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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.35 n.51-52 Valparaíso  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342002005100008 

Revista Signos 2002, 35(51-52), 101-117

LITERATURA

Deseo de Patria en Gabriela Mistral

 

Susana Munnich

Universidad de Chile

Chile


RESUMEN

Ofrecemos una lectura de tres poemas de Gabriela Mistral, cuyo tema central es el dolor de no pertenecer y el deseo de retornar al origen. Dos de ellos corresponden al libro Tala y en ellos se describe la experiencia de desarraigo de una hablante, que habiéndose marchado de su país natal, recuerda con amor y nostalgia ciertos objetos, personas, costumbres y convicciones que conserva del tiempo en que vivió en su país de origen y también en otras regiones en que ha permanecido, y a las que también ha amado. Todos estos amores suyos son el contenido del "país de la ausencia". El tercer poema pertenece a Lagar, vuelve sobre el mismo tema de los anteriores, pero trae un aspecto nuevo. Ofrece una visión luminosa del pasado histórico latinoamericano, y desde ahí se vuelve con esperanza hacia el futuro, tiempo que podría incluir incluso la utopía.


ABSTRACT

We present in this essay a reading of three poems by Gabriela Mistral. All three deal mainly with a painful sense of not belonging and with the wish to go back to one's origins. Two of the poems are taken from Tala. They record the suffering of a woman who left her home country and remembers lovingly and nostalgically not only objects, persons, habits and beliefs from her lost home country , but from other places as well where she dwelled and which she loved. All these things she does no have but still loves are the contents of "the land of absence". The third poem belongs to Lagar. It repeats the central theme of the previous two but introduces something new. It presents a brilliant view of the Latin American remote history, casts a hopeful sight into the future, a time when even Utopia could come to be.


 

Nuestra lectura abordará tres poemas de Gabriela Mistral1 para identificar en cada uno de ellos un mismo deseo de pertenencia a un lugar donde se pudiera residir y llamarlo propiamente 'patria'. Los dos primeros, "El país de la ausencia" y "La Extranjera" pertenecen a Tala, obra que fue publicada en 1938. Esta fecha no es indiferente a la lectura. Gabriela Mistral destinó las ganancias de este libro al socorro de los niños españoles que habían quedado huérfanos durante la guerra civil ("los pobres niños vascos que andan desparramados por Europa")2. El tercero, "Patrias", corresponde a la sección "Vagabundaje" de Lagar, última obra de Gabriela Mistral, y el único de sus libros que fue publicado en Santiago de Chile (1954). Dieciséis años separan a Tala de Lagar y un conjunto extraordinario de acontecimientos , entre ellos el inicio y el término de la Segunda Guerra Mundial, la muerte de su sobrino Miguel, pero, también, el dichoso homenaje de haber sido elegida la primera escritora latinoamericana mujer en recibir el premio Nobel.

Lagar vuelve sobre muchos de los poemas de sus libros anteriores, a veces para reiterar lo que se había dicho antes, otras para desarrollar la misma temática de una manera nueva, y también para ofrecer una nueva solución a algún problema antiguo. De hecho, el poema "Patrias" recupera algunos de los motivos más importantes de "País de la ausencia" y de "La Extranjera", para articularlos de una manera diferente. El título "Vagabundaje" habla por sí mismo, la yo de este poemario se siente a sí misma como una sujeto que es de ninguna parte, y al mismo tiempo una ciudadana del mundo. Quizá por eso, por sentirse identificada con la humanidad completa, el poema un temple esperanzado que es ajeno al de los otros dos.

En "País de la Ausencia" y "La Extranjera" encontramos un movimiento de desapego, de desasimiento de las cosas del mundo, que no es ni indiferencia, ni aceptación ni cinismo. Nosotros lo interpretamos como una madura desilusión que a los hombres y mujeres chilenos de mi generación no ha de resultar extraña. Cuando a Gabriela Mistral la angustiaba el terrible destino de España en sus tres años de guerra y horrores, no podía saber que 35 años después su propio país entraría en un período también terrible de su historia3. Pero nosotros no podemos leer este libro sin recordar los dos acontecimientos, y sin duda nos duele más el pasado reciente de nuestra patria que el de la española.

Me parece que en los años actuales, aunque algunos no lo sepamos, todos vivimos en el "país de la Ausencia". Un país que, como dice el poema, está hecho de cosas que no son país, de sueños e ilusiones que se frustraron. Se podría decir que algo "humano, demasiado humano" confabula para que los hombres jamás podamos completar nuestro sueño de felicidad social para todos, y que una fuerza misteriosa y maligna empuja para que nunca sean otra cosa que utopía.

País de la ausencia,

extraño país,

más ligero que ángel

y seña sutil,

color de alga muerta,

color de neblí

con edad de siempre,

sin edad feliz.

 

No echa granada

no cría jazmín,

y no tiene cielos

ni mares de añil.

Nombre suyo, nombre,

Nunca se lo oí,

y en país sin nombre

me voy a morir.

 

Ni puente ni barca

me trajo hasta aquí,

no me lo contaron

por isla o país.

Yo no lo buscaba

ni lo descubrí.

 

Parece una fábula

que yo me aprendí

sueño de tomar

y de desasir.

Y es mi patria donde

vivir y morir.

 

Me nació de cosas

que no son país;

de patrias y patrias

que tuve y perdí;

de las criaturas

que yo vi morir;

de lo que era mío

y se fue de mí.

 

Perdí cordilleras

en donde dormí;

perdí huertos de oro

dulces de vivir;

perdí yo las islas,

de caña y añil,

y las sombras de ellos

me las vi ceñir,

y juntas y amantes

hacerse país.

 

Guedejas de nieblas

sin dorso y cerviz,

alientos dormidos

me los vi seguir,

y en años errantes

volverse país

y en país sin nombre

me voy a morir

 

La primera comprensión de este poema entiende espontáneamente "país" como "mi país". Posteriormente esa comprensión se llena de problemas.

Cuando decimos "mi país", atraemos hacia nosotros un paisaje, un mundo sensorial, unos colores, y olores y formas a que estamos acostumbrados y que echamos de menos cuando nos encontramos fuera, en el extranjero. El país se siente, se huele, se ve. El país es eso que contiene nuestra pertenencia más sentida, aquella que está hecha de tierra, mar y cielo, comida, paseos, calles, rutinas diarias, todo ello mediatizado siempre por nuestros amores. País no es lo mismo que patria. Cuando nombramos la patria decimos autoridad, poderes públicos, fuerzas armadas, policía, aparato judicial y legislativo, fiestas patrióticas, escudo, bandera, canción nacional, tradiciones, folclore, historia tal como se la cuenta. En un cierto sentido el país es la relación sensorial con los elementos de la patria. Si hubiese que improvisar una correspondencia entre las nociones de madre y padre con "país" y "patria", diríamos que el primero es madre, mientras que a la segunda la veríamos organizada por el padre. Pienso que el Diccionario de la Real Academia nos da la razón, entiende por país la "nación, región, provincia, territorio. Pintura o dibujo que representa cierta extensión de terreno" . De la patria en cambio dice "tierra natal o adoptiva ordenada como nación a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos, y afectivos".

Después de ver que lo nombrado por la palabra país es mayormente una presencia sensorial y afectiva, el poema nos sorprende cuando destaca en el país de la yo únicamente vacíos y carencias. Tal como su nombre lo dice, el país de la ausencia es el que está privado de casi todas las cosas que ella amó o sigue amando.

La primera estrofa describe a este lugar suyo, como inmaterial, "más ligero que ángel", "seña sutil". La palabra ángel predispone a una lectura positiva, por sus semas religiosos, sacros. Esta positividad se neutraliza cuando leemos que su color es de neblí, vocablo que nombra a un ave de rapiña, originaria de los países del norte de Europa. Neblí está emparentada fonéticamente con neblina, que reaparece en la última estrofa, y refuerza la idea de lo fantasmal. El verso cinco destaca que su color es de alga muerta lo que hace pensar que se trata de una región oscura, empobrecida, triste. Es un país sin edad, sin historia, que tiene la "edad de siempre". Las cualidades de atemporalidad e incorpóreo podrían tentarnos a imaginar que la yo está pensando en algo parecido al paraíso adánico, pero el verso "sin edad feliz" impide que lo identifiquemos con ese lugar de plenitud.

La segunda estrofa profundiza en la falta. No se producen allí ni jazmines ni granadas, y los cielos y mares no son azules. Por implicación, se contrasta el país de la ausencia con los lugares donde jazmines y granadas crecen bajo cielos y junto a mares de añil. La implicación atrae a la lectura climas templados, cielos y mares serenos, flores y frutas que crecen bajo una luz brillante y querida. Pero todas estas hermosuras, estos deleites de la sensorialidad, comparecen precisamente sólo como fondo de estas ausencias donde vive la yo, entre colores que no son colores. El lector no puede asignar ningún color al "neblí", pájaro que desconoce, ni tampoco a las algas muertas. Lo que queda es la vaguedad de un pájaro que fue de frecuente mención en textos de cetrería medievales y renacentistas, y la imposibilidad de atribuirle un contenido cromático a "color de alga muerta". No queda más que la vaga sensación de niebla y de muerte. En el país de la ausencia solamente hay la asociación del vacío con lo amado que no está.

A continuación la yo señala un hecho muy curioso. Jamás ha escuchado el nombre de su país. "Nombre suyo, nombre, nunca se lo oí". ¿Cómo podría alguien no haber escuchado el nombre de su país, cuando es de las primeras palabras que se aprenden? Una cosa cuyo nombre ignoramos no existe para nosotros, dijo Heidegger, repitiendo lo que ya había advertido Nietzsche. Las cosas se vuelven visibles a nuestros ojos cuando las nombramos, cuando las apartamos de las demás y destacamos así su diferencia. El nombre "país de la ausencia" no era hallable en ninguna enciclopedia antes de este poema. Cualquier lector, creo, reconoce al leer que ya tenía noticia personal e íntima de la existencia de este país, pero ahora, después del poema, tiene nombre. El último verso de la estrofa 3, "ni lo descubrí", prueba que había sido una realidad para muchas otras personas antes de que la yo lo bautizara.

Y va creciendo en nosotros la certidumbre de que el nombre "país de la ausencia" corresponde a un estado de ánimo, a un temple afectivo y moral, y no a un territorio que se puede ubicar en un mapamundi. Esto no impide la certidumbre de la yo de que su muerte ocurrirá allí. En la estrofa 3 advierte que no requirió de medio de transporte -"ni puente ni barca"- para alcanzar este lugar. La yo supo por sí misma de esta realidad, y no necesitó de la mediación de nadie ni de nada para conocerla ("no me lo contaron/ por isla o país"). Sin darse cuenta de cómo ocurría, el país de la ausencia se le fue perfilando en el alma. Lo que la predispuso en esta dirección fue que la vida le donara cosas y que luego la privara de las mismas, experiencia que ella llama "el sueño de tomar y de desasir".

Los versos "Parece una fábula / que yo me aprendí" nuevamente destacan el carácter inmaterial y fabuloso de este país. Este temple o manera de estar sintiéndose en el mundo tiene tanta fuerza y vigencia como para que la yo pueda decirse a sí misma que es su patria y el lugar donde ella habrá de vivir y morir. Hay la idea de que no existe vuelta atrás, y que esta relación con las cosas es permanente y definitiva.

Si como veíamos al comienzo, la noción técnica y también la corriente de país designan un conjunto de presencias, es razonable que se diga que el país de la ausencia está hecho de cosas que no son país, cuando a esta "región" la componen solamente cosas que no están. La primera ausencia es las patrias que la yo tuvo y perdió. El plural es curioso, porque no es habitual que se pueda sentir pertenencia a más de una patria. La yo es diferente del común de las gentes, parece sentirse ciudadana del mundo. Esta identificación que ella tiene y ha tenido con el destino de varias naciones, presumiblemente la ha hecho esperar de ellas grandes cosas, quizá la utopía de una justicia social que podría beneficiar al conjunto de la humanidad. Si se recuerda que este poema se publicó el año 38, en medio de las peores crisis políticas, de revoluciones, guerras civiles y al borde de la Segunda Guerra Mundial, se entiende la desilusión de la yo. Se comprende que se haya sentido perturbada por el carácter amenazante de los más importantes proyectos políticos de ese tiempo, y que haya empezado a romper con algunas naciones por las que antes había cultivado admiración y respeto. Había empezado a perder la fe en los desarrollos culturales y políticos de esas patrias, que por identificación con sus creencias, antes sintió suyos. Hasta el presente nada le ha dado motivo para sentirse nuevamente esperanzada.

Esta desilusión suya en lo político tiene su homólogo en la vida íntima, amorosa. También allí habría experimentado la desilusión. Habría amado a criaturas que luego murieron, y ahora siente que se fue de ella todo ese amor que era suyo, y que la hacía feliz. Aunque la muerte es un dato absolutamente obvio, con el que todos contamos, durante un tiempo vivimos como si fuéramos inmortales y nuestros seres queridos también. Por ello, me parece que la yo no marca su desilusión con signo negativo, la siente una experiencia de todos conocida, y la interpreta como un crecimiento interior. Algo que necesariamente tiene que ocurrir para alcanzar la madurez.

A las pérdidas de las patrias y amores, la yo suma ahora las cordilleras en donde habría dormido, los huertos de oro, dulces de vivir, las islas de caña y añil. Todo esto se puede interpretar como nuevas pruebas de esta saludable desilusión y madurez. Bien puede ser que ahora tenga una razonable duda de lo muy plena y feliz que fue en el tiempo aquel de los huertos de oro, en que la vida era dulce. Pero como siempre en los textos de la Mistral, también es posible pensar que la ilusión y la desilusión son compatibles, y que se mantienen una al lado de la otra. En cierta forma, al insistir en la ausencia de las cosas que quiso, al nombrarlas con inmenso amor, ella las reinstala en el presente. Aunque ausentes, estas cosas amadas coexisten en su memoria.

De todas maneras, lo general a todas es la ausencia. Ninguna está materialmente vigente. Sólo permanecen sus sombras, que se ciñen amorosamente a la yo, recordándole que se fueron para siempre.

La penúltima estrofa la muestra a ella exiliada de sus sueños amados, pero vestida de ellos y amada por ellos. Como una cabellera de niebla, estas cosas y sueños que ella amó la siguen para todas partes. Leemos el verso "sin dorso y cerviz" de dos maneras. Una lectura nos permite pensar que lo que ha quedado de estos seres amados es pura fachada, porque carecen de espalda, no tienen un fondo, un detrás. La otra, que preferimos, desarrolla la idea del dorso y de la cerviz en relación al trabajo, al cansancio del cuerpo, que tras una fatigosa tarea apenas se puede la espalda. Lo que quizá aduce esta lectura es el recuerdo que hoy tiene la yo del cansancio que adivinó al final del día en el cuerpo de sus mayores. De estos amores suyos, ahora solamente tiene los alientos dormidos, la muerte.

Creemos que la matriz de este poema es desilusión. Lo que la yo afirma del "país de la ausencia" hace pensar que para ella, en definitiva, las patrias se le volvieron país, y los países, país de la ausencia. Durante el tiempo de la juventud creyó en ambos. La desilusión vino con la madurez. Pero aunque ya no tiene las patrias y países de su juventud, sabe también que no puede dejar de amarlos.

Para terminar, digamos entonces que el poema está hecho de una prolija negación de todos los componentes de la palabra "país" que va aduciendo. No tiene flores, ni frutos, ni cielo ni mar de añil. No tiene nombre. No tiene "edad feliz" (la que recordamos en la evocación de las percepciones alegres del país de la niñez, o la juventud, o la madurez triunfante). A diferencia de los países canónicos, está fuera del tiempo, ni envejece ni pasa ("con edad de siempre"). No tiene materialidad, no es accesible por "puente ni barca". Carece de color. Sin embargo, a pesar de todas estas carencias, sigue siendo amado y evocado, y de alguna manera está presente en la ausencia del otro país, el del poema, al que el país negado ha dado origen. Creemos que "país" es aquí contenido concreto de la "desilusión" que sigue amando lo que perdió, incluso la ilusión que ha reemplazado con su vacío. Quizá esta experiencia sea la misma que mueve a la yo de "La Memoria Divina" a decir que "el alma eterna no pierde".

Visto desde aquí, el poema aparece como una meditación sobre los amores y los sueños. Nos hicieron alguna vez ilusión de "país", alimentaron nuestros anhelos de felicidad, pero invariablemente pasaron. No del todo. Nos dejaron el "país de la ausencia", donde siguen siendo lo que eran, amores y sueños.

El tema de este poema es muy semejante al de "La Extranjera", también de la sección "Saudade". "La Extranjera" recuerda a "País de la ausencia" por su temple desilusionado y dolido, y al mismo tiempo realista.

Habla con dejo de sus mares bárbaros,

con no sé qué algas y no sé qué arenas;

reza oración a dios sin bulto ni peso,

envejecida como si muriera

En huerto nuestro que nos hizo extraño,

ha puesto cactus y zarpadas hierbas.

Alienta del resuello del desierto

y ha amado con pasión de que blanquea,

que nunca cuenta y que si nos contase

sería como el mapa de otra estrella.

Vivirá entre nosotros ochenta años,

pero siempre será como si llega,

Hablando lengua que jadea y gime

y que le entienden sólo bestezuelas.

Y va a morirse en medio de nosotros,

en una noche en la que más padezca,

con sólo su destino por almohada,

de una muerte callada y extranjera.

 

"La extranjera" dice la experiencia de desarraigo de una mujer, que habiendo emigrado desde una región rural a un centro de mayor desarrollo, siente ajenas las costumbres del pueblo en que ahora vive. La primera vez que leímos el poema interpretamos que la sujeto hablante sentía negativos los hábitos y valoraciones de la mujer que describía y que los consideraba incluso despreciables, quizá por subdesarrollados, bárbaros. Adivinamos que los comparaba, de forma no expresa, con los que regían en la comunidad en que ella vivía ahora. A la segunda lectura comprobamos que habíamos leído mal, y que lo que parecía rechazo podía ser una encubierta alabanza. Era evidente que la voz del poema compartía el sentimiento de orgullo de la extranjera por las costumbres y los modos de pensar del lugar de origen de esta mujer, y que como ella, los prefería a los de las gentes de esta nueva región, que no era la suya .

Como decía, detectamos una sobrecogedora cercanía entre la sujeto hablante y la extranjera. ¿Somos ajenos a estas cuestiones de pertenencia y desarraigo?

Este poema es, formalmente, el discurso de una yo que mira mal a la extranjera, y hace con ella lo que suele hacerse con los extraños: mal juzgar su habla, sus creencias, sus costumbres, sus gustos, el lugar de su procedencia. Pero la enumeración de las cosas de la extranjera es asombrosa. Algas y arenas, un dios con minúscula, cactus y hierbajos ásperos, un doloroso lenguaje que sólo le entienden animales pequeños. No es menor lo que tiene la extranjera, y algo de eso es de lo muy amado por la hablante normal de la poesía de Mistral. Una cosa más hay en el poema que recuerda el caso real de los "extranjeros". Inseguros y temerosos, imaginan discursos en que los naturales los describen y los desaprueban. Creemos que a esa categoría pertenece "La extranjera". Lo que el discurso imaginario le atribuye incluye cosas que pertenecen al paisaje del Norte Chico chileno, lugar amado y recordado. Todavía más. Alguien capaz de hablar con los animales es pariente cercano de Francisco de Asís, el santo de los pobres. Aún en el discurso imaginario y adverso, el poema introduce componentes valorados positivamente. Así leído, el poema es una asunción de los propios valores, de lo siempre amado, contra el fondo de lo cual, los valores de los demás, de esos que la sienten a ella extranjera, se desvalorizan. El poema es, pues, una comparación.

Después de la comparación encuentra que las nuevas son menos estimables. Imagina que lo propio hacen las gentes de esta región, y que evalúan negativamente sus hábitos, costumbres y modos de pensar. Todas esas cosas que la hacen ser la mujer que ella siente que es.

Partiendo entonces de la hipótesis de que no hay dos personas, sino una sola, apreciamos que en el primer verso se escucha hablar esta lengua que no es la suya e imagina que las gentes de esta región juzgan bárbaro su acento. La palabra bárbaro tiene semas negativos como "otredad", incultura, no civilizado, no moderno, cruel, etc. Una persona se siente bárbara siempre respecto de otras a quienes juzga superiores4.

Ella comprueba, o imagina que hay ­para el caso es lo mismo-, cierta burla en la recepción que estas gentes hacen de su habla. Le parece que no saben qué pensar cuando la escuchan decir sus cosas. El verso "con no sé qué algas y no sé qué arenas", revela que quienes la escuchan tienen cierta incapacidad para reconocer en sus descripciones lo que están acostumbrados a valorar. Probablemente no hay ninguna mala voluntad en estas personas y su incomprensión viene de la diferencia que existe entre los mundos a que pertenecen. La extranjera es de "allá", ellos son de "acá". Lo que a ella la emociona, a ellos les produce una sorpresa despreciativa.

El verso tres exterioriza otra forma de desarraigo de la extranjera. Se siente ajena a la religiosidad de las personas de este país, e imagina que los demás juzgan poco estimable al dios en que ella cree. Por eso escribe con minúscula el nombre de este dios suyo. A los ojos de estas gentes su dios es secundario, no ocupa espacio ("sin bulto") y carece de peso. Estos predicados de su dios denuncian su impotencia respecto de la divinidad de quienes la rodean ahora, la cual, por oposición, entendemos que debe escribirse con mayúscula. Los que la veneran sin duda creen que es la verdadera, la única que tiene peso y valor. No sólo la mayúscula de la otra divinidad suple la lectura. También le agrega peso y valor, por contraste. El dios de la extranjera es más liviano, más espiritual, menos espeso que el de los lugareños. A pesar de reconocer implícitamente la gravitación que el Dios con mayúscula tiene sobre las vidas de los hombres de la región en que ella vive ahora, aclara que no se siente identificada con estas creencias y que ella prefiere rezarle a su dios.

El verso cuatro prueba que no es alegre sentir desarraigo. El abismo que la separa de los códigos y valoraciones sociales de la comunidad en que ahora vive, la va matando, la envejece y debilita. Por potente que sea el Dios con mayúscula, ella no cree en él, y por eso, porfiadamente refuerza sus convicciones religiosas, aquellas en que se educó tempranamente. Este comportamiento la va aislando, separando de las gentes que la rodean, lo que constituye para ella un motivo nuevo de desconsuelo.

La mujer nota que sus costumbres despiertan la atención de los demás y se siente desagradablemente vigilada. Observan con escándalo las especies que ella ha puesto en su huerto. La extranjera ha importado de su tierra natal ciertas plantas espinudas, llamadas cactus. Carecen de la suavidad de las plantas comunes. También son desacostumbradas en los huertos de aquí unas hierbas raras que trajo de allá, y que crecían en el calor del desierto. La mujer teme que a las gentes de esta región les moleste que ella les esté desarreglando su paisaje, poniendo en tierra de ellos estas variedades bárbaras de su país natal.

Los tres versos que siguen introducen el tema de la pasión, y en ellos la mujer exterioriza con soberbia que no puede traducir al lenguaje de estas gentes su propia experiencia de amor. Hay una abundancia en sus afectos que no encuentra correspondencia en lo que entienden por amor los individuos de acá. Aunque la mujer decidiera comunicar sus sentimientos, siempre los que escuchan quedarían al margen de su fuerza y belleza descomunal.

Ofrecemos tres posibilidades de lectura para los versos 8, 9 y 10. Una primera interpreta que ella murió y que sus huesos de muerta se blanquearon con la sequedad del desierto, el mismo aire seco y caliente que antes vivificó su propio cuerpo. Los versos nueve y diez ahondan en esta pasión que mata, y reconocen que es difícil hablar de ella, porque la desmesura de este amor lo hace escandaloso a los ojos de los demás. Para no herir sensibilidades, ella ha preferido no profundizar en este amor suyo que la mató.

La segunda lectura se centra en la estructura blanco/rojo. Por oposición a la blancura, que es color de pureza, el rojo de la pasión lleva marca negativa. La mujer habría amado alguna vez con una pasión tremenda, y con el tiempo este amor se consumió. En su lugar habría comenzado a desarrollarse en ella un amor puro, que la habría blanqueado de su antigua pasión. Ella sabe que no le conviene hablar a las demás personas de este amor distinto, porque sería interpretado como algo absolutamente insólito e incomprensible.

Una tercera lectura entiende que la mujer no ha dejado de estimar el amor, y que su sentimiento no es una pasión común. Es blanco este amor, y sus esfuerzos por explicar a los demás sus alcances no encuentran eco. Las gentes comunes no entienden que se pueda amar con la blancura suya5.

Pienso que ninguna de estas lecturas anula a las demás y que las tres ofrecen una explicación de por qué ella se siente extranjera en la región en que vive. También en su manera de amar ella se siente distinta.

La mujer se adelanta al futuro y adivina que jamás podrá sentir que es de acá. "Vivirá entre nosotros ochenta años / pero siempre será como si llega". Nos parece que la palabra "nosotros" reúne al conjunto de los que concretamente la sienten a ella como una "otra", portadora de extrañezas y amenazas. A pesar del desarraigo que reconoce en sí misma, hay en su discurso una afirmación orgullosa de sus propias cosas que nos hace pensar que tiene por ellas un apego e identificación mucho mayores de las que tienen las gentes de acá por las suyas.

En los dos versos que siguen la mujer se refiere a la recepción que tiene en esta región extranjera su manera de hablar. Según lo que dice, a las gentes de acá les parece que cuando habla lo hace jadeando o gimiendo, y que por ello solamente pueden entenderla las bestezuelas. Su habla es mirada al mismo tiempo por ella y por los otros. Desde los otros, "jadea y gime". Desde ella y su dios humilde, es un habla franciscana, "que le entienden sólo bestezuelas". Su habla la identifica con San Francisco, el santo de la pobreza, de los enfermos y desvalidos. Los modos humildes de la mujer, los mismos que practicaba el santo, son evaluados negativamente por las gentes de acá, le critican su debilidad e impotencia. Es imposible que la mujer pueda sentirse cómoda en un lugar donde se valoran negativamente las cosas que ella más quiere de sí misma. Por ser inhabituales en este medio, sus costumbres se sienten como defectos que sería conveniente corregir.

Los cuatro versos finales se refieren a la muerte que le aguarda en este lugar que ella siente ajeno. A pesar de su sentimiento de desarraigo, una fatalidad la obligará a morir en esta tierra extraña. El verso 15 dice que ella morirá "en medio de nosotros", lo que hace suponer que no morirá sola. Pero, esta compañía, que en otras circunstancias podría servir de ayuda y consuelo, aumenta su desamparo. Por ser ajenas a lo suyo, estas gentes agudizan su sentimiento de abandono. En vez de regalarle compañía, le dan soledad. De allí la certeza de la mujer de que su muerte no será alegre, y que dejará de existir "en una noche, en la que más padezca". Lo único que realmente posee es su destino de extranjera en que confluyen las diversas formas de su desarraigo.

En el último verso dramatiza esta condición suya de extranjera para decir que ni siquiera la muerte le pertenece. Ha de morir como extranjera. Valoriza positivamente una manera de morir que no aísla al individuo que muere, y que no lo deja solo frente a la muerte. Esta creencia es utópica, como la nostalgia que tenemos de un tiempo en que el hombre habría pertenecido realmente a una comunidad acogedora y fraterna, donde nadie muere solo.

Es, en suma, el sueño utópico de todos nosotros, desterrados de nuestros anhelos de pertenencia y compañía por la modernidad.6

¿Existe algún remedio para este sentimiento de desarraigo de la extranjera? ¿Que pasaría si retornara a su lugar de origen, a ese país de desierto y de mar, de donde ella ha traído esos hierbajos raros, que insiste en plantar en estos huertos que no siente suyos? Presumiblemente aumentaría su sentimiento de ser de ninguna parte. En ningún momento del poema la extranjera exterioriza deseos de volver a su país natal, como si supiera que tampoco allí podría encontrar esas cosas buenas que quiere para sí misma y para los demás, sin las cuales siempre se sentirá lejos de casa7. Igual que a muchos individuos de fines del siglo pasado y de mediados del 20, a la extranjera el mundo entero se le ha transformado en un lugar extraño, temible, donde la pertenencia se ha reducido a utopía.

6 Para las personas que soñamos con una pertenencia, el gran cineasta japonés Kurosawa creó un pueblo ideal en su película Sueños. Las gentes de este pueblo imaginario viven más de cien años, y trabajan la tierra con espíritu alegre y solidario. La única técnica que conocen son unos grandes molinos de agua. El aire es luminoso, hay flores por todas partes y el color predominante es el verde. Cuando muere uno de los miembros de la comunidad, el pueblo celebra una fiesta, porque el difunto ha tenido una vida buena. Entonces las gentes se visten con hermosos colores, y mientras llevan al muerto al lugar de su descanso final, cantan, tocan música y arrojan flores al aire. No hay nada que lamentar de esta muerte, pero mucho que festejar. El difunto vivió una vida feliz y buena y este funeral festivo es el remate final a todo estas bondades que hay que agradecer. Cuesta imaginar que una comunidad como la descrita en la película pudiera engendrar en sus miembros un sentimiento de desarraigo como el de la extranjera del poema mistraliano.

7 En este punto no puedo menos que salirme del poema y recordar el desagrado que sentía Gabriela Mistral las escasas veces que se vio forzada a regresar a Chile. Hay muchas anécdotas que revelan su postura crítica respecto de su país de origen. Cito un pasaje de un artículo de Ana Pizarro en que la investigadora se refiere a este aborrecimiento de Gabriela Mistral:

..."La lucidez de Gabriela la enfrenta tempranamente a las relaciones patriarcales del país y esto no puede sino crearle problemas en su vinculación emocional. Así escribe a Mercedes García Huidobro, por ejemplo en contra de la politiquería nacional. Más tarde le comunica, refiriéndose a su relación con el presidente Aguirre Cerda: "Y como mi experiencia chilena toda ha sido la de ver y sentir la impermeabilidad de la gente, la de un muro o la de una superficie de caucho, le dejé tranquilo". En otra carta apunta más tarde: "Yo no soy esa alma fuerte que cuentan por ahí; soy un ser débil, como todos los sensibles y a los sensibles les va mal en mi patria." De allí tal vez esa noción de desarraigo ineluctable que la hará percibir tempranamente que su país no será aquel que ella logra construirse como universo afectivo, disgregado en el mundo y sólo articulado dentro de sí misma. Situación que la empuja a "una muerte callada y extranjera"" ("Mistral, ¿Qué modernidad?", en Re-leer hoy a Gabriela Mistral, Santiago de Chile, Editorial Universidad de Santiago, 1997, pp. 43-52).

Uno de los aspectos de este mundo que ella más padece es que estas gentes no veneren a ese dios con minúscula en que ella cree. Ese dios humilde y liviano, que no se impone autoritariamente, y que no excluye de su amor ni a los pobres ni a los humildes ni a las bestezuelas.

Para terminar, examinaremos el poema, "Patrias" (Lagar), que vuelve sobre algunos aspectos que identificamos en los poemas anteriores, como la desilusión y el desarraigo, pero que aquí son hitos en el camino de retorno al hogar y a la patria, lugares mágicos, luminosos. Este poema trae entonces algo nuevo, una mirada esperanzada, que positiviza el pasado latinoamericano, y que se abre a un futuro que, en la lectura actual posibilita quizá la utopía.

Hay dos puntos en la Tierra

Montegrande y el Mayab.

Como sus brocales arden

se les tiene que encontrar.

 

Hay dos estrellas caídas

a espinales y arenal;

no las contaron por muertas

en cada piedra de umbral.

El canto que les ardía

nunca dejó de llamar,

y a más andamos, más crecen

como el padre Aldebarán.

 

Hay dos puntos cardinales:

Montegrande y el Mayab.

Aunque los ciegue la noche

¿quién los puede aniquilar?

y los dos alciones vuelan

vuelo de flecha real.

 

Hay dos espaldas en duelo

que un calor secreto dan,

grandes cervices nocturnas

tercas de fidelidad.

Las dos volvieron el rostro

para no mirar a Cam,

pero en oyendo sus nombres

Las dos vuelven por salvar

 

No son mirajes de arenas,

son madres en soledad.

Dieron el flanco y la leche

y se oyeron renegar.

Pero por si regresásemos

nos dejaron en señal,

los pies blancos de la ceiba

y el rescoldo del faisán.

 

Vamos, al fin caminando

¡Montegrande y el Mayab!

Cuesta repechar el valle

oyendo burlas del mar.

Pero a más andamos, menos,

se vuelve la vista atrás.

La memoria es un despeño

y es un grito el recobrar.

 

Piedras del viejo regazo,

jades que ya van a hablar,

leños al soltar la llama

en mi aldea y el Mayab:

sólo estamos a dos marchas

y alientos de donde estáis.

Ya podéis secar el llanto

y salirnos a encontrar,

quemar las cañas del Tiempo

y seguir la Eternidad

 

Entiendo que la matriz de este poema es 'retorno al origen' y que las patrias adonde vuelven esos "nosotros" por quienes habla la sujeto del texto, es América. Una de estas patrias es el pueblito de Montegrande, en el valle del Elqui, región de origen de la Mistral, mitificada en sus poemas como una suerte de paraíso perdido. La otra, es el nombre indígena de la Península de Yucatán, en México. La palabra Tierra está escrita con mayúscula, y así entra en la serie de Montegrande y Mayab. Entre las tres delimitan el universo del poema. Toda la Tierra tiene sus direcciones fijadas por las dos patrias, porque en esta Tierra hay solamente "dos puntos cardinales", y no cuatro, como en la tierra extratextual. No es posible perderlas, "se las tiene que encontrar". Pero la causa de esta patencia invariable es rara: "sus brocales arden", oxímoron o absurdo. Brocal es el antepecho que rodea la boca de una noria, para evitar caer en ella. Tiene que ver, por eso, con 'agua'. Es, entonces, sólo textual esto de que "ardan". Tampoco sirven bien como descripciones de los dos lugares. Sólo se asocia con Montegrande, por estar rodeado de cerros secos y tener, sin embargo, agua del río. Pero no parece tener que ver con el significado de "Yucatán", lugar selvático de grandes lluvias. Pero estas lluvias y aquel río, autorizan la presencia del componente 'agua' de "brocal", y pueden generar, por inversión de 'agua' a 'fuego', el verbo "arden", que tiene relación con un componente del poema que lo pervade íntegro: 'amor' y también 'esplendor', 'luminosidad'.

Las "dos estrellas" parecen doblar la única que en los Evangelios aparece guiando a los tres magos hasta el establo de Belén donde María y José adoraban a Jesús. Estas dos sirven de guías hacia un lugar de nacimiento doble, que de alguna manera fija dos puntos cerca de los extremos de la América Hispana. Son, en el poema, Belenes comunes para todos los nacidos en la Tierra. La estrella bíblica anunciaba el nacimiento del Mesías. Estas estrellas del poema, que caen sobre Montegrande y el Mayab sacralizan y hacen excepcionales a estas dos regiones donde tienen su patria los de este lado del mundo. Las dos patrias se multiplican, al reproducirse en cada piedra que forma el umbral de las casas lugareñas. Cabe recordar a esta altura que el Mayab es lugar de los indígenas Mayas, una de las civilizaciones más antiguas entre las grandes del Nuevo Mundo. El manejo textual de estos componentes aparece aquí realzado por la comparación implícita con "Montegrande", pueblito agrícola insignificante por todos conceptos, pero que en la región, por sus semas de 'pobreza', 'humildad', 'distancia' (en tiempos de la Mistral), se aproxima textualmente a "Mayab", lugar de indígenas mayas explotados, abusados, asesinados en masa. Pero estas estrellas no se "contaron por muertas", es decir, a pesar de estar en piedras de umbral, en casas de pobres, donde estas piedras señalaban el límite entre el suelo de tierra exterior y el suelo igual, pero distinto del interior de la casa india. Es 'pobreza', 'humildad' el contenido de estas dos estrellas que no por eso se las ha contado por muertas. Siguen siendo estrellas. Y la manera de arder que tenían sigue activa: "el canto que las ardía / nunca dejó de llamar". Siguen llamando a quienes las tienen por patrias. Y se las compara con "Aldebarán", estrella famosa por su brillo y por ser el seguidor incansable de las siete Pléyades. Son vagabundos ("a más andamos") los hijos de estas patrias, pero su errancia no las achica, al revés, las hace mayores.

Las tierras de estos lugares son arenosas, desérticas, sobre ellas crecen espinos, y estos componentes las emparientan con algunos aspectos de los Evangelios, la corona de espinas de Cristo, y también los arenales de Jerusalén. En estos dos puntos sagrados las gentes han construído viviendas, y las marcas de bendición del lugar están en cada piedra. Los cantos de estas piedras arden permanentemente, incluso desde muy lejos esta luminosidad es visible.

La estrofa tres descarta que la noche pudiera suprimir este fulgor de las dos patrias americanas. 'Tiempos de oscuridad' es frase hecha, que dice tiempos malos, de guerras, de persecuciones, de opresión. Pero ni la oscuridad más cerrada (la de la pobreza, el desprecio, el abuso, el desamparo) consigue suprimir su luz. El poema aumenta la cualidad mágica de estos lugares cuando agrega el vuelo real de dos alciones. Ciertamente que la palabra "Mayab" contiene componentes como 'ruinas Mayas', 'pasado esplendoroso', 'civilización no europea', 'monumentalidad'. Y contrastan estos elementos imponentes con las humildes y precarias construcciones de la aldea de Montegrande. Dos cosas igualan a estas regiones: ambas comparten la gracia de la luz. Los versos 17 y 18 rematan la estrofa con un signo dual. "Alción" es el pájaro de presa que se llama martín pescador, pero es también el nombre de la más brillante de las Pléyades, de modo que estas dos patrias son al mismo tiempo un pájaro "real" y una duplicación, un incremento de una estrella de especial brillo. A la humildad de las "piedras de umbral" se agregan ahora componentes estelares, y componentes de vuelo y realeza.

Las "dos espaldas en duelo" de la cuarta estrofa introducen un aspecto nuevo en el poema. Hay algo para deplorar, para lamentar en todo esto. Quizá la muerte de alguna raza, de alguna cultura. Sin embargo, este duelo tiene un aspecto positivo, produce "un calor secreto". Entre las implicaciones metafóricas de "calor" encontramos 'amor', 'cuidado', 'protección'. El "duelo" es entonces presumiblemente relativo al origen y al amor que lo acompaña. El predicado "secreto" refuerza la cualidad positiva de este amor. Es algo de que no se habla, quizá porque se trata de algo muy íntimo. Por otro lado este calor secreto armoniza bien con el canto ardiente de las piedras anteriormente mencionadas. Estas espaldas vigilantes y cuidadoras, de grandes cervices, pertenecen a este lugar sacro, y son "tercas de fidelidad". El poema destaca que estas dos espaldas, tercas, fieles, "volvieron el rostro para no mirar a Cam".

El motivo del dorso y la cerviz ya apareció en "País de la ausencia", para decir el dolor humano, el cansancio de las espaldas al término de un día de labor agotadora. Dobladas sobre sí mismas, allí hablaban de explotación, mientras que en el poema que nos encontramos examinando, las espaldas vigilantes, tercas y fieles corresponden a entidades que se respetan a sí mismas y que orgullosas sirven de guía a los de su comunidad.

En la Biblia se dice que Noé maldijo y condenó a la servidumbre a los descendientes de Cam. Este castigo lo recibió el hijo por haber inducido a sus hermanos a mirar a Noé que yacía desnudo mientras dormía la borrachera. Sem y Jafet entraron a la habitación donde dormía el padre, dándole la espalda, para no ver su vergüenza. Portaban una tela con que cubrieron su desnudez. Noé castigó la falta de respeto de Cam, condenando a todos sus descendientes a la servidumbre. De este origen dice la leyenda que provienen los africanos, que llevan en el color la marca de la maldición. El poema altera la narración bíblica y extiende la maldición hasta los no blancos de América. Las dos patrias del poema no quieren mirar a estos descendientes malditos, para no ver su humillación de pobres y siervos. Sin embargo, tan pronto se las invoca acuden en auxilio del que sufre.

El poema compara las espadas con "madres en soledad". Madres que dieron "el flanco y la leche", para luego ser abandonadas ¿por sus hijos ingratos? ¿por los invasores que se los engendraron? La traición de Cam de manera no expresa se impone nuevamente en el poema. Como estos hijos que recibieron todo de la madre y luego renegaron de ella, Cam también fue ingrato con su padre.

A pesar de la ingratitud de los hijos, las madres perdonadoras no han abandonado la esperanza de que sus hijos puedan retornar al hogar. Para que ellos no equivoquen el camino, facilitan dos señales: "los pies blancos de la ceiba y el rescoldo del faisán". Estos rescoldos o brasas nuevamente atraen al poema el calor del hogar. Este lugar sacro, es entonces muchas cosas, es el lugar del origen del Cristianismo, tiene elementos que permiten asimilarlo al imperio azteca, y es también el hogar, donde las madres aguardan pacientemente el regreso de sus hijos.

El contenido de la estrofa sexta es la marcha de regreso de los hijos a este lugar sagrado. Ya no reniegan de sus patrias. Mientras más se alejan del mar, caminando valle arriba, menos interés tienen en volver la vista atrás. El poema opone mirar hacia atrás ("se vuelve la vista atrás") a recordar el pasado ("la memoria es un despeño"). A medida que el caminante repecha el monte va olvidando su pasado inmediato, y va recuperando los recuerdos de su pasado más lejano. Esta recuperación lo llena de gozo, "y es un grito el recobrar".

Da la impresión de que en la última estrofa se confundieran los dos lugares sacros, y de que el poema los incluyera a ambos en una sola y misma descripción. En ella encontramos piedras, regazos maternos, jades, leños que calientan el hogar. Las piedras y los jades corresponden presumiblemente al Mayab, mientras que el viejo regazo y el fuego pertenecen a la aldea de Montegrande. Creemos que para la voz del poema no hay diferencia entre estos dos lugares y que los iguala el carácter sagrado de ambos. También, que ambos correspondan al origen de los caminantes que ahora regresan.

El poema termina con unos versos plenos de aliento de los hijos a sus madres: "Ya podéis secar el llanto". Las madres, que hasta ese momento aguardaban fieles y vigilantes a sus hijos, salen al encuentro de los que regresan al hogar. Y entonces ocurre un milagro, el Tiempo se detiene, y en ese instante eterno se recupera el pasado de la raza americana. Y junto con eso, la voz del poema recupera el pasado familiar suyo, aquel que vivió en esa pequeña aldea de Montegrande.

 

NOTAS

1 Este trabajo corresponde a un capítulo de una investigación que nos encontramos realizando (1998-2000), financiada por Fondecyt, cuyo título es Examen comparativo entre los textos de Gabriela Mistral, María Luisa Bombal y Violeta Parra.

2 La cita entre paréntesis corresponde a un pasaje de una entrevista que le hizo Santiago Rivera, que tituló "Gabriela vuelve a la patria después de 10 años". Fue publicada en la revista Ercilla en Santiago de Chile el 13 de mayo de 1938. El pasaje dice así:

"Había que carecer de sesos en la cabeza para no tener conciencia del dolor de España. Pero quiero dejar en claro que pese a los interesados esfuerzos realizados por terceros para abanderizarme a determinado bando, he demostrado mi amor por España con hechos concretos, no con declaraciones. He ayudado en lo posible, por medio del Instituto de Cooperación Intelectual, a los profesores huidos de su patria y a los pobres niños vascos que andan desparramados por Europa. De ahí la publicación en "Tala" en Buenos Aires, para su venta en América, y en Barcelona para su venta en Europa. ­Admiro a un pueblo que defiende su territorio, y que lucha con tanto heroísmo­".

3 Cf. los tres tomos escalofriantes del llamado "Informe Rettig". Elaborado por una comisión ad hoc, formada por los señores Raúl Rettig (Presidente), Jaime Castillo Velasco, José Luis Cea, Mónica Jiménez, Ricardo Martín, Laura Novoa, Gonzalo Vial, José Luis Zalaquett y Jorge Correa, se publicó bajo el título

4 En la obra Nosotros y los otros, Tzvetan Todorov, cita un pasaje de Helvetio que revela la perspectiva prejuiciosa con que los pueblos juzgan las costumbres de los demás: "Lo que en cada país se llama cordura, no es más que la locura que le es propia. Por consiguiente, los juicios que unas naciones emiten sobre otras nos informan acerca de quienes hablan, y no acerca de quienes se habla: en los otros pueblos, los miembros de una nación no estiman más que aquello que les es cercano. Cada nación convencida de que es la única que posee la cordura toma a todas las demás por locas, y se asemeja bastante a aquel habitante de las Marianas, persuadido de que su lengua es la única del universo, llega a la conclusión de que los demás hombres no saben hablar". (México: Siglo XXI, 1991, p. 30).

Lo que se dice en este pasaje se aplica al poema que examinamos. La mujer siente que las gentes que viven en este país extranjero la observan con extrañeza, como si fuese bárbara o loca. Estas gentes diferencian sus formas de vida de las de ella, y prejuzgan las de la mujer. Lo de ella siempre llevará una marca de valor negativa, porque es desacostumbrado en esta región, y mientras lo sea producirá alarma en quienes la rodean.

5 Como se puede ver, ninguna de las tres lecturas que proponemos coincide con la que ofreció para este pasaje la investigadora Eliana Ortega. Ella leyó estos versos como una cifrada manera de decir un amor que no se ciñe al mandato de la heterosexualidad. Cito: "Mistral incorpora suma prudencia ante la sexualidad radical, prudencia que asume el gesto verbal de desplazamiento del sujeto, del incorporar la invocación de la magia, que permita el desvío verbal para nombrar veladamente el placer de lo erótico a través de la ausencia, de lo innombrable" ("Otras palabras aprender no quiso"; la diferencia mistraliana" en Revista Nomadías, Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 1998, No. 3, pp. 38-43).         [ Links ] Siento que hay sobreinterpretación en esta lectura, y que el predicado blanco, en vez de nombrar veladamente un amor prohibido, está para decir lo contrario, para atraer a estos versos el significado de pureza y espiritualidad.

 

REFERENCIAS

"Otras palabras aprender no quiso"; la diferencia mistraliana" en Revista Nomadías, Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 1998, No. 3, pp. 38-43

Raúl Rettig (Presidente), Jaime Castillo Velasco, José Luis Cea, Mónica Jiménez, Ricardo Martín, Laura Novoa, Gonzalo Vial, José Luis Zalaquett y Jorge Correa. Informe de la comisión nacional de verdad y reconciliación. 3 vols. Santiago de Chile, 1990.        [ Links ]

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