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Revista de ciencia política (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-090X

Rev. cienc. polít. (Santiago) v.29 n.1 Santiago  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-090X2009000100009 

REVISTA DE CIENCIA POLÍTICA / VOLUMEN 29/ N° 1 / 2009 / 165 -183

Dossier

La ciudad apestada. Neoliberalismo y postpanóptico*

The Stinking City. Neoliberalism and Post-panoptic

 

RODRIGO CASTRO ORELLANA

Universidad Complutense de Madrid


RESUMEN

El artículo estudia el dispositivo panóptico, expresión arquitectónica del poder moderno, desde la perspectiva de su funcionamiento y de su eventual presencia en la actual lógica del capitalismo globalizado. En este contexto, se identifica una nueva tecnología de poder postpanóptica que estaría íntimamente vinculada a la racionalidad biopolitica neoliberal de nuestras sociedades contemporáneas. Esta nueva escena supone una organización del espacio que trasciende el modelo reticular o la vigilancia normalizadora del panóptico y que podría denominarse "sinóptico". La biopolitica neoliberal, entonces, dotaría de fluidez a los territorios hasta uniformizarlos en la superficie lisa del consumo y saturaría los lugares de una exhibición de lo heterogéneo. Se concluye estableciendo el carácter inmunitario de la producción de espacio y subjetividad que articula la tecnología de gobierno neoliberal y que se manifiesta concretamente en la segregación del territorio urbano.

Palabras clave: Panóptico, sinóptico, biopolitica, neoliberalismo, subjetividad.

ABSTRACT

The article studies panopticism as an architectural expression of modem power, from the perspective of its functioning and possible presence in the current logic of globalized capitalism. In this context, it identifies a new technology of post-panoptical power, which is closely linked to the neoliberal-biopolitical rationality of our contemporary societies. This new framework involves an organization of the space which reaches náther the reticulated pattern nor the normalized vigilance of the panopticum and which could be called "synoptic". Neoliberal biopolitics thus would endow fluidity to territories; it would even render them into a uniform surface of consumption and would saturate those places where heterogeneity is displayed. This article concludes by establishing the immunitary nature of the production of space and of subjectivity articulated by the technology of neoliberal governamentality and manifested specifically in the segregation of the urban territory.

Key words: Panoptic, synoptic, biopolitics, neoliberalism, subjectivity.


"Cada cual encerrado en su jaula, cada cual asomándose a su ventana,
respondiendo al ser nombrado y mostrándose cuando se le llama, es
la gran revista de los vivos y de los muertos"

Michel Foucault. Surveiller et Punir.

En la prisión, la mirada se multiplica por todas partes. Una torre de vigilancia en el centro del edificio y, alrededor de la misma, una estructura circular de galerías y celdas. Desde dicha torre, el guardia puede observar exhaustivamente la vida de cada uno de los prisioneros sumidos en su estrecha jaula cotidiana. Por su parte, el preso solamente puede reconocer la presencia autoritaria e implacable de la torre de vigilancia y nada más. Una cortina opaca le impide discernir si el guardia está efectivamente allí o si en este preciso momento sus ojos escrutadores se dirigen a una u otra celda. La sensación, entonces, resulta insoportable, puesto que la mirada parece detenerse siempre en cualquier espacio. Nada escapa a este ojo de Dios convertido en arquitectura. Porque nunca sabe quién, cómo y cuándo le observa, el prisionero reproduce en sí mismo un mecanismo de control perpetuo y se convierte en el principio de su propio sometimiento.

Este relato corresponde al célebre análisis de Michel Foucault respecto al proyecto de cárcel panóptica propuesto por Bentham a finales del siglo XVIII.1 Se trata del sueño de construir un edificio máximamente eficiente en cuanto a su organización arquitectónica, que sea capaz de producir el efecto de una completa subordinación por parte de los prisioneros. Asistimos, por ende, a un cruce entre una lógica del poder, un modelo de organización espacial y una producción específica de subjetividad, que representaría una metáfora extraordinaria de los sistemas de dominación que ha desplegado la modernidad.

Desde esta perspectiva, nos proponemos en este trabajo analizar el origen, el sentido y el modo de funcionamiento del concepto de panóptico dentro del pensamiento de Foucault.2 Seguir el rastro de esta noción desde la primera formulación de la analítica del poder hasta la irrupción del problema de las tecnologías de gobierno. Pero, sobre todo, deseamos explorar qué queda de la tecnología panóptica en nuestras ciudades contemporáneas, cuando la racionalidad neoliberal hace de la vida un mero eslabón en la imparable expansión de los mercados y los intereses financieros del capitalismo globalizado.

I. PODER Y ESPACIO

La analítica foucaultiana reformula el concepto de poder a partir de la idea de espacio relaciona]. Esto quiere decir que las relaciones de poder deberían ser definidas como un campo estratégico en el cual se sitúan una pluralidad de dispositivos interesados en la apropiación de los cuerpos y la producción de individualidad. De esta manera, el poder se presenta como la fuerza que hace posible un lugar, la disposición que condiciona un territorio para el encierro de los individuos en un programa estricto de conductas esperadas. Sin embargo, el poder propiamente tal, en su particular condición reticular, no tiene localization posible. Se trataría del punto de fuga, difuso e irrepresentable al cual se dirigen todas las líneas proyectadas sobre el espacio material en que se desenvuelven los cuerpos dóciles.

Así pues, existiría una clara conexión entre las tecnologías de poder y la densidad que adquiere un espacio como zona de incorporación de los cuerpos a una mecánica de subjetivación. Esta ligazón respondería, además, a una nueva economía del poder que irrumpe en la modernidad y que se encuentra centrada en la captura espacial de los cuerpos, ya no en su exilio o expulsión de todo territorio. La lógica de un poder inclusivo y positivo desplazaría históricamente a un lugar secundario la función de un poder excluyente y negativo.

Esto último puede ilustrarse atendiendo a los medios que la administración de la ciudad ha utilizado para enfrentar dos peligros de naturaleza dispar: la lepra y la peste. El leproso, durante la Edad Media, habría sido objeto de una serie de rituales de exclusión que involucran principalmente su exilio de la ciudad y la clausura de ésta frente a él en una práctica de rechazo y olvido (Foucault, 2000:13). Se trataba de alejar al enfermo lo más posible del espacio urbano; de introducir un corte radical entre la ciudad y la lepra, de inventar un espacio alternativo y extraño en que se concentrasen los infectados. Un espacio cuya extrañeza no solamente residiría en su lejanía, sino sobre todo en lo indiferente que resulta para una mirada analítica.

Por otro lado, la estrategia para enfrentar la peste durante los siglos XVII y XVIII -como relata Foucault en Vigilar y Castigar- se caracterizaría por una incorporación de la amenaza y de la población enferma dentro de un espacio recortado, inmóvil y petrificado (1995: 199). La ciudad, entonces, se plegaría sobre sí misma para ejecutar una división estricta de su propio territorio que garantice la inserción de los individuos en un lugar fijo, el control de sus movimientos y el registro minucioso de todo acontecimiento. Tales objetivos se alcanzarían mediante una difusión generalizada de la mirada por este espacio reticular. No se trata ya del mareaje y la consiguiente expulsión del individuo enfermo, como ocurría con la lepra, sino del análisis y la detención de los apestados en un territorio artificialmente controlado hasta en el más mínimo de sus detalles.

Si el tratamiento de los leprosos pone de manifiesto el concepto de la ciudad clausurada que cierra sus fronteras ante el peligro devastador de una exterioridad salvaje, en un intento por alcanzar el sueño de la comunidad pura; la ciudad apestada encarna la idea de la ciudad inmovilizada ante el peligro interior, que suspende su ritmo cotidiano para dar paso a un tiempo y un espacio propios de la excepción (Agamben, 1998) y donde el poder se multiplica atrapando a los cuerpos individuales dentro de un régimen normalizador. Es la ciudad sometida al estado de sitio y es también -como plantea Foucault- "[...] la utopía de la ciudad perfectamente gobernada" (1995: 202).

Sin embargo, estos dos esquemas de poder: la exclusión del leproso y la inclusión del apestado, pueden perfectamente ser compatibles entre sí. De hecho, en este punto reside la clave del análisis que Foucault desarrolla sobre la sociedad disciplinaria durante el siglo XIX. En tal sentido, el pensador francés destaca el proceso por medio del cual la población de los "hombres infames" -es decir: locos, delincuentes, enfermos- deja de ser objeto de mareaje y encierro indiferenciado para ser incorporada a espacios analíticos y disciplinarios como el asilo, la cárcel o el hospital. Dicho desplazamiento decisivo supondría tratar a los leprosos como apestados, dentro de una nueva lógica que rescata la división binaria y la marcación características del modelo de la lepra (normal-anormal, sano-enfermo), así como la distribución diferencial propia del modelo de la peste (vigilancia, recorte de lugares y movimientos, etcétera).

La expresión más refinada de esta nueva lógica en el ámbito de la arquitectura la encontraríamos en el panóptico de Bentham. Una cárcel que se construye sobre un principio de asimetría de la capacidad visual. Esto quiere decir que el edificio opera como un dispositivo de visibilidad, en el cual los prisioneros son sometidos a una economía de la mirada que consiste en la absoluta desproporción del esquema ver-ser visto. Mientras el individuo ingresa en un campo artificial de vigilancia total y sistemática, por otra parte dicho sujeto resulta completamente desprovisto de la capacidad de observación de los vigilantes. Esto se traduce en una experiencia constante de visibilidad y control que asegura el funcionamiento automático del poder (Foucault, 1995:204).

II. EL DISPOSITIVO DE LA VISIBILIDAD

El panóptico sería, por tanto, la concreción espacial de un poder que se hace máximamente eficiente en la misma medida que logra combinar el hecho de ser visible con la condición de ser inverificable. De esta forma, se descubre un procedimiento técnico, que implica la gestión arquitectónica del espacio y que permitiría conquistar el sueño de la ciudad perfectamente gobernada. La dimensión instrumental de este descubrimiento resulta decisiva, puesto que hace posible vislumbrar que estamos ante un modelo generalizable de funcionamiento (Foucault, 1995: 208) y no sólo frente al diseño aislado de una cárcel particular.

En efecto, esta técnica de implantación de los cuerpos en el espacio resultaría aplicable en todo contexto donde se pretenda imponer una tarea o un comportamiento a una masa de individuos. Solamente mediante la utilización de un sistema arquitectónico que posibilite la vigilancia total podría producirse una institución disciplinaria perfecta. No parece extraño, entonces, que las instituciones de la modernidad clásica interesadas en la normalización de los sujetos (como la escuela, el asilo psiquiátrico o la cárcel) se hayan apropiado de este dispositivo de la visibilidad. Hay un verdadero archipiélago de instituciones disciplinarias que manejan el principio panóptico a través de un conjunto heterogéneo de procedimientos de observación, entre los cuales el examen constituye una técnica privilegiada.

En este auge de lo disciplinario, corresponde subrayar el rol importante que ha cumplido la variable poblacional, puesto que su incremento y su dispersión territorial han forzado a los aparatos de poder modernos a buscar nuevas estrategias de dominación menos centradas en el cuerpo físico del individuo, en la acción local y puntual, o en la violencia explícita. Esta es la razón por la cual el suplicio o la cárcel, como mero lugar de encierro, suponen -para Foucault- tecnologías de castigo desfasadas e inoperantes en el siglo XIX.

El panóptico, por ende, emergería como un arma para enfrentar la multiplicidad de un grupo, su variedad constitutiva, la proliferación de diferencias y la heterogeneidad de las posibles elecciones. Ciertamente, su trampa de la mirada opera sobre la individualidad de los cuerpos, pero lo hace en el marco de una intervención universalizable y con el fin último de facilitar la incorporación del sujeto a la norma homogénea que va a regir al colectivo. Por tal motivo, puede afirmarse que el esquema panóptico está destinado a difundirse en el cuerpo social (Foucault, 1995: 211). Su lógica interna pretende una utilización infinita, allí donde se aspire a la subordinación de las fuerzas y de los cuerpos. Bentham mismo lo vio así y, de hecho, soñó con una proliferación ilimitada del dispositivo, en la articulación de una sociedad completamente penetrada por tecnologías disciplinarias.

Esta utopía panóptica representaría el sueño de una sociedad de cuerpos dóciles, donde cada espacio público o privado se halla expuesto a la vigilancia y el control, un lugar en el que no se encuentran los rostros ni el diálogo puede fracturar lo establecido, un sitio en que el discurso se monopoliza bajo el monólogo abrumador de la observación. Se trataría, en pocas palabras, de una comprensión profiláctica de la sociedad.

Así pues, se pondría de manifiesto uno de los supuestos fundamentales de la modernidad: imponer orden en la sociedad exige la organización del espacio. Por tal razón, esta metáfora de la arquitectura permite dar cuenta del espacio moderno como un ámbito sólido y sistemático que resulta enemigo acérrimo de la contingencia, la ambigüedad y lo aleatorio (Bauman, 2006:31). La utopía moderna de la sociedad perfectamente gobernada expresaría el refinamiento de un capitalismo que se despliega y territorializa como gestión de los cuerpos, diseño de los lugares e ingeniería social. El panóptico equivaldría, entonces, a un espacio-jardín donde las plantas son intervenidas para su reproducción, la naturaleza resulta atrapada por la manipulación técnica y, lo que es más importante, se ha cortado toda la maleza y extirpado cualquier plaga molesta.

Sin embargo, la intencionalidad utópica de Bentham debe diferenciarse del uso efectivo que el principio panóptico ha tenido en nuestras sociedades. De hecho, la interpretación foucaultiana escapa a cualquier comprensión del panóptico como un sistema global e insiste en la idea de que este modelo no sintetiza todas las tecnologías de poder modernas (Jay, 2007: 311). En tal perspectiva, adquiere toda su importancia la noción de biopoder, puesto que permite dilucidar el diagrama general en que el panóptico se insertaría como un procedimiento más entre otros.

III. EL PODER SOBRE LA VIDA

No resulta sorprendente, entonces, que Foucault considere que el dispositivo panóptico no supone una consumación definitiva de los intereses de dominación del capital. En este punto habría que tener presente el modo en que la tecnología panóptica se inscribe en la genealogía del bíopoder moderno, es decir, correspondería circunscribir dicho mecanismo como uno de los polos de desarrollo iniciales del poder sobre la vida, a partir del siglo XVIII (Foucault, 1998:168). El panóptico representaría un modo de poder característico de la disciplina, el cual puede definirse como una anatomopolítica del cuerpo humano. En este contexto, el cuerpo individual resulta producido como una máquina revestida de utilidades y rendimientos propicios, una forma de vida recortada e insertada en un espacio artificial.

Pero enlazado con esta anatomopolítica, estaría otro polo de desarrollo del biopoder, una invención más tardía que involucra una inédita racionalización de los problemas planteados a la práctica del gobierno por los fenómenos específicos de la población. Se trataría de una biopolítica que desarrolla diversos controles reguladores sobre el cuerpo especie, por ejemplo: se preocupa e interviene sobre aspectos demográficos (tasas de nacimiento, decesos, indicadores de fecundidad, curvas de mortandad), higiénicos (enfermedades, campañas de vacunación, programas de salud pública), previsionales (la vejez, el mercado del trabajo, los seguros, la jubilación) y urbanísticos (viviendas sociales, salubridad de los espacios, control del hacinamiento).

Por lo tanto, puede concluirse que en la propia historicidad de los poderes que aspiran a la apropiación política de la vida, se evidencia la existencia de múltiples tecnologías más allá del panoptismo. Esto no implicaría en ningún caso una desaparición o superación de dicho dispositivo disciplinario, sino su incorporación a un repertorio de estrategias y combinaciones más amplio y complejo. De hecho, la articulación entre anatomopolítica y biopolítica ha sido indispensable para el desarrollo del capitalismo ya que ha asegurado la inclusión de los cuerpos en el aparato productivo y, por otra parte, la adecuación de los fenómenos poblacionales a los procesos económicos.

Tenemos a la vista, entonces, tres mecanismos de poder: la partición binaria y excluyente entre lo permitido y lo vedado (modelo de la lepra), el sistema disciplinario de vigilancia y normalización (modelo de la peste) y, ahora, una nueva tecnología que consiste en el control regulador de la población. Foucault ha sabido ilustrar este último mecanismo recurriendo una vez más al ejemplo de la lucha contra la enfermedad, en concreto: a la batalla contra la epidemia de la viruela durante el siglo XVIII.

En dicho contexto se implemento una serie de procedimientos empíricos que lo que hacían era apoyarse en la realidad misma de la enfermedad permitiendo su circulación, como forma de darle control (por ejemplo, a través de la variolización o la vacunación). De este modo se llegó a desplegar una racionalidad que insertaba el fenómeno dentro de los acontecimientos probables, realizando el cálculo de los costos asociados al mismo, fijando la media de enfermos considerada óptima y los límites de lo aceptable (Foucault, 2006: 20-21).

La viruela será pensada, entonces, en términos de cálculo de probabilidades, estableciéndose los riesgos de morbilidad y mortalidad, las curvas de normalidad y los indicadores de mayor peligro que permiten dirigir acciones preventivas. Se trata, en definitivas cuentas, de una serie de mecanismos que se acoplan a la enfermedad, ya no para expulsarla o detenerla en el espacio geométrico de la cuarentena, sino para seguirla y estudiarla en su fluir natural, generando condiciones de seguridad ante su amenaza que descansan en un conocimiento minucioso de su materialidad específica. Estas estrategias aplicadas a la viruela, pero extrapolables a cualquier ámbito en que funcione la variable poblacional, son denominadas por Foucault: dispositivos de seguridad.

En el curso del College de France: Ségurité, Territoire, Population el filósofo francés identifica con claridad los elementos que diferencian las tecnologías disciplinarias de estos últimos dispositivos (Foucault, 2006: 66). En primer lugar, la disciplina tendría un carácter centrípeto, en tanto que aisla un espacio, mientras que el dispositivo de seguridad sería centrífugo, ya que incorpora sin cesar nuevos elementos abriendo de manera creciente el espacio a una circulación intensiva. Por otra parte, la disciplina utilizaría el reglamento como una herramienta privilegiada, lo cual implica sancionar el detalle, no dejando nada liberado al azar. Dicha programación estricta de los acontecimientos no encaja con la mecánica de los dispositivos de seguridad, puesto que éstos no aspirarían a reprimir los detalles, sino más bien a establecer un nivel de permisividad como factor indispensable. De este modo, el sistema de seguridad va más allá de la dicotomía permitido/prohibido, propia de la disciplina, para instalarse en una aprehensión de las cosas en el plano de su realidad efectiva cuyo fin es hacer actuar los fenómenos naturales unos con otros.

Según Foucault, estos dispositivos de seguridad corresponderían a una nueva racionalidad gubernamental, es decir, a un nuevo modo de concebir y llevar a cabo el gobierno de las poblaciones. Esta tecnología operaría dejando que la realidad se desarrolle y marche de acuerdo al curso de sus propias leyes y en función de los procesos que le son intrínsecos (Foucault, 2006: 70). Sería un arte de gobernar frugal que el filósofo francés se inclina por denominar: liberalismo, puesto que consiste en el uso ideológico y técnico de la libertad como condición para el desarrollo de las formas capitalistas de economía.

En tal sentido, el liberalismo implicaría una modalidad avanzada de biopolítica que administra la población tomando en cuenta la variable de la libertad de los individuos, esto es: sus movimientos y desplazamientos, la circulación de los intereses y, sobre todo, el deseo. Una nueva lógica de poder cuyo problema principal no es la restricción del deseo y el disciplinamiento exhaustivo de los cuerpos, sino saber cómo decir sí al deseo y la gestión de los procesos circulatorios de la población. Esta gubernamentalidad liberal3 sufrirá -a lo largo del siglo XX- importantes transformaciones que se manifiestan especialmente en el orden económico, y que son una consecuencia de las nuevas doctrinas del ordoliberalismo alemán4 o del neoliberalismo americano,5 y particularmente de la crisis del modelo keynesiano.6

En este contexto, la defensa liberal del laissezfaire dejará paso a un criterio de intervención permanente y multiforme que haga posible la economía de mercado. Tal objetivo supone -según la racionalidad neoliberal- permitir que la dinámica competitiva se extienda y, con ello, la desigualdad en las interacciones de los homo oeconomicus. En tal sentido, Friedman y Becker se van a referir al marco para identificar aquellas condiciones fundamentales de existencia del mercado que no constituirían por sí mismas aspectos estrictamente económicos y que resultaría preciso producir. Se esboza, de esta forma, toda una política de la vida ligada al imperativo neoliberal de hacer funcionar dichas condiciones, entre las cuales se encuentran las opciones de los sujetos, sus conductas, el modo de relacionarse con ellos mismos, etcétera (Foucault, 2007:172).

En síntesis, los dispositivos de seguridad evidencian la irrupción de una tecnología de poder postpanóptica en la cual ya no se recurre a la construcción de un espacio artificial o a la reglamentación del tiempo. El poder deja de responder a una demanda de territorialización como único medio para homogeneizar y neutralizar políticamente a las poblaciones. Se trataría de una mutación en la dimensión del espacio y el tiempo que convertiría al poder en un mecanismo extraterritorial, que se desenvuelve en el nivel de la instantaneidad. Al poder ya no le interesaría situarse en un lugar o avanzar hacia la conquista de territorios, sino más bien derribar toda frontera y disolver lo local para permitir la fluidez del capital. De igual manera, tampoco le inquietaría la historicidad del progreso o la construcción del futuro, puesto que concibe su propia expansión como la confirmación de un presente sin historia.

IV. SUPERACIÓN Y PERSISTENCIA DEL PANÓPTICO

La caracterización que hemos hecho de esta nueva lógica del poder como tecnología postpanóptica nos obliga a realizar algunas precisiones conceptuales en torno a esta última noción. El término postpanóptico tendría su origen en el artículo de Boyne: "Post-Panopticism" (2000); aunque el fenómeno político que describe ya había sido anticipado por Deleuze, bajo el concepto de sociedades de control (1990), y -de acuerdo a lo que hemos venido exponiendo- incluso por el propio Foucault en su descripción biopolítica de la gubernamentalidad liberal.

En concreto, Boyne denomina postpanopticismo al conjunto de perspectivas analíticas que defienden la necesidad de abandonar el concepto benthamniano-foucaultiano de panóptico, dado que este constituiría un enfoque que no se ajusta a las nuevas realidades socioculturales del capitalismo contemporáneo. En este contexto, se inscribiría el planteamiento de Bauman, quien sostiene que estaríamos asistiendo al "fin del panóptico" como fenómeno correlativo al "fin de la modernidad temprana" (2006:16). De acuerdo a esta transformación, surgiría una nueva modalidad de poder extraterritorial ligada a los mecanismos de seducción de la sociedad de consumo, que justificaría sustituir como grilla de análisis el dispositivo panóptico de las sociedades disciplinarias, por el dispositivo sinóptico7 del capitalismo globalizado (Bauman, 1999a: 70). Este último mecanismo funcionaría a un nivel planetario y se desplegaría a través de los medios de comunicación. Procedería fracturando la localization y el conflicto entre vigilantes y vigilados, para reemplazarlo por un medio interactivo global en el que se incorpora a los individuos como observadores.

Estas conclusiones de Bauman son reafirmadas por Bogard, en la descripción de lo que este último denomina: sociedades del hipercontrol, las cuales presentarían una forma de poder que se ejerce a través de la producción de diferencias y de la radical deconstrucción de las bases binarias de la identidad (2006:64). Mientras en las sociedades disciplinarias el gobierno actúa mediante dispositivos espaciales y temporales, en las sociedades del hipercontrol las estrategias reguladoras serían predictivas y de actuación antes del hecho. De este modo, la nueva lógica de control maximizado descansaría sobre instrumentos de sujeción que trascienden las dimensiones espacio-temporales, que eran particularmente propias del mecanismo panóptico.

En síntesis, tanto Bauman como Bogard describen una sociedad postpanóptica, a partir del supuesto de que existirían estadios históricos globales y antagónicos en el seno de la modernidad (fase pesada - fase líquida, era disciplinaria - era del control, etcétera). Se produce, por tanto, una hiperbolización tanto de la idea de panóptico como del concepto de postpanóptico. Bauman da buena prueba de ello cuando desarrolla una lectura incorrecta del análisis benthamniano del panóptico que lo conduce a concebirlo como un modelo de la sociedad total o una parábola de la sociedad en su conjunto (1992:34,36). Ciertamente, Bentham apostaba por la dimensión universalizable de su proyecto, pero sobre todo ofrecía una herramienta con aplicaciones específicas.

Otros autores han defendido, contra la tesis postpanóptica, la existencia de un proceso de persistencia, maximization o complejización del modelo panóptico en nuestras sociedades contemporáneas. Stanley Cohen, por ejemplo, observa dicha persistencia de los principios panópticos en los nuevos métodos policiales de incapacitación tecnológica, como la radiotelemetría o la marcación electrónica (pulseras, dispositivos en el tobillo, etcétera) que pretenden asegurar una vigilancia constante y no verificable (1985:222). Se trataría, en palabras de Gary Marx, de un panóptico electrónico que utiliza microchips en lugar de barrotes o ligaduras invisibles en vez de esposas y camisas de fuerza (1988:220). Un sistema que, al igual como ocurría con los criterios operativos de la cárcel panóptica, extendería sus tácticas al resto del cuerpo social, a través del uso de la información de los archivos criminales con fines que nada tienen que ver con la delincuencia (por ejemplo, en el ámbito del empleo) (Gordon, 1987: 487). Cabría concluir, entonces, que el panóptico estaría muy lejos de representar un modelo desfasado de nuestra historia. Por el contrario, nos encontraríamos frente al peligro de un encierro absoluto en su dinámica.

En una perspectiva similar, Zuboff destaca que la base material del poder actual tiene su clave en el panóptico, aunque se remite para demostrarlo al ámbito de la tecnología informática (1988:315-317). En este caso, se puede constatar que lo sistemas computarizados implementados en el espacio laboral permitirían una supervisión eficiente y exhaustiva de los acontecimientos y rendimientos que se producen en los puestos de trabajo. No obstante, este incremento de la visibilidad no se generaría solamente en el ámbito de la producción sino que resultaría extrapolable al mundo del consumo. Así lo sostienen Webster y Robins (1989), en su estudio de la administración de información transaccional (facturas telefónicas, operaciones con tarjeta de crédito, reintegro de depósitos bancarios, etcétera) como una forma de vigilancia que aspiraría a la gestión de las conductas de consumo de los individuos.

Según Gandy, esta transformación de los datos de consumo personal en una "mercancía informativa" sería decisiva en el funcionamiento del capitalismo contemporáneo y evidenciaría que las redes informáticas convierten a los consumidores en sujetos visibles para observadores inidentificables (1989). La ciber-ciudad, ese enorme espacio de la interconexión global, sería un artefacto panóptico o, como prefiere decir Poster, un súper-panóptico (1989: 122) que utiliza la propia autoconstitucion de los individuos para sus objetivos de normalización (Poster, 1990: 97).

En suma, el argumento de la persistencia del panóptico se desplazaría de un modo ambivalente entre una descripción del funcionamiento total de la sociedad - en una lógica hiperbólica similar a la que desarrolla la tesis del postpanóptico-y un análisis acotado que se limita al campo de los sistemas de vigilancia gubernamental o de las tecnologías de la información. Esta segunda línea de argumentación aporta una serie de ejemplos que, como mínimo, refutan el planteamiento de que asistiríamos hoy en día a una superación radical del modelo panóptico. Sin embargo, la persistencia del panopticismo no excluye la posibilidad de una coexistencia de tecnologías de poder dispares, particularmente si entendemos que el panóptico representa un procedimiento específico que no niega la presencia de otros mecanismos contrapuestos.

Esta tesis de la coexistencia de tecnologías ha sido defendida por el propio Boyne, quien concluye que pese a los cambios en los ámbitos de aplicación, el impulso panóptico no se ha apagado y aún puede operar como un tipo analítico ideal (2000:299). En esta dirección también apuntan las reflexiones de Lyon cuando afirma que habría un sistema dual de control, donde la seducción de las ofertas de consumo sería correlativa de un mecanismo panóptico que persigue disciplinar a los sujetos a través de las nuevas tecnologías informáticas (1995: 111). El panóptico, por tanto, poseería una funcionalidad parcial, especialmente relevante a la hora de intervenir sobre aquellos que quedan fuera de los sistemas de gobierno que articula el mercado. En un sentido similar, recientemente De Giorgi ha señalado que no existe un único y permanente panóptico, sino más bien una combinación de tecnologías orientadas a la diferenciación de espacios en la ciudad contemporánea (2006:136).

Así pues, la complejidad y heterogeneidad de las estrategias de disciplinamiento y control dentro del capitalismo tardío parecen legitimar una perspectiva crítica que combine las tecnologías panóptica y postpanóptica como procedimientos particulares que poseen campos de acción independientes. No obstante, en este punto se precisa de un principio explicativo que nos permita comprender el régimen de funcionamiento que enlaza estas tecnologías. En tal sentido, defendemos la hipótesis de que la noción de biopolítica avanzada hace posible una descripción de la sociedad contemporánea como un entramado de mecanismos deslocalizados de seducción y de dispositivos territoriales de coacción explícita. Esta hipótesis encuentra en el ámbito del gobierno del espacio un contexto de verificación.

V. EL DISPOSITIVO SINÓPTICO

La idea de un gobierno biopolítico del espacio pareciera, en principio, que está en contradicción con la articulación de una tecnología de poder deslocalizada. Sin embargo, la inclinación extraterritorial y atemporal del postpanoptismo paradójicamente incorpora al espacio y al tiempo como objetivos primordiales de las estrategias de dominación. De hecho, el modelo de control poblacional característico de las sociedades neoliberales se presenta cada vez más como un sistema atmosférico, que acondiciona el medio para la realización de las opciones de consumo de los sujetos.

El poder, en este caso, se serviría del ambiente, de la oferta del entorno para lograr que los individuos realicen su libertad en el interior del clima de posibilidades que se les propone. Asimismo, la ausencia del tiempo operaría banalizando todo acontecimiento, sumiéndolo en la máquina trituradora de un consumo insaciable, ansioso siempre de novedades efímeras. De esta forma, la seducción del entorno y la instantaneidad reforzarían el régimen de libertades forzosas en que habitamos. Como ha sugerido Houellebecq, la oferta de consumo operaría como un imperativo implacable que se pega a la piel del individuo diciéndole "tienes que desear" o, lo que es lo mismo, "[...] debes sumergirte en este fluir permanente de mercancías", convertirte en un fantasma obediente del devenir (2000: 69).

Así pues, la expansión del mercado mundial y el despliegue de la sociedad del consumo, se corresponderían con el desarrollo de la nueva lógica de poder postpanóptica. Es decir, si bien el panóptico constituye un instrumento altamente eficiente en el ámbito de la producción referida a un lugar, pierde consistencia estratégica en ciertos contextos donde el mercado global demanda la desterritorialización y la destrucción de lo local. Las nuevas reglas de consumo, en esta perspectiva, desestimarían la homogeneidad y reivindicarían la generación de diferencias en el menú del mercado.

Aquí resulta útil el concepto de sinóptico, que propone Mathiesen (1997), para describir la estrategia de control en que se combinan los valores del consumo y la función de producción de lo simbólico por parte de las industrias de la comunicación (Hardt; Negri, 2002: 46). Este dispositivo sinóptico introduciría una nueva economía de la visibilidad en la que el individuo se ve conducido a automodelarse en el interior de un régimen que le exige "ser espectador". Se trata de un diagnóstico que Guy Debord ya había anticipado hacia finales de los años sesenta, cuando denunciaba que las imágenes espectaculares habían llegado a dominar por entero las relaciones sociales y la vida cotidiana (1999).8

Ahora bien, el sinóptico constituiría un recurso sumamente rentable para la racionalidad biopolitica del neoliberalismo, dado que produce y hace circular los valores que sustentan la monetarización de la vida, es decir, la mercantilización de las formas de existencia. Esto significa, además, que frente a la inmovilidad que pretende el panóptico, esta nueva tecnología perseguirá la aceleración de los movimientos hasta el grado de que el individuo está conminado a no detenerse jamás en ningún lugar. De esta manera, se busca garantizar que el devenir de los seres humanos y las cosas obedezcan al fluir permanente de los intereses financieros. El movimiento y la velocidad, entonces, representarían una nueva modalidad de violencia (Virilio, 2006: 44).

Por otra parte, este imperativo de volatilidad ya no puede inscribirse en el registro de la obligación reglamentaria, sino que tendrá que reproducirse mediante la seducción envolvente de los mundos prometidos por el sistema espectacular. El deber normalizador se transforma, por tanto, en el placer íntimo de mirar y elegir. Entre los objetos que se ofrecen, como portadores de experiencias inéditas (el coche más ligero que el aire o la televisión que emite la imagen nunca antes vista), pero principalmente entre las variadas posibilidades que se abren para ser uno mismo (debes hacerte a ti mismo, gestionarte, estar en forma, etcétera).

Se articularía una nueva forma de subjetividad que ya no requiere ser capturada por el sistema de la vigilancia; puesto que resultaría suficiente con la interiorización del modelo de la observación. Esto quiere decir que los cuerpos individuales dejan de ser el material al cual se dirige la mirada y se convierten en máquinas del mirar, absolutamente entregadas al espectáculo que les ofrece la biopolitica neoliberal. La ciudad, desde este prisma, no se caracterizaría prioritariamente por una arquitectura concebida para posibilitar la intromisión de las técnicas de vigilancia. Ella sería velocidad y exhibicionismo, existiría cada vez más y exclusivamente para ser vista.

VI. LA CIUDAD COMO "RESORT"

Una excelente metáfora de esta organización espacial de la biopolítica avanzada podemos encontrarla en las grandes áreas comerciales. Se trata de verdaderos templos del consumo (Bauman, 2006:107) a los cuales los individuos peregrinan, para encontrarse allí con la esencia del espíritu mercantil de nuestra época. Suelen instalarse en la periferia de las ciudades, habitualmente al costado de las autopistas que nos conducen lejos de ellas, como si fuesen un organismo extraño o un espacio flotante y satelital, ajeno al resto de la organización urbana. No obstante, esa distancia y esa autonomía aparentes no hacen otra cosa que confirmar la función primordial de las áreas comerciales: ser los lugares en que el ciudadano se retira de sus actividades secundarias y se recoge en su verdad más profunda de sujeto consumidor.

Por esta razón, el área comercial se presenta como un recinto cerrado y aséptico que elimina todo aquello que pueda suponer una distracción de la tarea de consumir. La atmósfera, entonces, necesariamente adquiere una connotación seductora a través del aire acondicionado intensivo, las sensaciones musicales del entorno o el espectáculo inagotable de los escaparates. Dentro de este verdadero "invernadero" de la oferta y la demanda, el consumidor puede moverse libremente y gozar de la experiencia de disponer de infinitas opciones. Frente a cada una de sus elecciones el espacio que lo rodea parece amoldarse, con una flexibilidad ilimitada, como si se tratase de un juego de aventura gráfica que se reinventa en función de cada decisión del jugador. Nada enturbia la libertad del consumidor porque no existe ningún riesgo en sus opciones, más que la sencilla posibilidad de reiniciar la partida. En este sentido, hay una perfecta combinación entre libertad y seguridad en el área comercial, la absoluta inmanencia de un espacio sin accidentes.

En este templo los individuos se reúnen como similares, pero no se encuentran como diferentes. Unos detrás de otros se mueven silenciosos contemplando las prendas que exhibe un maniquí o la publicidad de un nuevo producto; sin detenerse jamás en un cara a cara con el otro, que transgreda la lógica de las transacciones económicas. Sin duda hay algo de "museológico" en todo esto: grandes multitudes que circulan por los pasillos absortas exclusivamente en los cuadros que poco a poco, y uno a uno, se ofrecen a la mirada (Moulian, 1997:112). Así pues, lo decisivo en el área comercial es la imagen, el decorado que lo envuelve todo en un gran diseño escenográfico para atrapar nuestros ojos. No se busca que habitemos dicho lugar, sino que profundicemos en su observación sistemática. El área comercial constituye un ejemplo notable de una organización espacial de la mirada, en función de la mercantilización de la vida.

En tal sentido, estamos ante un otro-lugar que condensa la ciudad contemporánea, es decir, que evidencia la racionalidad del espacio urbano biopolítico. De hecho, la ciudad actual, en tanto que expresión del poder del capitalismo globalizado, se articula cada vez más como una suerte de resort situado en medio de la catástrofe planetaria. Una zona de confort turístico, aclimatada de forma aséptica para desviar la mirada de aquello que no sea su propio recinto amurallado. Un espacio flotante que no está construido con el fin de ser habitado, sino que opera bajo el único propósito de asegurar la circulación volátil e instantánea de los intereses económicos.

Esta característica resort de la ciudad globalizada permite constatar un principio elemental del espacio urbano: la segregación. Del mismo modo que los consumidores son separados en defectuosos o eficientes, de acuerdo a su modo de inserción en la fluidez espacio-temporal del capitalismo, las ciudades pueden dividirse en función de su rendimiento dentro del mercado biopolítico. El neoliberalismo, entonces, arrasaría las ciudades contemporáneas produciendo efectos de desterritorialización, que se encarnan en una élite de sujetos globales habilitados para circular por las redes de información o negocios de una forma ligera, desarraigada e inmediata. Pero también se producirían efectos territoriales en la dinámica de la economía global, los cuales tienen su expresión más elemental en una multitud de individuos locales encadenados a un lugar y sometidos al peligro de evadir las fronteras. En el caso de estos últimos, se trataría de consumidores imperfectos (Bauman, 1999b: 64), cuya territorialidad extrema resulta directamente proporcional a su desconocimiento de las nuevas lógicas del comercio o la tecnología.

Ahora bien, la relación entre globales y locales, que se caracteriza por la segregación, involucraría la absoluta prescindibilidad de los primeros con respecto a los segundos pero no viceversa. La lógica del adversario ideológico ha sido superada en el pobre por una comprensión del rico que ya no lo reduce a la figura del enemigo de clase, sino que se lo representa como la medida exacta de su propia inadecuación al sistema capitalista. La burguesía globalizada, en tal sentido, encarna principalmente un modo de vida que los aparatos de legitimación del poder neoliberal comunican como meta deseable o expectativa existencial. Aquí, nuevamente, entra en juego el dispositivo sinóptico como mecanismo de sugestión centrado en la observación de los globales. La mirada local resulta atrapada en esta exhibición fascinante de los deseos y las opciones de los menos. En pocas palabras, el capitalista deja de ser un poder a derrocar y se convierte en un ideal a alcanzar.

De esta forma, puede concluirse que en nuestro tiempo una mayoría sedentaria es gobernada por una élite nómade y extraterritorial, que evita y rechaza los límites espacio-temporales, frente a una masa numerosa que precisamente batalla por lograr algo durable y un espacio propio. Los globales no habitan la ciudad sino que circulan entre diversas capitales como huéspedes de una utopía urbana siempre flotante, que jamás aterriza ni se aferra completamente a un lugar. La aceleración, la fluidez, el devenir de las posibilidades son siempre constantes y expansivas.

Por otra parte, los locales caen prisioneros de una ciudad violenta, caótica y salvaje, donde la vida no vale nada en la lucha por pertenecer a algo y sobrevivir. En este escenario, donde prima lo territorial como reverso del poder global, la tecnología panóptica aún posee un ámbito de aplicación y un grado de utilidad. Es decir, mientras los cuerpos se rigen por el espacio y el tiempo, el encierro disciplinario y la vigilancia normalizadora preservan su eficacia como estrategias biopolíticas. Así lo acreditan, por ejemplo, la existencia de miles de telecámaras que saturan los territorios urbanos, el desarrollo de edificios capaces de actuar automáticamente en función de sensaciones olfativas, por sensibilidad a la humedad o por el movimiento de las personas (Davis, 1999:382), los instrumentos de identificación biométrica, los detectores de metales, etcétera (De Giorgi, 2006:136).

Se comprueba, entonces, que el vínculo entre panóptico y sinóptico no tiene la entidad de una secuencia histórica, ni se inscribe -como sostiene Bauman- en la transición esquemática de una modernidad pesada a una modernidad líquida. Se trata de dos herramientas biopolíticas que se solapan y se cruzan en contextos urbanos dispares. Son dos recursos de organización espacial y de distribución de la mirada cuya meta es el gobierno de las poblaciones. En el panóptico el poder se territorializa y una minoría observa vigilante a una mayoría, mientras que en el sinóptico el poder se desespacializa y una mayoría contempla fascinada a una minoría. En pocas palabras, la ciudad como expresión de la polis comunitaria se habría disuelto por la acción de un proceso que nos arroja a la intemperie y a la orfandad de toda morada. Entre la ciudad apestada y la ciudad "resort" se dibuja nuestra existencia errante de ciudadanos.

VIL SEGREGACIÓN Y CONTAMINACIÓN

Hemos expuesto hasta aquí dos modelos de organización espacial del territorio urbano: la cuadrícula panóptica que descansa en el principio de la vigilancia disciplinaria y el sistema sinóptico que comprende la construcción como objeto de consumo para la mirada. Esta multiplicidad de relatos de la ciudad parecería encajar correctamente con la constatación de que la ciudad contemporánea tiene por realidad esencial el pastiche, la mezcla de los estilos, la irregularidad de las racionalidades arquitectónicas. Desde esta perspectiva, uno se sentiría inclinado a afirmar que la ciudad no existe, si es que entendemos por aquélla un diseño coherente o un sistema unitario.

No obstante, la dificultad cada vez mayor para descubrir espacios de encuentro en las ciudades actuales, indica que en verdad aún estamos demasiado lejos de la lógica de la mezcla o la confluencia. En tal sentido, cabría concluir que la pluralidad de la ciudad, su heterogeneidad de rostros, tiene que ver más bien con la segregación y estratificación del territorio. Las ciudades globales han reconstruido en su interior "las fronteras externas que parecían derrumbarse como consecuencia de la conformación de un espacio imperial virtualmente carente de fronteras [...]" (De Giorgi, 2006:137).

De hecho, en las ciudades contemporáneas se produce un fenómeno de apartheid, por el cual aquellos que poseen recursos suficientes abandonan los distritos precarios, a los que están irremediablemente atados aquellos que carecen de medios (Bauman, 1999a: 114). De esta forma, la distinción planetaria entre globales y locales se manifestaría de un modo concreto en la urbe. En efecto, los globales dispondrían de un acceso a la movilidad ilimitado que les permitiría elegir destino y asegurarse la producción de distancia; mientras que los locales se hallarían en un espacio restrictivo, imposibilitados de desplazarse o condenados a ser expulsados del lugar que desearían ocupar.

Esta extraterritorialidad de los globales sería consecuencia de la disolución del aquí que opera en el capitalismo actual. Se trata de una ruptura entre el cuerpo y el espacio, que puede ilustrarse a través de la figura del ejecutivo exitoso que es capaz de actuar a distancia mediante la telecomunicación o que se convierte en habitante del mundo gracias a los vuelos ultrasónicos. Su equipaje siempre es ligero (un móvil, un portátil) porque el capital viaja liviano y posee el don de la ubicuidad. Sus viajes nunca implican entrar en contacto con lo local, ya que siempre él recorre espacios asegurados e incontaminados como hoteles de lujo o salas vip de aeropuertos que en cualquier país del mundo son idénticos. De hecho, ser global consiste precisamente en la capacidad de estar siempre inmerso dentro del mismo espacio decorado, un "lugar" radicalmente deslocalizado.

Asimismo, los rascacielos que dibujan el paisaje de nuestras ciudades son una expresión de esta volatilidad de un capitalismo divorciado de lo local. Revestidos de vidrios parecen devolver las miradas que se les dirigen como si carecieran de un interior; o dibujan, en su movimiento de elevación, ángulos prácticamente imposibles como si no se rigieran por las leyes de la física. Los edificios se inclinan hasta la diagonal, desafiando la gravedad, o simulan que flotan ocultando así los pilares que los unen y atan a la tierra. De esta manera, estas estructuras encarnan la condición ligera del capital global cuyas empresas transnacionales, además, suelen albergarse en su interior.

Dicha volatilidad no solamente se refiere a las formas y a los estilos arquitectónicos, sino que también involucra la voluntad misma de edificación. En tal sentido, para muchos países del planeta, gobernar se ha convertido en una política de persuasión del capital para que éste aterrice en sus territorios y construya sus rascacielos, verdaderos hitos de su presencia transitoria (Bauman, 2006:160). El rascacielos, entonces, constituiría un símbolo de una nueva racionalidad, de un mundo en que todo es superficie para la mirada y no hay ninguna profundidad que desentrañar. Daría testimonio de los valores del aislamiento en lo privado, del triunfo del espacio inmunizado9, de la separación y la ruptura de los lazos que permitirían reconocer la existencia de una experiencia común en la ciudad.

Sin embargo, si bien el poder global se ha liberado del territorio, la acumulación de riqueza tiene que de un modo u otro tener un lugar en el mundo físico. Por esta razón, la extraterritorialidad de los globales se ve obligada a recurrir a una estrategia específica de aislamiento y segregación respecto de lo local. La ciudad, entonces, se recorta y emergen territorios dispares, entre los cuales irrumpe la zona inmunitaria de los globales con sus hogares y oficinas celosamente custodiados, sus calles aseguradas y sus barrios invulnerables.

La arquitectura, en este contexto, articula diversas soluciones y variados espacios prohibitorios que se diseñan para interceptar o expulsar a los que pretenden usarlos. Como señala Bauman: "las élites aseguran su extraterritorialidad de la manera más material [...]" mediante "[...] la inaccesibilidad física a cualquiera que no esté provisto del permiso de ingreso" (1999a: 31). Se desea fervientemente el encierro e incluso se paga por esta clausura, que convierte progresivamente a la ciudad en una acumulación de ghettos. En semejante escenario de fragmentación territorial, como resulta evidente, no existe la posibilidad del encuentro cara a cara y el otro se convierte cada vez más en una abstracción peligrosa e inquietante.

La arquitectura contemporánea, en la concreción de su programa de construcción de "las secciones del hipermercado social" (Houellebecq, 2000:57), no apostaría por la regulación del encuentro, sino que directamente optaría por impedirlo y obstaculizarlo (De Giorgi, 2006:137). La metrópolis ya no luciría la vestimenta del espacio público y se convertiría en un campo saturado de espacios de reclusión o, como lo expone De Giorgi, un territorio en que abundan las no-go-areas (2006:136) donde los sujetos se encierran "voluntariamente" (en centros comerciales, aeropuertos o parques temáticos) y aquellas en las cuales los sujetos son condenados a no tener salida.

De esta forma, irrumpiría un criterio que permite ordenar la escala social de acuerdo a "[... ] la capacidad de acceso a lugares valorizados simbólica o económicamente" (Razac, 2001: 137). El local, entonces, ya no podría caminar libremente cual flaneur por las calles de la ciudad, sin verse obligado a detener su deambular frente a una cartografía que establece los límites de acceso a determinadas zonas. De manera equivalente, el global comprendería la accesibilidad diferenciada del espacio propio en que habita y experimentaría, por tanto, la extrañeza del territorio del extranjero, del inmigrante o del desempleado como el horizonte en que su mundo se desborda. En tal sentido, la desestructuración de la multitud correría en paralelo con una ecología del miedo (De Giorgi, 2006:138).

De hecho, la ciudad segregada ya no es una morada que garantice la protección de sus habitantes, sino que ella misma aparece como una amenaza substancial. El miedo circularía por todas partes como lo demuestran el aumento de sistemas de seguridad, de las comunidades cercadas, de los guardias armados en los vecindarios, los portones eléctricos, etcétera10- De esto último, cabe agregar, el poder globalizado es responsable puesto que incorpora el supuesto del enemigo interior y lo propaga por la totalidad del tejido social a través de sus aparatos comunicacionales.

En suma, la ciudad contemporánea presenta territorios que se rigen por la lógica del resort, es decir, espacios cerrados, intensamente decorados para la mirada y acreditados por mecanismos de seguridad e inmunización, que garantizan la circulación confortable de los ejecutivos y el consumo gozoso de los turistas. Pero también ofrece zonas abiertas, desprovistas de ornamentación, a veces identificadas con el disturbio de la periferia, en que los sujetos no son libres del territorio y luchan por la conquista de un espacio propio. Allí el capital sobrevuela la topografía para disponer del territorio como plusvalía, diseñar urbanizaciones homogéneas, extender el imperio de los espacios privados y atrapar las vidas individuales en el mecanismo de una existencia hipotecada.

En esta ciudad sectorizada por los criterios de la biopolítica neoliberal, donde el panoptismo y el sinoptismo se entrecruzan como tecnologías de control del espacio y la subjetividad, corresponde preguntarnos si subsiste aún de algún modo la dimensión re-flexiva y comunitaria de lo urbano11 Por ahora, solamente sabemos que dicha dimensión de la alteridad se concibe como un peligro, una suerte de patología que resulta necesario suprimir o alejar. Desde esta perspectiva, la metáfora de la enfermedad -utilizada por Foucault en sus alusiones a la lepra, la peste y la viruela- expresaría en último término el temor más profundo de nuestra civilización a contagiarse del otro y de lo Otro.

La arquitectura, mediante el uso de procedimientos panópticos y postpanópticos o sinópticos, ha hecho suya esta racionalidad biopolítica diseñando espacios inmunitarios, que luchan precisamente contra las formas de contagio que vendrían del exterior. De esta forma, la organización espacial de nuestras urbes se ha llegado a convertir en un síntoma del modo de subjetividad que promueven las tecnologías de gobierno neoliberal, un tipo de individualidad encerrada en sí misma e incapaz de todo vínculo intersubjetivo. La peste, entonces, de cierto modo aún asóla la ciudad y el sueño de un mundo sin contaminación todavía persiste en nuestras peores pesadillas.


Notas:

1 Antes de Foucault otros autores habían brindado interpretaciones similares del proyecto benthamniano. Por ejemplo, el artículo de Jacques Alain Miller escrito en 1973 bajo el título "La despotisme de 1'utile: la machine panoptique de Jeremy Bentham" (1975), o el texto de la historiadora americana Gertrude Himmelfarb: "The Haunted House of Jeremy Bentham" (1965). Foucault no cita ninguno de estos dos ensayos, aunque probablemente los conocía.

2 Para una exposición general de la filosofía de Michel Foucault remito a mi libro: Foucault y el Cuidado de la Libertad. Etica para un Rostro de Arena (Castro, 2008).

3 Foucault formula, por primera vez, este concepto de gubernamentalidad en el College de France durante la clase del 1 de febrero de 1978. La noción involucra una compleja genealogía de las formas de gobierno que se inicia con el análisis del poder pastoral y que concluye con la identificación del régimen de gubernamentalidad liberal y neoliberal. Este concepto posteriormente ha dado origen a una serie de investigaciones, en el mundo anglosajón y en Alemania, que se conocen con el nombre de Governmentality Studies. El texto que marca el inicio de este movimiento es The Foucault Effect: Studies in Governmentality, editado por Graham Burchell, Colin Gordon y Peter Miller (1991).

4 Se identifica bajo este nombre la corriente de pensamiento neoliberal desarrollada a partir de 1936 y que tendría una notable influencia en la configuración del Estado alemán durante la postguerra. Entre sus figuras más destacadas se encuentran Walter Eucken, Franz Bóhm o Alfred Müller-Armack, quienes expusieron su pensamiento en la revista Ordo, publicación que nace en 1948 y se edita hasta la década del setenta.

5 El neoliberalismo americano nace en el contexto de la crítica al New Deal, sistema político implementado por Roosevelt a partir de 1933 y que se sustenta sobre principios keynesianos. El movimiento tiene su acta fundacional en el texto Economic Policy for a Tree Society de Henry Calvert Simons (1934) y se despliega principalmente alrededor de la Universidad de Chicago. Algunas de sus figuras fundamentales son Theodore Schultz, Gary Becker o Milton Friedman (todos ganadores del Premio Nobel). También estuvo vinculado a esta escuela de Chicago: Friedrich Von Hayek, verdadero nexo de este grupo con los trabajos del ordoliberalismo alemán.

6 La figura de John Maynard Keynes resulta decisiva para comprender la génesis del pensamiento económico en la primera mitad del siglo XX. Su obra fundamental es: A Treatise on Money (1930), donde defendía el papel interventor de los poderes públicos en el orden económico con vistas a garantizar el pleno empleo. Keynes participó activamente en la creación del Fondo Monetario Internacional.

7 Bauman utiliza el concepto de sinóptico a partir del artículo de Thomas Mathiesen: "The Viewer Society: Michel Foucault's Panopticon Revisited" (1997).

8 En este punto resulta conveniente diferenciar la crítica debordiana del espectáculo, de la idea defendida por Baudrillard respecto a un "simulacro hiperreal". Mientras para el pensador situacionista existiría algo perturbador en la ubicuidad de las imágenes y la reificación de la experiencia, en opinión del autor postmoderno habría que aceptar que la distinción entre lo real y el simulacro ya no tiene cabida ni sentido alguno (Jay 2007: 327-328). La realidad, según Baudrillard, no sería más que una ficción escenificada, una simulación en la cual no hay nada que rescatar, es decir, ninguna experiencia original ni ninguna forma de vida verdadera atrapada por lo irreal (1987). En contraposición a esta interpretación fatalista de lo que sería una suerte de destino histórico, nosotros comprendemos al dispositivo sinóptico como un aparato singular de coacción que responde a las estrategias de la biopolitica neoliberal. En tal sentido, existiría un devenir de la vida que pretende ser regulado.

9 El concepto de inmunidad ha sido recogido de los trabajos de Roberto Esposito (2005,2006) y supone un estado o condición en que uno se halla dispensado de la obligación comunitaria, restableciéndose los límites de lo propio puestos en riesgo por lo común (2006: 81). Esposito señala, además, que las categorías políticas modernas estarían atravesadas por esta lógica inmunitaria de aseguramiento de la vida.

10 Francesc Muñoz, geógrafo y director del Observatorio de la Urbanización de la Universidad Autónoma de Barcelona, señala: "En Estados Unidos hay 43 millones de personas que viven en barrios residenciales cerrados, vallados y protegidos por policías privados; en España se ha multiplicado este sistema de urbanización dispersa de casas unifamiliares que consumen el 90% de los kits de seguridad privada del mercado [...]". Se trata de un extracto de la intervención de Muñoz en el seminario "Arquitecturas del Miedo", realizado en mayo de 2007 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (W.AA, 2008).

11 Esta dimensión correspondería al supuesto de que existe un espacio y un tiempo común que vinculan y enlazan a los seres humanos como partícipes de un mismo proyecto: la construcción activa de un orden social y comunitario. Desde este prisma, habría algo que podríamos denominar "habitar" la ciudad y que involucraría una experiencia compartida por los ciudadanos, donde convergen las trayectorias y las temporalidades de los diversos individuos. El filósofo chileno Humberto Giannini ha desarrollado esta idea postulando la presencia de un modo de ser que determina nuestra cotidianeidad. Es decir, según Giannini, podría identificarse una estructura en aquello que pasa todos los días, la cual en su propia recurrenria se convierte en la rutina que caracteriza la vida de una ciudad. Dicha estructura equivaldría a un movimiento re-flexivo que nos conduce del espacio domiciliario (ámbito de la plena disponibilidad de sí mismo) al espacio laboral (territorio de la disponibilidad para lo otro) y viceversa (Giannini, 1988). Sin embargo, podría discutirse la validez de este esquema que propone Giannini a la hora de interpretar las experiencias que modela la racionalidad neoliberal. La plena disponibilidad para sí se convierte en disponibilidad para una lógica productiva que encuentra en el "yo" una fuente de rentabilidad económica, mientras que el espacio laboral demanda la incorporación del sí mismo, en tanto capital humano, como un elemento indispensable para la expansión del orden económico. No existiría un movimiento en la experiencia, no habría una re-flexión que nos haga retornar al espacio domiciliario de la plena disponibilidad de sí, después de situarnos en el territorio enajenante del trabajo y de la calle. Toda trayectoria se extinguiría en la uniformidad de los no-lugares, en la desquiciante rircularidad inmóvil de lo mismo.

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Rodrigo Castro es profesor del Departamento de Filosofía III: Hermenéutica y Filosofía de la Historia, de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de Foucault y el Cuidado de la Libertad: Ética para un Rostro de Arena (LOM, 2008) y de numerosas publicaciones en revistas de Chile y España. [E-mail: rodrigocastro@filos.ucm.es]

*Este trabajo corresponde a una investigación postdoctoral [Proyecto N° 3070060] financiada por el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de CONICYT (Chile).

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