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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.32 n.45-46 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341999000100004 

Revista Signos 1999, 32(45-46), 23-29

LITERATURA

Las "fiestas" en el tiempo de Homero


Patricia Guerrero

Universidad Católica de Valparaíso

Chile





Ninguna épica de ningún pueblo ha sido capaz de captar, de modo tan rico y total, lo que hay de constante y eterno en el espacio heroico de la existencia humana, el sentido universal del destino y la profunda verdad acerca de la vida, como la épica griega.

La poesía heroica griega de los tiempos más lejanos comparte, con los demás pueblos, en una fase de similar desarrollo, sus rasgos más primitivos y determinantes que traducen, a través de los cantos heroicos, una especial concepción de mundo, así como su aristocrático ideal de vida. Sin embargo, su semejanza se limita sólo a los aspectos exteriores y no a la riqueza de material humano ni a la profundidad de su conciencia de la belleza y la verdadera índole de las cosas.

¿De qué manera puede reconstruirse hoy día la vida griega aquea, su modo de vida y sus leyendas? Sin lugar a dudas solamente a través de la presencia de un genio ordenador de ese mundo, capaz armonizar al hombre y la naturaleza, a los hombres y a los dioses, a los hombres con los otros hombres. Es decir, gracias a la presencia de ese poeta admirable que es Homero. Tanto "La Ilíada" como "La Odisea" suponen un autor que ha meditado profundamente sobre el sentido de la vida y que ha sabido transcribir, con una maestría incomparable, el universo ideal de cada día.

En "La Ilíada", Homero narra la cólera de Aquiles y sus funestas consecuencias. La acción se desarrolla, de preferencia, en el campo de batalla y en el campamento aqueo. Sus personajes principales son guerreros que buscan, a través de las acciones bélicas, el honor y la fama.

"La Odisea" ofrece una imagen diferente; es la pintura del héroe retornando a su patria luego de las innumerables experiencias vividas en Troya. Si bien su atención se centra en el "nostos" de Ulises, los cuatro primeros cantos se ocupan del mal estado de su reino durante su larga ausencia.


"La Odisea" está constituida, en gran parte, por episodios independientes, sin embargo, se puede observar que tiene un plan más complejo que "La Ilíada", aunque, en lo fundamental, sigue la misma línea de presentar cada episodio como una totalidad, para luego integrarlo en el plan general que domina la obra.

En el canto VI de "La Odisea" , Homero relata la llegada de Ulises al pueblo de los feacios, Corcira, hoy Corfú, junto a las costas de Epiro, lugar en el que hay que situar Feacia, y donde reina Alcinoo en compañía de Arete, su mujer.

Es Feacia un país enriquecido por el comercio y la navegación, hecho que ha dado nacimiento a una clase nueva, a una burguesía que ha hecho la fortuna de la ciudad alquilando sus naves. Los armadores han logrado por su riqueza una condición tal que aun la hija del rey no desdeña de tener por su mejor amiga a una hija de ellos. En el canto VI, en una escena muy doméstica y encantadora, se puede ver a la diosa Palas, en una de sus muchas intervenciones en pro del retorno del héroe a su patria, despertando a Nausicaa que dormía plácidamente en su palacio.

Atenea se lanzó, como un soplo de viento, a la cama de la joven; púsose sobre su cabeza y empezó a hablarle tomando el aspecto de la hija de Diamante, el celebre marino, que tenía la edad de Nausicaa y le era muy grata"1.

El rey Alcinoo gobierna sobre una ciudad rica y próspera. Su suntuoso palacio resplandece con un lujo oriental que en nada recuerda a la casa-fortaleza de los reyes de Itaca. Son frecuentes las descripciones del lujo regio del palacio en el cual se hace ostentación de oro, la plata y el lapislázuli: los muebles traídos de oriente: Sofás, pequeñas sillas y sillones cubiertos de cojines hermosamente bordados; tronos de elevado dosel incrustado de oro y marfil y mil lujos más, imposibles de enumerar. En el exterior, el patio está situado el cuidado huerto del rey, el cual se encuentra rodeado de muros y en el cual existen extensas plantaciones de arreboles frutales de todas clases, que tienen la singularidad de dar frutos, ininterrumpidamente, durante todo el año.

Sin lugar a dudas, el mundo feacio que describe "La Odisea", tenía un grado mucho mayor de magnificencia y riqueza que todo aquello que, personalmente, el poeta hubiese podido conocer.


En relación a los feacios, lo primero que Homero dice de ellos es que vivían en un aislamiento casi completo, estableciendo de inmediato la condición utópica del episodio. El padre del actual rey, Nausitoo, había trasladado a sus súbditos desde Hiperia, región habitada por los cíclopes, a Esqueria, lugar en el que construyó casas, erigió templos a los dioses y repartió tierras, luego hizo rodear la ciudad de altas murallas. Así, separados de todos, los feacios se constituyeron en un mundo aparte, hostil a todo convenio y ferozmente independiente. Manifestaban temor, suspicacia y desconfianza al extranjero que carecía de lazos de parentesco o amistad con ellos; así lo hace saber Nausicaa prontamente a Ulises:

"Vivimos separadamente y nos circunda el mar alborotado; somos los ultimos de los hombres y ningún otro mortal tiene comercio con nosotros..."2

Entre los antiguos habitantes de la Hélade, la amistad por la hospitalidad era una institución muy seria; era mucho más que un término sentimental de afección humana, puesto que asignaba relaciones muy concretas y evocadoras de deberes, derechos y obligaciones.

El término "xenos" significaba extranjero, forastero y algunas veces huésped. El extranjero que tenía "xenos" en tierra extranjera poseía un eficaz sustituto del parentesco; adquiría un protector, un amigo y aliado.

No bien hubo entrado Ulises a la ciudad, fue advertido de la particular actitud de los feacios hacia los extranjeros por su diosa protectora, Palas Atenea, que lo abordó transfigurada en una joven doncella que llevaba un cántaro:

"no mires a los hombre ni les hagas preguntas, que ni son muy tolerantes con los forasteros ni acogen amistosamente al que viene de otro país."3

Sin embargo, a pesar de los malos presagios, Ulises fue recibido espléndidamente por el rey Alcinoo y su suntuosa corte. Este hecho constituye una paradoja, puesto que muestra ambivalencia del mundo heroico hacia el extranjero no invitado; el cambio rápido que va desde una desconfianza profunda hasta una benévola hospitalidad.

Sin tardanza, Ulises fue instalado cómodamente frente a una mesa y se le ofreció comida y bebida, sin siquiera preguntarle su nombre o de dónde venía. Luego, el rey hizo mezclar el vino en las crateras para que fuera distribuido entre quienes se encontraban en su palacio y así poder realizar las libaciones a Zeus Xenios, protector de los extranjeros.

Era un hecho el que, si la situación lo requería,tanto en Feacia como en el resto de los pueblos que describe Homero, los nobles principales podían ser citados rápidamente a un consejo, aunque, muchas veces, sus opiniones no comprometían en nada la opinión del gobernante, que ya había tomado una resolución. En esa ocasión, Alcinoo reunió en asamblea a todos los caudillos y príncipes que se encontraban en su palacio, para informarles de su decisión de enviar al desconocido extranjero a su patria, y de su deseo de citar al Ágora, no bien despuntara la mañana.

El canto VII se inicia con la aparición de la diosa Palas Atenea, transfigurada en heraldo de Alcinoo, que recorre toda la ciudad citando a cada varón al Ágora para escuchar acerca del forastero errante y de la decisión tomada por el rey a su respecto.

"Este forastero, que no sé quién es, llegó errante a mi palacio, ya venga de los hombres de Oriente, ya de los de Occidente, y nos suplica con mucha insistencia que tomemos la firme resolución de llevarlo a su patria; apurémonos, pues a conducirle, como anteriormente lo hicimos con tantos otros..."4

Al finalizar su intervención, y sin que hubiera pausa para comentarios o reacciones, invitó Alcinoo a todos los reyes portadores de cetro a su regio palacio, para celebrar al huésped.

Es sabido que los griegos disfrutaron enormemente del placer de los banquetes, fuese éstos motivados por fiestas familiares, fiestas de la ciudad o por cualquier otro acontecimiento digno de ser celebrado, llegado o partida de un amigo, concursos, etc. La constante repetición de fiestas, al parecer, era necesaria para establecer relaciones pacíficas con otros hombres.

Fue así como pronto se llenaron los pórticos, los patios y las salas de palacio de Alcinoo con los hombres que participarían en el festín. El rey inmoló diestramente varios animales e hizo aderezar una gran cantidad de buena comida. A través de sacrificio, la comida era compartida no solamente por el anfitrión, el huésped y los invitados, sino también por los dioses. Por medio de la participación en los alimentos, en forma sustancial y no simbólicamente, se instituía o renovaba, de manera ceremonial, el lazo que ligaba a dioses y hombres.

Era costumbre que, una vez llegados a la casa del anfitrión, los invitados se descalzaban, y los esclavos les lavaban los pies antes de pasar a la sala del banquete. Los lugares más honoríficos se hallaban, lógicamente, junto al rey. Alcinoo, antes de iniciar los festejos y agasajos en honor a Ulises, mandó traer a Demódoco, el bardo ciego, a quien, según se comentaba "los númenes otorgaron la gran maestría del canto". Así, no bien los invitados del rey hubieron saciado su deseo de comer, el inspirado aedo comenzó a tañir diestramente la cítara y cantó la gloria y fama de los guerreros aqueos. En el descanso de la tarde, y cuando todos se habían hartado de ver los juegos y danzas de los más jóvenes, tomó nuevamente Demódoco la cítara y cantó a los presentes los amores entre Ares y Afrodita y el justo enojo del cojo Hefestos por esos malvados amoríos.

La posición social de los bardos que entrega Homero es semejante a la que él tuvo que conocer, o como quizás fuese la de él mismo. Los aedos, como mantenedores de la gloria y de las leyendas de los pueblos, gozaban del respeto y de la admiración del resto de los hombres, tal como la manifiesta Ulises al alabarlo y pedirle que cantara su propia gloria en Troya.

"Demódoco. Yo te alabo más que a otro mortal cualquiera, pues deben haberte enseñado la Musa, hija de Zeus, o el mismo Apolo a juzgar por lo primoroso que cantas el azar de los aquivos, y todo lo que llevaron a cabo, padecieron y soportaron, como si tú en persona lo hubieses visto o se lo hubiera oído referir a alguno de ellos. Mas, ea, pasa a otro asunto y canta como estaba dispuesto el caballo de madera construido por Epeo con la ayuda de Atenea, máquina engañosa que el divinal Ulises llevó a la Acrópolis..."5

Los bardos no eran ni nobles ni esclavos, sino que ocupaban una situación intermedia. A este respecto, señala Jacques Pirennes:

"Es interesante comprobar que los adivinos, los médicos y los cantores son extranjeros que los príncipes buscan y hacen venir del "extremo del mundo" al igual que los artesanos y artistas"6.

Claramente, el propósito de estos cantores era mantener vivos, en la memoria de la posteridad, los hechos de los hombres y de los dioses, y celebrar las hazañas de los tiempo remotos. Se puede observar que en su canto no se limitaban a referir los acontecimientos, sino que ensalzaban cuanto en el mundo es digno de ser alabado. En sus epopeyas, Homero ofrece múltiples ejemplos de ello.

Volviendo al festín, es interesante indagar en qué consistía el banquete. Toda la comida se dividía en dos tiempos sucesivos; en el primero se procuraba la satisfacción del hambre por medio de los alimentos, y en el segundo, pero no por eso el menos importante, se ingerían bebidas, en especial vino, mientras se llevaban a cabo los espectáculos artísticos y las competencias. Antes de sentarse a comer, en un gran vaso llamado crátera, se preparaba una mezcla de vino y agua, más o menos fuerte según la circunstancia, que los sirviente iban extrayendo en largos cucharones y llenando las copas de los sedientos comensales.


Para los festejos en honor a Ulises, Alcinoo había inmolado 12 ovejas, 8 puercos y 2 bueyes, prontamente desollados y preparados. En las epopeyas de Homero, son frecuentes las alusiones a los sacrificios como una parte importante de la vida de los aqueos, sacrificios que terminaban siempre con un gran banquete. En el episodio de "La Odisea", que se refiere a la visita de Telémaco a Pilos, buscando noticias de su padre, para festejarlo realiza Néstor un sacrificio en honor de Palas Atenea. Al relatar ese sacrificio y el posterior banquete, el poeta sabe ilustrar muy bien la idea de que, si bien los aqueos eran un pueblo muy respetuoso de las divinidades, también eran grandes comedores.

"Tan pronto como la novilla se desangró y los huesos quedaron sin vigor, la descuartizaron, cortándole luego los muslos, haciéndolo según el rito, y, después de pringarlos con gordura por uno y por otro lado y de cubrirlos con trozos de carne, el anciano los puso sobre leña encendida y los roció de vino tinto. Cerca de él unos mancebos tenían en sus manos asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas; e incontinenti dividieron lo restante en pedazos muy pequeños, lo atravesaron con pinchos y los asaron, sosteniendo con las manos las puntiagudas varillas."7

"La Odisea", no aclara cuáles eran los alimentos que acompañaban a las carnes o se ingerían separados en los banquetes, sólo alude a que "aparejóse una agradable comida". Sin embargo, se sabe que en Grecia los cereales, especialmente el trigo y la cebada, constituían la base de la alimentación; a tal punto que Homero llamaba a su pueblo "los comedores de harina". Telémaco, al partir en busca de noticias de Ulises, dice a la esclava Euriclea: "llena 12 ánforas y ciérrales con sus tapaderas. Aparta también 20 medidas de harina de trigo, y échalas en pellejos bien cocidos"8. Si las aceitunas se empleaban en especial para la fabricación de aceite, también, junto con el ajo, el queso y las cebollas, se comían en abundancia. Difícilmente se podía excluir el pescado de la dieta de los griegos: caballas, atunes y asturiones abundaban en sus mesas, sazonados con variadas hierbas frescas. La comida concluía frecuentemente con un postre, que podía ser fruta fresca, granadas, manzanas o peras, fruta seca, en especial higos, pasas y nueces, o pastelillos de miel. La mayoría de las viandas se comían con los dedos, por cuanto se ignoraba el uso de los tenedores.

Cuando los comensales habían gozado el común banquete y de la música, generalmente participaban en juegos de ingenio, espectáculos de danza o competiciones de destreza. Históricamente, la enseñanza de la música es más antigua que la enseñanza de las letras; el aprendizaje del canto y de los instrumentos, fue considerado por ellos base de toda educación liberal. La música constituíase en la primera condición de la civilización y esto los llevaba a afirmar que " La música era lo que suavizaba las costumbres de los hombres".

"La Ilíada", describe señores cuya vida consistía, casi enteramente, en batirse y apoderarse, luego de la victoria, de las mujeres, el oro, los mejores caballos y las riquezas del vencido. Los mismos reyes aqueos no escapan de la más feroz brutalidad. Homero hace un parangón de éstos y la refinada sociedad feacia de "La Odisea", que hacía mucho tiempo había sobrepasado esas manifestaciones de rudeza. A esta situación la ilustra la actitud conciliadora y las palabras apaciguadoras con que el rey Alcinoo trata de calmar a Ulises, luego de su altercado con Euríalo, joven noble de la corte feacia:

"No somos irreprensibles púgiles ni luchadores, sino muy ligeros en el correr y excelentes en gobernar naves; siempre nos placen los convites, la cítara, los bailes (...) Pero ea, danzadores feacios, salid los más hábiles a bailar (...) Y vaya alguno en busca de la cítara que quedó en nuestro palacio, y tráigala presto a Demódoco"9.

Esta cita hace resaltar las civilizadas costumbres del reino feacio, mucho más refinado que aquellas a que estaba acostumbrado Ulises.

Para los helenos, tan fuerte como su amor por la música, era su afición por los ejercicios corporales. Como ya se había mencionado, la mayoría de las fiestas, si no todas, incluían juegos que tenían lugar en forma de concursos atléticos. Así, al concluir el banquete con que se festejaba al huésped, el rey procedía a invitar a los cortesanos más jóvenes a competir en su honor en las cinco pruebas que conformaban el pentatlo: la lucha, la carrera, el salto, y el lanzamiento del disco y de la jabalina. Agobiado por sus pesares y desventuras, Ulises rechazó la invitación a participar en las competencias con que los jóvenes feacios recreaban a los presentes, siendo por ello ofendido el más aventajado de los atletas de la corte:

"No creo, en verdad que sea varón instruido en los muchos juegos que se usan entre los hombres; antes parece capitán de marineros traficantes, sepultado asiduamente en la nave de muchos bancos para cuidar la carga y vigilar la mercancía y el lucro debido a las rapiñas. No, no tiene trazas de atleta"10.

El insulto era insoportable desde cualquier punto de vista: Ulises contestó al principio con palabras llenas de indignación, pero al ver que no podía explicarse con palabras, dio un salto, tomó un disco mucho más grande y más pesado que todos los que habían lanzado los jóvenes y, sin quitarse la ropa, lo arrojó mucho más lejos de la mejor marca de éstos. Luego de demostrar su destreza, con voz ya más tranquila, los desafió en el pugilato, la lucha o la carrera, haciéndolos permanecer silenciosos ante él, pues, con su acto se había ganado el respeto de los jóvenes feacios. Homero en este episodio, y con maestría sin par, ha sabido transcribir en imágenes el universo ideal de señorío de aquellos lejanos tiempos.

Los cantos IX, X, XI y XII de "La Odisea" se refieren al relato que hace Ulises al rey Alcinoo de sus aventuras, desde que salió de Troya hasta que alcanzó las costas feacias.

No bien concluida la narración de Ulises, Alcinoo, admirado, solicita a los reyes portadores de cetro hagan agregar valiosos regalos a los que ya habían entregado al huésped como prueba de amistad. La donación de regalos era parte de la red de actividades honoríficas entre los señores; era tan honroso dar, como recibir. Por lo tanto, una medida de verdadero mérito de un hombre era la verificación de cuanto podía dar como tesoro, puesto que los regalos, como expresiones concretas de honor y amistad, eran siempre artículos de valor explícito, ya que la riqueza tenía importancia como tal y como símbolo.

Cuando Alcinoo pidió a Ulises que se quedara toda la noche, a fin de que los regalos de partida alcanzaran a ser reunidos, el héroe contestó inmediatamente:

"Si me mandárais a permanecer aquí un año entero, y durante el mismo dispusiérais mi vuelta y me hicierais espléndidos presentes, me quedaría de muy buena gana, pues fuera mejor llegar a la patria con las manos llenas y verme así honrado y querido de cuantos hombres presencien mi tornada a Itaca."11

Como prueba de amistad, el rey Alcinoo hace acomodar personalmente en el navío que transportará a Ulises, los regalos de los feacios y los suyos también. El momento de la despedida ha llegado, luego de beber el vino de las cráteras y orar a Zeus, cargado de regalos y buenos augurios, el héroe abandona tierra feacia dirigiéndose directamente a su patria. En conclusión, Homero, al describir el episodio de la llegada de Ulises a tierra feacia y lo que en ella ocurre, no hace otra cosa que profundizar su amplio conocimiento de los seres humanos. Lo que determina este episodio no es la fastuosidad ni riqueza del utópico reino que describe el poeta, sino la vasta gama de relaciones y comportamientos que se van entrecruzando entre los hombres durante la estadía del héroe en esas tierras lejanas.

Nada es más real, menos intelectual que las descripciones homéricas de la vida corriente que permiten observar las acciones particulares no como hechos aislados, casuales, únicos, sino, más bien, como una estructura universal del pueblo griego.



NOTAS

1 Homero "La Odisea". José Ballesta Ed. Buenos aires 1946. Pg. 81.         [ Links ]

2 Homero "La Odisea", Pg. 85.

3 Homero "La Odisea", Pg. 90.

4 Homero "La Odisea", Pg. 100.

5 Homero, "La Odisea", Pg. 111.

6 Pirenne Jacques, Luis de Caralt Edt. 1967, Pg. 200.         [ Links ]

7 J. Pirenne. Pg. 44.

8 J. Pirenne. Pg. 20.

9 J. Pirenne. Pg. 56.

10 J. Pirenne. Pg. 72.

11 J. Perenne. Pg. 152.

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