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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.31 n.43-44 Valparaíso  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341998000100003 

 

Revista Signos 1998, 31(43–44), 17–35

LITERATURA

Electra y Orestes, la cosmovisión linaje, familia y hogar



Carmen Balart Carmona

Irma Césped Benítez

Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Santiago,

Chile


1. INTRODUCCIÓN

El mundo clásico antiguo aparece, desde nuestra perspectiva contemporánea, un espacio tan cercano a nosotros en sus problemáticas como lejano en su cosmovisión. La literatura clásica griega no habla de un individuo particular; es una literatura de orientación política y trabaja con arquetipos. El héroe de la tragedia debe comportarse de un modo específico, orientado hacia determinados objetivos, guiado por su valor y audacia, sin permitirse dar libre cauce a su vocación e inclinaciones personales. Requería actuar, aunque fuera muy joven, según su linaje y lazos de parentesco, en concordancia con su clase social. Su conducta de persona noble debía reflejar cierto tipo de relación y lealtad profunda: la del lazo familiar, que lo llevaba a cumplir obligaciones que provenían de la familia y comprometían su hacer y su honra, «mi propio sino y el de todo mi linaje»(Sófocles, «Electra», en Antígona, Edipo Rey, Electra, Madrid, Guadarrama,1969, p. 262). Las tres obras que estudiaremos –Las Coéforas, de Esquilo, Electra, de Sófocles, y Electra, de Eurípides– nos enfrentan a la saga de una familia: los Atrida, quienes en su descendencia encarnan el laberinto de las pasiones, que cercan a la estirpe sin permitirles la unión, el perdón y el amor familiares; al contrario, los domina el afán de venganza, el poder, la pasión. Lo que sucede a los personajes: Agamemnón, Clitemnestra, Electra, Orestes, afecta al núcleo básico de la familia: padre, madre, hijo e hija. Mas, por su condición de clase gobernante, lo acaecido se irradia desde el seno del hogar a la vida ciudadana, al Estado y, finalmente, al cosmos.

La relación armónica Estado–naturaleza–sociedad, simbolizada en Agamemnón, una vez desaparecido éste, se rompe. La muerte violenta del rey a manos de su esposa, no expresa únicamente un acto de traición y asesinato; hay que visualizarlo en su dimensión simbólica y en su conexión con un mundo marcadamente masculino que subordina al otro, el femenino.

2. LA COSMOVISIÓN LINAJE, PARENTESCO Y HOGAR

La concepción del mundo clásico se fundamenta en tres factores: el linaje, afecta a la vida ciudadana e incluso al Estado; dentro del linaje, la clase social; la familia relaciona al hombre con un grupo humano, se rige por la ley de la sangre, la consanguinidad; el hogar (oikos), la vida privada en el ámbito de la casa en el que ardía el fuego ofrecido a los antepasados. Cuando estos tres principios se desequilibraban, el mundo entraba en crisis y se producían la doble cuita y los males múltiples, los cuales. podían significar la destrucción de una forma de vida, el cambio y el establecimiento de un orden nuevo.

A. El linaje y la clase social
La historia de la estirpe –los descendientes de Atreo– configura un verdadero laberinto en el que se repiten, en una imagen especular, los nombres, las situaciones y los motivos, generándose una estructura circular que sobredetermina las mismas intrincadas acciones que desembocan en el sino recurrente de cada uno los descendientes. Al laberinto de la estirpe no es posible escapar; se nace marcado por un designio; e incluso la consolidación del poder o de sí mismo, implica el sacrificio de un pariente. Por ejemplo, Agamemnón inmoló a su hija con el fin de hacer realidad su calidad de Comandante en Jefe de las tropas griegas destinadas al sitio de Troya. Cada muerte, metafóricamente, simboliza las diferentes etapas que debemos superar para alcanzar una existencia autónoma. Pero, en el caso del mundo mítico griego, la estructura circular condiciona al individuo a actuar del mismo modo que su antecesor, repitiéndose la venganza, el destierro, el adulterio, la traición.
En estrecha dependencia con el linaje se encuentra otro de los factores determinantes de la conducta del individuo: la posición social. Más que sus habilidades personales, al hombre lo condicionaba la clase: debía saber reaccionar del modo más correcto con su esfera social. Si no se comportaba de acuerdo con su rango, el quebrantamiento del mundo por la falta cometida, alertaba de los males múltiples que sobrevendrían. La decadencia de la clase gobernante se expandía hacia el cosmos: se debilitaban los principios morales y seducía 10 engañoso y falso.
La disociación entre posición social y comportamiento individual, 10 demuestra muy bien Agamemnón y su participación en la guerra de Troya. Su posición de jefe al frente de las tropas griegas la ha recibido por su calidad de gobernante real. Por lo mismo, no se comporta de acuerdo con su rango y se muestra arbitrario y egoísta: así, se niega a liberar a la esclava Criseida, hija del sacerdote Crises, lo cual provoca la cólera de Apolo que durante nueve días arroja flechas sobre los aqueos. Un ejemplo en que se armoniza la clase y la conducta lo tenemos con Orestes.

B. La familia.
Constituía el centro de equilibrio entre los que estaban unidos por vínculos paren tales. La relación adecuada entre ellos era básica para la estabilidad del individuo. Le correspondía a la familia, en caso de desequilibrio por algún acto criminal, castigar el agravio o deshonra. La venganza daba por superada la crisis y restablecía los patrones de conducta.
El grupo de parentesco tenía la autoridad plena para castigar al culpable. Omnipotencia familiar que convertía al homicidio en asunto privado y no en asunto de responsabilidad pública. El lazo de parentesco se fundamenta en la concepción tribal del clan, inscrita en la ley de la sangre. El encadenamiento por consanguinidad explica que el castigo no sólo alcanza al culpable, sino también a todos sus descendientes. Es el linaje el que está condenado o el que debe ejecutar la venganza. Esto hace del mundo antiguo un orbe que carece del sentido de individualidad, idea que se concreta en Europa a partir del Renacimiento. Tampoco está la imagen cristiana medieval de salvación de la culpa original gracias al sacrificio por amor de Dios–Cristo.
La genealogía de los Atrida muestra la falsedad del sentido parental al dar cuenta de la cadena ininterrumpida de insidias y traiciones: lo mismo puede matar un padre a su hijo como éste a aquél. Es decir, la saga hace presente una sucesión de parricidios, matricidios, fraticidios, filicidios, adulterios. Esto revela que la ley natural, que llevó a la organización de la familia, ha entrado en crisis. Se hizo necesario superar esta concepción tradicional por un orden político de bien público. Surge el Agora, la Asamblea sustentadora de la decisión de los ciudadanos, constituida por los atenienses adultos varones. Significó el tránsito del poder omnisciente de la familia a la comunidad, que impuso sobre el parentesco una estructura mayor territorial, que relacionaba a las diversas familias entre sí, en pos del beneficio de los ciudadanos. En Las Euménides, Atenea establece la nueva institucionalidad: «Ciudadanos de Atenas (...) mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces.» (Esquilo, «Las Euménides», en Tragedias, Buenos Aires, Losada, 1964, p.233). De este modo, se organizaba la vida política que ordenaba socialmente la existencia en la ciudad y que determinaba el modo de ejercerse la justicia en forma responsable y disciplinada, superando el castigo–venganza al arbitrio de la víctima o de sus parientes.

C. El hogar. Está fundado en la oposición entre el mundo de los hombres y el de las mujeres, el externo y el interno, el de la acción y el de las palabras. El núcleo del patriarcado ateniense era el hogar. «De él dependían el individuo y el Estado» (Blake, William, 1989, pp.67). Dentro del hogar, las pautas de conducta de los hombres y de las mujeres estaban determinadas. El hombre era el centro; por él, los hijos eran reconocidos por el Estado como ciudadanos; la vida de la mujer transcurría en el interior, bajo la protección legal del esposo, sin poder participar en la Asamblea: «eres mujer y no varón», comenta en «Electra» Crisótemis (Ob.cit., p.254).
Le correspondía a la mujer perpetrar las tradiciones, fortalecer los lazos de parentesco y asumir el patriarcado: es decir, formar la cultura de los hijos dentro de la escala de valores masculinos. La autonomía femenina que asumió Clitemestra en busca de sus propios fines, aparece como una faceta negativa que invierte las categorías sociales, desestructura el hogar, deja huérfanos a los hijos y altera los lazos de consanguinidad hasta desembocar en el caos.
La violación del matrimonio por parte del hombre –el adulterio, por ejemplo– no causa en sí el derrumbe del hogar, pero mueve a las mujeres a actuar. Cuando ello ocurre, se quiebra el matrimonio y se desarticula el orden: la mujer mata al esposo; los hijos, a la madre. En el caso de Agamemnón, por causa del asedio de Troya, el rey debe sacrificar a su hija Ifigenia y luego regresa a su hogar, en Micenas, con Casandra, su concubina y botín de guerra, y con los dos hijos engendrados con ésta. Tales hechos llevan a Clitemestra a tomar represalias: repudia su matrimonio, toma un amante y usurpa el gobierno de Agamemnón. De aquí proviene el caos por la inversión de los roles y se genera la segunda parte de la saga: la venganza de los hijos.

D. La doble cuita y los males múltiples.
Cuando los tres factores se desarmonizaban, el mundo entraba en crisis y le planteaba a los personajes una doble cuita que podía destruirlos. Electra se ha visto degradada en cuanto hija del rey, al ser casada con un labrador; su madre no sólo participó en la muerte del rey, colaboró en la destrucción de la figura paterna y convive maritalmente con el asesino. La doble cuita auna el adulterio con el parricidio.
Debido a la calidad de gobernante de los personajes protagónicos, el mal se expandía del microcosmo s al macrocosmos, convirtiendo la doble cuita en males múltiples. Por ejemplo, el parricidio que comete Edipo y el posterior incesto implican un desequilibrio del hogar y del orden familiar. Como Edipo es un rey, su culpa se irradia hacia la naturaleza, provocando las pestes que asolan a Tebas y que perjudican a la ciudad. Lo cual simboliza la culpa que debe ser reparada. Desde la perspectiva mítica, estos males múltiples hacen de Edipo un símbolo del hombre. Frente a las ilusiones desmedidas, emerge una catástrofe apocalíptica, que deshace las construcciones humanas y le enseña el límite de sus dimensiones. Los males múltiples anuncian la superación del clan familiar por una estructura social de gobierno de carácter público y universal: «Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia la majestad de este senado. porque así tengáis un baluarte defensor de vuestra ciudad y patria» (Esquilo, «Las Euménides», p.233).
Las obras que estudiaremos dan cuenta de estos males universales, que nos transmiten un sentimiento difuso de expectación ante las amenazas indecibles que, de romperse los diques de la moral, de la razón y de la humanidad, nos amedrentan con destruir nuestro mundo.

3. EL POETA Y SU ROL

Al ser la saga una historia dinámica, permite una relectura que configura una concepción global del hombre, valorado más que en su contingencia, en su manifestación arquetípica. Si expresa el dolor humano lo concreta en personajes que no son individuales, son arquetipos; y, por ello, lo que les sucede es algo particular; mas, también, universal, porque podría ocurrirnos a cada uno y a todos nosotros. Desde esta perspectiva, la obra hacía presente al público circunstancias que lo inquietaban: lo arbitrario, lo desconocido, lo ilimitado, lo inestable, lo increíble, «la osadía de un hombre soberbio y la liviandad de una mujer que por nada se detiene», «los desenfrenados deseos de los mortales, del infortunio perpetuamente acompañados» (Esquilo, «Las Coéforas», en Tragedias, Buenos Aires, Losada, 1964, p.201). El teatro descubría para el griego el caos acechante que podía destruir el cosmos. En el fondo, la tragedia evidenciaba el horror al vacío.

Los personajes, seres marcados por un designio divino, representaban las debilidades humanas. Dicho designio se materializaba en los factores que caracterizaban al héroe griego: linaje, familia y hogar. Al ser el teatro un género que se desarrolla a través de la lucha de fuerzas, de la agonía de los personajes, es la forma preferentemente elegida para expresar la dialéctica, la que necesita encarnarse en acciones humanas que implicaban el juego entre los tres factores citados. Estos se materializaban en las siguientes temáticas: el quiebre del equilibrio entre linaje, familia y hogar o los males múltiples; la ambivalencia piedad–impiedad, el sentimiento de culpa, expiación y purificación; el presagio, sueño o visión; la venganza y la justicia; las leyes antiguas o la tradición y las leyes nuevas o el cambio; la tierra y el hombre; la palabra y la acción: dictum y factum; el destino y el oráculo; la invocación y la oración; las oposiciones y las dualidades.

Nos ha interesado la evolución de estas temáticas en tres grandes clásicos del mundo antiguo: Esquilo (525–456 a.e.) con Las Coéforas, Sófocles (495–406 a.e.) con Electra y Eurípides (480–406 a.e.) con Electra.

4. «LAS COÉFORAS», DE ESQUILO

Esta tragedia forma parte de una trilogía, La Orestía, presentada en el año 458 a.e.: «Agamemnón» se centra en el personaje homónimo, héroe aclamado por su pueblo que rechaza el adulterio y crimen de Clitemestra. En «Las Coéforas», apoyado por Electra y el Coro de esclavas, Orestes venga, por consejo del oráculo pítico, el asesinato del padre, dando muerte a la madre y al amante de ésta, Egisto. «Las Euménides» dramatiza el juicio contra Orestes quien, amparado por Apolo, es absuelto de su crimen. La trilogía termina con un himno de alabanza ante el mundo nuevo que se abre tras el orden restaurado por Orestes.

4.1. El mundo de los dioses y el mundo de los hombres

4.1.1. El quiebre del equilibrio. «Las Coéforas» (en Tragedias, 3ª ed., Buenos Aires, Losada, 1964, pp.185–214) se inicia con el quiebre del equilibrio, entre los factores linaje, familia, hogar, expresado en la lamentación y llanto iniciales del Coro de esclavas: «La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda seca clamando venganza» (p.186). Se violentó el orden familiar al atentar Clitemestra contra Agamemnón, eligiendo su propio beneficio al unirse con su amante; y destruyó el hogar al negar a los hijos el lugar que les correspondía. Se ha producido el caos y, con él, los males múltiples: los hijos expulsados del hogar paterno, el terror hiela el alma de las esclavas, la tierra ensangrentada pide venganza, el odio ha envenenado el corazón de los hijos, de las esclavas y de cuantos amaron a Agamemnón. Lo anterior reclama justicia que es el anhelo de restauración del equilibrio. El mal requiere ser purificado con el castigo. El oráculo de Apolo –«el poderoso Loxias»– así se lo ha ordenado a arestes: «Me anunciaba que me asaltarán crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelco hecho un toro contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo largos y acerbos males» (pp.192–193).
La restauración del equilibrio es un acto de justicia por ley divina: «¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus! La justicia reclama su deuda (...) Páguese la afrenta con la afrenta; la muerte con la muerte» (p.193). No obstante, esta justa venganza a nivel de estirpe contribuye a provocar el caos, porque debe ser ejecutada por un miembro de la familia contra un pariente directo: «Unos contra otros los Atrida son los que encienden estas sangrientas discordias» (p.197). De este modo, la justicia familiar invierte su sentido al transgredir los lazos consanguíneos; y arestes se hará merecedor de las maldiciones de la madre.
La trascendental decisión de arestes está marcada por la duda: «¿Qué haré? ¿Huiré con horror de matar a mi madre?» (p.208). Mas, siempre hay alguien que le recuerda su compromiso con Apolo, ya sea su hermana Electra o su amigo Pílades: «y los oráculos de Loxias que te anunció la Pitia ¿ dónde se fueron? ¿Dónde la fe y la santidad de tus juramentos?» (p.209).
A nivel de bien público, la restauración del equilibrio ordenado por Apolo es un acto que librará a la polis de las plagas: «A mi pueblo le predijo todas las plagas de la tierra en satisfacción de las deidades irritadas» (p.193). Pero, la justa venganza del hijo, a nivel personal, se traducirá en remordimiento: «Son las perras furiosas que vienen a vengara mi madre» (p.213). De toda esta tragedia, no es culpable arestes y asílo manifiesta Esquilo al concluir la obra: «¡Cuándo se saciará (...) el encono de la desgracia!» (p.214).

4.1.2. La ambivalencia piedad–impiedad. Esquilo enfrenta a Orestes y Electra con una obligación familiar: castigar a un culpable, desafortunadamente, la propia madre. Esta situación conlleva una doble realidad: la reparación de la falta cometida: la racionalidad del hacer; y el implícito sentimiento de culpa–remordimiento: la emotividad comprometida. Si Orestes vacila, Electra le recuerda sus desdichas y las de su padre y lo reafirma en sus deberes parentales.
El sentido de la culpa se resuelve tanto piadosamente a través de la invocación, como fatalmente mediante la asunción del destino; y plantea, por su propia complejidad, una ambigüedad entre piedad e impiedad. El odio hacia la madre es impío, el amor al padre es pío; ejecutar a la madre no es piadoso, obedecer al dios sí lo es; hacer justicia al padre y liberar al pueblo de los usurpadores es un acto de piedad, ultimar a la madre es una decisión de impiedad. La ambivalencia hace que se recurra a todo tipo de oraciones e invocaciones. Se lo manifiesta el Coro a Electra: «ruega piadosa por los que le amaron» (p.187); y le propone que solicite que «dios u hombre» caiga sobre los autores del «horrendo asesinato», pues, «¿cómo no ha de ser justo volver mal por mal a un enemigo» (p.188). El Coro representa la voz de la propia conciencia que impele a los personajes a la acción, los juzga recriminándolos e intercede ante los dioses, solicitando sean benignos con la empresa que arestes y Electra deban acometer: «Oíd nuestros ruegos, dioses inferiores; mostraos propicios a estos hijos: ayudadlos» (p.197).
Dentro de la polarización del mundo, uno de los sectores debe triunfar sobre el otro: o «la raza de Agamemnón perece con total ruina» o «dueño Orestes y poseedor de las grandes riquezas de sus padres, hará encender fuegos y luminarias por festejar la libertad cobrada y la autoridad legítima restituida» (p.207). La solución del conflicto: la muerte de los usurpadores significa no sólo el triunfo de una forma de conducta moral, simboliza la posibilidad de proyectar el linaje a través de los hijos; es decir, la pervivencia de la familia: «No dejes que se extinga la descendencia de los pelópidas, y así no habrás muerto ni aun después de tu muerte» (p.198).

4.1.3. El presagio. Clitemestra envía a sus esclavas con una ofrenda al túmulo de Agamemnón, porque ha tenido un sueño en el que se le apareció el Terror: «Parecióle que había parido un dragón (...) Teníale envuelto en pañales como a un niño, cuando he aquí que el monstruo recién nacido sintió hambre, y entonces, soñando, ella misma le puso el pecho» (p.199). Pesadilla profética que anuncia a Clitemestra su próxima muerte a manos de su hijo, visualizado bajo la imagen de un monstruoso dragón. Próxima a su fin, dirá de arestes: «¡Ay de mí, que parí esta serpiente y la crié!» (p.210).
Si en la visión materna arestes es un dragón y una serpiente, cuando el muchacho se refiere a su madre, expresa: «Era una murena, una víbora; tan sólo su contacto, que no ya su mordedura, bastaba a emponzoñar» (p.212). Esta imagen del ser humano bajo figura de reptil (dragón, serpiente, murena, víbora) simboliza el desequilibrio, la descomposición del clan familiar, la alteración de lo humano, el dominio de lo monstruoso animal sobre lo racional–humano.
El respeto de la cadena familiar: padre–madre–hijo–hija, representaba para el griego el orbe estructurado según la potestad del varón. La ruptura de dicho mundo implicaba la destrucción del orden lógico y la penetración de lo abigarrado de la naturaleza, similar a lo que ocurría en las especies animales, en que el instinto aparea a un macho con una hembra, atendiendo a las necesidades de sobrevivencia y de conservación de la especie. Clitemestra, en su actuar, vaticina la fuerza bravía y aniquiladora de la naturaleza, aguardando con destruir la historia del hombre. El deseo la había llevado a unirse con su amante, con lo cual desacomodó el orden patriarcal. Luego, planificó, en combinación con Egisto, la muerte de Agamemnón. Juntó, así, el adulterio con el asesinato, la alteración de la relación conyugal con la destrucción del esposo. De esta forma, Clitemestra entronizó el instinto como único patrón. Por su condición de clase gobernante, su situación personal se irradia a la organización del Estado y a la ordenación del mundo: el resultado final, la disolución de la polis.
Por instinto de conservación, Clitemestra tuvo que deshacerse de sus hijos: Orestes partió al destierro y Electra fue desplazada del hogar natal: nueva ruptura de la organización familiar. La venganza de arestes –la muerte de la madre– anuncia, paradojalmente, el retorno al orden y la intromisión del caos, pues el propio hijo, simbolizado en un animal que repta, debe ejecutar a la madre, su propio origen. «Yo seré la serpiente; yo la mataré como el sueño anuncia» (p.200). Se invierte el orden y el hijo da muerte a quien lo nutrió con su vida.
Representaciones como ésta, presagiaban para el espectador griego el caos: la acechanza permanente de una naturaleza desbordante, simbolizada en la mujer, que podía destruir el orden cultural, encarnado en el hombre. Concepción de vida que imponía el modelo patriarcal y polarizaba el mundo en dos sectores: uno superior, el masculino; otro inferior, el femenino.

4.1.4. Elfatum. Una fuerza superior dirige la vida de los hombres y determina el sentido de la existencia de cada uno: «libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos del Destino» (p.187). Deducimos: todo individuo, aunque sea libre, es prisionero de su sino, el que, inexorablemente, debe cumplir, pues justifica su existencia, lo convierte en un hombre digno y le brinda honor y fama. De no acatarlo, se convertirá en un infame, relegado por todos como si fuera un leproso: un paria desheredado. Sólo si el fatum se hace realidad, la persona –en este caso, los hijos de Agamemnón: Electra y Orestes– puede adquirir la inmortalidad heroica de la fama: el honroso recuerdo de la vida que perdura tras la muerte; de lo contrario, el olvido total.

4.1.5. La tierra y el hombre. El griego se siente parte de la tierra, de un espacio que reconoce como propio. En oposición, el castigo más terrible es el destierro. La relación hombre–naturaleza hace que los personajes se sientan cercanos a ella y que se comparen con ésta. Por caso, Orestes establece un símil entre la situación que vive él con su hermana y «las crías del águila que han quedado huérfanas» (p.192).
Según vimos en el punto anterior, Orestes, en cuanto hijo de Clitemestra, era visualizado como una serpiente; ahora, en cuanto hijo de Agamemnón, se identifica con el pichón de un águila. Entonces, ¿cuál es su esencia? En «Las Euménides» (ob.cit., p.232), se ofrece la respuesta: la madre sólo es la nodriza de la semilla incoada en sus entrañas: «No es la madre engendradora del que llaman su hijo (...) Quien con ella se junta es el que engendra.» El padre se convierte en el elemento activo y primordial, el dador de la vida; la madre, en el factor pasivo, intermediario, secundario. Comprueba Apolo sus palabras con un ejemplo divino: el nacimiento de Atenea. Una vez más, la superioridad del varón se justifica, por derecho natural y divino, sobre la mujer.
Dentro de esta concepción masculina, se considera que ninguno de los engendro s de la naturaleza, aun los más terribles, superan la liviandad de una mujer enceguecida por la pasión que «no es sino furiosa rabia que deja atrás el ciego instinto de monstruos y brutos» (p.20l). Cuando se rompen los diques de la razón, brota la fiera iracunda que cada uno lleva escondida. De aquí que el desenfreno de los mortales –en especial, el de la mujer– sea imposible de imaginar hasta donde alcanza, lo que no ocurre con los seres nacidos de la Tierra, incluso los más feroces: «La tierra cría multitud de tremendas plagas (...) los rayos del sol engendran alados monstruos que cruzan los espacios (...) todo ello se puede pintan» (p.202). Pero, ¿quién podría pintar las «impías maldades» de los hombres? Entonces, manifiesta el Coro, «¿será extraño que yo maldiga un contubernio odioso y las asechanzas puestas por una mujer a un varón esforzado, a un valentísimo guerrero que a sus mismos encarnizados enemigos causaba reverencia?» (p.202).

4.1.6. El engaño. Para cumplir con su destino, Orestes recurrirá a una mentira: él y su amigo Pílades simularán ser extranjeros que solicitan hospitalidad en casa de Egisto.

Clitemestra, alegre con la noticia que le traen: la muerte de Orestes, les ofrece, «templados baños, reposo para vuestras fatigas» y «la presencia de rostros amigos» (p.203). Engañada, envía recado a Egisto para que regrese. El embuste se transformará en un enigma que Clitemestra resuelve en los últimos instantes de su vida: «¡...bien comprendo el enigma! Matamos con engaños y con engaños perecemos» (p.208). La muerte de la reina ha sido un acto de justicia: «quienes vencieron con engaños ... con engaños asaltó el castigo» (p.211), concluye, enfáticamente, el Coro.

4.2. A modo de síntesis

«Celebrad con jubiloso himno de triunfo la terminación de los males que afligían a la regia morada» (p.210). ¡Qué engañados están todos! Una vez ejecutados Egisto y Clitemestra, no se recupera el equilibrio cósmico; de inmediato, chocan dos fuerzas disímiles: las energías solares de los aguiluchos, difundidas por Apolo; y las Furias o Erinias, fuerzas subterráneas convocadas por la madre antes de morir, que simbolizan los remordimientos. La solución se dará en Las Euménides (ob.cit., p.233): Atenea propone un «tribunal» a cargo del Senado de Jueces, quienes «velarán por los ciudadanos (...) y contendrán la injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes; que si mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente, no encontraréis despues dónde beber». Se jnstitucionaliza un orden nuevo que trascenderá la venganza personal y familiar.

5. «ELECTRA», DE SÓFOCLES

«Electra», de Sófocles (en Antígona, Edipo Rey, Electra, Madrid, Guadarrama, 1969, pp.191–286), despliega las intrincadas y oscuras pasiones humanas, los traumas y fantasmas que acosan al ser humano, modelando la psicología profunda de los personajes. Aunque esta tragedia presenta el mismo asunto que «Las Coéforas», el centro es Electra, quien aguarda la llegada de su hermano Orestes para ejecutar la venganza contra los adúlteros y criminales.

5.1. El hombre y su palabra creadora

5.1.1. El quiebre del equilibrio. Con Sófocles, encontramos una profunda subjetivación de las acciones. No pesa tanto la clase o el linaje, como en Esquilo, sino el efecto psicológico que provoca la tragedia familiar y el ser arrojado del hogar. Electra, bajo el impacto de lo acaecido: la muerte traicionera del padre, el derrumbe de la familia, la convivencia de la madre con el asesino, reacciona de modo muy emotivo: «La veo respirar ira. Pero de si la asiste la razón, no la veo preocuparse» (p.235). Consciente de esta situación, Electra pide no ser juzgada con severidad, porque «es la violencia sobre mí ejercida la que me fuerza a obrar así» (p.220). Siente vergüenza del modo agresivo con que se comporta ante su madre, mas es la conducta desenfadada de Clitemestra la que la lleva a actuar con dureza de lenguaje: «Proclama–ante todos, si quieres, que soy una malvada, (...) o una mujer llena de desvergüenza. Si ducha estoy en estas artes, de un modo u otro no dejo en mal lugar a mi raigambre» (p.235).
La figura femenina, considerada en su polaridad, desempeña un doble papel en la tragedia. Clitemestra, alejada de las costumbres de su condición de mujer y de las obligaciones inherentes a su estirpe, actúa en beneficio propio, olvidada de su rol de esposa y de madre. Electra se perfila como la contrapartida femenina, la guardiana de los valores del linaje y de la familia. La impulsa conservar vivo el recuerdo del padre. Sin embargo, por su condición de mujer, está impedida de actuar y surge como un puente, una posibilidad de restauración del equilibrio.
Electra es un personaje de gran fuerza interior que posee la energía necesaria para cumplir por sí misma la venganza; pero, sólo es la realizadora intelectual. De actuar en forma autónoma, según su deseo, negaría toda posibilidad de restablecimiento del equilibrio perdido: su comportamiento sería similar al de Clitemestra. En su personalidad, Electra aúna naturaleza y cultura. Su capacidad de odio, su voluntad de decisión, son facetas naturales de su psicología profunda; no obstante, si las liberara indiscriminadamente estaría engendrando «calamidad sobre calamidad» (p.219). Ha domesticado su espíritu y aguarda al elegido, al varón, a Orestes. Predomina en Electra la carga cultural, los principios patriarcales, el sentido de familia.

5.1.2. La palabra. La energía del temperamento de Electra se canaliza a través de la palabra, con la cual crea su propia individualidad: lo que su mano .no puede realizar la espada de su lengua lo materializa. A su hermana Crisótemis le recrimina: «tú que les odias, les odias de palabra, pero de hecho convives con los asesinos de tu padre» (p.224). A sí misma se define ante su madre: soy «una deslenguada» (p.235). La palabra tiene tres formas de manifestarse:

A. Palabra creadora de mundo.
Genera acciones que tienen diversos modos de concretarse: (a) Es instrumento de conocimiento: «Haz caso a mis palabras, y no errarásjamas», p.267. (b) Forja el destino: «No digas palabras de mal agüero», p.267. (c) Da la vida y crea la fama: «Muriendo de palabra, voy a salvarme de hecho, y a ganar, por añadidura, gloria, p.213. (d) Se convierte en el medio a través del cual el sujeto desahoga sus desventuras: «Sola y traicionada, (...) entona, desdichada, sin cesar el lamento de su padre», p.259. (e) Impulsa a la acción: hablar del retorno del hermano y la venganza, conlleva su realización.
B. Palabra divina. Cuando lo dicho, dictum, es vocablo de un dios se transforma para el hombre en fatum, destino. Si relacionamos dictum: lo dicho, con factum: lo hecho, tenemos que lo que ha de suceder, está implícito en su realización en el momento mismo en que se expresa. De esta forma, el designio de un dios fatalmente se concretará en el plazo perentorio otorgado a una vida. El dictamen, por su condición divina, es atemporal y aespacial, pero necesita la contingencia humana de tiempo y espacio para su realización. Si el decreto del oráculo se encarna en la vida de un hombre y se concreta en un lapso determinado, el futuro ya está contenido en el presente, lo que será ya es. La muerte de Clitemestra a manos de su hijo verifica el cumplimiento del oráculo de Apolo. La palabra de un dios: dictum, se transforma para el hombre en acción: factum. Este acontecer es el que da sentido y justifica una vida, es decir, se convierte en el fatum de un ser humano: su destino propio e irrenunciable.
C. Palabra especular: verdad y mentira. Es el vocablo del embuste, de la insidia y del enigma. En este caso, la palabra persuade, ilusiona, crea falsas expectativas, confunde. La palabra especular se desplaza en dos ámbitos: afuera: el engaño, la verdad aparente, lo que se hace creer al otro; adentro: la realidad, lo que se oculta. Se manifiesta de formas diversas:

a) Palabra fingida, se usa para crear una verdad que no es tal: «Palabras (...) por fingimiento amistosamente» (p.281).
Egisto creerá que los supuestos extranjeros le han traído una buena nueva: la muerte del joven, mensaje que le quita de
encima el temor de la venganza. ¡Cuán alejado de la verdad está!
b) Palabra engaño, da vida a la trama que, por encargo de Apolo, idea Orestes para convencer a los amantes de su
supuesta muerte. El embuste resulta convincente verdad cuando el pedagogo concluye su relato con el testimonio de lo
visto y lo vivido: «si es doloroso de contar, para cuantos lo vieron, como yo, ha sido la mayor de las desgracias» (p.241).
c) Palabra enigma, las voces fingidas y el engaño van fabricando un laberinto de lenguaje que encierra dentro de él a
Clitemestra y a Egisto. Atrapados los amantes en la maraña de los vocablos falsos, cuando se les revele el enigma será
demasiado tarde, lo único que se vislumbra es la muerte purificadora y expiatoria. Orestes da cumplimiento a lo ordenado
por el oráculo de Apolo: dictum y factum, palabra y acción, se verifican en el sino del personaje.

5.1.3. Oposiciones y dualidades. Electra y Crisótemis configuran dos polos antitéticos de comportamiento. Aunque son hermanas y pertenecen al mismo linaje, una, Crisótemis, representa el sometimiento a las condiciones familiares generadas a raíz del adulterio y asesinato del padre. La otra, Electra, simboliza la rebeldía ante las decisiones de la madre, el no acatamiento de las órdenes de Egisto, el respeto a la tradicón familiar, la dignidad y la posibilidad de restauración del equilibrio cósmico: «He de realizar la empresa; no la dejaré sin cumplimiento (p.255). Los diálogos entre ambas, constantemente, están oponiendo: libertad–sometimiento, imprudencia–prudencia, valentía–cobardía, piedad– impiedad, honra–deshonor, fama–olvido, dignidad–oprobio, locura–cordura, fortaleza–debilidad, osadía–mesura, rebeldía–aceptación. A modo de ejemplo, Electra: «Es oprobioso a los bien nacidos vivir con vilipendio» (p.253). Crisótemis: «Cuando estés en la impotencia, doblégate ante los poderosos» (p.254).
Lo anterior configura un mundo dual: una opción que presenta dos alternativas que apuntan a campos semánticos diversos, generándose una ambivalencia de significación.

5.1.4. El presagio y el sueño. Así como sucede en Las Coéforas, Clitemestra también ha tenido un sueño que le anuncia, a través de símbolos, el retorno de arestes: «Corre el rumor de que ella contempló a nuestro padre, de nuevo en su presencia, venido a la luz del sol; que le vio después coger el cetro (...) y clavarlo junto al hogar; y que de él brotó hacia lo alto una rama cargada de fruto, que con su sombra cubrió toda la tierra de Micenas» (p.229). Sueño premonitorio que se hará realidad con la venganza de arestes: la restauración del perdido equilibrio. El sueño visionario en «Electra» de Sófocles, no tiene la riqueza de imágenes como el de «Las Coéforas» de Esquilo que permite una profunda y metafórica relación entre Clitemestra: murena, víbora; y, arestes, dragón, serpiente, aguilucho.

5.1.5. El engaño. Frente a la profundidad de sentimientos y al intenso compromiso afectivo que hacen comportarse a Electra marcadamente subjetiva, se desarrolla la actuación de arestes, quien, lógicamente, planifica y urde su engaño desde la primera escena: «Anúnciales, añadiendo juramento, que Orestes ha muerto por imposición de lafortuna, arrastrado al caer de su carro en los juegos píticos» (p.213). El Pedagogo narra, con gran riqueza de detalles, ante Clitemestra y Electra, la falsa muerte de arestes. Si bien Clitemestra finge dolor, «cosa terrible es el parir, pues, ni aun recibiendo agravio de ellos, se les toma a los hijos aborrecimiento», no puede menos que alegrarse interiormente, porque «he quedado libre de temor» (p.242).
Según veíamos en el punto anterior, la palabra fingida, por una parte, mata de angustia y dolor a Electra, ya que arestes no le revelaba «las realidades más dulces» (p.227); y, por otra, engaña a Egisto con falsos vocablos amistosos para conducirlo al lugar de castigo. La escena final se transforma en un cruel juego de palabras, de equívoco en equívoco, se lleva a Egisto junto al cadáver de Clitemestra, él mismo debe levantar el velo y sólo entonces se le revela el enigma. Y el lector, tal como arestes, se pregunta sorprendido cómo la mentira le hizo creer a Egisto aquello que él anhelaba fuera verdad, cómo su propia ansiedad por eludir lo ineludible le impidió darse cuenta a tiempo de la verdad.

5.2. A modo de síntesis

El personaje arestes de Sófocles, a diferencia del de Esquilo, se caracteriza por el análisis racional que hace de los acontecimientos. Esta lógica del personaje evidencia que estamos frente a un nuevo orden: aunque él ha actuado por consejo del oráculo, está consciente de que ha realizado justicia; puesto que todo aquél que no cumpla con las leyes debe recibir castigo.

6. «ELECTRA», DE EURÍPlDES

«Electra», de Eurípides (en Dramas y tragedias, Barcelona, Iberia, 1962, pp.139–190) abordó la tragedia desde un punto de vista más humano que el de sus predecesores, resaltando el escepticismo y espíritu crítico del autor que le imposibilitaban estar plenamente conforme con los principios inalterables establecidos por los dioses y su religión. Al centrarse en el hombre, ganó en profundidad psicológica el perfil de los personajes, tanto masculinos como femeninos.
Continúan apareciendo los tres factores mencionados, pero, ahora, presentados desde una nueva perspectiva: el nacer en una clase no implica nobleza de espíritu y el tener lazos de parentesco no significa adquirir el fatum destructor.
«Electra», 413 a.c., presenta a los hermanos impulsados en asesinar a la madre, pero plantea que los principios que involucra tal acción, así como la acción misma, son abominables. Cometido el crimen materno, Electra no encuentra tranquilidad ni se siente satisfecha: «¿Adónde ir? ¿En qué coro podré tomar parte? (...) ¿Qué marido querrá recibirme en su lecho nupcial?» (p.183). En «arestes», 408 a.c., Eurípides recrea al protagonista perseguido por las Furias, encarnaciones de la desordenada fantasía del personaje. La tragedia continúa la misma temática que «Las Euménides» de Esquilo, aunque la gran innovación radica en que las Furias son más bien personificaciones del sentimiento de culpa.

6.1. El hombre y su dualidad existencial

6.1.1. El destino y su superación. Para Esquilo, el destino era algo fijo e inmutable, externo al individuo; para Sófocles, una motivación interna que había que explicar con el fin de comprender al hombre y su acción; el suyo era un mundo que se relativizaba en la palabra, lo que llevaba a confusión, porque nada era absoluto, sino particular al punto de vista que adoptaba el sujeto. Eurípides no otorga valor a la predestinación que obliga al hombre a actuar de modo prefijado por los dioses y en contra de su voluntad. Incluso, cuestiona las leyes de herencia, pues «he visto yo al hijo de un padre generoso comportarse como un cualquiera» (p.154). Para él, en la naturaleza reina el azar: «he hallado en el hombre rico la pobreza de espíritu y la grandeza de alma en el cuerpo del pobre» (p.155). No hay causa alguna, gen ética o psicológica, que justifique que el hijo de un buen gobernante sea tan ejemplar como su padre, y el hombre de alma noble o innoble, puede darse en cualquiera posición social.
Eurípides considera que el hombre nació libre y que, en calidad de tal, debe hacerse su destino y abandonar los prejuicios inhibidores. El centro es el individuo y su comportamiento se genera a partir de su naturaleza, la que puede ser estimulada o deformada por la cultura; pero, ésta, en sí, no puede hacer virtuoso al que no lo es. Con su propia capacidad y decisión para actuar, el hombre debe imponerse al medio, tal como Orestes que debió reunir valor para retornar.
Orestes hace un reconocimiento del hombre de pueblo que vive, a través de su contacto con la tierra, la verdadera realidad: «Jamás un perezoso, aun teniendo sin cesar en su boca el nombre de los dioses, logró ganarse la vida sin trabajar» (p.145). La saga ha demostrado que ni el parentesco ni el hogar constituyen garantías de un actuar noble; pareciera que la voluntad de los dioses es evidenciar en los todopoderosos los mayores defectos humanos. El que supera una crisis gracias a su inteligencia, tiene un actuar consecuente y mantiene una actitud crítica ante la vida. Estas características se conjugan en la figura del Labrador: «Si alguien me llama insensato por haber querido conservar virgen a mi propia esposa, sepa éste que es perversa la moral cuya regla le sirve para juzgar la virtud» (p.144). Planteamiento compartido por Orestes: «Aunque hombre del pueblo, ha revelado su virtud» (p.155). Su peregrinación por diferentes ciudades, le ha permitido a Orestes aprender esta concepción de vida que traduce su nueva visión de mundo: «Deseo por anfitrión, mejor que a un rico, a un pobre que tenga corazón» (p.155).

6.1.2. Oposiciones y dualidades
A. Ruptura y vigencia del orden patriarcal. Clitemestra es una mujer que se rebela contra el esquema patriarcal para unirse con su amante. Conseguido su propósito, restablece la misma estructura, reemplazando al esposo por Egisto quien «reina sobre el país y posee a la esposa de su víctima» (p.143). En Clitemestra, destacan el arrojo para actuar que la lleva a vengarse de Agamemnón por los agravios inferidos y la atracción hacia Egisto, que la subordina nuevamente al varón. Paradojalmente, quiebra el orden patriarcal y lo mantiene a su arbitrio.
B. Rebeldía y sometimiento. Los varones gobiernan y deciden por las mujeres que, aun cuando sean voluntariosas, como Electra, se someten al designio de ellos. En vida de su padre y antes de que Cástor fuera elevado al rango de dios, Agamemnón la había prometido a éste; luego, Egisto la casa con un Labrador; y, más tarde, los Dióscuros –Cástor y Pólux– aconsejan a Orestes que la dé en matrimonio a Pílades «y él la llevará a su hogar» (p.184). Se convoca, así, la tradición del patriarcado. La lucha por la venganza que emprende Electra es para que se restituya el orden: restaurar el hogar y salvaguardar los valores del mundo griego antiguo; pero, no para decidir posteriormente por sí misma. La propia Electra le increpa a Clitemestra no haber permanecido en el hogar, aguardando el retorno del esposo: «Tu marido apenas había salido de palacio, cuando tú componías ya delante del espejo las trenzas de tu rubia cabellera» (p.178).
C. Electra y Clitemestra, dos comportamientos contradictorios. (a) Electra aparece como un ser capaz de honrar y agradecer al marido que le han asignado. Reconoce la bondad y generosidad de su esposo y se congratula de contar con su apoyo. Clitemestra es presentada como una mujer impía: deshonró el lecho conyugal y asesinó a Agamemnón: «mi madre con otro esposo comparte el lecho del crimen», p.148. (b) Clitemestra viste ricamente y se rodea de un alhajado coro de cautivas de Asia; su hija debe tejer sus vestidos y su cuerpo ofrece un aspecto sórdido por «los andrajos» que la cubren y con el «cabello sucio», p.148. (c) Arrojada del palacio paterno, donde vive Clitemestra «sentada en un trono», p.153, Electra comparte su pobre existencia con un Labrador. (d) Mientras Clitemestra celebra fiestas y sacrificios, su hija no puede tomar parte en las ceremonias sagradas y ha de apartarse de la sociedad de las mujeres como le correspondería por su doncellez. (e) Electra desconoce el amor, es una mujer virgen; Clitemestra se entrega apasionadamente al amante. (f) Clitemestra, por iniciativa propia, elige a Egisto como pareja; Electra vive con un marido designado por Egisto.
D. Contraste entre los personajes de pueblo y los de clase alta. Los primeros han recibido la sabiduría de la tierra, observan, comprenden y analizan, pero tienen la prudencia de no intevenir a menos que sean requeridos. Poseen un control sobre ellos mismos. Por ejemplo, el Labrador y el Anciano. Los nobles, representados principalmente por Clitemestra y los suyos, actúan sin meditar, sin preocuparse de las leyes y siguiendo sus caprichos.
E. La ambivalencia venganza–remordimiento. Electra y arestes, llevados por su odio, aunque están conscientes de lo terrible que es dar muerte a la propia madre, sólo piensan en ejecutarla. De aquí provienen la duda, la culpa y los remordimientos. Por ejemplo, la escena de la venganza integra en sí la expiación por el crimen de Agamemnón y los males múltiples que acarreó a los hijos; juntamente con el dolor y arrepentimiento de Electra y Orestes abrumados por el sangriento tributo al Hades: «¿Qué hombre piadoso querrá levantar sus ojos hacia el rostro de un parricida?» (p.183). La dualidad venganza–remordimiento la sintetiza magistralmente el Coro: «¡Pariste sólo para recibir de tus propios hijos un castigo horrible, lamentable y sin nombre! ¡Pero es justo que hayas expiado el crimen cometido en su padre!» (p.182).

6.1.3.– El engaño y el autoengaño

A. El engaño. Electra de Eurípides es una obra de mentiras y equívocos:
a) El matrimonio de Electra, por una decisión honesta y generosa del Labrador, es una mentira, cuyo secreto les pertenece. No ha sido consumado; a pesar de lo cual, con el propósito de atraer a Clitemestra para su venganza final, Electra dirá que acaba de tener un hijo.
b) Orestes y Pílades llegan a Argos «obedeciendo las órdenes de un oráculo (...) para devolverles su crimen a los asesinos» (p.146). El primero debe buscar a su hermana; sin embargo, cuando la encuentra le oculta su identidad. El diálogo que sostienen gira en torno al engaño: la verdad se disfraza: «¡Lástima que Orestes no esté aquí para escucharte!» (p.152), le dice el propio arestes. La mentira se hace extensiva al Labrador quien, con generosidad, ofrece hospedaje a los supuestos extranjeros por las noticias del hermano ausente.
c) Electra urde el plan del engaño para su madre: «Anúnciale que he dado a luz un hijo varón» (p.165). La mentira consiste en usar la vida para dar la muerte. No hay tal hijo, ni siquiera una remota posibilidad. Llega la reina acompañada de su séquito y Electra le solicita efectuar el sacrificio de purificación del niño recién nacido. Ignora que la víctima será ella misma. Verdad que nosotros, espectadores, conocemos, pero que la implicada ignora. Ambas entran a la casa, donde está oculto arestes. Desde el interior se oyen los gritos de la madre que, inútilmente, pide clemencia a sus hijos. La mentira llega a su término con la muerte de Clitemestra y Egisto.

B. El auto engaño.
Autoexcusa con que se pretende justificar lo acontecido:
a) Clitemestra es un personaje mixto: se autoengaña y engaña, culpando de sus desventuras a «una Helena lujuriosa» y a «un marido que no supo castigar su traición» (p.177). Se autoconvence de que ha actuado no por egoísmo, sino porque, Agamemnón, con su adulterio con Casandra, la habría obligado a emularlo: «cuando el marido comete errores y desprecia el lecho conyugal, la mujer quiere imitar al hombre y toma otro
amante» (p. 177). Asimismo, excusa el asesinato de Agamemnón, explicándolo que fue motivado por el sacrificio de lfigenia: «Junto a las naves bloqueadas en Aulide (...) segó la blanca existencia de mi Ifigenia. Si realmente lo hubiese hecho para preservar a su patria de la ruina, o bien, en interés de su casa y por la salvación de sus otros hijos, (...) se lo podría perdonar». Su conducta –argumenta– le dejó una sola salida: no podía «hacer morir a mis hijos... sin pagar con su vida» (p. 177).
Las palabras engañosas de Clitemestra buscan silenciar su conciencia, racionalizando su actuación y tratando de complicar al otro en su favor. Tanto es así que trata de convencer a Electra de que Agamemnón hubiese actuado del mismo modo que ella si hubiera estado en su lugar: «Si Menelao hubiese sido furtivamente raptado de su casa: ¿ hubiese yo tenido que matar a Orestes para salvar a ese Menelao, esposo de mi hermana? ¿ Qué hubiese hecho tu padre después de parecido ultraje?» (p. 177). La astucia verbal de Clitemestra busca la compasión del otro, minimizar su culpabilidad y evitar la venganza de los hijos. Mas, «si la justicia consiste en devolver asesinato por asesinato, es con tu muerte que tu hijo Orestes y yo hemos de vengar a nuestro padre. Si el primer asesinato fue justo, éste lo sería también» (p.179).
La madre esconde su propia realidad con respecto a sus hijos: uno alejado de Micenas; la otra olvidada en un matrimonio deshonroso: «Ese nuevo esposo no está exiliado para expiar el destierro de tu hijo; no pereció para expiar mi muerte, muerte dos veces más cruel que la de mi hermano, puesto que me ha dejado con vida» (p.179). Las recriminaciones de Electra desenmascaran el falso lenguaje de su interlocutora: el destierro de ambos hijos es metáfora de la muerte. Clitemestra ejemplifica uno de los defectos humanos: la dificultad para reconocer los errores propios y enfrentar las consecuencias, pues ella intenta eludir su responsabilidad, pretendiendo desviar el centro del conflicto hacia otro, el que sería el verdadero culpable. Así considerado, Clitemestra aparece simultáneamente culpable y víctima de sus propias acciones.
A diferencia de las otras dos tragedias analizadas, en ésta, Clitemestra no acepta su culpa, es decir, la verdad, y sigue con su autoengaño hasta que se enfrenta con la muerte.
b) La ejecución de Clitemestra muestra a Electra su autoengaño. Creía odiarla y desear su muerte; en realidad, le dolía el abandono y la falta de amor: «Me abrasaba en un odio atroz, yo, la hija, contra esa madre que me dio el ser» (p.182). Y, el Coro, la voz de su conciencia, le recuerda: «Tus sentimientos son piadosos ahora, pero antes no lo fueron en absoluto» (p.183). El engaño guarda relación con el sentimiento de culpa y el remordimiento por el sacrificio materno. El dolor por el crimen cometido, permitirá a Electra y Orestes, una instancia de redención, pero el verdadero castigo será la separación de ambos hermanos.

6.1.4. Quiebre y restauración en un nuevo orden. El problema que ha sido central en Esquilo y Sófocles: el quiebre del equilibrio entre linaje, familia y hogar, toma, ahora, una distinta orientación y se advierte que los personajes viven en una etapa de crisis y de cambio. Se valora el hombre en sí, por sus sentimientos, acciones y palabras, más que por su condición social. Se considera que la persona es la única responsable de sus decisiones, de su hacer y que no puede continuar actuando según la voluntad de diversas divinidades.
Eurípides establece, más claramente que los autores anteriores, que la familia de los Atrida no tiene un comportamiento ejemplar, como correspondería a su clase y cometen los más terribles crímenes. Incluso las acciones, por perversas que sean, pueden justificarlas, porque el discurso, la palabra, relativiza el mundo. Lo que ya había planteado Sófocles.
Con respecto a los personajes, llama la atención que junto a los de noble linaje, como corresponde a la tragedia, aparezcan individualizados –aunque sin nombre– algunos labradores y pastores. Entre otros personajes, encontramos: una pareja divina –los Dióscuros, Cástor y Pólux–, un personaje colectivo –el Coro de Campesinas–, una reina y sus dos hijos –Clitemestra, Electra y Orestes–, un Anciano que crió a Agamemnón y un Labrador micense. Este último es un hombre discreto, noble de corazón, de profundo respeto por las costumbres. Fue elegido por Egisto como marido de Electra y, así, alejarla del hogar, humillarla y evitar que engendrara el hijo de la expiación. La desigualdad social impide que Electra dé a luz el descendiente de la venganza. Dice el Labrador: «Siendo débil el marido, débil habría de ser el temor de Egisto» (p.144). .
El Labrador, por respeto a Agamemnón y a Orestes, no consuma el matrimonio. Lo que demuestra el surgimiento de una nueva mentalidad: las cualidades del hombre son inherentes a su naturaleza y no a una clase. Se es noble por cualidades personales que pueden ser desarrolladas o deformadas por el medio y la educación. El matrimonio entre el Labrador y Electra dará origen a una genealogía, no ya de origen divino, sino mixta entre una clase alta y una baja. Como no se puede confiar en la natural nobleza de los dirigentes; entonces, será necesario calibrar el valor de la persona. Lo plantea muy bien el otro siervo, el Anciano, ayo de Agamemnón, que colaboró en la huida de Orestes cuando niño: «Más de un noble hay con alma de villano» (p.161).
La restauración del equilibrio se alcanza a través de una independencia lograda por la razón. Enseñanza de los Dióscuros a Electra y Orestes cuando les indican que una justicia objetiva y razonada sólo se logrará en el momento en que los problemas sean tratados por un tribunal imparcial, «infalible» y «consagrado por los dioses». «Ante él serás juzgado por tu crimen. Gracias a la igualdad de votos, escaparás a la sentencia de muerte. Loxias se hará responsable de su falta, puesto que su oráculo te ordenó el asesinato de tu madre. Y ese ejemplo será para el porvenir: la igualdad de sufragios absolverá siempre al acusado» (p.184). Con esta solución, el hombre debe olvidar las leyes familiares, particulares y subjetivas. Lo anuncia el Coro: «Vivid dichosos sin padecer las desgracias del destino, es para los mortales ser felices» (p.187).
El ser humano debe aprender a pensar, a reflexionar y a no continuar sujeto a usos y costumbres que pueden destruirlo en su propio crecimiento personal. Es la experiencia de vida que aprendieron los siervos: fabricarse su propio destino. El Labrador ya lo había dicho: «Aunque nací pobre no tengo el alma baja y sabré demostrarlo» (p.154).

6.3. A modo de síntesis

De las tres obras estudiadas, la más innovadora en su estructura dramática y la más humana es la de Eurípides. Sus creaturas no aparecen encarnadas en su lejanía mítica, cobran vida y actúan apasionadamente, corriendo el riesgo de equivocarse. De este modo, están menos apegados a cánones externos comprometidos con la saga. Su existencia con relieves y facetas marcadamente humanos los convierte en personalidades más que en personajes: aman y odian, se vengan y se arrepienten, se sienten seguros en su actuar y luego dudan, son victimarios y víctimas.
La calidad dramática de los personajes los lleva a no vociferar las pasiones, los sentimientos se internalizan e imprimen fuerza a la acción. Esto explica la no aparición de Egisto, porque, excepto su ambición, pareciera no tener mayor capacidad de pasión. En cambio, Electra es el centro, en cuanto eje de mundo.
La tragedia culmina en equilibrio cósmico, aunque la restitución no sea al hogar paterno, pues Electra precisa partir con su esposo Pílades y Orestes será sometido a juicio público, a cargo del tribunal instituido por Atenea.
A través de la obra, observamos una crítica manifiesta a los dioses. Poco sensata ha sido la sentencia de Apolo; por lo tanto, no es conveniente recurrir a los oráculos y lo inteligente es actuar conforme al propio sino. La clase alta ha recibido las maldiciones de Zeus y al no haber sido capaz de superar sus designios, mediante la razón y la fortaleza de carácter, está contaminada. Frente a ella se alza, con energía pujante, una clase de hombres que han construido su destino e internalizado los valores de lealtad, respeto, comprensión, generosidad y mesura. Hay que destacar en Eurípides, el enfoque racional de los problemas humano, lo que lo lleva a una especie de escepticismo de todo lo establecido.

7. CONCLUSIÓN GENERAL

El análisis de las tragedias Las Coéforas de Esquilo, Electra de Sófocles y Electra de Eurípides, ha permitido llegar a las siguientes conclusiones:
El modelo ideal de equilibrio entre linaje, familia y hogar es una utopía no realizada plenamente en la historia de la humanidad. Sobre todo en un mundo como el de los griegos en que todas las funciones están estratificadas por voluntad divina, conforme lo enseña la saga. El odio, la ambición, los celos, la inseguridad, constantemente rompen este orden que el griego consideró natural. No obstante, es un esquema cultural diseñado por el ser humano para organizar su vida dentro de ciertos cánones y principios. En este caso, el sistema patriarcal: Zeus en el Olimpo, el héroe en el linaje (el fundador de la familia), el padre en el hogar. Esto determina tres estratos bien diferenciados: el dios de dioses en el Éter, los descendientes del héroe –los varones– en la polis (en la organización humana del mundo), la figura paterna en el ámbito hogareño.
El desequilibrio se produce en la base misma de la concepción del mundo griego, al no considerar la libertad del hombre y su derecho a elegir guiado por la razón. Para que el individuo opte, debe tomar conciencia de sí mismo, de sus decisiones y de sus responsabilidades. De no ser así ocurre que las pasiones desatadas, imposibles de predecir hasta qué límite alcanzarán –Egisto y Clitemestra hasta el crimen– amenazan con destruir el cosmos construido por el hombre.
Otro de los elementos recurrentes en esta desarmonía es no comprender que la vida descansa sobre dos pilares: el masculino y el femenino y que la mujer no es mera nodriza del germen de vida entregado por el varón. Al no darse el equilibrio hombre–mujer, encontramos una Clitemestra que decide por sí misma: desintegra el hogar, el núcleo social básico, y desarticula el mundo, suplanta al rey por el amante, el derecho divino por la elección sentimental.
El desajuste del cosmos griego nos introduce en las oposiciones, dualidades y ambivalencias, conflictos que el hombre debe reconocer para integrarse en la unidad de sí mismo. El sujeto requiere aprender a vivir con su propia dialéctica interior que lo conduce, a veces, al acierto, y, otras, al error. Sobre todo debe enfrentar la mentira, las equivocaciones, el miedo, la inseguridad; no autoengañarse con una justificación inútil sino arrancarse la máscara para poder ser y existir por sí mismo. De lo contrario, surge el engaño que se hacen unos a otros y que, invariablemente, termina en el propio engaño. Lo que sucede con Clitemestra, Electra y Orestes: victimarios y víctimas, simultáneamente. El engaño se disfraza tras la palabra fingida: amistosa, seductora, enigmática. El autoengaño es el lenguaje de la justificación que intenta ocultar las propias culpas, convencer al otro y convertido en su cómplice.
La mentira es una forma de esconder los temores que están en el inconsciente colectivo y se manifiestan en lo personal a través de visiones o sueños (Clitemestra), presagios (Orestes), obsesiones (Electra), formas neuróticas que impiden relacionarse consigo mismo y con el mundo. Estas formas configuran elfatum, destino o sino y dan origen, dentro de la mentalidad griega, a la consulta de oráculos, adivinos y agoreros.

El fatum
inexorablemente se da a conocer mediante una revelación: en el caso de la víctima –Clitemestra– a través de un sueño visionario; en el caso del victimario –Orestes– a través de un oráculo que determina lo que debe realizarse. Entre víctima y victimario se establece un puente, otro personaje –Electra– que atemoriza a la primera con sus palabras, mientras azuza al segundo a la acción. Una vez ejercida la venganza, los papeles se invierten y los victimarios –Orestes y Electra– acosados por la culpa y el remordimiento se convierten en nuevas víctimas.
En estas obras, vemos cómo a través del conflicto se enseña un concepto de vida: la mujer, que representa a la naturaleza, encarnada en la figura de Clitemestra, desencadena la tragedia y desordena el mundo cultural jerárquico del hombre. Por lo mismo, a otra mujer, símbolo de la naturaleza, pero culturizada en cuanto defensora de los principios y valores del modelo patriarcal griego, Electra, le corresponde impulsar al varón, a su hermano Orestes, –el ejecutor– para que restablezca el sistema. Al dar los hijos muerte a la madre, se desorganiza la cadena natural de la vida. De aquí la necesidad de establecer un orden diferente que libere a los descendientes del peso de las culpas de la familia –las cuotas de venganza y deshonor– y los postule como seres libres que deben desarrollar creadoramente su destino personal, familiar y social.Y, la Justicia, cuando corresponda– ya no la paradójica justa venganza– quedará a cargo de un tribunal, como lo anuncian los Dióscuros, en «Electra» de Eurípides, y Atenea, en «Las Euménides» de Esquilo. Se plantea una nueva cosmovisión: el hombre forjador de su destino. Metafóricamente, equivale a desasirse del padre, de la madre, de la familia, del linaje, de la clase social, para ir al encuentro de uno mismo. En todo caso, en nuestro mundo contemporáneo, los seres humanos aún creemos en los designios de un destino prefijado y consultamos adivinos, magos, gitanas, tarotistas y quirománticos, lo que demuestra que todavía el género humano no logra superar sus debilidades y continúa inmerso en el engaño. La saga postula, a través de mitos, leyendas y tradiciones, una concepción de mundo que, en la actualidad, con las lógicas variaciones y modernizaciones se mantiene vigente en sus principales orientaciones.

En «Las Coéforas», Esquilo crea un mundo cercano a la saga, apegado al mundo mítico, y le corresponde a la palabra del poeta iluminar ese cosmos divino y prevenir el horror al que puede llegar el individuo con sus acciones desequilibradas. De las tres tragedias analizadas, es la que mejor evidencia el quiebre entre el mundo de los dioses y el mundo de los humanos. Se presagia una esperanza para los hombres en «Las Euménides», cuando Atenea instaura un tribunal para juzgar a Orestes. El teatro de Esquilo está profundamente enraizado en el inconsciente colectivo y de aquí que sea el Coro el que tiene preeminencia y los personajes no alcancen otro rango que el de interlocutores del Coro que sobrellevan una culpa que no comprenden, porque son, a modo de títeres, movidos por el designio de los dioses: el destino predeterminado.
Diferente es la posición de Sófocles en «Electra», que lleva su mirada al hombre y sus reacciones y la obra es un intento de comprender por qué las realiza. El sujeto se hace a través de la palabra, revelándose a sí mismo en su apariencia–realidad, descubriendo el mundo del entorno e inventando el cosmos. A Sófocles le preocupa el decir de los personajes y las diversas funciones que asume el lenguaje. Sin embargo, la palabra es engañosa, porque muchas veces nace del sentimiento y no de la razón. Se genera la crisis entre el dictum y el factum: se dice una cosa y se ejecuta otra. El lenguaje se hace apariencia: comunica algo diferente a lo que se hará. Cuando el acto devela la verdad, el personaje, horrorizado, comprende el enigma, su propia muerte: Clitemestra, en «Las Coéforas», Egisto, en «Electra» de Sófocles. Ambos ya estaban muertos desde el momento en que Orestes llegó a Micenas, aun cuando el segundo creyó, con jactancia, por las falsas informaciones, que había superado la venganza familiar.

Para Sófocles, el centro de la tragedia es el hombre. Las acciones de éste, el modo de vincularse con la realidad y la forma de construida, es a través de la palabra que comunique el mundo interno con el externo; es decir, que entregue en imágenes su propia visión del cosmos.
El nivel de comprensión que Sófocles tiene del hombre abre la posibilidad de un nuevo orden lógico y analítico. Para que tal opción se haga realidad, el sujeto, tal como Orestes, debe dejar el hogar y la tierra natal para integrarse en otro hábital, donde habrá una nueva oportunidad de desarrollo. El salir de Micenas es una forma simbólica de superación de la familia y del linaje.
La dualidad que se desconocía prácticamente en Esquilo aparece plenamenre representada en Sófocles: si bien Orestes es el realizador de la acción, Electra es la impulsadora. Ella se alza como la mujer que llora su dolor, con la intención de mover a reflexión y cambio a los dioses y a los hombres. Sabe compartir con el varón para construir un mundo.
Mucho más radical es el cambio que se plantea en «Electra» de Eurípides. A la oposición hombre–mujer, se aúna, ahora, la dualidad social: noble–villano. Sólo mediante el trabajo integrado de estas dos clases sociales, se pueden lograr ciudades prósperas y felices. Así lo comprenden Orestes y Electra y su actitud fundamental será la de compartir, agradecer y recibir.
Para asumir el rol que al hombre le corresponde en su familia, en su poli s y en su espíritu, debe desarrollar la razón: observar, experimentar, analizar, comprender. Únicamente mediante la palabra creadora, el sujeto puede crecer psicológica y espiritualemnte. Por ello, el decir, en la obra de Eurípides, es verdadero discurso personal, en tanto que el Coro queda casi relegado.
La actitud reflexiva de los personajes de Eurípides, que no actúan a menos que hayan pensado su hacer, les quita histrionismo teatral. Pareciera que las pasiones –sobre todo el odio– se interiorizan, dándole fuerza al individuo. Una vez saciada la emotividad, sobreviene la duda, que se traduce en remordimiento por el daño causado al otro. El reconocimiento de la culpa trae la comprensión de que no se puede actuar sujeto a los dictámenes de un oráculo, sino conforme a la inteligencia del hombre y a la ley pública.
El centro de «Electra» de Eurípides es el hombre en sus contradicciones existenciales y sociales. De aquí que el otro eje de la tragedia sea la sociedad, lo cual requiere la integración de las clases y la aceptación de los otros en lo que valen y no en lo que representan por la familia.

Los tres autores estudiados han mostrado la necesidad de que cada individuo aprenda a liberarse de las cadenas que implican el hogar y el parentesco, la culpa y la venganza. El hombre que lo ha logrado lo manifiesta a través de una forma de lenguaje que expresa su profunda reflexión; puesto que toda liberación humana sólo puede venir de un discurso que revele la interioridad del sujeto; es decir, lo exprese y lo comunique.
Vemos que para Esquilo, en Las Coéforas, la matriz de su tragedia son los dioses; para Sófocles, en Electra, acercándose a una perspectiva humana que implica la inteligencia y las contradicciones vitales, el eje es la figura humana, el hombre y la mujer; y, para Eurípides, en Electra, el núcleo de la obra es el hombre en su dualidad, dinamismo y crisis existencial y social.


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