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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.32 n.45-46 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341999000100002 

Revista Signos 1999, 32(45-46), 11-15

LITERATURA

La metanarración en la autobiografía


Marina González Becker

Universidad Católica de Valparaíso

Chile



A partir de 1950, con la publicación de la obra monumental de Georg Misch, Geschichte der Autobiographie, cuyos tres últimos volúmenes vieron la luz entre 1955 y 1969, la autobiografía como género literario alcanzó un lugar de privilegio en la atención de teóricos de la literatura y del lenguaje. No podía ser de otro modo tratándose de un género calificado de «proteico» por la riqueza de sus formas y el vastísimo alcance de sus contenidos. Así, la investigación se ha focalizado en el establecimiento de una teoría crítica y en el análisis de textos concretos. Ambas líneas de trabajo han recibido el aporte de psicólogos, historiadores, sociólogos y antropólogos. Los trabajos publicados en revistas especializadas son legión, así como congresos, simposios y seminarios permanentes dedicados al tema de la autobiografía en general o a algún autor, época o tipo de texto autorreferente. Famoso -entre otros- es el Coloquio Internacional realizado bianualmente en la Universidad de Aix-en-Provence y cuyo inicio se debió a la diligencia del destacado profesor especialista en el tema Guy Mercadier. Connotados académicos, como Jean Molino, Anna Caballé, Hans R. Picard, Antonio Gómez-Moriana, Eugenio Suárez-Galbán, Adrienne Schizzano Mandel y muchísimos más han expuesto sus interesantes observaciones en la Universidad de Aix-en Provence. Pero no podríamos dejar de mencionar a Georges Gusdorf -autor de La Découverte de Soi (1948)-, Georges May, cuya obra L'Autobiographie es lectura inicial obligada y Philippe Lejeune, teórico del tema, cuya tesis conocida como «pacto autobiográfico» ha expuesto en diversas publicaciones y seminarios. Aun cuando tiene detractores, lo esencial de su teoría es aceptado como definición de autobiografía: «un récit rétrospectif en prose q'une personne réelle fait de sa propre existence, lorsqu'elle met l'accent sur sa vie individuelle, en particulier sur l'histoire de sa personalité» (1973)1. Posteriormente (1979), atenúa la estricta aplicación de su definición cuando afirma que «le texte doit être principalment un récit ....la perpective, principalement rétrospective... le sujet doit être principalement la vie individuelle C'est la question de proportion ou plutôt de hiérarchile: des transitions s'établissent naturellement avec des autres genres de la littérature intime (mémoires, journal, essai), et une certaine latitude est laissée au classificateur dans l'examen des cas particuliers» (1979). La teoría de Lejeune, en síntesis, plantea la identidad entre autor, narrador y personaje.

El problema de la definición de «autobiografía» es uno de los tantos que presenta esta forma de escritura autorreferencial, pues el género autobiográfico tiene subgéneros, como las memorias, el diario íntimo y el autorretrato, cuyos deslindes y caracterización son difíciles por las contaminaciones recíprocas. Los estudiosos han intentado establecer una tipología basándose en si los textos autorreferentes privilegian: a) la selección de contenidos referenciales, esto es, si se da mayor importancia a la actuación del protagonista-narrador o a su testimonio acerca de otros personajes y/o sucesos; b) el tipo de enunciación, es decir, si el relato se verbaliza desde un solo punto cronológico o se apoya en dos o más situaciones enunciativas, como también si el sujeto narrador concede más importancia a los sucesos acaecidos durante su vida (relato histórico) o a sus reflexiones acerca de su vida (comentario); c) el tipo de escritura: o esencialmente evocadora o una escritura argumentativa en la que el sujeto trata de explicar sus acciones.

De acuerdo con estos criterios se han dado definiciones provisionales de memorias, por ejemplo, como un relato autorreferente en que se difumina el propósito narrativo y los escenarios o temas se enfocan desde varias situaciones enunciativas. Se privilegia el entorno social del personaje, por ejemplo, ámbito de la guerra, situación política de un país, etc. En cuanto al diario íntimo, carece totalmente de trama narrativa y el punto de mira se desplaza continuamente al ritmo del calendario: el personaje va consignando con mayor o menor minuciosidad lo que el día le va trayendo. En el autorretrato prevalece el comentario argumentativo: el autor intenta explicar su actuación según los rasgos psicológicos y sociales que él mismo se asigna.

Volviendo a la autobiografía, diremos que en cuanto género ofrece una variada problemática: ¿es o no es un género literario?, ¿es un relato plenamente factual? ¿cuánto contiene de ficción?, la autobiografía y su relación con otros géneros, por ejemplo, la biografía, la crónica y la novela, ¿construcción o reconstrucción del yo?, papel de la memoria, desarrollo de la escritura autorreferencial, clases de autobiografías: de soldados, de religiosos (especialmente monjas, las llamadas «autobiografías por mandato»), las confesiones, las autobiografías escritas por encargo sobre la base de entrevistas, etc., proceso creador de la autobiografía, importancia del entorno sociológico del autobiógrafo, la autobiografía como acto de habla con una determinada función ilocutoria, es decir, una función semejante a la afirmación, pregunta, respuesta o mandato. Justamente, Elisabeth Bruss en «L'autobiographie considerée comme acte littéraire»2complementa el planteamiento de Lejeune basándose en la teoría de los actos de habla y el formalismo ruso, en particular de Tynianov: «Del mismo modo que todo discurso «ordinario» responde a diferentes tipos de actividad ilocutoria (...), igualmente, todo discurso literario es un sistema de tipos ilocutorios o géneros». Otros problemas que plantea el género son, por ejemplo, con qué criterio el narrador selecciona el material narrativo, cuál es el esquema narrativo, ¿hay, acaso, un programa narrativo?, ¿se cumple el mito del «primer recuerdo»?, diferencias (si las hay) entre autobiografía masculina y femenina, los primeros escritos autorreferentes de mujeres, importancia de la escritura testimonial para la historia, los grandes modelos autobiográficos como Santa Teresa de Avila, San Agustín, J.J. Rousseau, entre otros, importancia del rescate de testimonios de vidas de individuos anónimos, cuyos textos orales o escritos gozan hoy de gran atención de parte de sociólogos, psicólogos y lingüistas, etc.

Dentro de esta variadísima y compleja gama de problemas que presenta el género y que justifica lo que decíamos más arriba de la intensa actividad que ha generado entre los estudiosos, queremos referirnos a la constante presencia del narrador-comentador en el texto por medio de lo que podría denominarse «metanarración».

El relato autobiográfico tiene como una de sus características esenciales la falta de trama verdadera, porque esta no sería otra que la vida del propio autobiógrafo; así, este se aboca a seleccionar episodios de su vida sin que ninguno sea imprescindible para el conjunto, de tal manera que un autobiógrafo podría escribir más de una autobiografía. Además, los episodios tienen total o casi total independencia entre sí y se suceden en sarta. En un relato pleno los acontecimientos están organizados de tal manera que progresan hacia una meta o desenlace. En el caso del relato autorreferencial, este desenlace sería la muerte del protagonista -lo que lógicamente es imposible- de manera que la narración culmina con alguna situación especialmente marcada, así sentida por el personaje, pero naturalmente, queda abierta en cuanto la vida del protagonista continúa.

Es esta falta de trama lo que determina que en esta escritura alternen el relato y el comentario, la narración de la peripecia personal y el interés por el entorno social, o el lirismo y la argumentación.

Hasta donde se sabe, en todas las épocas, los distintos tipos de autobiografía han evidenciado una fuerte dosis de presencia del narrador que va dando su parecer, juzgando los acontecimientos, es decir, mostrándose como testigo.

La mayor parte de estos textos cumplen un verdadero ritual: generalmente en el prólogo o introducción los autores explican el porqué de su escritura, qué persigen, si lo hacen a entera voluntad o se han visto forzados por alguna circunstancia a empuñar la pluma. Tal ocurre, por ejemplo, en las autobiografías «por mandato», textos confesionales exigidos por el director espiritual de la religiosa.

A la objetividad del relato en tercera persona, donde el narrador y el protagonista tienen diferentes identidades, la narración en primera persona opone una fuerte subjetividad, pues el autor-narrador-personaje -si bien es cierto intenta entregar información completa (?) y verídica de sí-, como todo ser humano, no conoce toda la verdad sobre él mismo y ficcionaliza inconsciente o conscientemente los acontecimientos que ha protagonizado y su propia persona. De este modo, entonces, la autobiografía adquiere carácter de discurso complementario, esto es, un texto que puede dar una nueva imagen del personaje que puede oponerse a la conocida hasta ese momento o agregar aspectos desconocidos.

La presencia constante del narrador no sólo se advierte en el fuerte subjetivismo que impregna el relato, sino en marcas lingüísticas, normalmente oraciones, que se intercalan con regularidad en el texto, como «pienso que...», «recuerdo que...», «como dije al comienzo...», «nunca olvidaré que...» y otras semejantes. Estas frases cumplen una importante función textual: aseguran su coherencia, pues seleccionan y enlazan los distintos episodios y representan el proceso creador de la escritura autobiográfica, el «hacer memoria», el «instaurar el discurso» o el «reflexionar sobre lo vivido».

Los verbos más recurrentes pueden ordenarse en tres clases:

a) verbos de la rememoración, como «recordar», «no olvidar», «acordarse»; b) verbos declarativos, como «decir», «ir a hablar», «ir refiriendo», «no querer extenderse más», «gustar hablar de»», «contar», etc.; c) verbos de la reflexión, como «creer», «parecer», «pensar», «preguntarse», «saber», «comprender», etc.

Ilustraremos lo planteado con textos de la Relación Autobiográfica (una autobiografía «por mandato») de la monja clarisa chilena, doña Ursula Suárez (1666 - 1749)3.

En el texto de Ursula encontramos las tres clases de verbos, pero en forma notoriamente abundante, los declarativos.

a) Verbos rememorativos: tienen un doble significado, pues apuntan a que el suceso referido es de los que tienen lugar privilegiado en la memoria y, además, funcionan como verbos enunciativos, porque introducen la verbalización de los sucesos en el texto. Así, la Relación nos trae: «pues siendo entonces de tan tierna edad, no se me pueden olvidar; y así las refiero a vuestra paternidad» (p. 99); «Ello es como cosa de sueño, y no se me ha olvidado desde ese tiempo» (p. 106); «(...) será harto milagro acordarme de lo que tanto años ha pasado» (p. 196), etc..

b) Verbos declarativos: tienen la función de instaurar el discurso, valorar un episodio o precisar su carácter secundario. Ursula los utiliza con gran frecuencia: «(...) unido esto con lo venidero que iré refiriendo» (p.95); «prosigo con los sueños» (p. 107); «diré lo que me pasó con una india que era mi maestra de labor» (p. 113); «tales eran mis habilidades, como a las que a vuestra paternidad referiré» (p.113); «voy prosiguiendo con mi anhelo de entrar en monasterio» (p. 127); «Diré a vuestra paternidad dónde llegó mi desvergüenza» (p.157); «Padre mío, esto no he dicho a ninguno de mis confesores: susedióme una Pascua...» (p. 235); «No quiero dejar en blanco lo que sucedió esta mañana...» (p. 242); «Referiré lo que pasó con el señor obispo» (p. 242); «Prosigo la historia...» (p. 259); «Referiré lo que me dijo en una ocasión Su Majestad» (p.263).

A veces los verbos declarativos remiten a episodios ya contados o a otros que se comentarán más adelante. Se trata de funciones anafórica y catafórica, respectivamente, que garantizan la coherencia del texto cuando ha habido saltos de un episodio a otro o digresiones, lo que es muy común en la autobiografía por mandato, normalmente salpicada de reflexiones («comentarios») y monólogos interiores. Aquí van algunos ejemplos de verbos declarativos con función anafórica y catafórica: «Mas volvamos a lo que de Chinchón iba contando» (p. 149);»Vuelvo a lo que de Albaro de Vivero iba diciendo» (p.153); «Unido esto con lo venidero que iré refiriendo» (p.95); «Como conocerá vuestra paternidad en lo de adelante» (p.99); «Pues, volviendo a lo que iba diciendo, salí...» (p. 179).

Ocurre frecuentemente que el autobiógrafo se limita a consignar sólo una parte del recuerdo y explícitamente se niega a dar más detalles: «no diré más». Esta reticencia se da también en la picaresca y constituye una figura retórica «especialmente apta para sugerir materias escabrosas, eludiéndolas»4. Ursula dice, por ejemplo, «No quiero referir las demasías del mayordomo, porque vuestra paternidad lo supo todo» (p. 163); también es frecuente que la autobiógrafa suponga que el confesor puede cansarse con la relación de demasiados detalles, y, por tanto, decide suspender abruptamente la narración, con lo cual crea una atmósfera sugestiva: «Dejo estas niñerías y otros engaños al modo del pasado por no estarlo molestando»(p.116); «No quiero molestar a vuestra paternidad con tan largos cuentos, aunque en la realidad me están susediendo tan paresidas las cosas como las inventaba cuando niña, que por lo que me va susediendo me acuerdo lo que hasía en aquel tiempo» (p. 127). Interesante circularidad entre experiencia (realidad), ficcionalidad y memoria. Otro abandono narrativo: «Dejo estos disparates y otros que han pasado porque fuera escrebir largo y tiempo malgastado: baste el pasado, tan mal logrado; voy a lo que me parece ser necesario para mi intento, que es cuando esta habla más menudeaba; era lo más continuo cuando me confesaba, como dejo referido» (p. 182). Hay aquí una voluntad expresa de selección del material narrable.

c) Verbos de la reflexión: expresan las reflexiones del narrador sobre su pasado y escritura. Apuntan hacia la actitud del narrador y hacia el enunciado. Ursula comenta: «No sé, padre, qué fuera este disparate; quisás por ser yo a las monjas aficionada, no me avenía con las casadas» (p. 126); «Bien conosco que en esto delitos tengo...» (p. 135); «Desto no sé si sabré desir algo en consierto o asomos de el que en mí pusieron, que jusgo no (ha) habido noviciado más rígido...» (p. 142). En este como en muchos otros pasajes, nuestra narradora duda de su capacidad expresiva: «cuántas serían las aflicciones de mi corasón, no lo sé explicar yo» (p. 147); «No tienen cuenta estas cosas, ni sé cómo desirlas» (p. 151); «No sé si sabré referir esto, porque no he entendido: menos sabré escrebirlo» (p.167); «De aquí no quisiera pasar, aunque mi pena y dolor se vuelve a renovar, que el papel lo puede manifestar; mas lo que pasó por mí no sabré esplicar» (p. 193). Alude al torrente de lágrimas que estimula el solo recuerdo de aquellas otras vertidas otrora. En otras instancias duda de su capacidad de expresarse por escrito y prefiere la oralidad, pues su agudeza le hace percibir los mayores recursos de la comunicación directa: «No sé si digo herejías: yo no lo entiendo ni entendía; de mejor gana se lo dijera a vuestra paternidad hablando, que con eso me fuera enseñando, y no desirlo por escrito, que no sé lo que digo» (p.168). En otros momentos duda de la capacidad del lenguaje para significar sus contenidos de conciencia: «No hay palabras para desir ni esplicar lo que yo miraba y remiraba esta nada» (p.200). Estos verbos también permiten insertar en el discurso las reflexiones que se dan simultáneamente con el acto de escritura, es decir, son sincrónicas con la enunciación: «Tenía por mal indicio esto: jamás pude entenderlo, hasta el día de hoy 3 de mayo, y se ajustan quinse años» (p. 220). Pasajes como este dan cuenta de la transformación que ha sufrido el autobiógrafo: el que era y el que es ahora en el momento de la escritura.

En síntesis, podríamos decir que en virtud de la identidad entre narrador y personaje, el autobiógrafo tiende a evidenciar el proceso enunciativo en mucho mayor proporción de lo que lo hace cualquier otro tipo de narrador y tanto más cuanto que intenta rescatar de un pasado comúnmente lejano un episodio de la manera más nítida posible, a sabiendas de que es tarea muy difícil, pues se le opone la acción corrosiva del tiempo y la desconfianza en su competencia lingüística. Súmase, además, de manera más intensa en la autobiografía por mandato, la disposición receptiva del destinatario, verdadera incógnita para la religiosa. Todos estos factores son -sin lugar a dudas- determinantes para la reiterada presencia de estructuras metanarrativas en este tipo de relatos.



NOTAS


1 Lejeune, Philippe, «Le pacte autobiographique», en Poétique, 14 (1973).         [ Links ]

2 Bruss, Elisabeth, «L'autobiographie considerée comme acte littéraire», en Poétique, 17 (1974).         [ Links ]

3 Suárez, Ursula. Relación Autobiográfica. Prólogo y edición crítica de Mario Ferreccio y Estudio preliminar de Armando de Ramón B.A.CH. Universidad de Concepción. 1984.         [ Links ]

4 Lázaro Carreter, F. , «Construcción y sentido del Lazarillo de Tormes», en Abaco, Estudios sobre Literatura Española, Madrid, Edit. Castalia, 1969; p.111.         [ Links ]

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