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Revista de ciencia política (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-090X

Rev. cienc. polít. (Santiago) v.23 n.2 Santiago  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-090X2003000200010 

Revista de Ciencia Política / Volumen XXIII/ Nº 2 / 2003 / 215-230

ARTÍCULOS

Memoria y proyecto de país*

Manuel Antonio Garretón

Universidad de Chile


Resumen

La memoria de un país es entendida como la elaboración que un grupo o sociedad hace de su pasado en torno a la tradición, memoria histórica, o hitos fundantes, que van unidos al proyecto nacional. En este artículo se consideran como hitos fundantes de los últimos treinta años la crisis del proyecto nacional-popular de la Unidad Popular, el golpe militar y la dictadura; el Plebiscito y la redemocratización política, estos dos últimos simbolizados en el 11 de septiembre y el 5 de octubre. En Chile, la memoria nacional es aún una memoria fragmentada: o es escindida, o es antagonística, o es parcial o sectorial. No podrá haber proyecto de país si no hay una memoria colectiva que supere las escisiones y fragmentaciones actuales en el ámbito ético (verdad y justicia en DDHH), socio-económico (igualdades) y político (un orden constitucional consensuado).

Abstract

A country's memory is understood as the elaboration that a group or society develops about its past, in terms of its tradition, its historical memory, or its foundational landmarks, all of which are linked to a national project. This article considers as foundational landmarks of the last the thirty years the crisis of the Popular Unity's national-popular project; the military coup and the dictatorship; and the Plebiscite and the political redemocratization. September 11th and October 5th are symbolic dates for the latter two foundational landmarks. In Chile, national memory is still fragmented: it is either divided or antagonistic, partial, or segmented. A national project cannot exist in the absence of a collective memory that transcends these current divisions and fragmentations in the ethical (truth and justice in human rights), the socio-economic (equalities), and the political realms (a consensual constitutional order).

PALABRAS CLAVE • Chile • Tradición • Memoria Histórica • Hitos Fundantes • Proyecto Nacional • Ética


INTRODUCCIÓN

Un país es el modo de enfrentar y proyectar su pasado. Dicho de otra manera, es en torno a cómo resolvamos los problemas del pasado que va a definirse nuestro futuro como comunidad histórico moral. Por lo que volver una y otra vez sobre lo que nos pasó como país no es un ejercicio puramente intelectual y de encerramiento en el pasado, es reflexionar sobre lo único común que tenemos como país, más allá de una suma de individuos, familias o grupos particulares que habitan un territorio, sobre lo único que nos da identidad: nuestro futuro como comunidad nacional es el modo como enfrentemos y resolvamos hacia adelante nuestro pasado. No cabe, entonces, hablar de dar vuelta la página o cerrar el pasado, porque no tenemos otra cosa en común que nuestro pasado como colectividad. De ahí la importancia de fijar ciertos principios básicos con relación a él, la necesidad de una memoria colectiva compartida sobre lo fundamental, aunque se discrepe muy profundamente sobre causas y consecuencias. Y lo cierto es que nuestro pasado, es decir, nuestro presente, es decir, nuestra proyección como sociedad o comunidad hacia adelante, nuestro núcleo fundante y lo único común que tenemos, son ciertas cristalizaciones históricas, ciertos hitos constituyentes.

Vivimos una época en que la idea de país, de comunidad histórica nacional estatal, se debilita, en que parecieran existir sociedades sin pasado ni futuro que navegan en el mar de la globalización, los flujos y las redes o que se reducen a las rocas de múltiples particularismos que no trascienden en una colectividad. La pregunta que hay que formularse es si existen los países, las comunidades nacional-estatales como sujetos históricos1. Si las hay, ¿en qué consiste la memoria de un país? Sin duda es la memoria colectiva de un nosotros y como toda memoria es una elaboración del pasado. Pero en épocas y sociedades en que el presente es segmentado e individual, no un nosotros, y en que la ausencia de ideologías, utopías o proyectos impide el futuro, ese pasado es lo único que constituye o permite fundar un nosotros.

Así, cuando decimos "chilenos", decimos "somos los que hemos vivido ciertas cosas" que son las que nos constituyen como país. Mas, ¿se trata de cualquier cosa?. No, sino de hitos fundantes, del modo de elaboración de esos hitos, de una memoria que llamaremos emblemática y que no se confunde con las tradiciones o las memorias idiosincrásicas. Y nuestra memoria colectiva, nuestra memoria como país es la de ciertos hitos como la crisis de proyecto nacional, la ruptura con un modo de convivencia con las muertes que ello acarreó y los posteriores intentos de los sobrevivientes de reconstruir un nuevo modo de convivencia, es decir, memoria de la crisis, la ruptura y el golpe militar, la experiencia de la dictadura y de cómo se sale de ella. Sin embargo, no hay una memoria colectiva de todo ello, sino que somos una coexistencia de memorias individuales o de grupo, parciales, escindidas o antagónicas.

No hay proyecto de país que no implique elaboración de la memoria, aunque ésta no agote el contenido de un proyecto2. Y la falta actual de un proyecto de país o estatal nacional en parte se explica por la amnesia parcial en estos años. Es sólo en éste, 2003, que parece desgarrarse el tupido velo que habíamos tejido sobre nuestra historia contemporánea y que comienza a hablarse de lo que se ha callado hasta ahora.

En este trabajo exploramos la relación entre la memoria colectiva de Chile y un proyecto de país, para lo cual, primero, definimos algunos conceptos sobre memoria, luego nos referimos al contenido de ésta, lo que llamamos el núcleo básico o los hitos fundantes, para extraer, finalmente, las consecuencias que ello tiene para la construcción de un proyecto de país.

¿DE QUÉ MEMORIA? LA PERSPECTIVA DE ANÁLISIS

En los últimos años, las ciencias sociales universales y en América Latina y Chile han dado creciente importancia al estudio de la memoria hasta ahora confinado a la literatura, psicología o disciplinas más especulativas. Si bien el tema se origina fundamentalmente en la memoria del Holocausto y del genocidio perpetrado por los nazis, el caso sudafricano, los regímenes comunistas, la guerra de Viet-Nam, las guerras civiles y dictaduras militares en América Latina, por citar sólo algunos ejemplos históricos, han ido generando un amplio conjunto de estudios empíricos y reflexiones teóricas sobre el tema de la memoria3. A veces se corre el riesgo, como con otros temas en otros momentos, de abusar de tal modo del concepto que se le usa para describir y explicar cualquier fenómeno, con lo que la memoria no pasa de ser sino un discurso que se identifica a la historia.

Sin embargo, hay que reconocer que los estudios sobre la memoria se encuentran hoy en el corazón de la discusión sobre las temáticas de identidad, modernidad y construcción de sujetos colectivos, aunque no se identifique totalmente con ninguno de esos conceptos y procesos. La memoria forma parte insoslayable de esos fenómenos pero no se confunde con ellos.

En otros trabajos he definido la memoria colectiva como una de las vertientes de constitución de sujetos, tanto en lo que se refiere a la tradición como a la memoria histórica o de hitos fundantes, vertiente que junto a otras como la racionalidad y la subjetividad, constituyen lo que podemos llamar modelos de modernidad. A su vez, no hay constitución de sujetos, es decir de actores que buscan definir y dominar su entorno, historia y destino, sin la dimensión proyecto. Memoria y proyecto son dos dimensiones ineludibles de lo que llamamos un sujeto social. Es a partir de esta perspectiva teórica sobre la memoria que abordaremos la memoria de los treinta años en Chile y su relación con un proyecto de país4.

Hablamos aquí no de memoria individual, como fenómeno psicológico, sino de memoria social o colectiva, es decir, la elaboración que un grupo o sociedad hace de su pasado. El sujeto del que hablamos es un país o comunidad nacional, es decir, una polis, por lo que puede usarse indistintamente el concepto de memoria colectiva, memoria política, memoria nacional. La memoria de una sociedad puede no estar referida a los mismos objetos de memoria, en cuyo caso hablamos de memorias segmentadas o parciales. Cuando tiene los mismos objetos de referencia, ella es compartida o común, pero puede ser consensual si se le asignan los mismos significados o diversa si son diferentes o contradictorios. Cuando existe memoria colectiva y no sólo memorias parciales, pero ella no es compartida, hablamos de conciencia escindida, la que puede ser antagonística si se rechaza o busca eliminar la memoria del otro. Si predomina la memoria compartida en cualquiera de sus formas, decimos que se trata de una sociedad con memoria unificada. Si predominan las formas parciales, escindidas o antagonísticas, estamos frente a sociedades con memoria fragmentada. Desde otro punto de vsta, puede hablarse de memoria reactiva cuando ella lleva a respuestas puntuales frente a los objetos de memoria, constructiva cuando se integran los fenómenos en un marco más amplio de orientaciones; regresiva cuando se permanece atado al acontecimiento en forma traumática, progresiva cuando se hace alguna proyección positiva de lo recordado; institucionalizada, cuando se cristaliza en normas o instituciones, monumentos; y, por último, emblemáticas o idiosincrásicas, a lo que ya nos hemos referido5.

A lo largo de este trabajo hablaremos de memoria respecto no sólo de los eventos de 1973, sino de memoria sobre los treinta años ocurridos desde entonces. Cuando se habla de la memoria de eventos que abarcan un período de treinta años, ella es diferente a la que pudo existir sobre los mismos eventos en otros momentos durante este tiempo. Es decir, lo que recordamos o no recordamos y cómo lo recordamos hoy difiere de lo que recordamos en otros momentos, pero esto último también afecta lo que recordamos ahora. Es la memoria de la memoria, lo que inplica selección y aprendizaje. Dicho de otra manera, la memoria es un proceso dinámico y diferente para cada grupo o individuo. Esto es lo que llamamos el trabajo consciente e inconsciente sobre la memoria y de la memoria sobre sí misma6. Pensemos, por ejemplo, solamente en el modo como ha ido cambiando la memoria de los crímenes y violaciones de derechos humanos cometidos por la dictadura con la complicidad de sus aliados civiles, por parte de estos mismos actores. El mejor ejemplo de esto es el "nunca más" del General Cheyre, que alude directamente al golpe y al derrocamiento de la Unidad Popular, impensable hace algunos pocos años.

¿MEMORIA DE QUÉ? LOS HITOS FUNDANTES

Para todas las generaciones que hoy conforman nuestra población y, me atrevería a decir, en las próximas décadas, lo que nos constituye como país, está definido en torno al 11 de septiembre de 1973, entendido como la negación y término de un período de un proyecto histórico y como el inicio de otro que, a su vez, da origen a nuestro contexto de vida actual. Del mismo modo que el país en el siglo 19 es una proyección en gran parte del fenómeno de la independencia y de su constitución como Estado nacional, y que gran parte de quienes llegaron como adultos a la Unidad Popular son hijos y nietos del Chile de la Constitución del 25 y de la industrialización y modernización de los treinta para adelante, nosotros, nuestros hijos y nietos y quizás bisnietos somos hijos del 11 de septiembre, de la Unidad Popular, de la dictadura militar y de los procesos de democratización. De modo que todo nuestro futuro depende del modo como elaboramos estos hitos, sus antecedentes y proyecciones.

Se dirá que éstas son cuestiones que interesan sólo a una generación y a parte de ella, y no a los jóvenes y que la mayor parte de la gente quiere dar "por superado el pasado", sin que se sepa mucho qué significa esto. Hay que aceptar que la política y los fenómenos que ella procesan son menos relevantes en la vida de las gentes que en el pasado. Pero un país no es un montón de individuos o de mercados y transacciones. En lo que somos como país, en esa franja específica de nuestras vidas, sin la cual tampoco existimos como seres humanos, la política y los hechos vividos respecto a ella son trascendentales y forman el núcleo constitutivo de una sociedad o nación. Y el futuro es el modo en que proyectamos en el tiempo y en nuevas circunstancias, o frente a nuevos temas y problemas, lo que hemos vivido en esas cristalizaciones históricas que definen la identidad de una nación.

Durante este año, 2003, de conmemoración de treinta años del golpe militar, Chile revivió de distinta manera todos los hitos fundantes de su identidad histórica, si se quiere de su nacionalidad, contemporáneos y los que definirán lo que somos como chilenos en las próximas generaciones hasta que aparezcan nuevos hitos fundantes, lo que ocurre sólo muy de tiempo en tiempo.

Sin duda que de todos los hitos mencionados, concatenados entre sí, el golpe militar de 1973 y el plebiscito de 1988, de cual celebramos los quince años, constituyen las cristalizaciones determinantes.

Todo lo que somos como país está enraizado en estos dos episodios, pero, especialmente, nuestra vida política. Basta pensar que los principales actores políticos de hoy están constituidos en referencia tanto al régimen militar como al momento de transición a la democracia: la derecha, en todos estos años, y pese a esfuerzos parciales como los de Lavín, ha sido incapaz de redefinirse coherentemente fuera de la proyección de lo que llaman la "obra del régimen militar", y la Concertación tiene como sello de identidad irremplazable su lucha contra la dictadura y la dirección del proceso de democratización, y todo su problema es cómo proyecta esta identidad hacia adelante.

Y quien dude de esto, reflexione sobre lo que nos ocurre día a día, en que se nos dice que hay que olvidar el pasado y mirar al futuro, y éste es una modernización de las Fuerzas Armadas y vamos a comprar un armamento moderno y nuevos aviones... Pero resulta que el encargado de negociar el proyecto era un torturador altamente ubicado en el mando de la Fuerza Aérea. O que, mejor, miremos a la juventud, y qué mejor que un reality show, mas resulta que aparece en pantalla un procesado por el asesinato, bajo la dictadura, nada menos que de un periodista emblemático de ese periodo. Y para qué decir si queremos enfrentar el problema de las irregularidades, sobresueldos, coimas o cómo se les quiera llamar: la institucionalidad estatal heredada impedía hacer obras públicas de proyección futura. No hay ningún tema o problema actual y futuro de Chile, cuya resolución no esté marcada por el 11 de septiembre de 1973 como cristalización de un pasado y proyección de un futuro. Se argumentará que la inserción de Chile en la globalización, los tratados comerciales, muestran que ésos son los problemas reales y que ellos no tienen nada que ver con los temas del pasado. Lo cierto es que éstos son, sin duda, problemas reales, y también que hay muchas cuestiones nuevas, pero quien los aborda es un país y un país no es un puro mercado ni un montón de productos que se transan ni una suma de consumidores: Ya hemos dicho que un país para existir como tal y proyectarse tiene que tener una cierta visión compartida de lo que es, y lo que es está determinado por hitos fundantes de su historia e identidad como comunidad ética y política, por lo que no hay ningún problema del futuro que no requiera previamente enfrentar una cuestión del pasado.

La Unidad Popular y la crisis de un proyecto nacional

El primer hito en torno al cual se constituye nuestra memoria nacional contemporánea es el período de la Unidad Popular, expresión del fracaso y la derrota de lo que en otras partes hemos llamado el proyecto nacional-estatal-popular que arranca desde los años treinta. Más allá de los análisis del período que no corresponden aquí7, cabe señalar algunas cuestiones relevantes para nuestro tema de la memoria y que tienen, como veremos, consecuencias ineludibles para un proyecto de país.

Recordemos que en el 70-73, este proyecto tomó la forma ideológica de la "vía chilena al socialismo", intento de sustituir el capitalismo en el marco de la democracia representativa institucional, dirigido por los partidos de izquierda en la coalición llamada Unidad Popular, bajo el mandato presidencial de Salvador Allende. El proyecto de la Unidad Popular guardaba una relación de continuidad con los procesos de cambio que Chile vivió desde la irrupción de las clases medias y sectores populares, con el Frente Popular, y con la "revolución en libertad" de los sesenta. Su idea básica era profundizar estos procesos y sustituir el marco capitalista de desarrollo. Independientemente de los rasgos ideológico-programáticos de la Unidad Popular, presos quizás de un socialismo clásico y de la ausencia de una estrategia coherente de construcción de mayorías políticas así como de los errores de conducción estatal, nadie puede negar el carácter democrático y de transformación social de tal proyecto, orientado hacia los que en esos momentos eran los grandes sectores populares.

Quizás uno de los mayores aportes de la conmemoración de los treinta años sea la reinvidicación de la figura de Salvador Allende en la historia del país, más allá del juicio que se tenga de su gobierno y de la responsabilidad política que le pueda caber en los errores que en éste se hayan cometido, lo que corresponde a lo propiamente discutible políticamente. En efecto, Allende es el que mejor expresa este doble proyecto de transformación social en términos de justicia social y expansión de las libertades en el marco de la tradición democrática8. Su vida está marcada por la lealtad a estos dos principios (justicia social o socialismo y libertad o democracia) y a las fuerzas que en una época de la historia chilena lo expresaban, la izquierda chilena. Su muerte es la más grande expresión de lealtad a esos principios, al pueblo y sus partidos, al proyecto histórico y a las instituciones democráticas.

En cambio, uno de los mitos históricos que ha tratado de imponérsele a una memoria de sentido común, por parte de los vencedores del 11 de septiembre y de quienes lo apoyaron, es que el derrumbe de la democracia chilena sólo tendría por causa o por principal responsable al gobierno de la Unidad Popular. Lo cierto es que el inicio de la crisis fue provocada por la decisión de Nixon y Kissinger, así como del núcleo de la derecha nacional de terminar con Allende incluso antes que asumiera9. Y también contribuyó la enorme equivocación política de la Democracia Cristiana, al dejarse enredar en una oposición cuyo liderazgo de derecha sólo perseguía el derrocamiento del Presidente democrático. Por último, la crisis política, transformada en crisis económica que la agudizaba, no se habría traducido en golpe militar sin el proceso de traición y conspiración en el seno de las Fuerzas Armadas. La gran cuestión pendiente es que los actores de derecha no han asumido aún su responsabilidad en este conflicto y derrumbe, mientras que los militares han comenzado en el último año un incipiente proceso de reconocimiento parcial y tardío, con el meritorio "Nunca Más" del Comandante en Jefe del Ejército, General Cheyre.

Sin duda que la gran lección del período para los actores de izquierda, especialmente, pero también para los de la Democracia Cristiana, en lo que fracasó la coalición gobernante, es que no hay transformación de una sociedad en el marco democrático si no se cuenta con la mayoría política, si no se hacen los gestos discursivos y las acciones de gobierno para ello, y que, además, tal mayoría sólo se logra en Chile con una alianza de partidos de centro e izquierda. Y la memoria de importantes sectores en esta materia cristalizó quince años después, en la gestación del principal motor y producto de la democratización política con la Concertación de Partidos por la Democracia, que ha elegido tres gobiernos desde el término de la dictadura. Pero también es cierto que en el camino, y quizás por temor a perder la unidad, nunca se discutieron las responsabilidades mutuas del período 70-73. Se estableció un velo de silencio sobre esta etapa. Los sectores de izquierda de la Concertación habían hecho su autocrítica durante la dictadura y renovado su pensamiento político, de modo que su memoria avanzó en forma de memoria constructiva, en tanto, la Democracia Cristiana no realizó nunca una autocrítica generalizada, por lo que su memoria quedó congelada.

El golpe militar y la dictadura

El segundo hito es el 11 de septiembre de 1973. El golpe militar y las violaciones a los derechos humanos que le siguieron son algo definitiva e irremisiblemente condenables y nada justifica ni lo uno ni lo otro. Y el trabajo de la memoria en este caso consiste en la verdad, la justicia y la reparación, no por partes, o a algunos de sus elementos, sino a la totalidad de ellos, es decir, la derrota en todos los planos de la impunidad. Es cierto que ha habido actos importantes de memoria reactiva y constructiva, entre otros, la Comisión Rettig durante el gobierno de Aylwin, la Mesa de Diálogo10 bajo el de Frei y las recientes propuestas de Derechos Humanos del Presidente Lagos. Pero, se ha tratado de un proceso parcial y lento. Para citar sólo algunos ejemplos, sólo recién han aflorado a la memoria colectiva las perversiones y traiciones del golpe militar mismo o el papel de la conspiración insurreccional nacional y extranjera contra el gobierno de Allende que creó un clima desestabilizador sin duda superior a los errores de aquél. Es recientemente cuando afloran a la memoria colectiva los actos masivos y sistemáticos de tortura. Sólo recientemente, a través del General Cheyre, sectores militares han dado pasos importantes en asumir responsabilidades, aun cuando falte un reconocimiento propiamente institucional que signifique una total desolidarización con todo militar que haya participado directa o indirectamente en las violaciones. Tal reconocimiento ha estado ausente en el caso de la derecha como conjunto, en la que hay una muy incipiente incorporación de un tema que desconocieron o negaron sistemáticamente estos años y en la que predomina un enorme vacío de memoria de que ellos fueron partícipes fundamentales en el régimen que implantó el terror y colaboraron con él, sin aún reconocer su responsabilidad directa e indirecta.

En la misma Concertación y sus gobiernos ha habido núcleos que se plantean en términos pragmáticos, más que éticos, y que quisieran una "solución" que si bien no deje contentos a todos, al menos los tranquilice, sin darse cuenta que no enfrentar el problema de fondo y no contar con la aprobación completa de todas las víctimas de la dictadura, prolonga indefinidamente la escisión.

Pero el golpe militar no fue sólo una coyuntura. Significó también la ruptura violenta de un modo de vida que nos caracterizó por casi un siglo y el intento de crear otro modo de vida donde la represión, el autoritarismo, y también los mecanismos de mercado, reemplazaran a las herramientas democráticas, el debate político, la organización de actores sociales y el papel protector del Estado. Si el régimen que ahí se constituyó no logró hacerlo, al menos desarticuló muy radicalmente, a sangre y fuego, a la sociedad previa11.

Respecto del proyecto de la dictadura, más allá del golpe y la ruptura misma, se ha ido generando un mito expandido más allá de los núcleos defensores del régimen militar12. Se trataría de reconocer a la vez la violación sistemática de las Derechos Humanos y el establecimiento de un modelo económico exitoso, de la modernización y transformación del país y de la entrega democrática del poder por parte de Pinochet. Y aunque se diga que lo uno no justifica lo otro, en el trasfondo de esta doble afirmación hay una clara auto-tranquilización de conciencias. Sólo que la segunda parte de la afirmación es falsa.

Lo cierto es que la dictadura de Pinochet cometió, deliberadamente, los crímenes más atroces y destruyó las vidas de muchas generaciones y que, al mismo tiempo, su política y modelo económico fueron un absoluto fracaso. Menor crecimiento promedio que durante todo el período democrático pre-golpe y mucho menor que bajo los nuevos gobiernos democráticos en los noventa y comienzos de siglo, tasas de desempleo superiores al 30%, pobreza superior al 40% y un país que, teniendo en 1970 la segunda mejor distribución de ingresos de América Latina, tenía la segunda peor al final del gobierno militar13. A ello hay que agregar, entre otras cosas, la más grave crisis económica de la historia contemporánea entre los años 1982-1985, con una relativa recuperación los años siguientes, la compra estatal de la deuda bancaria privada endeudando a todos los chilenos, y un proceso de privatizaciones sin ningún control, que significó el saqueo del Estado y que concentró, dramáticamente, el poder económico14.

Por otro lado, en lo que se refiere a que, finalmente, Pinochet habría entregado el poder democráticamente, existe toda la documentación que muestra que intentó mantenerlo sin respetar los resultados del Plebsicito y que fue obligado a reconocerlos por las fuerzas democráticas y la opinión pública nacional e internacional. De modo que no hay absolutamente ningún legado positivo de la dictadura.

El Plebiscito y la redemocratización política

El tercer hito es la democratización, o lo que otros llaman transición política15. El plebiscito de 1988, mejor dicho, el triunfo del NO en esa ocasión, significó ponerle fin a través de la acción democrática al proyecto del régimen militar e intentar reconstruir un país de convivencia civilizada, en que los rasgos básicos de nuestra convivencia en el siglo pasado volvieran a predominar sobre la violencia, la arbitrariedad, la humillación de la gente, devolviendo a los actores políticos y sociales la posibilidad de decidir sobre sus destinos.

Ya hemos indicado el enorme valor que tiene la Concertación de Partidos por la Democracia, para asegurar gobiernos democráticos, representativos y progresistas. A ello hay que agregar que son los gobiernos democráticos los responsables del crecimiento económico y de los logros sociales e internacionales del país. Sin embargo, constituyen un déficit de esta democratización, por un lado, la ausencia de una derecha auténticamente democrática que asuma su responsabilidad en los crímenes de la dictadura y que se proyecte más allá de lo que llama "la obra del régimen militar", tarea que en parte ha emprendido su líder Joaquín Lavín. Por otro lado, la insuficiencia de los procesos de justicia y verdad, situación que impide la reconciliación efectiva y no sólo discursiva del país. Un tercer factor de déficit es la presencia de los enclaves institucionales, desde la propia Constitución, que entraban la expresión de la voluntad popular. Finalmente, pese a las medidas económicas correctivas, al crecimiento en los noventa y a los avances en la superación de la pobreza, no se han profundizado el debate y las políticas de reformulación del modelo socio-económico, sobre todo en lo referido al papel dirigente del Estado, a la atenuación de las desigualdades y a la inserción en un bloque latinoamericano.

Por lo que la memoria de los procesos de democratización se ha constituido como una memoria colectiva, en gran parte compartida, aunque no necesariamente consensual. Pero en la medida que se trata de una memoria, no sólo de los hechos y su significado, sino también de las expectativas, se trata de una memoria desencantada. A lo que hay que agregar la imposibilidad de una memoria constructiva completa, en la medida que falta la cristalización institucional de esa memoria, que sería un orden político consensuado expresado en la Constitución del país.

La ausencia de una memoria colectiva

En parte, y más allá de cuestiones que hoy se le presentan a todas las sociedades, especialmente a las no desarrolladas, el futuro del país depende de cómo enfrente y elabore el legado de los hitos mencionados, la derrota de los proyectos de cambio, el golpe militar, la dictadura de Pinochet y el proceso de democratización, en el contexto nuevo de un mundo globalizado.

Y, como hemos visto, la memoria nacional de estos hitos es aún una memoria fragmentada, en muchos casos escindida, en otros antagonística, en otros sólo existen memorias parciales o sectoriales. No hay entonces propiamente una memoria colectiva consensual en torno a lo que somos como país y, por lo tanto, no podemos vernos como parte de una misma comunidad ético-histórica, de algo a lo que pertenecemos que no sea la pura habitación geográfica. Es evidente que siempre las memorias colectivas tienen mucho de acumulación, de combinación de memorias parciales de quienes componen la sociedad. Pero una memoria colectiva nacional no es nunca la pura suma de ellas, supone un cierto núcleo duro básico compartido, aunque cada uno se "descuelgue" y se incorpore de modo diferente, por su historia propia, por sus imaginarios, por sus intereses, a ese núcleo duro. La memoria colectiva, la memoria de un país, su identidad histórica, es, entonces, un proceso complejo de construcción de ese núcleo duro de elaboración de su pasado.

Más allá de la interpretación que se tenga de cada uno de los hechos o de los hitos mencionados, de la posición que se haya ocupado ante ellos, todo lo cual lleva al aspecto inevitable de parcialidad, particularidad y diversidad de la memoria, podemos afirmar que en Chile aún no se comparte el núcleo duro de la memoria necesario para que se asuma una pertenencia a un mismo país.

EL TRABAJO DE LA MEMORIA Y LA CONSTRUCCIÓN DEL PROYECTO NACIONAL

Los países necesitan de proyectos históricos, herencia positiva de los sesenta y del período 70-73, pero tan importante como la existencia de éstos es el modo como se implementan, debaten y resuelven los conflictos y opciones en torno a ellos. Y para el caso chileno, más allá del contenido de un proyecto histórico sin el cual los países se desgarran en conflictos particulares o en luchas por recursos y poder carentes de perspectiva común, o se disuelven en la banalidad y mediocridad, la lección es que cualquier proyecto debe ser implementado a través de los mecanismos democráticos. Nunca a través de mecanismos que, por legales que sean, lleven el país a la polarización que pueda provocar salidas violentas, como ocurrió, por ejemplo, con los llamados "resquicios legales" para constituir el Área de Propiedad Social en el período de la Unidad Popular. Pero mucho menos con la violencia y la represión, como ocurrió bajo el régimen militar. Y el que los proyectos históricos se definan y realicen en democracia, significa que no pueden, por valiosos o justos que ellos parezcan, ser impuestos por un sector minoritario, sino que deben ser la expresión de amplias mayorías sociales y políticas, lo que en nuestro país sólo podía y puede hacerse hoy por hoy a través de alianzas o coaliciones partidarias.

El proyecto del régimen militar consistió, básicamente, en una reversión de los dos grandes aspectos que todo proyecto histórico tuvo en Chile en el siglo XX: democracia y justicia social, a través del autoritarismo, la represión sistemática y masiva y la imposición de un modelo desigualitario y des-estructurador de los actores sociales. La derecha no ha hecho el aprendizaje completo en el sentido de no sólo superar el carácter autoritario, sino también el contenido exacerbador de individualismo, la desigualdad y la desestructuración social del modelo extremista de mercado. Por su parte, durante la dictadura los sectores de centro e izquierda que constituirían más adelante la Concertación asumieron la íntima relación que había entre el régimen autoritario y el modelo económico neo-liberal, lo que se llamó el capitalismo autoritario. Se trataba entonces de reemplazar en el futuro a ambos: al régimen político y a su modelo económico. Desgraciadamente, algunas opciones y cálculos políticos equivocados, llevaron a postergar indefinidamente el cambio tanto del modelo neo-liberal como del modelo institucional, y a ofrecer sólo algunas correcciones que, es cierto, tuvieron gran importancia en la superación parcial y en la mantención del crecimiento económico, pero que se revelaron incapaces de superar las desigualdades, devolverle plenamente al Estado su capacidad dirigente y protector, controlar los poderes fácticos y asegurar un modelo sustentable de desarrollo no reductible al puro crecimiento circunstancial. Así, un tal proyecto es aún una tarea pendiente.

Ahora bien, un proyecto de país es, en gran parte, la elaboración hacia el futuro de su memoria histórica de país. Ya hemos indicado que la memoria no es lo que hemos vivido, sino el modo como lo recordamos y nos lo contamos, es decir, la re-elaboración de nuestros hitos fundantes para enfrentar las nuevas circunstancias. Ello define también la identidad de un país.

Y no podrá haber proyecto de país, más allá de los problemas ya señalados de la época actual, que tiende a impedir proyectos de países que no sean o la pura adaptación a los modelos ofrecidos por la globalización hegemonizada por los Estados Unidos o la pura involución identitaria o nacionalista o de particularismos grupales, si no hay una memoria colectiva que supere las escisiones y fragmentaciones actuales en el ámbito ético, socio-económico y político.

Y este núcleo duro de la memoria histórica, base de nuestra identidad y de nuestro posible proyecto como país, tiene tres componentes fundamentales a nuestro juicio: ético, socio-económico y político.

La dimensión ético-histórica

Esta dimensión apunta a la reconciliación de una comunidad nacional y tiene dos componentes fundamentales16.

Por un lado, la memoria y el reconocimiento colectivo de la naturaleza de la crisis que desembocó en el golpe militar. Y aquí, de una vez por todas, hay que explicitar las responsabilidades. De la clase política y los partidos. Una derecha que, desde el primer momento buscó, con el apoyo de los Estados Unidos, el derrocamiento del Presidente Allende, incluso antes que asumiera, y cuyo símbolo es el asesinato del General Schneider. No hay duda que este proyecto conspirativo marcó definitivamente el carácter del período y el comportamiento de los otros actores y constituye a este sector en el principal responsable de la crisis. Una Unidad Popular incapaz de entender que una transformación profunda de la sociedad en democracia, como la construcción de una economía no capitalista, por ejemplo, no puede hacerse sin contar con la mayoría de la población expresada en sus partidos e instituciones y usando gestos y discursos que ahuyenten a esa eventual mayoría. Una Democracia Cristiana demasiado preocupada de sus propios intereses políticos y ciega frente al carácter golpista que tuvo siempre la oposición de derecha y que, al final, cedió ante ella con una incitación a la intervención militar como el acuerdo de la Cámara de Diputados. Pero no sólo la clase y los partidos políticos: todas las instituciones y actores perdieron su autonomía y se inclinaron hacia uno de los bandos en disputa: militares que conspiraron y traicionaron la confianza depositada en ellos, universidades y gremios ideologizados, empresarios y medios de comunicación politizados que recibían dinero extranjero para derrocar al gobierno y que boicoteaban la producción y el comercio, etc.

En este ámbito, no todos los actores han asumido su responsabilidad y muchos se presentan como simples víctimas del período, sin darse cuenta que su comportamiento fue gravitante en el origen y desarrollo de ésta. Aquí el trabajo de la memoria consiste no en una historia única, pero sí en un debate permanente, recién iniciado, que permita relatos en que se den los reconocimientos necesarios de responsabilidades, no para "convertirse" ideológicamente, sino para fundar seriamente un "nunca más" en el plano de la destrucción de la democracia.

Por otro lado, la violación de los Derechos Humanos bajo la dictadura. Un país no existe como tal si está marcado día a día por la proyección de un sistema criminal que asesinó, torturó, hizo desaparecer, detuvo arbitrariamente, exilió, persiguió, expulsó de sus trabajos y destruyó las vidas de una parte significativa de su población. Más allá de las opciones políticas, desde un punto de vista ético insoslayable, la dictadura militar y sus diversos tipos de crímenes son el mal absoluto. Y si no hay un reconocimiento de ello por parte del conjunto de la población y de sus instituciones17, si en esto no hay memoria colectiva consensual, si la memoria de un amplio sector ve a otro minoritario como asesinos o como cómplices de los peores crímenes de la historia de Chile y que se acercan, en grados y cantidades menores, a la esencia de los horrores perpetrados por los nazis, y la memoria de los otros les recuerda "un contexto" o una crisis de la que "los militares nos salvaron", no hay país real ni viable. Mientras Pinochet y quienes obedecieron sus órdenes sigan siendo como Hitler para el resto de la población (y a nadie se le ocurriría evaluar a Hitler por su política económica) y una minoría los considere sus salvadores, no hay futuro para encarar, porque no hay perspectiva ética básica común. Las secuelas de crímenes y violaciones marcan definitivamente una sociedad y sobre eso no hay que "hacerse el leso": ninguna propuesta de Derechos Humanos que no sea la radical verdad, la absoluta justicia y la más amplia reparación, podrá "cerrar" el pasado o curar heridas. Ésta no es una escisión política. Es ética y fundante de un modo de vida de un país. Ninguna ley de amnistía, ningún principio pro-reo, de irretroactividad o de cosa juzgada, pueden ser esgrimidos para asegurar impunidad en esta materia. Y ésta ha sido una deuda que por haber sido saldada a gotas y no enfrentada en su raíz, nos persigue permentemente y lo seguirá haciendo, mientras no la enfrentemos de raíz.

Para que unos puedan aceptar convivir con otros, para que haya país y no ficción o mentira, aquí el trabajo de la memoria consiste en el reconocimiento colectivo e institucional del mal y la verdad, justicia y reparación radicales como horizonte ético, aunque no puedan realizarse prácticamente en su integridad. No habrá un "nunca más" mientras no impere esta memoria-horizonte ético en todos.

La dimensión socio-económica

Cualquier proyecto histórico, y ello se relaciona con la historia de Chile desde la primera mitad del siglo XX, tiene que ser capaz de combinar democracia con justicia social, es decir, libertades públicas y expresión institucional de la soberanía popular, con mayor igualdad, cohesión o integración de la sociedad y que toda reversión de ello no puede hacerse sino a través de la violencia y la represión.

¿Qué tiene esto que ver con la memoria colectiva? Chile fue un país cuyos principales conflictos y luchas fueron en torno a proyectos que intentaban conciliar libertades e igualdades. Toda nuestra historia, y no sólo la segunda mitad del siglo XX, está marcada por la búsqueda de ser un país más igualitario y cohesionado y para ello se le daba un rol preponderante al Estado. No nos olvidemos que la crisis de los sesenta y del período de la Unidad Popular tuvieron como origen el debate y conflicto en torno a modelos y proyectos socio-económicos y que un modelo socio-económico contrario fue el contenido principal de una dictadura que lo impuso a sangre y fuego. Precisamente fue este aspecto el que hizo a las clases y grupos privilegiados luchar contra la reforma agraria y contra el gobierno de la Unidad Popular, cuyo sello definido por Allende fue esta conciliación entre libertades e igualdades a la que nos hemos referido más arriba, independientemente de la capacidad o incapacidad para implementarlo. El proyecto socio-económico del régimen militar fue, precisamente, una ruptura de este componente básico de nuestra historia. Pero la memoria colectiva nacional en esta materia no ha podido aflorar por el mito, también mencionado, que le otorga a Pinochet y su gobierno el mérito de haber modernizado el país y haber creado las bases de un modelo de crecimiento exitoso.

De modo que el trabajo de la memoria en este plano consiste en recuperar para sus actores sociales y políticos, para las aspiraciones y valores de la gente, la demanda por proyectos colectivos de igualdad e integración sociales, por la superación de un país convertido en muchos países que se superponen socio-económicamente, por asegurar el papel dirigente y protector del Estado. Y es evidente que en un modelo que permite el despliegue de los poderes fácticos y que enfatiza el consumo individual y la pura competencia con el predominio de los principios de mercado, esta memoria del sentido igualitario del Estado y de la actividad económica, tienen un gran déficit. Recordemos, simplemente, que el tema prioritario de la igualdad en la campaña de Lagos en la primera vuelta de la elección presidencial, tuvo que ser abandonado en la segunda18.

Incluso, si contrariando lo que ha sido el sentido de la historia de este país, se piensa que este modelo socio-económico es el único posible, al menos debiera darse la oportunidad al país y a sus diversos actores sociales de discutirlo, de ofrecer alternativas, aunque sean parciales. Para Chile, esta materia ha sido siempre esencial y hoy lo hemos dado por resuelto o postergado para "no abrir cajas de Pandora", como dijera una alta autoridad de gobierno.

Un orden político consensuado

En el plano político, el avance que significó el término de la dictadura y los logros de los gobiernos democráticos, han oscurecido la memoria colectiva. Recién estamos empezando a asumir que Pinochet intentó desconocer el plebiscito de 1988 y que, hasta su detención en Londres, hizo lo imposible por erosionar la naciente democracia. Nos hemos enorgullecido de una transición que es la única en el mundo donde el dictador se mantuvo como jefe militar por siete años y donde la Constitución que nos rige fue la impuesta por él.

Lo cierto es que Chile no tiene un orden político-constitucional consensuado libremente por los chilenos. Somos el único país del mundo, que con más de diez años de democracia sigue teniendo una Constitución impuesta por la dictadura que la inventó y que en casi todos los campos, como el educacional y el económico, entre otros, se desenvuelve en el marco de la institucionalidad heredada del régimen militar. A lo más hemos debido adaptarnos a ella, como precio del término de la dictadura.

Las instituciones son cristalizaciones de la memoria de una sociedad y de sus luchas. Y en el caso de la mayor parte de nuestra institucionalidad política y Constitución actuales, lo que se ha cristalizado no es la memoria de un país ni de sus mayorías, sino la de los vencedores del golpe de 1973 y de quienes impusieron su proyecto. El tipo de orden político heredado de la dictadura y la transición se basa, precisamente, en el olvido de los aspectos positivos y negativos de lo que era nuestro modo de convivencia y en el intento de hacer tabla rasa de un pasado, inventando un sistema electoral, por ejemplo, que niegue lo que fue nuestra historia de diversidad.

Pero vivimos y viviremos en una sociedad que no es la del régimen militar y ello debe expresarse en una nueva institucionalidad. Es hora de reabrir el debate sobre nuestro orden político, sobre nuestras instituciones y sobre qué tipo de sistema democrático queremos tener, evitando que las normas constitucionales que definen cómo se generan los puestos de representación sean definidas por los mismos que van a ocupar esos puestos. En todo caso, no se trata de imponer una idea sobre otra, sino abrir el debate y formular mecanismos que aseguren que los chilenos generen libremente su Constitución y toda su institucionalidad.

La memoria histórica de Chile y, por lo tanto, su identidad, están fragmentadas en la medida que se vive bajo gobiernos democráticos y en un régimen de libertades, pero bajo un orden institucional impuesto que niega su memoria política. La dimensión política de nuestra memoria es que Chile siempre tuvo un acuerdo en los fundamentos de su convivencia política y social, en su institucionalidad básica, partiendo por la Constitución, y que de ello no hemos dispuesto en estos años. El trabajo de la memoria aquí consiste en la recuperación de este acuerdo básico y la construcción de un orden político consensuado.

CONCLUSIONES

No hay futuro para Chile si no hay una re-laboración colectiva de su pasado, porque los países son su historia y el modo como la asumen frente a las nuevas circunstancias que esa misma historia y otras historias van creando. Por eso, nunca serán "demasiados" los debates, las memorias, las investigaciones, los recuerdos, la presencia de estos treinta años y, especialmente, de su origen. Como país, nuestras vidas y la de nuestros hijos y nietos, no existen sin referencia al hito fundante de nuestra época: el golpe y la dictadura militares y sus legados.

Proyectarnos hacia el futuro como país, darnos un sentido de pertenencia al mismo país, supone una memoria compartida en las dimensiones ética, socio-económica y política. Reconstruirnos como comunidad ético-histórica, lo que implica la verdad, la justicia, la reparación y el reconocimiento en materia de derechos humanos, como comunidad socio-económica, lo que conlleva a retomar proyectos de igualdad e integración sociales, y como comunidad política, lo que implica darnos la Constitución y la institucionalidad que decidamos libremente, son las tareas pendientes de la memoria y la identidad de Chile.

Porque las cuestiones básicas que afectan tanto nuestra memoria como un proyecto de país, no son sólo cuestión del debate legítimo de políticas opuestas y alternativas. Se refieren a la ausencia de consensos fundamentales para vivir juntos, a acuerdos básicos que involucren a una población que asume su pasado para enfrentar el futuro. Por ello, no hay que ver el año 2003 como una catarsis de cierre. Por el contrario, recién comienza el debate de la sociedad chilena sobre sí misma. Bienvenida sea la omnipresencia de los treinta años en los medios, en las calles, en los seminarios y que no cese hasta que hayamos construido una memoria colectiva consensual que sea base de un proyecto de país.

 

* El título original de la exposición hecha en el seminario era "Memoria y proyecto nacional": Agradezco a Oscar Godoy, entre otros comentarios y sugerencias, la idea de usar el concepto de "proyecto de país", quizás más geográfico que cultural, pero que evita connotaciones esencialistas que están presentes en el concepto de nación. Este trabajo se basa en versiones preliminares y parciales publicadas a lo largo de este año en las Revistas Mensaje, Siete más Siete, Foro Chile 21 y diario Clarín de Buenos Aires. Agradezco la orientacion bibliográfica de Nora Rabotnikof.

1 Sobre el concepto de nación en la época actual, véase Schnaper (1994) y Habermas (1990): En el primer caso se define la nación como "comunidad de ciudadanos" y en el segundo se usa el concepto de "patriotismo constitucional". En ambos, se intenta una definición de país o nación que sobrepase tanto los aspectos puramente geográficos como la de un alma o espíritu trascendente que está en la raíz de todos los nacionalismos y chauvinismos fanáticos y que no da cuenta de la dimensión de construcción histórica de todo país o Estado nación. En todo caso, al hablar de Estado-nación estamos incluyendo la posibilidad de multinacionalidad.

2 Ver sobre la discusión de proyectos nacionales los trabajos compilados en Moulian (2002).

3 Sobre la perspectiva literaria de la memoria en torno al Holocausto, véase Semprún (1996). Un tratamiento filosófico del tema en Ricoeur (2002). Desde la perspectiva psicológica véanse Ruiz-Vargas (1997), Vezetti (2002) y, sobre todo Hacking (1995). Desde la perspectiva histórica, Hobsbawm (1989), Hobsbawm y Ranger (1992), Gedy y Yigal (1996), Le Goff (1991), Nora (1984; 1989). Análisis desde la perspectiva política, Hartog y Revel (2001). El texto clásico en sociología es Halbwachs (1997). Una revisón general en Robin (2003). En el último tiempo se desarrollan diversos proyectos sobre la temática de la memoria de largo alcance como los dirigidos por Elizabeth Jelin para América Latina, con el apoyo del Social Science Research Council, por Saul Sosnowski en la Universidad de Maryland y por Ursula van Beeck del Proyecto TRI en Sudáfrica. Para América Latina ver Vezetti (2002), Jelin (2000, 2001), Acuña (1995), Stern (2000). Para Chile, entre otros, Cruz (2002), Lira y Loveman (1999, 2000), Garretón (2000, 2002), Wilde (1999), Garcés (2000).

4 Garretón (2000).

5 Algunos de estos conceptos han sido tomado de diversos autores y textos, re-interpretándolos libremente. Principalmente, Stern (2000), Jelin (2001), Rüsen (2002), Van Beeck (2002).

6 Ver Jelin (2001).

7 Sin citar la enorme bibliografía al respecto, baste mencionar la reciente compilación de Baño (2003).

8 Véase especialmente su Primer Mensaje al Congreso, el 21 de mayo de 1971.

9 Existe también una amplia documentación sobre el tema. Una de las más recientes, Verdugo (2003).

10 Ver los informes respectivos en Gobierno de Chile (1991, 2000, 2003).

11 Sobre el régimen militar existe una extensa biobliografía. Baste citar el completo estudio de Huneeus (2000).

12 Recientemente Vial (2002).

13 Una visión objetiva de la economía bajo la dictadura en Ffrench-Davis (1999).

14 Monckeberg (2001).

15 De la vasta bibliografía sobre la democratización política chilena, mencionemos solamente Menéndez y Joignant, eds. (1999).

16 Hay otra dimensión de nuestra memoria histórica colectiva relevada también, aunque indirectamente, por las divisiones éticas y políticas de los últimos años que se refiere a toda nuestra historia como Estado-nación: el avasallamiento del pueblo mapuche y la reparación necesarias. En este sentido, el trabajo encargado a la Comision Verdad y Nuevo Trato de los Pueblos Indígenas presidida por Patricio Aylwin, es un trabajo propio de la memoria colectiva. Sin embargo, esta cuestión excede los límites de esta reflexión.

17 Señalemos, de paso, que, entre otras, una de las instituciones que aún no ha hecho un reconocimiento institucional de su involucramiento en las violaciones de Derechos Humanos bajo la dictadura, es la Pontificia Universidad Católica de Chile.

18 Una investigación realizada sobre la base de una encuesta de opinión sobre el tema de las orientaciones culturales sobre la igualdad y desigualdad sociales, revelaba que el principal valor de Chile era su solidaridad, su principal defecto el clasismo y que considerándose la igualdad un valor principal, como se deduce de los dos resultados anteriores, se tiene sin embargo un gran escepticismo sobre que alguien vaya a hacer algo por superar las desigualdades. Ver Garretón y Cumsille (2002).

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Manuel Antonio Garretón Merino. Sociólogo formado en la Universidad Católica de Chile y Doctorado en l'Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales. Paris. Ha enseñado en Universidades nacionales y extranjeras. Asesor y Consultor de diversas instituciones públicas y privadas nacionales e internacionales. En la actualidad es Profesor Titular Departamento Sociología Universidad de Chile y del Departamento de Ciencia Política del Instituto de Asuntos Públicos de la misma Universidad. Entre sus últimos libros se encuentran: La sociedad en que vivi(re)mos. Introducción sociológica al cambio de siglo (2000), Cultura y desarrollo en Chile. Dimensiones y perspectivas en el cambio de siglo (coordinador, 2001). Democracy in Latin America. Reconstructing political society (co-editor, 2002). Latin America in the 21st century. Toward a new socio-political matrix (co-autor, 2003). El espacio cultural latinoamericano. Bases para una política de integración cultural (coordinadoir y co-autor, 2003). The incomplete democracy. Studies on politics and society in Latin America and Chile. (Octubre 2003).

(E-mail: magarret@uchile.cl)


 

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