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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  n.22 San Pedro de Atacama  2002

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432002002200007 

 

Estudios Atacameños N° 22 - 2002

Etnografía de la Siberia Caliente. Una nota metodológica sobre un estudio en María Elena, el último pueblo salitrero 1

Juan Carlos Rodríguez T.,2 Pablo Miranda B.3 y Pedro Mege R.4

2 Facultad de Educación de la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, Casilla 34-V, Valparaíso, V Región. Email: juancarlosrodriguezt@yahoo.com

3 Pontificia Universidad Católica de Chile, Museo Chileno de Arte Precolombino, Bandera 361, Santiago.

4 Escuela de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Condell 343, Providencia, Santiago. Email: pmege@academia.cl


RESUMEN

El presente artículo se ubica en el campo de la metodología y refiere a la sistematización de las experiencias etnográficas del trabajo realizado durante varias temporadas en la Oficina María Elena (II Región, Chile), último pueblo de la tradición salitrera. Destaca cómo y desde dónde se va construyendo por parte de sus habitantes el imaginario y la memoria pampina desde el "ser los últimos" representantes de esta tradición laboral, e identificando los ejes de recurrencia en que se apoyan. Asimismo, revela los distintos ángulos desde los cuales se construye la mirada antropológica, y cómo esta va logrando densidad, profundidad y extensión en un juego entre la individualidad y la comunidad, en un contexto en el que permanentemente ronda la imagen del cierre del pueblo y con ello el fin de la cultura pampina.

Palabras claves: etnografía _ verosímil _ topofilia _ memoria.


ABSTRACT

This paper deals with methodology and is centered on systematizing several ethnographic field seasons in María Elena (Northern Chile) the last village within the nitrate tradition. It highlights how and where its inhabitants build their "pampa" imaginary and memory of being the last representatives of such a working tradition. Likewise, we identify the axis of recurrence on which these patterns are based. In addition, this paper reveals the angles from where an anthropological view is created developing density, depth and width within a context containing the image of the village's end and thus the end of the "pampa" culture itself.

Key words: ethnography _ verisimilar _ topophylum _ memory.


Apertura: Oralidad y verosímil

"¿Qué es lo que más nos aterra de la pureza?

-La prisa -respondió Guillermo" (Eco 1984).

 

Eduardo Galeano señala en "El libro de los abrazos", que "los sucedidos sucedieron alguna vez, o casi sucedieron o no sucedieron nunca, pero lo bueno que tienen es que suceden cada vez que se cuentan" (1996: 52). Creemos, el registro oral nos instala en este juego de ficciones, verdadera fórmula del relato mítico y epopéyico de la memoria de los últimos hombres y mujeres de la pampa. Puede decirse de él, que es emotivo, fantasmagórico, simulador, olvidadizo, disperso, a veces exultante y ditirámbico; verdadero viaje de ficción y de emoción hacia el pasado, producido desde el presente.

El relato no es la realidad, se articula en los términos que lo presenta Galeano. Sólo nos enfrenta a ella, nos informa sobre ella, propone representaciones acerca de ella. Pero, como sostiene Ricoeur (1998), el relato es lo acontecido, y en este sentido lo que pone al frente es un acontecimiento discursivo. Es decir, un acontecimiento que toma la forma de un verosímil.

Un verosímil corresponde a una reflexión particular, a una aproximación a la realidad y a un ordenamiento de la misma, a la elaboración por parte de un sujeto de una coherencia argumentativa para un evento o suceso acontecido en un tiempo que ya no está. En términos sociales, se trata, como en todo acto narrativo, sólo de "una de las posibles versiones de la realidad"; por tanto, un verosímil es la construcción de un evento de memoria, es decir, aquello que debe ser recordado por un sujeto y que tiene como eco la comunidad (ver Pérez Taylor 1996: 34).

En este sentido, si se trata de un verosímil la razón no es necesariamente el centro argumental, pues también, desde la literatura, como en el caso de Mario Bahamonde, sus palabras instalan la emoción al centro del acto narrativo. Señala el cuentista a través de uno de sus personajes:

"¡Oficina Moreno!... ¡Oficina Alemania! ¡Oficina Chile!... Ya estos nombres no significan nada para nadie. Un día las cosas quedan definitivamente atrás _como los hombres cuando mueren_ y el viento acumula tierra sobre el olvido.

¡Pero si ustedes hubieran vivido, como yo, en aquel viejo cantón salitrero de la pampa de Taltal! Años y años las mismas caras, las mismas faenas. El desierto sólo puede sentirse con el corazón lleno de añoranzas. Aunque a veces la vida haya sido agria y absurda" (1951: 62).

Cuando se dice "el desierto sólo puede sentirse con el corazón", la cuestión no es problema del pasado ni del cuento en sí mismo, sino que se establece como constante argumentativa en el mundo del salitre, y se expresa en el presente casi de manera ominosa entre los actuales habitantes de María Elena,5 y de los otros de Pedro de Valdivia y Vergara que se refugiaron ahí. El instalarse en tiempo pretérito desencadena un caudal de emociones, con recuerdos que vuelven una y otra vez, transformándose el ejercicio recordatorio en una verdadera caja de Pandora, con múltiples ramificaciones y diversos sentidos (Figura 1).

Figura 1. Mapa general de la Región de Antofagasta y ubicación de los distintos cantones salitreros, sus respectivas oficinas y la red de ferrocarril.

 

¿Qué se recuerda? ¿cómo se recuerda? son dos saetas que surcan el relato y la práctica etnográfica. Recordar lo vivido y no vivido, lo oído y lo no visto, no es un acto privativo de ningún hombre en particular. Lo es de cualquier hombre que excava sobre su vida. Cuando éste se vuelve sobre su memoria, lo hace sobre una representación del tiempo en el que su experiencia personal se liga con la estructura de su sociedad; y, "la vida cotidiana, que nos impone la necesidad de administrar el tiempo personal, doméstico y profesional, constituye el primer marco social de la memoria..." (Candeau 2002: 36).

Registrar, y otorgar voz para recuperar las inflexiones del relato, es tarea y pasión de la antropología y de los antropólogos. Ese relato instaura un presente relativo a un momento y un lugar (Bajtín 2000), una topofilia, una propensión a constituirse espacialmente (Candeau 2002: 37).

Entonces, el registro de la vida cotidiana se convierte en una red de sitios y relaciones en el contexto de un pasado inconcluso, no oficializado, siempre provisional, discutido y discutible, inagotable y con múltiples entradas. El ejercicio de memoria se convierte en una poietica.6 Por eso mismo, si en todo registro etnográfico la búsqueda se orienta a recuperar los significados, el interés no está en una intención probatoria de los hechos; ellos son y existen como tales, en la medida que existe un hombre y mujer que los puedan narrar, muchas veces de manera expansiva, y siempre en un diálogo entre su subjetividad y la comunidad.

Los registros etnográficos son una permanente invitación a revisar las marcas de la memoria. Son un acercamiento al pasado, más próximo o más lejano, intermitente o estructurado, frío o alucinado, referencial al tiempo vivido y no vivido, en el que siempre se está lejos de intenciones probatorias o de la autentificación de un relato. Para la antropología una búsqueda de los significados admite profundidad, densidad y extensión, cuestiones suficientes para justificar en parte que el ejercicio es paciente, de largo aliento y por un buen tiempo indeterminado, hasta que las marcas en el tiempo y en el espacio tengan cierta claridad y recurrencia.

La oralidad como una de las expresiones etnográficas, ante todo, ayuda a esquivar el anclaje del registro en una sociología del presente; y es en este retorno al pasado donde desde la perspectiva de la investigación se abren y cierran caminos, donde se bifurca la experiencia, se exalta, omite, y reformula y reinventa la historia, moviendo los contenidos en todas direcciones tempo-espaciales.

El interés etnológico y etnográfico por este tipo de registros se ubica por sobre los acontecimientos particulares, fijándose como objetivo prioritario situarse en los niveles más estables de la comunidad, es decir, en los sistemas de creencias y de valores, en el cotidiano, en las apropiaciones individuales de los elementos colectivos, para así entrar en un juego dialéctico de recordar y olvidar, recordar e imaginar, recordar y ordenar, donde la lectura subjetiva de un hombre toma cuerpo y se dimensiona sólo en relación a lo que tiene de común con los demás hombres de la comunidad. Se trata de un juego dialéctico entre la individualidad y la grupalidad.

En este sentido,

"Lo memorable es lo que puede soñarse acerca del lugar. Una vez en este lugar palimpsesto, la subjetividad se articula sobre la ausencia que la estructura como existencia y la hace `estar allí', Dasein" (de Certeau 2000: 121).

El presente trabajo es, pues, la expresión metodológica de los ejes primarios de una investigación etnográfica y de los planos que se van allegando a ella en la medida que fluye la información desde el registro oral, complementado con información documental y de apoyo como fuentes históricas (documentos y bibliografía), fuentes literarias (ensayos, narrativa y poesía), archivos fotográficos, audiovisuales y de prensa. En su ejecución intenta, desde las ausencias transformadas en existencias en el discurso, es decir, aquello que constituye verosímil, mostrar _en una perspectiva inicial_ los rasgos utópicos de la memoria entre los pampinos de María Elena, último pueblo salitrero de Chile, y últimos representantes de esa tradición laboral, los que enfrentados permanentemente a la posibilidad cierta del cierre del pueblo, tal como ocurrió recientemente con

 

la Oficina Pedro de Valdivia (1996) y todos los otros pueblos y oficinas en el pasado, realizan como ejercicio de memoria una lectura redentora, a veces paradisíaca y desiderativa, más que trágica del mundo del salitre (Figura 2).

Figura 2. Vista general de una de las calles conducentes a la plaza de María Elena.

 

En este sentido, a pesar del reconocimiento del deterioro de las condiciones de vida del pueblo, un buen punto de partida para avalar esta premisa se encuentra en el testimonio de la longeva señora Aidé, quien prácticamente lo vio todo en sus más de 80 años:

"… después de Dios, digo yo, no hay como María Elena, porque aquí se vive bien".

"Dicen: `señora, gracias a Dios que voy a salir de aquí, de este infierno de María Elena', al año, dos años, los veo llegar aquí mismo".

En perspectiva etnográfica, lo importante de resaltar aquí es que tenemos un fenómeno en curso, un relato que se está escribiendo, en la medida que los habitantes de María Elena observan que el futuro es siempre amenazador, aun cuando para los pampinos más viejos este sentimiento es conocido, y esta presión constituye parte del imaginario. Muchos de ellos operan frente a determinados eventos de modo analógico, conjugando determinados signos presentes con experiencias pasadas; otros, sienten que los días del fin se aproximan o los están viviendo.

Este sentimiento, o estas analogías que se establecen,7 independientemente, de las condiciones objetivas que en determinadas coyunturas puedan tener más fuerza para avalar una proposición de esa naturaleza, en lo sustantivo desencadena el tener a la vista el término de una experiencia de vida en un espacio con características únicas y desde la prerrogativa de ser los últimos de esta tradición, aspecto central que en el fondo plantea nuestras interrogantes.

Así, en este interés de documentar los significados se vuelve relevante profundizar en cómo se lee y revisita la propia historia colectiva desde la subjetividad y la contingencia; cómo se ordena el lugar y se redimensiona el espacio desde el presente; cuáles son los mitos y los sueños del pasado y futuro que alberga el mirar la vida en la pampa como una experiencia singular y única; y desde la consideración de ser "los últimos pampinos", los depositarios de la tradición que se extingue: cuál es el valor afectivo y simbólico que poseen los objetos materiales del salitre y los relatos que arrancan de ellos; cómo se institucionaliza la historia para crear otros verosímiles y certidumbres a través de revistas, pasquines, libros y relatos que intentan recordar lo que ya no está; además, qué tipo de héroes culturales surgen de la trama constituida desde esta visita al pasado; y finalmente, cómo se gesta con sus exaltaciones y omisiones la memoria del salitre, antes que caiga el telón en el último pueblo salitrero.

Así como la búsqueda de significados es el centro de toda investigación etnográfica, lo que admite la profundidad, densidad y extensión, metodológicamente, la propia definición del significado se cierra sólo cuando se especifica el tiempo, el espacio y el grupo, cuestión que corresponde al proceso de finalización de la investigación. Por ello, en la apertura de ésta, se trata de éstos hombres y mujeres; aquí, en María Elena; ahora, comienzo del milenio; en un contexto de debilitamiento de la infraestructura urbana, de relaciones laborales articuladas con empresas contratistas, de pobreza, sin eventos sociales que articulen la vida social, sin otras oficinas en los alrededores, sin rivalidades deportivas ni graderías llenas en los estadios.

En este caso particular, la investigación en curso se centra para responder las preguntas enunciadas en la dialéctica pasado y presente, en el cómo se configura y desde dónde el ser y sentirse uno más de los hijos del salitre, de los enganchados, de los que no regresaron a sus lugares de origen, y de los que tienen a sus deudos en los cementerios derruidos y abandonados bajo la perpetua lluvia amarilla en medio de la tierra calcinada. Qué los une con los pioneros, esos que inauguraron el sueño del oro blanco, Qué se puede decir desde María Elena, el último pueblo en pie en esta larga historia, cómo se pueden leer las grafías del territorio, esos adobes abandonados y pueblos saqueados; esa muerte que rodea al pueblo.

Todas estas interrogantes, por la característica misma del estudio, y bajo la consideración de ser un fenómeno en curso, son necesariamente provisionales, abiertas, flexibles y sólo orientadoras. De modo que se trata de entrar en contacto con este núcleo, no delimitar a priori sus fronteras; más aún, situarse, orientarse y sumergirse en él a través del registro oral. Por lo mismo, metodológicamente el trabajo es estructurable sólo desde las preguntas, pero no definitivamente estructurado, y un interés por la búsqueda de significados expone a todo investigador y equipo de investigación a que esto no se logre si los sujetos de estudio se niegan a ello; pero, también, de modo contrario, a una sobreabundancia de información si la interacción es expedita. Así, el registro oral y la observación sistemática, que permanentemente nos abrió nuevos frentes y fijó nuevos campos temáticos, fue lo que nos enfrentó a que los puntos de apoyo fueran multivariados y que los mismos verosímiles tuvieran distinta densidad, profundidad y extensión.

El saber dentro de los límites de una investigación etnográfica es sólo conjetural. Es tentativo, siempre está abierto a todas las posibilidades, evita el aceleramiento, porque "nada definitivo ha sucedido aún en el mundo, la última palabra del mundo y acerca de él todavía no se ha dicho, el mundo está abierto y libre, todo está por suceder y siembre será así" (Bajtín cit. en Morson 1993). Por tanto, axiomáticamente, si quisiéramos hablar de un horizonte de verdad, ésta no se ubica en el instante presente; fluye, se resemantiza. Todo registro oral debe ser considerado como el inicio de una nueva conversación.

Por lo mismo, si se quiere sostener una aspiración etnográfica, ésta se ubica en realizar un planteamiento efectivo en el cual la interpretación pueda descansar, es decir, establecer ciertos ejes de recurrencia. De modo que la madurez de la investigación es a posteriori, cuando el caudal de información se presenta con cierta coherencia y cuando se integran las diferentes formas de conocimiento (distintas memorias) y niveles de interpretación. Además, si la investigación abre fronteras y queda condicionada por la incertidumbre, va incluyendo un nuevo repertorio de problemas: los que provocan en las personas y en la comunidad la acción investigativa.

Paralelamente, se debe precisar que si la etnografía se orienta a esta búsqueda de significados, ésta siempre corresponde a un sujeto. En este caso, los últimos pampinos. Pero, la correspondencia o dependencia se manifiesta de manera diversa: a) en relación al pampino, al hombre y la mujer de María Elena como sujetos de estudio; b) a la comunidad antropológica o científica; y c) de manera extensiva a la sociedad en general. Por ello, se especifica el rol del etnógrafo en tanto investigador, como mediador entre la cultura del "otro" pampino y la cultura, "otra" de la academia. Asimismo, en tanto mediador se instala una problemática clave y no menor: cómo escribir para presentar los resultados, en la medida que se ha de reconocer en el lenguaje de la academia un formato que a veces presenta rigidez para algunas experiencias de investigación, pero al mismo tiempo obliga a devolver a la comunidad la construcción del relato del que ellos son los protagonistas, ya que al antropólogo han confiado sus pasiones y vivencias.

Ejes de recurrencia

Sabemos que etnográficamente una clave importante para despejar interrogantes como las señaladas más arriba se encuentra en la recurrencia, en lo que prevalece por sobre las consideraciones individuales, en lo que marcha con la vida de los hombres en el presente. De esta manera, los verosímiles que se registran desde la oralidad no refieren de modo específico a los de los grandes hombres que se escapan de su tiempo, de los más reconocidos o los que logran mayor visibilidad. Tampoco importa demasiado el acontecimiento en sí, ni la especificación exacta _por ejemplo_ de la historia social o económica de la comunidad. El trabajo etnográfico es más que la superficialidad escindida, desprovista de la complejidad de todo sistema social, que revela la historia centrada en el eje de la sociedad, lo económico, lo político, lo laboral, recreacional o lo militar, que no hacen más que descomponer aquello que se encuentra integrado desde la perspectiva del cotidiano.

Entonces, se trata _primeramente_ de encontrar los ejes de la recurrencia entre las generaciones al interior de la comunidad especializada, de la apropiación territorial y de la inscripción de grafías en ese espacio, es decir, estos "presentes relativos" y esta "topofilia". Y en ello, en sentido general, puede sostenerse que lo más estable en universos étnicos y sociedades especializadas es siempre de carácter simbólico, y refiere a la lógica dispuesta por cada cultura en relación a la organización social, al control y manejo de los recursos, y a la intervención humana en relación al universo de lo sobrenatural. Es lo que permite, sobre la base de un orden lógico, a una sociedad explicarse a sí misma y dar forma a su mundo social, ambiental y sobrenatural. Cada sociedad reproduce un conjunto de códigos, que cada vez que se articulan entre sí recrean en la cotidianeidad los elementos que dan forma a su sistema conceptual.

Estas construcciones mentales, concebidas a partir de una multiplicidad de elementos asociados y articulados en forma de sistemas que estructuran el cotidiano, permiten a los miembros de la sociedad que los ha elegido y ordenado, explicarse a sí mismos. Ahí, los hombres de una sociedad se encuentran, identifican y diferencian frente a hombres de su propia comunidad y de otras colectividades, dando forma a su mundo social, natural y sobrenatural sobre la base de ese orden lógico.

En este sentido, el desierto marca la vida, y debe ser nombrado. Mucha de la tecnología utilizada en el pasado y las mismas faenas configuraron un habla particular que tiene su eco en la identidad ligada a la agricultura de los tempranos enganchados. Los pioneros llegaron a nombrar cada una de las máquinas y actividades con la familiaridad de los animales domésticos conocidos; analogías según las formas, tamaños y onomatopeyas las bautizan como chancho, ganso, pollo, cigüeña, burro, gallo, etc.

La existencia de la vida en el desierto, es decir, la humanización del territorio por parte de miles de almas, está determinada por la disponibilidad del nitrato. Los habitantes de este paisaje se autodenominan pampinos, en consideración al proceso de intervención del espacio que en el curso de sucesivas generaciones se transforma en auténtico "lugar":

"Difícilmente podrá repetirse una experiencia comparable a la ocupación y explotación originarios del desierto salitrero, con la multiplicidad de hitos y expresiones históricas a que dio lugar: los oficios de la pampa, la densa sociabilidad de las oficinas, la particular intensidad de las solidaridades y los antagonismos sociales, incluso, el léxico tan característico que surgió de tal interacción" (Pinto 1998: 18).

Todo lo hace único, inclusive nunca será obrero a secas, atendiendo a su condición de clase; será obrero pampino u obrero del salitre (ver González 2002).

En el caso del mundo del salitre, aunque exista el aglutinante pampino, se impone en primera instancia el elemento de distinción; decir, "yo soy de", "ella es de", "los de allá se distinguían de o por", como una cuestión básica que esboza la complejidad que tuvieron los distintos asentamientos, los arraigos e identificaciones que generaban, y para recordar también cuál era el lugar de procedencia. Pero, además, apunta fundamentalmente al sentimiento de pertenecer a una comunidad que mantuvo en el tiempo una recurrencia en sus prácticas y una confianza básica entre las personas. María Elena no constituye la excepción.

Por ejemplo, uno de los ejes que estructura la distinción entre los pueblos de María Elena y Pedro de Valdivia se asienta en la temprana campaña de la compañía a favor de la prevención de accidentes: "seguridad ante todo". Esta distinción, que llega hasta nuestros días y que puede registrarse en distintos formatos, se estimula como competencia entre ambas oficinas, calculando en cuadros estadísticos el número de accidentes en la que se ven involucrados, las horas perdidas, lo que se deja de producir; permanentemente se socializan estas cifras en la revista institucional para demostrar quiénes son más eficientes. Aquí aparece el mítico personaje popular "Juan Segura" (ver Rodríguez 2002 Ms). Luego, como continuidad, la distinción primera abordará cuestiones como la estética del pueblo, la calidad de sus gentes, las actividades sociales, las fiestas y, sobre todo, la rivalidad deportiva.

Para esta investigación, y bajo una mirada macroscópica, entre los elementos distintivos se vuelven determinantes: a) la estructura del pueblo, concebido como un emplazamiento cuya existencia sólo depende del yacimiento de nitrato; b) un centro del mismo, asociado a "la pulpería", el espacio mercantil por excelencia que durante muchos años indicó los límites del mercado; y, además, se releva c) un proceso permanente de "gestión de la alteridad", una colonización de la diferencia de modo de transformarla en prójima, en la medida que la administración de las distintas compañías han de habérselas con un contingente humano que responde a otras lógicas valóricas, conductuales, experienciales, y que sus identidades iniciales están determinadas por otras actividades laborales y otros paisajes.

Por lo señalado, la pampa será un espacio único, cuya habitabilidad estará determinada por unos niveles de explotación tales, que permanentemente requerirá de reclutar nuevos trabajadores, llegando a configurar durante varias generaciones un espacio multiétnico. Así, con importantes perfiles demográficos, con una composición étnica variada y con una riqueza difícilmente cuantificable, que permitió abrir múltiples caminos y conexiones, debe entenderse la observación de Mario Bahamonde, en el cuento "El negro destino": "Entre un almacén en el puerto y una mina en el desierto no había más diferencia que las dos puntas del camino. Todo era riqueza" (1951: 62).

Es esa riqueza que convoca a miles de almas, sumada a los tres ejes de acercamiento señalados, lo que define un conjunto de problemas que se esbozan en el interés de nuestro trabajo de registro etnográfico. En estos ejes se intersecta gran parte de los verosímiles y adquieren consistencia y coherencia.

Así, en primer lugar, el pueblo emplazado en la llamada Siberia Caliente implica en la perspectiva de la fundación: a) el yacimiento propiamente tal, unido a la estructura urbana dotada de todos los servicios, cuya propietaria es la compañía Anglo-Lautaro Nitrate Co.; b) una red de ferrocarril, constituida por ramales unidas a la red troncal;8 y c) un puerto de embarque para el nitrato y de desembarque de los productos necesarios para mantener a la población en medio del desierto.

El solo hecho que la compañía sea la propietaria exclusiva del conjunto urbano hace que todo diálogo sobre las condiciones de vida, el repertorio de posibilidades, el trabajo y la recreación tengan como eco a la empresa dueña del yacimiento y el pueblo. De modo paralelo, debemos considerar que se trata de elementos fundadores e ineludibles en cualquier especulación sobre la identidad, ya que el arraigo generado en estos emplazamientos sólo puede sostenerse en la medida que exista un repertorio de posibilidades que libere de las preocupaciones básicas, como la vivienda, la alimentación y el trabajo.

Como cuestión transversal, se destaca que los niveles de explotación alcanzados demandaron importantes contingentes humanos para satisfacer tal necesidad, en un espacio ambientalmente hostil y despoblado, lo que obligó a reclutar trabajadores con una estrategia seductora entre las zonas más pobres del país; cuestión que inicialmente se combina con población china que trabajaba en las guaneras peruanas, indígenas de los valles y del altiplano, norteamericanos, y europeos (ingleses, alemanes, yugoeslavos, entre otros). Además, no es extraño observar fotografías para el período de explotación de tipo Schank, en la que son retratados cuyanos en sus cabalgaduras, los que estaban encargados de amansar caballares, y del cuidado de las mulas y burros, en un contexto de trabajo fundamentalmente manual.

La sola estrategia de reclutamiento denominada enganche, abre múltiples espacios a la investigación, pues en sus comienzos en el siglo XIX y comienzos del XX no sólo parte de una fórmula con ofrecimientos engañosos para los reclutados, sino que establece una tensión entre la pobreza local de las zonas centro y sur del país y unas superiores condiciones de vida en términos de vivienda, trabajo y alimento al final de los años veinte y comienzo de los años treinta del siglo pasado, en el que se construyen los últimos emplazamientos importantes: María Elena, Pedro de Valdivia y Chacabuco. Recordemos como bien sostiene Pinto (1998), que ya en los años `20, Antofagasta había desplazado a Tarapacá como principal zona productora de nitrato.

Además, la estrategia del enganche da origen a dos aspectos nuevos para lo que será la posterior configuración de la identidad pampina: la despersonalización de las relaciones sociales, propias de la condición de inquilino; y la salarización y sometimiento a unas exigencias horarias desconocidas. Debemos observar que el cambio en la condición laboral y de vida, más tarde, ayudaran a dar forma a cuestiones tan emblemáticas como el movimiento obrero, los antagonismos de clase y relaciones sociales de producción con un formato capitalista.

Desde el comienzo se estructura un espacio social multiétnico, pero étnicamente jerarquizado, que establece parejas permanentes: aquí-allá y adentro-afuera en términos de espacio; y nosotros-los otros como relación social. Sólo así puede entenderse que en María Elena y Pedro de Valdivia se celebró permanentemente el aniversario patrio de Bolivia, y con mucha más intensidad el 4 de julio, día de Estados Unidos; a veces, este último casi igualándose en realce al 18 de septiembre. Julio fue denominado el mes de la libertad.

Además, este eje es importante porque la misma estructura del pueblo segregada en términos habitacionales, perfectamente delimitada y controlada por guardias y serenos para impedir el libre tránsito hacia el barrio norteamericano, hace que la referencia hacia los "gringos" sea limitada y tangencial en términos de experiencia vivida. Bastante pocas personas tuvieron acceso a ese barrio, a sus viviendas y a la vida cotidiana que ahí se desarrollaba; quienes lo hicieron, en su mayoría mujeres, trabajaban en el servicio doméstico; otros, realizaban alguna labor de jardinería y mantención; o niños que eran llamados ocasionalmente como lustrabotas. En este sentido, hay un saber no conocido por la mayoría, pero imaginado.

No resulta menos importante señalar que una de las características más significativas será el aislamiento. Recién en 1931 comienza la construcción del camino de Antofagasta a Pedro de Valdivia, y hasta ese entonces, un viaje en tren entre estos puntos demoraba entre seis y siete horas, lo que obligó a que María Elena y Pedro de Valdivia fueran autosuficientes en términos de servicios básicos como agua y electricidad, y contar con hospital, juzgado, lugares de culto, educación y una red logística para asegurar la provisión de alimentos de una población que, en 1930, se ubicaba en torno a las 9.000 personas.

En segundo lugar, la pulpería del pueblo define una cuestión de convergencia, en la medida que se transforma en el espacio mercantil por excelencia, que expresa los límites del mercado. Es decir, aquí se articulan trabajo y consumo, bajo una modalidad única: durante muchos años (siglo XIX y hasta los años `20 del siglo pasado) el pago no fue realizado en moneda corriente, sino que cada emplazamiento minero pagó a sus obreros y operarios con una ficha-salario. Esta sólo tenía valor en la pulpería, es decir, en el almacén de la oficina.

La utilización de la ficha-salario resultó ser uno de los negocios más lucrativos, pues al ser de circulación restringida a cada oficina salitrera, permitía que el salario siempre volviera a sus cajas. Fue una clara forma de recuperar los jornales, lo que significaba que la empresa no necesitaba dinero efectivo para remunerar a sus trabajadores.

Se discute sobre sus múltiples funciones. Para la mayoría de los investigadores corresponde a uno de los elementos mayormente visibles de la explotación a la que eran sometidos los obreros, combinado además con cuestiones históricas como la ausencia de moneda nacional fraccionada, la posibilidad siempre presente del robo del efectivo por la magnitud de las cantidades de dinero que se requerirían para cancelar los salarios. Pero, además, como señala Pinto (1998), no se puede descartar que ésta también cumpliera la función de retener a los trabajadores en las distintas compañías al no poder cambiar las fichas en otra unidad productiva, en un espacio donde resultaba dificultoso conseguir trabajadores.

Esta situación no fue conocida en María Elena y Pedro de Valdivia. Pero, más tarde, luego de su abolición, los obreros y empleados _según sus ingresos_ tuvieron un sistema de vales y creditaje en la pulpería, lo que hacía que éstos, y especialmente las mujeres, pidieran todo lo necesario para la sobrevivencia, lo que significa disponibilidad cotidiana de alimentos, vestuario, telas y enseres diversos. En la pulpería de María Elena se podían encontrar los alimentos de consumo básico, ya que contaba con almacén, verdulería, carnicería, fiambrería y panadería; además contaba con una buena zapatería, unidades de lencería, vestuario, cigarrería y licorería.

Pero, es esta misma situación "de pedir solamente", y "de tener siempre", lo que hace que se instale un círculo de endeudamiento y que siempre se manejara poco dinero en efectivo, lo que será un rasgo decidor en Pedro de Valdivia y María Elena; situación reforzada con la subvención de los precios, lo que provocaba una gran distorsión cuando se salía al exterior de las oficinas, ya que el poco dinero en efectivo con el que contaban las familias no alcanzaba para nada.

A modo de ilustración, ya en una editorial de la Revista Pampa de septiembre de 1949, se señala la importancia de las pulperías y se perfila una característica definitoria del circuito mercantil, indicando que las Compañías Lautaro Nitrate y Anglo-Chilena, las que mantienen en María Elena y Pedro de Valdivia, y sus campamentos de Coya Sur y José Francisco Vergara, "son verdaderas organizaciones comerciales, ya que deben abastecer a una población cercana a unos 28.000 habitantes". En éstas se expenden 23 artículos de primera necesidad, los cuales son vendidos a precio reducido, e inclusive bajo el costo, "cuyos precios no han variado desde 1942 (...) ayudando eficazmente en el presupuesto de la alimentación de obreros y empleados". Más tarde, en 1956, el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo decretará un aumento del 10% de los precios.

La importancia de la pulpería dentro de la vida cotidiana queda de manifiesto una vez que fue privatizada, ya que los nuevos dueños de la compañía deciden, como política administrativa, poner fin a este sistema. Fue tal el problema derivado de tal decisión, que los dirigentes sindicales de la época debieron pedir que la medida no tuviera el carácter de aplicación inmediata, ya que no había experiencia de comprar o llevar la economía doméstica sin acudir a ella.

Nuestros registros de campo apuntan a una exultación de la pulpería como el gran espacio de convergencia, ya que no había otra alternativa de comercio que pudiera competir con esos precios varias veces más bajos que en cualquier otro lugar del país; y, paralelamente, como lugar de socialización de las mujeres por excelencia, en la medida que era un rito obligado ir todos los días, muy temprano, a hacer la fila para comprar el pan.

Con esta estructura de funcionamiento del "negocio central donde expenden al público todos aquellos productos y elementos necesarios para la subsistencia", no es extraño, como hemos registrado con insistencia, que cada vez que un integrante de la familia salía del interior del desierto para dirigirse a Antofagasta o a Tocopilla, observara "lo caro que es la vida en el exterior", pues "todo valía cuatro o cinco veces más", "que todo fuera impagable". En perspectiva del tiempo, este contraste interior-exterior hace que siempre, cuando se cruza la frontera para ir a otros pagos, la mirada se vuelva hacia adentro de la pampa, al pueblo, pues ofrece seguridad, trabajo, vivienda y alimentación, y que en la distancia se valore de manera superlativa lo que la compañía entregaba (Figura 3).

Figura 3. Vista interior de la sala de telas de la antigua pulpería de María Elena.

 

En tercer lugar, se ubica la gestión de la alteridad, porque "reducir el otro al prójimo es una tentación muy difícil de evitar" _como sostiene Guillaume (2000). Y, en este caso, la ética de la colonización de la diferencia es una necesidad y adquiere rasgos protestantes (wap's)9en relación al trabajo, de permanente disciplina y normalización en estos espacios únicos de los hombres enganchados que vinieron especialmente del centro sur del país; de modo que se produce una reducción de la realidad del otro, de aquello que era "radicalmente heterogéneo" (Guillaume 2000). Por eso, podemos hablar de un proceso pedagógico sistemático de internalización de las reglas, cuyas máximas se ubican en "seguridad ante todo", compromiso y lealtad de los trabajadores para con la empresa, el deslinde de todo sindicalismo unido al movimiento social, la permanente comparación con los trabajadores norteamericanos, para que los locales entiendan a qué apunta la preocupación de la empresa. Junto a esto, destaca la necesidad de que todo trabajador sea visible, por lo que se despliega una gran red de instituciones e instancias de asociatividad y sociabilidad que permiten la recreación; entre éstas, destacan el deporte, el cine, los orfeones en el odeón de la plaza, los bailes y competencias (ver Rodríguez 2002 Ms).

Todas ellas actividades que, según hemos establecido, apuntan a hacer visibles a los integrantes de la comunidad, configurando un gran panóptico (Foucault 2000). Nadie podía vivir ahí si no es trabajador de la empresa, si no compra en la pulpería, si no tiene asignada una vivienda; por eso una vez al mes se realizaba un censo de pobla

ción, pudiendo vivir en la vivienda sólo los consignados por el usuario en su contrato. Además, era _según el Reglamento Obrero_ obligación abrir las ventanas, barrer los pasillos, no realizar actividades bulliciosas después de las 23.30 horas, y no conectar artículos eléctricos sin previa autorización.10

Sin embargo, la idea de "reducir al otro", es una idea que expresa contingencia. Porque la alteridad como relación social, histórica y materialmente constituida, que inicialmente es dual, en la medida que se necesita imperiosamente "retener al otro" desde la perspectiva de la compañía, se vuelve asimétrica ya que en el curso de los años el desarrollo tecnológico y los vaivenes de la industria hacen que el número de trabajadores vaya reduciéndose y las oficinas se vayan cerrando hasta la situación actual en la que María Elena constituye el último icono.

En este sentido, como se desarrollará más adelante, hay una elisión de uno de los componentes de esta relación dual, ya que desaparece el "gringo", y el "nosotros" pampinos tendrá que producir al "otro" e inventar la diferencia.

Así, el entramado de estos ejes, bajo un régimen en el que históricamente la empresa ha sido la dueña del pueblo, es decir, de toda la infraestructura urbana, partiendo por la vivienda, es lo que permite que se configure una cultura con rasgos inequiparables y aparezcan con frecuencia en nuestros registros los elementos de distinción al interior de lo que podemos llamar pampa.

En este sentido, se perfila como estrategia totalizadora la configuración estigmatizada de "otros", los que según las coyunturas a la que se expongan nuestros entrevistados y la profundidad de los recuerdos y emociones se constituyen en "otredades" más prójimas o más lejanas. Así, por ejemplo, destacan:

"Se conocían al tiro los de Vergara, llegaban con seis, siete, ocho cabros chicos. En Vergara lo único que habían eran niños".

"Los de María Elena son casi todos de la cuarta región. En cambio, los de Pedro de Valdivia son de Santiago al sur".

"En Vergara les llamábamos Rapanui a los llegados de Santa Cecilia, porque en ese tiempo salió una información en la prensa que hablaba de que en la Isla de Pascua había huido una colonia de leprosos. Como éstos andaban dando vueltas, y no tenían donde ir, así les pusimos".11

"Ahí, en esa corrida de casas vivían los bolivianos. Siempre se escuchaban voces en la noche, como si penaran. Dicen que enterraban debajo del piso a los niños que morían".

"Usted conoce al tiro una casa de un pedrino. Siempre está limpia y tiene jardín".

"La raza se echó a perder cuando llegaron los de Pedro".

Son estas relaciones tejidas a lo largo del tiempo por sucesivas generaciones, y la exaltación de algunos atributos _a veces de manera superlativa_, eso que se presenta como obvio y natural, la base de un sistema de vida que se convierte en un modelo de significación, representación y comprensión del mundo y de los otros. Estos son algunos de los "otros externos", como también el auténtico "otro interno" y radical será "el gringo", el que vive en un ghetto dentro del pueblo; ese que se ve a la distancia, el que posó casi sólo para las fotografías.

Es así que, en el registro oral, tenemos un gran mapa lleno de accidentes y jirones de memoria, porque parece que los hombres casi llevaran grabadas en sus frentes la sombra de ésta. Y ese mapa, como todo documento social, debe ser enfrentado, leído e interpretado en su densidad; recorrido intensamente por la mirada, como si estuviésemos frente a un gran conjunto gráfico del cual hay que descifrar el texto que ahí se esconde.

Estrategia metodológica

Metodológicamente, en esta investigación todo el proceso de registro oral, el uso de información secundaria y algunos indicadores materiales (cajetillas de cigarrillos, fichas-salario, latas de productos, tapas de botellas, carteleras cinematográficas) se centra en un esfuerzo por documentar la construcción de las fronteras e identidades, tanto internas como externas. De este modo, se distinguen tres planos o miradas sobre las cuales descansa el trabajo: a) la mirada desde afuera hacia adentro de la pampa; b) desde dentro hacia sí mismo; y c) desde dentro hacia afuera.

Estos tres ejes discursivos, a pesar que aparecen analíticamente diferenciados, terminan por confundirse. Así, por ejemplo, la mirada desde "afuera hacia adentro" construye una imagen a partir de los textos escolares, donde el paisaje es yermo y estéril, lugar donde se vuelve casi imposible hacer la vida; pero también, desde afuera, la pampa es fundamento de la mitología social: ahí se constituye el movimiento obrero en este país. Por tanto, se articulan cuestiones como el surgimiento de la conciencia social, la idea del pueblo ilustrado, el antagonismo de clase, la identidad de clase, las relaciones capitalistas de producción, entre otras.

En cambio, desde "dentro hacia sí mismo" surge claramente la impronta del héroe, volviéndose recurrente la valoración de personajes que hicieron visibles a las distintas oficinas salitreras, cuestión reforzada por la divulgación del mundo del salitre que ha realizado en los últimos años Hernán Rivera Letelier a través de sus obras, sin dejar de observar a otros muy cercanos a la pampa, como Sabella, González Zenteno, Mario Bahamonde, Cobo, y otros más distantes desde su experiencia, como Neruda y Teitelboim.

Pero también, desde "dentro hacia sí mismo" no se puede desconocer la construcción de una mirada institucionalizada, permanente y reiterada por parte de la Compañía Anglo-Lautaro hacia sus trabajadores y el espacio interior. Sabido es que, durante largos años, los puestos de confianza siempre estuvieron en manos de extranjeros, y María Elena y Pedro de Valdivia no fueron la excepción. Pero estos extranjeros, desconocidos para muchos _como hemos consignado más arriba_, a través

de la revista oficial Pampa12 señalan cómo deben ser los pampinos y qué deben hacer éstos con su trabajo y con su vida, en un contexto fundamentalmente masculino en que tempranamente se construyó una imagen en que el obrero llegado desde el sur no tuvo otra obligación más que trabajar, y luego "emborracharse para olvidar penas" (Martínez 1895: 13).13

En la Revista Pampa existen elementos que siempre sobresalen, ya sea por la cobertura dada a los artículos o por lo repetitivo de dichos elementos, los que a veces agotan.

Así, durante los primeros años de edición destacan las secciones tituladas "Seguridad ante todo", donde se loan sin misericordia las virtudes del trabajo, independiente de cuál labor desempeñe el trabajador, ya que por sobre todo se debe trabajar duro y cumplir con el deber encomendado; ser austero, cuidar lo recibido y ahorrar, porque este capital se duplicará. También la seguridad industrial es un eje fuerza, ya que establece una correlación entre una tendencia a la baja de los accidentes laborales y aumento de la producción, idea que se transforma en un motor de la Compañía.

Paralelamente se instauran insólitas y contradictorias relaciones entre María Elena y Pedro de Valdivia. Por un lado, se origina la competencia, al inicio interna, entre secciones; y luego, por otro, los márgenes se ensanchan diferenciando a ambas plantas. El dato curioso es que esta obsecuencia por el cumplimiento del deber compromete adjetivaciones como restar virilidad a los varones más propensos a los descuidos y accidentes, que son aquellos a los que no se necesita. Pero, contradictoriamente la revista confronta esta competencia por la llamada mejor "frecuencia", con incesantes discursos llamando al encuentro y camaradería entre ambas plantas, ya que siempre se infiltran elementos disociadores foráneos, invisibles, innombrables...14

También destaca la recreación, de la cual se desprenden el deporte y la vida social. La descripción que realiza sobre el desarrollo deportivo es deslumbrante, destacando la natación, waterpolo, atletismo, ciclismo, boxeo, fútbol, básquetbol, vóleibol, tiro al blanco, gimnasia, rayuela, pim-pón, tenis, ajedrez, béisbol, automovilismo, carreras de triciclos y autos infantiles, equitación, lucha libre y golf. Según la Revista Pampa, la vida social es un enjambre de inagotables actividades, cuyo foco nace en la biblioteca de María Elena, la cual expande sus funciones _con ayuda de la Compañía y "gentes muy generosas"_ hacia la creación del Instituto Chileno Norteamericano de Cultura; de escuelas nocturnas para aquellos y aquellas que saben que su educación no va a trascender a las plantas y campamentos de María, Pedro, Coya y Vergara. De la biblioteca también surge el teatro infantil y adulto, que va desde las tímidas funciones con aficionados, hasta elaborados radioteatros en los que hasta Andrés Sabella participó como guionista. En la biblioteca se crean espacios de estudio, consulta y alfabetización, los que son recurrentemente fotografiados; la radio se funda desde ese lugar, y la danza, la música, la pintura y las artes en general son creadas y estimuladas desde ahí.

El trabajo tiene un tratamiento distinto en la revista, ya que no es un elemento explícito como las notas referidas a los eventos anteriores, pues es precisamente el ámbito del que no se escribe. Las entrevistas, las anécdotas y las fotografías del mundo obrero sólo son consideradas parcialmente y sin profundidad; los trabajadores son retratados en su máquina, con la pala, marchando a casa después de una jornada laboral o describiendo su función. Asimismo, los llamados "cócteles danzantes", es decir, las fiestas en los clubes, son sólo privilegio de los empleados y administradores, ya que la aparición pública del obrero pampino se remite a alguna premiación por haber logrado junto a sus compañeros un importante récord de producción, que le vale el reconocimiento por la autoridad y algún premio, que va desde una leontina grabada con el número de toneladas producidas, la fecha y la sección en que se produjo, una caja de mercaderías, bonos para el teatro y hasta un juego de calzoncillos y calcetines.

Inclusive, se puede afirmar que los lugares propios de las faenas no son presentados con habitualidad.

Sabemos que al cine le correspondió un lugar destacado en la pampa. Fue espectáculo masivo y cargado de significado para los cinéfilos de la época, el que es recordado de manera intensa por quienes eran niños en esos tiempos. Sin embargo, en la revista, el cine está ausente y ajeno a todo reconocimiento, no encontrándose referencias significativas, salvo la indicación de que en el año 1957, al mes de julio, se habían pasado _en el proyector Super Simples RCA Victor_ nada menos que 7.000 películas en Pedro de Valdivia; cuestión absolutamente contraria al realce y tratamiento que se da al teatro, la radio, la biblioteca y otras actividades sociales.

Este desconocimiento o escaso tratamiento, tal vez se pueda explicar porque el cine en este contexto identifica al mundo obrero y a una cultura distinta, por tanto se configura como una actividad vedada para los otros, los que se hacen visibles a través de la revista, como los profesores, los trabajadores de la pulpería, los empleados, los de la radioemisora, es decir, todos aquellos que mantienen sus manos limpias, que disfrutan de las fiestas del salitre, y, quizá, corresponden a un espíritu más elevado o cultura superior.

Sin embargo, la construcción de esta mirada más pura, más sutil, y también más excluyente (y tal vez estigmatizada), se ve reforzada en el año 1949 cuando deja de celebrarse la "fiesta de la primavera" y se da inicio a la "fiesta del salitre" en María Elena y Pedro de Valdivia. La empresa tilda a la primera como una manifestación de tipo carnavalesca y sobre todo bulliciosa; mientras que la segunda está llamada a fomentar el espíritu benéfico, una celebración destinada a recaudar fondos orientados a la ayuda social.

De este modo, tenemos una mirada desde la Compañía que da realce al ascetismo, al ahorro, a la elevación del espíritu, a la vida hogareña, a la entretención de los niños, a que las mujeres cultiven las labores del sexo15 y los hombres el deporte; que cumplan cada uno con su deber, con lo que les corresponde hacer en el trabajo. Por ello, el retrato más elocuente y reiterado lo constituye el grupo familiar: los hijos mirando al padre leer y a la madre tejer.

Pero, desde "dentro hacia afuera" de la pampa hay una lectura de varios ejes. María Elena y Pedro de Valdivia son presentados como grandes oasis y metrópolis a las que todos quieren conocer, lo que se traduce en el desfile de importantes clubes deportivos de distintas partes de Chile y del exterior; visitas de la Orquesta de la Universidad de Chile, compañías circenses internacionales, grandes hombres de radio y periodistas. También destaca una imagen que arranca del pasado, que reconocía lo caro y difícil que era la vida fuera de la pampa, exultando esta expresión piadosa de parte de la compañía para darlo todo; pero, destaca otra más reciente, despectiva hacia el afuerino que llegó al final del esplendor de los pueblos del salitre; ese que llegó a "quedarse con la riqueza" y a "quitarle el trabajo a los pampinos". Con desdén, y a veces con cierto desprecio, algunos son llamados "gringos del Mapocho", "nuevos ricos", "nuevos dueños".

Respecto de la idea de "gringo del Mapocho", la idea esconde una fortaleza: se trata de un elemento de comparación. Los auténticos gringos son los de los tiempos de la pulpería, los que daban trabajo, los de los tiempos de las oficinas en operación, los que mantenían al pueblo en inmejorables condiciones; los de aquellos tiempos del gran deporte, de las fiestas del salitre. No los que consideran dueños en la actualidad, aquellos que con la privatización en los años `80 como primera medida de racionalización cerraron la pulpería, los que se cree fulminaron Pedro de Valdivia.

Narrativamente, y como escritura etnográfica, el movimiento que se dimensiona en el registro oral es la dialéctica entre lo individual y lo colectivo, asociado a los ecos de los largos procesos y las contingencias cotidianas, a lo no consciente y lo consciente, lo que va explicando las formas de organización del espacio y el lugar, la redefinición de los mismos, las reglas de interacción diseñadas por los hombres para optimizar las relaciones sociales, con el entorno y las otras comunidades.

Detrás de esta historia articulada en estas tres formas de mirar se expone la lógica simbólica, o la lógica de la representación de una tribu, de cómo ella se ve a sí misma. El elenino nos muestra cómo se interpreta, se define, recrea e inventa la propia historia, la identidad y las relaciones; cómo se reproduce la cultura en el periplo del tiempo, y cómo se resemantizan los nuevos modelos de vida comunitaria. De modo que, mediante el registro oral se trata de establecer como significado cuáles son las formas de interpretar e interpretarse que posee la comunidad de María Elena.

Sabemos, la pluralidad del mundo es la pluralidad de estas representaciones o lógicas simbólicas. Es la diferencia en su sistema conceptual, su capacidad creativa, la diferenciación con otros sistemas sociales, la meditación que subyace a la historia, a la naturaleza y a la condición humana; los códigos implícitos o explícitos que regulan y prescriben los comportamientos y las actividades en orden a la ética, las creencias, la religión y la estética. Desde María Elena esta pluralidad y forma de representarse se vive de manera trágica: son los últimos dentro de las pluralidades de la industria del salitre; sin ellos, sin el pueblo, se acaba la cultura.

Sin embargo, los elementos que concurren a dar consistencia en la actualidad a estos verosímiles implican necesariamente la utilización de elementos que vienen de varias vertientes, los que hacen que el origen de un relato, por ejemplo, tenga a veces su sustentación fuera de la experiencia vivida, construida sobre la base de periódicos, literatura, pasquines o libros de divulgación que hacen de sustento de una identidad.16 En otros casos, entre lo leído, lo vivido, lo oído y no visto puede encontrarse la formación del mito.

Formalmente, en este estudio podemos hablar de memoria porque ésta expresa el trabajo continuado de interpretación que hombres, mujeres y niños llevan a cabo para identificar los vínculos que unen pasado y presente. Pero, a veces, el pasado puede desbordar la causalidad que lo gestó, por lo que, en el caso particular del relato etnográfico, en María Elena no puede hablarse de linealidad, sino de un relato que alberga en sus intersticios múltiples historias derivadas de otras conjeturas.

No existe historia fuera de la memoria que lo articula. Lo vivido y lo memorizado también pueden desandar las memorias de los textos y redimensionarla; o, constituirse en el refuerzo de un imaginario memorístico, como lo que ocurre con las novelas de Rivera Letelier u otras publicaciones recordatorias, donde algunos pampinos no pueden establecer si lo leyeron o lo vivieron.

Desde nuestro presente, y como cuestión metodológica central, no debemos caer en la tentación de tratar de zanjar los límites de lo real o lo ficticio. Una inclinación de ese tipo podría confundir que la verdad del texto y la verdad del relato oral no son iguales ni lo mismo, aunque, por ejemplo, en cualquier orden que los ubiquemos pueden configurar un mito.

Como sabemos, el mito sólo es. No tiene tiempo ni origen. Y en María Elena, un oso hace de las suyas en medio de un lugar que sólo conoce dos hoteles para los amantes: Mirasol y Miraestrellas.17

Observemos el siguiente relato:

"Una vez venía con mi marido de una fiesta. Era tarde, y nos quedamos un rato en la calle. Yo lo tenía abrazado y de repente veo una sombra que se venía acercando... se la muestro a él, y de repente, la sombra se para frente a nosotros. Era un oso blanco. Mi marido salió apretando y el oso comenzó a caminar pa' donde estaba yo, con los brazos hacia delante... Ni supe cómo me eché a correr hasta que llegué a la casa de mi mamá y empecé a golpearle la puerta hasta que me abrió".18

Sin embargo, el oso travieso (o extraviado) ya había aparecido en otra oportunidad. En una regada noche con "gloriado",19 de esas en las que se cuentan historias sobre historias, esas que permiten mantener la atención de todos los contertulios, el "caballo de los indios" que había mantenido un riguroso silencio, fue requerido por el "cabeza de agua" para que contara alguna historia para que las "señoritas venidas de Calama no se durmieran":

"Todo comenzó una noche sin luna, después de un fragoroso copeo en la Cueva del Chivato. El `caballo de los indios' viene caminando de vuelta a los buques. De pronto, sin saber de dónde ni cómo (tal vez había llegado un circo a la Oficina), un oso del tamaño de un ropero se le deja venir súbitamente por detrás, aprisionándolo fuertemente contra su cuerpo. ¡El terrible abrazo del oso! Aunque al principio se debate desesperado, el apretón del salvaje animal comienza a hacerle crujir los huesos y a dejarlo sin respiración. Ni gritar puede el pobre caballo: y cuándo ya está por perder el conocimiento _sin poder hacer gran cosa pues el oso le tiene aprisionado los brazos_ y ya piensa en tirar la esponja y dejarse triturar tranquilamente, se le viene la genial idea a la cabeza. Como puede, comienza a tantearle las partes pudendas a la bestia hasta hallarle la poronga; acto seguido, y con las últimas fuerzas que le van quedando, comienza despacito primero _suavecito, suavecito_, ha hacerle una macaca al oso. Este, a medida que se va excitando va aflojando gradualmente su abrazo. Mientras más se excita, más afloja la presión. Hasta que en un instante, babeante y temblorosa, la bestia deja caer sus fuertes brazos peludos como si fueran de peluche y él sale corriendo a todo lo que dan sus cortas piernas. Cuando ya a una distancia salvadora vuelve la cabeza para ver si el animal lo viene siguiendo, el `caballo de los indios' dice que ve al oso, con una inefable expresión de éxtasis en su rostro salvaje _la lengua afuera y los ojos brillantes_, haciéndole señas con una manito como diciéndole: `¡ven! ¡ven!' (…) estalló una risotada que hizo retumbar todo el ámbito de los buques. La "ambulancia", jadeando también de tanto reír, se dio cuenta de la situación y, persignándose tres veces seguidas, conminó a los demás a pedir respeto" (Rivera Letelier 1997: 176-177).

En la Revista Pampa de junio de1957, en un artículo titulado "Ilusiones del espejismo", se habla de las ilusiones ópticas o miraje que suelen ocurrir en los desiertos, producidas a causa de la reflexión total de la luz, cuando ésta atraviesa capas de aire de distinta densidad. El texto se acompaña del retrato de un asustadizo observador con sus binoculares, el que huye despavoridamente de un gran mamífero carnicero plantígrado que aparece en medio de dos pinos, consignando lo siguiente:

"en las llanuras canadienses, un excursionista contemplaba el vasto paisaje a través de sus anteojos de larga vista y, precisamente, en el momento en el que se los quitaba de los ojos vio con espanto que un oso gigantesco se le venía encima. El hombre gritó despavorido y echó a correr. Cuando se sintió a salvo y miró hacia atrás, el oso había desaparecido y en vez del peligroso animal se divisaban sólo unas cuantas nubes que el sol de la tarde dispersaba en pequeños jirones".

Las memorias

En esta investigación hemos distinguido referencialmente cinco memorias que se intersectan, ofreciendo planos convergentes y a veces antagónicos, pero sobre todo dinámicos y también experienciales, y que son los que nos permiten entrar en el juego etnográfico para configurar el proceso de interpretación. Entendemos que la memoria se plasma de una manera arqueológica, histórica, mítica, documental, y también de una utópica (Rodríguez et al. 2001 Ms).

La arqueológica, asociada a la materialidad que esconden principalmente los basurales, los cementerios y los vestigios de las antiguas oficinas, convirtiendo los objetos del salitre y su colección en simbólicos al movilizar un conjunto de ideas sobre su propia historia, permitiendo que ésta se abra e interprete. La histórica, asociada al recuerdo de ciertos eventos como la inauguración de un cine, la visita de un personaje ilustre, una catástrofe o la hazaña de un héroe cultural que confirman lo importante que ha sido María Elena, Pedro de Valdivia, Vergara, La Flor de Chile o Humberstone (Figura 4). La mítica, asociada a la recreación y movilidad de ciertos sucesos de carácter atemporal que no encuentran ni tienen punto cero en los cuales anclar, especialmente lo referido a seres sobrenaturales que habitan ciertas zonas de la pampa. La documental, ligada a la producción de distintos periódicos, libros, pasquines y revistas diversas, muchos con formato de autoedición, que extraen historias misceláneas de publicaciones antiguas, realizando también entrevistas y recuperando algunas viejas fotografías, construyendo así una imagen de la comunidad. Y, finalmente, una memoria utópica, para significar los sueños y ensoñaciones referidos al futuro, como expresión paradisíaca y desiderativa _aunque no exenta de pesimismo_ de lo que está por venir.

Figura 4. Estado actual de la Oficina Salitrera Vergara.

La memoria arqueológica, en este caso, no se corresponde al estatuto tradicionalmente otorgado desde la recuperación, interpretación, catalogación y exposición que hacen antropólogos a los objetos materiales, los que son puestos en escena en los distintos museos, como el pequeño Museo Municipal de María Elena. Más bien, esta memoria arqueológica apunta al surgimiento de una pasión por el pasado de distintas personas, la que se expresa en el coleccionismo de objetos materiales y que ha conducido a desarrollar una afición arqueológica por conseguir objetos del salitre, los que son arrancados preferentemente de los basurales y convertidos en tesoros por jóvenes, los que a veces también son intercambiados; sumándose a ello la reproducción de fotografías antiguas, muchas de ellas tomadas de diversas publicaciones, las que se transforman en copias de copias.

Lo importante en esta práctica es que a estos objetos se le arrancan historias que permiten construir verosímiles. Las carteleras cinematográficas, los envases de té, las botellas de bebidas gaseosas, figurillas de colección, fichas-salarios, entre otros, permiten abrir la historia e identificar tiempos, lugares y situaciones; es decir, conectarse con la historia del salitre, su vida social, sus condiciones económicas, la forma de vida, y dar continuidad a la misma (ver Miranda 2001 Ms; Rodríguez 2001).

Cuando hablamos de memoria histórica no nos referimos a la historia como estudio del pasado de la sociedad próxima, sino a eventos que se prenden en la memoria colectiva, como las huelgas de los años `50, la nacionalización del salitre, la privatización en los `80; la visita de presidentes, como Gabriel González Videla, Carlos Ibáñez del Campo, Fidel Castro, o la misma muerte de los sindicalistas en Pedro de Valdivia. La memoria histórica apunta a la constitución del espacio antropológico como espacio histórico, es decir, a aquello que está cargado de sentido, lo simbolizado de manera colectiva; a aquello que es frecuentado por quienes viven ahí, y lo convierten en puntos de referencia.

La memoria mítica expresa una de las formas de construcción de universos simbólicos, en la medida que el trabajo de registro oral ha permitido documentar la existencia de un conjunto de seres extraños y misteriosos que conviven desde hace varias décadas con los habitantes de María Elena, los que no necesariamente deben ser considerados privativos de esta Oficina. Así, resaltan duendes traviesos y juguetones que alteran la vida de las familias; un hombre de más de dos metros, que a pesar de haber sido enterrado en el cementerio hace muchos años, sigue creciendo varios centímetros al año; otro, que le ha pedido a un taxista que lo lleve al campo santo, y una vez que el conductor se vuelve a cobrar el importe, el pasajero misteriosamente desaparece, para ser visto con su terno café cerrando la puerta desde el interior del cementerio. No es extraño, también, escuchar de misteriosas huellas de 50 o 60 cm, las que son atribuidas a seres extraterrestres, y al mismísimo diablo, el que a veces llega confundido en un remolino, o se aparece al interior de los hogares.

Por su parte, la memoria documental constituye casi una suerte de inventario pampino. Apoyada en diversos formatos, habla de muertes, fiestas, apodos, anécdotas, peligros, sistemas de trabajo, vida doméstica, tecnología, sucesos luctuosos, crisis, huelgas, grupos musicales, héroes deportivos, míticos deportistas, aventuras. Un buen ejemplo de ello es el libro _casi inabordable_ de Félix Reales Vilca (2000); inabordable en el sentido que impone múltiples entradas a la vida pampina, apoyada por una inigualable colección de fotografías en las que va cediendo la palabra a distintos protagonistas que parecen todos estar de acuerdo cuando revisitan su experiencia: la vida en estos pagos es una extensión de la vida familiar.

También la memoria se afianza en la literatura. Y esta siempre se mueve entre dos ejes, aunque a veces muy tenue: a) como exaltación de la dimensión histórica de la existencia humana, utilizando circunstancias como la matanza de Santa María de Iquique para ensalzar las posibilidades humanas en un determinado momento; y b) como narración de situaciones históricas en la que se descubre la sociedad pampina en determinado momento, es decir, el registro del cotidiano hace que se perfile una historiografía novelada.

Todas estas memorias nos acercan a la configuración de la memoria utópica. Esta comienza a producir al otro: lo añora. El pampino de María Elena tiene que inventar la diferencia cuando no está, ya que no puede vivir su propia alteridad. El gringo abandonó la pampa. Otros, los nuevos dueños, pueden prescindir de todos y cada uno de los que quedan en el pueblo; son reemplazables. Por ello, la pampa desde los que aún quedan en ella, y los que están condenados a recordar, se mira hacia atrás; la elisión del otro hace que se recree el tiempo con distintas colecciones de fotografías, fichas-salarios, cajetillas de cigarrillos, latas, botones, candados, llaves, carteleras cinematográficas, tapas y botellas de refrescos, recortes de diarios, entre otros. Toda esta evidencia material es convocada a mantener una relación de continuidad con la pampa, la pampa que ya no está; es la añoranza del ayer, la necesidad de seguir ligada a ella.

En este sentido, la elisión del otro, expresada como el fin de la relación de alteridad dual, concretizada en la siempre presente amenaza del cierre del pueblo, convierte al pasado representado en los objetos y en la antigua dependencia en el mejor refugio, el que se convierte en el mejor presente y mejor futuro que se puede imaginar: una preterización del futuro (ver Miranda 2001 Ms; Rodríguez 2001).

Es de este modo que enfrentamos una alienación desde la utopía, entendiendo que la búsqueda de tesoros y el relato de pequeñas historias _desde la pasión necrófila_ permiten una recreación paradisíaca y hasta desiderativa y ditirámbica del ayer. Cuestión que nos permite afirmar con Baudrillard (2000), que "la peor de las alienaciones no es ser despojado por el otro sino estar despojado del otro". Por ello, la recreación del pasado se convierte en una necesidad compensatoria.

Así, la colección de fotografía de Ricardo Rojas, trabajador de SOQUIMICH, se convierte en la conexión con toda historia. Ella, como una saeta que cruza los tiempos seguirá siendo el encuentro con la textura, el color, los hombres, el espacio, la maquinaria, los detalles, los rostros, las aventuras de un día de pago, el trabajo, las construcciones y el soporte temático del recuerdo y la imaginación; las cajetillas de cigarrillos de `pelado Garay' se convierten en un viaje al pasado; desde su colección de cajetillas puede identificar las procedencias, hablar de su antigüedad; él "puede recorrer mentalmente como ninguno cada una de las oficinas del grupo Toco, señalar su cierre, lo que queda de ellas..." (Rodríguez 2001: 69-70).

Narralógicas: Una historia cien veces contada

Corría el año 1956, la huelga se extendía más y más. Ocho mil quinientos obreros de la Compañía Anglo-Lautaro de las oficinas Pedro de Valdivia y María Elena, no cesaban en su petitorio. Marta de Riveros y Alba Galván fueron dos de las mujeres que llegaron hasta Santiago, después de tres días y tres noches de viaje en el mítico "longino"20 a denunciar la nula intervención del gobierno en el conflicto.

El diario El Siglo narra que entre ambas oficinas ya se han evacuado más de 500 niños; que se llevaron a Antofagasta, Tocopilla, Chuquicamata y Oficina Algorta... Que en Pedro de Valdivia murió un empleado "de pura impresión, cuando se evacuó la primera partida de niños a Antofagasta". La banda de la Brigada Sindical despidió a las 8 a.m. a 56 niños desde el local del sindicato de Pedro de Valdivia. "Formados frente al local se ejecutó el himno nacional, coreado por todos los trabajadores, padres, madres y hermanos...". Luego fueron acompañados en un desfile hasta la salida del campamento:

"cuando los niños subieron a las góndolas prorrumpieron en llantos. Sus madres igual. Entonces, los carabineros, que estaban apostados allí al mando de un capitán abandonaron el lugar, porque también se impresionaron" (El Siglo, 22 de agosto de 1956).

El día 13 de septiembre de 1956, en Santiago, Carlos Ibáñez del Campo, Raúl Barrios Ortiz y Francisco O'Ryan Orrego, firman el decreto de reanudación de faenas de la Compañía Anglo-Lautaro, Oficinas María Elena y Pedro de Valdivia. En éste se señala que la producción de salitre es una actividad esencial para la marcha del país y que la huelga afecta gravemente la vida económica.

Por lo mismo, el Decreto, en su Artículo 1° señala: "Ordénase la inmediata reanudación de las faenas en la Compañía Salitrera Anglo-Lautaro, Oficinas de María Elena y Pedro de Valdivia".

Luego, en los artículos siguientes, se nombra como interventor y representante del gobierno al Teniente Coronel de Ejército Alberto Echaurren Gaete, quien debe tomar a su cargo las faenas de explotación, por todo el tiempo que las circunstancias lo ameriten; y este puede contratar "el personal que sea necesario para realizar las labores propias de su cometido, pudiendo solicitarlo de los diferentes servicios, organismos e instituciones del Estado".

Dos días más tarde, el 15 de septiembre, se adjunta un acta que señala las condiciones de trabajo en las que se reincorporaran los huelguistas y la reanudación de faenas, cuestión que corresponde a un acuerdo entre el interventor y los representantes de la Compañía, señores Leopoldo García y Reinaldo Villarroel, fijando la hora de reinicio de faenas para la 7 a.m., del día 17 del mismo mes.

En lo fundamental, señala el acta que se deben reintegrar al trabajo los obreros de María Elena y Pedro de Valdivia que han estado en "huelga ilegal", decretándose, entre otras cosas, el pago de asignación familiar de $ 3.000 mensuales, a favor de obreros legítimos, legitimados o naturales, e hijastros mayores de 15 años y hasta 16; para madres viudas; padre legítimo o natural inválido; hijos e hijastros mayores de 16 años y hasta 18, y las hijas e hijastras de 16 y hasta 21 años que vivan en el hogar y que lo hagan a expensas del obrero; también las mujeres que hagan vida marital con operarios de la Compañía con los cuales no hayan podido contraer matrimonio por impedimentos legales y que hayan estado recibiendo racionamiento de la pulpería. Asimismo, se establecen condiciones para las indemnizaciones por años de servicio; soluciones a peticiones particulares como los panaderos; y reconocimiento de los estados civiles (El Mercurio de Antofagasta, 15 de septiembre de 1956). Sin embargo, estos beneficios y otros, como el aumento de los jornales, no son gratuitos, sino que implican un cambio significativo del régimen de la pulpería.

Se señala en el artículo 7° del acta:

"Se dan por definitivamente terminados los beneficios de las pulperías pactados en convenios anteriores, consistentes en vender veintitrés artículos de la pulpería a precios estabilizados. Estos se expenderán en las Oficinas a su precio de costo más el 10%, en conformidad a lo dispuesto en el art. 105 del Código del Trabajo..."

(El Mercurio de Antofagasta, 15 de septiembre de 1956).

El 17 de septiembre culminó el conflicto, quizás se abrió para la historia. Ese día un pelotón de Carabineros es el encargado de dar curso a Exhorto N° 17725, del Juzgado del Crimen de Iquique, destinado a detener a la Directiva Sindical que se encontraba en su sede. La fuerza pública desplegada en vehículos y montada allana el local en el que se encontraban reunidas unas 80 personas, quienes realizaban algunas actividades lúdicas.

En este local sindical no fueron habidos los dirigentes.

El diario El Mercurio de Antofagasta del 18 de septiembre reproduce la información oficial. Ahí se sostiene que los obreros:

"no pusieron resistencia al registro practicado por carabineros. Las órdenes de detención, sin embargo no pudieron cumplirse por no encontrarse en el local sindical los afectados. En consecuencia, la fuerza policial se retiró del local del sindicato sin que se produjeran incidentes de ninguna especie.

Al tomar los vehículos en que se habían trasladado al mencionado recinto los carabineros fueron asaltados por una turba cercana a dos mil personas, entre las cuales figuraban algunas mujeres que hasta ese momento habían permanecido ocultas detrás del edificio del sindicato.

La agresión se hizo efectiva a pedradas y golpes con toda clase de instrumentos contundentes, por lo que el oficial a cargo de la tropa dispuso que se lanzaran bombas lacrimógenas...".

Luego, prosigue el relato, agredidos por los huelguistas, "se vieron obligados a usar sus armas haciendo primero una descarga al aire que no produjo efecto alguno en la turba atacante. Como la agresión continuara, las fuerzas policiales debieron repetir la descarga".

Fueron sorprendidos los huelguistas con disparos de escopetas. Algunos de ellos fueron heridos, y tres fallecen entre ese medio día y el 19. Pedro E.

Figueroa (26 años), Rubén Díaz (24 años) y Juan Andrés Véliz (49 años), yacen desde ese entonces en el Cementerio de Vergara (Figura 5).

Figura 5. Cementerio de Vergara: Tumbas de los dirigentes sindicales caídos tras la huelga de 1956.

 

El Ministro del Interior de la época, Coronel Benjamín Videla Vergara, indicó que los luctuosos incidentes ocurridos en Pedro de Valdivia correspondían a la "anarquía que la secta roja internacional había impuesto en las organizaciones sindicales" (El Mercurio de Antofagasta, 20 de septiembre de 1956).

El profesor Mauricio Camus, quien vive en María Elena, intenta establecer una versión sobre los sucesos (Camus 2002), tratando de despejar aquello que realmente sucedió de aquello que corresponde a lo que ha recubierto la historia. Enlistando antecedentes señala sobre los trágicos sucesos:

1) Ataque a carabineros de 2000 personas que también dispararon (falso).

2) El brazo cercenado de un trabajador a consecuencia de un sablazo (falso).

3) Inmolación de la esposa de un trabajador que se envolvió en la bandera nacional, siendo acribillada por carabineros (falso).

4) Las calles de "María" y "Pedro" eran vigiladas por soldados (falso).

5) Actos de sabotaje: Toma de la "Casa de Fuerza" de María Elena con corte de energía (falso).

6) Los obreros fueron a dinamitar el cuartel de carabineros por la parte posterior (falso).

7) La reyerta duró dos horas; lo efectivo, sólo 15 minutos.

8) El cura Cornelio Tulen contuvo a la gente que iba a dinamitar el cuartel en la misma puerta del recinto (falso).

Nolberto Esquivel, quien nunca estuvo ahí, señala frente a las tumbas y placas recordatorias en el cementerio vergarino:

"Aquí están los dirigentes sindicales que cayeron en la revuelta que hubo... y aquí quedaron. Esos sí que eran verdaderos dirigentes sindicales; se apoyaba al caído y se le recordaba... ahora ya no existe eso. Ya no son las cosas como antes... Por lo menos el pampino antiguo trata de mantener lo que fueron sus raíces".

Mira con desdén sobre las tumbas, y suelta sus emociones:

"aquí está el mudo testigo de lo que quedó, de los que lucharon por una causa y por esa causa perdieron su vida... pero aquí ya descansan, nadie los molesta... sólo el dolor de sus familiares no más, de sus hijos... aquí quedaron".

"Ellos cayeron por sus ideales, con un certero balazo en el corazón".

"... la última huelga que tuvimos acá, nos fuimos a pie del Sindicato de Vergara... recorrimos la pampa a pie, niños, hombres, embarazadas, ancianas... y llegamos a María Elena, al Sindicato... porque estábamos en huelga, y las huelgas trajeron consecuencias. Las consecuencias están acá, ahora. Viste... hay tres dirigentes sepultados. Ahí están sus nombres".

Recordar siempre presupone una prehistoria. Y la prehistoria, es el lugar desde dónde se viene. Sólo que, a veces, entregada a ella, a sus destellos y remembranzas, se constituye en ilusión producto de la orfandad que pueda presentar el presente. Los marcadores del tiempo son importantes aunque sean imprecisos.

Etnológica

En este trabajo etnográfico asentado sobre estas varias memorias coexistentes y permanentemente intersectándose, es donde aparece una curiosa ambigüedad existencial: tratar de hacer regresar el futuro al pasado, al tiempo que se recurre al pasado para reconstruir el futuro. Ahí, entonces, en esta preterización del futuro, es donde emerge la memoria colectiva; donde cada hombre y mujer, joven o viejo, que vive el luto, se configura en guardián y celador del tiempo, combinando en este guión existencial criterios morales, razones y emociones.

Por ello, todo acto narrativo como puente entre pasado y presente, lleva estéticamente consigo la tensión deformadora. Cuestión que, al final de cuentas, constituye el verdadero relato antropológico: la resemantización permanente de la historia, su inagotabilidad simbólica.

Es tarea del etnógrafo, un caminante lírico por excelencia, traer a presencia esas letanías, y reconocer en ellas el carácter expansivo de la memoria; cómo ésta estaca en la imaginación, convirtiendo la historia en un largo y remoto periplo, en el que el gentilicio _pedrino, elenino, vergarino_ como signo importante y recurrente de la distinción e identificación de cada hombre y mujer con cada oficina, al final de los días, cede frente al aglutinante pampino.

Las cosas serán incomprensibles o se encontrarán suficientemente lejos si no sabemos mirar la confluencia de estas memorias.

El esfuerzo etnográfico y etnológico se centra en rehacer un mapa incompleto, el que siempre será provisional. Y, es problema permanente de enunciación, y del etnógrafo, en este caso, conciliar en un relato el que otros-vivos hablen de los muertos, y que nosotros podamos hablar de los vivos y de los muertos a la vez.

¿Podremos plantearnos lo que efectivamente ocurrió?

Agradecimientos A los habitantes de María Elena que han abierto sus vidas para que este y otros textos puedan ser mostrados y divulgados. Especialmente, a Nolberto Esquivel, a Mireya M., a la sra. Aidé, a Eduardo Ramos, a Blanca Rosa, a Roberto Garay, Ricardo Rojas y Angélica. También a SOQUIMICH, por su valiosa colaboración.

NOTAS:

1 Este trabajo es resultado del Proyecto FONDECYT N° 1010325 "Memoria e imaginación en María Elena, el último pueblo salitrero. Una visión desde la Antropología".

5 Su construcción se inició en 1925 en los terrenos de la oficina Coya Norte, y en lo terrenos licitados por el fisco y con infraestructura de la Anglo Chilean Nitrate and Railway Co. Sus operaciones comenzaron el 22 de noviembre de 1926.

6 Del griego poiein: "crear, inventar, generar".

7 Por ejemplo, remodelar y pintar la plaza de María Elena.

8 La red de ferrocarril constituye uno de los puntos más importantes dentro del trabajo de la pampa. Sólo en el sector de explotación activa, en 1968, entre Tocopilla y Pedro de Valdivia, con la doble vía entre María Elena y el Cruce Vergara, se contabilizan 131 km, incluyendo los ramales sin explotar, esta cantidad llega a 290 km, además de 48 km emplazados en patios y desvíos. De los llamados carrilanos, es decir, los encargados de mantención de las vías, que llegaron a 75 hombres sólo en Pedro de Valdivia, descansaban innumerables actividades como el transporte de caliche desde la mina hasta la planta de elaboración, de material de desecho o ripio hasta los botaderos y el envío de producción diaria hasta el Puerto de Tocopilla, así como el abastecimiento de materiales y el traslado de personal hacia la mina.

9 Blancos, anglosajones y protestantes.

10 La escasez de viviendas siempre fue un elemento crítico, principalmente por lo numerosas que resultaban ser las familias, ya que no es extraño oír hablar de ocho, diez, 12 y más hijos. En la actualidad existen numerosas viviendas que fueron construidas cerrando pasajes que separaban un módulo habitacional de otro.

11 Este mismo relato ha sido registrado bajo otras formas, pues, según algunos, serían de la Oficina Santa Luisa; y, otros señalan, se trataría de pescadores Rapanui, extraviados en el océano y que fueron arrastrados hasta las costas de Iquique.

12 Editada entre abril de 1948 y noviembre de 1968.

13 Mariano Martínez señala que las tres arcas sin fondo existentes en la pampa son el burdel, la cantina y la mesa de juego.

14 Se habla profusamente de "divisionismos que tantas veces se trató de fomentar artificialmente, sin otro fin que servir a egoísmos de grupos..." (Revista Pampa, septiembre de 1949).

15 Economía doméstica.

16 Véase, por ejemplo, el libro "Los Fantasmas del salitre", de Félix Reales Vilca.

17 Forma traviesa de sostener que en la pampa cuando se sale a encantar a una mujer, sólo se le puede cautivar en medio de los ripios bajo el sol o bajo las estrellas.

18 Registro de historia oral realizado por Pablo Miranda B., a la señora Mireya M. en su domicilio en María Elena, en el invierno de 2002.

19 El "gloriado" es el vino que se servía tradicionalmente en los velorios. Otra acepción corresponde a la idea de vino que queda de un día para otro o que se consume en el trasnoche.

20 Así se denominaba al ferrocarril longitudinal de la Red Norte.

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