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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.36 n.54 Valparaíso  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342003005400001 

Revista Signos 2003, 36(54), 151-158

LITERATURA

El Éxodo de Solano Palacio. Memoria de un peregrinaje existencial*

The Exodus of Solano Palacio. Memory of an existential pilgrimaje

 

Haydeé Ahumada
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Chile

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

El Éxodo por un refugiado español de Fernando Solano Palacio, es la escritura de un itinerario geográfico y, a la vez, de una travesía existencial que ubica al Sujeto como una figura pública en la España de la Guerra Civil, para terminar asumiendo su nueva condición de vencido y exiliado. En este tránsito, se perfilan las marcas que impone el desarraigo en el discurso, como el sentimiento de precariedad, la nostalgia del pasado preterido y la mirada crítica hacia la guerra perdida. Con la clausura del viaje y de la memoria que se consigna, Fernando Solano Palacio funda la escritura del Exilio Español Republicano en Chile.

Palabras Clave: Exilio, exilio español republicano, memoria, escritura testimonial.


ABSTRACT

Éxodo por un refugiado español, written by Fernando Solano Palacio, is the writing of a geographical journey and, at the same time, it is an existential pilgrimaje that places the subject as a public figure in the of Civil War in Spain, ending up assuming his new failed and exiled condition. In this journey, the exile features in the discourse are clearly detected, as a feeling of precariousness, nostalgie of the past, and the critical view towards the failed war. With the closure of the journey and the memory that is written, Fernando Solano Palacio founds the Exiled Spanish Republican discourse in Chile.

Keywords: Exile, Spanish republican exile, memory, testimonial writing.


 

El Éxodo, por un refugiado español (Solano, 1939), corresponde a la escritura apasionada de un itinerario geográfico y existencial, que Fernando Solano Palacio inaugura en los días previos a la caída de Barcelona y la derrota definitiva de la causa republicana, a fines de febrero de 1939; continúa luego con los avatares del paso a Francia y los detalles de la vida a bordo del Winnipeg, en su mes de travesía hacia Chile, para clausurarse con el desembarco y la reinstalación del escritor en el nuevo referente social y político que le abre el puerto de Valparaíso.

El texto se constituye con el impulso de la memoria y comporta la mirada de un sujeto que se reconoce en el bando de los perdedores, calidad en la que toma parte de esa tragedia colectiva que significa el exilio. La escritura se funda, entonces, en la tensión que supone el protagonismo y la contemplación, el esfuerzo de la palabra contenida para lograr una relación pormenorizada de los hechos, junto al análisis político, el comentario disidente y el juicio moral, en la dinámica de una textualidad que otorga aquella resonancia profundamente personal que cruza todo el relato.

1. Escritor y Libertario

Unas pocas referencias personales sugieren, más que configuran, la imagen discursiva de Solano Palacio. Entre ellas, su compromiso intransable con el Movimiento Libertario, su permanente ejercicio periodístico, la autoría de una obra significativa y su condición de personaje público, que intenta responder con responsabilidad social y coherencia ética a las azarosas circunstancias que le imponen la derrota, la cárcel y el exilio, en esos meses de confusión y desamparo que registra en la escritura.

El relato cubre un tiempo cercano a los siete meses, desde el 21 de febrero hasta el 4 de septiembre de 1939 y mantiene la preeminencia del orden cronológico para la narración de los sucesos que consigna. En su intento por atrapar ese momento histórico en el que participa junto a mujeres, niños, campesinos, milicianos, brigadistas internacionales y compañeros anarquistas, Solano Palacio revela una preocupación constante por fijar las fechas, las horas, los diferentes momentos del día y por ofrecer descripciones detalladas de los lugares por los que se desplaza mientras busca el paso a Francia o cuando viaja desde una ciudad a otra. También presta atención a las variaciones climáticas, señalando especialmente los fenómenos que hacen todavía más angustiosa la situación que enfrenta, como el frío, la lluvia y el huracán.

La preocupación por anotar los nombres de los sitios que recorre o por entregar determinadas orientaciones para la ubicación de un pueblo donde se detiene, es sistemática y resulta evidente. Este registro permite reconstruir con gran exactitud el itinerario que cumple entre Barcelona y Valparaíso, con sus líneas de avance, las desviaciones y los tramos en los que retrocede, para luego volver a la ruta trazada. El sujeto esboza, así, un gesto cartográfico que demarca su tránsito territorial, a la vez que convierte el acto de escribir en su propia defensa contra el olvido1.

Aunque por momentos la dinámica entre acción y escritura parece inmediata o por lo menos muy cercana y casi podemos imaginar al escritor tomando notas en su cuaderno, en alguna detención de su azaroso camino, el tiempo de la escritura sólo se concentra en dos ejes. El primero, es el momento de su apertura en la vieja cárcel de Redón, donde permanece prisionero un par de meses junto a un grupo de compañeros anarquistas, después de haber cruzado Los Pirineos. El segundo, en cambio, es el hito fundacional de la escritura del Exilio Español Republicano en Chile, durante esos días de septiembre de 1939, en los que Solano reinicia su vida en Valparaíso.

Son pocas las instancias en que el discurso se fractura y revela las circunstancias de su producción. Sin embargo, hay algunas declaraciones que convocan la imagen del autor en pleno proceso de creación: "Allí, sentado sobre un montón de paja, mientras que mis compañeros charlaban de distintas cosas evocando muchas veces recuerdos dolorosos de escenas vividas, escribí la primera parte de este libro." (Solano, 1939:70). La alusión a una primera parte nos permite colegir algunos aspectos significativos. Uno de ellos, es que ese apartado recupera sus vivencias y el tiempo transcurrido entre la salida de Barcelona y su posterior encarcelamiento al dejar España y, luego, que aquello que se fija a continuación en el discurso es una segunda parte, donde se registran los sucesos que dan cuenta de su excarcelación y su etapa como refugiado en Francia hasta lograr su calificación como emigrable, con la posterior travesía marítima que se cierra en Valparaíso. Antes de poner término a su relato, Fernando Solano Palacio vuelve a refractar su imagen autorial, para reconocer que en la narración de los episodios pudo haber incurrido en una excesiva dureza al retratar algunas "actividades sociales" (Solano, 1939:160) y como ofreciendo una explicación intercala la siguiente cita: "Feliz el escritor que huye de los lisos caracteres en que la demasiada real banalidad repugna y abruma, para entregarse a la pintura de almas nobles, honor de la humanidad" (Solano,1939:160) palabras que revelan el valor que le asigna a su propia escritura, al recoger en su Memoria los pequeños episodios del heroísmo cotidiano. Desde este horizonte, cobra especial sentido ese protagonismo colectivo que alcanza en el texto el Éxodo Republicano, como representación de una categoría en la que se incorporan distintas fuerzas sociales y como focalización del Anarquismo que, en la mirada del autor, es un movimiento traicionado a causa de sus ideales, abandonado a su suerte y llevado al límite de la sobrevivencia y, sin embargo, indestructible, como auténtico depositario de la esperanza de los trabajadores españoles.

El sujeto que se construye en el texto se funda en dos anclajes esenciales que definen su doble condición de libertario y escritor. De su vida anterior y sólo a través de las señales que deja en el discurso, sabemos que ha estado en la Patagonia, que se ha desplazado por Chile y Argentina, país en el que ha vivido como gaucho. Además, conoce y probablemente ha trabajado en algunos puertos y ciudades de Estados Unidos, quizás ejerciendo el oficio de metalúrgico que declara en el Carnet Miliciano de Identidad2. Lo podemos suponer un hombre maduro cuando participa en los hechos que relata y su compromiso con la defensa de La República queda suficientemente acreditado como integrante del Batallón Asturias3. En cierta medida, es un hombre preparado para la contingencia de la derrota, porque ha acumulado una experiencia vital en los distintos procesos sociales que se han gestado en la España del tiempo, como testigo de la sublevación de Asturias, o al ser reprimido y encarcelado por razones políticas.

En el presente de la narración está encargado de la publicación de Tierra y Libertad y en el desarrollo de los acontecimientos se muestra como un anarquista de larga y destacada trayectoria. Suele evaluar el riesgo en que se encuentra, con algún grado de certeza, porque recibe información del Movimiento y está al tanto de los comunicados oficiales, contenidos que contrasta con la realidad que emana de las conversaciones que sostiene regularmente con sus compañeros anarquistas, con otros soldados y con las distintas personas que caminan junto a él. Su formación y la práctica política favorecen su actitud analítica, por lo que suele mostrarse como una persona enterada, que maneja el conocimiento necesario para ejercer un cierto dominio sobre sus circunstancias vitales.

Como escritor se presenta avalado por una amplia y difundida obra, el relato recoge diversas imágenes de personas leyendo sus textos, en general milicianos o gente humilde, a quienes observa con detención: "El hombre, vestido de miliciano y tumbado de bruces en el suelo, hojeaba un libro, examinando sus láminas. Me fijé en él, y reconocí por una de las láminas mi libro, La Tragedia del Norte" (Solano, 1939:26). Otras veces, sus lectores lo descubren cuando declara su nombre y se alegran de compartir unos momentos, en ambos casos Solano siente que esa escritura lo provee del cariño y la admiración del pueblo, si bien tiene la certeza que esos mismos escritos constituyen la razón del odio y los deseos de venganza que se ciernen sobre él.

Fernando Solano Palacio tiene conciencia de dirigirse a un lector, para quien fija su testimonio, pone citas y escribe notas a pie de página, incluso al que apela directamente como receptor de sus explicaciones cuando carece de la información adecuada y ante quien justifica la ausencia de detalles en parte de su narración. A veces, sus comentarios se convierten en un guiño, anulando la distancia que media entre el tiempo del relato y el de la escritura, estrategia que desplaza al lector desde el mundo narrado hacia el mundo del autor en el ejercicio de construir la memoria: "(...) y después de darnos un abrazo, me separé del amigo. ¿Dónde estará en estos momentos cuando, en la celda de una vieja cárcel de Redón (Francia) trazo estas líneas?"(Solano, 1939:22).

La voz que nos habla silencia sistemáticamente los aspectos que constituyen la intimidad del sujeto, hay un esfuerzo sostenido por entregarnos sólo la figura pública, el escritor, el libertario, el periodista que publica artículos en la prensa extranjera, el dirigente capaz de asumir tareas de cierta responsabilidad. Sin embargo, este afán de lo público y lo objetivo se quiebra cuando irrumpe el dolor de las víctimas, o al percibir la angustia que significa para todos ellos el futuro y cada vez que denuncia el aciago destino de sus compañeros que permanecen en los campos de concentración. El silenciamiento de lo personal se rompe en contadas ocasiones y una de ellas corresponde al desgarrón que le provoca la imagen familiar: "Pero aquel bienestar que disfrutaba entre mis buenos compañeros no era completo. Las cartas que recibía de mi familia, en poder de los fascistas, así como de los centenares de amigos, internados en los campos de concentración; y agregado a estas desgracias, el recuerdo del pasado y la incertidumbre del porvenir, no ya de mi propia persona, sino de los muchos compañeros, así como de mi propia familia, llenaban mi corazón de zozobra e intranquilidad" (Solano, 1939:75-76).

2. El camino de la derrota

El 21 de febrero, con plena certeza de estar asistiendo al tiempo final de la República, Solano Palacio escribe con el propósito de registrar este momento histórico. Su relación se abre con las noticias que se publican en la Hoja Oficial y que dan cuenta del traslado de algunas dependencias de los Ministerios a Gerona, noticia que le resulta alarmante, especialmente cuando los rumores indican que quienes en verdad han salido son Negrín y los Ministros. A este antecedente se suma la información que maneja sobre el avance del ejército enemigo sin encontrar mayor resistencia y el gran número de bajas que ha significado para la 26 División rechazar tal ofensiva. En lo inmediato, Luis Rozas le informa que acaban de sacar el oro del Banco de España y le hace notar la partida de algunos dirigentes anarquistas, acción que luego se amplía a la salida de todos los integrantes del Comité Peninsular de la Federación Anarquista Ibérica. Dos días después y en medio de la urgencia que supone la evacuación de la ciudad, José Xena le entrega las últimas instrucciones para sacar los archivos del periódico, tarea que en aquellas circunstancias Solano recibe como un compromiso ineludible, que no sólo le exige retardar su salida de Barcelona, sino que además pone distancia entre su actitud y el comportamiento que muestran otros dirigentes, incluidos los anarquistas: "Sentí mucho la marcha de este compañero, pero nada podía hacer, ni tenía por qué censurarle; me había puesto en antecedentes de la situación, marchando luego, mientras que yo, imponiéndome el sacrificio de un deber, no debería marchar mientras las cosas no llegaran a su punto álgido, por estar al frente del semanario Tierra y Libertad " (Solano, 1939:9).

El testimonio de la confusión general en la que se desenvuelve la ciudad, queda plasmado en las diversas imágenes de las personas que intentan movilizarse, sin tener una idea exacta del lugar hacia el que se dirigen y sin la noción de los verdaderos alcances de su desgracia, situación que Solano retrata en un grupo de mujeres que pretende viajar con todos sus enseres, incluidas sus máquinas de coser, como un gesto que superpone la idea del traslado, a la de la huida y que revela la esperanza de rescatar esa cotidianidad impregnada en los objetos que han constituido el mundo privado, que ahora se abandona ante el triunfo del enemigo.

Solano sigue el impulso de los demás, va y viene, en continua tensión entre el riesgo efectivo y el cumplimiento de la misión encomendada, también confuso ante unos acontecimientos que lo superan largamente. Pero, al salir de Barcelona se enfrenta a la multitud que avanza por la carretera, son mujeres y niños, en su gran mayoría, acompañados por soldados heridos, ancianos, campesinos, algunos jóvenes milicianos que han desertado y que caminan hacia el exilio, una muchedumbre "abigarrada y alocada", como a veces la describe, entre la que circulan unos pocos camiones, algunos coches y unos cuantos carros.

Se ha dado inicio al viaje, la peregrinación geográfica y existencial, el éxodo en sus múltiples variaciones. Al atardecer, la multitud puede asemejarse a un pueblo trashumante, cuyos campamentos se hubiesen instalado en los campos aledaños, bordeando la carretera. Pero, en cuanto se focaliza la mirada, se descubren los cuerpos agotados, las caras famélicas y la angustia por los males del presente y por la latencia de un futuro desolador: "Al caer la tarde principió a posarse la niebla sobre la copa de los alcornoques, y un orbayo caía suave sobre los millares de seres humanos, quienes cargados con sus equipajes, avanzaban trabajosamente por la carretera: Hombres, con sus maletas a cuestas, mujeres con sus sendos fardos de ropa a la espalda, y, hasta niños de corta edad con sus correspondientes bultos, y los más pequeños, cogidos de las manos de sus fatigadas madres" (Solano, 1939: 2). Pronto, la muchedumbre copa la carretera y se vuelve compacta, adquiriendo los rasgos de un animal en constante movimiento, que bien puede ser un enorme hormiguero o un reptil que avanza lentamente hacia la frontera4.

Con el transcurrir de los días el espectáculo se convierte en una situación rutinaria, siempre la misma muchedumbre agobiada por el esfuerzo, castigada por la inclemencia del frío y de la lluvia, sólo el paisaje se transforma con la presencia de los objetos más disímiles, como un reguero que va demarcando grotescamente la ruta con colchones, ropa, almohadas, maletas y mantas, abandonadas con el pragmatismo que impone el cansancio.

Solano vivencia este desamparo, confiesa su constante ayuno, el hambre que le exige comer aluvias crudas, avellanas, arroz con azúcar y consigna con esmero las contadas ocasiones en que prueba un trozo de carne. A veces se muestra aterido de frío, empapado por la lluvia, durmiendo mal, hacinado, compartiendo cuartos y graneros. Sin embargo, sus sufrimientos siempre le resultan menores cuando contempla a las mujeres y los niños, seres que en el texto encarnan el dolor radical y la devastación humana que significa la guerra.

En sus Memorias las mujeres aparecen preocupadas de proteger y salvar a sus hijos, de buscar a sus esposos y compañeros, conseguir alimentos y reclamar para que se repartan de manera equitativa. Por ello, al observar una fila de mujeres a la espera de unas pocas raciones de comida, Solano anota: "¡Pacientes mujeres, que en silencio os habéis impuesto toda clase de sacrificios, y aun aquí seguís aguantando el frío y el hambre, expuestas a un bombardeo! ¿Cuándo terminará vuestro calvario?" (Solano, 1939:60). Si las mujeres encarnan el sacrificio y la extrema preocupación por el otro, los niños son las víctimas esenciales, impelidos al desamparo y a madurar en medio del horror. Así, el encuentro con una colonia infantil fija en el narrador una imagen indeleble: "Apena este cuadro. Sus miradas infantiles parecen interrogar al futuro. Un niño de corta edad gime bajo el peso de una manta que lleva a la espalda. Nunca podré olvidar el gesto de dolor de estos pequeñuelos que emprenden en temprana edad este doloroso calvario" (Solano, 1939:54).

Mientras camina por la carretera y los senderos en busca de la frontera, Solano va asumiendo la tragedia colectiva, ya no son sólo las imágenes que percibe, sino también las historias que escucha, las pequeñas desgracias de cada vencido, que al ser compartidas aumentan su propia angustia. La vinculación a través de la pena y la muerte le permite hablar por aquellos que marchan hacia el destierro: "De una familia que vivía horas felices, queda él solo, viejo y agotado en el camino del exilio. ¡Maldita sea la guerra! Pienso mientras contemplo aquel panorama que tengo ante mis ojos" (Solano,1939: 55).

Ya en el último tramo de su salida de España y en medio de la noche, el escritor es sorprendido por la furia de un huracán y mientras ruge el viento y cae la lluvia, Solano recuerda los peligros que ha enfrentado en los confines del mundo, como las tempestades marinas en el Golfo de Penas y el Cabo de Hornos, los huracanes del Golfo de México y las ventiscas de nieve en la Patagonia, pero siente que nada se iguala a la fuerza desatada de la naturaleza durante esa noche: "(...) nunca me pareció tan terriblemente siniestro el huracán como en estos momentos. Es que ahora traemos en pos de nosotros la conciencia y el dolor agobiante de nuestra derrota y la incertidumbre de una mañana que nos espera como una amenaza de lo desconocido. En esta situación lamentable, perdida la guerra y con ella el país donde hemos nacido, ¿a dónde iremos? ¿Cuál será el fin de nuestra tragedia?" (Solano, 1939:56). El huracán que se ha desatado en la naturaleza alcanza en Solano Palacio una dimensión interior, el viajero impenitente que ha recorrido distintos continentes, que ha entrado y salido de España en diversas ocasiones, sabe que ahora la partida es radical. Surge aquí la conciencia del desarraigo, la pérdida de todas las referencias en que se constituye su ser, porque la salida lo expulsa a un territorio ajeno y la existencia que vislumbra no es más que una dolorosa y permanente extranjería.

3. El destino incierto

La segunda etapa del peregrinaje enfrenta a Solano a un destino incierto, que lo lleva en lo inmediato a Francia, para pasar luego a Bretaña y Normandía, volver a Francia y finalmente embarcar como polizón en el Winnipeg.

Su ingreso al Refugio en Bolou significa para el escritor la continuidad de la tragedia colectiva, que desde su mirada nuevamente se encarna en las mujeres y los niños: "El espectáculo que se ofrece a mi vista es lamentable. Las mujeres se sientan en el suelo, sobre pedazos de tablas u otros objetos que preserven sus traseros de la humedad, rodeadas de niños de corta edad, que miran con sus cándidos ojos las escenas de dolor que presencian, como interrogando el porvenir" (Solano,1939:66).

Sin embargo, la salida de España pareciera resituar al sujeto en su condición de actor político, a pesar de las enormes dificultades que enfrenta. También se reactiva su oficio periodístico, en la constante preocupación por tener noticias sobre la guerra y de la situación que toca a los refugiados. En Rennes se informa del rechazo que provoca, en cierto sector de la opinión pública, la masiva llegada de republicanos a Francia y de manera particular reacciona ante un artículo que considera infamante, porque en él se califica a estos españoles como "hordas de forajidos" (Solano,1939:67) que pueden dañar moralmente al pueblo francés5. El texto de Solano registra la polarización de los franceses ante el problema español, las diferencias que advierte en el trato denotan tanto el apoyo incondicional, especialmente de quienes tienen un compromiso político y se identifican con la causa republicana, así como las muestras de racismo o de intolerancia que percibe en una Europa ya cercana a la Segunda Guerra Mundial. Fernando Solano Palacio suele ser muy sensible, especialmente al trato que le brindan las autoridades o sus representantes. Por ello toma nota del abuso y la discriminación que sufre en la ciudad de Rennes: "Las autoridades nos tratan con un despotismo irritante; nos miran con altanería, y nos consideran como a personas de raza y cultura inferior" (Solano,1939:68). En cambio, la policía de Redón le parece más humana y aunque padece prisión en una cárcel vieja y húmeda, declara que sus compañeros conviven en armonía y que, a pesar de la situación en la que se encuentran, se sienten contentos.

En el trayecto que se inicia ahora, Solano asumirá una actitud cada vez más reflexiva. Su preocupación fundamental se dirige hacia las razones de la derrota, que su análisis resume en dos grandes líneas: la crítica al desarrollo de la guerra, desde el bando republicano y la participación del Partido Comunista en el conflicto. Si bien esta crítica se esboza desde la salida de Barcelona, es en el tiempo que corresponde ya al exilio cuando alcanza mayor profundidad y de manera fundamental se realiza a bordo del Winnipeg, donde el sentimiento del paisaje invade al sujeto y motiva en él tanto la contemplación de la naturaleza, como la reflexión.

Su visión de la guerra no deja de ser amarga y está cruzada por el desencanto. Solano manifiesta una profunda desconfianza ante las acciones que comprometen a los Altos Mandos, así como frente a los personeros que por razones políticas alcanzaron grados militares. Su cuestionamiento radica en la falta de coherencia ética, al sostener un discurso que no guarda relación con la práctica y su denuncia busca desenmascarar a quienes pedían al pueblo resistir, mientras ellos huían del país. Por otra parte, los responsabiliza del fracaso de sus estrategias militares, que costaron la vida a numerosos milicianos que combatieron en El Ebro, Cartagena, Alicante, Madrid y Barcelona. Censura, además, a los héroes oficiales que han conseguido sus medallas y preseas en la retaguardia o en labores administrativas. Solano Palacio hace pública la crítica a la falta de armamentos, pertrechos, ropa y alimentos en el frente, con un detalle que resulta significativo y demoledor: "Toda nuestra aviación se reducía a una docena escasa de aparatos de bombardeo y a medio centenar de aparatos de caza, y en artillería, aparte de los viejos cañones del 15,5 de manufactura española, los cañones que habían sido importados eran de distintas marcas, desechados por anticuados de otros países; y como si esto no fuera bastante, carecíamos de técnicos militares, y con el agravante de que muchos de los mandos habían sido impuestos por los partidos políticos, especialmente por el comunista, y no contaban ni con la simpatía de las fuerzas que mandaban, ni tenían capacidad militar para dirigir las operaciones de guerra" (Solano,1939:62).

Hay también una visión de los efectos que provoca la vivencia de la guerra y que se traduce en el paulatino endurecimiento de los seres, quienes se vuelven insensibles ante tanto dolor y tanta miseria. También lamenta la pérdida de hombres y mujeres valiosos, aquellos que podrían haber llevado adelante los procesos de cambio, necesarios para mejorar la sociedad. En este sentido, Fernando Solano Palacio califica la guerra como un suceso terrible, tanto en sus consecuencias inmediatas, como en las de largo plazo, que sumen a los pueblos en la mayor miseria.

La discusión en torno al accionar del Partido Comunista se va consolidando, en la misma medida en que se endurece el cuestionamiento a sus integrantes. El sectarismo y la ambición por el poder le resultan los defectos más evidentes y con ellos han actuado en sus purgas al interior de Las Milicias, acusando de antifascistas y ejecutando a los soldados que no estaban de acuerdo con sus estrategias. Se apoderaron de la dirección de la guerra y después han hecho lo mismo con el Winnipeg. Para Fernando Solano, la militancia en este partido exige la anulación de la propia personalidad y la sumisión más absoluta, al punto de refrendar y justificar los cambios de posiciones más radicales y contradictorios en sus alianzas políticas, llegando incluso a comprometer la dirección general del partido.

Otro aspecto de la actitud reflexiva que asume el sujeto en la última etapa de su tránsito a Chile, guarda relación con su ideología. Ya conocemos su compromiso efectivo con el Anarquismo, que en estas Memorias se refleja en las responsabilidades que asume frente a la conducción de Tierra y Libertad, los artículos y los libros que escribe en defensa de estos principios y las listas que se le piden con los nombres de sus compañeros, para ser presentadas al SERE o a las autoridades chilenas. A medida que Solano revisa y discute con sus amigos el desarrollo de la guerra, va elaborando una defensa del Movimiento Anarquista como aquellos que estuvieron siempre en la primera línea de acción, que son los auténticos héroes y los impulsores de la revolución. A pesar de esta entrega, los libertarios son las grandes víctimas de la guerra, porque han sido perseguidos por el Partido Comunista y se les ha abandonado en los Campos de Concentración al no considerarlos debidamente en los porcentajes asignados para la emigración6. Finalmente, manifiesta su tranquilidad, porque siente que ha cumplido con su deber y ratifica su fe en un movimiento que representa una esperanza para la redención humana, puesto que lograron concretar parte de sus sueños, a pesar de los tiempos duros que les ha tocado vivir.

Pero Solano es también un hombre de su tiempo, en quien se mantienen las ideas fundamentales del Positivismo, especialmente en sus conceptos de la raza y la selección de las especies. Por ello su resistencia a la guerra, que saltándose la selección natural que elimina a los más débiles, provoca la desaparición de los hombres más sanos y fuertes. Así, el retraso en la evolución humana se explica, porque los débiles asumen la conducción de la sociedad y los pueblos "pierden con frecuencia sus caracteres y valores raciales, tanto en el orden material como espiritual" (Solano, 1939:148).

La partida desde Francia despierta en Solano la nostalgia del pasado y al contemplar el paisaje que surge ante el paso del barco, rescata pequeñas imágenes de su vida de pastor: "Estas montañas cubiertas de niebla evocan en mí agradables recuerdos: creo hallarme ante el grandioso espectáculo que ofrecen casi siempre las cumbres de las montañas satures, por donde he vagado muchas veces en mi juventud, cuidando el ganado" (Solano, 1939:101). La evocación de ese paisaje originario es ya un signo del desarraigo, aunque el sujeto intente racionalizar sus emociones cuando declara que la memoria idealiza, porque esa España ya no existe.

El hombre contemplativo y analítico que cumple este viaje a través del mar y de su propia existencia, vuelve a reinstalarse en sus valores y en la línea política, social y ética con que se ha construido como sujeto. El gesto definitorio de esta recomposición de la identidad cierra su tránsito de un continente a otro y de una circunstancia vital a otra distinta, mientras contempla la ciudad de Valparaíso y siente que se abre para él un nuevo futuro. Así, el polizón que más tarde baja custodiado por la policía sólo titubea ante la confusión y el anonimato, momento de fragilidad esencial, del que saldrá reconstruido en el reconocimiento público al develarse su condición de libertario.

Nosotros, en cambio, heredamos esta voz que testimonia y conjura el tiempo transcurrido, la palabra del amor amargo, ese gesto indeleble con que Fernando Solano Palacio funda la escritura del Exilio Español Republicano en nuestro país.

NOTAS

1 Esta suerte de compulsión por registrar los hechos, salvándolos del olvido, es un rasgo característico de la escritura testimonial. Para el caso del Exilio Español Republicano existe una amplísima bibliografía entre la que se puede revisar: Abellán (1976), en especial el volumen IV Cultura y Literatura, Ayala (1958), Caudet (1977), Ilie (1981), Ugarte (1999).

2 No tenemos certeza absoluta sobre los aspectos biográficos del autor. Probablemente nació a fines del siglo XIX, en un pueblo de Asturias, hay datos desperdigados sobre su trayectoria política. Desde septiembre de 1939 hasta la década del 60 vivió en Valparaíso. Entre sus obras publicadas se encuentran: La mujer y el ideal (Barcelona, Ediciones de La Revista Blanca), 15 días de comunismo libertario en Asturias (Barcelona, Ediciones La Revista Blanca, 1936), La tragedia del norte (Barcelona, Ediciones Tierra y Libertad, 1938), Entre dos fascismos. Memoria de un voluntario de Las Brigadas Internacionales en España (París, Editorial Iberia, 1939). Murió en Gijón en el año 1974.

3 Entre las páginas 128 y 129 Fernando Solano Palacio intercala la fotografía de su Carnet Miliciano de Identidad, donde se registra esta información.

4 La animalización también alcanza a los seres, el discurso se llena de marcas en este sentido: "Yo me acurruqué contra un estial, como un animalejo" (Solano, 1939:14), "encogidos como perros en una noche de frío" (Solano, 1939: 34-35), entre numerosos ejemplos.

5 Este discurso difamatorio se extenderá pronto a los distintos países que reciben refugiados, incluyendo Chile. Al respecto se puede revisar la prensa periódica del tiempo y las actas de algunas sesiones de la Cámara de Diputados del año 1939.

6 Fernando Solano Palacio ofrece un balance de la participación en la guerra y las cuotas asignadas a los Partidos políticos (Solano,139:103).

 

REFERENCIAS

Abellán, J. L. (1976). El exilio español de 1939. Madrid: Taurus.         [ Links ]

Ayala, F. (1958). El escritor y la sociedad de masas. Buenos Aires: Sur.         [ Links ]

Caudet, F. (1977). Hipótesis sobre el exilio republicano de 1939. Madrid: Fundación Universitaria Española.         [ Links ]

Ilie, P. (1981). Literatura y exilio interior. Madrid: Fundamentos.         [ Links ]

Solano Palacio, F. (1939). El Éxodo. Por un refugiado español. Valparaíso: Editorial Más Allá.         [ Links ]

Ugarte, M. (1999). Literatura española en el exilio. Un estudio comparativo. Madrid: Siglo XXI editores.         [ Links ]

 

Correspondencia: Haydeé Ahumada (hahumada@ucv.cl). Tel: (56-32) 273375. Av. Brasil 2830, 10 piso, Valparaíso, Chile.

Recibido: 20 de marzo de 2003 Aceptado: 15 de julio de 2003

*El presente ensayo se realiza en el contexto del Proyecto FONDECYT N° 1020792.

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