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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.52 San Pedro de Atacama jun. 2016  Epub 25-Abr-2016

 

MINERÍA INDUSTRIAL Y ESTRUCTURAS AGRARIAS "LOCALES" EN EL DESIERTO DE ATACAMA. GENEALOGÍA DE UNA CRISIS AGRÍCOLA (QUILLAGUA, S. XIX-XXI)1

Javier Carmona Y.2

2 Programa de Magíster en Antropología UCN-UTA, Universidad Católica del Norte, Gustavo Le Paige 380, San Pedro de Atacama, CHILE. Fundación Desierto de Atacama. Email: jcarmona@desiertoatacama.com.


RESUMEN

El artículo presenta una revisión de la producción agropecuaria del oasis de Quillagua (II región de Antofagasta, Chile) basada en antecedentes históricos y etnográficos, centrando especialmente la mirada en su articulación con las dinámicas económicas salitreras, post-salitreras y cupríferas durante los siglos XIX y XX. Conjuntamente, se realiza una reflexión sobre la necesidad de comprender las dinámicas económicas locales en función de su enganche con procesos económicos e históricos de amplio alcance, tomando en consideración el papel de la economía local en la reproducción económica histórica regional. Se propone, a su vez, abordar la situación actual del valle por medio del contraste con su pasado, relevando la rica historia agraria que se halla detrás de su crítico estado actual.

Palabras claves: agricultura y minería en el desierto de Atacama, río Loa, crisis agraria, despoblamiento rural.


ABSTRACT

The article presents a review of the agricultural production of the oasis of Quillagua (region II of Antofagasta, Chile) based on historical and ethnographic background, focusing especially on its articulation with the economic dynamic saltpeter, post-saltpeter and copper during the nineteenth and twentieth centuries. A reflection is made on the need to understand local economic dynamics in terms of engagement with economic and historical processes comprehensive, taking into consideration the role of the local economy in the regional historical economic reproduction. It is proposed, in turn, address the current situation of the valley by contrast with its past, relieving the rich agricultural history that lies behind its current critical state.

Keywords: agriculture and mining in the Atacama desert, Loa river, agrarian crisis, rural depopulation.


 

OBERTURA: ANTROPOLOGÍA, HISTORIA Y EL PULSO LOCAL DEL TIEMPO GLOBAL

Quizás una de las mayores dificultades que conlleva una antropología de perspectiva histórica, dice relación con la posibilidad de acceder al pasado a través del presente; ejercicio teórico-metodológico que implica sumergirse en el tiempo histórico desde la "actualidad" etnográfica. De no hacerse cargo de esta complejidad, al menos sucintamente, el presente etnográfico corre el riesgo de presentarse como una situación "dada", estática, derechamente "sin historia", circunstancia que ha impulsado a la antropología a prescindir de una perspectiva diacrónica al estudiar "un" determinado fenómeno, propio de "un" determinado tiempo, acontecido en "un" reducido lugar (Friedman 2001).

Considerado así, el nivel "micro" de la antropología ha sido fetichizado y considerado como un laboratorio singular, trampa etnográfica responsable de desdibujar el contexto histórico dentro del cual se enmarcan fenómenos sociales de comunidades "locales" (Wallerstein 2005), ofreciendo, de este modo, una interpretación trunca y artificial de la realidad social (Abélès 2008).

Tal como afirmó Wolf (2009), un desafío antropológico consiste en interpretar desde la experiencia "local" la configuración histórica del sistema-mundo actual, centrando especialmente la atención en cómo procesos de alcance global han afectado y cambiado las vidas de las poblaciones estudiadas tradicionalmente por los antropólogos (Wolf 2009), evitando, de este modo, caer en nociones e interpretaciones románticas y proyecciones ideales propias de una Geimenschaft. En esta misma línea, parafraseando a Friedman, hoy por hoy -y desde hace un buen tiempo a decir verdad- lo global vendría a ser el "verdadero estado de las cosas" (Friedman 2001), siendo por ende, un punto de partida ineludible para una antropología de carácter histórica, sistémica y global.

Desde esta perspectiva, la imbricación de los niveles de análisis de lo "local" y lo "global" debiese ser mayormente tomada en cuenta, particularmente por la antropología. Ésta, en tanto ciencia de la "alteridad", inclinada a reflexionar desde el campo sobre las diversas dimensiones de sociedades "locales", se emplaza en una situación privilegiada para develar el papel que han jugado históricamente dichos grupos humanos en el devenir de la economía-mundo capitalista, dando cuenta también de las resiliencias comunitarias frente a las influencias históricas del capitalismo global en sus respectivos territorios y formas de vida.

La articulación entre espacios locales y enclaves económicos de propensión capitalista e influencia global es un fenómeno de larga data en el desierto de Atacama. La reconfiguración y demarcación económico-espacial y la política tributaria colonial inaugurada con la arribada hispana a la región andina, se puede entender como un proceso inicial en tanto articulación vertical entre las poblaciones locales y las necesidades de la corona hispana para solventar su ambiciosa campaña económica, ideológica y militar (Wachtel 1973), razón por la cual, este proceso ha sido considerado como la cuna de la economía-mundo contemporánea (Wallerstein 2007, Quijano 2000, Gruzinkski 2010).

Ahora bien, sin adentrar en el período anterior, los ciclos industriales vinculados a la extracción de minerales en el desierto de Atacama (plata, salitre y cobre, principalmente) atrajeron directa e indirectamente para sí a poblaciones de oasis y quebradas que antaño, prioritariamente, circunscribieron su producción agropecuaria al comercio intercomunitario y el consumo doméstico-familiar.

Como bien señaló el historiador del salitre Oscar Bermúdez (1963), desde los comienzos de la exportación salitrera (1830-1840) acontece el arribo del capital a la quebrada, momento en que múltiples espacios campesinos e indígenas del desierto comienzan a experimentar un giro relativo a la especialización productiva de determinados bienes (alfalfa, maíz y ganado mular, principalmente), en función de la demanda sostenida por parte de enclaves industriales que revolucionaron en términos geopolíticos, demográficos y culturales el desierto de Atacama. Tal como afirma González (2002), la industria salitrera situó al desierto de Atacama en el mapa del mundo, y también -podemos especificar-, aunque de manera soterrada, a aquellos pueblos y quebradas que contribuyeron a sostener "desde abajo" a la industria del nitrato.

El presente documento invita a vadear por los mares de la historia agraria de un oasis del desierto de Atacama, abordándola por medio de sus antecedentes históricos, la subjetivación colectiva y la narrativa emic local referente a los vaivenes de la economía quillagueña durante los ciclos salitreros, post-salitreros y cupríferos de los siglos XIX y XX.

 

EL VALLE EN LA PERSPECTIVA HISTÓRICA: UN NODO AGRARIO E INTERCULTURAL DE LARGA DURACIÓN.

Quillagua es un milenario oasis emplazado en el límite de las actuales regiones de Tarapacá y Antofagasta, en medio del vasto desierto de Atacama. Desde tiempos prehispánicos hasta las últimas décadas del siglo XX, el valle constituyó un fecundo oasis en medio del desierto, en el cual sus habitantes desarrollaron diversas actividades vinculadas a la recolección, ganadería y agricultura, gracias a la disponibilidad plena y gestión colectiva de los recursos hídricos proporcionados por el río Loa, cuyo caudal se abría paso por este antiguo vergel del desierto en el curso inferior de su trayecto3. (Figura 1).

Figura 1. Ubicación del oasis de Quillagua en la región de Antofagasta (www.turismovirrual.cl).

 

Su emplazamiento estratégico en el corredor del Loa, junto con su humedad y clima desértico, además de la concentración de bosques de algarrobos, tamarugos y chañares, hicieron del oasis un espacio-eje propicio para el desarrollo de actividades socio-productivas cuya producción, simultáneamente, se inscribía dentro de dinámicas de intercambio entre grupos humanos cultural y espacialmente diferenciados (Pimentel y Montt 2008).

Ricardo Latcham, quien realizó una expedición científica al valle en el año 1932, además de caracterizar superficialmente a la población de tipo indio que residía el oasis (y ofrecer una valiosa recopilación toponímica de conceptos que, según él, provenían del kunza, aimara y quechua4), identificó diversos bienes y objetos materiales que evidenciarían la larga explotación agropecuaria y de complementariedad e intercambio del oasis, entre los cuales destacó: palas, cuchillones, azadas, evidencias de calabazas, corontas de maíz, quínoa y algarroba, a lo cual se suman recursos marinos tales como peces, mariscos y conchas con restos de ostiones, lapas y machas. El mismo autor, posteriormente (1938), arroja luces sobre la larga tradición agrominera en la cual se habría visto inmersa el valle, indicando la presencia de diversos objetos metálicos en ofrendas funerarias de data prehispánica (Núñez et al. 2003)5.

En función de dichos antecedentes, caracterizó al valle como un pueblo de agricultores y comerciantes que se desplazaban entre la costa y el interior, alimentándose también de las vainas de algarrobo, al igual "como lo hacen actualmente los habitantes en tiempos de escasez" (Latcham 1933.: 138).

Esta interpretación no dista en lo sustancial a las realizadas en tiempos posteriores, pues el valle ha sido considerado simultáneamente como un "puerto de intercambio" (Núñez y Santoro 2011), una "isla multiétnica" (Martínez 1998) y un Taypirana en medio del desierto, es decir, un eje acuático de tránsito y poblamiento que ha presenciado encuentros y desavenencias entre grupos establecidos entre los valles occidentales, el altiplano meridional y la zona circumpuneña, con pautas indígenas de acceso y regulación territorial (Barros et al. 2008).

Antecedentes coloniales tempranos darían cuenta de una venta de tierras realizada en 1588 en la ciudad de La Plata, encabezada por una autoridad étnica de Atacama, la cual deja entrever que las pautas de regulación territorial descansaban en demarcaciones simbólicas fraguadas espacialmente; el río, su curso, los cerros y el mar, constituirían hitos demarcatorios para la etno-territorialidad local.

"Sepan quantos esta carta de venta real vieren como yo don Domingo Lanchemir cacique de Atacama por mi y en boz y en nombre de don Pedro Niquitaya [sic] cacique principal del dicho pueblo y de los demás principales e indios de el dicho pueblo [...] vendo y doy en venta real [...] doscientas hanegadas de sembradura de mayz de tierras en la puna y valle de Quillagua y valle de dicha cancha [?] que corre desde el camyno que va a la mar el rio abajo enterándose en la dicha cantidad en el dicho valle ques el dicho valle abajo hasta Quillagua y distrito de Atacama que por todas partes deslinda con cerros y llanos del Pomaly por labrar que el dicho vale no se labran y es del pueblo dicho para los indios del dicho my pueblo lo cual vos vendo [...]" (En Odone 1995: 599).

Dando continuidad a dicha demarcación simbólico-espacial, es sabido que aún en tiempos coloniales un palo grueso bien acepillado (¿una Wak'a, en términos andinos? [Martínez 1998:125]) establecía el límite de acceso a los recursos agrarios y forestales entre grupos indígenas de Tarapacá y Atacama (Paz Soldán 1878, Martínez 1998), el cual, luego, habría sido resignificado por el poder hispano en función del establecimiento de un nuevo orden, pero en base a pautas indígenas de regulación espacial (Sanhueza 2008).

Dando cuenta de ello, junto con la inclusión de ganado mular, bovino y porcino en el valle, información presentada por Paz Soldán dejaría entrever la ocupación multicultural y la permanencia de los mecanismos indígenas de subdivisión territorial:

"...en dicho Valle de Quillagua, por haberlo visto, tenían Pedro de los Ríos, Juan de los Ríos, Alonso y Francisco todos sus ganados de mulas, vacas y ganado de cerda en cuya posesión estuvieron muchos años sin ninguna novedad ni controversia de parte de Atacama, esto es, á la otra banda del río á la cual están divididas las jurisdicciones, en una punta para abajo en que está el pueblo antiguo pertenece á esta jurisdicción y de ahí para arriba á la de Atacama, en una y otra parte ha habido siempre algarrobos y los hay; los de arriba desde dicha punta han poseído y poseen los indios de Atacama, y los de abajo los indios de esta parcialidad sin permitir unos ni otros en sus cosechas que siempre las han ido á coger sin que se propasen sus linderos" (En: Paz Soldán 1878: 55).

Durante el período colonial, la presencia hispana en el valle estaría estrechamente vinculada con la explotación del mineral de Huantajaya6, pues el valle pasaría a constituir un alfalfal destinado a la mantención y engorda de animales, principal fuente de movilidad y carga durante ese entonces. En relación a ello, Barros afirma que el Virrey don Luis de Velasco (1596-1604), durante la segunda fase de explotación del mineral de Huantajaya, le otorga a "Alonso de la Cueva una fanegada de tierras en el sitio de Cuvijay 100 fanegadas en las que llaman de Quillagua y Guataconde y Mantilla y Algarrobales de Pisa" (Hanke y Rodríguez 1978. En: Barros et al. 2008: 38).

Oscar Bermúdez agrega que "las recuas de mulas argentinas que se ocuparían en el acarreo de metales de plata a Huantajaya, luego de recorrer el despoblado de Atacama se detenían en los alfalfares de Quillagua antes de internarse en la Pampa del Tamarugal y la Cordillera de la Costa hasta alcanzar Huantajaya" (Bermúdez 1963: 178).

De igual manera, la presencia hispana en el oasis estaría estrechamente relacionada con el control español de la actividad pesquera en Puerto Loa, para lo cual habría sido necesario el establecimiento de espacios cercanos a la costa que facilitaran el traslado de recursos marinos y el aprovisionamiento permanente de forraje para las bestias de carga (Odone 1995). Así, a mediados del S. XVIII, don Juan de Zegarra, de ochenta y cinco años de edad, declaraba que había sido mayordomo hacía más de setenta años del capitán Juan de los Ríos, arrendatario del Puerto Loa que habría mantenido ganado en el valle (Villalobos 1979).

Refiriendo a la consolidación del control hispano de las tierras del oasis, éste provendría del sistema de encomiendas y pensiones de indios al que se vieron sometidos sus antiguos moradores. Villalobos (1979) afirma que el control agrario español se constituyó por medio del traspaso de los indígenas junto con sus "pueblos y chácaras". Consecuentemente, "desde aproximadamente 1620 hasta, por lo menos mediados del siglo XVIII, las pensiones de indios de Tarapacá, que incluían población tributaria de Puerto Loa y de Quillagua, recayeron en particulares españoles" (Villalobos 1979: 88).

Si bien correspondiente a un siglo después, Oscar Bermúdez (1980) otorga información complementaria referente al control territorial en el valle por parte de autoridades de Tarapacá y Pica con fines agrarios:

"Los colonizadores de San Lorenzo de Tarapacá y San Andrés de Pica utilizaron tierras de Quillagua para la producción de alfalfa, y fue esta una de las pocas explotaciones agrícolas durante la colonia. A las tierras de alfalfa como le decían los españoles, los naturales de Quillagua le llamaban cercos. La iglesia de Tarapacá tuvo allí tierras de alfalfa y según una hacienda parroquial (...), la hacienda de Quillagua la tenía don Joseph Vicentelo en 1727" (Bermúdez 1980: 177).

Sometido a una explotación agropecuaria intensiva y "racional", el valle pasaría a considerar un espacio propicio para albergar una reducción de indios errantes procedentes de Huatacondo y otras quebradas incógnitas del desierto (¿Capuna, Chitigua, Maní, Quehuita?). Nuevamente, se esgrime la abundancia de tierras y disponibilidad de recursos hídricos en el oasis, hecho que da pie a que las autoridades hispanas mandaten el asentamiento de aquellos indios errantes del desierto en función del desarrollo de una economía "racional", sedentaria y formal.

"Está ordenado se reduzcan los indios á población para que así gozen del beneficio espiritual y temporal, del que carecen estando divididos y dispersos por sierras y montes, y con reflexión a lo que asienta el cura de San Andrés de Pica, en su carta de fojas siete sobre las incomodidades que padecen los indios de Guatacondo, hallándose por esta razón doscientas veinte y nueve personas en quebradas incógnitas, careciendo de todo pasto espiritual y del Comercio racional, por lo que sería conveniente se redujesen á población en el parage de Quillagua abundante de tierras y aguas: el Teniente General de Tarapacá, jurisdicción del correjimiento de Arica; ó el corregidor de aquella ciudad darán los auxilios y fomentos para dicha reducción" (En: Paz Soldán 1878: 57).

Desde entonces el espacio quillagueño se verá interceptado por las lógicas y mecanismos mercantiles de producción colonial, hecho que se materializará por medio de las transformaciones relativas a la propiedad y usufructo de la tierra y el agua, en función de la implantación de una nueva forma de explotación agropecuaria, regida por el orden excedentario y "racional" instalado por la corona hispana. De este modo, y en contraste con el período anterior, se evidencia un tránsito del paisaje quillagueño desde lo "invisible indígena" a la abundancia de ganado hispano y sembríos de alfalfa, hortalizas y maíz (Odone 1995), escenario que bien podría constituir el puntapié inaugural a la ocupación "moderna" del oasis bajo fines productivos cualitativa y cuantitativamente disímiles.

Evidentemente, el orden colonial atrajo para sí a los territorios, recursos y sociedades indígenas del desierto. Pues, tal como afirma Wachtel para este periodo de la trastocada historia andina, "los españoles se apoderan tanto del agua como de la tierra; la dominación colonial significa para los indios ser desposeídos de los medios esenciales de producción" (Wachtel 1973: 84).

Bajo esta forma, el desarrollo y la articulación comercial local se verán fuertemente consolidados con la integración del valle, en un primer momento, al circuito del mercado salitrero regional, experimentando la estructura agraria local un despegue comercial que se sostendrá, no exenta de vaivenes, hasta las últimas décadas del siglo XX.

 

AGRICULTURA COMERCIAL EN EL NUEVO ESPACIO DE FRONTERA: QUILLAGUA DURANTE EL CICLO DE LA INDUSTRIA SALITRERA

Iniciado el proceso independentista, el valle fue nuevamente declarado espacio de frontera, pero esta vez entre las repúblicas de Perú y Bolivia. El mojón divisorio se dispuso en la zona de "La Parte", en el mismo sector donde previamente se habría erigido el hito demarcatorio entre las tradiciones indígenas de Tarapacá y Atacama (Paz Soldán 1878).

La cartografía republicana trajo aparejada un mayor interés por el desarrollo de la explotación minera, guanera y el comercio a ultramar, actividades que contribuyeron al robustecimiento productivo de espacios agrarios labrados por población indígena tributaria y mestiza.

Bajo este contexto, la mantención de ganado fue fundamental para el desplazamiento de mercancías desde su punto de explotación hasta Cobija, puerto de embarque principal de la economía boliviana de aquel entonces. Su dinamismo e intensa actividad, habría despertado tempranamente el interés de Chile por este territorio, principalmente por la alta valorización del guano en los mercados internacionales (Cajías 1975, en Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas 2009)7.

De acuerdo a lo planteado por el historiador paceño, el período de consolidación minero- republicano es clave para comprender el cambio en el régimen del uso de la tierra en los espacios locales, pues, durante este período, se consolidará la transformación del "campesino de las chacras de panllevar, a grandes fincas de alfalfales. [Esto] sucede por una política económica para fomentar la agricultura a raíz de la habilitación del puerto de Cobija y el comercio, además de las actividades mineras que se activan con los animales de tiro y con el ganado para alimentar a los mineros/obreros en torno a los yacimientos de plata, cobre y salitre" (Cajías 1975: 60-61, en Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas 2009: 151).

De este modo, y durante un período de tiempo relativamente corto, el indio tributario de tradición andina pasó de ser un sujeto marginal, con escuetas "posibilidades" de civilización y subordinado a las órdenes del régimen colonial, a perfilarse como un activo partícipe de los procesos de industrialización del desierto, proceso que a su vez desencadenará el despliegue de políticas nacionalistas tendientes a la homogeneización cultural, contrarias a un espacio que desde tiempos inmemoriales presentó una ocupación indígena diversa e intercultural.

En tiempos en que el valle constituía aún la frontera entre Bolivia y Perú, se evidencia un antecedente vinculado a la inversión extranjera relativo a intensificar la producción agraria en pos de su enganche al mercado salitrero regional.

Juan Williamson, comerciante inglés residente en Iquique, comenzó en Quillagua en 1857 una obra de irrigación consistente en la elaboración de un canal de dos leguas de largo, con el objeto de aprovechar una decena de terrenos con potencial agrícola, cuya superficie se estimó en 40 o 50 hectáreas (Billinghurst 1893).

Fruto de quiebres económicos del inversionista, dicha obra fue abandonada y retomada en 1870, año en que se da pie a la construcción de un túnel de 400 varas de largo, que sin embargo, previo a su finalización, fue destruido por un sismo en 1878 (Billinghurst 1983). Según el político y empresario peruano, los sembríos de Quillagua daban a inicios de este mismo año una producción anual de más de 24,000 quintales de alfalfa, viéndose complementados con una abundante cosecha de algarroba y maíz. Billinghurst, reiterativo, afirma que el valle de Quillagua podía y debía ser sometido a una explotación más intensiva, pues el auge de la industria salitrera estaba por venir y la ubicación estratégica del valle proporcionaba excelentes augurios para "aquellos interesados" en propender actividades de corte agrario-comercial:

"La proximidad en que se halla Quillagua de las salitreras del Toco, que ya se están poniendo en explotación, y de las de Lagunas, parte de las cuales comenzarán antes de mucho a producir, es un verdadero aliciente para los que quieran propender al desarrollo de la agricultura de esta provincia, pues los alfalfares de esa quebrada adquirirán, dentro de poco tiempo, considerable valor, por las circunstancias antedichas" (Billinghurst 1893: 132).

Consecuentemente, luego de la apropiación del Estado Chileno de las actuales regiones de Arica, Tarapacá y Antofagasta por medio de la Guerra del Pacífico o del Salitre (1879-1884), las tierras del oasis comenzarán a ser objeto de una progresiva intensificación productiva y comercial, aparejado ello a un crecimiento demográfico que avanzará a la par del apogeo salitrero en la región. Desde esta perspectiva, el valle incluso podrá entenderse como un enclave agropecuario enganchado a la minería de enclave salitrera, vale decir, como un espacio especializado en la producción de alfalfa y maíz, en función de la demanda de la industria del caliche y sus amplios circuitos económicos de enganche macro-regional e internacional.

Bajo este contexto, la intensificación de la agricultura quillagueña, puede verse relacionada con una tendencia global del mercado de la tierra, propia del siglo XIX, periodo durante el cual la economía capitalista volcó para sí a la producción rural en función del aprovisionamiento de bienes, mano de obra y alimentos para atender la demanda de actividades industriales que, por lo general, eran controladas por capitales europeos y sus socios bursátiles locales (Hobsbawm 2007). La industria salitrera constituye, precisamente, un ejemplo de ello8.

El incremento de la producción y exportación salitrera de este período se puede dar cuenta con los siguientes datos: el ingreso del fertilizante natural en el puerto de Hamburgo aumentó cuarenta veces entre los años 1867 y 1907, elevándose a 500 mil las toneladas anuales importadas por Alemania (Capaldo 2010). Paralelamente, en medio del apogeo salitrero en 1912, las exportaciones del fertilizante hacia Alemania, Estados Unidos e Inglaterra superaron los dos millones de toneladas (Bermúdez 1963)

Bajo una dinámica de producción y exportación creciente, diversas actividades económicas complementarias tendieron a "enchufarse" al mercado del nitrato, siendo una de ellas el sistema de arrieraje procedente de valles del interior y del noroeste argentino, el cual se enganchó, previo paso por Quillagua, al eje salitrero por medio del arreo y comercio de vacunos y mulares; "el ganado mular que se empleaba en el transporte del salitre a los puertos de embarque (...) se importaba generalmente de la Argentina realizándose la internación en Tarapacá luego de pasar las recuas por Calama o Caracoles por el camino a Quillagua. Desde este oasis, en que se disponía para los animales de extensos pastizales y que servía de descanso a los arrieros, el camino seguía en dirección N.O. a Pintados, para internarse desde aquí a la zona salitrera" (Bermúdez 1978. En: González 2002: 235-236).

La creciente productividad y demografía de Quillagua se puede dar cuenta con datos censales: si en 1879 el valle era un lugarejo de 77 habitantes (En Odone 1995), en el año 1907 éste contaba con 114 almas. Luego, en 1920 su población se incrementó a 229, y en 1930 a 268, lo cual constituye un incremento global correspondiente a un 135%. Durante este período, según estadísticas agropecuarias de la época, de las aproximadamente 275 hectáreas que comprende el oasis, al menos un centenar se habrían mantenido sembradas de choclo, alfalfa y diversas hortalizas, agrupadas en alrededor de 43 propiedades agrícolas9. Paralelamente, se estima en casi medio millar el total de animales de crianza, repartidos en ovejas, cabras, cerdos, caballos, chanchos, pollos, patos, etc., cuyo destino era el arreo (en el caso de caballos y burros) hacia los mercados formales e informales de la pampa, como también las bocas de las economías domésticas locales.

De acuerdo a la memoria oral local, a partir de este período "es cuando empezó a llegar más gente al pueblo, y Quillagua empezó a producir mucho choclo, alfalfa y otras cosas para las salitreras" (Hombre, Quillagua 2013).

Uno de los principales destinos comerciales de la producción agropecuaria quillagueña fue el conjunto de oficinas que agrupó el Cantón El Toco10, propiedad del capitalista alemán Henry Brarens Sloman (1848-1931). Este conjunto industrial aunó a las oficinas Coya Norte, Coya Sur, Santa Isabel, Peregrina, Rica Aventura, Prosperidad, Grutas, Empresa, Buena Esperanza, Iberia y Santa Fe, las cuales destinaron su producción hacia mercados situados en distintas partes del mundo, entre ellos Panamá, Nueva York, Nueva Orleans, Gibraltar, Brasil, Rotterdam, Barcelona, Tenerife y Hamburgo, siendo el puerto de Tocopilla su punto de embarque hacia el mercado global (Capaldo 2010).

Tal como afirma González (2002), "la explotación del salitre puso al desierto en el mapa del mundo y le dio la relevancia que ha sido internacionalmente a los obreros del nitrato" (González 2002: 33).

Durante su ciclo industrial, el Cantón El Toco experimentó una formidable explosión demográfica, pues, según cifras censales, durante su expansión el enclave minero acrecentó su población de 466 almas en 1885 a 27.963 en 1930.

Las operaciones industriales de sus oficinas se extendieron desde la última década del siglo XIX hasta 1930, luego de que el conjunto se viera inmerso en el crack global de 1929 y el consecuente desplome de la industria que tuvo lugar en el norte de Chile, fruto de la creación del sustituto sintético del nitrato (Valenzuela 1927, Capaldo 2010).

A medida que las oficinas incrementaban la explotación del nitrato natural, acrecentaban su capacidad productiva mediante el uso de la fuerza animal, la cual se desplazaba desde el noroeste argentino hacia las oficinas salitreras, transitando por distintos parajes de "engorda". Entre éstos, Quillagua parece haber constituido un punto neurálgico dentro del vasto desierto atacameño.

Según un residente del valle, "cuando vinieron las salitreras alemanas, tomaron como zona logística a Quillagua, porque ellos acá traían a sus animales a engordar, a la engorda como se le dice, a los animales que tenían para desplazar el salitre" (Hombre, Quillagua 2013).

Los mercados formales e informales de la pampa también debieron proveerse de bienes y alimentos destinados al consumo del grueso obrero, de los cuales buena parte eran ingresados por el puerto de Tocopilla. En lo concerniente a los productos agropecuarios que abastecían de alimento a las oficinas, éstos eran desplazados desde pueblos como Calama, Huatacondo, Chiu Chiu, Pica, Matilla y Quillagua (Capaldo 2010).

Publicada en 1934, Benjamín García Corroño realiza una interesante descripción sobre algunas características productivas del valle, dejando entrever el enlace comercial entre sus habitantes y las oficinas del Toco hacia 1907:

"El total de la superficie cultivada o con vegetación, puede estimarse en unas 200 hectáreas, de las cuales destinan 50 más o menos a la siembra de alfalfa, a la cual dan hasta 4 cortes en el año. El resto de los terrenos lo dedican a las siembras de maíz, algunas verduras y a plantíos de algarrobos (...) La generalidad de los habitantes de Quillagua se dedican a la agricultura, y sus productos, como ser verduras, alfalfa, algarroba y choclos, que aunque pequeños, estos últimos, son de exquisito sabor (...) asimismo se dedican al transporte de frutas que traen desde Pica, artículos, todos estos, que llevan para su venta a las salitreras del Toco" (García Corroño 1934: 56).

Según se desprende del testimonio local, durante este período familias completas arribaban al valle con la convicción de que en éste se podrían desarrollar actividades complementarias capaces de satisfacer el grueso de las necesidades familiares, propiciando, de este modo, la reproducción socioeconómica de la comunidad en su conjunto. En otras palabras, Quillagua parecía ofrecer una vida próspera, fruto de su sólida economía interconectada con oficinas salitreras y el desarrollo de un mercado robusto y "asegurado", tal como aseveran reiteradamente testimonios locales.

"Mis padres emigraron hacia Quillagua porque acá se veía una ciudad próspera en ese tiempo. Por ahí por los años veinte, por los años treinta, porque estaban todavía las oficinas en todo su apogeo. Ellos se vinieron para aprovechar las salitreras, porque se decía que se vendía mucho pasto en las salitreras, mucho choclo y mucha acelga. Y la gente vendía lo que producía, entonces sacaba de ahí platita y abastecía a la familia" (Hombre, Quillagua 2013).

Sumado a lo anterior, un elemento fundamental que fortifica la articulación comercial del valle es el paso semanal, desde 1911, del Tren Longitudinal Norte; "dragón de hierro" nortino, representante local de la modernidad industrial (Hobsbawm 2007), que constriñó las distancias sociales y comerciales entre la Calera e Iquique. El "Longino", como recuerdan al ferrocarril en el valle, fue fuertemente aprovechado por las familias del oasis estableciendo puntos de comercio en la estación "Quillagua", como también desplazándose hacia las oficinas salitreras a comercializar fardos de alfalfa, maíz y ganado, llevando de vuelta bienes hasta ese entonces ausentes en la localidad, tales como el arroz, azúcar, fideos, aceite y alcohol.

Según la perspectiva local, entre fines del s. XIX y el primer tercio del XX, la economía local experimentará el "ciclo del choclo", periodo caracterizado por la predominancia de la siembra y cultivo del maíz, atendiendo a la demanda de alimentos del grueso obrero salitrero. Paralelamente, interlocutores locales evocan la elaboración, comercialización y consumo de platos como el pastel de choclo, guisos y humitas, los cuales eran ofrecidos a los pasajeros del Tren Longino que durante su trayecto se detenían en la estación local.

Pese a ser sutil, la información anterior se aprecia en los datos censales correspondientes al año agrario de 1929, según el cual el valle mantenía sembrada una mayor cantidad de hectáreas destinadas al maíz (51 ha) que a la alfalfa (47 ha). Claramente, esto no implica una exclusividad relativa a la producción del maíz, pues la siembra, además de rotativa, se vio complementada con la comercialización de otros bienes agrarios y alimentos manufacturados en el valle.

"Se producía choclo, porque además con el choclo luego se preparaban las tierras para producir alfalfa. Y como estaban las oficinas salitreras en ese tiempo, y no llegaba así tanto choclo ni hortaliza como llega hoy en día con los camiones, invernaderos y toda esa cuestión, las salitreras demandaban mucho choclo para las pulperías y pasto para los animales de carga (...) Entonces, cuando fue el auge de las oficinas salitreras, Quillagua fue el pueblo que producía para ellos" (Hombre, Quillagua 2013).

Se hace importante señalar que la dinámica económica local fue configurando la existencia de jornaleros agrícolas carentes de terrenos en el oasis, quienes se vieron envueltos en la producción local por medio de la venta de su fuerza de trabajo a otros productores a cambio de un jornal, tal como rememora un antiguo productor local.

"Mi familia no tenía chacra, pero mi mamá se dedicaba a puro trabajo, de a poco. Por ejemplo, en ir a guanear los maíces. Mi abuela era perita para eso, porque la que mandaba en casa era mi abuela, una señora grandota, así de polleras, ¡tremenda vieja!, y ella fue la que llegó a Quillagua. Andaba con su familia, y ahí empezaron a trabajar" (Hombre, Quillagua 2013).

También hubo familias que combinaban ambas modalidades de producción y aprovisionamiento, pues pequeños productores trabajaban sus eras para el autoconsumo familiar, vendiendo también su fuerza de trabajo en chacras ajenas a cambio de un jornal, situación que muchas veces componía la organización económica de un mismo núcleo familiar.

A inicios de siglo fue erigida la "Escuela Granja de Quillagua", verdadera institución de endoculturación agraria que arroja luces sobre la importancia de la agricultura a nivel local, la cual incluso fue frecuentada por alumnos procedentes de oficinas salitreras de la región.

"Yo estuve ahí un tiempo, y de lo que más me acuerdo es que habían conejos y nos daban de ese aceite, el bacalao. También había unos corrales adentro, con corderitos y chanchitos... A los niños que ya estaban en cuarto año les enseñaban labores agrícolas, porque tenía su chacra la escuela, se sembraba" (Mujer, Quillagua 2013). Esta Escuela operó hasta la década de 1930, luego de que fuese desplazada a Copiapó fruto de un accidente acontecido en su interior (Rowlands 2011).

Complementariamente, la economía quillagueña se componía de agricultores, ganaderos, troperos, comerciantes y jornaleros agrícolas (cuya encarnación campesina podía darse mediante la pluri-actividad familiar), quienes se agrupaban en pequeños mercados organizados en el sector de La Parte.

"Don Benito Quiñones, quillagueño neto, se instalaba ahí, y este caballero vendía charqui, pescado, vendía todo eso. Él mismo iba con dos o tres personas que trabajaban con él, se turnaba al mes. Él se dedicaba a traer guano blanco para la agricultura, que era un fertilizante de muy buena calidad. Por los años veinte y treinta armaba su almacencito. También él se dedicaba a llevar las verduras a las oficinas de Rica Aventura y otras de por ahí cerca, de donde también volvía de vuelta con su salmón, conservas y otras cosas que aquí le compraban para comer; ahí él se hacía su plata también, comprando más barato, vendiendo más caro" (Hombre, Quillagua 2013).

Una práctica tradicional entre los quillagueños era la extracción de guano de covaderas, actividad realizada por troperos que se dirigían hacia la costa surcando el tramo inferior del río Loa, abasteciéndose de agua y forraje en el "Puquio de Quillagua", para luego, llegando a la zona de Calate, pernoctar y descansar.

García Corroño (1934) ofrece un relato notable de un encuentro con un joven quillagueño, quien cargaba una pequeña recua de burros cargados con guano en dirección al oasis.

"En la tarde del 22 de abril de 1907, regresábamos de un reconocimiento, en la desembocadura del Loa y serranías de sus alrededores, al campamento de Calate. Horas después llegó también a este mismo punto, desde la costa, un muchacho como de unos 20 años de edad, de una familia de agricultores de Quillagua, de origen indígena, con una pequeña recua de burros cargados con guano"(García Corroño 1934: 54).

Cabe señalar que esta actividad era sumamente frecuente para algunos miembros de la comunidad, quienes realizaban largas jornadas de viaje en función del aprovisionamiento del fertilizante para ser intercambiado o vendido a los agricultores locales.

El referenciado "ciclo del choclo" quillagueño se habría mantenido vigente durante todo el ciclo de expansión del salitre, viéndose desplazado, posteriormente, por un repunte productivo de la alfalfa, circunstancia que, desde la perspectiva local, constituye un nuevo "ciclo" económico local.

Las razones esgrimidas para explicar la caída de la producción de maíz, se vinculan fundamentalmente con el desarrollo de nuevas formas de movilidad, fenómeno dentro del cual se consolidarán nuevos tipos de desplazamiento entre el valle, las oficinas salitreras y otros espacios distantes, cumpliendo el arribo del camión y el Tren Longino un rol fundamental. Derivado de esto, el abastecimiento de alimentos por parte de las oficinas salitreras comenzaría a darse principalmente de bienes provenientes de la zona sur.

"Después ya hicieron la huella, y se traía ya todo, entonces el choclo, ¿a quién se iba a vender, cuando ya lo traían todo de lejos? (Hombre, Quillagua 2013).

Consiguientemente, a partir de este período se evidencia la mecanización de modalidades tradicionales de intercambio, lo cual trajo aparejado el desplazamiento de la tracción y energía animal por el ingreso de vehículos motorizados, procedentes, en un primer momento, del oasis de Pica. Según se recuerda, el primer camión (un Ford A) ingresó al valle en la década de 1930, por medio de don Segundo Morales, comerciante e intermediario del oasis tarapaqueño; "él fue el primer hombre que llegó con un camión y empezó a desplazar los productos; ahí la carreta se fue en crisis. El camión era más rápido, entonces, si en la carreta los viejos se demoraban dos días a la pampa, con el Ford A se demoraban medio día. Él pasaba por acá y prestaba el servicio a la gente de Quillagua, traía la fruta de Pica, y acá se le subían entonces sus dos o tres comerciantes con sus cositas, y él les cobraba y se los llevaba para las oficinas" (Hombre, Quillagua 2013).

 

QUILLAGUA EN CONTEXTO DE CRISIS: NUEVOS MERCADOS, PROLETARIZACIÓN AGRARIA Y COMPLEMENTARIEDAD CAMPESINA

El período que va de 1929 a 1933 se erige sobre un contexto de crisis que deriva en un fuerte proceso de desaceleración de la economía global. Este hecho ha sido caracterizado como uno de los principales abismos experimentados por la economía-mundo capitalista (Hobsbawm 1998), el cual, sin embargo, se inscribe dentro de una tendencia general del capitalismo histórico: la acumulación incesante de capital durante nuevas ondas largas o "refundados" períodos históricos del desarrollo capitalista mundial (Braudel 1994, Arrighi 1999, Wallerstein 1999).

La economía chilena, altamente dependiente desde ese entonces de un modelo primario exportador, experimentará la vertiginosa caída de la demanda global del salitre, su pilar fundamental, industria que se vio simultáneamente azotada por la creación del sustituto sintético del nitrato natural por Alemania. La gran mayoría de las oficinas salitreras cerraron sus puertas, y la pampa industrial pasó a configurar desde entonces un estridente y nostálgico territorio albergado en la memoria del grueso obrero pampino, quienes se vieron obligados a retornar a sus lugares de origen, o bien a las ciudades en busca de nuevas fuentes de trabajo.

Pese a lo anterior, según atestiguan los habitantes de mayor edad del oasis, la depresión global habría pasado "desapercibida" en Quillagua, pues la economía local se habría refugiado en un comercio ganadero y agrícola de menor escala, junto con el autoconsumo de los bienes producidos y la extracción por parte de sus habitantes de camarones, truchas y pejerreyes del río Loa. Ante este escenario, los campesinos quillagueños acudieron a lo que Hobsbawm (2007) caracteriza como el último recurso del campesinado ante períodos de crisis: la producción y el autoconsumo familiar.

"Acá de Quillagua se llevaba pasto, y conseguían mercadería. Por ejemplo, mi tía me decía que no había azúcar, pero que la gente llevaba pasto, conejos o camarones de río a las ciudades, y por último se intercambiaba por la chancaca, o por dulces para endulzar el té. Entonces, la gente hacía cambalache (...). Acá se puede decir que no se sufría la hambruna, porque acá había maíz, porque acá se producía. Se sacaba el choclo y se comía. además, se tenían los animales, que eran otro sustento" (Mujer, Quillagua 2013).

Fruto del cierre de la mayoría de las oficinas salitreras de la pampa, el grueso de la población obrera emigró a las ciudades en busca de nuevas fuentes laborales, proceso que trajo aparejado un aumento demográfico urbano y, consiguientemente, un incremento en la demanda y consumo de carne, de la cual se habrían hecho cargo los mataderos que importaban ganado vivo desde zonas distantes (entre los evocados por la población local se mencionan el Matadero de Tocopilla, Jordano en Iquique, Abaroa en Calama y Bavaria en Antofagasta). Estas industrias, según el testimonio local, se transformarían en el mercado consolidado del forraje quillagueño, al cual se debe sumar, sin lugar a dudas, el reducto salitrero industrial compuesto, principalmente, por la oficina de María Elena (1926) y Pedro de Valdivia (1931), ambas operando bajo el sistema Guggenheim.

Como se evidencia en los censos agropecuarios de la época, durante este período se nota incremento de la superficie sembrada de alfalfa en Quillagua (aparejado de una disminución de las ha. destinadas a la siembra de maíz), hecho concordante con lo señalado anteriormente. (Figura 2).

Figura 2. Evolución ha sembradas en Quillagua (1930-1976).

 

Este incremento se vio aparejado de un aumento en la masa ganadera criada en el valle, especialmente ovina y porcina, destinada al comercio, mantención y autoconsumo directo e indirecto local.

Durante su expedición arqueológica al oasis, Latcham singularizó a la alfalfa quillagueña del siguiente modo: "la alfalfa que se cultiva en el valle es de la más hermosa y vigorosa del país y es completamente limpia de malezas, si exceptuamos la acelga que crece espontáneamente en las tierras recién sembradas de alfalfa, aunque después del segundo año, desaparece" (Latcham 1933: 131-132).

Según se rememora en la localidad, durante la década de 1940 habría arribado al valle la familia Dassori, inmigrantes italianos que forjarán una industria forrajera que estimulará de manera inusitada la producción de alfalfa en el oasis. Estos empresarios agrícolas11masificaron la contrata de jornaleros quillagueños, proceso aparejado de una verdadera revolución tecno-productiva en el oasis, protagonizada por el arribo de maquinaria agraria compuesta de cosechadoras, enfardadoras, semilleras, picadoras de pasto, gavilladoras, arados de tracción mecánica, tractores y nuevos camiones. Según se recuerda, el valle a partir de entonces comenzó a producir cerca de ocho mil fardos anuales de alfalfa, proceso a cargo principalmente de jornaleros contratados por los "Dassori hermanos", quienes, además, según aseguran ex trabajadores, pagaban una "miseria" de salario por las extensas jornadas de trabajo realizadas.

Según comentan ex campesinos del valle, los hermanos Dassori comenzaron a controlar los precios de la venta de alfalfa recién cosechada (sólo agavillada en ‘ataitos', comercializada por pequeños productores) aprovechando la monopolización plena del proceso de enfardaje, ejecutado desde entonces en su maquinaria agraria.

Dicha situación cambiará gracias a la creación de la Cooperativa Campesina de Quillagua, bajo el contexto de la reforma agraria impulsada por E. Frei Montalva (1965), la cual se encargó de movilizar nueva maquinaria para el oasis y democratizar el acceso a ésta al grueso campesino local.

Recordando una jornada de trabajo en la industria de los hermanos italianos, un asalariado agrícola de la época señala que:

"Uno se levantaba y tenía que tomarse un buen desayuno: huevito con cebolla, papas fritas o un charqui. Y salía en la mañana. Llegaba a las ocho, y ahí tenía que ir a engavillar, porque después se tenía que pasar el rastrillo e ir haciendo montículos, para hacer rodillos de pasto. Entonces ahí engavillaba, y una vez que ya estaba engavillado, entraba el camión o la carreta y tenía que echar ahí las gavillas de pasto. Ahí ya tenía que ir uno a la picadora, para echar el pasto. Ese era el trabajo de la mañana. Y en la tarde no se trabajaba en eso porque no se podía picar el pasto por el viento, porque ya la hoja estaba más seca; se caía la hoja, entonces el pasto tiene que estar con todas sus hojitas para enfardarlo. Cuando el pasto estaba muy seco, al día siguiente había que madrugar (...), había que ir a picar el pasto; ahí se picaba ya, bien picadito, y en la tarde se enfardaba. Después de eso se enfardaban unos doscientos fardos de pasto" (Hombre, Quillagua 2013).

Incluso se recuerda que la industria de los hermanos italianos suministró forraje a las Fuerzas Armadas y al Club Hípico de Antofagasta, además de las oficinas salitreras en funcionamiento y los empresarios ganaderos que importaban carne hacia los mataderos de Antofagasta, Tocopilla, Calama e Iquique. (Figura 3).

Figura 3. Masa ganadera en Quillagua (1930-1975).

 

Para este período se evidencia que el valle de Quillagua experimentaría un nuevo y progresivo aumento demográfico y productivo. Pues, si en 1940 la localidad contaba con 290 habitantes, hacia 1970 se constata un aumento notable, llegando a albergar a más de 625 personas, alcanzando durante la década de los 60's a mantener 359 hectáreas de cultivo permanente, junto con casi dos mil animales de crianza. De hecho, durante el período que va de 1940 hasta 1975, el valle experimenta su verdadero peak productivo, siendo uno de los enclaves agrícolas más importantes del desierto, y albergando en su interior una de las pocas industrias dedicadas a la producción exclusiva de alfalfa. La población local señala que en ese entonces Quillagua era Quillagua, es decir, un alfalfal de punta a punta, dentro del cual toda la población, directa o indirectamente, se dedicaba a actividades agropecuarias vinculadas a la producción de forraje.

Durante el desarrollo del "ciclo de la alfalfa", y con cierta lejanía de las dinámicas agroindustriales desarrolladas por la industria de los Dassori, pequeños parceleros mantenían su vínculo con el mercado regional por medio de la complementación de actividades, tales como el cultivo menor de alfalfa, choclo y algunas hortalizas, la crianza ganadera, la extracción y pesca de camarones de río, truchas y pejerreyes, la elaboración de carbón de algarrobo y la arriería entre espacios distantes, recorriendo el Loa desde sus orígenes en el volcán Miño hasta su desembocadura en el océano Pacífico, en Caleta Huelén.

Para efectuar sus labores los camaroneros locales utilizaban trampas llamadas nasas, las cuales antaño, según Latcham (1933), eran elaboradas por medio de ramas entretejidas, material que luego sería reemplazado por el alambre. Entre los antiguos camaroneros del valle, aseguran que los crustáceos pesaban más de 1/4 de kilo, los cuales eran trampeados en sectores específicos del Loa, aguas abajo del valle.

"Yo iba a sacar los camarones para allá abajo, hacia la desembocadura del río Loa, pero no alcanzaba a llegar hasta allá al final, porque son como noventa kilómetros, entonces yo bajaba unos cincuenta kilómetros nomás. Además ya más allá había quebradas, era más difícil. Y así partía yo, en bicicleta nomás. Entonces yo ahí era a pura trampa: nasa le llamábamos nosotros, y las trampas eran así, chicas, con un embudo para adentro, y el camarón para entrar se daba vuelta, y entonces entraba de culo, y tiene espinas las tijeras del camarón, entonces no puede entrar porque choca, y se da vuelta, y ahí el camarón resbala... y entraba de culo para adentro y caía nomás., y ya no podía salir, porque estaba el hoyo de la trampa nomás, y hasta ahí nomás llegaban. (Hombre, Quillagua 2013).

Lucio Albornoz, tropero, agricultor y comerciante local, recuerda haberse desplazado con sus burros cargando angarillas colmadas de alfalfa hacia las estaciones y azufreras de Polán, Santa Rosa y Ujina, siendo este último, un punto donde se realizaban cada dos semanas ferias de intercambio entre arrieros de Quillagua, Cahuisa, Huatacondo, Quehuita y "paisanos" de Nor-Lípez (Bolivia). Durante estas instancias, era común la venta e intercambio de llamos, quesos, cabras, alfalfa, quínoa, huevos de parina, peras, membrillos, charqui y ropa, todos desplazados desde y hacia los valles mencionados.

Don Lucio es recordado como un importante abastecedor de guano para los campesinos quillagueños. El abono natural era extraído en roqueríos ubicados en Guanillo, Resfaladero y Chipana, zonas a las cuales se desplazaba con su tropa surcando el extenso salar de Llamara hasta llegar a Calate, zona de descanso en donde era frecuente toparse con arrieros huatacondinos que provenían desde el homónimo valle.

"En la mañana había que preparar el viaje. Tener forraje para los animales, cortar el pasto, hacerlo secar y después cargar a los animales. Ahí llevaba los sacos, las agujas y la pita para cocer y todo. El primer día andábamos cincuenta kilómetros, hasta un lugar que se llama Calate, que había que atravesar el río e irse por aquel lado. Llegábamos a Calate, y ahí había que cruzar el río, entonces alojábamos ahí en la noche. Después, al otro día, ensillábamos a los animales y salíamos siguiendo el río, y entonces a las cuatro o cinco de la tarde llegábamos a la costa. Ibamos a sacar el pescado, para tomar té, descansábamos ahí hasta las cuatro o cinco de la mañana, y ahí salíamos a sacar el guano. Con la picota se metía y se sacaba el guano. Volvíamos en la tarde, y ahí salíamos a pescar el Tomoyo, que es un pez del mar. Entonces sacábamos ochenta, a veces noventa., y sacábamos para vender acá. El viaje en total eran seis días, porque de allá para acá eran dos o tres días de viaje, uno para alojar, y otros dos días más de ida. En esos viajes era que yo sacaba el guano, que era pan caliente acá. Se vendía fácil, porque todos los agricultores abonaban el maíz con guano de pájaro".

Claramente, otro aspecto elemental del valle durante su bonanza agraria fue la mantención e intensificación de su estatus nodal, lo cual viabilizó la interconexión permanente entre la economía local y otros espacios y sociedades del norte del país.

Además del tren Longino, durante este entonces la carretera atravesaba el interior del valle, siendo un lugar de paso obligado para todo vehículo que se movilizaban entre distintos puntos distantes de la región.

"El Longino era el transporte principal para la comunidad. Recuerdo que (...) mi padre decía que éramos cachetones, que éramos grandes porque acá teníamos ferrocarril, y con eso nos podíamos empezar a movilizar a las salitreras e ir al sur. Por ahí también se cargaba el choclo, la alfalfa, los animales, la gente, todo. Mi mamá llevaba canastas de huevo para vender, ella iba a la oficina Prosperidad, porque el tren pasaba cerquita de todas las salitreras; se llevaba 3 a 4 bultos de acelga, se llevaba pasto, choclo, unos seis o siete sacos de choclo; eso era lo que producía mi madre y luego lo iba a vender" (Hombre, Quillagua 2013).

Conjuntamente, el tren longino y la carretera por el interior del valle cumplieron un rol fundamental en la economía quillagueña, pues ambos medios mantuvieron enchufado mecánica, industrial y económicamente al oasis durante buena parte del siglo XX. Irrumpiendo paso entre aldeas y cementerios prehispánicos, bosques milenarios de algarrobos y alfalfares, la monotonía de su trayecto por el desierto parecía verse abruptamente resquebrajada por lo que parecía ser, hasta ese entonces, un manto verde en el desierto.

 

CULTURA HÍDRICA: ADMINISTRACIÓN Y GESTIÓN DE UN RECURSO HASTA ENTONCES... NO TAN ESCASO

Indudablemente, la historia agraria de Quillagua (y toda referente a la agricultura en el desierto a decir verdad) nos conduce hacia el control y manejo de los recursos hídricos. Bien sea por su natural escasez, como también por los mecanismos culturales y materiales que encauzan su aprovisionamiento, la dimensión hídrica requiere a lo menos una somera mención.

Desde esta perspectiva, no tan sólo la disponibilidad natural de los recursos hídricos proporcionados por el Loa posibilitaron el desarrollo social, productivo y cultural del valle, sino también mecanismos culturales que ordenaron su gestión y administración; pues, pese a que las aguas que irrigaron los campos de cultivo tuvieron desde siempre una naturaleza salobre -fruto de la confluencia del río Salado con el río Loa aguas arriba del valle-, las distintas generaciones de quillagueños se esmeraron por aprehender y adaptar sus actividades a dichas condiciones, de manera que dicha condición jamás constituyó un parámetro significativo para la economía local. Tal como aseguró Billinghurst, "el agua es hoy, como antes, un poco salobre, a consecuencia del río Salado que se une al Loa (...); pero los agricultores de Quillagua no se quejan de la composición química de esta agua que emplean con provecho en sus cultivos; y no veo motivo porque sería inadecuada para irrigar los terrenos" (Billinghurst 1893: 122).

Ante esta situación, los antiguos campesinos señalan que "la plantita se adapta", manifestación procedente del "conocimiento concreto" agrario traspasado generacionalmente, y re-adaptado al contexto particular dentro del cual dichos conocimientos se desarrollan, experimentan y traspasan.

La gestión local de las aguas justamente respondía a lo anterior. Su distribución para el riego por inundación era organizada por medio de turnos o mitas, autorización que recaía en la figura de un "juez de aguas" nombrado colectivamente, quien controlaba la circulación de una ficha que simbolizaba la tenencia de dicho turno. Esta ficha circulaba entre todos los regantes, cediendo y documentando así el celador la entrega de la mita. La obtención de la cantidad de este derecho entraba en directa relación con las especies cultivadas y con el tipo y extensión de suelo a irrigar, situación por la cual los turnos variaban entre cada regante; "el riego antiguamente no era desordenado, era muy organizado por el Juez de Agua (...) Y como aquí había mucha agua, lo que se necesitaba era orden nomás, organización. Y la ficha era lo que representaba el orden. Era una forma de administrar y organizar el agua acá" (Hombre, Quillagua 2013).

En caso que el regante no respetara el turno decretado por el juez, éste multaba con una sanción que luego era notificada por el Juzgado de Tocopilla, proceso que devela notablemente, en el plano jurídico local, la imbricación del derecho positivo con el consuetudinario o "propio", pues los mecanismos de "justicia hídrica" quillagueña nos sitúan frente a un tipo de organización local que hace descansar su sistema de sanciones en el derecho positivo nacional, teniendo ello implicancias concretas para quien no se ajustara a la norma local.

El sistema agropecuario quillagueño puede entenderse como un sistema hidráulico, asociado a condiciones, técnicas y normas que posibilitan un suministro permanente de agua a las siembras, viéndose favorecido por la existencia de caudales naturales en un paisaje domesticado generacionalmente por el ser humano (Wolf 1971). En relación a esto, gran parte de las sociedades humanas que se han asentado en las riberas del Loa han sido caracterizadas como sociedades hidráulicas, que bajo diversos mecanismos culturales han logrado no sólo abastecerse, sino también desarrollar complejos sistemas hídricos en estrecha relación con el aprovechamiento, redistribución y valorización cultural de las aguas (Barros 2011).

Remembranza particular poseen instancias de trabajo y reuniones comunitarias desarrolladas en torno al agua, siendo la limpieza de canales y los mingacos las principales. En dichas ocasiones, los regantes se reunían, trabajaban y compartían, incrustándose bajo ésta forma diversas expresiones de la vida social bajo una finalidad común, develando el hecho de que el agua, para la sociedad local, no constituía tan solo un "recurso más", sino también un bien natural inserto colectivamente en la dinámica cotidiana y cultural del oasis.

Referencia histórica señala que hacia 1924 los regantes del valle contaban con un caudal natural pleno, compuesto por una disponibilidad de 2.200 litros por segundo (lt/seg.) (Risopatrón 1924), los cuales, aún en ese entonces, eran redistribuidos en dos canales de regadío de data gentilar, encargados de captar las aguas 18 km río arriba en la bocatoma ubicada en el sector de "La Encañada". Por su parte, hacia la década de 1960, época de una producción vigorosa de alfalfa, la comunidad contaba con una disponibilidad de riego de al menos 600 lt/seg., cantidad que pese a ser muchísimo menor para el período anterior, ofrecía una seguridad de riego plena para los regantes, situación extrapolable a la cuenca del Loa en general (Molina 2005).

De acuerdo a lo anterior, la historia de la bonanza productiva de Quillagua y su articulación histórica con la economía regional debe ser, ineludiblemente, considerada conjuntamente a través de la disponibilidad natural de agua de regadío y los mecanismos culturales que ordenaban su administración. Indisolublemente, una dimensión se correlaciona con la otra, pues, como se evidenciará a continuación, dentro del ocaso agrario quillagueño las intervenciones al cauce del río Loa, y por ende, la afectación progresiva a la cantidad y calidad de las aguas, tienen un lugar central en la merma socioeconómica local y, consecuentemente, en el quebrantamiento total de la cultura hídrica local.

 

ATANDO CABOS. ANTECEDENTES SOBRE EL DEVENIR DE UNA CRISIS

Hasta el momento hemos optado por realizar una aproximación a la historia agraria del valle, con la finalidad de otorgar ciertas luces sobre cómo era esta previo a su merma total, contexto en el cual se encuentra la producción local. Desde esta perspectiva, nos esmeraremos en dar a conocer, por medio del contraste, el contexto agrario actual.

Durante la realización de mis trabajos de campo en Quillagua, y otras visitas realizadas con posterioridad, he logrado establecer largas conversaciones con quienes formaron parte del desarrollo agropecuario local, muchos de ellos ancianos, que aún se dirigen a sus chacras a recoger diariamente "la yerbita Santa María", una maleza que crece "a la buena de Dios", con la cual se abastece de alimento a los pocos conejos y cabras que aún se mantienen la localidad; "hay que mantenerse ocupado, porque o sino la cabeza se pone mala, piensa cosas malas", me comentaba un residente actual hace un tiempo atrás.

Desde el último tercio del siglo XX, el valle comenzó a experimentar los indicios de lo que devendrá en la crisis socio-productiva más intensa, al menos documentada, que ha experimentado desde su ocupación. Refiriendo a esta situación, un antiguo campesino me aseguraba que "si ahora un viejo de los de antes se levantara, y viera esto como está, querría morirse de nuevo" (Hombre, Quillagua 2013).

Ahora bien, esta crisis no puede comprenderse como un hecho aislado, estimulado por un determinado factor, sino que constituye, un proceso que aúna el desencadenamiento de acontecimientos que determinan, conjuntamente, su desenlace. Sin lugar a dudas el fenómeno constituye un quiebre radical con el rico pasado agrario del valle, y por lo mismo, requiere ser desmembrado para ser entendido íntegramente.

Como se ha visto anteriormente, desde inicios del s. XX uno de los principales demandantes de la alfalfa quillagueña fue, en un primer momento, la industria salitrera y sus requerimientos asociados al abastecimiento de alimentos y forraje para la fuerza de trabajo humana y animal, a la cual se suma luego de la crisis del salitre la industria ganadera regional. Ambas se vieron abastecidas por el forraje sembrado y comercializado por el grueso campesino local. Dicho abastecimiento se daba en las mismas eras de los productores locales, como también previo a su ejecución en los mataderos de la región.

Sumado a la crisis del salitre, y por ende la disminución de forraje y alimentos por ese frente demandante, durante la década de 1970 el desarrollo de las fuerzas productivas de la industria ganadera cobra fuerza, comenzando la gran mayoría de empresas a importar ganado previamente sacrificado, "en frío", procedente de Argentina, Brasil y Paraguay, fenómeno extrapolable a la gran mayoría de las industrias de la región: Matadero Municipal de Tocopilla, Jordano en Iquique, Abaroa en Calama, Bavaria en Antofagasta, y así sucesivamente, según se menciona en la localidad. Básicamente, aquella modernización industrial implicó que los productores del valle comenzaran a verse desprovistos de un mercado afianzado demandante de alfalfa, bien agrario que hasta ese entonces era considerado como el "oro" de Quillagua y el principal movilizador de la economía local.

Contemporáneamente, como ya se ha recalcado, el emplazamiento geográfico del valle implica que toda intervención que se realice aguas arriba de su ubicación repercuta directamente sobre el caudal que sigue aguas abajo, en dirección al oasis. Si bien es cierto que las captaciones al río Loa para uso no agrícola son de larga data12, será con la puesta en marcha del Embalse Conchi (1975) cuando comenzará a percibirse una merma a la disponibilidad de aguas para los regantes del Loa, fruto del aplazamiento de los turnos de riego y otras externalidades no previstas al momento de la construcción del embalse, vinculadas con la modernización de los canales de regadío locales.

Pese a que dicho embalse se construiría con el objetivo de otorgar seguridad de riego a los regantes del Loa, ante futuras demandas con fines urbanos y mineros, a partir de entonces los regantes quillagueños vieron disminuida su disponibilidad hídrica de 600 a aproximadamente 350 lt/seg, junto con una aplazamiento de 15 a 30 días en los turnos de riego, alcanzando a irrigar, incluso durante períodos de sequía, cada dos largos meses (Yáñez y Molina 2008). Esta merma se vio complementada con la extracción de aguas en la zona de Lequena, aguas arriba del Embalse Conchi, cuyo fin fue abastecer de agua potable a la población urbana de la región "aún a costa de bajar la seguridad de riego", tal como rezaba un informe elaborado por las autoridades regionales durante la dictadura militar (Sendos-IFARLE 1982. En: Yáñez y Molina 2011: 94).

Una claro indicador relativo a la disminución de la rentabilidad comercial de la producción local, es que dado el impacto que tuvieron estas intervenciones al Loa y la consecuente disminución de los recursos hídricos para fines agrícolas, la familia Dassori decide vender su hacienda y emigrar del valle, fruto de ver amenazada la generación de excedentes en su producción agroindustrial; "con eso Dassori dijo: ‘esto no da para más, yo vendo y me voy’, porque ellos eran más visionarios que nosotros (...). Él vendió cuando se hizo el Conchi, él pronosticó que se iba a poner negro el asunto, ellos sabían ya lo que pasaba" (Hombre, Quillagua 2013).

A la ya mermada disponibilidad de riego derivada de la puesta en marcha del embalse Conchi y la bocatoma de Lequena, se suma la autorización en 1985 para captar directamente 300 lt/seg a las aguas del Loa en la zona de Quinchamale, cuyo destino sería para abastecer de agua potable a los servicios sanitarios y de agua potable de la región.

La puesta en marcha de esta iniciativa desencadenó duras consecuencias para los regantes del Loa, quienes vieron su seguridad global de riego disminuida a un 60%, poniendo definitivamente en riesgo el abastecimiento hídrico a distintas localidades de la cuenca (Chiuchiu, Calama, Quillagua), siendo esta última la primera y más afectada a raíz de su emplazamiento geográfico (Yáñez y Molina 2011).

A nivel local se conciben estos episodios como las tres fuentes iniciales de la merma agraria local; tal como asegura un antiguo productor local: "después de que estuvo la aducción de aguas para Antofagasta, ahí en Quinchamale, ahí ya se fue todo... ya se venía arrastrando de antes. Y se comenzó a notar que Quillagua ya no iba volver a ser lo mismo" (Hombre, Quillagua 2013).

Suma y sigue, es inevitable eludir las consecuencias que tendrá en el valle la puesta en marcha del Código de Aguas de 1981, mecanismo hidropolítico que posibilitará la concentración hídrica en sectores productivos industriales y de exportación, particularmente mineros, en las regiones del norte del país. Es reconocida la insensata orientación neoliberal de la legislación, pues por medio de su aplicación los recursos hídricos del país fueron sometidos sin previsión alguna a la "autoregulación" del libre mercado (Bauer 2002), situación propia de la imposición dictatorial de liberar totalmente la economía nacional a través de la radicalización de un modelo económico basado, fundamentalmente, en la privatización, explotación y exportación de los recursos naturales con potencial mercantil existentes en el país, teniendo un estatus único y singular en este contexto, los yacimientos mineros alojados en la zona norte (Bauer 2002, Yáñez y Molina 2008).

Por medio de su aplicación, las aguas nacionales se verán transmutadas en verdaderas mercancías ficticias (Polanyi 2009), dejando de lado todo posible status singular, y pasando a ser concebidas como si hubiesen sido creadas para su disposición en el "autoregulado" mercado de las aguas del país. Por medio de un malabar neoliberal sin precedentes, los recursos hídricos serán escindidos de la tierra, subdividiendo artificialmente dos bienes naturales inseparables por medio de la figura jurídico-comercial del "derecho de aprovechamiento". En otras palabras, y desde la visión de sus propios gestores, el Código no propone la apropiación directa sobre las aguas, sino sobre el derecho de propiedad que descansa en ellas.

Según se desprende del testimonio local, la puesta en marcha del Código de Aguas entre los regantes del Loa (1987) constituyó una enajenación sistemática de los derechos de aprovechamiento de los campesinos nortinos, pues, una vez que éstos fueron convocados a inscribir sus derechos de manera individual, funcionarios del Estado se encargaron de registrar parcialmente el derecho solicitado, advirtiendo que de no ser así, los productores locales deberían "cancelar" un diferendo económico (inexistente en la ley, desconocida por la gran mayoría), hecho que impulsó a los regantes a reducir al mínimo su demanda de derechos, quedando el resto liberados para ser inscritos por otros sectores económicos, siendo el mayormente beneficiado el minero-exportador, el cual avanzaba decididamente hacia el boom experimentado desde la década de 1990.

De acuerdo a lo planteado por Molina (2005), este proceso constituyó un acto confiscador de las aguas por parte del Estado chileno a las comunidades campesinas locales, constituyendo un hito en la desproporción hídrica que desde ese entonces rige la disponibilidad de agua para fines de regadío y mineros en la región.

Fruto de este proceso, en "Quillagua deberían haberse inscrito en total como unos 340 litros de agua: una hectárea, un litro, pero al final, se inscribieron como 140 litros nomás, o menos. Mucho menos de la mitad de lo que necesitábamos. Y todo ese resto, se fue para la gran minería. Y de ahí, no se le dio agua a nadie más" (Hombre, Quillagua 2013).

A partir de entonces, aflora una mutación económica no menor, que hunde sus raíces en los inicios de la interrelación del oasis con actividades mineras; pues, si antiguamente el mercado minero colonial y salitrero propio de fines del S. XIX e inicios del XX demandó los bienes agropecuarios producidos a nivel local (movilizando por tanto, las actividades económicas del valle), un nuevo mercado minero en expansión comenzó a demandar ya no los bienes agropecuarios locales, sino que el factor productivo que se encuentra a la base de toda producción agraria: el agua.

Al analizar comparativamente la demanda actual y proyectada por parte de la gran industria minera y las actividades agropecuarias en la región de Antofagasta, se evidencia la disparidad absoluta entre ambos sectores, situación en la cual, como se supondrá, la demanda de la industria extractiva se sobrepone fuertemente a la demanda con fines agrarios y ganaderos. (Figura 4).

Figura 4. Consumo de agua actual y proyectado: actividades mineras y agropecuarias en la II región (elaborado en base a Barros 2011).

 

El "golpe de gracia" a la producción local acontece con dos episodios de contaminación (1997-2000) imputados a la gran industria minera, protagonizados por el vertimiento de residuos químicos filtrados de piscinas relave, situación atribuida, en particular, al tranque de relaves de Talabre, propiedad de la cuprífera estatal Codelco.

Ambos episodios, además de afectar gravemente la calidad de las aguas del Loa, habrían ocasionado su muerte biótica, viéndose afectados camarones, pejerreyes, patos y truchas, junto con todo un conglomerado de prácticas asociadas a la utilización recreacional y cultural del río (Rowlands 2011).

"20 años atrás. Hasta la década de los 90 trabajé en el camarón. Éramos tres. Modesto Flores, yo y René Castro. Se camaroneaba en verano, día por medio sacábamos unas 20 docenas; 60 docenas al mes. La temporada partía en septiembre hasta abril. Cuando regábamos hasta pasaban los camarones por los canales. Pero el Xantato fue lo más que afectó a la contaminación del río, traía varios químicos, que eran el veneno para los camarones" (Hombre, Quillagua 2014).

Una vez acontecidos los episodios de contaminación, el Servicio Agrícola y Ganadero monitoreó las aguas del Loa. En el informe elaborado13se sostuvo que los sedimentos y componentes químicos tenían su origen en acciones antropogénicas, descartándose especulaciones previas concernientes al supuesto origen "natural" de la contaminación (Larraín y Poo 2010). Similarmente, monitoreos realizados en distintos puntos del caudal determinaron que las aguas muestreadas en el valle presentaban la peor calidad química de la cuenca, sugiriendo, por tanto, que éstas no fueran utilizadas con fines agropecuarios ni ganaderos (Ibíd.).

Suma de todo lo anterior, se evidencia que la producción agraria local experimentó una merma absoluta, viéndose afectados cientos de productores quillagueños que aún desarrollaban actividades agrícolas en la localidad, las que si bien se encontraba en efectiva decadencia comercial, otorgaban aún parte del sustento familiar y una fracción considerable para el abastecimiento diario del ganado local.

Esta situación se torna evidente al sistematizar comparativamente datos agropecuarios de la época, pues, si durante el año agrícola de 1975 el valle mantenía más de 129 hectáreas sembradas de pasto, hacia el 2007 éstas superaban tímidamente las 7. (Figura 5).

Figura 5. Evolución ha sembradas de alfalfa y maíz en Quillagua (1929-2007).

 

De igual modo, la masa ganadera histórica se vio duramente mermada, pues si en 1975 en el valle se mantenían casi mil animales de crianza, hacia el año 2007 éstos no superaban los 78, viéndose varias especies prácticamente desaparecidas. (Figura 6)

Figura 6. Evolución masa ganadera en Quillagua (1929-2007).

 

Fruto de esta situación, e instigados por la posibilidad de remediar su situación económica familiar, parte de la comunidad de regantes optó por vender sus derechos de aprovechamiento, los cuales, en ese entonces, constituían -paradojalmente- verdaderos papeles "secos"14.

Además de engendrar un grave fraccionamiento social local, muchos de quienes vendieron emigraron definitivamente del pueblo, teniendo que rearmar su vida lejos de su comunidad de origen con todas las complejidades que conlleva adaptarse a la ciudad (Carrasco y Fernández 2009).

En términos demográficos, si durante la década de 1970 el valle albergaba alrededor de 625 almas, en éste en la actualidad habitan alrededor de 100, cuya gran mayoría, como ya se ha visto, pertenece la tercera edad.

Quienes no se deshicieron de dichos derechos, a raíz de que la gran mayoría no tenía nada que vender (el grueso jornalero histórico del oasis), permanecen hasta el día de hoy en la localidad, autodenominándose los "cuidadores de Quillagua", quienes a diario, según sus palabras, "hacen patria" en su comunidad.

Hoy en día, pareciera ser que en Quillagua el tiempo se encuentra algo suspendido, retenido. Cientos de chacras, corrales y casas abandonadas clausurados con candados, maquinaria agraria gradualmente desmantelada como chatarra, crepúsculos exagerados por un sol fastuoso a medio caer en un valle silencioso y sereno, son parte del panorama visual que ofrece el valle en la actualidad, el cual se ha sobrepuesto, como hemos tratado de hacer ver, sobre un rico pasado agrario interceptado por el "avance" y "progreso" de los tiempos.

CONCLUSIONES

Casos como el de Quillagua, a mi entender, inducen a reflexionar sobre la estructuración histórica, económica y cultural del desierto de Atacama desde una perspectiva glocal15, pensando en este caso, a partir de la cronología de un olvidado oasis del desierto, los vaivenes y alcances del capitalismo histórico-extractivo desde el testimonio de sujetos concretos, cuyas memorias evocan experiencias inmiscuidas en procesos que escapan a su temporalidad reciente y local.

En este sentido, como hemos tratado de hacer ver a lo largo de este escrito, las dinámicas agropecuarias del oasis de Quillagua se han visto enganchadas e inmiscuidas bajo diferentes formas a los ciclos mineros del desierto andino, pasando de la especialización y suministro de bienes mercantiles a los enclaves salitreros (episodios considerados como períodos de "auges" y "bonanzas" locales) a verse progresivamente desprovistos de recursos elementalmente necesarios, pero desigualmente distribuidos, tanto para la productividad local como para el capitalismo extractivo contemporáneo (Véase Figuras 4 y 7).

Figura 7. Disminución histórica recursos hídricos en Quillagua (Elaborado en base a Molina 2005).

 

Dentro de este contexto, en la actualidad, es que yace la pretérita y fecunda economía agraria quillagueña; escindida de un contexto que estimule y movilice la productividad local y que garantice la disponibilidad de los recursos y factores mínimos necesarios para su desenvolvimiento y reproducción.

Considerado así, en tanto parte de un conjunto de interrelaciones espaciales, socioeconómicas e históricas de largo alcance, la articulación de actividades como la agricultura y la minería en el desierto de Atacama evidencia significativas transmutaciones durante su devenir, situación que a nuestro entender, y considerando ante todo los resultados concretos de dichas transmutaciones (en este caso referentes a la crisis socio-productiva de un valle en su conjunto), invita a comprender la conflictividad etno y socio-ambiental contemporánea desde una perspectiva etnográfico-retrospectiva, que integre críticamente pasado y presente en el análisis sobre los espacios de influencia de los sistemas mineros en el desierto de Atacama.

Agradecimientos

A la comunidad de Quillagua en su conjunto, que sin su apoyo y paciencia las investigaciones de campo no habrían llegado a puerto alguno. A los evaluadores externos del presente escrito, cuyas atentas y pertinentes observaciones habrían sido imposibles de obviar.

NOTAS

3 Se abría, ya que actualmente el caudal que llega al oasis es prácticamente nulo, aumentando su volumen en temporadas de lluvias cordilleranas durante el "invierno altiplánico". Este tema se abordará en la parte final del escrito.

4 Algunas ligadas a la producción y labores agropecuarias, entre ellas: sorona (brea), kasnar (aporcar), tticklar (sembrar con azadón), tchac aisi (taco de algarroba), cocha (represa), caynar (trabajo familiar en la chacra), paucar (muñeco de maíz), pululo (maíz reventado), pito (harina de maíz), chimango (pan de trigo con maíz), poroma (maíz sembrado). Respecto a este último concepto, es recurrente oír hasta el día de hoy en la población local al rememorar el trabajo comunitario en la chacra como el "poromeo"; como "ir a poromear a la chacra", labor consistente en ir a preparar las melgas de cultivo para dejarlas aptas para la siembra.

5 Para profundizar en antecedentes prehispánicos metalúrgicos en el área de estudio, véase Cervellino y Téllez 1980; Agüero et al. 1997, 1999 y 2001; Uribe y Carrasco 1999; Salazar et al. 2010, Salazar y Vilches 2014.

6 Los cerros de plata del mineral de Huantajaya se "descubrieron" en 1556, y su explotación en tiempos coloniales fluctuó entre diversas alternativas. La época más célebre en la explotación del mineral se da desde el año 1718, durante el cual Bartolomé de Loayza reanuda los trabajos abandonados en el mineral de tradición indígena hasta aproximadamente la medianía de ese siglo. En torno al mineral se formó una población trabajadora cuyas viviendas se aglomeraron en el alto de los cerros y en la parte baja, floreciendo fraguas, herraderos, pulperías y corrales para los animales de carga (Bermúdez 1969: 46). Para revisar información complementaria respecto a la explotación prehispánica y colonial de Huantajaya, véase Gavira (2004) e Hidalgo y Castillo (2004).

7 Según Eric Hobsbawm, las exportaciones de guano hacia 1848 alcanzaban las 600.000 libras esterlinas, en la década de 1850, alcanzaron un promedio de 2.100.000 libras esterlinas, mientras que, hacia la década de 1860, alcanzaron un promedio de 2.600.000 respectivamente (Hobsbawm 2007: 189).

8 "Una elocuente aseveración para este período la realiza Eduardo Galeano, quien afirma que la región completa durante el apogeo salitrero se transformó en una factoría británica, y la economía chilena, a su vez, en un apéndice de la economía inglesa (Galeano 2005). Pues como es de esperar, un 60% de la industria del nitrato estaba controlada por sociedades anónimas con asiento en Londres"

9  Para una información agropecuaria sistematizada y más detallada, véase Carmona 2013.

10 Un cantón corresponde a un conjunto de oficinas que compartían un mismo puerto de embarque para su exportación, organizándose administrativamente bajo el término de ramal (Capaldo 2010).

11 Según la tipología de Gundermann y González (1991) para el tipo de productores agrarios en el norte del país, una empresa agrícola se trata de "empresas más capitalizadas en términos de inversión e infraestructura, que poseen capitales propios o los consiguen con cierta facilidad, que incorporan un mayor nivel tecnológico y se dedican a la producción de cultivos de alta rentabilidad. Constituyen el componente capitalista propiamente tal en las estructuras agrarias regionales" (Gundermann y González 1991: 16). Similar perspectiva planteó Eric Wolf respecto a las "granjas agrarias": "La granja es, ante todo, un negocio que combina factores de producción adquiridos en el mercado para obtener provecho con la venta de los productos que dan un rendimiento" (Wolf 1979: 10).

12 Producto de la solicitud de concesiones, y el otorgamiento de éstas por parte de las autoridades a diversas entidades industriales (Chilean Exploration Company, Ferrocarril Antofagasta Bolivia, Cantón El Toco, entre otras), los empresarios salitreros hacia 1915 señalaban: "los intereses que representan las Compañías salitreras del Toco están servidos en el día con dos mil litros, más o menos, por segundo, de las aguas del Loa que llegan a dicha región después de satisfechas las demás necesidades. En años anteriores (...) aquel remanente era mucho mayor... [en consecuencia] en el banquete del Loa no hay plato preparado para nuevos comensales" (Blázquez 1999: 140-142).

13 Véase el Informe Contaminación río Loa. Período Marzo 1997-febrero 2000, elaborado por Hugo Román y Carlos Valdovinos, Ingeniero en Acuicultura y Médico Veterinario, respectivamente. Ministerio de Agricultura, Servicio Agrícola y Ganadero, Región de Antofagasta (2000).

14 Cabe señalar que a nivel local se menciona una situación no menor, correspondiente a que, previo a los episodios de contaminación, merodeaban agentes pertenecientes a empresas mineras que instigaban a los productores locales a vender sus derechos de aprovechamiento de aguas. Fruto de esta situación, al momento de recordar, se tiende a pensar que incluso los episodios de contaminación no habrían constituido eventos fortuitos, sino actos previamente planificados para liberar parte de los derechos de agua del río Loa. 

15 Siguiendo los planteamientos del antropólogo guatemalteco Mario Sosa Velásquez (2012), lo glocal refiere a la interrelación de los niveles sociológicos de análisis de lo "local" y lo "global", apostando que en dicha interrelación ambos se constituyen mutuamente (Sosa Velásquez 2012).

 

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Recibido: septiembre 2015. Aceptado: marzo 2016.

 

1 Artículo enmarcado en Proyecto Fondecyt N° 11110487 Caminos y biografías: la puna sur-andina desde sus márgenes industriales (1920-1980). Inv. Principal: Dr. Nicolás Richard V. Instituto de Arqueología y Antropología IAA, San Pedro de Atacama.

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