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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.33 n.48 Valparaíso  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342000004800009 

Revista Signos 2004, 33(48), 117-128

LINGÜISTICA

Aproximaciones al análisis intertextual del discurso científico

Juana Marinkovich
Ricardo Benítez
Universidad Católica de Valparaíso
Chile

 


RESUMEN

Un área fundamental en el estudio del discurso es el análisis intertextual, especialmente si compartimos la idea de que uno de los requisitos para que un texto sea texto es determinar cómo éste depende del conocimiento previo que tenemos de otros textos. De hecho, una serie de especialistas han revisado y ampliado el conocimiento del fenómeno de la intertextualidad. En este marco, el propósito de este estudio es, por una parte, revisar los diferentes conceptos que hoy en día se relacionan con la intertextualidad y establecer, a partir de ellos, un marco mínimo de referencia que facilite el análisis del discurso desde esta perspectiva, en especial del discurso científico. Interesa el discurso científico ya que, a nuestro juicio, constituiría un campo fértil para el análisis intertextual por la importancia cada vez más creciente que ha adquirido el estudio de cómo las comunidades científicas construyen su propio discurso.


ABSTRACT

One of the fundamental areas in the study of discourse is intertextual analysis, particularly if we share the notion that one of the requirements for a text to be considered as such is to identify how it depends on prior knowledge of other texts. In fact, various specialists have revised and expanded knowledge on the phenomenon of intertextuality. The purpose of this work is, on one hand, to revise the various concepts currently associated with intertextuality and, on the other, to establish a basic framework that will help analyze discourse from this perspective, particularly scientific discourse. This type of discourse provides fertile ground for intertextual analysis due to the ever-increasing relevance of studies on how scientific communities build their own discourse.


 

Delimitación del concepto de intertextualidad

Kristeva (1966), en un ensayo titulado Le mot, le dialogue et le roman, consagrado a Bajtín, expresa que el texto se construye como un mosaico de citas, siendo éste absorción y transformación de otro texto.

Barthes (1970) aclara que la intertextualidad no tiene relación con la antigua noción de fuente o influencia, puesto que todo texto ya es un intertexto; en niveles variables, otros textos se encuentran insertos en un texto bajo formas más o menos reconocibles, es decir, los textos pertenecientes a la cultura del texto previo y aquellos de la cultura del entorno.

De Beaugrande y Dressler (1981) sostienen que la intertextualidad es uno de los requisitos que debe cumplir un texto para ser considerado texto; determina la manera en que el uso de un cierto texto depende del conocimiento de otros textos. Según estos autores, el término intertextualidad se refiere a la relación de dependencia que se establece entre, por un lado, los procesos de producción y recepción de un texto determinado y, por otro, el conocimiento que tengan los participantes en la interacción comunicativa de otros textos anteriores relacionados con él. Este conocimiento intertextual se activa mediante un proceso que puede describirse en términos de mediación (teniendo en cuenta la intervención de la subjetividad del comunicador quien suele introducir sus propias creencias y sus propias metas en el modelo mental que construye de la situación comunicativa en curso); cuanto más tiempo se emplee y más actividades de procesamiento se realicen para relacionar entre sí el texto actual y los textos previos, más elevado será el grado de mediación.

Por su parte, Genette (1982) se refiere a transtextualidad o trascendencia textual del texto, como todo lo que lo opone en relación manifiesta o secreta con otros textos. El mismo autor establece cinco tipos de relaciones transtextuales:

1. la intertextualidad, definida como una relación de co-presencia entre dos o más textos o la presencia de un texto en otro. La forma más explícita y literal de intertextualidad es la citación y la menos explícita es el plagio o también la alusión.

2. el paratexto, ordenamiento del texto o el borrador del mismo (pre-texto).

3. la metatextualidad, comentario que une un texto con otro sin necesariamente citarlo, en una relación más bien crítica.

4. la hipertextualidad, relación de un texto con un texto anterior o hipotexto.

5. la architextualidad, relación absolutamente muda que articula cuando mucho una mención paratextual. Constituye un conjunto de categorías generales o trascendentales.

En otro plano, Lemke (1985) identifica dos tipos de relaciones intertextuales. La primera establece relaciones entre elementos de un texto dado y la segunda, entre distintos textos.

Para Bajtín (1986), todo enunciado, hablado o escrito, desde los más breves turnos en una conversación hasta un trabajo científico o una novela, están demarcados por un cambio en el hablante o en el escritor y están orientados retrospectivamente hacia los enunciados de hablantes previos y prospectivamente a enunciados anticipados de hablantes futuros. Tanto los enunciados como los textos son inherentemente intertextuales, puesto que están constituidos por elementos de otros textos. Este autor distingue lo que Kristeva llama dimensiones horizontales y verticales de la intertextualidad (o relaciones en el espacio intertextual). Las relaciones intertextuales horizontales son de tipo dialógico entre un texto y aquellos que lo preceden y lo siguen en la cadena de textos. También existen relaciones intertextuales verticales entre un texto y otros textos que constituyen sus contextos más o menos inmediatos o distantes: los textos están históricamente ligados en distintos niveles cronológicos, incluyendo textos que son más o menos contemporáneos.

Al analizar un cuento de Edgar Allan Poe, Barthes (1989) se refiere a lo intertextual como lo que hace al texto; en otras palabras, lo que funda al texto no es un significado cerrado, interno, que se puede explicar, sino la apertura del texto a otros textos, otros códigos, otros signos (de aquí que este autor sostenga que deberíamos hablar de partidas de significado, no de llegadas). Barthes sostiene que estamos comenzando a vislumbrar (a través de otras ciencias) que la investigación, poco a poco, debe acostumbrarse a la conjunción de dos ideas que, por largo tiempo, se han considerado contradictorias: la idea de la estructura y la idea de la infinitud de combinaciones; la conciliación de estos dos postulados se nos impone, porque el lenguaje, que llegamos a conocer mejor, es al mismo tiempo estructurado e infinito.

Hatim y Mason (1990) entienden la intertextualidad como la manera por la cual relacionamos instancias textuales a otras y las reconocemos como signos que evocan áreas completas de nuestra experiencia textual previa. Además, creen que los textos se reconocen en términos de su dependencia con otros textos pertinentes y que la intertextualidad proporciona una base de evaluación ideal para nociones semióticas básicas. Al analizar un texto, estos autores establecen una diferencia entre una intertextualidad activa y una intertextualidad pasiva. Por la primera se entiende la activación del conocimiento y sistemas de creencias más allá del texto mismo. La segunda la intertextualidad pasiva se refiere a la coherencia interna del texto y sirve para establecer continuidad de sentido (por ejemplo, la reiteración, la paráfrasis, la sinonimia, etc.). Estos investigadores distinguen al menos cuatro tipos de relaciones intertextuales:

1. relaciones con otras partes del mismo texto;

2. relaciones manifiestas entre textos, como enunciados realizados en dos ocasiones diferentes;

3. relaciones intertextuales sutiles entre textos y otros textos del mismo tipo que tengan la misma temática; y

4. relaciones con muchos otros textos que se refieren a la misma temática.

Estos analistas plantean que una teoría de la intertextualidad se deberá formular en dos direcciones diferentes. Una dirección subraya la importancia del texto previo y una segunda se centraría en la intención comunicativa, como una precondición para la inteligibilidad de los textos. La intertextualidad parece indicar que el estatus de un texto previo puede ser determinado sólo en términos de su contribución al código del texto que se está leyendo o analizando. La segunda orientación intenta, además, superar las limitaciones del concepto de fuente e influencia de la intertextualidad.

La intertextualidad activa implica la identificación de un texto como un signo. Los signos no siempre son instancias puras; otras funciones retóricas pueden estar presentes, lo que da por resultado un formato híbrido. En otras palabras, una dimensión semiótica de la intertextualidad refuerza aspectos sociales presentes en un texto.

Bloome y Egan-Robertson (1993) sostienen que la intertextualidad es la yuxtaposición de diferentes textos y revisan el concepto desde tres perspectivas: los estudios literarios, donde se considera a la intertextualidad como un atributo del texto literario mismo, reflejando en distintos grados de explicitación otros textos literarios. Una perspectiva semiótico-social, supone a la intertextualidad como un potencial para construir significado que, a su vez, tiene funciones interpersonales, ideacionales y textuales. La intertextualidad no se limita a referencias explícitas o implícitas a otros textos, puesto que puede ocurrir en distintos niveles (palabras, estructura de textos, registros, géneros y contextos) y de distintas maneras (mezcla de registros, contenidos, géneros y situaciones); los estudios del aprendizaje de la lectura y escritura que, aunque escasos, centran la intertextualidad en el estudiante como lector y escritor en una postura cognitivo-lingüística, ya que al comprender un texto, los estudiantes aplican sus experiencias como lectores de otros textos y, a su vez, como escritores emplean sus lecturas previas y sus experiencias de escritura.

Una línea significativa en el ámbito de la intertextualidad es aquella propiciada por Fairclough (1995), quien propone el concepto de interdiscursividad para referirse a la intertextualidad. Este concepto se deriva de los análisis realizados por los analistas franceses, Pêcheux (1982) y Maingueneau (1987), y también está estrechamente ligado al concepto de intertextualidad en los términos planteados por Kristeva. El concepto de interdiscursividad enfatiza la heterogeneidad de los textos al estar constituidos por combinaciones de diversos géneros y discursos.

El mismo Fairclough identifica una intertextualidad manifiesta y una intertextualidad constitutiva, y a esta última la denomina 'interdiscursividad'. En la manifiesta, se encuentran textos dentro de un texto en forma evidente. En cambio, la interdiscursividad amplía la intertextualidad en la dirección del principio de primacía del orden del discurso, el que está constituido por convenciones sobre géneros, discursos, estilos y tipos de actividades. La intertextualidad constitutiva privilegia los órdenes del discurso por sobre los tipos particulares de discurso. Ésta se aplica en varios niveles: el nivel social, el nivel institucional y el tipo de discurso. Por un lado, tenemos la constitución heterogénea de los textos por otros textos específicos (manifiesta) y, por otro, la constitución heterogénea de los textos por los elementos (tipos de convención) de las órdenes del discurso (constitutiva o interdiscursividad).

Por otra parte, Fairclough hace una distinción más profunda, estableciendo una intertextualidad secuencial, en que diferentes textos o discursos alternan dentro de un texto; una incrustada, donde un texto o tipo de discurso está claramente contenido dentro de la matriz de otro; y, por último, una intertextualidad mixta, donde textos o tipos de discurso se fusionan de una manera más compleja o menos fáciles de separar.

La intertextualidad manifiesta es un área gris entre práctica discursiva y texto, plantea preguntas acerca de lo que sucede en la producción de un texto, pero también está relacionada con los rasgos que se manifiestan en la superficie del texto.

Bex (1996) identifica una información intertextual, en el sentido en que ésta se relaciona en forma específica con una expresión lingüística y por extensión a un texto previo (y, en definitiva, a un cuerpo de textos previos). La importancia de este tipo de información es que contribuye a contextualizar las expresiones dentro de una historia del uso del lenguaje, haciendo referencia indirecta a voces anteriores que han contribuido al mismo discurso o a discursos similares.

Hatim y Mason (1997), en estudios recientes, siguen sosteniendo que la intertextualidad es una precondición para la inteligibilidad de los textos, lo que implica la dependencia de un texto como una entidad semiótica de otro texto previo. Sin embargo, la referencia intertextual, en vez de evocar una imagen, puede excluirla, parodiarla o significar su exacto opuesto. Esto se puede ilustrar a partir de las tácticas de los oradores políticos que usan la terminología de sus opositores para sus propios fines.

Los mismos autores plantean que la intertextualidad, en un nivel global, puede considerarse como el mecanismo que regula la manera en que hacemos cosas con los textos, géneros y discursos. En un nivel local, la intertextualidad presenta una variedad de conceptos y valores que tipifican las maneras en que una comunidad dada usa textos particulares, géneros y discursos o representa lo sociocultural. La primera correspondería a la intertextualidad horizontal de Bajtín o a la intertextualidad manifiesta de Fairclough. De la misma manera, la intertextualidad que implica lo sociotextual se acercaría a la intertextualidad vertical del primer autor y a la intertextualidad constitutiva del segundo.

Los objetos socioculturales son entidades convencionalmente aceptadas, que poseen aspectos sobresalientes de la vida en una comunidad lingüística dada y, que, a menudo, reflejan sus creencias más comunes. Las prácticas sociotextuales son, en cambio, conjuntos de convenciones retóricas que rigen los géneros y discursos. Por su parte, los textos obligan a los usuarios del lenguaje a centrarse en un propósito retórico determinado. Los géneros reflejan la manera en que las expresiones lingüísticas sirven en forma convencional para una ocasión social particular. Los discursos comprenden la forma en que las actitudes se expresan, en donde el lenguaje llega a ser, por convención, el vocero de las instituciones sociales.

Fairclough y Wodak (1998) coinciden en postular que el concepto de intertextualidad está siempre conectado a otros discursos que se produjeron antes, como también a aquellos que se produjeron sincrónica y posteriormente. En este sentido, el concepto de intertextualidad adquiere características socioculturales y contextuales.

Por último, Linell (1998) complementa el concepto de interdiscursividad, incorporando la noción de recontextualización, entendida como expresiones reales, significados expresados en forma explícita, o algo que está sólo implícito o implicado en el texto o género original. Puede estar más menos circunscrita o ser más o menos concreta, o puede involucrar actitudes generales, modos de pensar o argumentar, modos de exponer o entender patrones discursivos. Una de las maneras para estudiar las recontextualizaciones es a partir de pares de situaciones comunicativas o textos (o series de ellos), en los cuales el mismo contenido se reconstruye y se reformula en forma recurrente. Otro método para analizar este fenómeno lo constituye la identificación de la mezcla de múltiples voces al interior de un mismo texto.

Una vez delimitado el concepto de intertextualidad, es necesario establecer los rasgos propios del discurso científico a fin de que, posteriormente, se generen categorías para su análisis intertextual.

Caracterización del discurso científico

Sutton (1997) plantea que, en el ámbito académico, existe una imagen de que la ciencia implica series acumulativas de "descubrimientos" en los cuales los "hechos" son obtenidos por científicos individuales que los comunican en un lenguaje que requiere muy poca argumentación. Sin embargo, los historiadores y los sociólogos de la ciencia nos han hecho más conscientes de dos aspectos que es preciso considerar; por una parte, la actividad científica es una actividad de seres humanos y, por otra, la mayoría de las nuevas ideas científicas pasan por un estadio en que tienen un carácter "de prueba", provisional, contencioso, y luego de un proceso más o menos largo en la comunidad científica, ganan una amplia aceptación y se convierten en parte del "conocimiento público" o "descubrimiento".

El lenguaje de un científico, entonces, en el inicio de su pensamiento es siempre personal, analógico o metafórico, provisional, especulativo, con reservas, aunque esto sea una poderosa estrategia de persuasión. Correspondería, entonces, a una concepción del lenguaje en tanto sistema interpretativo. En cambio, más tarde, cuando se establece un cuerpo de conocimientos, las palabras constituyen etiquetas para cosas definidas; el lenguaje sirve como sistema de etiquetaje para describir, dar cuenta e informar; éste parece ser más directo y literal, definido y preciso.

Harris (1997) expresa que los científicos argumentan y son más rigurosos que otros argumentadores. La ciencia es una empresa notablemente exitosa, pero la argumentación es central en su éxito; de aquí que la ciencia sea retórica. Sin embargo, la gente supone que es muy diferente argumentar en ciencia que argumentar en política, religión, crítica literaria o negocios y que sería una blasfemia hablar de una retórica de la ciencia.

Ciencia y retórica son dos palabras que han tenido una trayectoria diferente desde el Siglo de las Luces, pero lo rescatable es que la última es el estudio y práctica de la "suasión", per- o dis-, y suasión es el motivo y la sustancia de todo argumento. La ciencia es el estudio de la naturaleza y práctica de construir el conocimiento acerca de la misma naturaleza. La retórica de la ciencia es, pues, el estudio de cómo los científicos persuaden y disuaden a otros acerca de la naturaleza. No obstante, el desarrollo del análisis retórico dirigido al discurso científico es un fenómeno reciente.

El mismo autor señala que lo que nos impulsa a propiciar una retórica de la ciencia es Kuhn quien, en 1962, en su Structure of Scientific Revolutions, provocó un debate en la filosofía de la ciencia al plantear el cambio científico en una perspectiva persuasiva. Un primer cambio, para Kuhn, ocurre por adiciones a la base de datos, extensiones de mecanismos, elaboraciones de principios. Un segundo cambio permite reconceptualizaciones tan significativas que los antiguos marcos teóricos pueden descartarse y pueden adoptarse nuevos. También plantea que, para comprender el desarrollo de la ciencia, se debe comprender la manera en que un conjunto de valores comunes interactúan con experiencias compartidas por una comunidad de especialistas para garantizar que la mayoría de los miembros de esa comunidad encontrará un conjunto de argumentos más concluyentes que otros. A este proceso lo llama persuasión.

Gross (1997), quien propicia la retórica de la ciencia como una disciplina, plantea que existen dos tipos de obras maestras retóricas en ciencia: aquellas con poder suficiente para provocar una revolución y aquellas de ingenio suficiente para evitarlo. Sin embargo, las categorías retóricas aristotélicas de estilo, disposición e invención no son apropiadas para el análisis de la ciencia. Más bien, el marco de análisis lo proporciona la nueva retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca, quienes ponen el acento en el hecho de que los textos están dirigidos a audiencias. La retórica de la ciencia tiene como objetivo "descubrir los mecanismos de persuasión", es decir, reconstruir los medios por los cuales los científicos se convencen a sí mismos y a otros que sus argumentos son verdades universales. Para la retórica de la ciencia, ningún rasgo de los textos científicos está exento de una explicación retórica.

Al respecto, Bitzer (1968) señala que el científico presenta su trabajo a una audiencia que puede no ser retórica y que consiste simplemente en personas capaces de recibir conocimiento. En cambio, si la audiencia es retórica, ésta, en el discurso científico, debe mediatizar el cambio que dicho discurso debe producir.

De Beaugrande (1997) expresa que los científicos observan cosas en el mundo real, las describen y las explican en forma precisa. Acumulan hechos avanzando hacia la verdad final. Los científicos dibujan una serie de mapas para un terreno accidentado y cambiante en forma periódica, que no está ubicado en el 'mundo real' de la experiencia común, pero está conectado a él de la manera en que los científicos lo determinen. Este terreno necesita métodos especializados para observar, describir o explicar. Cada mapa se ajusta a la visión de los que lo confeccionan y a las intenciones de sus usuarios. Ningún mapa científico es definitivo o está completo, tal como ningún mapa común llega a ser alguna vez idéntico al terreno. Un mapa científico se prueba considerando cuán bien ayuda a la gente a encontrar cosas.

En este sentido, las ciencias naturales confeccionan mapas de un terreno pobre, uno que no se puede desconectar del rico y desordenado mundo de la realidad cotidiana. Estas ciencias nos entregan mapas confiables que dejan al descubierto cosas en el orden subyacente de la realidad y proporcionan instrumentos especiales para observar. El autor contrasta las ciencias naturales con las ciencias humanas que se dan en un terreno rico, estrechamente relacionado con las actividades humanas. Es más fácil observar la experiencia común que decidir qué orden subyacente buscar y qué instrumentos usar para observar.

La historia popular de la ciencia oculta la idea de que la ciencia posee poder ­poder para decir cuáles son las 'verdades', a quién le corresponde decirlas y decidir qué significan, y quién las aprende y dónde. Aún más oculto es el hecho de que la ciencia tiene responsabilidades ­para considerar e influir en cómo se usarán sus resultados, para hacer mejor o peor la vida, más segura o más arriesgada, más humana o más inhumana. Es mayor esta responsabilidad cuando el objeto de estudio es el discurso, el principal canal humano para organizar la vida y decidir quién sabe o hace qué cosa: si el conocimiento y el poder serán compartidos o acaparados, si la gente aceptará o negará su responsabilidad por lo que dicen o hacen. Aquí, la intertextualidad puede apreciarse en estrategias discursivas compartidas.

Por su parte, Prelli (1997) plantea que cuando los científicos recurren a temas comunes al debatir, justificar o evaluar acciones, las "normas" (universalismo, sentido de comunidad, desinterés, escepticismo organizado, originalidad y humildad) y "contra-normas" (particularismo, poca solidaridad, interés, dogmatismo organizado) de los científicos cumplen una función retórica, independientemente de cualquier otra función. Específicamente, los elementos de este ethos científico funcionan como topoi retóricos para inducir percepciones favorables o desfavorables.

El ethos profesional de un científico no sólo depende de cómo las audiencias perciben su competencia, sino también de cómo se considera el "lugar" de ese científico dentro de la comunidad científica legitimizadora. Mientras más confusa es la conexión del retórico con su comunidad científica, más confusa es también la legitimidad de sus fines y enunciados argumentativos.

Además, los científicos deben responder a exigencias técnicas. El análisis topical del discurso puede revelar los tipos de argumentos que los científicos usan cuando tratan de resolver lo mejor posible esas exigencias. Por ejemplo, los científicos encuentran ambigüedades acerca del significado científico de la evidencia o de los constructos que ellos usan para articular y aplicar una teoría. Las ambigüedades acerca del valor científico intrínseco o comparativo de la evidencia y de la teoría constituyen un tipo especial de exigencia técnica que obliga a los científicos a elegir el tipo correcto de topoi para dar así una respuesta retórica efectiva.

Fahnnestock, citada por Reeves (1997), ha trazado la "vida retórica" de los hechos científicos desde las publicaciones especializadas hasta las publicaciones legas. Ilumina las maneras en que los periodistas escriben acerca de los hallazgos científicos que son más certeras y autoritarias que el lenguaje utilizado en los informes de investigación científica y cómo la traducción desde un lenguaje científico a un lenguaje común no representan en forma fidedigna los diferentes supuestos epistemológicos y las diferentes prácticas retóricas de ambas comunidades.

Categorías para el análisis intertextual del discurso científico

Para los efectos del presente trabajo, entenderemos por discurso científico un discurso especial o sectorial formal, más bien propio de las ciencias exactas. Se diferencia de un discurso menos formal, aunque también científico, que sería polivalente y ambiguo, típico de las ciencias humanas, como el discurso político, el discurso publicitario, el discurso literario. El lenguaje científico se distingue del lenguaje común porque se utiliza con fines comunicativos profesionales y en situaciones similares o comunidades interpretativas. Según esta distinción, constituyen discursos científicos o especiales aquellos que corresponden al ámbito, por ejemplo, matemático, económico, legal o el de la física.

En este contexto, el discurso científico se caracteriza por:

· su casi completa univocidad semántica;

· el poco interés por la audiencia, lo que le otorga una marcada neutralidad respecto a ella;

· su utilidad, precisión, función práctica y eficacia;

· su particular desarrollo de argumentar, con estructura textual más demostrativa que persuasiva;

· los mínimos recursos que utiliza para significar; y

· la transmisión de conocimiento especializado (Lo Cascio, 1998; Lerat, 1997).

Ahora bien, un análisis intertextual del discurso científico o especializado, tal como se define anteriormente podría basarse en las siguientes categorías:

1. Representación del discurso

La representación del discurso tiene que ver con cuán directo o indirecto puede ser éste, entendiéndose por el primero la reproducción exacta de las palabras usadas en el discurso representado; en cambio, el indirecto es ambivalente, porque uno no puede tener la certeza de si las palabras del original están reproducidas en forma exacta. El significado del discurso representado no puede ser determinado sin referencia a cómo funciona y cómo es contextualizado en la representación del discurso. Un ejemplo de esto es el uso de comillas.

Esta categoría también considera aspectos sociolingüísticos de contexto, estilo y trasfondo histórico. La especificación del contexto puede exigir marcas lingüísticas particulares y el uso de un estilo adecuado a la situación. Es importante el trasfondo histórico, político o social de un conflicto o hecho presentado en el texto, como también sus participantes, las causas, posiciones y argumentos que preceden a este conflicto. Además, habría que considerar el grupo o grupos a los que pertenece el autor y los valores, creencias, actividades, objetivos y recursos de estos grupos.

2. Presuposición

La presuposición incluye pistas textuales que contribuyen a conectar el texto con otros textos producidos por otros autores o por el mismo autor. Se debe analizar estas pistas en términos de "sinceridad" o de "manipulación". El productor de textos puede presentar una proposición como perteneciente a otro o a él mismo en forma deshonesta, insincera y con una intención manipuladora. Esta categoría también incluye lo que se deja implícito en un texto como, por ejemplo, opiniones ocultas, negadas o presupuestas.

3. Polarización

Esta categoría identifica la postura ideológica del autor frente a otras posturas, lo que hace que en ciertas ocasiones el texto aparezca como controvertido, polémico y/o contradictorio. Las oraciones negativas, que a menudo incorporan otros textos para ponerlos en tela de juicio o rechazarlos, se utilizan preferentemente para dar cuenta de este tipo de categoría.

4. Metadiscurso

El metadiscurso es la categoría en que el autor distingue diferentes niveles en su propio texto y se distancia con respecto a alguno de ellos, tratando el nivel distanciado como si fuera otro texto. Existen varias maneras de realizar este distanciamiento; uno de ellos es el uso de evasivas, es decir, expresiones que muestran inseguridad por parte del autor o que indican que puede haber algún error en lo que se expresa; otra manera es a través de convenciones particulares o de expresiones que pertenecen a otros textos, o anunciando que se van a utilizar metáforas. Otra posibilidad es parafrasear o reformular una expresión. Esta categoría implica que el autor está situado fuera de su propio discurso y está en una posición de controlarlo y manipularlo.

5. Transformación

La transformación es la categoría que provoca cadenas intertextuales entre diferentes tipos de textos, discursos o situaciones comunicativas, en donde éstos se reconstruyen, se reformulan (en otras palabras, se recontextualizan). Estas cadenas constituyen relaciones entre dichos eventos y son secuenciales. Dado la gran heterogeneidad tipológica existente, la cantidad de cadenas intertextuales es indeterminada; sin embargo, el número de cadenas reales es probablemente bastante limitado, porque las instituciones y las prácticas sociales se articulan de manera específica.

6. Coherencia

La categoría de coherencia apunta a destacar la importancia del lector o intérprete de textos, es decir, diferentes lectores generarán lecturas diferentes en cuanto a la coherencia de un mismo texto. Esto significa que la intertextualidad y las relaciones intertextuales constantemente cambiantes en el discurso son fundamentales para una comprensión de los procesos de construcción de un tópico dado. En otras palabras, lo anterior implica examinar cuán heterogéneo y cuán ambivalente es el texto para lectores determinados y, consecuentemente, cuánta capacidad inferencial requiere éste.

7. Interdiscursividad

Esta categoría se centra en la producción del texto y su objetivo es especificar qué tipos de discurso aparecen en el texto y cómo. Esto significa determinar cómo se caracteriza el texto en términos de géneros, tipos de actividad y estilos, señalando si se utilizan formas convencionales o innovadoras.

Comentario final

Siguiendo a Fairclough (1992) y a Linell (1998), podemos distinguir entre intertextualidad ­que relaciona diferentes tipos de texto y discursos en sus contextos específicos­, e interdiscursividad o intertextualidad constitutiva ­ que ocurre en un nivel más abstracto y global con respecto a las relaciones entre tipos de discurso (tipos de actividades comunicativas y géneros) más que entre textos específicos­. Estos dos conceptos claves en el análisis intertextual se aplican perfectamente al ámbito del discurso especializado, en donde se suscita la confluencia de diferentes tipos de conocimiento e ideologías, diferentes perspectivas de un fenómeno y diferentes posibilidades de acercarse a éste según las profesiones o comunidades interpretativas. Podemos observar en las cadenas discursivas profesionales y actividades comunicativas que los etiquetajes, las definiciones de los problemas y las vivencias personales están siendo recontextualizados. Este proceso implica el reciclaje de conocimientos previos, como también la interpretación de nuevos significados.

En innumerables circunstancias, en el debate público como también en las interacciones diarias, observamos encuentros entre representantes de diferentes subculturas y grupos de interés dentro de la sociedad posmoderna y diversificada, los legos, los científicos, los políticos, los burócratas, la gente de negocio, los representantes de los medios de comunicación, etc., todos con sus diferentes compromisos, entendimientos y premisas para comunicarse. Los académicos se reparten en diferentes disciplinas y escuelas y los políticos en diferentes partidos y otras constelaciones más temporales. En tales casos, los puntos de vista chocan y confluyen. Lo que se intercambia no sólo son palabras y discursos, sino los mundos que construyen el discurso.

 

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