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Revista signos

versión On-line ISSN 0718-0934

Rev. signos v.39 n.61 Valparaíso  2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-09342006000200008 

 

Revista Signos 2006, 39(61) 299-302

RESEÑAS

Domínguez, Carmen (2005). Sintaxis de la Lengua Oral.
248 pp. Mérida: Universidad de los Andes. ISBN: 980-11-0653-0


 

Carmen Luisa Domínguez nos entrega esta vez Sintaxis de la Lengua Oral. Es un nuevo libro, pero no una nueva inquietud; pues el interés por la oralidad se observa en el transcurso de su carrera como investigadora. Así tenemos dos títulos precedentes: El habla de Mérida (1998) que recoge la transcripción de 24 entrevistas, en las cuales se observa claramente la textura de la oralidad; y Oralidad y escritura: Dos objetos y una lengua (2003) que contiene la descripción del habla oral y el habla escrita, así como la discusión acerca de la preeminencia de la escritura sobre la oralidad.

En Sintaxis de la Lengua Oral, Domínguez se pregunta:

“¿Cómo nos entendemos?, ¿cómo es posible que ESE sea el ejercicio de nuestra lengua?, ¿y qué hacen esos hablantes cuando escriben?, Y, todavía más, si ese es el ejercicio oral de la lengua, ¿qué es lo que hemos descrito o explicado de él?... Si todo hablante sabe que no es lo mismo decir las cosas oralmente que por escrito, ¿cuánto sabemos los lingüistas sobre eso?, Si la sintaxis es el orden de lo que va junto, ¿cómo es la sintaxis de la lengua oral?, ¿se puede proponer siquiera una sintaxis de la lengua oral?, ¿se puede diferenciar de la sintaxis de la escritura?” (Domínguez, 2005: 11).

Con esas inquietudes, la autora nos hace ver cómo los datos oracionales, tan seguros en la escritura, comienzan a tambalearse en la oralidad, debido a la cantidad de estructuraciones y reestructuraciones que sufren.

La obra está conformada por tres densos capítulos en los que se tejen con un fino entramado discursivo la fundamentación teórica y las reflexiones de una docente e investigadora, pero más que nada de la hablante que percibe las ‘repeticiones’, ‘hesitaciones’, ‘arranques en falso’, ‘retrocesos’… en sus encuentros y desencuentros lingüísticos cotidianos.

En el primer capítulo del texto, Domínguez pone en diálogo a Saussure y al Círculo Lingüístico de Praga. Con Saussure, la lingüística ratifica su objeto de estudio: la lengua, homogénea, estable, frente a las multiformes y heteróclitas realizaciones orales, es decir, la lengua se convierte en “punto de apoyo satisfactorio para el espíritu”. Con los praguenses, el sistema es heterogéneo y se compone de subcódigos especializados para el uso, lo que implica elección de opciones en un conjunto de posibilidades (según las intenciones, los interlocutores, la situación) y adecuación a las variables sociolingüísticas, dialectales, estilísticas.

Tomando como base los planteamientos de Saussure en cuanto a que el significante se desarrolla en una sola línea del tiempo y con fundamento en las contribuciones de Jakobson (1967, 1974), Mathesius (1980), Luria (1979, 1980), Vygotsky (1977) y Levelt (1981), explica que la linealidad va mucho más allá de no poder emitir dos sonidos simultáneamente. Se trata de no poder procesar dos señales al mismo tiempo, pues hace falta tiempo para planificar, organizar, emitir, recibir, procesar y comprender el mensaje.

Con un juego antinómico, y partiendo de linealidad de la cadena hablada, afirma que la sintaxis no trabaja solo CON la línea, con una sucesión simple, sino CONTRA la línea porque hay jerarquías, núcleos y regímenes que operan en distintos niveles de la organización sintáctica. Ya no se trata de poner “orden de lo que va junto”, sino de ‘remontarse’ en esa línea y escoger opciones probables para manifestar “lo que pasa en el alma del que habla”. De modo que se conjugan lo sintagmático y lo paradigmático en la explicación de los fenómenos sintácticos.

Ante las discrepancias puristas que se establecen entre oralidad y escritura, Domínguez encuentra una diferencia cardinal: la oralidad es la realización de la lengua que deja las huellas de la planificación. Dada esa fisonomía particular, propone un acercamiento a la “sintaxis de la lengua oral”. A esta sintaxis le corresponde configurar la textura de la oralidad (tachaduras, evidencias de la planificación, marcadores textuales, hesitaciones, arranques en falso, organización de la información, recursos gramaticales) y definir cuáles son las unidades de análisis sobre las que ha de operar. En general, propone la configuración del uso “oral posible, probable y necesario”; así como la explicación de las variaciones de los textos, sus condiciones, la organización y los mecanismos de realización de las opciones independientemente de la variedad.

Este capítulo se sustenta, pues, sobre dos conceptos básicos: la planificación y la opcionalidad. Si hay tachaduras, hesitaciones, arranques en falso,… es porque planificación y producción lingüística oral ocurren simultáneamente. No hay caos, no hay errores, hay particularidades. Si se prefiere una estructura y no otra, es porque la lengua ofrece un conjunto de posibilidades. Bajo estos dos supuestos queda clara la visión cognitivista y funcionalista de la autora de Sintaxis de la Lengua Oral.

En el segundo capítulo, Domínguez retoma la noción de “planificación de la lengua oral” y comenta los procedimientos de repetición, reformulación y corrección, como huellas de dicha planificación en la línea editada. Se detiene en las correcciones y tras una revisión teórica, categoriza este procedimiento en el habla de Mérida, a partir de dos criterios: según el nivel lingüístico (morfofonológico, morfológico y textual) y según las funciones que cumplen en la línea oral.

Asimismo, basada en la hipótesis de Slobin (1982) en cuanto a que las autocorrecciones infantiles evidencian su desarrollo lingüístico y el conocimiento de las reglas, expone los resultados del análisis de una muestra de habla infantil en diálogo con un adulto, en la que encontró 182 errores de los cuales solo se corrigen 34, en atención al uso de la lengua. En total hay 28 heterocorrecciones por parte del adulto y 6 autocorrecciones por parte del niño. La corrección del adulto a través de la repetición o la interrogación busca la continuidad y el mantenimiento del diálogo; las autocorrecciones parecen orientarse al uso y al conocimiento incipiente de las máximas de cooperación conversacional.

Este capítulo se compone de revisiones teóricas confrontadas con datos empíricos que permiten apoyar o refutar las teorizaciones. Además contiene hallazgos tanto de la oralidad adulta como de la oralidad infantil. En este sentido, podría resultar de gran utilidad para las investigaciones acerca de la adquisición, desarrollo y consolidación de la oralidad.

En el último capítulo, “Marcadores, Operadores y Conectores”, Domínguez emprende la búsqueda de una definición adecuada para estas unidades y, en especial, las de uso oral, para ello revisa los aportes de Gili Gaya (1971), Bello (1972), Schiffrin (1987), Martín Zorraquino (1988), Briz (1998), Cortés Rodríguez (1998), Portolés y Martín Zorraquino (1999). Decide definir los marcadores, desde el uso y en una doble dimensión, como un conjunto de elementos que conectan, organizan, señalan u orientan las relaciones textuales y traslucen los procesos de formulación e interlocución involucrados en la producción textual. También revisa la taxonomía de marcadores establecida por Portolés y Martín Zorraquino (1999): Estructuradores de la información, Conectores, Reformuladores, Operadores discursivos o argumentativos y Control de contacto o Marcadores conversacionales, y se encamina a verificar si los usos y funciones de estas piezas léxicas en el Corpus Sociolingüístico de Mérida coinciden con los planteamientos de estos autores.

Específicamente, estudia los ‘reformuladores, los marcadores de interacción y los marcadores de (in)conclusión’. En el español hablado en Mérida no suelen aparecer los reformuladores y cuando lo hacen es para indicar corrección, refraseo y reformulación propiamente tal, como es el caso de ‘o sea’. Con respecto a los marcadores de interacción, distingue tres tipos: los que relacionan a los hablantes entre sí y con la referencia discursiva (metafunción impersonal), los que tematizan y focalizan informaciones (metafunción textual) y los que apelan a la imaginación del interlocutor (función ideativa). Por último, ubica los marcadores de (in)conclusión: ‘ni nada’, ‘y (de) todo’, ‘y toda(s) esa(s) cuestión(es)’, ‘y eso’, ‘y la broma’, ‘y la cuestión’, ‘y la vaina’, ‘y tal’, ‘y todo eso’, cuyo propósito es cerrar una secuencia textual, que no ha sido explicitada sino implicada: “Habían unos perros que se veían mejor, unos más grandecitos y tal, yo finalmente escogí esta…” (MDA2MD).

El repertorio de marcadores en el habla de Mérida es menor que el sugerido por Portolés y Zorraquino (1999), pero aparecen unos muy particulares que dan cuenta de la idiosincrasia oral y de la complejidad de estas piezas textuales, y que superan, con mucho, las taxonomías elaboradas a partir de los datos escritos.

En este último capítulo, los marcadores se ubican en el contexto lingüístico, se observan y se explican en su uso real. Para ello Domínguez parte de los ejemplos y los sitúa en una categoría determinada, o si no, crea una categoría que permita registrar un uso específico.

En fin, Carmen Luisa Domínguez ofrece los fundamentos de la Sintaxis de la Lengua Oral a través de la conjunción de datos teóricos y del análisis de muestras orales concretas. Pero, especialmente, invita a desarrollar este programa, a indagar acerca de ¿cómo es la sintaxis de la lengua oral? Y eso… Es una oportunidad para compartir lo que pasa en su “alma sintáctica”, porque tiene que ser sintáctica y tiene que estar hecha de “la sustancia del tiempo”.

 

Lourdes Díaz

Universidad Pedagógica Experimental Libertador

Venezuela

 


Dirección para correspondencia: Lourdes Díaz (ludiblan@hotmail.com). Tel. (0416) 4217230. Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Instituto Pedagógico “Rafael Alberto Escobar Lara”. Antiguo Parque de Ferias. Av. Las Delicias. Maracay, Edo. Aragua, Venezuela.

 

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