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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.46 San Pedro de Atacama  2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432013000200001 

 

EDITORIAL

 

El volumen 46 de Estudios Atacameños, Arqueología y Antropología Surandinas, correspondiente al segundo semestre de 2013, reúne una serie de artículos sobre investigaciones realizadas en diferentes zonas geográficas y períodos. Como es lo habitual en esta revista, el primer artículo, de los autores Patricio Galarce y Gabriela Santander, se refiere al período Arcaico y a los contextos líticos de la localidad de Taltal, identificando una de las fechas más tempranas para esta parte de la costa sur de la II Región de Chile. El análisis va más allá de la identificación de tecnología, llegando a proponer estrategias de utilización del territorio tanto costero como interior. A continuación, Marcela Sepúlveda, Magdalena García, Elisa Calás, Carlos Carrasco y Calogero Santoro estudian las pinturas rupestres realizadas por cazadores recolectores del Arcaico y Formativo y abordan de forma conjunta y exhaustiva los respectivos contextos de tres sitios en aleros de la precordillera de Arica (Región de Arica y Parinacota, Chile); definiendo sus circuitos de movilidad estacional, para aprovisionarse de ciertos recursos locales. Así, observan una serie de redes de interacción local y regional, en momentos en que en las tierras altas se desarrollan importantes procesos de complejización social. Posteriormente, Emily Stovel, William Whitehead, Michael Deibel y Mauricio Uribe presentan los resultados de un análisis de fluorescencia de rayos X con equipo portátil de cerámica de los sitios del período Intermedio Tardío de San Pedro de Atacama y de la cuenca del Loa (Región de Antofagasta, Chile), determinando dos grupos distintos vinculados a esas regiones, y proponiendo la existencia de una coproducción doméstica de los mismos estilos con distintas fuentes de materias primas a lo largo del toda la época prehispánica tardía de esta parte de la Circumpuna. Luego, Juan Carlos De La Torre analiza una "cabeza trofeo" de un sitio del valle de Nasca (Perú), que junto a otras evidencias determinan claramente actos de violencia sufridos por esa comunidad durante el período Nasca Temprano. El autor argumenta que este tipo de prácticas violentas estuvo dirigida a intimidar y coaccionar a las comunidades de dicho valle, para subordinarlas al poder político-ideológico que estaba centralizado en Cahuachi. Le sigue el artículo de Juan Villanueva y Antti Korpisaari acerca de una ofrenda cerámica Tiwanaku de la isla Pariti (lago Titicaca) constituida por más de 400 vasijas. El análisis que realizan muestra que éstas se asocian a distintas zonas como Katari, Moquegua o los Valles Orientales, y que fueron hechas con la misma pasta, lo que les permite hipotetizar que la diversidad cerámica Tiwanaku tiene un valor narrativo, y no necesariamente emblemático étnico. Esta noción, sumada a la idea de performance de los objetos, les ha permitido plantear que Pariti tuvo un significado ceremonial especial durante los siglos finales de Tiwanaku. Continúa Xochitl Inostroza, quien analiza la historia de Francisco Ocharan a partir de distintas fuentes (libros parroquiales, revisitas, padrones y un testamento), proceso que la lleva a proponer que a fines del período Colonial, el prestigio social y la autoridad política iban de la mano de funciones rituales y económicas, en coherencia con los atributos de los líderes étnicos en los Andes. De este modo, el reforzamiento del cabildo indígena como órgano político-administrativo principal de las comunidades marcó el inicio de una etapa, en la cual hubo una mayor autonomía política de estas comunidades, devolviendo el liderazgo étnico a las bases. Después, Milton Godoy analiza el memorándum inédito custodiado en el Archivo Nacional de Bolivia, en Sucre, que fuera enviado por el coronel Quevedo al Presidente de dicho país en 1867, informando acerca de la situación de la costa y del puerto de Cobija, cuando fue la autoridad máxima del Distrito Litoral. El documento revela la precariedad de la ocupación costera, ya que no hubo una sólida presencia de representantes del Estado, ni tampoco una vía expedita de comunicación con la capital provincial y nacional en el altiplano. Por último, Héctor Morales investiga cómo y cuándo los "atacameños" empiezan a ser denominados de esa forma, revisando distintas fuentes documentales del s. XIX y principios del XX, junto a relatos etnohistóricos y etnografías recogidas entre pobladores y líderes atacameños en los últimos años. A través de este proceso, el autor concluye que emergió un sujeto social, como resultado de un trato entre Chile, triunfador de la Guerra del Pacífico, y los campesinos atacameños, quienes formaron parte de la campaña de integración y chilenización de la Atacama boliviana. El reconocimiento legal de la etnia atacameña en 1994 facilita la integración e identifica claramente lo chileno como contrario a lo extranjero.

Carolina Agüero
Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo R. P. Gustavo Le Paige
Universidad Católica del Norte

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