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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.32 n.45-46 Valparaíso  1999

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09341999000100005 

Revista Signos 1999, 32(45-46), 31-36

LITERATURA

Revisión histórica en «El lugar de su quietud» de Luisa Valenzuela


Andrea Parada

State University of New York

College at Brockport

EEUU



La propuesta de la colección de cuentos Aquí pasan cosas raras (publicada por primera vez en 1975 y reeditada en 1991), a la cual pertenece «El lugar de su quietud», es la de rescatar una realidad negada. La escritura responde, en este caso, a la necesidad inminente de no dejarse atrapar por lo que la escritora argentina caracteriza como «una red de locura que fue cerrando su malla hasta oprimirnos de tal forma que era difícil reconocer lo que en verdad ocurría» (5). No obstante la inmovilidad con que el pánico colectivo amenaza a gran parte de la población argentina, la autora esquiva los mecanismos de represión a través de recursos narrativos, como la ironía, lo grotesco, el humor negro, la exageración y lo fantástico y logra denunciar el peligro que circunda a aquellos catalogados como oposición. La concomitancia ideológica de dichos recursos denuncia, sin embargo, una cosmovisión persecutoria que responde a los abusos de poder y violencia desmedida que tiñen de horror el clima ciudadano. Un tono de desesperanza no desprovisto de una lógica paranoica acompaña la precaria existencia de quienes han sido señalados por el gobierno como miembros de una comunidad de disidentes ideológicos que amenaza la estabilidad del orden instituido. Represión, tortura, censura, suicidio, pobreza y hambruna son temas que unifican historias de vidas mínimas de seres humanos que habitan una ciudad donde el simple hecho de vivir se ha convertido en una difícil misión.

El último cuento de la colección, «El lugar de su quietud», permanece dentro del mismo proyecto transgresivo, en lo que Foucault llamaría una relación de interdependencia constante con los límites a ser transgredidos (Preface). Este desplazamiento a través de una zona circunscrita por líneas de control en apariencia incruzables, que busca romper el orden 'universal impuesto por los militares, introduce en este texto una singular variante. Acostumbrada a permanecer tras la máscara de narradores omniscientes o voces anónimas, en esta ocasión la voz autorial interrumpe el relato con un diálogo intertextual que comenta directamente sobre las condiciones políticas que contextualizan la experiencia compartida de los protagonistas de los cuentos anteriores, a la vez que establece una serie de coincidencias entre autor implícito y autor real. Este contrapunto estructural entre texto y metatexto, relación por excelencia crítica para Genette, especifica luego de una serie de retruécanos una escritura de función testimonial que se orienta a develar un mensaje político claramente antitotalitario. En este análisis examinaré la compleja red de transformaciones que experimenta la innominado voz narradora hasta llegar a identificarse con la autora real, Luisa Valenzuela. Desde esta innovadora posición, este personaje llamado «Luisa Valenzuela» se hace presente en el mundo narrado, se niega a aceptar la versión autorizada de la historia de su país y procede a expresar un discurso opositor que desafía la norma autoritaria.

Desde el inicio de la narración llama la atención del lector la manifiesta concordancia de este texto con otras narraciones testimoniales escritas por mujeres latinoamericanas. De la misma manera como lo hacen Domitila Barrios de Chungará en Si me permiten hablar... Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia (1976) o Rigoberta Menchú en Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983), la voz narradora del cuento de Valenzuela insiste en negar la singularidad de la experiencia vivida. A diferencia de una autobiografía propiamente tal que, como señala Doris Sommer (1991), se construye sobre la individualidad del Yo narrativo, nuestro narrador resiste una identificación explícita con un sujeto en particular mientras enfatiza un relato pluralista que representa la experiencia antagónica de toda una colectividad. La forma masculina plural «nosotros» precisa un país dividido entre los otros, los del interior, y ellos, los de la ciudad, sujeto a razzias policiales, tiroteos y vigilancia aérea impuesta por el gobierno. Los del interior, perdidas las esperanzas en su potencial para resistir, se dedican hoy a rezar y encender incienso con la esperanza de salvarse de la muerte. Son sólo los de la ciudad, entre los que se encuentra el narrador/protagonista, quienes aún continúan la lucha contra los poderes que reclaman el privilegio de dirigir sus vidas y cuestionan los mecanismos con que las instituciones oficiales intentan controlar el acceso al conocimiento de lo ocurrido. Pese a que el silencio colectivo pareciera indicar que ha tenido éxito la estrategia del gobierno para despojar al pueblo de una cultura política que admite el diálogo crítico con el poder, el narrador asegura que clandestinamente se mantiene vivo un contradiscurso colectivo que se rehusa a ser partícipe de la ignorancia ciudadana y pone en duda la coherencia de la historia nacional que se intenta imponer. Oficialmente, sin embargo, este grupo catalogado de «personeros embozados de ideología aberrante» (117) se refugia en la indiferencia y hace como si creyera en la absurda justificación de que la conducta abusiva del poder militar sólo responde a un bien intencionado estado de omnipotencia mesiánica. Seguir el juego de que velar por la paz de la Nación es lo que origina las maquinaciones represivas del gobierno representa para este grupo disidente la única escapada hacia un territorio marginal inmune a los peculiares parasistemas de represión y silenciamiento. No todos, sin embargo, logran evitar la vigilancia policial y, acusados de sediciosos, acaban muertos, heridos por bombas misteriosamente depositadas, o desaparecidos.

Consciente de las consecuencias que su análisis crítico puede tener dentro de un sistema masivo de aniquilamiento de toda manifestación divergente, surge en la voz autorial el impulso regresivo de callar, esconder y fingir para no ser confundido como subversivo. Contradiciendo la gravedad de la cultura del terror recién descrita mediante su propio discurso y en un desesperado acto de autopreservación, la voz narradora experimenta un súbito cambio de perspectiva narrativa y bombardea al lector con slogans reaccionarios del tipo: «no hay motivo aparente de pánico» (115); «no vayan a creer que las cosas están tan mal, todavía puede reunirse uno en el café con los amigos» (117); «la escalada de violencia sólo alcanza a los que la buscan» (118).

Esta ambivalencia frente a la adopción de una definida postura política, ya sea a favor o en contra de la versión oficialista, se expresa además mediante la temida interiorización de la censura que incita al ocultamiento de la menor señal de descontento y en la habilidad para despojar de significado negativo a actos cuya intención intimidante es obvia. Dentro de las nefastas consecuencias que tiene la decisión de escribir a oscuras y esconder el manuscrito de posibles delatores que acompaña al impulso a la supervivencia se encuentra la transitoria anulación de lo que para Doris Sommer (1988) constituye el propósito intrínseco a toda escritura testimonial. En lugar de utilizar la experiencia personal para establecer un vínculo que estimule la conciencia política de los lectores sobre una realidad compartida por un sector de la población, en este caso quien escribe opta por aislarse en la soledad del espacio interior periférico. A nivel textual, este dilema moral entre la necesidad de utilizar sus facultades de juicio crítico para representar a un colectivo más amplio y la egocéntrica preocupación por la propia seguridad se expresa mediante la constante oscilación entre el pronombre personal singular «YO» y la forma plural «NOSOTROS.» La total identificación con las víctimas directas de la opresión y la consecuente opción por el silencio como gesto de protección demuestra asimismo la tensión que surge entre lo que para Lynda Marín corresponde al propósito declarado del testimonio -ser la voz de un pueblo en lucha- y el proyecto implícito -hacerlo de manera tal que no genere represalias extremas por parte del gobierno.

A nivel interno, el terror a violar los límites sobre los que descansa la ideología totalitaria se expresa en el esfuerzo del narrador por sustituir la recurrencia de sentimientos de temor por un estado de conciencia capaz de observar impertérrito los abusos cometidos. A modo de primitiva defensa de la propia vulnerabilidad ciudadana en un estado de terrorismo, el personaje se abandona a una condición de absoluta alienación, en apariencia indiferente al horror que lo rodea. La connotación irónica de su discurso revela, sin embargo, que esta dosis de humor negro no es sino un recurso más en el repertorio de estrategias orientadas a desvincularse transitoriamente de la consternación reinante.

 

Nuestra vida es tranquila. De vez en cuando desaparece
un amigo, sí, o matan a los vecinos o un compañero de
colegio de nuestros hijos o hasta nuestros propios hijos
caen en una ratonera, pero la cosa no es tan
apocalíptica como parece, es más bien rítmica y
orgánica. La escalada de violencia: un muerto cada 24
horas, cada 21, cada 18, cada 15, cada 12 no debe
inquietar a nadie. Más mueren en otras partes del
mundo, como bien señaló aquel diputado minutos antes de
que le descerrajaran el balazo. Más, quizá, pero en
ninguna parte tan cercanos. (120)

La recurrencia de pesadillas inevitablemente sobrecargadas de imágenes de tortura que logra traspasar la barrera protectora corrobora la precariedad de la estrategia psicológica puesta en práctica por el narrador para refugiarse en un espacio ideológico marginal, a salvo de las temidas consecuencias. A pesar de la certeza a nivel consciente de que nada tiene que temer, la fuerza de una realidad asimilada a nivel subconsciente se impone en la ubicuidad de un sentimiento de temor que invade todas las zonas de su subjetividad. Paradójicamente, es este miedo incontrolable el elemento que contiene una alternativa renovadora frente a la inmovilidad expresiva. Está visto que por un lado induce al protagonista a aislarse por completo de la esfera pública, del espacio de la violación de los derechos humanos, y permanecer en una región interior autónoma ajena a los efectos de la violencia. Por otro, sin embargo, y como se verá al final del relato, es 17 precisamente el desborde del miedo lo que fractura el trágico espejismo de normalidad y abre una puerta al cuestionamiento, la duda y el disconformismo que lo llevará a buscar el restablecimiento del ya casi olvidado reino de la justicia.

Otro fenómeno característico de la profundidad con que los individuos han interiorizado la necesidad de aceptar la mentira colectiva instaurada a niveles oficiales es la inversión semiótica del código lingüístico. En un entorno definido por la ambición totalizadora de la ideología oficial, donde la palabra pública ha sido penetrada por los más sofisticados mecanismos de vigilancia y «la televisión ha sido suprimida, [ya que] nadie quiere dar la cara» (120), el espacio discursivo de la cultura argentina debe ser reinventado. Eludir el peligro de informar sobre una realidad que quiere ser borrada requiere escrutar el código lingüístico habitual y crear, a nivel mental, una original aunque igualmente arbitraria relación entre significante y significado. Es así, por ejemplo, como la rutinaria afirmación radial de paz reinante pierde su sentido unívoco y, mediante un proceso de codificación subversiva de sentido inverso, debe ser entendida como expresión real «de un pedido de auxilio» (121).

El allanamiento de la casa de los amigos donde se hospeda y escribe el protagonista saca por fin al narrador de su condición de estupefacción en correspondencia con lo que Nancy S. Sternbach identifica como estado limite o situación que propele a la gestación del discurso testimonial. La sorpresiva visita nocturna de una patrulla armada gatilla en el autor del manuscrito una profunda toma de conciencia de la marginalidad del encierro autoimpuesto y la ramificación de las temidas prácticas de silenciamiento militar. Comprobar que la represión experimentada ha logrado despojarlo de su derecho a expresarse políticamente, tranformándolo en un sujeto pasivo sin lenguaje ni memoria, «lo lleva a tomar el curso de la historia en sus propias manos por primera vez» (Sternbach 95). La gravedad de la situación local, donde toda disidencia es considerada una enfermedad y todo ciudadano corre el peligro de ser delatado como potencial conspirador, impele al narrador a abandonar el amparo de su escondite para convertir su experiencia como testigo en elemento instrumental de una identidad y memoria colectivas (Yúdice). Asumir las propiedades transgresivas del texto que escribe, propiedades para Foucault intrínsecas a todo acto de escribir, se hace imperativo como estrategia de sobrevivencia dentro de las circunstancias específicas que definen la situación política argentina. A partir de este momento el protagonista recurre a la antes eludida, «verdad» -tanto a nivel personal como cultural- para denunciar la opresión vivida no sólo en la propia persona sino a nivel masivo y la falsedad de la historia oficial con que se quiere envolver el país. Se trata éste de un acto subversivo directamente encaminado a perturbar el estado de amnesia colectiva, basado en la mentira y la interiorización de las modalidades del terror, que se ha forzado en la población sistemáticamente.

Aceptar el papel que como autor le cabe en el orden social de su cultura implica, entre otras cosas, dejar de lado la artimaña de hablar de sí en plural y en masculino y hacerse cargo de su identidad como mujer escritora argentina que vuelve a Buenos Aires en 1975 y se ve «una vez más forzada a tratar de entender» (5). En una inesperada maniobra final, la voz narradora se desplaza a una posición narrativa superior desde donde confiesa el uso intencional del incorrecto género sexual como máscara para despistar no sólo a sus potenciales perseguidores sino incluso a sus propios lectores y se hace cargo de su verdadera identidad.

 

 

Hasta puedo dejar de lado el subterfugio de hablar de mí
en plural o en masculino. Puedo ser yo. Sólo quisiera
que se sepa que no por ser un poco cándida y proclive al
engaño todo lo que he anotado es falso... las
persecuciones se vuelven cada vez más insidiosas. No se
puede estar en la calle sin ver a los uniformados
cometiendo todo tipo de infracciones sólo por el placer
de reírse de quienes deben acatar las leyes... (123)

Al dejar la protectora soledad del espacio privado y despojarse de la usurpada careta del punto de hablada de una colectividad masculina, la escritora abandona el espacio femenino tradicional y su condición marginal asociada para ingresar en el discurso dominante de espacio público. Es así como por fin la mujer puede apropiarse de su realidad nacional y reinsertarse como agente efectivo en el grupo social para impedir que su historia se pierda entre el olvido colectivo y las maquinaciones políticas de la memoria oficial que se otorga el privilegio de representar a la nación (Sternbach 98). Desde esta nueva postura es posible aspirar a una función denunciatoria cuyos efectos logren erradicar el difundido estado de paranoia colectiva y revelar el alarmante ataque a la libertad de expresión. Esta transformación desde un sujeto colectivo masculino, pasivo, ambivalente y habituado a la ceguera, a uno individual, femenino, activo y con un definido pensamiento político, significa además abandonar la anterior postura subalterna para adjudicarse la autoridad textual de títulos como «Los mejor calzados», «Aquí pasan cosas raras», «Amor por los animales» y «El don de la palabra», todos parte de la colección, y reconocer que, en efecto, éstos son parte de una planeada estrategia política cuya intención es desafiar explícitamente el status quo y la censura impuestos por el gobierno. La expresión escrita se convierte así en una práctica crítica que no sólo contradice al régimen autoritario sino que además recupera para la esfera pública la polifonía de voces políticas existente previo a la censura. Este discurso alternativo produce, de acuerdo a Francine Masiello, un discurso híbrido que desafía la inflexibilidad de la ley bajo el régimen militar. «Así, desde la periferia del poder, un nuevo territorio se define con el fin de recuperar las libertades hurtadas de la actividad cultural en la Argentina» (13).

En esta circunstancia narrativa por fin personalizado, se suma al cometido político testimonial de la escritura el ejercicio de una función terapéutica de naturaleza catártica cuya finalidad no es otra que mitigar el efecto devastador que la vivencia del terror institucionalizado provoca en la narradora. Superada la necesidad de recurrir al artificio travestista como amparo al peligro, el alivio experimentado al escribir proviene, en esencia, de la comprensión que la ruptura del silenciamiento configura su obra como instrumento de combate frente a los métodos de persecución del gobierno. Este acto de confesión es además un elemento crítico en el establecimiento de las fronteras entre los dos registros de información antagónicos que caracterizaran todo el relato; entre lo que pasa y lo que dicen que pasa; entre la verdad y la mentira. Demarca, además, el único espacio de libertad creadora que posibilita la afirmación definitiva de la voluntad del personaje por resistir el anulamiento ideológico y garantiza la incorporación de su versión de los hechos en el proceso histórico argentino.

Paralela al advenimiento de la verdadera identidad de la protagonista es la cancelación de la inicial división entre dos perspectivas culturales discordantes: la de los de la ciudad y la de los del interior. Hacia el final del relato, la percepción de estos últimos como seres conformistas dedicados a la absurda misión de levantar altares y encender incienso cede con la constatación de una complicidad que proviene de la escritura. Con la certeza de que en el interior del país hay otros argentinos consagrados, como ella, a escribir «el libro de la raza» (123) surge en la mujer el deseo de pertenencia a una colectividad que comparte un proyecto de relevancia social que trasciende al individuo. Curiosamente, la narradora rebate una creencia popular que otorga valor genuino al texto del grupo asentado en el territorio geográfico del interior mientras cuestiona la legitimidad ideológica de los de los autores del casco urbano, «todos hijos de inmigrantes» (123), sugiriendo una jerarquía en cuanto a la identidad nacional y la autenticidad del testimonio escrito. La convicción de que existe un pasado ancestral común, marcado por la sempiterna presencia de «la raza ésa» (123) suprime, sin embargo, la anterior división y da lugar a un sentimiento de solidaridad cuyo origen reside en compartir una misma realidad y similares funciones discursivas.

A pesar de la recién descubierta compatibilidad de intereses entre los del interior y los de la ciudad, el relato de la narradora dibuja un distanciamiento jerárquico entre el propósito ideológico del propio texto y el relato polifónico de los del interior. Si la suya corresponde a la misión de llevar registro de la naturaleza de las infracciones cometidas por los uniformados y dejar en evidencia el «hábil sistema de mensajes contradictorios que ha sido montado para enloquecer a la población a corto plazo» (124), la de los del interior tiene una proyección mucho mayor. El libro de los del interior será el libro de los libros.- Deberá erigirse como modelo histórico de proyección futura en el cual pasado y presente existan en una relación de interdependencia constante. Entre las más significativas funciones de esta escritura se incluye una de tipo didáctico capaz no sólo de modificar la situación actual sino incluso de mejorarla.


REFERENCIAS


Barrios de Chungará, Domitila. «Si me permiten hablar...» Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia. México: Siglo XXI Editores, 1976.         [ Links ]

Foucault, Michael. «A Preface to Transgression.» y «What is an Author?» Language, Counter Memory, Practice. Ithaca: Cornell UP, 1977.         [ Links ]

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Yúdice, George. «Testimonio and Postmodernism.» Latin American Perspectives, 70, 18, 3, (1991):15-31.         [ Links ]

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