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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.36 n.53 Valparaíso  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342003005300003 

Revista Signos 2003, 36(53), 39-50

LITERATURA

El Mundo Nuevo en tierras españolas: El chileno en Madrid de Joaquín Edwards Bello

The new world in spanish lands: Joaquín Edwards Bello's El Chileno en Madrid

 

Mariela Insúa Cereceda

Universidad de Chile

Chile


RESUMEN

El artículo analiza la novela El chileno en Madrid (1928) de Joaquín Edwards Bello en el contexto de la novela mundonovista hispanoamericana. Consideramos que esta obra enriquece el corpus de novelas mundonovistas puesto que entrega una nueva mirada, la cual consiste en ubicar el conflicto hispanoamericano del desarraigo en tierras españolas. Desde el punto de vista narrativo, la novela plantea una superación de los postulados naturalistas y funda un discurso innovador.

Palabras claves: mundonovismo, mestizaje, viaje, desarraigo.


ABSTRACT

The novel El chileno en Madrid (1923) is analyzed within the context of the mundonovista Spanish-American fiction. The article's author olds that this novel expands the corpus of mundonovista novels, as it offers a new outlook by placing the Spanish-American theme of uprooting in Spanish lands. Also, this novel goes beyond the naturalistics postulates and institutes an innovating discourse.

Keywords: mundonovismo, crossbreeding, travel, displacement.


 

INTRODUCCION

1. Desarraigados y fundadores

Octavio Paz plantea que toda literatura se levanta frente y, generalmente, contra una realidad histórica.1 Considerando esta premisa, el autor postula que la particularidad de la literatura hispanoamericana residiría en que esa realidad, que acoge la pregunta que el creador ha de responder, guarda el germen de la utopía que otros crearon.2 Así, América, nombre de una tierra de bonanzas futuras, perdía la posibilidad de acuñar la propia historia y, con ello, se abría la brecha del desarraigo que nos condenaba a ser "mundo nuevo".3

La novela hispanoamericana decimonónica acoge la función de afirmar escrituralmente la fundación de las naciones americanas y la plasmación de su identidad, para lo cual los autores asumen como propio el eco ajeno del realismo europeo y su máxima de la obra como "expresión de la sociedad". Luego, esta concepción se vería influenciada por las fuerzas experimentales y positivistas del naturalismo foráneo llevando a replantear la función de la literatura en aras de afincarse en un plano cognoscitivo de raigambre cientificista.4 La entraña americana se transforma en objeto de interés documental. Así, la mirada del creador penetra el entorno con afán interpretativo y descubre la particularidad de un medio y de una raza compuesta de diversidades. Era el comienzo del camino del retorno.

En 1927, el novelista chileno Francisco Contreras, en el proemio a su novela El pueblo maravilloso, enfatiza que el terruño americano posee un acervo tradicional mestizo que la literatura debe rescatar como materia novelable.5 Cabe señalar que esta propuesta de Contreras no apunta a un enfoque pintoresco ni costumbrista del entorno. Por el contrario, se pretende configurar a la realidad americana de modo integral procurando interpretar la psicología subyacente. Asimismo, este texto, que constituye un auténtico programa literario, ostenta una diferencia con respecto al contexto naturalista, ya que la riqueza tradicional posee una serie de ingredientes que supera la capacidad del análisis racional.6

Francisco Contreras acuña el término Mundonovismo para nominar a esta sensibilidad naciente de su generación, la cual aspiraría a crear una "literatura autónoma y genuina" inspirándose en el "tesoro tradicional" que compendia las "sugestiones" de la tierra, la raza y el ambiente.7 El Mundo Nuevo vuelve a ser centro y, esta vez, el desarraigo original parece disminuir con la irrupción de una novela que funda en tanto documenta y crea.

En las próximas páginas, estudiaremos una obra del autor chileno Joaquín Edwards Bello, quien ha sido vinculado a la generación mundonovista. Lo notable es que la obra a analizar, El chileno en Madrid (1928)8, tiene como escenario un espacio extranjero y un cosmos de personajes cuyo rasgo primordial es el casticismo. A este ámbito, llegan sujetos provenientes del mundo americano. Ellos cargan con el desarraigo y la diversidad que son sus estigmas constitutivos y arriban al Viejo Mundo buscando, huyendo y esperando.

A continuación, procuraremos comprobar que los postulados mundonovistas pueden desplegarse en un plano mimético afincado en tierras españolas. Mas nuestro objetivo fundamental será plantear a esta obra como una novela fronteriza, a nivel diegético, en tanto su narrador mantiene una relación ambivalente con el narrar naturalista al fundar un discurso que innova y a nivel fictivo, en tanto sus personajes son seres a medio camino.

2. Base crítica de datos

La publicación de El chileno en Madrid, en 1928, no dejó indiferente a la crítica que conocía a Joaquín Edwards Bello por obras tan polémicas como El Inútil (1910), El Monstruo (1912) y sobre todo El Roto (1920), obra que el mismo autor planteara como "cosmorama del pueblo chileno"9.

Uno de los primeros en comentar la nueva novela de Edwards, fue Raúl Silva Castro, quien, el mismo año de aparición de la obra, publica un artículo en el que rescata al autor como "escritor viajero".10 El crítico valora la consistencia de la pintura del Madrid de los bajos fondos que la obra presenta y entabla un parentesco entre el proceder del novelista chileno y la obra de Pío Baroja. Así, afirma que "ambos escritores buscan los mismos tipos, un poco al margen de la sociedad común y a veces en abierta pugna con sus normas orgánicas."11 Sin embargo, existe una diferencia básica entre ambas producciones, ésta radica en que el autor español trabaja con mundos cerrados en los cuales no hay salida, mientras que el chileno ve, en esos parajes oscuros, aspectos paradisíacos.12

El emplace de la acción en tierras europeas llevó a los críticos a entablar vínculos con obras predecesoras, tales como Los Trasplantados de Blest Gana y Rastaquoére de Alberto del Solar13, como así también con una novela situada en España, El embrujo de Sevilla del uruguayo Carlos Reyles.14 De este modo, El chileno en Madrid, se suma a una cadena de obras hispanoamericanas que pusieron énfasis en la tensión que produce el trasvase de un mundo a otro.

Uno de los aspectos más marcados por los estudiosos de la obra de Edwards Bello es la incorporación de lo autobiográfico a la ficción. El chileno en Madrid recoge una serie de experiencias supuestamente vividas por el autor en sus numerosos viajes a la tierra madre que serían luego atribuidas al protagonista, Pedro Wallace. En este sentido, Vicente Urbistondo ha recalcado que, en la novela, el autoanálisis que deriva de la presencia de elementos autobiográficos pone en jaque al objetivismo naturalista en lo que se refiere a la constitución de la figura protagónica.15

Una de las críticas negativas que ha recibido esta novela y que se ha extendido a toda la novelística de Edwards hace referencia a los lapsus gramaticales que el autor comete recurrentemente y a los finales felices abruptos.16 Estos errores son atribuidos al ímpetu propio de la crónica periodística que suele inundar las páginas de las novelas. Ante esta afirmación, nosotros preferimos quedarnos con la respuesta que el propio autor diera a estos comentarios: "El libro americano debe ser un descentrado. Mejor le vienen las alpargatas que el coturno (...)."17

Arturo Torres Rioseco, quien considera a El chileno en Madrid como la obra maestra de Edwards, sugiere, como segundo título para la novela, "Interpretación de España".18 Desde la otra orilla, Ramiro de Maetzu, ensayista y periodista de la generación del 98, decía que esta novela era Madrid y que en ello radicaba su mérito.19 Consideramos que en estas afirmaciones late un sentido profundo que valora un acercamiento al mundo hispánico que no es un simple ejercicio de observación naturalista. Tal vez, quien mejor supo avizorar este cambio de énfasis fue Augusto D'Halmar al proferir que en El chileno en Madrid se plasma "el dilema trascendental del viejo y el nuevo mundo, con sus recíprocas incomprensiones y también con su consanguinidad fundamental y tradicional"20. Y en este sentido, se puede deducir que el viaje que retrata esta novela es emblema de un viaje al origen del desarraigo.

3. Plano narrativo

La novela se encuentra dispuesta en veintinueve capítulos que narran las peripecias que vive Pedro Wallace en tierra española. Este chileno ha llegado a la península en busca de su hijo y amada, abandonados años atrás sin dar explicación. Ahora, la riqueza obtenida gracias a sus inversiones en Valparaíso le permite presentarse dignamente frente aquel proyecto de familia que dejara en suspenso. Para que la pesquisa sea más fructífera, Pedro se aloja en casa de los parientes de un amigo que lo ha acompañado en el viaje. Esa morada será una ventana a la hispanidad y, asimismo, un reducto desde el cual será plausible analizar el terruño dejado más allá del océano.

La crítica ha considerado que la composición argumental de esta novela es débil y que es, más bien, un pretexto para presentar un compendio de costumbres y tipos madrileños.21 Esto se ve favorecido por la focalización móvil del narrador que generalmente se ubica con el protagonista, pero que por momentos se independiza para dar panoramas del entorno. La narración se sustenta en una acción de observación permanente y, en este sentido, concuerda con el afán naturalista de dar cuenta, a cabalidad, del medio y de su gente. Mas esta observación, es el paso inicial que lleva a interpretar ese mundo circundante y al sujeto extranjero que recorre sus calles.

El punto de vista diegético no es el de un narrador experimentador que sigue al "chileno" en sus andanzas españolas con el fin de comprobar una hipótesis a priori. El narrador se compromete lanzando diatribas a diestra y siniestra, hecho que lo aleja del objetivismo naturalista. Asimismo, las descripciones de los rincones del bajo mundo madrileño están pobladas de momentos poéticos en los que el tono subjetivo se abre paso. Ello se ve complementado con la intercalación de fragmentos de cantares y coplas populares que son entonados por los personajes y que suelen reflejar la "pena negra" que los abruma.

Pedro Wallace, como sujeto, encarna el conflicto del desarraigo y lo notable es que es consciente de ello. Por lo mismo, la narración que lo retrata y el discurso indirecto libre que deja entrever su batalla interior, posee un ácido tono de crítica. Sin embargo, en las abundantes digresiones a cargo del narrador o en aquellas que se despliegan en medio de los diálogos, se muestra un anhelo de ir más allá de la mera denuncia.

En conclusión, El chileno en Madrid y la obra de Joaquín Edwards Bello, en general, apuntan a la crítica que busca la reforma social. En este sentido, concordamos con Vicente Urbistondo en que la ideología que subyace a la escritura de Edwards es más humanitaria que positivista.22 Por lo expuesto, la diégesis de la obra que estudiamos va más allá de las fronteras de la novela experimental.

4. Dos extraños en el mundo

Pedro Wallace parte de Chile en compañía de Julio Assensi. La amistad, entre ellos, se fundamenta en una especulación conjunta en la Bolsa que ha enriquecido las arcas de ambos. Julio Assensi valora a Pedro por sus conocimientos mundanos y, por ello, lo considera un camarada ideal para lanzarse a la aventura del viaje a Europa. Sin embargo, las motivaciones de cada uno difieren. Julio viaja porque la excursión europea es un requerimiento social en las esferas altas en las que se mueve. Él pertenece al grupo de inmigrantes de origen desconocido que logró amasar fortuna en Valparaíso. Ha nacido en España, pero el retorno a esa tierra no le provoca más que el pesar de tener que lidiar con unos parientes que sería mejor ocultar. Por otro lado, Pedro ha vivido durante sus años de juventud en la capital española. Allí, ha dejado a su hijo y a la mujer que amó en sus días de bohemia. El retorno, para él, es una necesidad de subsanar la falta cometida.

Pedro Wallace pertenece a una familia chilena de tres generaciones en el país, pero ha tenido la suerte de heredar un apellido extranjero que suena bien. Del mismo modo que Julio, ha recibido esa educación porteña "semi-inglesa", frecuenta los centros de moda y tiene contacto con personajes encumbrados. Sin embargo, Pedro se encuentra en un estadio distinto al de Julio, en lo que a la comprensión del mundo circundante respecta, pues capta críticamente al círculo de boato que a su amigo deslumbra. Por ello, se puede afirmar que Pedro es un extranjero en su propia tierra. A esto, se debe agregar que Wallace conoce, en profundidad, las ciudades europeas, lo que le aporta otra perspectiva.23 Este conocimiento lo muestra como un personaje fuerte con respecto a sus compatriotas. Pedro no es un viajero a la deriva, tiene un rumbo y conoce el suelo por el que se mueve.

Ya en Madrid, Julio, a insistencia del amigo, visita a sus familiares. La tía y su prima habitan en un edificio en ruinas situado en la popular calle Aduana. Los ruidos, el aroma a guisos y la ropa tendida de un balcón a otro le advierten a Julio la vergüenza por la que habrá de pasar. Es un chileno por adopción en lo que al "estiramiento criollo" (p. 38) se refiere. Entre tanto, Pedro espera "descubrir un mundo" (p. 37) en esa familia plebeya y conocer, a través de ellos, la ciudad "en sus mismas entrañas" (p. 38). El narrador describe la oposición entre la visión de mundo de los dos amigos en los siguientes términos:

"(Julio) estaba en el primer período de la lucha por la vida. Pedro ya iba de vuelta. ¡Qué contraste hacían ambos! Mientras a Julio le seducían los palacios, las sedas, las luces, las señoritas, a él le gustaban las obreras, los percales, las casas de vecindad con sus plebeyas discusiones." (p. 56).

La casa de los Assensi es una pequeña muestra de casticismo. Allí, habitan junto a la tía Paca y a la prima Carmencita una galería de personajes típicos: Mandujano, el jugador mantenido; Curriquiqui, el carterista; la sirvienta Angustias, madrileña por excelencia, y un cura sucio y glotón que parece extraído de la picaresca. Ante este panorama, Pedro siente que se levanta el telón para comenzar una zarzuela de la que él será espectador.24

Tras la poco protocolar primera comida familiar, Julio decide alojar en un hotel de lujo en la Gran Vía. Pedro, por su parte, opta por arrendarle un gabinete a la dueña de casa, pues le interesa hacer un estudio de costumbres de ese ámbito cercano a la mujer y al hijo que busca. Sin embargo, para mantener las apariencias y contentar a Julio, decide tener una pieza en el Hotel Roma, a fin de recibir allí la correspondencia y las visitas ilustres. Esta estancia en un ámbito y otro muestra al protagonista la escisión de la que es víctima. La vida dejada en América que creyó superada aún lo somete, obstaculizando el encuentro de aquel bien perdido por culpa de las ridículas apariencias. Lo notable es que Pedro se sabe esclavo y se rebela contra el determinismo del medio. Este factor constituye una innovación con respecto al tratamiento de los personajes naturalistas que suelen no tener conciencia de su sometimiento.25 Así, lo retrata el discurso indirecto libre del narrador:

"Le daba rabia esa pieza del Hotel Roma, la pieza de la farsa, del chic, de la sociedad, la pieza para la galería, para eso que le costó la pérdida de su hijo... Porque pudo partir con él a Chile, en segunda o en tercera, y lo sacrificó a la conveniencia social, a las imposiciones de su medio donde nació, como ahora sacrificaba estúpidamente unas pesetas mensuales para tener esa guarida aristocrática (...)" (p. 108).

El "chinelo" ­nombre con que será bautizado en la barriada­ romperá con el orden precario allí reinante. En un comienzo, será el extraño mirado con resquemor. Sin embargo, más adelante, Pedro asumirá un rol salvador al proveer aquello que es escaso en ese mundo rebosante de gracia: la materia. No deja de ser llamativo que esa morada, que él iluminará con el poder del dinero americano, se encuentre en la calle Aduana, la cual, según indica el narrador, fue, durante la época colonial, el sitio donde llegaba el oro proveniente de Indias.26 Así, de extraño pasa a ser el rector de esos destinos, "un Júpiter pronto a manejar su pequeño Olimpo" (p. 151). No obstante, su imperio tendría fin y otras leyes terminarían sometiéndolo.

5. El paisaje madrileño

El chileno deambula por las calles madrileñas a la espera del hallazgo de lo perdido. En sus itinerarios va descubriendo el "hondón" de esa gente y la densidad legendaria que abunda en su calmada crónica cotidiana. Por ello, se podría afirmar que Pedro emprende otro viaje, esta vez hacia la "intrahistoria" española, aquella que don Miguel de Unamuno describiera como "la tradición eterna, la verdadera sustancia del progreso".27 Así, los hechos notables son dejados al margen para dar paso al despliegue de lo pequeño: el vocerío del mercado, el griterío mañanero de los churros, el chismoseo de las vecinas de un balcón a otro, la letanía de piropos, el ingenio de los refranes, las trágicas coplas y el quejido del cante jondo.

Recordemos que Francisco Contreras planteaba que la riqueza americana se afinca en una tradición de naturaleza oral, marcando que el aporte hispánico es fundamental en la conformación de la misma.28 En esas palabras del pueblo lanzadas libremente al viento, anida lo maravilloso y, en este sentido, España es escuela de la palabra portadora de maravilla. Y esas palabras son los pilares que han de sustentar la identidad inalienable de un puñado de hombres que batalla por seguir siendo.

Pedro, en sus itinerarios, descubre la sabiduría de un pueblo mayormente analfabeto que no se ha dejado contaminar por la luz de la instrucción normada. Así, ese paisaje humano se alza como una isla rebosante de la inocencia de lo primitivo:

"Se veía que toda esa gente era sana, con una salud aparte hecha de ignorancia y temperancia; es decir, hecha de inocencia. Ni los silabarios del odio de clases ni las quintaesencias del comer y el vestir habían llegado a ellos." (p. 100).

Angustias, la niña de los recados en casa de doña Paca, representa el orgullo del pueblo madrileño. En la muchacha late la fuerza de la raza española fraguada en el cruce de diversidades. La herencia semita duerme en ella, comunicándole el valor de la caída y el halo de la fatalidad. Podríamos decir que Angustias representa al Madrid remoto que pugna con una ciudad naciente contaminada de modernidad:

"Sería madrileña de un Madrid primitivo que se llamó Magerit y sus abuelos saludarían la puesta del sol en la mezquita de la plaza de Lavapies donde el chulerío de ahora toma el vermut con tapa al son del piano automático." (p. 80).

El narrador, sumándose a la estela de la pintura goyesca, establece que hay dos Españas: la popular, colorida y desbordante de vitalidad y la oficial, conducida por un puñado de aristócratas ridículos.29 La España de corona es mostrada como invasora en el cauce pueblerino. Esto se ilustra en el paso del rey por la Puerta del Sol. En ese momento, simbólicamente, se paraliza el rumoreo del piropo para ver avanzar la procesión del monarca vestido de levita inglesa. La descripción irónica de la escena sugiere que el poder político carece del brío castizo definidor de la identidad:

"Daban ganas de decirle: ¿Por qué, señor, tú que tienes sangre de Rey galante, tú que eres majo y simpático, tú que has vivido las grandes emociones españolas, por qué pasas así con esa cara de turista y ese traje de Londres?" (pp. 167-168).

Pedro observa esta disyunción desde el margen de su extranjería. Ha caminado estudiando las costumbres de ese mundo otro. Sin embargo, la sustancia de lo hispánico lo penetra hasta el punto de motivar en él un retorno interior al origen, al pasado desprendido de oropeles:

"Estaba transformado como hombre que hiciera pacto con el demonio. Experimentaba la dicha de poderse ofrecer con el interés de lo imprevisto, lo mismo que se le ofrecían a él los seres y las cosas. España era bella como volver al pasado, su tierra era prosaica como el presente." (p. 99).

Mariano Latorre, siguiendo el llamado tolstoiano, invitaba a sus contemporáneos a ahondar en el rincón de lo propio.30 Pedro Wallace ahonda en parajes que son ajenos pero también propios y descubre allí la sustancia vital de lo auténtico.

6. La noble autenticidad del pueblo

Una vez que Pedro se ha establecido en Madrid, decide no tener contacto con sus compatriotas. Los considera chismosos y los peores enemigos que uno puede tener en el extranjero. Sin embargo, deberá presentarse en la legación chilena, pues recibe una citación. Julio estaba involucrado en la organización de una revolución monarquista, en Portugal, que comprometía al país y requerían información acerca de su paradero. Pedro acude con desgano al lugar y mientras espera al ministro contempla a las secretarias realizando trabajos insulsos. Sus tareas mínimas, que aparentan ser más, constituyen un montaje para que los chilenos turistas piensen que allí se trabaja. El Ministro de larga barba también es un actor en este ambiente de comedia. Así, ese reducto americano en Madrid, muestra de la existencia plagada de inautenticidad que Pedro había dejado atrás, contrastaba con la vida castiza concentrada en sí misma y libre de máscaras:

"Pedro comparaba la veracidad y la severidad de la vida española, donde él se sumía y revoloteaba como una mosca, con la vida americana siempre imprecisa y mentirosa, con un gran sabor de payasada. Ese Ministro que acababa de ver y muchos otros se le figuraban payasos haciendo una pantomima de la diplomacia." (p. 165).

Esta descripción es muestra de una América "civilizada" como ámbito donde todo pierde su identidad. Incluso se sugiere que los inmigrantes que llegaron, esperando cumplir sus sueños, vieron diluida su fortaleza, pues el páramo americano, abundante en riquezas, cegó sus metas. Ejemplo paradigmático es Julio, un ser difuso que se suma a empresas ajenas por el mero hecho de figurar. Así, guiado por otros, participa en la formación de un ejército que termina siendo un chasco, planeado por unos galopines españoles para sacar dinero a los incautos.

Ante este entramado de representaciones vacuas, la voz narrativa parece acoger el temple de un grito desesperado y proclama que ese Nuevo Continente, que fue el sitio donde se pintó la utopía, en verdad no es más que un "productor de fracasos" (p. 157-158). Sin embargo, en el pueblo sea español o americano, se gesta "una reserva de humanidad" (p.100) por rescatar. Por ello, el contacto con esta esfera pueblerina puede mostrar al viajero la nobleza de los desposeídos.

La autenticidad del pueblo se halla particularmente representada en el personaje de Curriquiqui. El carterista será el contrincante fundamental de Pedro en el espacio de la pensión. Para Curriquiqui todo es pasión y la vida se le plantea como una contienda permanente. Carmencita es la mujer a la que ama y está dispuesto a enfrentarse al intruso que ha llegado con sus bolsillos rebosantes de dinero. En variadas ocasiones, expone ante Paca y su hija que su hombría vale más que las monedas. La libertad es su riqueza y por ella se bate:

"Soy de las tierras del Gran Capitán, del Tenorio y de Juana la loca: no entiendo términos medios, no quiero ser el obrero explotado por cuatro pesetas, la carne de cañón; por eso me eché a la calle, a la pajolera calle donde me abrazo con la muerte como los toreros." (p. 137).

Esa "dama de las camelias con pantalones" (p. 67), como llama al chileno, no haría mella en la fortaleza de su raza. Tras la muerte de Paca, Pedro se hace cargo de Carmencita y llega a planear una vida de felicidad junto a la española. Curriquiqui, perseguido por la justicia, se oculta en un barrio periférico. Todo parece indicar el triunfo del chileno. Pero Curriquiqui encuentra la pista del hijo perdido y, así, el poder pasa a estar en sus manos. Pedro ha de depender de ese secreto.

Para Wallace, encontrar al hijo y a la mujer es un modo de abjurar del mundo de la pachotada. Su búsqueda se vuelve frenética e imperiosa, pues piensa que encontrándolos hallará un asilo auténtico. Momento relevante, en esta pesquisa, es aquel en el que se dirige al barrio donde habitara junto a Dolores y el niño. La portera de la antigua casa no le aporta mayor información, pero le cuenta que Pedrín, su hijo, había sido apodado el Azafrán porque siempre vestía un trajecito de color amarillo. Este dato motiva una larga digresión reflexiva. Pedro supone que ese atuendo vergonzoso debió ser compuesto por Dolores con los retazos de las ropas que él olvidara al partir. Esta suposición transporta al chileno al pasado junto a esa mujer que tanto tenía de "atardecer de pueblo y de pan candeal" (p. 59), esa mujer que llevaba estampado en su nombre un destino de dolor. Ella, en el zurcido, en la sopa hecha de sobras, en el abnegado amor y en la espera constante mostraba la profunda nobleza de la mujer española.

En la novela, las mujeres tienen una presencia decidora. Paca, es la fémina que ama hasta la muerte; Carmencita es imagen del honor y de la virginidad, Angustias muestra el orgullo de ser plebeya y Dolores encarna el sacrificio de la maternidad. Así, el universo femenino compendia la autenticidad del mundo hispánico.

CONCLUSION

7. Madrid, Ciudad Madre

Las referencias a la maternidad hispánica son abundantes en el discurso diegético de El chileno en Madrid. Veamos algunos ejemplos:

"La madre española cubre con su calor espiritual a los hijos, siguiéndoles en las vicisitudes de la vida: los sigue hasta la cárcel y hasta el vicio" (...)

Las madres populares dan de mamar en cualquier parte, esa cosa que choca en un principio al forastero; pero luego aprenden a reverenciar esa visión tierna y sedante de la vida española." (p. 116).

"(La maternidad) domina la vida española en una forma que otro europeo no podrá comprender jamás. (...) Pedro había visto brotar en su alma la luz porque llevaba dentro el drama vivo de la maternidad española que es culto de la familia, del esposo y del hijo." (p. 104).

"(...) la vida española está saturada de maternidad, tiene la gracia armoniosa de una mujer con el niño en brazos." (p. 131).

En la novela que estudiamos, Madrid es matriz, hembra sensual que domina con la terquedad virginal de su honor. Madrid es también, como afirma el narrador, "ombligo", "eje poderoso", "poder receptivo, o sol de un vasto sistema planetario" (p. 120). A ella, llegan centenares de hijos pródigos en busca de asidero.

Simbólicamente, la ciudad es protección y límite, por ello, puede vincularse el espacio citadino a la mujer que como madre cría y ampara. Así, "de la misma manera que la ciudad posee a sus habitantes, la mujer contiene en sí a sus hijos".31 Madrid hace gala de esta cualidad.

Pedro contribuye a forjar una madre española y, paradójicamente, es atrapado por esa tierra madre. Madrid lo hace suyo, lo seduce con su inocencia. El encontrar a Dolores y a Pedrín, le brinda la posibilidad de anclaje. Así, compra una casa en un barrio tranquilo en las cercanías de la Iglesia de San Ginés. En ese ámbito, fundaría su nueva vida de "exchileno". El narrador asegura que en esta iglesia rezó Carmencita, rezará Dolores y de allí saldrá el viático para cada uno de los miembros de esa familia recuperada por Pedro. La novela termina con la cita de un diccionario enciclopédico que cuenta la historia de la iglesia. Esta es una historia poblada de derrumbes y reformas, incluso se menciona que allí, una vez, existió un templo mozárabe y que debajo de la capilla se encuentra una bóveda donde antiguamente se disciplinaban los fieles durante la Cuaresma. Consideramos que esta reseña de

San Ginés es una sinécdoque de la tradición hispánica hecha de caídas y reconstrucciones. El sujeto americano es parte de este proceso. Pedro se ha sumado al ciclo eterno de la madre.

* * *

Decíamos, al comenzar, que la noción de "mundo nuevo" acompaña a América desde su nacimiento como utopía europea. El Mundonovismo acoge las premisas naturalistas, teniendo como meta la fundación del paisaje americano y la expresión de la raza. Así, el Mundo Nuevo se consolida en el discurso. Por primera vez, América expresa abiertamente su autoctonía.

El chileno en Madrid es una novela mundonovista, en tanto plantea un conflicto que es parte del ser americano. Pedro Wallace encarna el mestizaje, condición que lo transforma en un sujeto que se mueve entre fronteras. Su viaje tiene por objetivo hallar un espacio donde aferrarse, donde adoptar una identidad posible. España surge, entonces, como paraje de acogida prístino, inocente y maternal.

 

NOTAS

1 Cfr. Paz, Octavio. Puertas al campo. Literatura de fundación. México: Universidad Autónoma de México, 1967, p. 13.

2 Idem.

3 Ibidem.

4 Cfr. Goic, Cedomil. Historia de la novela hispanoamericana. Valparaíso: Ed. Universitaria de Valparaíso, 1972. Capítulo IX: "Naturalismo" y Promis, José. La novela chilena actual. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, 1997. Capítulo I: "La novela naturalista chilena".

5 Contreras, Francisco. "El Pueblo Maravilloso (Proemio)". En: José Promis. Testimonios y documentos de la literatura chilena. Santiago: Ed. Nascimento, 1977.

6 Como expresa Cedomil Goic: "(...) sobre el esqueleto convencional de la novela experimental del período y sobre su positivismo persistente y buscado, con afán de representar con fidelidad y verdaderamente la realidad americana, se levanta una zona de misterio con que se equilibra la visión de un mundo que escapa a la aprehensión puramente racional." Goic, Cedomil. op. cit. p. 153.

7 Cfr. Contreras, Francisco. art. cit. p. 236.

8 Edwards Bello, Joaquín. El chileno en Madrid. Santiago: Ed. Nascimento, 1928. En adelante citamos por esta edición.

9 Cfr. Edwards Bello, Joaquín. El Roto. Santiago: Ed. Universitaria, 1991, p. 1. Para estudios y comentarios sobre estas obras véase: Urbistondo, Vicente. El Naturalismo en la novela chilena. Santiago: Ed. Andrés Bello, 1966, Parte III; Cabrera Meneses, Guillermo. Joaquín Edwards Bello: novelista y cuentista. Memoria para optar al título de profesor de castellano (Inédita). Prof. Patrocinante: Juan Uribe. Santiago de Chile, Universidad de Chile, 1962 y Ara, Guillermo. La novela naturalista hispanoamericana. Buenos Aires: Ed. Universitaria de Buenos Aires, 1965, pp. 46-51.

10 Silva Castro, Raúl. "La última novela de Joaquín Edwards". En: Atenea. Concepción, N 2, Abril de 1928.

11 Silva Castro, Raúl. art. cit. p. 94.

12 Este mismo aspecto es sugerido por Silva Castro cuando afirma que "la sequedad vasca de Baroja está muy lejos de la exuberancia y lozanía de Edwards Bello, que todo lo mira con simpatía y todo lo disculpa con una sonrisa." Silva Castro, R. art. cit. p. 94.

13 Obras que se relacionarán más marcadamente con la novela publicada por Edwards Bello cinco años más tarde, Criollos en París (1933).

14 Cfr. Cabrera Meneses, Guillermo. op. cit. p. 37 y Silva Castro, Raúl. art. cit. p. 95.

15 Vicente Urbistondo lo afirma en los siguientes términos: "Quien como él se interesa superlativamente por averiguar quién es y qué es en el propio escenario y hasta en otros, no puede borrar enteramente las huellas subjetivas de esa búsqueda en personajes que por emanar casi exclusivamente de lo vivido en lugar de lo observado, tienen que participar de esa natural obsesión suya". Urbistondo, Vicente. op. cit. p. 112.

16 Cfr. Silva Castro, Raúl. art. cit. p. 91 y Urbistondo, Vicente. op. cit. pp. 121-127.

17 Edwards Bello, Joaquín. "Hablando en americano" (1918). En: Promis, José. Testimonios y documentos de la literatura chilena. p. 229.

18 Torres Rioseco, Arturo. Novelistas contemporáneos de América. Santiago: Ed. Nascimento, 1939, p. 291.

19 Maetzu, Ramiro de. "El chileno en Madrid de Joaquín Edwards Bello (carta al autor)". Atenea. Concepción, N 7, Septiembre de 1928, p. 189.

20 D'Halmar, Augusto. "J. Edwards Bello y su novela española". En: Atenea. Concepción, N 55, Julio de 1929, pp. 498-499.

21 Cfr. Cabrera Meneses, Guillermo. op. cit. 48.

22 Cfr. Urbistondo, Vicente. op. cit. p. 131.

23 De hecho, cuando arriban a Lisboa hace de guía histórico de Julio y de otros turistas.

24 Cfr. p. 42.

25 Vicente Urbistondo expresa que este intento de superación de las fuerzas de la herencia y del ambiente es una de las mayores innovaciones que presenta la novelística de Edwards Bello con respecto a la escuela naturalista. Cfr. op. cit. p. 109.

26 Cfr. p. 257.

27 Cfr. Unamuno, Miguel de. En torno al casticismo. "La tradición eterna". En: Obras selectas. Madrid: Ed. Plenitud, 1966, p. 57.

28 Contreras, Francisco. art. cit. pp. 233-234.

29 Veamos el pasaje que así lo expresa: "Goya pintó las dos Españas, la política y la popular; sus nobles y ministros son unos peleles; en cambio, sus majas, sus chulos, sus chisperos llenos están de savia, de enjundia de tierra." (p. 103).

30 Latorre, Mariano. "Chile, país de rincones". En: Promis, José. Testimonios y documentos de la literatura chilena. p. 244.

31 Chevalier, J. y Gheerbrant, A. Diccionario de símbolos. Barcelona: Ed. Herder, 1988, p. 310.

 

REFERENCIAS

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