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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.48 San Pedro de Atacama nov. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432014000200002 

PRESENTACIÓN

Recorriendo textos y derroteros: mineros del sur andino en el tiempo y el espacio

La minería profunda y la pesca en alta mar se imaginan tradicionalmente como actividades peligrosas realizadas en las fronteras de la existencia humana. Pero la extracción mineral también se realiza más cerca de la superficie, en una amplia gama de escalas y condiciones sociales. Este número especial de Estudios Atácamenos. Arqueología y antropología surandinas se dedica particularmente a la pequeña y mediana minería llevada a cabo en condiciones muy diversas a lo largo de la historia del norte de Argentina y de Chile, y del suroeste de Bolivia. Los estudios aquí presentados ofrecen un sobrevuelo selectivo, desde tiempos prehispánicos hasta el presente, en una región trinacional que sobresale por la abundancia de sus depósitos minerales.

Se trata de un espacio salino, fuertemente mineralizado, que atraviesa las fronteras de las dos repúblicas y del Estado Plurinacional de Bolivia. Apartándose de la gran minería y sus ejércitos de trabajadores, aquí se consideran las bases técnicas y sociales de los pequeños productores, hombres y mujeres, que muchas veces combinaban sus actividades mineras con otros modos de vida. Frente al gran extractivismo de los siglos XX y XXI, y de varios centros anteriores (como Potosí), este número especial hace énfasis en las operaciones de menor escala y su articulación con las sociedades locales. Se trata de una población cuyas actividades han quedado hasta cierto punto marginadas, aunque veremos que sus técnicas y formas de organización social han podido complementar, y a veces prolongar las actividades de empresas más complejas que hayan perdido rentabilidad.

Se inicia el volumen con dos trabajos que remontan a tiempos prehispánicos cuando las tecnologías amerindias persistían y se transformaban. Sepúlveda y sus colegas continúan una serie de trabajos sobre la cultura de los pigmentos en el Norte Grande chileno, aquí en especial el color verde-azul derivado del cobre, y vinculado simbólicamente con la guerra/caza y las prácticas mortuarias. Las poblaciones de la costa de Tarapacá lo elaboraron por lo menos desde el Intermedio Tardío, junto con algunas huellas anteriores (en Arica se constata hasta en las tumbas de Chinchorro). Los análisis físico-químicos han permitido detectar la presencia de minerales de tierras altas (como el cryptomelane en los pigmentos del río Loa), indicando conexiones de acceso directo o intercambio a larga distancia. En Lípez, las tradiciones pigmentarias se conocen etnohistóricamente, y su relación con las de la costa queda por explorar.

Téreygeol y Cruz investigan los famosos hornos de viento, o wayras, utilizados antes y después de la ocupación europea para beneficiar plata-plomo en la puna potosina. Sus experimentos en Francia y en Tilcara (noroeste argentino) han seguido indicaciones arqueológicas y etnohistóricas. Las mediciones de altura, presión ambiental, y velocidad del viento se comparan con datos de otros sitios arqueológicos, en Potosí y en el salar de Uyuni, donde se usaban wayras también para beneficiar cobre. Los problemas de construir wayras portátiles son debatidos. Los autores enfatizan la diversidad de las construcciones, buscando fijar las condiciones óptimas de la carga. La necesidad de vientos fuertes para alcanzar temperaturas apropiadas recuerda el testimonio etnohistórico sobre las terrazas de viento en Potosí colonial: un sistema de rotación permitía ocupar por turno la cabeza de la fila, aprovechando de los soplos más recios.

Pasando al período plenamente colonial y temprano-republicano, tenemos tres artículos, que enfatizan la importancia de la pequeña minería "al partir", "informal" y "sin método" (como a veces se decía) y su relación fluctuante con las empresas medianas ("arregladas") que pagaban jornales.

Combinando fuentes arqueológicos y documentales, Becerra pondera la pequeña y mediana minería en Jujuy (oro en aluviones y en veta en la Rinconada y Santa Catalina; plomo, plata y zinc con ingenios, trapiches y hornos en Pan de Azúcar y Fundiciones), sin desconocer el mayor peso regional de la ganadería y productos derivados estimulado por la demanda potosina y bonaerense. Zona transicional entre Tucumán y Potosí, se dieron luchas de jurisdicción entre la ciudad de Jujuy y la puna minera donde escaseaba el azogue; con la buena ley de las menas, resultaba un predominio de la fundición (hornos de reverbero) sobre la amalgamación. Sólo se conocen tres ingenios en el siglo XVII (dos para oro en veta), con algunos trapiches y quimbaletes. Al lado de los lavaderos de oro (cuyas huellas duraderas son mínimas), se nota el papel de los cateadores y trabajadores indígenas, y la presencia considerable de forasteros, junto con algunos mitayos de plaza desviados hacia la minería de la puna desde las encomiendas de Cochinoca y Casabinto.

En una nueva entrega sobre la minería de Carangas, Gavira desenmaraña un conflicto revelador de fines del siglo XVIII en la Rivera de Todos Santos (Charaque), cuando un nuevo subdelegado se alió con las autoridades indígenas contra dos azogueros de Cantabria, comprando las "oncitas" de plata traídas por los buscones, los jukus y las mujeres desde los desmontes de aquellos. Para entonces los trabajos de los azogueros se iban menguando: en 1790, 80% de los 22.657 marcos rescatados en la Caja Real de Carangas se debían a la producción de Huantajaya en Tarapacá, con los 20% restantes registrados sobre todo por indios y mestizos de Carangas. Pues, mientras los dos montañeses pleiteaban, los pequeños mineros indígenas se iban apoderando de las minas y los desmontes.

La minería "al partir", o caccheo, es también el punto de partida del trabajo de Platt, quien presenta las empresas pequeñas y medianas en dos provincias potosinas entre 1830 y 1850, cuando los azogueros bolivianos iniciaban su larga resistencia contra la injerencia del Estado en las relaciones laborales. Se recupera el papel del fomentador en el flujo de la pequeña producción de Lípez al Banco de Potosí, además del contrabando hacia Salta y el Pacífico. Se confirma el beneficio por hervición en fondos de cobre en todos los niveles de la minería provinciana, a diferencia de la Rivera de Potosí donde seguía el repaso en buitrón. Se nota una sinergia entre la demanda minera de trabajadores y la presión fiscal del Estado sobre los indios tributarios. La composición del jornal se compara en dos empresas medianas de Porco, Huanchaca y Siporo.

Pasando a la segunda mitad del siglo XIX, Delfino y colegas muestran que la moderna minería mediana de la plata en Catamarca (Argentina) no desplazaba la persistente minería artesanal, cuya producción se rescataba y se beneficiaba en los ingenios capitalistas. A través de una prospección arqueológica-industrial, los autores contrastan las construcciones y la escala de reproducción de los nuevos trabajadores industriales, con las de los pequeños ya presentes, señalando una coexistencia de modos productivos y formas de reproducción social que desmienten los discursos progresistas de la época.

Tierra adentro del puerto de Taltal en la intendencia chilena de Atacama, presenciamos a fines del siglo XIX una efímera explosión de actividad minera, que atrae a trabajadores expulsados desde Copiapó y de Antofagasta con las crisis del cobre y del salitre. Godoy investiga Placilla de Cachinal, campamento bullicioso cerca de un pozo al sur del desierto de Atacama, donde antes confluían lla-meros y caravaneros. Inició sus operaciones en 1883-84 con una producción de ca. 35 toneladas de plata fina por año, un ferrocarril, abundantes inversiones y una población de 3000 personas. Su ciclo duró apenas 20 años, una de varias boyas cortas en el desierto, donde las vetas se agotaron rápidamente quedándose la explotación en manos de pirquineros (variante chilena de los cacchas bolivianos), que pagaban arriendo en proporción a la ley del mineral, extendiendo la vida útil de la empresa por algunas décadas.

Los tres capítulos siguientes se dedican a la pampa salitrera del Norte Grande, equivalente en la vertiente del Pacífico a la fiebre contemporánea del caucho al este de los Andes. Dos trabajos consideran la experiencia de las mujeres, y el tercero documenta la presencia británica en la pampa, desde el siglo XIX hasta el XX.

Carrasco distingue dos corrientes ideológicas en la organización y reflexión de las mujeres de las salitreras a principios del siglo XX. Recoge primero las primeras expresiones del movimiento a través del mutualismo y del mancomunalismo. Desde el principio las mujeres del norte debatían entre ser acompañantes de sus maridos o diferenciar objetivos femeninos. Así se contrastan 1) las organizaciones creadas desde 1912 con el Partido Obrero Socialista dirigido por Luis Emilio Recabarren, quien en torno a 1920 empujaría, desde la Federación Obrera de Chile, la formación de Consejos Femeninos en cada oficina salitrera y 2) las organizaciones más feministas surgidas a partir de las visitas en 1913 y 1915 de la española anticlerical y antipatriarcal, Belén de Sárraga. Las organizaciones femeninas terminaron siendo absorbidas por los partidos y los sindicatos, y sobre todo por el Partido Comunista.

S. González retoma el tema de la mujer en las oficinas salitreras de Tarapacá a partir de la "huelga de las cocinas apagadas" de 1941. Revisa la cadena de actividades vinculadas con la producción durante la boya post 1875 (con la tecnología de beneficio Shanks o, post 1920, tecnología Guggenheim). Aunque la preparación de comida quedó al margen de esta cadena (como otras actividades sin remuneración: la cría de cerdos, las herrerías, y las ferias "andinas" donde se vendían comidas ausentes de la pulpería), el autor recupera las cocinas de barro inicialmente construidas en Tarapacá por peruanas y bolivianas, espacios heterotópicos de intimidad y saber/sabor en los márgenes e intersticios de los trabajos del caliche. Más tarde, las "huelgas de cocinas apagadas" - quizás ya en 1918, 1919 (año de crisis) y 1928, en todo caso en 1941 (con el MEMCH) y 1946 — protestaron contra el precio del carbón en las pulperías; y los obreros se unían a la huelga precipitada por las mujeres.

Utilizando una riqueza de fuentes, J. A. González y colegas luego periodizan y regionalizan los capitales británicos invertidos en las salitreras de Antofagasta y Tarapacá, a partir del núcleo financiero y comercial británico de Valparaíso y de Iquique, que subían desde £7.500.000 en 1880 hasta £56.000.000 en 1913. Se incluyen aquí los intereses británicos en los ferrocarriles, que desde 1888 giraron en torno al Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, y en la provisión de agua. La Casa Gibbs, entre muchos otros, estaban activos en las salitreras, y desde 1897 se tenía el apoyo financiero de una sucursal del Banco Anglo-Sudamericano en Antofagasta. Los autores analizan el reclutamiento de profesionales en Inglaterra, y las formas de la migración, a veces como proyecto vital familiar, a veces temporal, contrastando áreas de concentración y dispersión demográfica.

Siguen dos trabajos, el primero dedicado a la poco estudiada industria de la Cordillera de la Sal cerca de San Pedro de Atacama durante el siglo XX, y el segundo sobre los recientes conflictos etnoambientales, producto del impacto de la gran minería neoliberal sobre los pueblos de Atacama.

Vilches y colegas combinan una arqueología contemporánea, el trabajo con la memoria (que incluye narrativas míticas), y la revisión de los registros de minas. La crisis de las salitreras en 1929 marginó la tradicional demanda de ganado y forraje: las tierras indígenas empezaron a comprarse por inmigrantes, varios atacameños migra-ron a Calama, y algunos que quedaban en San Pedro iniciaron explotaciones de sal. A la vez, surgió una nueva élite salinera basada en Calama, y en la segunda mitad del siglo, la participación de pirquineros en San Pedro. Las construcciones tenían muros de bloques de sal, y la sal fue extraída de la superficie o subterráneamente, con uso de explosivos y rieles. Recientemente, la minería y un creciente turismo han producido conflictos con el Estado sobre este territorio. Las comunidades indígenas circundantes siguen reclamando las minas de sal dentro de una lógica de subsistencia andina.

Siguiendo con los conflictos políticos surgidos en el oasis, Bolados observa la contradicción entre la denuncia de la minería cuprífera y del turismo como amenazas contra la cultura atacameña, y la bienvenida dada a veces a estas megaindustrias en cuanto fuentes de trabajo. Propone una etnografía de lo local-global en Atacama, y de los agentes locales, regionales (Antofagasta), nacionales (incluso ONGs) y transnacionales. Muestra un desplazamiento de la retórica indigenista y multicultural, impuesta desde el Estado, hacia una retórica medioambientalista y de derechos indígenas, cuyos contenidos incorporaron históricas demandas de inclusión social. Sostiene que las comunidades que antes habían percibido ventajas en la minería de la sal, ahora encuentran en el turismo una forma de desarrollo y de recuperación territorial; y analiza los conflictos etnoambientales generados por proyectos capitalistas mineros en pos del agua y de la energía, que condujeron a los triunfos amargos de Pampa Colorada en 2007 y la Defensa del Tatio en 2009.

Se concluye este número de Estudios Atacameños. Arqueología y antropología surandinas con una mirada atrás a la literatura de los derroteros, un género textual que contiene los sueños y aspiraciones de generaciones de mineros ansiosos de encontrar la Gran Veta que les depare la riqueza y la felicidad. Molina nos introduce al género como un contrapunto entre la literatura de la imaginación y la geografía minera de Atacama. El encubrimiento de las coordenadas por los cateadores indígenas despertó las ambiciones de los que deseaban penetrar el laberinto y llegar al hallazgo. Para fundamentar su tesis de que algunos derroteros del siglo XVIII conducían efectivamente a depósitos que serían descubiertos y aprovechados en el siglo XIX, el autor analiza el derrotero de Tres Portezuelos del arriero Fermín Guerra, dado en su última confesión ante la muerte en 1787 (?). Reconstruye y camina el itinerario minuciosamente por el desierto, desde la quebrada de Paipote hasta identificar los tres cerros del derrotero con las Tres Puntas. Allí, en la segunda mitad del siglo XIX, fue puesto en explotación un importante mineral de plata del mismo nombre, también accesible por un cercano Camino del Inca...

Con esta convergencia afortunada entre texto y territorio, terminamos nuestro breve recorrido por los trabajos de este número especial. Esperamos que pueda incitar a otros cateadores a expandir la cartografía y el estudio de las minas y los mineros por nuevos derroteros, hacia otros hallazgos que esperan ser descubiertos.

Tristan Platt

La Paz 2014

 

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