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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.32 n.45-46 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341999000100001 

Revista Signos 1999, 32(45-46), 3-10

LITERATURA

La via cordial y la infancia, espacios de consuelo y reencuentro de la Fe en Unamuno


Eduardo Godoy Gallardo

Universidad Católica de Valparaíso

Chile



Adentrarse en el pensamiento religioso de Miguel de Unamuno es una tarea ardua, problemática y difícil. No porque se encuentre oculto, sino porque está siempre presente, y en cada uno de sus escritos asoma en uno u otro lado, sea directa o indirectamente. Es el escritor vasco el ejemplo típico de la repetición. Julián Marías hablaba de "la única cuestión"1 que interesaba a Unamuno, y él estaba consciente que un autor prolífico -como era su caso- tiene que repetirse mucho. En esta afirmación se encuentra la permanente búsqueda unamuniana que se expresa en una espiral nunca encontrada, pero buscada con desesperación. Son sus palabras:

"...tus obras mismas, a pesar de su aparente variedad, y que unas sean novelas, otros comentarios, otros ensayos sueltos, otras poesías, no son, si bien te fijas, más que un solo y mismo pensamiento fundamental que va desarrollándose en múltiples formas. Y así,buscando el transmitir ése tu pensamiento central lo vas hiñendo cada vez más y encontrando nuevas formas de expresión, hasta que acaso des un día con la más adecuada, la más precisa".

El texto citado es parte de un artículo publicado el 24 de XII de 1907 e incluido posteriormente en Soliloquios y conversaciones, en 1912, y, creo, se aplica claramente a su caso.

Tampoco resulta fácil precisar los momentos claves en que cristalizó el pensamiento religioso unamuniano. No cabe duda que se trata de un sentimiento que tuvo una larga gestación, como se puede apreciar del estudio de sus textos. La crítica, sin embargo, ha fijado una fecha clave: 1897. Los documentos que permiten determinar ese año es lacorrespondencia mantenida con amigos o la información dada por éstos de dichas cartas, además de los textos ya mencionados. Así, Pedro Corominas relata tal situación:

"Su crisis religiosa, más bien mística, de 1897, le había dejado al enfriarse un espíritu calcinado... Duró unos cuantos años, pero su intensidad fue decreciendo... En una carta me explicó la crisis como una descarga fulminante que le hirió en una hermosa noche. Ya hacía horas que no podía dormir y se daba y se daba vueltas desasosegadamente en su lecho matrimonial donde su esposa le oía... De súbito le vino un llanto inconsolable... Entonces la pobre mujer, vencido el miedo por la piedad, lo abrazó y acariciándole le decía: ¿Qué tienes hijo mío? Al día siguiente Unamuno lo abandonaba todo e iba a recluirse en el convento de frailes dominicos de Salamanca, donde estuvo tres días. Algunos años después me mostró el convento, el hogar donde pasó las primeras horas rezando de cara a la pared".2

La situación entregada por Corominas es relatada por Unamuno a su amigo Jiménez Ylundain en carta fechada el 3 de enero de 1908. Son sus palabras:

"¡Qué cosa más terrible atravesar la etapa del intelectualismo, y encontrarse un día en que, como llamada y visita de advertencia, nos viene la imagen de la muerte y del total acabamiento! Si supiera usted qué noches de angustia y qué días de inapetencia espiritual... Me cogió la crisis de un modo violento y repentino... y comprendí la vida recogida, cuando, al verme llorar se le escapó a mi mujer esta exclamación viniendo a mí: "¡Hijo mío!" Entonces me llamó hijo, hijo. Me refugié en prácticas que evocaron los días de la infancia..."3

La situación que genera la crisis es la conciencia de la muerte. Quiero señalar, en este momento, dos textos que me parecen decidores. El primero:

"...hay veces en que, sin saber cómo ni cuándo, nos sobrecoge de pronto, y el menos esperado, atrapándonos desprevenidos y en descuido, el sentimiento de nuestra mortalidad. Cuando más entoñado me encuentro en el tráfago de los cuidados y menesteres de la vida, estando distraído en fiesta o en agradable charla, de repente parece como si la muerte aletease sobre mí. No la muerte, sino algo peor, una sensación de anonadamiento, una suprema angustia, y esta angustia, arrancándonos del conocimiento aparencial, nos lleva de golpe y porrazo al conocimiento sustancial de las cosas".

El segundo:

"¿Te puedes concebir como no existiendo?. Inténtalo, concentra tu imaginación en ello y figúrate a ti mismo sin ver ni oir, ni tocar ni recordar nada; inténtalo, y acaso llames y traigas a ti esa angustia que nos visita cuando menos la esperamos, y sientas el nudo que te aprieta el gaznate del alma, por donde resuella tu espíritu. Como el arrendajo al roble, así la cuita imperecedera nos labra a picotazos el corazón para ahoyar en él su nido".

La crisis citada tiene una gravitación importantísima en su pensamiento y en su creación literaria. Por un lado, da origen a obras determinantes en la concreción de su ideario como Del sentimiento trágico de la vida (1912) y La agonía del cristianismo (1925), además de innumerables ensayos cuya enumeración sería larga y tediosa. Por otro, señala también la presencia del regazo maternal encontrable en varias de sus obras posteriores4. Recuérdese el caso de Augusto Pérez en Niebla, de Joaquín Monegro en Abel Sánchez y de don Manuel en San Manuel Bueno, mártir, en donde resuenan las expresiones de su mujer en esa noche de congoja.

De igual manera es preciso recordar que ese estallido violento se encuentra ya en Paz en la guerra, publicada el mismo año de la crisis, y en la que su personaje central, Pachico Zabalbide, a quien se considera como un alter ego del propio Unamuno, posee la misma problemática que caracteriza a su autor. Con esto quiero establecer que la fecha de 1897 debe funcionar como un marco de referencia clave, pero que ella representa sólo el momento en que la crisis interior llega a su culminación.5

A partir de este momento, Unamuno hará literatura de su dolor. Como dice acertadamente Sánchez Barbudo: "Su obra a partir de entonces consistirá sobre todo en mostración de intimidad, a veces ciertamente evaporada. Si en 1897 resistía aún, relativamente, al deseo de exhibir sus penas y anhelos, ello era porque conservaba todavía cierta esperanza de alcanzar la fe"6 Tocamos con esto el problema crucial que caracteriza su pensamiento: es el problema de la fe, la creencia en una vida ulterior a la presente, la certeza o incerteza de una continuidad vital después de morir, su permanente batallar contra la muerte total.7

Este es el problema que quiero tratar hoy día: ¿Cuál o cuáles son los refugios que se deducen de los textos unamunianos propicios para conservar o recuperar la fe? ¿Cómo defender las creencias íntimas ante el acoso violento de la duda y de la incredulidad? ¿Cómo paliar la desesperación del ingreso a la nada después de la muerte?

Pienso que existen dos caminos para enfrentar el problema de la muerte y del anonadamiento. Uno es plantearlo desde el intelectualismo y el otro es el regreso a la infancia. Son espacios que constituyen verdaderos refugios de defensa. Para ello me detendré en dos obras representativas: la primera es La venda, pieza teatral escrita en 1899 - a dos años de la crisis que hemos mencionadao8; la otra es San Manuel Bueno, mártir, terminada en 1930 y publicada en 1931, a escasos años de su muerte y uno de sus últimos escritos.9

Sostuve que el escritor vasco defendía la línea sentimental frente a la intelectualista referente al conocimiento de Dios y, por ende, a la posesión de la fe. En Del sentimiento trágico, lo sostiene concretamente:

"al Dios vivo, al Dios humano, no se llega por camino de razón, sino por camino de amor y de sufrimiento. La razón nos aparta más bien de él. No es posible conocerle para luego amarle; hay que empezar por amarle, por anhelarle, por tener hambre de El, antes de conocerlo. El conocimiento de Dios procede del amor a Dios, y es un conocimiento que poco o nada tiene de racional. Porque Dios es indefinible. Querer definir a Dios es pretender limitarlo en nuestra mente, es decir, matarlo. En cuanto tratamos de definirlo nos surge la nada".

Es decir, para Unamuno la vía cordial es el camino adecuado para conocer a Dios, pues es necesario amarlo primero para conocerlo después, y ese conocimiento implica creer en él y en todo lo que esa creencia implica. Por ello, dirá más adelante:

"Dijo el malvado en su corazón: no hay Dios". Y así es en verdad. Porque un justo puede decirse en su cabeza: "¡Dios no existe!" Pero en el corazón sólo puede decírselo el malvado. No querer que haya Dios o creer que no lo haya, es una cosa; resignarse a que no lo haya, es otra, aunque inhumana y horrible; pero no querer que lo haya, excede a toda otra monstruosidad moral. Aunque de hecho los que reniegan de Dios es por desesperación de no encontrarlo".

En La venda, escrita en las cercanías de la crisis que comentamos, plantea Unamuno la vía cordial frente a la vía intelectual como fuente de conocimiento. Su revisión aclara la perspectiva desde la que examinamos el problema de la fe en Unamuno.10

Recordemos, brevemente, el asunto de esta obra teatral. La historia se centra en una joven ciega de nacimiento que ha recuperado la vista. Sabe que su padre está muriendo y sale por primera vez sola a la calle. Se encuentra desorientada, pues sus ojos no reconocen calles ni recovecos. Encuentra a dos señores, Pedro y Juan, que discuten en torno a lo que es la razón. María, así se llama la joven, les pide un bastón, el que es entregado por Juan, y venda de nuevo sus ojos; ahora, recobra la confianza y sigue su camino, segura, hacia la casa de su padre. La relación de la situación en que se encuentra María con la materia que disertan los dos señores es clara. El segundo cuadro se localiza en casa del padre, donde se agregan dos personajes más: Marta, hermana de María, y José, esposo de la primera. María se niega a quitarse la venda, como se lo pide su padre, pues ella lo ve, realmente, en medio de la oscuridad, como fue su costumbre durante años, por medio de sus ojos muertos. Marta le quita violentamente la venda y María abre sus ojos sólo para ver a su padre muerto. La pieza teatral termina con la desesperada petición de María: " ¡La venda, la venda otra vez! ¡No quiero volver a ver!".

Toda la línea temática tiende a mostrar que para conocer realmente al padre11 es necesario negarse a conocerlo por medio de la luz de la razón y refugiarse en la oscuridad de los ojos vendados. La oposición razón y fe es clara.

Una doble pareja de personajes son los encargados de clarificar el peso ideológico del texto. La primera está conformada por Pedro y Juan, cuyas voces tienen claras reminiscencias evangélicas: Pedro es el hombre racional que duda permanentemente, en tanto Juan representa la vía cordial, es la voz del bienamado y es representativo del amor y del sentimiento; uno y otro defienden caminos diferentes para llegar a la verdad. Pedro piensa que : "Se vive por la razón (), la razón nos revela el secreto del mundo, la razón nos hace obrar", en tanto para Juan: "La fe, la fe es la que nos da vida; por la fe vivimos, la fe nos da el sentido de la vida, nos da a Dios".

La llegada de María clarifica la situación de ambos y su reacción es, también, diferente: mientras Pedro la considera loca y no comprende el hecho de vendarse para ver realmente, Juan la comprende y le proporcina el bastón que ella solicita y que le sirve para orientarse. Las palabras que cierran la intervención de estos personajes son claro testimonio de las posiciones unamunianas:

Don Juan: Mira, mira lo de la venda; ahora me lo explico. Se encontró en un mundo que no conocía de vista. Para ir a su padre no sabía otro camino que el de las tinieblas. ¡Qué razón tenía al decir que se vendaba para mejor ver su camino! Y ahora volvamos a lo de la ilusión y la verdad pura, a lo de la razón y la fe.
Don Pedro: "A pesar de todo Juan, a pesar de todo"

La otra pareja tiene, como ya se dijo, también claras vinculaciones bíblicas: María y Marta, hermanas de Lázaro en los textos sagrados, poseen también características opuestas acorde con lo que la tradición religiosa nos ha otorgado. María es representativa de la contemplación cristiana, es ella la que se arrodilla ante Cristo y lava sus pies, en ella se define la interioridad de lo religioso; Marta, en tanto, es la que ayuda materialmente al hijo de Dios y no cree de buenas a primeras. Ambas, entonces, tienen su contrapartida en la pareja anterior. María representa la vía del amor y del sentimiento; ella que venda sus ojos para ver mejor, se niega a ver por medio de la razón y sí mediante la oscuridad de la fe: esa es la única manera de tener y reconocer a su padre. Ante la solicitud de su padre de quitarse la venda, María establece que:

"-¿Conocerte? Te conozco bien, muy bien, padre (Acariciándole). Este es mi padre, éste, éste y no otro. Este es el que sembró de besos mis pobres ojos ciegos, besos que al fin, gracias a Dios, han florecido; el que me enseñó a ver lo invisible y me llenó de Dios el alma (la besa en los ojos). Tú viste por mí, padre, y mejor que yo. Tus ojos fueron míos (Besándole en la mano). De esta boca partieron a mi corazón las palabras que enseñan lo que en la vida no vemos. Te conozco, padre, te conozco; te veo, te veo muy bien, te veo con el corazón (le abraza) ¡Este, éste es mi padre y no otro! Este, éste, éste"

María no necesita ver racionalmente, le basta, como dice en la cita recién anotada, ver con el corazón. La ciencia, que la ha sacado del mundo de sombras, racionaliza todo y, entre ello, la fe. En conclusión, tal como dice don Juan, es la fe la que da vida, y lo testifica María al sostener, palpando a ciegas a su padre, que "Esto es vivir, esto". La única manera de encontrar al padre- que es representativo de Dios- es negándose el camino racional y adoptando el del corazón.

Hemos sostenido que el segundo espacio que actúa como refugio en torno a la conservación o a la recuperación de la fe es la infancia. Conocida es la profunda vinculación que en la obra de Unamuno existe con aspectos biográficos y la estrechísima relación que estableció siempre entre autor y personaje literario, en su caso, por lo menos. Obras como Recuerdos de niñez y mocedad, Paz en la guerra, Cómo se hace una novela, Nicodemo el fariseo, Romancero del destierro, San Manuel son fuente de indispensable consulta en el momento de tratar de bosquejar su pensamiento.

La infancia fue un motivo recurrente. Y a ella estaba unido el espacio de su tierra nativa. Desde Salamanca ­donde permaneció gran parte de su vida- y desde el destierro, surge la imagen añorante que une a ambos. Recuérdese el poema titulado Niñez:

Vuelvo a ti, mi niñez, como volvía
a tierra a recobrar fuerzas Anteo;
cuando en tus brazos yazgo, en mí me veo y
es mí asilo mejor tu compañía.

De mi vida en la senda eres la guía
que me apartas de todo devaneo,
purificas en mí todo deseo,
eres el manantial de mi alegría.

Siempre que voy en ti a buscarme, nido
de mi niñez, Bilbao, rincón querido en
que ensayé con ansia el primer vuelo.

Súbeme de alma en flor mi edad primera
cantándome recuerdos, agorera,
preñados de esperanza y de consuelo.

La infancia adquiere una presencia permanente en la obra unamuniana, prácticamente de comienzo a fin. Veánse algunas situaciones relacionadas con ella: es para él "un largo día que no tuvo mañana" (Andanzas y visiones españolas) y posee por ello una condición intemporal" mi dulce pasado ¿No eres acaso toda la eternidad de mi porvenir?", (El dulce pasado) a la vez que "en nuestra niñez, al no saber que se muere, fuimos inmortales", (El hermano Juan) o al hablar de una infancia auténtica, dice que quien "ha sido de verdad niño lo será siempre y sus canas, cuando envejezca, tendrán blancura de niñez" (Paz en la guerra) o al plantear el fin de esta etapa: "cuando el niño descubre la muerte; que uno se muere" (El día de la infancia) o el intento de volver a vivir lo transcurrido en sentido inverso: al contemplar un crepúsculo en la llanura castellana, su imaginación lo lleva figurativamente: "a vivir hacia atrás, revertiendo el curso del tiempo para recorrer en sentido inverso al transcurrido la senda de mi vida, hasta desnacerme tras nueva infancia" (Fantasía crepuscular).

Las citas podrían multiplicarse. No cabe duda que existe una sobrevaloración de esta etapa vital y tiene que tener su explicación, lo que está en directa relación con algunas facetas de su pensamiento más íntimo. Y en este caso se encuentra una de las posibilidades de su perduración: la intemporalidad señalada es fuente de permanencia, de inmortalidad, el recuerdo recupera el ayer perdido y lo hunde en las creencias del pasado. Es decir, es la fe recuperada, la fe no cuestionada, la fe fortalecida por la inocencia infantil.

Uno de los últimos escritos de Miguel de Unamuno es su novela San Manuel Bueno, mártir calificada por la crítica como el testimonio más concreto y significativo de una problemática que lo acosó durante toda su vida: es el problema de la fe que, en este caso, se encarna en la figura dramática y trágica de un sacerdote que enfrenta el cuestionamiento de su creencia en una vida más allá de la muerte. Se presenta al sacerdote, ya maduro, que dedica su vida a mantener viva la fe en una vida posterior en su feligresía a pesar de su problema interior. Arrastra la soledad de su calvario en compañía de dos jóvenes que se convierten en sus discípulos, uno de los cuales narra su historia y deja constancia de su vivir problemático, imitando la voz evangélica, de cuyas alusiones se encuentra repleto el texto.12

Dos son las situaciones que refieren concretamente a la recurrencia del espacio infantil. En primer lugar, al recordar en el Sermón de Viernes Santo la situación de abandono en que se encuentra Cristo que lo lleva a exclamar "¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado?", la voz narradora nos dice que" una vez, al oirlo su madre, la de don Manuel, no pudo contenerse, y desde el suelo del templo, en que se sentaba, gritó: "¡Hijo mío!" Y fue un chaparrón de lágrimas entre todos. Creeríase que el grito maternal había brotado de la boca entreabierta de aquella Dolorosa -el corazón traspasado por siete espadas- que había en una de las capillas del templo". En ese momento de dramático abandono, surge la imagen consoladora de la madre con toda la carga significativa que tiene la mujer -como personaje entrañable- en la narrativa de Unamuno.

El otro momento se refiere a algunas circunstancias que rodean la muerte del sacerdote. Pide que "Cuando me entierren, que sea en una caja hecha con aquellas seis tablas que tallé del viejo nogal, ¡pobrecillo!, a cuya sombre jugué de niño, cuando empezaba a soñar ¡Y entonces sí que creía en la vida perdurable!"; tablas que permanecían al pie de su cama; Lázaro guarda su breviario y "entre cuyas hojas encontró, disecada y como en una herbario, una clavellina pegada a un papel, y en ésta una cruz con una fecha"; una vez muerto se nos dice que "Las endemoniadas venían ahora a tocar la cruz de nogal, hecha también por sus manos y sacada del mismo árbol de donde sacó las seis tablas en que fue enterrado"

Las alusiones a la infancia como espacio de consuelo y refugio son claras. Tanto el nogal -al que denominan matriarcal- como la clavellina disecada y la fecha aluden a un momento en que se creyó y luego se dejó de creer. La triple presencia del nogal como árbol en que se jugaba de niño, como acogedor de su cuerpo una vez muerto y como símbolo de su permanencia mediante la cruz levantada en su tumba, son símbolos que aluden a la búsqueda de una paz perdida.

Creo, en conclusión, que para el pensamiento trágico y agónico de Miguel Unamuno, la vía cordial es el único camino para creer en Dios, y la infancia constituye un espacio en que dicha creencia sin cuestionamiento es posible. Los textos que he mostrado para certificarlo creo que son muestra palpable de lo afirmado.


NOTAS

1 Marías, Julián: Miguel de Unamuno (Austral 991, 1950).         [ Links ]

2 Citado por Sánchez Barbudo: Estudios sobre Unamuno y Machado (Guadarrama, Madrid 1959, p. 44)         [ Links ]


3 Idem, pp. 44-45.

4 Una revisión exhaustiva se encuentra en C. Blanco Aguirraga, El Unamuno contemplativo (El Colegio de México, 1959).         [ Links ]

5 La publicación definitiva de Nuevo Mundo (1994) y lo sostenido en Diario Intimo ­ambos escritos en fecha coincidentes con la crisis­ señalan la presencia de los factores que llevaron a la crisis señalada. Véase, al respecto: Angel Raimundo Fernández, Nueva Lectura del Diario Intimo de Unamuno (Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, vol. 32, 1997, pp. 369-377, Ediciones Universidad de Salamanca)         [ Links ] y J. Ignacio Tellechea Idígoras, La crisis espiritual de Unamuno de 1897. Fragmento inédito de una carta/unamuniana a Leopoldo Gutiérrez Zubiaurre (Cuadernos idem, pp. 379-396). Desde un punto de vista novelesco, es necesario determinar lo que significa Nuevo Mundo en la teoría novolesca unamuniana, ya que es necesario partir de ella, como primera novela de Unamuno, y no de Paz en la Guerra, como era usual hasta hoy.

6 Sánchez Barbudo, o.c., p. 53.

7 Sobre este tema, la bibliográfía existente es inmensa. Sólo citaré tres textos claves : Valdés, M. Death in the literature of Unamuno (Urbana 1964); Azaola, J. M. de: Las cinco batallas de Unamuno contra la muerte (Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, No. 2, Universidad de Salamanca 1951, pp. 33-109) y Eduardo Malvido: Unamuno a la búsqueda de la inmortalidad, Universidad de Salamanca, 1977.

8 Cito por la edición de Obras Completas, tomo XII, de Afrodisio Aguado S. A:, 1958, pp. 313-338.

9 Cito por la edición de Mario Valdés, Cátedra, Letras Hispánicas No. 95, 1979.


10 Sobre el teatro de Unamuno y especialmente La venda, véase lo sostenido por Iris Zavala, Unamuno y su tratro de conciencia, Universidad de Salamanca 1963.

11 La doble significación del término Padre es clara: por un lado, alude al de carne y hueso, y, por otro, al ser superior.

12 Véase la edición de Valdés, citada, en que se detallen el aparataje bíblico que posee el texto.

 

 

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