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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.32 n.45-46 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341999000100003 

Revista Signos 1999, 32(45-46), 17-22

LITERATURA

Yo y los otros en la voz poética de José Hierro

Nora González Gandiaga

Universidad Nacional del Litoral

Argentina

La poesía no es, ni puede ser
lógica. La raíz misma de la poesía
estriba precisamente en el absurdo.
La poesía es metáfora y emoción.
La metáfora es necesariamente
un absurdo. La emoción no puede
sujetarse nunca a un razonamiento
ni al complicado armatoste del idioma

Aforismo de José Hierro



Miembro reciente de la Real Academia Española, pintor por afición, poeta, fundamentalmente poeta, José Hierro fue -hace escaso tiempo- acreedor del Premio Cervantes, máxima distinción de las letras hispánicas.

Uno de sus poemarios Quinta del '42 testimonia la tendencia de los poetas de posguerra que ­según ellos mismos- no alcanzan a constituir una generación.

Tras un largo silencio, Hierro publica Cuaderno de Nueva York que es, sin duda, la obra de la madurez de su quehacer poético.

Si hacemos una lectura diacrónica de su producción, registramos como constante un avance hacia la densificación poética y a la convivencia cada vez mayor con la cotidianeidad. Ha quedado de lado la separación entre la objetividad de Reportajes y la subjetividad del Libro de las Alucinaciones, como cierta crítica llegó a sostener. Pero siempre, por los intersticios de sus versos, se filtra la preocupación por el individuo, por los otros, más aún en las obras de los tiempos de posguerra.

Se lo ha rotulado como poeta testimonial, social, de voz colectiva, pero en lecturas avisadas registramos que la palabra pasa a instaurar la gran metáfora de una nueva poética, la de las cosas cotidianas. En reiterados poemas leemos que hay conciencia en la voz de Hierro de que la poesía 'viene' algo agotada de imaginación por la inquietud en la denuncia social. Se abre así una nueva instancia en recuperar lo poético-estético para lo humano colectivo.

El poema deja de ser logocéntrico, que lleva sólo a una interpretación inmanentista del texto, hace guiños al lector para que surja la lectura personal. El horizonte de expectativa se agranda y por consiguiente el texto se abre a múltiples interpretaciones. Ante la tradición poética anterior instaura una metapoesía por la 'autorreferencialidad', registro que coloca a José Hierro como puente y a la vez lo estatuye como voz que fractura la relación con grupos poéticos anteriores y los poetas más contemporáneos españoles.

Juntamente con la apertura que da Hierro al lector en su canto, la intertextualidad e intratextualidad sostienen la tensión poética: Machado, fragmentos de las Coplas de Jorge Manrique, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Ezra Pound, Beethoven, por citar algunos. Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez marcan ya en semas positivos y / o negativos la función del poeta que se transforma en función metapoética y su entrega resulta metaescritura.

En la mayoría de sus poemas emerge el desdoblamiento del yo y del tú en la voz poética. El poemario Cuanto sé de mí es paradigmático en este sentido. En el poema Las nubes se registran las huellas, las marcas del desdoblamiento del yo poético. En ocasiones ese de doblamiento no se centra en yo / tú sino en yo y los otros.

 

Inútilmente interrogas
Tus ojos miran al cielo
Buscas, detrás de las nubes,
Huellas que se llevó el viento.
Inútilmente interrogas
Desde tus párpados ciegos
¿Qué haces mirando a las nubes,
José Hierro?

La inscripción del nombre en el poema instaura al hombre José Hierro "autorreferenciado". Ej.: Una tarde cualquiera de Quinta del '42:

 

Yo, José Hierro, un hombre
como hay muchos, tendido
esta tarde en mi cama,
volví a soñar.
Yo, José Hierro, un hombre
que se da por vencido
sin luchar

En toda su escritura poética y en varios poemas se inscribe el nombre que, por otra parte, es una constante en las obras de numerosos poetas casi coetáneos, por eje.: Ángel González, Jaime Gil de Biedma, entre otros.
El yo desdoblado admite que se registre el lector como inquisidor, autoevaluador del mismísimo José Hierro. Es el simulacro que leemos en la cadena discursiva por la metaescritura. Se autoremiten las propias actitudes ante la vida de José Hierro y ante el accionar del hombre mientras dura su tiempo.

En el nivel sémico leemos que el tiempo agobia al ser y que quizás lo rescata la memoria. El tiempo del hombre se asimila al tiempo de la música. Ésta amalgama la materia poética, en especial por la sintaxis. Variadas construcciones simétricas generan ritmo poético así también como las aliteraciones, al par que ensamblan las distintas instancias del poema que en ocasiones tiene un desarrollo narrativo.

A nivel lexemático en varios poemas se imbrican los lexemas con la música, el ritmo, los colores, sobre todo en los poemarios primeros.

La voz se disemina y se manifiesta en los verbos del decir, del cantar, del mirar, del conocer, del saber y se iteran en todo su recorrido discursivo.
Tanto para el yo como para los otros, las cosas cotidianas alcanzan estatura poética, en materia poetizable. Debicki1 en un estudio sobre la poesía de José Hierro sostiene que el uso de voces, perspectivas y ritmos hacen que el lenguaje simple comunique experiencias complejas.

Dijimos que la memoria rescata el tiempo y con éste, a los otros.

 

He ido desenterrando
todos mis muertos: Sombras
compañeras, latidos
sin música, corona
de manos y de lágrimas
lloviendo en la memoria.

He ido desenterrando
Mis muertos y mis horas
(y sus horas), mis muertos
y sus glorias, (mis glorias).
Dolían en lo hondo
De mi tierra: sus sombras
Velaban a la vida
La cara luminosa

Quedar sin ellos era
quedar sin mí. ¿No lloran
por mí? ¡Tanto he llorado
yo, por ellos, a solas!
¿Lloran por mí? ¿De su
paraíso me arrojan
con espada de fuego?

Experiencia de sombra y música
de Cuánto sé de mí.

Tópico que se reitera en Requiem (a Manuel del Río), por citar alguno del poemario Cuanto sé de mí.
Los objetos cotidianos ­como ya señalamos- se erigen en materia poética. Así se hace abrupta la fractura con la poesía anterior, tradicional. Ejemplo del nombrar lo cotidiano:

 

 

Libre

botella, cenicero.
(No flor, ni ola, ni rocas)
He llamado a las cosas
por su nombre, aunque el nombre
rompa el hechizo.

La fusión vida/muerte enhebrada por el tiempo vital es ampliamente indagada por la bibliografía crítica. De este modo se recupera la vida. Sin embargo la memoria es frágil y se constituye en el lugar adonde todo se evapora:

antes que todo se evapore en la fragilidad de la memoria.
Raspodia en Blue
de Cuaderno de Nueva York

Y es precisamente en el poemario Cuaderno de Nueva York donde se establece un diálogo múltiple con la gran ciudad donde el tiempo y el espacio entrelazan sus coordenadas.

 

Se me fueron haciendo
las palabras difíciles.
Se rompía la música
en ritmos imposibles.
¿Adónde habrán huido
los tenues velos grises,
la fina niebla vaga
que borraba los límites?

Primero la palabra
Tuvo un sol invisible.
Cantaba, galopaba,
Ardía inextinguible.
Oh, decir: puerto, estrella,
Cielo azul, tarde triste.
Cómo las cosas, dentro
de la palabra, libres
de la palabra, abrían
silenciosos países
de aventura, tocados
por los oros felices.

19 de Alegría

La voz que asume el yo poético, dirigida a una segunda persona que se lee colectiva (como a los otros) aparece en una primera lectura como censura al esteta porque no valora la cotidianeidad de las cosas. El lector decodifica en el poema que el esteta es el que tiene el acceso a los orígenes de las cosas simples que nos brinda la naturaleza como perfección de la vida; no obstante, a la voz no le pertenecen las cosas.
El esteta es el que se acerca al mundo para nombrar las cosas, no para ordenar el caos, el desorden en que se nos ofrecen:

 

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria

Para un esteta Quinta del '42

Laura Scarano2 sugiere que esta actitud del esteta es una nueva preceptiva que propone alejada de la clásica tradicional y pese a ser un poeta de magnitud muchos de sus versos nos dicen del fracaso y de la negación de la poesía.
No obstante mientras perdure la poesía, el canto, nada está muerto.

 

Sé que nada está muerto
mientras viva mi canto

Madrugada con niebla de Alegría

La nueva poesía no huele a flor de la bella palabra, por eso sostiene Hierro que "acaso no comprendas las mías sin aroma".
Los otros están siempre presentes, vivos o muertos.

 

Buscas las manos calientes,
Los rostros de los que fueron,
El círculo donde yerran
tocando sus instrumentos

Las nubes de Cuanto sé de mí

Los otros en una sumatoria de situaciones son los muertos (quizás sus propias facetas muertas).

 

He ido desenterrando
Todos mis muertos

Experiencia de sombra y música
de Cuanto sé de mí

No deja de estar presente la huida hacia el exilio durante la era franquista. El juego de los deícticos acá ­ allá operan en el poema para que el lector lea el sentido. El yo y los otros pasan a ser el nosotros.

 

Están acá, en las olas de América.
Un día nos marchamos allá, a América.
Yo dejé en las orillas de acá mi corazón,
mi corazón en las aguas de allá.

Alucinación de América de
Libro de las alucinaciones

Espejo, poema de Cuaderno de Nueva York, es símbolo del desdoblamiento del yo. Hierro apela al espejo que, por otra parte, es recurrente en el mundo barroco del que el poeta no es ajeno.
En todo el recorrido discursivo se reiteran intertextos del barroco calderoniano, paratextos de Tirso de Molina, así también versos de Francisco de Quevedo.
En Cuaderno de Nueva York emerge la marca barroca en la idea del Gran Teatro del Mundo. Y vuelve a definir la poesía diciendo: Yo no soy traidor a mi única patria que es la poesía" Cuaderno de Nueva York.
El yo y los otros. El yo se construye en el poema y pasa a existir por la mirada del otro. Al existir la mirada, ésta proyecta la imagen del yo que la mira en el estanque como se miraba Narciso, y en conclusión no es yo y el otro sino el yo que se mira tras una cadena infinita de miradas.
La vida misma que es el ámbito para poetizar los problemas del yo y los de los otros, se cierra con el soneto Vida de Cuaderno de Nueva York

 

Después de todo, todo ha sido nada,
A pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
Supe que todo no era más que nada.

Grito "¡Todo!", y el eco dice "¡Nada!".
Grito "¡Nada!", y el eco dice "¡Todo!".
Ahora sé que la nada lo era todo,
Y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
Si más nada será. Después de todo.
Después de tanto todo para nada.


NOTAS

1 Debicki, Andrew P.: (1997). Historia de la poesía española del siglo XX. Desde la modernidad hasta el presente. Madrid. Gredos.         [ Links ]

2
Scarano, Laura y otros: (1996) Marcar la piel del agua. La autorreferencia en la poesía española contemporánea. Rosario. Rep. Argentina, Beatriz Viterbo Editora.
        [ Links ]

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