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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.33 n.48 Valparaíso  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342000004800011 

Revista Signos 2003, 33(48), 134-138

RESEÑAS

VÍRGENES VIAJERAS: DIARIOS DE RELIGIOSAS EN SU RUTA A CHILE, 1837-1874. Sol Serrano, (editora) en colaboración con Alexandrine de la Taille. Estela Lorca, traductora. Ediciones Universidad Católica de Chile, Serie: Lecturas Escogidas. Santiago, 2000

 

María Eugenia Góngora
Universidad de Chile
Chile


 

En su estudio introductorio a esta notable compilación de diarios de viaje, cartas y Relaciones escritos por religiosas pertenecientes a las nuevas congregaciones francesas venidas a Chile durante el siglo XIX, Sol Serrano establece las condiciones sociales y religiosas en las que se produce esta importante corriente misionera, significativa en los campos de la educación y la salud pero quizás, especialmente, en la transformación de los modelos de vida religiosa femenina en Chile.

Estas misioneras contaron con el apoyo de la Iglesia y el estado chilenos para su establecimiento y actividad en nuestro país. En este sentido, Sol Serrano afirma que "... un estado liberal y una clase dirigente progresivamente secularizada (...) miró con desconfianza a las congregaciones religiosas masculinas y con sarcasmo a las femeninas contemplativas; elogió a las congregaciones femeninas activas porque estaban en la misma orientación de sus cambios, a pesar de sus evidentes diferencias doctrinales. Ellas actuaban sobre puntos muy sensibles para la élite y para el Estado decimonónico. En primer lugar, ellas sabían qué hacer con los pobres" (p. 70)

Lo importante parece hacer sido entonces que estas religiosas sabían "qué hacer con los pobres" de una manera profesional y calificada, sin equivalente en la sociedad chilena de la época y, de acuerdo a Sol Serrano, fueron más allá de la tradicional protección de los necesitados, intentando formarlos en la disciplina del orden y el trabajo. "ellas predicen lo que luego serán las políticas publicas (... inaugurando) prácticas que dan cuenta de un cambio societario mayor" (p. 71).

La mayor parte de los textos que encontramos en esta compilación -en la excelente traducción de Estela Lorca-, nos dan cuenta del viaje mismo, de la etapa inicial indispensable para realizar la actividad misionera en Chile; algunas religiosas nos dan cuenta del recibimiento que se les dio en Valparaíso, San Felipe o Santiago: otras -las menos- describen el desarrollo de su trabajo, las condiciones en que lo realizaron y su mayor o menor integración a la sociedad chilena. De este modo, al leer estos testimonios, aprendemos sobre todo cuáles eran las expectativas y modelos de vida que estas religiosas expresaron en sus escritos, enviados todos ellos para ser leídos cuidadosamente, -sin duda- en la Casa Madre de sus respectivas congregaciones en Francia.

El Viaje y la Misión

Los textos compuestos por estas "vírgenes viajeras" parecen estar esencialmente en consonancia con antiguas tradiciones de escritura misionera y la percepción y valoración de su propia experiencia (la separación, el sentimiento de exilio definitivo de "su querida Francia", los temores y peligros del viaje), no son fundamentalmente diferentes de los relatos de penurias sufridas por amor a Dios que nos han llegado de misioneras y peregrinas medievales y modernas. Tampoco está lejanos estos testimonios de las narraciones de las intrépidas viajeras victorianas que fueron más o menos contemporáneas de estas religiosas venidas a Chile.

Creemos que es la centralidad de la misión y su valoración la que nos permite comprender mejor estos textos en su especificidad. Parece claro que gracias a estos relatos, leídos y releídos por otras religiosas en Francia, se pudo reproducir el modelo de vida misionera. Este carácter es probablemente el que hace que se manifieste tan controladamente la valoración atribuída a las experiencias vividas y transfiguradas por la vocación misionera de estas narradoras.

Por otra parte, si bien es cierto que los diarios de viaje, al circunscribirse al registro de los hechos de cada día, difieren obviamente de la carta y de la Relación en cuanto a su organización y disposición de la historia narrada, llama nuestra atención que el control sobre las experiencias vividas se ejerce siempre y con la misma fuerza, gracias a la existencia de ese modelo misionero que transforma toda experiencia, desde la más trivial a la más dramática.

Sabemos, por otra parte, que estas "aventureras de Dios" -como las llama Elisabeth Dufourcq en una obra citada por Sol Serrano- estaban prevenidas de los peligros de la travesía del Atlántico o del terrible Cabo de Hornos. Sin embargo, sólo pudieron conocer la verdadera dimensión de esos peligros en los cuatro meses que solía durar el viaje desde Francia hasta Valparaíso. Las cabinas eran estrechas e incómodas y no tenían gran privacidad en relación al resto de los pasajeros y marineros; a veces se les entregó ropa en insuficiente cantidad y se quejan veladamente de ello; muchas sufrieron diversas enfermedades y dolencias y, por sobre todo, los terribles mareos y sobresaltos en medio de las tormentas. En estas condiciones, les era difícil seguir el rezo de los Oficios o participar en las misas a cargo de los sacerdotes que siempre las acompañaban. Aún así, algunas de ellas escribieron, durante esos largos viajes, un recuento de los acontecimientos diarios, a veces una observación sobre paisajes, aves o peces, pero sobre todo, y de manera casi obsesiva, un registro de sus dolencias físicas y de sus temores.

Las distintas narradoras nos muestran, cada una en su escritura personal -a veces con un sentido del humor casi carnavalesco, a veces con una suerte de aspereza ascética, a veces con un elevado nivel de efusividad- cómo intentaron conjugar en la experiencia de cada día y en la escritura de cada día ese difícil equilibrio entre el dolor, la angustia y el temor, por una parte, y la fe en el valor supremo de su acción misionera y la protección providencial de la que se sentían objeto.

Creemos que este punto es central, como decíamos, para comprender estos textos y diferenciarlos de otros relatos de viajeros. De hecho, llama la atención que con las notables excepciones de un religiosa Hija de la Caridad (p. 264) y de otra del Buen Pastor (p. 302-303), las otras narradoras no parecen haber prestado demasiada atención a las penurias que sufrían los demás viajeros y la tripulación que viajaba con ellas. De hecho, la sobrevaloración de su propia vocación misionera hace escribir a una de ellas:

"Los miembros de la tripulación nos daban motivo de profundas reflexiones. Los veíamos trepar por las escaleras de cuerda a más de doscientos pies de altura, sujetarse de un mástil para amarrar las velas, con un viento que los empujaba en todos los sentido. Nos decíamos: 'No es posible que un hombre se dedique a un oficio como éste sólo para ganar algo de dinero! Si fuera por Dios lo comprenderíamos'" (p.292).

En otro texto la autora, una religiosa del Buen Pastor, llega a cuestionar los viajes realizados para reunirse con parientes o por razones estrictamente comerciales: "Cuando comparamos el objetivo al que aspiran con el nuestro, nos sentimos orgullosas de la hermosa misión que se nos ha confiado y agradecemos a Dios por habernos escogido para ir en busca de tesoros mucho más preciosos a la luz de la fe" (p. 300).

Un relato que nos llama particularmente la atención por su valor testimonial y en cuanto explicitación de los (inevitables) límites de comprensión de las realidades a las que se enfrentaban estas religiosas es la fascinante Relación escrita por la Madre Mary MacNally (Inglaterra 1814-1884), religiosa de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús.

A petición del entonces Arzobispo de Santiago, Monseñor Rafael Valentín Valdivieso, y acompañadas por Monseñor Joaquín Larraín, la Madre Anne du Rousier, la Hermana Antonieta Pissorno y la Madre MacNally viajaron desde Manhattan hasta Valparaíso entre el 9 de agosto y el 14 de septiembre de 1853, cruzando el istmo de Panamá antes de la construcción del Canal.

En este relato particular, el viaje por mar no fue especialmente peligroso; en cambio, los viajes en tren, en mula o en piragua para atravesar el istmo adquieren características de auténtica pesadilla en la Relación de la Madre MacNally.

Si bien describe ocasionalmente la belleza y frondosidad de algunos paisajes, subraya también la pobreza de las posadas, la fealdad de unas imágenes piadosas divisadas en una iglesia (juicio que se repetirá en las descripciones de otras religiosas ya residentes en Chile). Por sobre todo, se explaya en la terrible apariencia de los negros que encontraron en su camino y, en particular, de los muleros negros -verdaderos Calibanes- que las acompañaron, de muy mala voluntad, en su viaje por Panamá. En una serie de escenas cargadas de una especie de realismo pavoroso por la violencia y el peligro que describen, podemos percibir los sentimientos de la narradora sin el control de la templanza que se discierne habitualmente en las narraciones sobre los peligros del mar. Podemos suponer que estos sentimientos de pavor se correspondieron con la agresividad de los negros que posiblemente vieron a estas mujeres como extrañas y "enemigas".

"Mientras comíamos, (el negro llamado) Encarnación -que había jurado no dejarnos un momento de descanso porque parecía la Encarnación de Satanás- se mantuvo de pie al lado de la mesa, blasfemando horriblemente y afilando su gran cuchillo como para burlarse de nosotros" (p. 194)+

Este relato de la religiosa inglesa, en particular, tiene puntos de contacto con narraciones de cautivas secuestradas por indios americanos, desde luego en lo que se refiere a la satanización explícita del indio (en este caso del negro) y posiblemente en la manifestación de una absoluta incomprensión del otro, incomprensión que fue, por cierto, recíproca.

El País de Misión

Los relatos que incluyen el recibimiento en Chile y el inicio de las labores misioneras en Valparaíso, San Felipe, Talca, Chillán, Concepción o Santiago tienen un gran interés documental y aunque se acercan así a otros relatos de exploradores y naturalistas decimonónicos gracias a la diversidad de sus observaciones, conservan sin duda un "sello misionero".

Se da testimonio en ellos del afecto con el que fueron recibidas por muchos representantes de la Iglesia, del gobierno y de la sociedad chilena, pero también se registra la suspicacia de sus detractores. En su estudio, Sol Serrano afirma que en torno a las primeras religiosas de los Sagrados Corazones llegadas en 1838 se levantó una ola de rumores; se dijo que era extraño que no hablaran el idioma y que venían a hacer de Chile una colonia francesa; el diario 'El Mercurio' se mostró receloso de su misión atribuyéndoles también a las monjas propósitos políticos.

En otro nivel, los profesores protestantes ingleses reclamaron que no estaban preparados para la enseñanza y los curiosos iban a la portería a mirarlas y les tiraban piedras al jardín (ef. p. 55) Hechos semejantes se repetirían más adelante.

Es verdad que algunas de estas acusaciones tenían cierta base. Por lo relatos de las mismas religiosas sabemos que se preocupaban de aprender el castellano recién al iniciar su viaje en barco, en las peores condiciones posibles. No parecen haber tenido mayor información sobre el país y, de nuevo, el celo misionero hace pensar a una de ellas que viaja hacia un país en el cual las pobres gentes "no deben conocer las dulzuras del Corazón de Jesús y María".

De hecho, las religiosas se encontraron en Chile con una piedad expresiva y hasta "ruidosa", con procesiones y devociones multitudinarias, con el culto de las imágenes y las medallas. "¡Cómo te pueden tratar así, buena Madre!", exclama la Madre Catherine Nicholl, a quien le resulta chocante una imagen de María vestida con un abultado traje azul, con un pelo negro rizado y rojas mejillas.

La Madre Nicholl, de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, había nacido en Inglaterra y escribió un relato del viaje que realizó desde Santiago hasta Concepción en 1874. Además de pintar una serie de excelentes acuarelas de personajes y lugares de Chile, la madre Nicholl escribió un relato rico en observaciones del paisaje y de las costumbres y devociones chilenas, narrando, entre otros episodios, un velorio de angelito que ella denomina "El Gloria". También proporciona valiosa información sobre el trabajo de su congregación en Curicó, Talca, Chillán y Concepción. Su interés por el país se manifiesta en una de sus frases iniciales: "Y para no gozar sola, me prometí escribir para mis reverendas Madres de Europa, un diario que contenga descripciones, acompañado de algunos pequeños esbozos de un viaje en Chile, donde el arte ha hecho poco aún para destruir las bellezas de la naturaleza y para facilitar la circulación de los habitantes" (p. 197) Después de describir su viaje por un hermoso bosque de mirtos cerca de Linares, se pregunta: "¿Será posible que el Paraíso Terrenal haya sido más bello que Chile? Me cuesta creerlo" (p. 214).

Nos reencontramos de nuevo con el celo misionero en textos escritos por las Hijas de la Caridad, pero esta vez en boca del Superior General de la congregación, quien exhorta a las religiosas a tener fuerza para "ignorarlo todo y concentrarse solo en Dios y los pobres" (p. 230), trabajando en Chile, "esta tierra que la Providencia nos manda desbrozar y de la cual partiremos un día hacia la Patria verdadera" (p. 231).

Más alarmantes pudieron resultar, sin duda, las palabras que Monseñor de Suopolis dirigió a un grupo de religiosas del Buen Pastor recién llegadas a Chile en 1855: "Sean bienvenidas, queridas hermanas, a la tierra de América; un gran número de niñas reclaman su ayuda, su reputación se ha extendido en el universo y es muy buena. Traten de no debilitarla, ustedes son más necesarias bajo el cielo de Chile que en ningún otro lugar, porque las pasiones y el vicio reinan aquí con gran fuerza" (p. 295).

Modelo de Vida, Modelo de Escritura

Si consideramos estos textos como un corpus significativo, podemos ver cómo en estos relatos misioneros se despliega un modelo de vida que permite comprender los temores y sufrimientos del viaje inicial como la primera batalla de cada misionera contra las debilidades de su cuerpo, y en esa perspectiva, esas pruebas son percibidas como la preparación necesaria para la batalla espiritual que deberá librarse, por amor a Dios, en el país de misión.

Creemos que este modelo de vida religioso, descrito aquí someramente, (y que sin duda apareció como nuevo para la religiosidad femenina chilena), es el modelo que preside los escritos presentes en esta compilación; en ese marco, las autoras de estas cartas, diarios y Relaciones enriquecieron y ampliaron el modelo de tal manera que algunas de estas narraciones pueden ser consideradas obra propiamente creativa y literaria, más allá de la crónica piadosa.

Vale la pena terminar este comentarios citando extensamente (p. 324-325) la gozosa experiencia de una Hermana del Buen Pastor. En 1857, la Madre María del Santísimo Sacramento Moreau, que fue Superiora de la primera cada del Buen Pastor en Chile, relata su visita a la comunidad de San Felipe, fundada un año antes:

Después de ciertos peligros en el camino desde Santiago, llegaron al valle de Aconcagua: "En medio de verdes arbustos descubrimos las casas de San Felipe. Nuestros corazones comenzaron a latir como no lo habían hecho desde hacía tres meses. (...) En el momento en que pisamos tierra, tuvimos la maravillosa sorpresa de escuchar el alegre repiquetear de tres hermosas campanas y de ver una procesión de 28 niñas vestidas de blanco y con coronas de rosas, que llevaban en las manos canastos llenos de pétalos de flores y se acercaron a nosotras. (...) ¡Con qué religiosa emoción adoramos a nuestro Buen Maestro, agradeciéndole los favores que nos habían concedido y ofreciéndonos enteramente a El para trabajar en la obra del Buen Pastor, en esta tierra otrora desconocida y que ahora saludamos como nuestra nueva patria!"

"Terminado el "Te Deum" (...) las jóvenes internas de nuestras Hermanas sembraron el empedrado con sus flores y fue sobre este sendero cuajado de rosas que llegamos a la puerta de clausura cuyas dos hojas se abrieron para nosotras (...). Nos esperaba una mesa cubierta con los más hermosos frutos de la estación y dulces que sólo saben hacer las chilenas. Una de las Hermanas había compuesto unas coplas que cantó acompañándose al piano. Estábamos confundidas ante tantas delicadezas y sólo atinábamos a repetir con el rey Profeta: "¡Qué bueno y dulce para los hermanos es vivir en compañía!"

 

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