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Atenea (Concepción)

On-line version ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  no.522 Concepción Dec. 2020

http://dx.doi.org/10.29393/at522-95acgc10095 

DOSIER

Centenario UdeC / Centenary UdeC

APORTES PARA UNA CRÍTICA DIALÉCTICA DE LA RELACIÓN ENTRE UNIVERSIDAD Y NEOLIBERALISMO DESDE LA EXPERIENCIA DE LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS ARGENTINAS

CONTRIBUTIONS FOR A DIALECTIC CRITIQUE OF THE RELATION BETWEEN UNIVERSITY AND NEOLIBERALISM: THE EXPERIENCE OF ARGENTINIAN PUBLIC UNIVERSITIES

1Doctora en Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales; Instituto de investigaciones Gino Germani; CONICET. Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: giselacatanzaro@yahoo.com.

Resumen:

Este artículo indaga la relación universidad-sociedad a partir de la experiencia argentina en una coyuntura global marcada por un neoliberalismo de nuevo cuño. El primer apartado se concentra en dos rasgos de las tendencias ideológicas social y políticamente dominantes que las universidades podrían problematizar, pero que, simultáneamente, afectan a su propia configuración interna: economización y anti-intelectualismo. Atendiendo a la presencia de ambos en la propia lógica de las universidades, en el segundo apartado se sostiene que cualquier potencial crítico que la universidad pueda desplegar respecto del presente neoliberal estará intrínsecamente asociado al desarrollo de un proceso reflexivo sobre sí misma -al desarrollo de una crítica social del conocimiento. Asimismo, se sostiene, no obstante, que esa reflexividad crítica no ha sido ajena a las prácticas efectivamente sostenidas, en Argentina, por universidades públicas que en las últimas décadas han planteado el problema de su contribución a la democratización de la sociedad en términos que trascienden la mera elaboración de técnicas eficaces, y que ese hecho debería ser tenido en cuenta por una crítica dialéctica de una universidad donde no todo es neoliberalismo

Palabras clave: Universidad pública argentina; autonomía; crítica de la ideología; neoliberalismo; anti-intelectualismo

Abstract:

This article reflects on the relationship between university and society in the global context of a revamped neoliberalism. The first section focuses on two features of nowadays dominant ideology whose critique could be undertaken by university but at the same time affect its own inner configuration: economization and anti-intellectualism. Taking into account the immanent presence of neoliberalism in the university, the second section argues, on the one hand, that any critical potential of the later towards society will be tied to a process of critic self-reflection on itself, that is to say, to a social critique of knowledge. And on the other, we argue, nevertheless, that the questioning of its role in the democratization of society has not been absent of the cluster of practices constitutive of Argentinean public universities in the past decades. The fact that even in a university affected by neoliberalism not everything is neoliberal, should be accounted for by a dialectic critique of contemporary university.

Keywords: Argentinean public university; autonomy; critique of ideology; neoliberalism; anti-intellectualism

INTRODUCCIÓN

La imagen de un diálogo entre universidad y sociedad y la pregunta por la posibilidad de un pensamiento crítico se hallan históricamente anudadas. Si el diálogo evoca la idea de una comunicación entre ambas, reclama asimismo el presupuesto de una autonomía de la universidad que, precisamente porque no se identifica sin más con la sociedad tal como esta viene dada, puede sostener una relación reflexiva y crítica con ella. Durante los siglos XIX y XX, no obstante, la tradición del pensamiento crítico perseveró en una interrogación respecto de aquello que, en estas figuras del diálogo y de la autonomía de lo intelectual, había de ideología, de pretensión y ofuscación del pensamiento frente a sus efectivos condicionamientos sociales e históricos. Desde una tradición materialista más o menos próxima a Marx que no por ello dejaba de heredar de un modo singular a Nietzsche, tanto la imagen de una pacífica e irrestricta funcionalización social de la universidad, como el supuesto o la búsqueda de su incontaminación frente a la sociedad, pasaron a constituirse en objetos de la crítica de las ideologías: en el primer caso, porque se exigía la acomodación de aquella respecto de lo socialmente vigente y así lo devenido resultaba consagrado como horizonte insuperable del pensamiento y de la práctica social; en el segundo, porque se perpetuaba la idea de un espíritu absoluto y garantizado en su distancia respecto de los avatares del mundo e inmune a su crisis.

En nuestro propio presente, un índice del carácter ideológico de esa confianza viene dado por la insistencia de la pregunta sobre la universidad, por sus potenciales críticos y sus límites, en un momento de crisis y reformulación punitivista del capitalismo neoliberal. Esta interrogación, que formulamos mayormente en espacios universitarios, está ella misma afectada por la historia; lo está en tanto pregunta, y no solo en el nivel de los contenidos que pone en juego. Si hoy preguntamos por la posibilidad de un diálogo entre universidad y sociedad, lo que está en cuestión no es solo el problema "comunicacional" de cómo hacer llegar una supuesta mirada crítica de la universidad a la sociedad en un momento de crisis, sino, sobre todo, cuáles serían las condiciones en que tal mirada crítica podría llegar a constituirse. Preguntamos por la universidad porque su existencia en tanto instancia crítica ha dejado de ser evidente y, sin embargo, la crítica del presente resulta necesaria. La pregunta por una universidad crítica emerge, así, en un momento determinado, un momento crítico en el que parece más necesario que nunca no solo resistir sino oponer, también desde la universidad, formas de praxis novedosas a las tendencias sociales y políticas dominantes. Pero si la práctica crítica no se concibe solo como un pensamiento sobre un cierto estado del mundo sino también como una práctica emergente de ese mismo estado, su inmunidad frente a él ya no está garantizada. Así se trama el estatuto paradojal que acosa a toda práctica crítica atenta a los acontecimientos históricos que la suscitan: mientras un tipo de pensamiento que se pretendiera intacto frente a la crisis del presente necesariamente reproduciría la ilusión de independencia del espíritu que caracterizó al idealismo, a la inversa, al saberse afectado por ese estado en que procura intervenir críticamente, no podría dar por descontado su derecho a la existencia, y ni siquiera a esta última sin más (ver Adorno, 2002).

El presente artículo querría sostener la idea de que hoy, para un pensamiento crítico, no resulta evidente que haya universidad autónoma que defender y, simultáneamente, que tampoco es posible asumir este realismo presuntamente radical como punto final del análisis. Si la crisis de la confianza en la existencia de un pensamiento crítico en nuestras instituciones universitarias dista de ser pura pérdida, al desilusionado diagnóstico de funcionalidad irrestricta de la universidad respecto del entramado social en que ella está inscripta debería seguir una consideración de la institución universitaria dispuesta a auscultar sus tensiones internas, esto es, la coexistencia en ella de prácticas incoherentes entre sí e incluso contradictorias respecto de la neoliberalización de la vida en el mundo contemporáneo.

Precisamente porque reconoce aquella inscripción social e histórica, la lectura de las relaciones entre universidad y sociedad que propondremos aquí no se plantea como una reflexión sobre la universidad en todo tiempo y lugar, sino que asume su carácter situado. Situado en un cierto estado epocal del mundo que, con intensidad diversa, afecta todas las formaciones sociales del presente y todas las prácticas que las constituyen. Pero situado también en instituciones universitarias específicas, cuya singularidad resultaría aplanada en una alusión general a la universidad. La experiencia que en este texto suscita la reflexión sobre universidad y sociedad es la de las universidades públicas, gratuitas y masivas de Argentina durante las últimas décadas; instituciones perpetuamente al borde del ahogo presupuestario y cuyas porosas fronteras no resisten ni la imagen de una perfecta reconciliación con las lógicas "exteriores" del mercado, ni la de una interioridad estable e impoluta consagrada a ritos de iniciación ininteligibles para el resto de la sociedad. Respecto de las tendencias socio-políticas más generales en cuyo seno la universidad, así como sus eventuales intervenciones, resultan pensables hoy, creemos que se impone la caracterización de una coyuntura ideológica marcada por la neoliberalización de la vida social, pero donde lo "neoliberal", lejos de mantenerse como un término constante, precisa ser conceptualizado en una diversidad de inflexiones.

El primer apartado considera dos rasgos de las tendencias ideológicas dominantes en la actualidad respecto de los cuales se podría esperar una intervención crítica de la universidad, pero que al mismo tiempo constituyen determinantes sociales presentes en su propia configuración interna: economización y anti-intelectualismo. Si el primero representa un rasgo clásico del neoliberalismo, el segundo parece profundizarse drásticamente con el "giro punitivo" de la ideología neoliberal producido luego de la crisis financiera de 2008 y cuyos efectos se sobreimprimen a la precarización de la autonomía concomitante tanto al avance de las políticas económicas neoliberales como a los efectos de la economización en el plano ideológico. Atendiendo a la presencia de ambos rasgos en la propia lógica de las universidades y de las instituciones dedicadas a la investigación en Argentina, en el segundo apartado se sostiene que cualquier potencial crítico que la universidad pueda desplegar respecto del presente neoliberal estará intrínsecamente asociado al desarrollo de una crítica social de la universidad. Pero también que esa reflexividad crítica no es radicalmente ajena a las prácticas efectivamente sostenidas en una universidad pública obligada a tematizar la relevancia social del conocimiento en términos que trascienden la mera elaboración de técnicas eficaces, y que se plantea el problema de su contribución a la democratización de la sociedad.

Al interrogarse por los modos en que está afectada de sociedad y por su relevancia social, aún la universidad argentina neoliberalizada sostiene en su seno una brecha que la des-identifica con la mera reproducción. Una institución universitaria que no pueda pensar su participación en la reproducción y en la transformación social, difícilmente podrá resultar hospitalaria a la formación de un pensamiento crítico, por muy elaborados e inmanentemente informados que sean los resultados de sus investigaciones. La cuestión es cómo exige ser leída una universidad que no deje de hacer algo de todo esto. ¿Ganaremos capacidad crítica reconociendo a la universidad contemporánea como un monolítico dispositivo neoliberal, o resultará más productivo tratarla como un objeto no idéntico a sí mismo e inmanentemente habitado por el conflicto político? Es este último tipo de tratamiento el que, siguiendo una sugerencia de Theodor Adorno, mentamos con el nombre de dialéctica, entendiéndola como una modulación de la crítica orientada a "disolver la rigidez del objeto fijado aquí y ahora" y que lo convierte en "un campo de tensión de lo posible y lo real" (Adorno, 2001, p. 20).

INFLEXIONES DEL NEOLIBERALISMO: DE LA ECONOMIZACIÓN DESPOLITIZADORA AL ANTI-INTELECTUALISMO MILITANTE

Si desde una perspectiva socioeconómica el neoliberalismo a menudo se ha asociado a procesos de privatización con efectos des-solidarizantes objetables fundamentalmente por sus tendencias a la anomia y sus consecuencias disolventes en lo social (Streeck, 2017), desde enfoques que ponen el acento en las nuevas formas de subjetividad y en las relaciones sociopolíticas predominantes en las sociedades postfordistas ha sido enfatizada, en cambio, la necesidad de tematizar críticamente sus aspectos normativos. Desde esta perspectiva, incluso para desplegar una crítica de la des-solidarización social, es necesario atender a los modelos de individuo, comunidad y justicia que el neoliberalismo produce. En este sentido Wendy Brown (2005) ha caracterizado como un rasgo central de lo que ella llama "racionalidad neoliberal" la extensión y diseminación de la lógica del mercado a todas las instituciones y a toda la acción social a través de la promoción activa de políticas en tal sentido. Aunque siguiendo a Foucault Brown piensa al neoliberalismo como un gobierno de las prácticas que opera en un nivel que podríamos llamar sistémico, ella enfatiza -y esto resulta central para no perder de vista lo que hay de política activa en el neoliberalismo- que esta expansión de la racionalidad económica a todas las esferas de la vida social no es asumida por sus partidarios como un simple dato de la realidad o un rasgo de la naturaleza humana. Por el contrario, la razón política neoliberal sostiene que esa racionalidad de mercado debe ser activamente impulsada en tanto resulta más deseable que otras: para el neoliberalismo la competencia, el mercado y la racionalidad económica no son naturales; son buenas y deben ser promovidas.

Esta dimensión normativa de la racionalidad neoliberal, que se materializa en la expectativa de que toda acción (y no solo la actividad económica) pueda ser sometida a una consideración en términos de beneficio y siguiendo un cálculo de utilidad, la aproxima, pero también la distancia del momento liberal del capitalismo. En la situación actual decaería la posibilidad de una tensión entre distintos criterios de acción que, al ser parciales, enfrentaban todavía a las sociedades industriales avanzadas a la eventual discrepancia interna entre comportamientos morales, económicos, asociativos, etc. Por el contrario, al ser interpelado el sujeto moral exclusiva y coherentemente como un emprendedor -señala Brown- el individuo queda afectado en su potencial de autonomía. Su capacidad de deliberación racional entre cursos de acción alternativos, la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades por las consecuencias de las mismas, es identificada sin más con su pura capacidad de autoconservación y con la obligación de satisfacer sus propias necesidades y ambiciones.

Siguiendo el planteo de Balibar (2013) en su crítica a Brown, consideramos que ese aplanamiento neoliberal de las condiciones de posibilidad de la autonomía subjetiva que esta autora ha descripto con suma agudeza, no debe ser sin embargo interpretado como una destitución ética consumada sino como una tendencia, en conflicto con otras, y posible además de ser tematizada apelando al concepto de ideología. La neoliberalización de la vida se verificaría, en este sentido, como la dominancia conflictiva de una cierta sensibilidad social emprendedorista y anti-intelectual, más difusa e incoherente que una doctrina y que opera de modo privilegiado como experiencia vivida (Althusser, 1988), constituyéndose y manifestándose a través de un conjunto de prácticas, disposiciones y presuposiciones subjetivas, no necesariamente conscientes ni coherentes entre sí. Como enfatiza Judith Butler (2017), lejos de imponerse linealmente, esa tendencia a la precarización de la autonomía no consigue realizarse, en el neoliberalismo contemporáneo, sino a través de una reapropiación ideológica de la figura del individuo autónomo que, reducida a la autosuficiencia e identificada con la habilidad del individuo para navegar sobre los impedimentos interpuestos a su prosperidad, busca tornar ilegibles los lazos que nos unen a los otros. Con la expansión tendencial de la racionalidad de mercado y de la ideología de la autosuficiencia, la autonomía individual querría ser disociada -sostiene Butler- de su imbricación en procesos transindividuales, y esto no solo tiende a encubrir una efectiva precarización -desigualmente distribuida y socialmente administrada- de las sociedades, sino también a precarizar la posibilidad de una sociabilidad democrática en múltiples planos, entre ellos: la reducción del interés vital del individuo a su vida privada (des-solidarización y familiarismo); la reducción de las ideas de autonomía y responsabilidad subjetiva a la obligación de autosuficiencia personal por parte de un individuo que será considerado único "culpable" de su suerte (hiper-responsabilización); y la reducción del juicio moral y político -pero también de otros criterios como el del valor de verdad, central en la producción de conocimiento- en función de un cálculo costo-beneficio según el cual el otro tiende a ser decodificado en términos de una real o potencial amenaza para la propia auto-conservación (homogeneización normativa en sentido mercantil y punitivismo).

En Argentina, aunque el protagonismo de la figura del "emprendedor" es relativamente reciente, se podría decir que la expansión de los valores del mercado como lógica social universal resulta fuertemente impulsada con la "apertura al mundo" y la aplicación de medidas neoliberales en la economía durante las presidencias de Carlos Menem1. En esa década de 1990, la legitimación tecnocrática de las políticas implementadas y la imposición de los parámetros de eficiencia y competitividad como paradigma de la distribución racional de los recursos convergieron en situar la racionalidad económica como único criterio válido de juicio de prácticas extra-económicas, incluyendo la producción de conocimiento. Por la vía de la aplicación, a nivel nacional, de estándares internacionales de evaluación de los investigadores y de la "calidad" de la educación superior, por aquellos años tanto el sistema universitario como las instituciones dedicadas a la investigación tendieron a ser reconfigurados de acuerdo a las exigencias de productividad de un nuevo mercado académico. En sus términos, comenzó a hablarse más de "recursos y capital humano" -y menos de estudiantes, docentes e intelectuales-; se tendió a ponderar más la indexación y citabilidad de las publicaciones -y menos su contenido o su dispar capacidad para generar debates en y más allá de "la academia"-; y, a nivel subjetivo se impuso, en el lugar de la búsqueda desinteresada de conocimiento pretendida por la modernidad, la exigibilidad de la "gestión", por parte de los docentes-investigadores, de sus carreras académicas, cuyo éxito o fracaso pasó a ser abiertamente juzgado en el léxico de los emprendedores: inversión constante e ilimitada de esfuerzo personal sin mayores garantías de estabilidad y con plena asunción de riesgos, aprovechamiento proactivo de oportunidades, generación de contactos, competencia, acreditación de logros.

Si bien tales tendencias a la generalización del imperativo de la auto-valorización alcanzaron un nuevo nivel en el país a partir de 2015 con la promoción explícita y activa del emprendedorismo por parte del gobierno de Mauricio Macri, la descripción del avance de la racionalidad de mercado sobre la sociedad en su conjunto no parece bastar para dar cuenta de las nuevas configuraciones que las ideologías neoliberales vienen asumiendo tanto en el país como a nivel mundial durante los últimos años, y en las cuales cobra un nuevo protagonismo el elemento punitivista. Sin ser absolutamente novedosos, tanto los fenómenos autoritarios a nivel político que han proliferado recientemente, como las manifestaciones sociales racistas, xenófobas y sexistas que hoy acompañan el ascenso de muchos gobiernos neoliberales en términos económicos, parecen exigir que, sobre el fondo de las persistencias, también puedan ser pensados los rasgos novedosos del neoliberalismo contemporáneo.

Entre esos rasgos característicos del contexto ideológico más general que, a su vez, operan como determinación concreta de esa institución social que es la universidad, cabe destacar un elemento que muchos autores han asociado a la naturaleza predominantemente emocional del nuevo neoliberalismo y que contrasta con la frialdad tecnocrática característica de su formulación más clásica: el anti-intelectualismo. A diferencia de la mercantilización o economización de la vida generalmente identificada con la difusión de la "racionalidad" neoliberal, la nueva expansión del anti-intelectualismo es correlativa a la reconfiguración del capitalismo luego de la crisis del multiculturalismo y de la utopía de un "capitalismo sin fricción" y sin fronteras y, a nivel mundial, tiende a afianzarse a partir de la crisis del sistema financiero en 2008 con lo que William Davies (2016) ha llamado "neoliberalismo punitivo". Difiriendo de lo que sucedía en sus inflexiones "combativa" (1979 a 1989) y "normativa" (1989-2008), orientadas respectivamente a plantearse como alternativa al socialismo y a difundir los valores de la globalización multicultural y la moral de mercado, el neoliberalismo punitivo se caracteriza -dice Davies- por la liberación del odio y la violencia sobre miembros de la propia población en los límites del Estado nación, opera con unos valores de castigo fuertemente moralizado, y genera una interiorización de la moralidad financiera que produce la sensación de que merecemos sufrir por supuestas irracionalidades cometidas en el pasado.

Siguiendo el planteo de este autor, el anti-intelectualismo podría ser referido a la predominancia creciente de rituales de auto-confirmación que tienden a desplazar el lugar antes ocupado por argumentaciones confrontables entre sí y con la realidad empírica. Pero también cabe evocarlo apelando a aquella reflexión sobre las causas de la aversión a la teoría que en 1937 Max Horkheimer enunciaba en el clásico "Teoría tradicional y teoría crítica", esto es: como expresión, en una considerable mayoría de los sometidos, del "temor inconsciente de que el pensamiento teórico pueda hacer aparecer como equivocada y superflua esa adaptación a la realidad, conseguida con tanto esfuerzo" (Horkheimer, 1974, p. 262). En efecto, aunque puede articularse con políticas activas de deslegitimación e incluso persecución de sujetos e instituciones específicas asociadas a "lo intelectual", el anti-intelectualismo también las trasciende, para configurarse como una disposición social emocional doble: a percibir -por un lado- como amenazantes los esfuerzos reflexivos que insisten sobre la no auto-evidencia de la realidad social imperante y en la opacidad del propio deseo subjetivo, y a experimentar -por otro lado- como liberadores aquellos gestos que invitan a comprobar la trasparencia y sencillez de la realidad inmediata.

Ambos planos del anti-intelectualismo adquirieron un notable protagonismo en la nueva configuración del neoliberalismo argentino promovida por el gobierno de Mauricio Macri entre 2015 y 2019. En cuanto a sus aspectos más represivos o persecutorios, la autoproclamada "revolución cultural" macrista no se limitó a recortar -como también hizo el menemismo- los presupuestos de las universidades públicas y de las investigaciones nacionales en ciencia y tecnología. Además de lo anterior, deslegitimó activamente a los intelectuales, a la universidad pública y a los docentes, en un gesto que a su vez expresaba y fomentaba un anti-intelectualismo "social" manifestado -entre otros acontecimientos recientes- en el acoso a la institución universitaria sostenido por los medios de comunicación dominantes2 y en los "escraches" a docentes e investigadores en ciencias sociales y humanidades difundidos en redes sociales3.

Pero este anti-intelectualismo, que en cierto nivel opera identificando y estigmatizando actores a los que se presenta como "superfluos" o bien directamente se culpabiliza y condena en tanto agentes patógenos que vendrían a intoxicar el cuerpo social4, no se da solo en la inflexión negativa de la condena al otro. Se configura, también, en la inflexión "positiva" de una sensación de liberación para la persona respecto de enmarañados y engañosos argumentos que la habrían retenido en el pasado y que finalmente habrían dejado de operar. A este nivel, que en la Argentina se plasma sobre todo en la difusa sensación de que en el transcurso de los "gobiernos populistas" algo relativo a los "auténticos" y "naturales" deseos de la población habría sido ocultado tras una ideologización polarizante de la vida social, "anti-intelectualista" no es una idea conscientemente sostenida sobre lo indeseable de la universidad o los así llamados "intelectuales", sino la sensación de hartazgo de quien siente vulnerado el ámbito de sus "verdaderas incumbencias" por cuestiones percibidas como demasiado lejanas y abstractas, cuando la realidad es en verdad -dice este discurso- mucho más simple: uno ya sabe lo que quiere5. Subyacente a las evidencias de la violencia física o de la persecución directa, el anti-intelectualismo se da aquí como sospecha más o menos furibunda, más o menos inconsciente , contra todo aquello que en la experiencia de todas y todos nosotros -y no solo en la de los denominados intelectuales- no se satisface con lo que ya sabemos y, porque no se satisface, tiene que volver a preguntar, tratar de reponer piezas perdidas y que a veces incluso nos cuesta imaginar. Su peligrosidad para la vida democrática reside en que al fantasear un mundo fundamentalmente transparente y un deseo subjetivo también transparente para sí mismo, el anti-intelectualismo no solo puede designar sin mayor vacilación blancos fáciles para descargar la ira del sujeto frente a un mundo crecientemente incierto, sino que además busca borrar aquello que la experiencia cotidiana singular y colectiva pierden cuando son conminadas a considerar real únicamente lo ya dado. El sujeto anti-intelectualista tiende a blindarse frente a la posibilidad de "aprender el asombro" (Benjamin, 2002) sobre las circunstancias en que vivimos, y clausura además el enlace de ese asombro con reflexión. Es como si, en este tipo de neoliberalismo,aquello que Adorno y Horkheimer (1998) señalaban en Dialéctica de la Ilustración a propósito de la ideología dominante en las décadas de 1930 y 1940, adquiriera renovada actualidad: "No debe existir ningún misterio, pero tampoco el deseo de su revelación" (p. 61).

UNIVERSIDAD Y/O NEOLIBERALISMOS EN ARGENTINA

Plantear la posibilidad de un diálogo entre universidad y sociedad en este contexto ideológico marcado por un neoliberalismo que pretende absolutizar la racionalidad económica y que a su vez se declina en una tendencia anti-intelectualista en diversos niveles, nos pone en una situación compleja. Por una parte, frente a las estigmatizaciones de que es objeto, resulta más o menos claro que es preciso realizar una activa defensa de la universidad en general y, en particular, de una universidad pública que reclama por derechos, instituciones y experiencias de conocimiento amenazados. Como señala Pablo Oyarzún (2011) refiriéndose en particular -pero no solo- al trabajo de las humanidades, contra el securitarismo privatizador neoliberal, esa universidad podría constituirse en una fuerza social capaz de ayudar a mantener abierta aquella zona de averiguación donde ni el mundo ni lo humano constituyan evidencias dadas. Pero, por otra parte, como se viene señalando en una larga lista de textos entre los que -amén de los del mismo Oyarzún- se podrían incluir La crisis no moderna de la universidad moderna (Thayer, 1996) y Academic Capitalism (Slaughter y Leslie, 1997), pasando por Filosofía (y) política de la universidad (Rinesi, 2005) o el más reciente La condición intelectual (Rodríguez Freire, 2018), no resulta menos claro que tanto la racionalidad de mercado como cierta disposición antiintelectual afectan a las instituciones y prácticas dedicadas a la producción de conocimiento desde su mismo interior y que, por consiguiente, ninguna defensa de la universidad tal como viene dada es aceptable en tanto ella nos condenaría a una ciega auto-conservación reproductiva de la misma realidad que se trata de transformar.

Si el nuevo neoliberalismo punitivo promueve el descarte de una reflexión que postula superflua, también en la universidad la auto-reflexión sobre las propias prácticas -generalmente impulsada por las investigaciones teóricas- resulta muchas veces sospechosa, aun cuando esa sospecha se enuncie en ocasiones apelando al paradójico argumento de una omnipresencia de la teoría que volvería injustificada su institucionalización como orientación específica. Y es que la constatación -confiada en haber dejado atrás el positivismo gracias al avance de la ciencia- de que no hay investigación empírica que no implique la aplicación de conceptos, a menudo conduce a la conclusión de que los desarrollos teóricos necesarios para la producción de conocimientos específicos ya estarían disponibles o bien deberían ser encargados a cada área de especialización, tornando superflua la existencia de áreas dedicadas a la investigación teórica y de materias concernidas, por ejemplo, con lo que antaño se llamaba teoría crítica de la sociedad. Pero con este diagnóstico no solo resultan proscriptas en la práctica todas aquellas reflexiones que no puedan demostrar su utilidad inmediata para alguna investigación temática, sino que se elaboran, desde el interior mismo de la universidad, argumentos legitimadores de las políticas educativas neoliberales que, desde fuera de la universidad, deman dan, planifican y administran el incesante achicamiento de la investigación teórica así como el de toda reflexión totalizadora interesada en el estudio de las complejas y a menudo inaparentes mediaciones involucradas en la producción y reproducción de la cohesión social.

Desde el punto de vista de una teoría crítica del conocimiento como la propuesta por Adorno (1972 y 2001), se podría decir que el hecho de que semejante armonía del sentido común universitario con lo socialmente dominante no sea intencional, cuenta menos como exculpación de las ciencias especializadas que como un índice de la masiva presencia en ellas -y a pesar de sus pretensiones de autonomía- de aquel anti-intelectualismo social que, precisamente, sería una de las tareas de estas ciencias llevar a concepto, con el fin de favorecer una transmutación de ambos: conocimiento y sociedad. Tal sería, según Adorno, el objetivo de la elaboración de una teoría crítica de la sociedad contemporánea en lo que atañe al conocimiento: pensar las dimensiones de la heteronomía que lo afectan menos para comprobar que su autonomía es falsa o que sencillamente ha dejado de existir, que para señalar su carácter de pendiente y exigir su efectiva realización6. A diferencia de una crítica radical del conocimiento que viera en él un coherente dispositivo del poder en lugar de una práctica asociada a la producción de verdad, en el planteo de Adorno el procedimiento crítico es dialéctico: no consiste en sustituir una identidad por otra, sino más bien en disolver la identidad rígida del objeto para desplegarlo como un campo de tensiones que él, en tanto objeto, invisibiliza al presentarse como una unidad coherentemente estructurada.

En el ya mencionado Filosofía (y) política de la universidad, Eduardo Rinesi (2005) realiza una lectura dialéctica semejante, a propósito de la universidad pública argentina. Si en su relato ella emerge como ese conjunto de prácticas que el neoliberalismo ha (re)modelado -por ejemplo, al convertirla en uno de los locus de organización de carreras profesionales de individuos aislados y en competencia entre sí-, su realidad se presenta no obstante como excesiva en relación con esa identidad neoliberal. La universidad pública argentina, sostiene Rinesi en sintonía con los planteos sobre la neoliberalización de la educación superior y la academia internacional tanto de Thayer (1996) como de Slaughter y Rhoades (2004), ha tenido dificultades para pensar la heteronomía que la afecta. Esta heteronomía no le viene solo del supuesto "afuera" del mercado, o del Estado -que durante el último gobierno neoliberal en Argentina efectivamente desplegó una agresiva política de promoción del emprendedorismo también en la universidad-, sino asimismo de su propio interior, en tanto ese interior se ha adaptado dócilmente a los parámetros de eficiencia, productividad, competencia y, en general, a la moral de mercado implantada por el neoliberalismo de los años noventa como criterio para la ponderación del valor de toda práctica, incluida la producción de conocimiento. Sin embargo, refiriéndose específicamente al caso argentino, el libro de Rinesi introduce dos señalamientos relevantes. Destaca, por un lado, que el sentido de esa afectación de la universidad por procesos sociales y políticos más amplios no fue unívoco y que las políticas estatales implementadas durante las últimas décadas entraron asimismo en conflicto con la mercantilización de la universidad. Subraya, por otro lado, que reconocer el peso determinante de aquella heteronomía inmanente resulta particularmente urgente -antes que para las universidades públicas argentinas- para las instituciones donde la investigación se halla disociada de la tarea docente. En primer lugar, debido a que, durante los años noventa, la investigación en Argentina asumió mucho más rápido y eficazmente que las universidades públicas la imposición de la métrica de las evaluaciones cuantitativistas por la cual se desplazaba la cuestión de la relevancia social del conocimiento producido. Pero también porque, en años recientes, aquella se mostró mucho más blindada sobre sí misma y reacia a problematizar su neoliberalización que las universidades públicas, tensadas por un debate sobre los imperativos que las rigen.

En efecto, en una coyuntura marcada por un conjunto de políticas nacionales impulsadas por los gobiernos kirchneristas, entre las que sobresalen la creación de numerosas universidades públicas y gratuitas en muchas zonas desfavorecidas del territorio nacional7, el aumento del presupuesto para el sistema universitario y el de ciencia y tecnología, y el acompañamiento en 2008 de la Declaración de Cartagena donde se sostiene que la universidad es un bien público y social, un derecho humano universal y una responsabilidad de los Estados, las universidades públicas argentinas pudieron alojar un debate sobre su relevancia social que hasta entonces se había sostenido en sus márgenes. Ese debate comportaba una interrogación respecto de qué es lo que producen las universidades, cómo lo hacen, y en qué relación con la sociedad. Gracias a él pudo ser expresamente tema-tizada la tensión entre las métricas del rendimiento académico y la cuestión social del derecho a la educación superior, y también pudo ser formulada la pregunta por las estructuras institucionales requeridas para garantizar este derecho, cuestiones que entraban en conflicto con la constitución interna crecientemente adquirida por las universidades en el contexto de la implementación de políticas neoliberales. Precisamente porque se mostraron capaces de tematizar una tensión irresuelta entre demandas supuestamente inmanentes que en realidad mercantilizaban la lógica de la investigación, y exigencias sociales más amplias que entraban en conflicto con ella, las universidades públicas emergieron como un campo inmanentemente dividido, capaz de generar una cierta lógica de la gratuidad intraducible a los parámetros mercantiles que también las constituían. De este modo, se develaron como un espacio ambivalente y en disputa, antes que como un espacio tersamente adaptado a las exigencias del neoliberalismo. No sin movimientos en contrario se mostraron, en otros términos, como instituciones capaces de desplegar una crítica de su propia actualidad y de alojar una discusión sobre la responsabilidad que les cabe en la construcción de una sociabilidad más democrática.

Índice de tal relevancia social de la universidad pública en ese sentido democratizador ha sido en las últimas décadas el impacto sociocultural de las investigaciones emprendidas por las ciencias sociales y las humanidades que, en asociación con los movimientos de derechos humanos, pusieron en primer plano lo pendiente de la justicia y lo persistente del daño en relación a los delitos de lesa humanidad cometidos por la última dictadura cívico-militar; de las producciones de las artes, que persistieron en la elaboración de una memoria colectiva experimentando en novedosas formas de representación de los sufrimientos colectivos padecidos durante esa dictadura; del involucramiento de las carreras en comunicación en la re-conceptualización de esta última como una potencia social que no podía ser administrada por monopolios comunicacionales bajo la estrecha lógica mercantil; y, finalmente, de la insistencia de todas estas áreas y la universidad pública en su conjunto en la educación como un derecho social cuya efectivización debía ser colectivamente garantizada también en términos materiales y no librada a los avatares del mercado o las dispares capacidades para hacer carrera de los individuos aislados. Todas estas intervenciones socialmente relevantes de la universidad pública tuvieron que favorecer la puesta en crisis de los sentidos sociales cristalizados de la justicia, la memoria, la comunicación y la educación, y lo hicieron conmocionando la auto-evidencia de estos términos, extrañándolos de su sentido habitual y obligándolos a pensarse a sí mismos en lo que tenían de restrictivos, limitados e injustos en sus acepciones establecidas. Pero a su vez, estas intervenciones, que hacen a la vitalidad de la universidad y revelan su complejidad interna, no surgen en el vacío. En el caso argentino, ellas estuvieron entramadas con los potenciales abiertos por contextos sociopolíticos más amplios que, junto con otorgar visibilidad al interés del conocimiento para el conjunto de la sociedad y para la democracia, favorecieron el despliegue de un proceso reflexivo al interior de la academia, así como un desplazamiento de la pregunta por la "utilidad" del conocimiento hacia el problema de su "relevancia social". Y esto aun cuando las fuerzas políticas protagónicas en esos contextos no se hayan planteado estos efectos como metas propias, lo cual pone de relieve que no solo la universidad, sino tampoco el contexto político más amplio coinciden plenamente con las identidades más o menos coherentes que proyectan.

Una lectura que haga justicia a esta complejidad de la universidad pública argentina durante las últimas décadas tendrá por fuerza que dialectizar, también, sus múltiples relaciones con el variable entramado socio-político del país, desabsolutizando la imagen de la universidad como un puro constructo neoliberal delineada en muchas críticas contemporáneas de la mercantilización de la universidad. Si esa crítica radical tiene el indudable mérito de corregir la abstracción academicista que nos sugeriría confiar en el criticismo asegurado del conocimiento, amén de que ella tiende a reproducir la imagen de omnipotencia del neoliberalismo que este busca proyectar sobre sí mismo, corre asimismo el riesgo de caer en una nueva abstracción al invertir la confianza (cientificista) en un fatalismo (biopolítico) y asumir el diagnóstico de una heteronomización unívoca y consumada de la universidad como punto final de toda interrogación crítica sobre las determinaciones sociales del conocimiento.

Hoy sin duda es preciso desconfiar de la confianza en una autonomía ya dada, pero también resulta necesario insistir en que la autonomía, entendida como una potencia crítica de interrogación del presente, no es únicamente una ilusión encubridora, sino también lo que se encuentra bajo amenaza en coyunturas neoliberales y anti-intelectualistas, y aquello que urge reponer en toda su dimensión problemática y problematizadora. En la universidad argentina, neoliberalizada durante las últimas décadas, no todo ha sido neoliberalismo, y es precisamente contra ese exceso que se dirigieron y continúan dirigiéndose las tendencias anti-intelectualistas promovidas por un neoliberalismo, hoy triunfante a nivel político en muchos países del continente, que ha dejado atrás la utopía multicultural y se muestra abiertamente autoritario y punitivo.

CONCLUSIONES: UNIVERSIDAD Y CRÍTICA DEL PRESENTE

A pesar de enfrentar crecientes resistencias sociales que a veces -como en el caso de las recientes elecciones presidenciales de la Argentina- logran cristalizar políticamente su oposición al neoliberalismo, tanto a nivel regional como global tiende a generalizarse la lógica de la auto-valorización mercantil como único parámetro del mérito y la distribución justa de los recursos, pero también un anti-intelectualismo militante que patologiza todo esfuerzo reflexivo y busca imponer la inexorabilidad de las desigualdades vigentes. Dada esa coyuntura político-ideológica, no alcanza con sostener que no hay autonomía del conocimiento porque nuestras instituciones universitarias reproducen su heteronomía desde adentro, dejándose formatear por las lógicas del mercado, ni tampoco con sostener que es preciso defender la autonomía de la universidad contra el avance de las nuevas derechas que la amenazan "desde fuera". Antes que una asunción acrítica de su existencia o una denuncia de su inactualidad, la interrogación sobre las potencialidades y límites de las instituciones universitarias para la producción de un pensamiento crítico del presente parecería requerir la presencia simultánea de dos tesis que colisionan entre sí: por un lado, que no "hay" conocimiento autónomo que defender; por el otro, que es preciso defender la autonomía a la que el conocimiento dice aspirar. Lo primero significa que ninguna intervención decisiva podría esperarse dejando completamente al margen una reflexión crítica sobre la actual existencia neoliberal de la universidad. Como señalan Slaughter y Rhoades (2004), antes que como un último bastión de resistencia frente a las tendencias dominantes en el "exterior", esas instituciones tienen que poder pensarse como uno de los sitios en que aquellas tendencias son activamente reproducidas, tanto bajo las formas del emprendedorismo de los investigadores, como en el sueño de la independencia y la neutralidad de un conocimiento eficiente. Por otra parte, sin embargo, las nuevas inflexiones punitivas del neoliberalismo, determinantes en la configuración singular de las nuevas derechas a nivel mundial, exigen de nosotros que defendamos la autonomía de la universidad, su derecho a la existencia como una institución compleja imbricada de modos diversos e incluso contradictorios con el entramado social del que forma parte.

La democracia requiere de instituciones y prácticas autónomas, donde esa autonomía no se identifique con la autosuficiencia sino con una capacidad de reflexión sobre los múltiples modos en que dependemos de otros y en que nuestras decisiones y prácticas a su vez los afectan. Para el conocimiento esto significa que las mejores chances de la universidad contra el anti-intelectualismo se asocian, menos a su capacidad para preservarse, que a la interrogación persistente de su determinación y de su relevancia social, esto es: a su autopercepción como una fuerza social, afectada por los modos sociales y las tendencias dominantes en la sociedad y dispuesta a su vez a intervenir sobre ellos. Un conocimiento socialmente relevante no es necesariamente un conocimiento útil no porque sea inútil, sino porque se relaciona críticamente con aquellos que, en un momento determinado, aparecen como los límites infranqueables de la imaginación política y social. Y se relaciona críticamente con esos límites no porque los impugne sin más, sino porque los sitúa -es decir- los ancla en condiciones específicas cuya mutabilidad y diversa potencialidad emancipatoria pone asimismo de relieve.

Esas potencialidades negativas y reflexivas resultan socialmente relevantes hoy en Argentina no solo en el sentido de habilitar una crítica y potencial expansión de los horizontes sociales impuestos por los gobiernos neoliberales, sino también en el de favorecer modos no securitaristas de lidiar con la contingencia ante la ampliación de los márgenes de incertidumbre vital y vulnerabilidad asociados a los desarrollos contemporáneos del capitalismo financiero globalizado. Como señala Pablo Oyarzún (2011), si el securitarismo impulsado por el neoliberalismo punitivo viene asociado al aspecto instrumental del proyecto ilustrado de conocer (conocemos para estar seguros, para adquirir un cierto poder sobre aquello que nos causa temor), el potencial de reflexión, que pone de relieve el carácter devenido y por lo tanto contingente de los órdenes estatuidos, señala por ello mismo lo limitado de una fantasía del control total de la existencia que necesariamente reproduce el miedo como sinónimo de la vida en el mismo movimiento en el que querría desprenderse de él "de una buena vez", eliminando sus supuestas causas "evidentes". El movimiento de disolución de esas evidencias como tales evidencias, podría constituir una de las tareas socialmente claves en tiempos que, a nivel global, no prometen la reducción de los márgenes de incertidumbre, sino su aceleración y acentuación por parte del neoliberalismo globalmente triunfante, y, junto con ellas, la acentuación de las tendencias securitarias en nuestra sociedad.

Pero ese movimiento de disolución de las evidencias solo puede ser un movimiento situado. La relevancia social de las potencialidades negativas, críticas, del conocimiento, depende de que sea capaz de tomar nota de su afectación por el contexto más general y, a su vez, esforzarse por leer ese contexto en su complejidad, no como un horizonte consumado, sino como un campo de fuerzas en tensión. De lo que se trata es de plantear otra vez el problema de la autonomía como un problema; de alentar la porosidad de nuestras propias instituciones universitarias; de leerlas internamente como campos de batalla y no como bloques homogéneos. Pero, sobre todo, de leerlas como fuerzas sociales: superficies en las que prosiguen disputas sociales y políticas de mayor alcance.

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1Medidas que a su vez en muchos casos reeditaban políticas aplicadas por Martínez de Hoz en el marco de la dictadura cívico-militar que culminó en 1983.

2Aunque se dirigió privilegiadamente contra las universidades nacionales públicas y gratuitas, ese acoso redobló la apuesta del discurso privatizador neoliberal más clásico y buscó desacreditar, no solo la gratuidad, sino la universidad en tanto tal, sembrando la duda sobre su relevancia en el mundo contemporáneo y planteando la conveniencia de "soluciones más flexibles", tales como las brindadas por la "educación vocacional y técnica". Al respecto, ver "Educación: ¿vale la pena ir a la universidad?" artículo publicado en el diario La Nación en marzo de 2016, disponible en: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/educacion-vale-la-pena-estudiar-una-carrera-en-la-universidad-nid1880841.

3Muchos de estos escraches tuvieron lugar con ocasión de las movilizaciones realizadas por el conjunto de la comunidad educativa en reclamo de la incorporación de quinientos investigadores que habían ganado el concurso en 2016 y no fueron incorporados a carrera del investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) debido al recorte presupuestario im pulsado por el gobierno. Mediante descalificaciones de todo tipo, los escraches a los investigadores rechazados buscaron imponer por las redes sociales la idea de que sus trabajos carecían de utilidad e, incluso, de sentido, lindando con el absurdo.

4Altamente expresivo de esta patologización resultó el diagnóstico propuesto por el filósofo y ase sor presidencial durante el gobierno macrista, Alejandro Rozitchner. En él se destacaba que una "espe cie de locura crítica atraviesa el pensamiento nacional" y que ella debía ser erradicada de la educación para que "los chicos puedan crecer felices, capaces y productivos". Alejandro Rozitchner, entrevista publicada por el diario La Nación, disponible en http://www.lanacion.com.ar/1968830-alejandro-rozit-chner-el-pensamiento-critico-es-un-valor-negativo.

5Sobre la promoción macrista de la vuelta a la "simplicidad" y a intereses vitales tan "auténticos" como autoevidentes, vale la pena consultar la entrevista concedida por el entonces presidente Macri al diario Perfil y publicada el domingo 20 de marzo de 2016. Disponible en http://www.perfil.com/politica/he-tenido-dias-de-abrumarme-0319-0100.phtml.

6Las consecuencias tecnocráticas de una práctica cognitiva inconsciente de sus determinaciones sociales a las que Adorno se refiere en múltiples textos dedicados a la crítica del positivismo en las cien cias sociales, también fueron intensamente enfatizadas por Louis Althusser (ver 2003 y 1999) respecto de las "ciencias humanas" durante los años sesenta del siglo pasado. Su texto "Filosofía y ciencias huma nas" anticipa, en este sentido, un argumento que volverá a aparecer en La revolución teórica de Marx: si la idea de un "conocimiento desgajado" es sin duda una abstracción de condiciones sociales específicas, ella no constituye un mero error, sino que produce efectos reales, en tanto favorece una concepción tecnocrática del conocimiento por la cual este se ve reducido a medio técnico de resolución de proble mas y orientado a fines sobre cuyos títulos no puede reflexionar. Es frente a esa reducción tecnocrática que Althusser -en sintonía con la idea adorniana de crítica social del conocimiento- reclamaba como la mejor defensa posible de la ciencia la elaboración de una crítica de su actual estado de técnicas; crítica que les permitiría devenir aquello que todavía no son: verdaderas ciencias.

7Entre 2002 y 2010 se crearon doce nuevas universidades nacionales públicas y gratuitas cuya población está constituida en un 80% por primera generación de estudiantes universitarios. En el año 2002, se constituyó la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires; al año si guiente, la Universidad Nacional de Chilecito; en 2007, la Universidad Nacional de Río Negro y la Universidad Nacional del Chaco Austral. En 2009, surgieron la Universidad Nacional Arturo Jauretche, la Universidad Nacional de Moreno, la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, la Universidad Nacional de Villa Mercedes, la Universidad Nacional del Oeste y la Uni versidad Nacional de Avellaneda; y, por último, en 2010, la Universidad Nacional de José Clemente Paz.

Recibido: 05 de Junio de 2019; Aprobado: 23 de Enero de 2020

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