas se expresan en significados sociales compartidos históricamente, que hacen de la universidad una opción -todavía- privilegiada para ingresar al mundo del trabajo. Esta injerencia cultural de la universidad en la construcción de itinerarios de vida en nuestras sociedades acompaña la historia del siglo XX en América Latina, pues ha cumplido un rol estratégico en la reproducción de este modelo dominante definido por la búsqueda del bienestar económico basado en el desarrollo de las ciencias y las técnicas. En este proceso, las ciencias integradas en el proyecto universitario fueron consolidando su estatus político y social, mientras las disciplinas se siguieron fragmentando, por lo que solo a fines del siglo XX comenzamos a ser testigos de una academia que se cuestiona a sí misma y que, como consecuencia, ha comenzado a perseguir enfoques interdisciplinarios menos aferrados a los resultados disciplinares que a la posibilidad de producir investigación científica situada y dialogante.

Sería imposible negar que este imaginario cultural que posiciona a la universidad como un referente de conocimiento y estatus social se mantiene profundamente arraigado en nuestros contextos culturales e históricos hasta la actualidad. Dentro de este marco de valores, la universidad se convirtió en un objetivo, un horizonte que aseguraba a quienes pasaban por ella un rol social a través del ejercicio de una profesión y a su vez permitía avizorar un mejor futuro, más cercano al menos, al progreso económico y social. Si bien este marco ideológico prevalece -como decíamos- fuertemente arraigado en algunas clases y sectores de la sociedad actual, también podemos observar, hoy por hoy, la apertura de nuevos espacios y oportu nidades para hacer de la universidad un agente histórico que trascienda a su compromiso con los modelos de desarrollo centrados en el predominio del capital. Las reflexiones que apuntan en este sentido nos permiten comprender que actualmente podríamos estar transitando desde un modelo de universidad decimonónica centrada en el desarrollo disciplinar hacia un modelo de universidad compleja, articulada con sus territorios, acompañante y facilitadora de procesos tecnológicos y culturales. Esto se puede ver reafirmado cuando comprendemos que las universidades se enfrentan hoy a los dilemas de la administración empresarial y la competencia, teniendo que jugar no solo con las reglas del Estado y la sociedad, sino también con las reglas del mercado, para asegurar su sobrevivencia. Bajo esta racionalidad, la misión central de producir y compartir conocimiento se ve condicionada a realizarlo conforme a estandarizaciones que le aseguran el consumo de su oferta. Esto afecta también a la investigación, dando lugar a numerosos debates en torno a la democratización del conocimiento y la emancipación del compromiso académico de modelos extractivistas y neoliberales.

En su conjunto, estos debates ofrecen hoy la posibilidad de refrescar los anquilosados estilos de trabajo académico tradicional, centrados aún en la profundización monodisciplinaria e híper especializada y no en la articulación de nuevas preguntas y múltiples capacidades. Estos debates favorecen la recuperación de un sentido crítico en la relación de las universidades con sus entornos socioculturales y geográficos, lo que esperamos redunde en la actualización de sus compromisos con los nuevos desafíos instalados por renovadas epistemologías decoloniales, feministas y socioecológicas.

Las reflexiones que acá compartimos arrojan la visión de los propios académicos sobre el mundo del trabajo universitario, sobre sus compromisos, sus lógicas, sus protocolos. Llama particularmente la atención que en las reflexiones sobre la universidad viene ganando mucho más peso simbólico todo el conjunto de tareas asociadas a la investigación, mientras que las asociadas a la enseñanza han sufrido una notoria desaparición. Tal parece que las urgencias de nuestro rol como académicos/as se han desplazado hacia las lógicas de la (auto)gestión investigativa, lo cual no parece ir siempre de la mano con la efectividad de la comunicación, transmisión y cultivo de esos conocimientos. Aprovechemos la ocasión para cuestionarnos al respecto.

Por todo lo anterior es que este número, a pesar de ofrecerse a propósito de los 100 años de inauguración de la Universidad de Concepción, no es un volumen conmemorativo. Ya contamos con todo un año de diversas celebraciones en las que se resaltó la gran tarea que a nivel comunitario, nacional e internacional se ha desarrollado desde acá. Este es el momento para detenernos y hacer una evaluación crítica de lo que significa la institución que por comodidad llamamos "espacio" universitario. Y es que el entrecomillado no es gratuito, sobre todo ahora que el locus universitario se ha expandido, integrado y diseminado en las prácticas de la educación virtual y el teletrabajo, que fungen como alternativas apremiantes en estos tiempos de crisis sanitaria mundial. Hoy más que nunca, la humanidad entera se cuestiona sobre el lugar que ha ocupado y si será posible seguir ocupándolo del mismo modo, tratando quizás de corregir los errores pasados mediante pactos comunitarios y ecológicos genuinos. La Universidad de Concepción ha de tener mucho que aportar al respecto: es su derecho y su deber.

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