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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.48 San Pedro de Atacama nov. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432014000200010 

LA PLACILLA DE CACHINAL DE LA SIERRA Y LA MINERÍA DE LA PLATA EN EL SECTOR MERIDIONAL DEL DESPOBLADO DE ATACAMA. TALTAL, 1880-1900 [Error corregido]

Milton Godoy Orellana1

1 Instituto de Estudios Internacionales (INTE-UNAP). Manuel Montt 12, Of. 703, Providencia, Santiago, Chile. Email: mgodoy@academia. cl; milgodoy@uchile.cl


 

RESUMEN

Se analiza el proceso de expansión minera en el sector meridional del desierto de Atacama, mediante el estudio del mineral argentífero de Cachinal de la Sierra, centrándose en las explotaciones de la Minera Arturo Prat y su vertiginoso crecimiento inicial desde 1880, hasta su descenso desde la década de los noventa del siglo XIX. Paralelamente, se analiza el impacto de esta explotación minera en la atracción de mano de obra a la placilla de Cachinal de la Sierra, situada a 148 km al interior del puerto de Taltal, donde se suscitó una ocupación formal, con calles, servicios públicos y una concentración de población que en su momento de mayor expansión alcanzó alrededor de 3000 habitantes. El objetivo es explicar los motivos del poblamiento y los factores que incidieron en la decadencia y abandono del incipiente poblado de la sierra taltalina.

Palabras claves: producción de plata - placillas - poblamiento del desierto.


ABSTRACT

The article discuses the process of mining expansion in the southern sector of the Atacama Desert by analyzing the discovery of silver in Cachinal de la Sierra, focusing on Arturo Prat's mining exploitations and its rapid initial expansion that began in 1880 until its decline in the last decade of the nineteenth century. This article also analyzes the impact of mining on attracting labor to Placilla de Cachinal de la Sierra, located 148 km inland from the port of Taltal (1858), where a formal settlement was raised with streets, public services, and a concentration of people which, in its time of greatest expansion, reached about 3,000 inhabitants. This paper seeks to explain the reasons for the settlement and the factors that influenced the decline and abandonment of this incipient town in Taltal.

Key words: silver production - placillas - desert settlement.


INTTRODUCCIÓN

En las tradiciones orales decimonónicas de la región meridional del descampado de Atacama, la búsqueda del derrotero del "Chango Aracena" fue uno de los más importantes móviles que espoleó a pirquineros y aventureros para adentrarse en el desierto tras las huellas argentíferas del codiciado reventón de plata al que se refirieron Vicuña Mackenna (1882), Carlos María Sayago (1874) y Francisco Marcial Aracena (2011]). Para algunos, el mineral de Cachinal de la Sierra reunía muchas de las características que se le asignaron al mítico mineral, como escribió este último, "en toda la provincia de Atacama donde se hace mención de tan famoso derrotero no se le pone la menor duda a su veracidad, y de aquí nacen las diversas caravanas de cateadores que de año en año exploran el desierto de Atacama" (Aracena 2011: 203) en referencias citadas estaba como Aracena 1884.

La exploración del desierto por parte de cateadores y aventureros fue una constante desde la cuarta década del siglo XIX, intensificándose después de mediados de siglo para significar su ocupación y densificación poblacional a fines de este siglo e inicios del XX. En el análisis de este proceso la historiografía ha puesto énfasis en el estudio de la explotación del desierto de Atacama en el sector disputado con Bolivia y en el Norte Chico, soslayando el septentrión de esta última región, que habría sido una zona que se comportó como frontera móvil desplazándose hacia el norte o el sur según la perspectiva de cada nación. Esto la convirtió en una zona considerada, por una parte, como pertenencia boliviana cuyo Estado demandaba "con entera buena fe" (Querejazu 1979: 29) sus límites hasta el Río Salado; o chilena al fijar la frontera en Mejillones. Por cierto, estas divergencias tuvieron sus soportes intelectuales que en la segunda mitad del siglo XIX fijaron la mirada en los límites, y los debates se suscitaron entre quienes defendían los puntos de vista de sus correspondientes Estados nacionales (Salinas 1860; Amunategui 1863).

En la práctica, el problema limítrofe fue medianamente solucionado a través de los tratados de 1866 y 1874 que dejaron la región de Taltal indiscutiblemente en territorio chileno, dirimiendo en derecho una situación que había significado una ocupación de hecho, en una región donde el Estado chileno ya ejercía soberanía desde mediados de siglo, fundando su puerto más septentrional en 1858 (Boletín de las Leyes y Decretos 1861: 275).

Este análisis de la minería argentífera y del poblamiento en el sector meridional del desierto de Atacama requirió de una estrategia investigativa que consideró la prospección documental en diversos repositorios, entre los que se incluyeron el Archivo Nacional Histórico de Chile (ANH), donde se consultó el Fondo Intendencia de Atacama y el Fondo Santa María; se consultó también la Sección Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de Chile, en su Colección de Periódicos Nacionales, trabajándose las publicaciones de Copiapó y Taltal; a ello se sumó el Archivo Histórico de la Pontificia Universidad Católica del Norte.

La idea central de este artículo es analizar el proceso de la relación entre minería y poblamiento en la región interior de Taltal, más allá del enfoque salitrero, orientando la investigación a responder preguntas tales como: ¿cuál fue el impacto de la minería de la plata en este proceso de poblamiento?, ¿qué alcances tuvo la Placilla de Cachinal de la Sierra en la atracción de mano de obra y de población al desierto taltalino? Por cierto, la hipótesis de trabajo es que el papel jugado por las explotaciones de plata a 148 km al interior del puerto fue gravitante y, en momentos de contracción salitrera en la región, funcionó como un eficiente sustentador de uno de los principales móviles de los trabajadores trasladados a esta región, a saber, existencia de trabajo y un nivel de pago que permitiera la subsistencia.

El tema de la inmigración y ocupación de nuevos espacios y explotación argentífera, ha sido anatematizado en las investigaciones relativas a la región de Taltal y su hinterland. Entre los escasos trabajos, se encuentra el ya mencionado de Benjamín Vicuña Mackenna quien en su Libro de la plata, (1882) dedicó un capítulo a Cachinal de la Sierra, desde una perspectiva vivencial y como testigo de los hechos. Los trabajos contemporáneos están principalmente centrados en la descripción del territorio y el incipiente desarrollo urbano del puerto de Taltal en la segunda mitad del siglo XIX, debido a la producción cuprífera y salitrera (Contreras 2013: 90-94), o en la perspectiva jurídica para abordar el tema de la expansión chilena al norte (Soto 2009). A lo anterior, se suman trabajos específicos en algunas salitreras en el siglo XX, tales como Flor de Chile (San Francisco et al. 2 012), careciendo de un estudio que aborde el contexto general salitrero del cantón de Taltal, que además funcionó como distrito y puerto de embarque independiente (González 2010: 88). No obstante, uno de los pocos estudios que trata el tema de la minería en la región estudiada lo hace desde la óptica de la antropología y, más allá de mencionar la explotación minera que motiva esta investigación, no realiza un análisis de su instalación, producción e impacto en el poblamiento de la región (Castro et al. 2012).

"LA MIGRACIÓN CRECE DE VAPOR EN VAPOR" 2

A esta escasez de investigaciones se suma que los estudios han fijado la mirada en los empresarios que dirigieron exploraciones -comprendidos como pioneros en la zona- y sobre quienes se ha tejido un entramado de prestigio sustentado en las expediciones y aventuras en el desierto, convirtiéndolos en verdaderos conquistadores del despoblado, para pasar a formar parte del panteón de los llamados "héroes del desierto" de los que escribió Isaac Arce (1930: 425) con un marcado tono elegiaco. No obstante, del ingente número de trabajadores que enrumbaron al despoblado, las referencias son pocas.

A contrario sensu, la documentación muestra una actividad destacada de los baqueanos, pirquineros y aventureros del mundo popular, quienes en importante número se desplazaron al desierto, mayoritariamente desde el Norte Chico chileno, en busca de mejores condiciones laborales. Este movimiento de población se hizo sentir tanto en la región estudiada como en el territorio boliviano, cuyas autoridades solicitaron, en 1877, ayuda al gobierno central para contener a los trabajadores puesto que el Gobernador del Litoral, Manuel Othon Jofré, consideraba que estaban "invadidos por multitud de jornaleros y gentes mal entretenidas que han afluido a nuestro litoral por falta de ocupación en los minerales de cobre de Chile" (AHUCN, GBA, vol. s/n, año 1875, f. 209).

En efecto, desde la agudización de la crisis económica en 1874, grandes contingentes poblacionales se habían desplazado al desierto de Atacama para trabajar en las minas de cobre y plata o para desempeñarse en las oficinas salitreras que iniciaban un período de apogeo. Esto produjo un aumento poblacional chileno en Atacama que, en 1873 El Caracolino (Antofagasta, junio 10 de 1873), calculaba en más de 16.000 personas. No obstante, resulta difícil cuantificar las dimensiones precisas de estas migraciones considerando que, como señala Pinto Vallejos (1993: 428 y 2012: 59), la "avalancha de chilenos" o "avalancha peonal" que se suscitó en Tarapacá tuvo su momento de mayor auge entre 1868 y 1873. Es posible que desde allí se intensificara el movimiento de trabajadores con destinos diversos al interior del desierto, supeditados a los cierres o aperturas de faenas mineras.

Probablemente, parte de estos componentes poblacionales fueron quienes recorrieron, poblaron y —cuando las vetas se agotaron o las condiciones económicas fueron adversas—, despoblaron las efímeras placillas que germinaron en el desierto, especialmente en la región de Taltal. Allí, en un corto período de tiempo habían aparecido importantes centros habitados en los minerales de Cachinal de la Sierra, Aguada de Cachinal, Guanaco y Sierra Esmeralda, haciendo que Taltal se convirtiera de golpe, según Darapsky (2012: 293), en "El Dorado que Chile no había conocido desde su independencia".

De esta manera, desde mediados del siglo XIX el número de habitantes chilenos al norte de Caldera tendió a aumentar, calculándose en la década de los sesenta en más de 12.000 personas. La cifra estimada por Aniceto Cordovés, a la sazón Intendente de Atacama, estaba basada en las importaciones que se realizaban por el incipiente puerto de Taltal, donde arribaban las naves con contrabando proveniente del extranjero, cuyo consumo, le parecía:

"[...] ya considerable es quizás cuadruplo del que hace igual número de habitantes del centro o sud de la República; porque los jornales de los trabajadores son mui altos y por los hábitos de despilfarro de la gente minera, que viste de géneros europeos y consumen grandes cantidades de bienes, azúcar y otros artículos no producidos por el país. El consumo de mercaderías extranjeras en esas localidades malamente vigiladas por esta Aduana, [...] es pues de considerable importancia y da lugar a que se haga contrabando, tanto de mercaderías gravadas con derechos como de especies Estancadas" (ANH, IAT, vol. 153, s/f; Caldera, septiembre 5 de 1860).

Esta realidad se había configurado esencialmente debido a la minería, actividad que era practicada por los pueblos indígenas con mucha antelación, aunque no con las dimensiones, participación de mano de obra e integración a amplios circuitos económicos como los que enfrentarían las explotaciones mineras de cobre desde la cuarta década del siglo XIX; las explotaciones de plata de Cachinal de la Sierra, en la década de los ochentas; y el salitre iniciado a mediados de los setenta en el cantón Taltal. Por cierto, en la región estudiada se conoce más de las explotaciones cupríferas y salitreras que de las explotaciones argentíferas.

EL DESCUBRIMIENTO Y LAS EXPLOTACIONES EN LA SIERRA

Según consignó Philippi (2008: 47) en sus anotaciones de viaje, hacia mediados del siglo XIX la región costera desde Huasco al Paposo era habitada por alrededor de 500 changos, "una tribu india que tiene actualmente la sangre muy mezclada" y que había olvidado su lengua vernácula. Los hombres estaban dedicados a la caza de guanacos, a la pesca o al trabajo de las minas, mientras que las mujeres con sus niños criaban cabras, moviéndose en busca de majadas con agua y pastos. Uno de estos hitos de abastecimiento era Cachinal de la Sierra, un manantial ubicado en una pequeña depresión junto a una gran llanura inclinada hacia el oeste, conocido con este nombre por pastores y caravaneros. Era uno de los puntos de aprovisionamiento de agua en el desierto donde también llegaban pastores atacameños con su ganado a intercambiar productos tales como la coca (Philippi 2008: 33).

El citado Philippi recorrió la región algunos años antes de que se creara por decreto ley de julio de 1858 el primer puerto en Taltal, hecho que significó el paulatino poblamiento y trazado de la ciudad en 1877, convirtiéndose en una subdelegación dependiente de la Intendencia de Atacama.3

En este período las explotaciones principales pertenecían a la producción cuprífera y se inscribían en el ciclo cuproargentífero del Norte Chico que sustentó y dinamizó la economía chilena entre 1830 y 1880, por tanto, en la década de los ochenta estaba en el período de finalización de su ciclo de auge (Pinto Vallejos y Ortega 1992: 49; Godoy y González 2013: 203). Coincidiendo con esta decadencia, irrumpió en la región la explotación del salitre, iniciada hacia 1875, y que se encontraba en una fase de exploración e industrialización incipiente que se extendió, precisamente, hasta 1880 (González 2013: 42).

Al inicio de la década de los ochenta se produjo un crecimiento importante de la población que, según Guillermo Matta, se desarrollaba "con asombrosa rapidez", debido al crecimiento de las explotaciones salitreras y la consolidación paulatina del puerto como medio de comunicación e intercambio de productos" (ANH, IAT, vol. 524, s/f; abril 24 de 1880).

No obstante, este período inicial de producción salitrera en la región, se vio afectado por los cambios suscitados en la política salitrera "explícitamente liberal" (González 2013: 65), una vez que el Estado chileno tomó el control del territorio entre Tarapacá y Taltal. En efecto, la ley denominada de los "Derechos de exportación del salitre", promulgada el 1 de octubre de 1880 y que gravó toda la producción salitrera con un peso sesenta centavos fuertes (Bertrand 1892: 86-87), se tradujo en la paralización de la mayoría de las 18 oficinas salitreras que laboraban en el distrito, permaneciendo en producción Santa Luisa, Guillermo Matta, Lautaro y Santa Catalina (ANH, IAT, vol. 595, s/f; Copiapó, abril 30 de 1882).

Al impuesto se sumaba la pérdida de competitividad por el encarecido tráfico de las carretas, debido a que la línea férrea en esa época aún estaba sin terminar provocando, según el ingeniero comisionado para evaluar la minería en la región, "una circunstancia fatal para Taltal, el haber coincidido la época del impuesto con la baja en el precio del salitre, lo que vino a defraudar por completo las esperanzas que cifraban los industriales" en poder continuar con su trabajo (ANH, IAT, vol. 595, s/f; Copiapó, abril 30 de 1882). La situación persistía pese a una ley especial promulgada el 14 de enero de 1882, en virtud de la cual el salitre exportado —hasta el 30 de junio del mismo año— por este puerto y caletas dependientes, y procedente de su mismo distrito sólo pagaría un 50% del impuesto que lo gravaba (Hernández 1930: 117-118).

Para los taltalinos esta ley funcionó sólo como un paliativo para el desastroso golpe sobre la producción salitrera, el negativo impacto sobre el incipiente progreso y la mano de obra que se había aglutinado en estas explotaciones. La situación analizada se expresa con claridad en las palabras del Comisionado de la Intendencia de Atacama, quien comunicaba a su superior que al inicio de 1882 la situación se había agudizado:

"[...] encontré, a mi llegada, a esa población en real y justa zozobra con la presencia de 600 trabajadores impagos de las oficinas Germania, Unión i Severin, 200 a 300 operarios de otras faenas paralizadas en esos días, i un número de vagos, estimable en 200, que nunca faltan en poblaciones de actividad i en que circula el dinero de tantos empleados como son necesarios para el sostenimiento de labores salitreras" (ANH, IAT, vol. 571, s/f; Caldera, enero 9 de 1882).

Fue en este contexto socioeconómico que en abril de 1880 los cateadores Pedro Peñafiel y Simón Figueroa, quienes formaban parte de una de las numerosas expediciones enviadas desde Taltal por Rafael Barazarte Oliva (El Eco de Taltal, julio 12 de 1881; Gutiérrez 1926: 53), descubrieron durante su descanso nocturno junto al Rioseco, a 2950 m.snm (Risopatrón 1924: 50), rodados de plata en una pequeña colina, en el flanco este de la más tarde denominada sierra Peñafiel, que formaba el rico yacimiento de Cachinal de la Sierra (24°57'57"S 69°31'43"W). Este yacimiento es parte de la formación geológica de Agua Amarga, Arqueros, Chañarcillo, Tres Puntas, Caracoles, La Florida y Esmeralda que en conjunto lograron posicionar, entre 1810 y 1890, a Chile entre los principales productores de plata del mundo (Ruiz y Peebles 1988: 15 y 251).

Inicialmente, el lugar pasó desapercibido para Taltal debido a que la producción —a cargo de Ramón Quezada, un experimentado minero de Chañarcillo— era enviada a Antofagasta desde el puerto de Paposo (El Eco de Taltal, 12 de julio de 1881). No obstante, algunos meses después se produjo un creciente movimiento de población hacia la zona debido a que el descubrimiento de plata aparecía "alagando la imaginación siempre ardorosa e infatigable del minero" (El Eco de Taltal, julio 16 de 1881), lo que alertó a las autoridades a tomar medidas administrativas en torno a su posible impacto (ANH, IAT, vol. 524, s/f; Taltal, septiembre 23 de 1881). Por cierto, los hechos posteriores harían de éstas, unas fundadas preocupaciones (Figura 1).

En rigor, el yacimiento de Cachinal de la Sierra no sólo impactó sobre los trabajadores, sino que también generó especulación y una desmesurada demanda de acciones de las compañías que se implementaron para su explotación. De hecho, un año después de su descubrimiento el ingeniero Antonio Vadillo informaba que de la totalidad de trabajos impulsados en el yacimiento sólo las minas Arturo Prat y Emma habían resultado fructíferas "llevando allí un gran centro de población" (ANH, IAT, vol. 595, s/f; Copiapó, abril 30 de 1882). Su evaluación persistió en 1883, afirmando que aun cuando inicialmente "se alimentaron halagüeñas esperanzas" en torno al mineral, los resultados al inicio de ese año no eran buenos, a excepción de la mina Arturo Prat que ese año se mantenía "en un estado de bonanza que ha podido llamarse notable", mientras que las demás no respondían a lo que se esperaba con relación a los capitales invertidos y a "los numerosos trabajos allí implantados" (ANH, IAT, vol. 590, año 1883, f. 102).

Aunque no fue el descubridor, para efectos de la prensa y las autoridades Rafael Barazarte sería reconocido como tal. Médico de profesión, llegó desde Talca en 1868 a ejercer en el hospital de Copiapó, casándose en 1870 con Delfina Zuleta, viuda de José Antonio Moreno. Al año siguiente se instaló en Taltal abandonando la práctica de la medicina para dedicarse a tiempo completo a la minería sobre la base de las propiedades de la viuda de Moreno, cuyo control asumió después de haber enviado al heredero de Moreno a Estados Unidos y más tarde, a Europa (ANH, FSM, pieza B 4504, s/f).

Así, inició un conjunto de exploraciones en el desierto, explotó salitreras en el cantón de Taltal e instaló una fundición en Paposo (De Ramón 1999: 140), además de diversificar sus negocios en Antofagasta, donde creó una sucursal de la antigua Casa de José Antonio Moreno y Compañía.4 Una vez descubierta la veta principal en Cachinal de la Sierra consolidó su posición creando, el 7 de diciembre de 1881, la Compañía Beneficiadora de Cachinal con un capital inicial de $130.000, prorrateado en 125 acciones detentadas mayoritariamente por Francisco Ossa y Barazarte.5 Para la implementación de las faenas el Estado le concedió a la compañía el uso de 100 has de terreno al noroeste de la aguada de Cachinal, así como el aprovechamiento de agua cordillerana y de manantiales cercanos, explotados mediante bombas y cañerías (AHN, IAT, vol. 565, año 1882, f. 194; con mayor detalle en Boletín de las Leyes y Decretos de Chile 1882, Libro 50: 430).

Meses más tarde, Barazarte formó la Compañía Minera de Cachinal, destinada a la exploración de nuevos yacimientos y a la compra de mineral (Boletín de las Leyes y Decretos de Chile 1882, Libro 50: 579-571), vendiendo parte de su propiedad en Cachinal de La Sierra en $2.000.000, para continuar como accionista de la Gran Compañía Arturo Prat, empresa cuya dirección y administración estaba en Valparaíso, y se había iniciado con un importante capital producto de la emisión de 22.500 acciones de $100 (Estatutos de la Gran Compañía Minera Arturo Prat 1884: 5-6).

La Gran Compañía Minera logró importantes utilidades en los primeros años, principalmente debido a la buena ley del yacimiento, la que tendió a descender al intensificarse la explotación. Según las memorias presentadas al directorio de la Gran Compañía Minera Arturo Prat, la producción de plata alcanzó entre el segundo semestre de 1882 y el primer semestre de 1893 un total de 260.111, 890 kg de plata fina, equivalentes a 8.388.505,8 onzas de plata, con un valor de mercado actual de U$ 261.301.955 (Memoria de la Gran Compañía Minera Arturo Prat 1894) (Figura 2).

Los trabajos se concentraron principalmente en la mina Arturo Prat, donde se explotó intensamente el yacimiento por más de una década. En 1892, el mineral de Cachinal estaba conformado por cuatro asientos mineros que comprendían más de 80 minas, 30 de las cuales pertenecían a la Gran Compañía Minera Arturo Prat que sólo trabajaba siete (con alrededor de 600 operarios), amparando por medio de la patente las restantes minas, formadas por pequeñas explotaciones trabajadas con escasos operarios.6 El resultado fue que la producción tendió a descender con el paso del tiempo, de hecho desde 1890 se iniciaron episódicos abandonos de las faenas por parte de los trabajadores, quienes se trasladaban a otras explotaciones debido a los bajos sueldos o la carestía de los alimentos. En mayo de 1890, los dueños de las minas hacían sentir su opinión a través de la prensa:

"Es tiempo ya pues que los centenares de trabajadores que emigraron de Cachinal vuelvan nuevamente a sus tareas; por más que se diga, tan sólo en las minas de Arturo Prat pueden hallar acomodo no menos de seiscientos operarios entre pirquineros, pallaqueros i peones a sueldo.

"Ahora la vida es más barata, que hace un año, es tal vez i sin tal vez, superior en mucho a la vida de otros minerales; la libra de carne sólo vale 20 centavos, el pan es más barato que en esa, la leña lo mismo y Ud. señor Editor, sabe bien que habiendo carne, pan, agua i leña nadie se muere" (ElEco de Taltal, mayo 22 de 1890).

De esta forma, Cachinal tuvo una efervescente y breve actividad que inició su decadencia hacia 1900, cuando el estado del mineral se consideraba "triste, pobre y arruinado, durante más de tres años esclavo de la esperanza" de alguna veta que revirtiera el sino de decadencia (Liberal Democrático, Taltal, mayo 30 de 1900). De hecho, a mediados del mismo año los trabajos de las minas se limitaban a las faenas denominadas "a pirquén", sistema que implicaba el arriendo de una mina, o parte de ella, pagando un canon acorde a la ley del mineral extraído (Alonso 1995: 176), además se habían detenido los trabajos de reconocimiento. La situación no se presentaba halagüeña, debido a que los comerciantes mayoristas de Taltal habían suspendido la concesión de créditos a los comerciantes minoristas de Cachinal de la Sierra (La Voz de Taltal, julio 23 de 1900). La prensa taltalina plasmaba los rumores que circulaban en la comunidad, en torno al estado del mineral "esclavo de la esperanza y lisonjeado con la expectativa de un alcance en la mina Arturo Prat", de no ser así, se visualizaba muy pronto su "ruina completa" (El Liberal Democrático, Taltal, 30 de mayo de 1900).

Los temores se fundaban en que la compañía principal presentaba cuentas impagas al comercio local y no había hecho los pagos mensuales a los trabajadores, haciendo insostenible su situación. Para el efecto, el Liberal Democrático sentenciaba la situación en una de sus páginas:

"Con esto i no circulando en este mineral más dinero que las fichas de bronce, que ya se despreciaban, el mineral estaba pues amenazado en lo más esencial para la vida: los víveres. Principió a faltar la carne de buey, artículos de primera necesidad, i estuvimos amenazados de no tener aún ni pan!" (El Liberal Democrático, Taltal, julio 5 de 1900).

Pese a tan negativa realidad, la explotación se sostuvo con el trabajo de los pirquineros, proyectándose hasta mediados del siglo XX. Así, en 1929 Cachinal continuaba en explotación por parte de la Compañía Minera y Beneficiadora de Cachinal, produciendo el suficiente mineral para abastecer el establecimiento de beneficio por varios años (Kuntz 1928: 74) (Figura 3).

Figura 3. Entrada a la Mina Arturo Prat, hacia 1900.

 

LA PLACILLA DE CACHINAL DE LA SIERRA

Ubicada al norte de la mina Arturo Prat, fue descrita a fines del siglo XIX por el ingeniero Luwig Darapsky (2012: 278) como "una pequeña ciudad de tablas y calaminas con calles de trazado rectangular, con dos escuelas, muchas más cantinas, y donde cada tercera casa era un negocio de baratijas y en la que todo comerciante fue un acaparador de mineral". Soslayando la grandilocuente calificación de ciudad entregada por el ingeniero alemán, su descripción responde a la imagen de una placilla, lugar de poblamiento y urbanismo espontáneo característico de los centros mineros chilenos de los siglos XVIII y XIX. Allí se ubicaban pequeños comerciantes que compraban los resultados de la cangalla y ofrecían la triada de alcohol, mujeres y juego a los peones de las explotaciones cercanas (Pinto Rodríguez 1991; Godoy 1998; Illanes 2003; Venegas 2008; Salazar 2009).

Es importante destacar la designación de placilla con que se calificó al poblado. En efecto, desde mediados del siglo XVIII las placillas, nacidas por oposición a las plazas principales en que radicaba el poder, se habían aglomerado de viviendas que configuraban espacios urbanos espontáneos y precarios donde habitaban trabajadores cuya principal característica era la ausencia de autoridades, por ende, del Estado.

Dada la situación de crisis arrastrada desde mediados de la década anterior, (además del ya señalado cierre de las salitreras) fueron muchos los interesados en trasladarse a las nuevas explotaciones. Este movimiento poblacional de importantes proporciones motivó a la autoridad de Taltal a solicitar al Intendente de Atacama, una intensificación de los trenes de pasajeros que acercaran a Cachinal

"Gran número de personas hay aquí que tienen necesidad de viajar a Cachinal. Por vapor próximo se espera doble número de viajeros con destino a ese mineral. Hay mucha escases de medios para movilización. [En] Refresco, todos esperan se obligue por VS. a poner un tren especial de pasajeros compuesto de una máquina con coche y un carro de equipaje, por lo menos dos veces por semana; de otra manera habrá graves perjuicios y odiosas reclamaciones de numerosos interesados de Cachinal" (AHN, IAT, vol. 579, s/f; Copiapó, septiembre 27 de 1882).

Desde mediados del siglo XIX la región interior de Taltal había sido objeto de intensas exploraciones que dieron como resultado una serie de explotaciones de salitre, plata y oro, intensificando el tráfico de personas y bienes por caminos escasos y de mala calidad, sostenido por los particulares. Según un informe de Amadeus Pissis al gobierno, hasta 1877 se carecía de naves de cabotaje, vapores "de carrera" dedicados al transporte de pasajeros desde Chañaral al incipiente puerto de Taltal, realidad que hacia 1882 estaba escasamente modificada, considerando que los vapores que venían del norte llegaban a este puerto una vez a la semana y fondeaban sólo dos horas (ANH, IAT, vol. 572, s/f; Caldera, julio 27 de 1882). En la época las comunicaciones se hacían por una ruta interna que cruzando el desierto permitía alcanzar Cachinal de la Sierra, Guanaco y alrededores (Pissis 1877). Desde estos lugares era posible comunicarse con el puerto mediante caminos transitados por carretas, aunque el cierre de importantes oficinas salitreras significó que los "camineros" (ANH, MINT, vol. 1034, s/f; Taltal, marzo de 1883) encargados de la reparación, abandonaran sus tareas y dejaran las vías en deplorables condiciones, encontrándose en 1882 "en pésimo estado y los particulares dicen no contar ya con recursos para su compostura" (ANH, IAT, vol. 609 s/f; Taltal, marzo 25 de 1883). Con ello se inutilizó una ruta única y que en los momentos de mayor productividad minera y "en la época próspera de las salitreras" alcanzaba las 1.200 carretas mensuales (AHN, MINT, vol. 1034, s/f; Santiago, octubre 11 de 1883).

Una vez que la Gran Compañía inició los trabajos, Cachinal enfrentó un crecimiento poblacional sin precedentes, como señaló un testigo en octubre de 1882 "trabajándose en ella con gran actividad almacenes, hoteles, etc. Se notaba gran actividad en el comercio, a pesar de que las casas vendedoras puede decirse que recién principiaban a surtirse convenientemente" (El Industrial, Antofagasta octubre 21 de 1882). Sólo unos meses más tarde se consolidó como un centro minero, aumentó su producción y se fue formando una placilla "con bastante población" (ANH, IAT, vol. 590, año 1882, f. 89), adscrita a la antigua sub-delegación de Cachiyuyal (n° 21 del Departamento de Copiapó) y distribuida informalmente en las inmediaciones del mineral. La aglomeración de personas obligó a las autoridades y mineros a solicitar en diciembre de 1882 la creación de una nueva subdelegación que se desprendería de Cachiyuyal, permitiendo la presencia permanente de autoridades en el mineral y las salitreras aledañas. Unos días después la citada autoridad regional persistía con un nuevo telegrama al Ministro del Interior, insistiendo en lo imprescindible que era esta modificación territorial, en tanto permitiría desempeñar mejor las funciones de control "en aquellas poblaciones que al amparo de la industria minera y salitrera, se levantaran en el desierto de Atacama" (ANH, IAT, vol. 590, año 1883, f. 94). No obstante, el ministro José Manuel Balmaceda ya había decretado la creación de la nueva Subdelegación de Cachinal de la Sierra (ANH, IAT, vol. 594, s/f; Santiago, enero 3 de 1883), nombrándose más tarde subdelegado a Gregorio Ramírez, un oficial inválido de la Guerra del Pacífico (ANH, IAT, vol. 590, año 1883, f. 102; también en AHN, MINT, vol. 1034, s/f). Para integrar y comunicar al nuevo poblado se ordenó la creación de un correo semanal entre Taltal y Cachinal de la Sierra (ANH, IAT, vol. 597, s/f; Santiago, febrero 22 de 1883).

Según la prensa local, el ferrocarril —llamado "el progreso del siglo" (El Eco de Taltal, diciembre 26 de 1888— era esperado desde su anunció en 1878 e inició su construcción en 1880, convirtiéndose en la solución para los problemas de transporte y comunicación de la región al unir el puerto con las diversas oficinas del interior. La empresa Taltal Railway Company inició la puesta en marcha del ferrocarril en julio de 1882, cuando comenzó a operar la línea de 82 km entre Taltal y la estación de Refresco, alcanzando el mismo año la oficina de Catalina del Norte (km 104), continuando hasta Aguada de Cachinal (km 124) cerca de mineral de Guanaco, en agosto del mismo año. En 1887, inició la expansión a la placilla de Cachinal de La Sierra (km 148), donde arribó el 21 de junio de 1889 (Marín 1916: 63), cuando las explotaciones habían iniciado un período de descenso en la producción (Figura 4).

Figura 4. Habitantes de Cachinal de La Sierra. Elaboración propia en base a información contenida en AHN, IAT, vol. 569, año 1883;
Sesto Censo Jeneral de la Población de Chile, 1885; Sétimo Censo Jeneral de la Población de Chile, 1895; y Comisión Central del Censo, 1907.

La autoridad inicialmente se limitó a la distribución de sitios en un plano de damero, extendido desde las explotaciones hacia el sur y con una cobertura de 20 manzanas donde se distribuyeron 212 sitios, beneficiando a pobladores y comerciantes con un terreno en el incipiente poblado (ANH, MINT, vol. 780, s/f.; ANH, IAT, vol. 600, s/f).

Sólo unos meses después de iniciadas las explotaciones en la placilla de Cachinal de la Sierra se había instalado un importante número de comerciantes y el poblado fue adquiriendo una morfología urbana más interesante. Así, junto a la explotación minera surgió una placilla de aventureros, trabajadores y mineros que en importantes cantidades comenzaban a llegar al lugar. La solicitud de sitios se hacía directamente al Intendente de Copiapó, quien autorizaba la instalación de los futuros pobladores provenientes mayoritariamente desde esta ciudad. La súbita irrupción de estos nuevos habitantes, el alto nivel de producción y los buenos sueldos de la minería de la plata en el contexto de la crisis salitrera de los años 1882 y siguientes, provocó una alta concentración de trabajadores, comerciantes y un gran número de aventureros que se avecindaban en el naciente poblado. Una buena medida de la actividad de estos años iniciales es el número de casas comerciales instaladas en la localidad, donde es posible inclusive constatar la presencia de sucursales de casas comerciales de Valparaíso. Para dimensionar el tamaño de la oferta en bienes, entretención y servicios es posible apelar a los pagos de patentes, un ejercicio que en el caso de Cachinal en los primeros años no era de lo más regular, por tanto es mucho más accesible y permite dimensionar, en parte, la magnitud del movimiento. Si consideramos los comerciantes matriculados y los que no pagaban su patente es posible encontrar 45 establecimientos comerciales de diferentes tamaños, entre los que se consideraban una sastrería, una botica, tres carnicerías, dos panaderías, un hotel, 17 tiendas de menestras y mercaderías, dos bodegas, dos billares y seis cafés (AHN, IAT, vol. 599, s/f; Copiapó marzo 9 de 1883 / AHN, IAT, vol. 593, s/f; Copiapó, febrero 19 de 1883) (Figura 5).

La primera impresión de este aséptico listado es la carencia de sitios dedicados al mundo lúdico, la juerga y la entretención para alrededor de 3.000 personas en pleno desierto -el único poblado relativamente importante se encontraba a 160 km- donde la mayoría eran mineros que se caracterizaban por contar con dinero y poseer una particular sociabilidad desarrollada en la placilla de Cachinal.

Ésta se convirtió en el escenario de la sociabilidad popular desenfrenada que rompía el silencio del desierto, tal como sucedía en los valles del Norte Chico, con el jolgorio etílico que arreciaba -como observó un testigo- especialmente los días del pago de salarios:

"[...] que se hace cada dos meses, i pude observar que el movimiento i fiestas de la placilla es igual al de las grandes festividades del dieciocho. Pregunté la causa i se me dijo era porque solamente se traía la mitad del dinero que se pagaba, esperando vender letras al comercio a medida que los operarios hacen sus compras; de modo que el pago o ajuste a los operarios dura de cuatro a seis días, lo que equivale a otros tantos de diversiones públicas" (El Porvenir, Taltal, agosto 7 de 1885).

El modus vivendi del minero configuraba una sociabilidad donde el juego y el alcohol desempeñaban un importante papel, no sólo como un medio de escape a una dura realidad, sino como una suerte de bálsamo social que posibilitaba la interrelación entre los pares, aunque no eran pocas las ocasiones en que la jornada acababa con una riña y los consecuentes heridos o muertos. Esta realidad se hacía más intensa debido a la llegada constante de nuevos componentes poblacionales, aumentando las preocupaciones de los empresarios y gatillando los discursos del orden:

"Donde quiera que un descubrimiento, o el aliciente de fácil ganancia, haya arrastrado a multitud de aventureros, el robo i el pillaje se ha encumbrado a mucha altura. Hoy mismo estamos siendo testigos, con profundo sentimiento, con un poco recelo, como el bandolerismo engrosa i aumenta sus filas i noche a noche, manda i ordena ataques rastreros i solapados contra la vida y la propiedad. Para nadie es un misterio, como nuestra gente del pueblo gasta su fuerza vital y el germen de nuevas vidas, en indignas disipaciones, en desenfrenadas orgías" (El Eco de Taltal, 16 de Julio de 1881).

En este contexto, la no aparición en las citadas listas de deudores de patentes de los bares y casas de juerga, hace suponer que sus dueños se apresuraban a cumplir la norma para evitar problemas con los dueños de minas y autoridades, o que las chinganas y establecimientos similares se ocultaban ante la legalidad presentándose como cafés, un emergente espacio de sociabilidad ampliamente aceptado e imitado de las principales ciudades europeas.

De hecho, aunque no se incluían entre los deudores de patente los bares, chinganas y otros establecimientos similares aparecen mencionados a propósito de alguna disputa entre los habitués del lugar. Tal fue el caso suscitado entre María Hernández, dueña de uno de los "salones de canto" existentes en Cachinal de la Sierra, quien arremetió a puñaladas en contra de Laura Lujan, La Chola, una de las bailarinas del lugar quien había seducido al galán de la dueña. A más abundar, la crónica destaca en la misma semana un enfrentamiento a puñaladas entre dos lugareños "en uno de los numerosos chíncheles que hay en esta población" (El Constitucional. Copiapó, mayo 5 de 1893).

Algunos años antes de los hechos narrados, los habitantes "decentes" de Cachinal de la Sierra, habían comunicado a las autoridades sus temores frente al populacho desenfrenado: "vivimos en una completa inseguridad" -escribían en 1882- configurando un conjunto de demandas de control que incluían construcción de caminos, mayor presencia de las agencias estatales y, esencialmente policías. Como en otros lugares de Chile en la época, el temor al bajo pueblo estaba instalado (ANH, IAT, vol. 569, Decretos, 1882, s/f).

Quizás estos fueron los móviles del incendio que se inició sin explicación en una chingana "en donde nadie dormía de noche" (El Eco de Taltal, abril 12 de 1889), siguiendo la suerte de la placilla de Chañarcillo, que medio siglo antes había sido incendiada por la influencia de los patrones, quienes en su "neurosis antilíbido" (Illanes 2003: 48) el 9 de septiembre de 1848 la hicieron arder completamente. De manera similar, la placilla de Cachinal de la Sierra ardió casi en su totalidad. La dudosa casualidad hizo que el incendio se iniciara precisamente en la chingana de Margarita Oyarzun (la Piti-piti), centro de juerga sin parangón en las soledades del desierto taltalino, cuyo renombre no tuvo ninguna de las llamadas casas de remolienda o chincheles del lugar. El local de la Piti-piti, estaba situado en la calle principal -llamada Arturo Prat- y cerca de la esquina norte de la manzana central, aunque el fuego se había iniciado por las murallas que daban a la pampa (El Eco de Taltal, Abril 15 de 1889).

El Eco de Taltal consignó detalladamente los hechos, indicando que después de arrasar con la chingana, las casas de Chaparro, Fraga, Manuel Silva, que "ardían como castillos pirotécnicos", se propagó por el centro de la placilla:

"[...] con la rapidez de rayo hacia el norte hasta llegar a la esquina i volver al oriente, o más bien dicho hasta que no dejó una sola casita en pie, i al sur abrazó el Café del Prado, en seguida el despacho de licores de don Juan Corbalán, más dos o tres casas habitación, un negocio de verduras, licores i frutos del país de un señor Monardes, el Café i Posada de Juan Acevedo, el Café de José Cabrera, el id de Julián Vilche, la tienda despacho i panadería La Copiapina del señor Amador Chaparro, tienda i despacho de Fraga i Cía. id de Manuel Silva, en seguida volviendo por la calle Sarjento Aldea consumió unas casitas habitación i otras en que habían no sé qué negocitos pertenecientes a un señor N. Buceta" (ElEco de Taltal, abril 12 de 1889).

El fuego sólo se detuvo en los adobes de la última casa. Dejar en el plano del azar una catástrofe local que terminó con centros de comercio popular resulta difícil, sobre todo cuando el fenómeno se había suscitado en otros lugares de manera similar. Pareciera que este incendio responde a la lógica de la instalación del orden y, al igual que la ruta seguida por otros pueblos mineros con altos grados de autonomía, su desaparición responde a uno de los mecanismos que formaron parte de la estrategia de la oligarquía nacional para consolidar su riqueza a través de la habilitación mercantil usurera (Salazar 2009: 505) y la eliminación de los pueblos de libre comercio. Lejos de ser casual, esto respondió a la intención de los habilitadores capitalistas de formar agrupaciones de pobladores donde el empresario tuviera además el control comercial, los Company Town, donde primaba el control paternalista y la regulación de la vida cotidiana en su más amplio espectro (Venegas 2014; Godoy 2014).

La historia de la placilla de Cachinal se vio truncada por las llamas, no recuperando su antiguo esplendor, para quedar sólo en el recuerdo de sus habitantes. El lugar no recuperó sus construcciones y devino en una faena minera con los mínimos servicios. Al inicio de la década de los noventa del siglo XIX, aún era considerado un mineral importante que conformaba la 7° Subdelegación del Departamento de Taltal y mantenía una población "activa y numerosa" (Muñoz 1894: 167). No obstante, esta auspiciosa descripción contrasta con la estadística, en tanto, su población en 1895 había disminuido a la mitad iniciando el siglo XX, según el censo de 1907, con sólo 293 habitantes (Figura 6).

Figura 6· Cachinal de la Sierra después del incendio que la destruyó, hacia 1905.

El conjunto de elementos indicados hizo que el control de los empresarios y la incipiente presencia estatal, acotara la vida disipada de los mineros y peones de la placilla. Por una parte, por el aumento de la conectividad mediante la construcción de caminos y una línea férrea que unió la localidad con el puerto en 1889. En otra dimensión, fue gravitante el modus operandi de la Gran Compañía, que se basaba en una práctica muy difundida entre los empresarios mineros de la época, que pagaban un gran número de mayordomos y serenos -la policía local- para vigilar el interior y exterior de las minas, ordenando allanamientos frente a cualquier sospecha. Así, la policía local financiada por los empresarios cumplía el objetivo de controlar a los trabajadores en los lugares de remolienda, además fiscalizaban el eventual robo de minerales, debiendo enfrentar los mineros pobres y peones los constantes juicios de embargo entablados por la compañía a quienes consideraba como "cangalleros o ladrones de metal, sin aducir otra razón que la de que dichos metales se parecen o son iguales a los que dicha compañía esplota de las diferentes minas que tiene en trabajo" (La comuna autónoma, Taltal, diciembre 12 de 1892 (Figura 7).

Figura 7. Instalaciones de la mina Arturo Prat, hacia 1905.

El control sobre los trabajadores se acrecentaba con la dependencia que la empresa ejercía en los funcionarios de importancia local, tales como los subdelegados, jueces de subdelegación y de distrito trabajando como:

"[...] empleados o personas que dependen de la Gran Compañía, toda cuestión con ella, o que no sea de su agrado, es completamente ilusoria porque esas autoridades no pueden ejercer sus funciones con la independencia que requieren cargos tan delicados, pues, o proceden según convenga a la compañía o pierden inmediatamente un destino y se encuentran, casisiempre, sin tener con que sostener sus familias o como ausentarse del lugar" (La Comuna Autónoma, Taltal, diciembre 12 de 1892).

Así, las atribuciones que se asignaba la Gran Compañía Arturo Prat en Cachinal eran parte de un problema mayor existente en los sectores marginales del territorio nacional decimonónico, en tanto las autoridades nombradas eran empleados o dependientes de las mismas empresas.

CONCLUSIÓN

Un primer elemento a destacar en una visión de conjunto de la realidad socioeconómica de la región de Taltal en la década de los ochenta, es la importancia adquirida por la explotación de plata de Cachinal de la Sierra en el momento de crisis salitrera que enfrentaba la región, y que se traducía en la cesantía de más de 1.000 trabajadores que deambularon por Taltal en busca de trabajo.

En este contexto, el descubrimiento argentífero en la pampa permitió acrecentar su fama y fortalecer la atracción de trabajadores, consolidando una ocupación inicialmente informal para devenir en un nuevo tipo de placilla decimonónica. Unos llegaron por la paralización de las salitreras, mientras que un importante grupo lo hizo impelido por la crisis del ciclo cuprífero que afectaba a la región del Norte Chico. Hacia la última década del siglo XIX la placilla de Cachinal seguiría el mismo destino, representando uno de los últimos estertores del ciclo argentífero decimonónico.

Por su parte, la imagen y destino de los empresarios se verá reflejada en el devenir de Rafael Barazarte, quien aunque no fue el descubridor, para efectos de la prensa y las autoridades sería reconocido como tal, pasando al olvido los cateadores Pedro Peñafiel y Simón Figueroa. El periplo de Barazarte fue el claro ejemplo del derrotero seguido, con diferente suerte, por centenares de hombres y mujeres que desde el centro y Norte Chico de Chile arribaron al despoblado atendiendo a la demanda de trabajo y tras la quimera de un rápido enriquecimiento que permitiera regresar adinerado a sus antiguos pagos. Esta ruta ha sido historiográficamente seguida hasta el Valle Central donde se tradujo en inversiones especulativas en sociedades anónimas, en la banca, en mansiones y propiedades agrícolas (Ortega 2005: 202), tal como lo destacó desde la literatura Blest Gana en su obra Martín Rivas (1862).

La ruta iniciada por Barazarte al llegar a Copiapó en 1868 se completó en 1884, cuando volvió a Valparaíso para fungir como diputado por Copiapó y Caldera (Figueroa 1901:158), arrendando el fundo Peregüe del Romeral, en las cercanías de Quillota, para fallecer el 2 de diciembre de 1886 (ANH, FM, pieza B 4504, año 1887, s/f).

En términos eminentemente productivos los puntos máximos se alcanzaron con las 33 toneladas de plata fina en 1883, las que aumentaron a las 37,6 toneladas en 1884, iniciando un paulatino y constante descenso que llevó a 8,5 toneladas en 1893. Un caso similar se presentó con las leyes de la plata, las que en 1882 eran de un 66% para descender en 1893 a 19%, aumentando con ello los costos de producción. Aun así, la empresa continuaba rentable, permitiendo que la explotación de Cachinal de la Sierra se proyectara, con altos y bajos, en las primeras décadas del siglo XX.

Como corolario, huelga decir, que el poblado constituido por la placilla de Cachinal de la Sierra inició su desaparición con el fuego y las leyes (también de los minerales), que contribuyeron a dejar en el silencio del desierto los sonidos de las maquinarias mineras, mesclados con el canturreo y las guitarras. De esta manera, acababa uno de los más suigeneris establecimientos argentíferos de fin del siglo XIX, que contuvo en su paisaje social y laboral, elementos del mundo tradicional integrados y confrontados, con otros propios del proceso de modernización que, a la sazón, campeaba en las pampas salitreras.

Agradecimientos

Esta investigación se ha realizado en el contexto del financiamiento entregado por el Proyecto FONDECYT Iniciación N° 11130001. Mis reconocímientos por su aporte a Sergio González, Pablo Artaza, Marco Murúa, Carolina Valenzuela, Manuel Fernández, Rodolfo Contreras, Diego Damm, Leopoldo Benavides, Emerson Hirmas y Daniel Villalobos, quienes contribuyeron de diversas maneras a la realización de este trabajo, aunque la responsabilidad final me pertenece.

NOTAS

2 El Eco de Taltal, Julio 16 de 1881.

3 Curiosamente, en ese momento una autoridad local señaló que la población en 1878 había alcanzado a 642 habitantes, que se distribuían en tres espacios principales, permaneciendo 110 en las minas, 172 en las salitreras y 360 en el puerto ¿Fue éste sólo un problema estadístico, de mala gestión, o un revés "estacional"? (ver ANH, IAT, vol. 498, s/f; Caldera, noviembre 14 de 1878).

4 En un aviso aparecido entre abril y junio de 1873 se publicitaba "Rafael Barazarte. Tiene a venta constantemente harina flor de varias marcas, azúcar refinada hamburguesa y francesa de Burdeos, grasa en panza y cajones, buena clase de café de Costa rica y arroz de la India" (El Caracolino, Antofagasta, junio 3 de 1873).

5 La acciones se distribuyeron entre Francisco Ossa (50 acciones), Rafael Barazarte (20), Flavio Zuleta (15), Víctor Gana (10), Manuel Montt (5) Francisco Rodríguez (2), Joaquín Noguera (2), Francisco Riesco (16) y Lucila Zuleta (5) (Boletín de las Leyes y Decretos de Chile 1882, Libro 50: 63-77).

6 Alrededor de 20 eran amparadas por la patente y el resto estaba en abandono (La comuna autónoma Taltal, diciembre 12 de 1892).

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Recibido: julio 2014. Aceptado: octubre 2014.

[Fe de errata versión en línea corregida

Errata:LA PLACILLA DE CAHINAL DE LA SIERRA Y LA MINERÍA DE LA PLATA EN EL SECTOR MERIDIONAL DEL DESPOBLADO DE ATACAMA. TALTAL, 1880-1900 Corregida por :LA PLACILLA DE CACHINAL DE LA SIERRA Y LA MINERÍA DE LA PLATA EN EL SECTOR MERIDIONAL DEL DESPOBLADO DE ATACAMA. TALTAL, 1880-1900]

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