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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.57 San Pedro de Atacama  2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432018005000401 

ARQUEOLOGÍA

Tecnología de arponaje en la costa del desierto de Atacama, norte de Chile

Harpoon technology in the Atacama desert coast, northern Chile

Benjamín Ballester R.1 

1 UMR 7041 ArScAN - Équipe Ethnologie Préhistorique - Université Paris 1 Panthéon Sorbonne. FRANCIA. Email: benjaminballesterr@gmail.com

Resumen:

La caza marina fue una actividad esencial en el modo de vida de los habitantes del litoral del desierto de Atacama, al norte de Chile. Un pilar de su estructura social que tenía como base material los medios técnicos para realizarla, como las embarcaciones y su sofisticado dispositivo de arponaje, descansando en este último la posibilidad de capturar y arrastrar hacia tierra firme presas que superaban sustancialmente el tamaño y peso del cazador. En la actualidad muy poco se sabe del arponaje desde la arqueología. Por esto ahondaremos en su morfología, composición, cualidades técnicas, diversidad instrumental y cronología a partir de una muestra de 129 cabezales de arpón de distintos períodos de la prehistoria (6500 cal AP a momentos coloniales). Comenzaremos definiendo conceptualmente la función del arpón, seguido de un primer ejercicio tipológico que ordene la multiplicidad de formas y soluciones a nivel mundial para ubicar los ejemplares analizados. En un segundo ejercicio tipológico clasificaremos la diversidad de expresiones locales, diferenciándolas materialmente y situándolas en la secuencia cronológica. Solo después de esta necesaria etapa clasificatoria podremos aproximarnos a su tecnología de arponaje, el rol de los cazadores como sujetos sociales y el papel de la caza en la sociedad litoral.

Palabras claves: arponaje; caza marina; conocimiento; organización social; tecnología

Abstract:

Marine hunting was an essential activity in the way of life of the Atacama Desert littoral inhabitants, at northern Chile. A pillar in their social structure that was based in the material means to realize it, as boats and their sophisticated harpoon device, resting in the last the possibility of capture and drag mainland preys that substantially outweigh the hunter. Currently the knowledge of harpooning is scarce in archaeology. For this reason we will delve in their morphology, composition, technical qualities, instrumental diversity, and chronology from a 129 harpoon heads sample from different prehistoric periods (6500 cal BP to colony). We will begin conceptually defining the harpoon function, followed by a first typological exercise to order the multiplicity of forms and solutions in a global scale to place the analyzed specimens. In a second typological exercise we will classify the local expression diversity, differentiating them materially and placing them chronologically. Only after this necessary classificatory stage we can approach to their harpoon technology, the hunter role as a social subject, and the position of hunting in the littoral society.

Keywords: harpooning; marine hunting; knowledge; social organization; technology

Introducción

Apenas arribaron los primeros europeos a las áridas costas del desierto de Atacama en la segunda mitad del siglo XVI, no tardaron en hallar a los nativos locales. Se trataba de comunidades de cazadores, pescadores y recolectores marinos que por su rudimentario modo de vida en comparación al resto de los pueblos andinos de agricultores y pastores, fueron descritos como personajes barbáricos y salvajes, caricaturizados como desnudos bebedores de sangre de lobo marino que no servían a nadie y se sustentaban solo de pescado crudo y mariscos (Casassas, 1992; Lizárraga, 1999 [1603-1609]; Pernaud, 1990; Saya- go, 1973 [1874]).

Pero aun por sobre esta imagen cargada de prejuicios etnocentristas y evolucionistas, los navegantes se sorprendieron de la destreza de este pueblo en la navegación sobre frágiles embarcaciones hechas de flotadores de piel de lobo marino, su capacidad de buceo, su economía excedentaria y apertura al intercambio, pero por sobre todo de su habilidad única para pescar y cazar en alta mar (Bethune, 1848 [1622]; Bibar, 1966 [1558]; Bollaert, 1854, 1860; Feuillée, 1714; Pernaud, 1990; Pretty, 1904 [1599]; Vaux, 1854; Vázquz de Espinoza, 1948 [1630]). La caza marina integraba todas estas aptitudes en hazañas llenas de braveza y valentía para capturar algunos de los animales más grandes e imponentes de la región, faenas que solo eran posibles gracias a los artefactos más sofisticados de su universo material, balsas y arpones. Según relata el fray Reginaldo de Lizárraga (1999 [1603-1609], p. 378) en los primeros años del siglo XVII, para la caza de atunes los balseros “no andan en cuadrillas como en España, sino de uno en uno; sale el indio pescador en busca de él, dos y más leguas á la mar con su balsilla de cuero de lobos; lleva su arpón, físgale, dale soga hasta que se desangra; desangrado le saca á la costa”.

Pocos años más tarde otro clérigo español, Antonio Vázquez de Espinoza (1948 [1630], pp. 618-619), registraba una de las escenas más conocidas e importantes sobre la caza marina en la región:

...hay en aquella provincia cantidad de cobre, del cual hacen unas púas, o garrochuelas menores, que garrochones, estos los ponen en unas astas pequeñas de tal suerte dispuestas, y atadas con un látigo de cuero de lobo a la muñeca, van a tirar a las ballenas: las cuales de ordinario en aquella costa duermen de medio día para arriba, dos, o tres horas con gran reposo, y profundo sueño, sobre aguadas, y con una ala pequeña, que tienen sobre el corazón se cubren la cabeza para dormir por el sol. Entonces que la a asechado el indio cuando duerme, en que esta diestro, llega en su balsilla de lobo, en que va para valerse de ella sin que la pueda perder, y se llega donde la ballena duerme: y le da un arponazo debajo del ala, donde tiene el corazón, e instantáneamente se deja caer al agua, por escaparse del golpe de la ballena; que viéndose herida se embravece dando grandes bramidos, y golpes en el agua, que la arroja muy alta con la furia, y cólera que le causa el dolor, y luego tira bramando hacia la mar, basta que se siente cansada, y mortal; en el intertanto el indio vuelve a cobrar su babilla, y se viene a tierra a ojear, y atalayar adonde viene a morir a la costa, y así están en centinela, hasta que la ven parar.

En mayo de 1710 el mercader francés Louis Feuillée (1714, pp. 590-591; la traducción es nuestra) examinó de cerca y montó una de estas balsas en la bahía de Cobija. Al describirla relata que sobre ella los balseros “posan todas sus provisiones, que consisten en una gran calabaza repleta de agua, y sus armas, que son un arco, flechas y un especie de dardo para varar los peces grandes”, y que es para “alejar o para defenderse de contra estos peces que los indios embarcan siempre con ellos un gran dardo provisto de una punta en su extremidad”.

Figura 1 Representación de dos balseros en faenas de caza sobre una balsa de cuero de lobo marino frente a las costas de Cobija en 1830, aquel de popa porta un arpón en sus manos (D’Orbigny, 1847). 

Los relatos escritos y gráficos (Figura 1) de los primeros siglos de contacto son certeros sobre la capacidad de caza marina de los nativos del litoral desértico. Más aún, nos entregan valiosas pistas sobre su tecnología, estrategias y organización social en las faenas de caza marina. Detallan sintéticamente, pero sin pasar por alto sus dispositivos de caza, resaltando en las escenas los arpones, sus formas, materiales y composición. Lamentablemente la arqueología poco ha ahondado en el estudio de esta tecnología, dejando un gran vacío sobre el papel de la caza marina en tiempos prehispánicos (Llagostera, 1989). Enorme paradoja si consideramos las elocuentes representaciones del estilo de arte rupestre de El Médano, una expresión gráfica sobre la roca que retrata con pigmento rojo cientos de escenas donde embarcaciones capturan con sogas presas marinas como ballenas, delfines, tortugas, tiburones y peces espadas (Ballester, 2018; Ballester y Álvarez, 2014-2015; Ballester y Gallardo, 2016; Berenguer, 2009; Contreras et al., 2008b; Gallardo et al., 2012; Mostny y Niemeyer, 1983, 1984; Niemeyer, 2010; Núñez y Contreras, 2003, 2006, 2008).

Paralelamente otras evidencias arqueológicas han abierto el debate sobre el papel de la caza marina y navegación. Por una parte, la presencia en sitios basurales de restos de animales marinos que por su tamaño y hábitat debieron capturarse utilizando la tecnología conjunta de embarcaciones y arponaje, con fechas tan antiguas como los 7000 cal AP y prolongándose hasta tiempos de contacto europeo (Báerez et al., 2016; Ballester et al., 2017; Bird, 1943; Bittmann, 1978; Castro et al., 2012; Contreras et al., 2011; Llagostera, 1990; Mostny, 1942; Núñez et al., 1974; Núñez, 1974; Olguín et al., 2014, 2015; Rebolledo et al., 2015; Schiappacasse y Niemeyer, 1984). Por otra, las transformaciones en su patrón de asentamiento, sistema de movilidad y economía han demostrado el papel protagónico de la navegación a partir de este mismo momento y a lo largo de la secuencia posterior, donde una de sus funciones principales fue acceder a presas marinas de mayor tamaño en alta mar (Ballester y Gallardo, 2011; Ballester et al., 2017; Bittmann, 1978; True, 1975).

Sin embargo los arpones han sido invisibilizados de la prehistoria a pesar de que su presencia como ofrenda en contextos fúnebres es sumamente común al menos desde los 6500 cal AP y hasta la llegada del mundo europeo, de igual manera que sus secciones como barbas óseas, cabezales líticos y fragmentos de astiles de arpón en los depósitos basurales de los sitios habitacionales (Ballester et al., 2014a, 2014b, 2017; Barraza, 1981; Bird, 1943; Bittmann, 1984; Boisset et al., 1969; Castelleti, 2007; Contreras et al., 2008a, 2011; Latcham, 1910; Llagostera, 1989; Mostny, 1964; Núñez et al., 1974; Salazar et al., 2015; Silva y Bahamondes, 1969; Spahni 1967). ¿Las razones? Tal vez las miradas, porque el registro yace a la espera.

Con la necesidad de llenar estos vacíos arqueológicos presentamos un primer acercamiento a la tecnología de arponaje del litoral desértico de Antofagasta a partir del análisis de una colección de 129 cabezales de arpón de distintos momentos de la prehistoria, complementándolo además con la evidencia de arpones completos, fragmentos en sitios habitacionales y restos de fauna marina. Comenzaremos revisando el papel de la caza marina a lo largo de las costas americanas para tener una visión comparativa sobre la práctica tanto desde una variable tecnológica como económica, política y simbólica. Desde aquí podremos definir conceptualmente la función del arpón y realizar un primer ejercicio tipológico que ordene la multiplicidad de formas y soluciones a nivel mundial para ubicar los ejemplares analizados. En un segundo ejercicio tipológico clasificaremos la diversidad de expresiones del desierto de Atacama, diferenciando materialmente los tipos según criterios técnicos y situándolos en la secuencia cronológica. Solo después de esta necesaria etapa clasificatoria y en conjunto con información complementaria de la prehistoria local, podremos aproximarnos a la tecnología de arponaje, el rol de los cazadores como sujetos sociales y el papel de la caza marina en la sociedad litoral del desierto de Antofagasta.

Las sociedades americanas cazadoras de grandes presas marinas

La etnografía, arqueología e historia se han encargado de mostrar que la caza de grandes presas marinas fue común entre ciertas sociedades cazadoras recolectoras que habitaron las costas del continente americano. Aún más, han puesto en evidencia que en algunas de ellas esta práctica adquirió un rol protagónico en su modo de vida, no solo por el beneficio alimentario que generaban para su supervivencia física los enormes volúmenes de comida, sino también como pilar en sus procesos de construcción sociocultural al convertir a estos animales en agentes mitológicos activos y referentes representacionales de su universo simbólico e imaginario social (Acosta, 1590; Bockstoce, 1976; Caulfield, 1993; Chapman, 2012; Coté, 2010; Krupnik, 1987; Krupnik y Kan, 1993; Lantis, 1938; Larsen y Rainey, 1948; Leroi-Gourhan, 1935; Mulville, 2002; Paton y Savelle, 2006; Porcasi y Fujita, 2000; Quiroz, 2015; Reeves, 2002; Waterman, 1920).

Quizás el caso etnográfico mejor documentado proviene de los esquimales del Polo Norte. Marcel Mauss (1906) los definió tempranamente como un pueblo esencialmente costero que albergaba en su seno a expertos cazadores de cetáceos, focas, narvales y morsas en sus kayaks, utilizando arpones con sistema de boyas o flotadores hechos de pieles de foca (Birket-Smith, 1953; Boas, 1888, 1907; Hei- zer, 1943; Larsen y Rainey, 1948; Leroi-Gourhan, 1935, 1946; Nelson, 1900; Turner, 1889-1890). Entre la parcialidad thule del Ártico central canadiense la caza de ballenas era una práctica obligada durante primavera, época en la que formaban grupos especializados y cooperativos de trabajo para salir en búsqueda de cetáceos, permitiéndoles acumular y almacenar grandes excedentes de comida para los meses más difíciles del año (Bockstone, 1976; Grier, 1999; Jensen, 2012; McCartney, 1980; McCartney y Savelle, 1985; Petitot, 1887).

Los makah de la isla de Vancouver, en la costa noroeste de Norteamérica, establecieron una estrecha relación entre cetáceos y seres humanos. Según los primeros relatos europeos, parte de su economía se volcaba hacia la caza de varias especies de ballenas que cruzaban su territorio, como las grises (Eschrichtius robustus), jorobadas (Megaptera novaeangliae), de aleta (Balaenoptera physalus), franca glaciar (Eubalaena glacialis) y orcas (Orcinus orca), de las cuales aprovechaban la carne y grasa para alimentarse (Cavanagh, 1983 Ms.; Renker, 1997; Waterman, 1920). Para tiempos previos al contacto la situación parece haber sido bastante similar, ya que con seguridad desde al menos los 3500 cal AP sus ancestros cazaron cetáceos utilizando arpones de hueso (Huelsbeck, 1988; Losey y Yang, 2007). La intensidad y frecuencia de su caza fue alta. De acuerdo a recuentos estadísticos realizados con documentos históricos, cada comunidad cazaba en promedio cinco a seis especímenes por año, mientras que del nivel preeuropeo del sitio de Ozette se logró identificar un número mínimo de 67 individuos consumidos a partir de los restos óseos asociados contextualmente a cabezales de arpón (Huelsbeck, 1988; Renker, 1997). Entre sus vecinos insulares nuu-chah-nulth, las ballenas constituían además íconos representacionales de altísimo valor ideológico en la mantención y sostén de las jerarquías sociales y relaciones de poder dentro de las tribus (Arima, 1988; Coté, 2010; Harkin, 1998; Lantis, 1938; Monks et al., 2001).

En la misma costa oeste, pero algunos cientos de kilómetros al sur, los chumash de Santa Bárbara y los canales de California también cazaron la ballena gris, además de ser especialistas en la captura de delfines, pinnípedos, atunes y peces espada tanto antes como después del contacto europeo (Arnold, 1995; Arnold y Bernard, 2005; Arnold et al., 1997; Bernard, 2004; Colten y Arnold, 1998; Heizer, 1974; Porcasi y Fujita, 2000; Rick y Erlandson, 2002). Dentro de su cosmología, el universo estaba dividido en dos mundos paralelos, el terrestre y el submarino, donde el pez espada ocupaba el lugar privilegiado del humano en el mar como gran cazador; un animal venerado entre los chumash por ser el que hería a las ballenas con su espada, facilitando su caza o llevándolas a varar a la orilla, rondando sobre él mitos y ceremonias, y ocupando un papel especial en las representaciones escultóricas y arte rupestre de este pueblo (Bernard, 2005; Conti y Hudson, 1981; Davenport et al., 1993; Hoover, 1974; Meighan, 2000).

En el otro polo del continente, en las expuestas costas del Cabo de Hornos y en el abrigado canal Beagle al sur de Tierra del Fuego, grupos yámana salían esporádicamente en sus canoas hechas con fragmentos de corteza a cazar ballenas, delfines y lobos marinos gracias a aguzados arpones de hueso, aun cuando lo más común era el aprovechamiento de animales moribundos, enfermos o varados. Seres a los que convirtieron en actores protagónicos en sus principales mitos e imaginario social (Bridges, 1875; Chapman, 2012; Hyades, 1885; Lothrop, 1928; Matial et al., 2007).

Primer ejercicio tipológico: definición del arponaje desde la tecnología comparada

En todos estos casos históricos y etnográficos la eficiencia de la caza marina dependía de los medios técnicos que disponían para apresar al animal. Al menos desde el precursor trabajo de Otis Tufton Mason (1902) existe cierto consenso acerca de la existencia de tres tipos básicos de dispositivos de penetración para la caza, diferenciados entre sí por su función final (Figura 2) (Bennyhoff, 1950; Lavondès, 1982; Ramseyer, 1988): a) dardos para apuñalar, b) dardos con barbas de retención que además de penetrar quedaban sujetas a la presa, y c) arpones con cabezales desmontables. En el primer caso para herir de muerte a la presa causándole el mayor daño posible, en el segundo, además de herirla que el dispositivo quedara inserto impidiendo que se suelte y aumentar el desangre, mientras que el tercero busca solo capturarla y atraparla sin necesidad de darle muerte.

Técnicamente el arpón sería entonces un instrumento para capturar presas más que para matarlas (Brown, 1967; Julien, 1982; Mason, 1902; Petillon, 2008; Ramseyer, 1988). Un dispositivo más cercano al lazo o al anzuelo que a la lanza y el rifle. Todo sistema de arponaje cuenta para esto con: a) un cabezal desmontable que penetra al animal, b) un astil principal al que se acopla el cabezal, y c) una línea que conecta el cabezal al cazador o a una boya (Figura 3) (Bennyhoff, 1950; Brown, 1967; Leroi-Gourhan, 1935, 1973; Mason, 1902; Skinner, 1937). El método de caza puede variar desde el ataque directamente sobre la presa hasta el uso de un propulsor para arrojar el arpón a la distancia (Gould, 1970; Leroi-Gourhan, 1935, 1973; Mason, 1893, 1902). El arpón se puede definir por tanto, a partir de sus tres funciones básicas: penetrar, quedar sujeto y conectar a la presa con el cazador. Cada una de ellas determina un atributo tecnológico del cabezal desmontable del arpón (Figura 3): g) un extremo penetrante, e) un método de retención en el interior del animal, y f) un sistema de amarre y sujeción entre el cazador y la presa (Stordeur, 1980).

Figura 2 Tipos de dispositivos de penetración para la caza: (A) dardos para apuñalar, (B) dardos con barbas de retención y (C) arpones. Las piezas corresponden a: (1) Venezuela (Mason, 1902, Pl.3); (2) Ngatatjara, desierto australiano (Gould, 1970, Fig.5.a); (3) Ngatatjara, desierto australiano (Gould, 1970, p. 8; Fig.5.b); (4) Negritos, Filipinas (Krieger, 1926a; Pl.3.8); (5); Tule, Panamá (Krieger, 1926b: Pl.11.6); (6) Fueguino, Patagonia (Mason, 1902, Pl.2); (7) Onas, Tierra del Fuego (Lothrop, 1928, Pl.V.a); (8) Eskimo, Nunivak-Alaska (Nelson, 1900, Pl.LV.1); (9) Eskimo, Unalaska-Alaska (Mason, 1902, Pl.18); (10) Eskimo, Bristol Bay-Alaska (Mason, 1902, Pl.13); (11) Eskismo, Groenladia (Mason, 1902, Pl.4); (12) Caleta Vitor, Norte de Chile (Bird, 1946, Pl.123.j). Las piezas no están a escala. 

Adicionalmente, todo cabezal posee un mecanismo de acople con el astil principal (Figura 3D). Se conocen dos formas de ensamble, machos y hembras (Lavondès, 1982; Leroi-Gourhan, 1946, 1973). En el primero el cabezal desmontable cuenta con una protuberancia o pedúnculo en su base que se inserta en la cavidad del extremo distal del astil principal, mientras que en el segundo, es el cabezal el que tiene la cavidad y se posa sobre la punta prominente del astil.

Funcionalmente están destinados a la captura de la presa más que a matarla debido a que se utilizan casi exclusivamente en ambientes acuáticos (Julien, 1982; Leroi-Gourhan, 1973; Ramseyer, 1988). Aquí el ser humano al no poder faenar y consumir la presa en el lugar mismo de caza -a diferencia de los animales terrestres- está obligado a trasladarlo hasta su medio, en tierra firme. De ahí que la mayor inversión técnica no se vuelque en la sección de penetración del dispositivo en la presa, sino en su capacidad de no soltarse y mantener el control sobre el animal por parte del cazador, a diferencia quizás de otros dispositivos.

Figura 3 Esquema de las partes y secciones que componen el dispositivo de arponaje (1-3, 6-7): (A) Cabezal de arpón, (B) astil principal, y (C) línea de caza. En el cabezal del arpón (8), las secciones son: (D) acople al astil principal, (E) barba de retención a la presa, (F) sistema de retención a la línea de captura, (G) extremo penetrante, (H) vástago del cabezal. Las piezas corresponden a: (1-2) Arpón completo, Eskimo, Groenlandia (Mason, 1902: Pl.4); (3) Arpón completo, Caleta Vitor (Bird, 1946; Pl.123.a); (4) Línea de caza enrollada (50,8 m), Camarones 9 (MASMA) (Ballester, 2017, Fig.3.A); (5) Línea de caza enrollada (71,8 m), Camarones 9 (MASMA) (Ballester, 2017, Fig.3.B); (6) Arpón completo, Caleta Vitor (Bird, 1946, Pl.123.j); (7) Esquema del arpón para grandes presas (Llagostera, 1989, Fig.2.b); (8) Cabezal de arpón, Punta Blanca, Tocopilla (MA). Las piezas no están a escala. 

Desde la etnografía y arqueología se han identificado dos tipos generales de cabezales de arpón, en palanca (toggle) y simples-barbados (Arnold, 1989; Bennyhoff, 1950; Leroi-Gourhan, 1946, 1973; Mason, 1902; Stordeur, 1980). Los cabezales en palanca son dispositivos que al penetrar en la presa, giran y quedan perpendiculares a la línea de sujeción, impidiendo que éste se suelte. Poseen por lo general una sección penetrante y un orificio medial que asegura el amarre de la línea a la vez que permitir el giro del cabezal y funcionar como palanca en forma de T (Figura 4B) (Arnold, 1989; Brown, 1967; Collins, 1941; Larsen y Rainey, 1948; Lavondès, 1982; Megginson, 2000; Park y Mousseau, 2003; Quimby, 1946; Skinner, 1937; Wissler, 1916; Yama’ura, 1984).

Los cabezales simples-barbados se diferencian en que su método de retención a la presa depende de una o varias barbas laterales que al insertarse quedan en una posición paralela o diagonal al eje de la línea de sujeción, funcionando de gancho para quedar aferrado al interior del animal (Figura 4A) (Bennyhoff, 1950; Beauchamp, 1902; Black, 1890; Lavondès, 1982; Margarit et al., 2010; Ramseyer, 1988; Read, 1890; Weniger, 1992, 2000; Wissler, 1916; Wintemberg, 1906; Yellen, 1998). Dentro de esta categoría existen varias modalidades, como los cabezales barbados de una sola pieza que son manufacturados desde un mismo soporte o base (Figura 4C), y los cabezales compuestos que reúnen varias secciones independientes unidas entre sí para dar forma al cabezal final (Figura 4D) (Bennyhoff, 1950).

Al interior de cada una de estas clases generales pueden establecerse distinciones según sus rasgos morfológicos particulares, como el número y lateralidad de las barbas, materia prima y tamaño de las distintas piezas que las componen, las características de la sección penetrante y forma de amarre a la línea de sujeción, por nombrar algunos ejemplos (Leroi- Gourhan, 1946; Stordeur, 1980; Weniger, 1992). Cada uno de estos elementos dependerá de la disponibilidad de materias primas, morfología de los soportes, estrategias de caza, tipo de presa, junto a decisiones estilísticas y de diseño de carácter cultural independientes de cada grupo.

Arpones del desierto de Atacama: universo material y muestra de análisis

Aunque la evidencia arqueológica de arpones es fragmentaria e incompleta en el litoral del desierto de Atacama -como casi siempre en arqueología-, el dispositivo utilizado en momentos prehispánicos parece haber sido semejante al descrito para tiempos coloniales (Bird, 1943, 1946; Digby, 1934). Mientras en los grandes conchales litorales solo se han recuperado secciones parciales y fracturadas, especialmente barbas de hueso, cabezales líticos y trozos de vástagos, ha sido en los contextos fúnebres donde se han recobrado piezas integrales, con sus partes asociadas y en contextos definidos aunque, claro está, con el sesgo que ha producido el intenso saqueo de los cementerios.

Figura 4 Tipología de cabezales de arpón: (A) simple-barbado y (B) en palanca (Lavondès, 1982, Fig.2); (C) barbados de una sola pieza y (D) barbados compuestos. Las piezas corresponden a: (1) Yámana, Tierra del Fuego (Hyades, 1885, Fig.185); (2) costa de California (Bennyhoff, 1950, Fig.4.a); (3) Horgen, Suiza (Ramseyer, 1988, Fig.4.a); (4) Eskismo, Point Hope-Alaska (Wissler, 1916, Fig.15. b); (5) Chumash, California (Read 1892: Pl.XL.2); (6) Caleta Huelén, Norte de Chile (Spahni, 1967, Pl.III.14); (7) La Chimba, Norte de Chile (MQB); (8) Nueva Escocia, Norteamérica (Gudger, 1942, p. 420); (9) Maorí, Nueva Zelanda (Skinner, 1937, Fig.1); (10) Maorí, Polinesia francesa (Skinner, 1937, Fig.18); (11) Eskismo, Langton Bay- Alaska (Wissler, 1916, Fig.22); (12) Eskismo, Groenlandia (Mason, 1902, Fig.24). Las piezas no están a escala. 

Considerando estas limitaciones de registro, en el norte de Chile el dispositivo de arponaje se compone en general de tres secciones (Figura 3): a) un cabezal desmontable que penetra en la presa, b) un astil principal cargado por el cazador en donde va acoplado el cabezal, y c) una línea de caza que une el cabezal con el cazador (Bird, 1943, 1946; Llagostera, 1989; Núñez, 1999). Los dos primeros complementos son a su vez compuestos. El cabezal cuenta con un vástago central, una o dos barbas laterales ubicadas hacia la sección distal, en ciertas ocasiones una punta lítica en el extremo penetrante y en algunos casos encordados perimetrales de fibras vegetales. El astil principal puede alcanzar los 3 m de longitud gracias a un sistema de ensamblaje de hasta tres partes, unidas entre sí de dos formas, sea mediante el sistema desmontable macho-hembra de pedúnculo-cavidad tal como en los cabezales, o con cortes biselados en zigzag que calzan a la perfección para luego ser firmemente encordados (Ballester y Clarot, 2014; Bird, 1943, 1946; Ewbank, 1855; Figueroa et al., 2015; Focacci, 1974; Focacci y Chacón, 1989; Latcham, 1910; Llagostera, 1989; Most- ny, 1964; Núñez, 1999; Spahni, 1967; Uhle, 1917, 1922). La única sección del equipo no compuesta era la línea de caza, manufacturada como una sola

pieza sin amarras intermedias a partir de un cuero de lobo marino cortado delgadamente con finas terminaciones en sus extremos, pudiendo a llegar a medir 70 m de largo contenidos en gruesos rollos (Ballester, 2017; Spahni, 1967).

A diferencia de lo que ocurre en los Valles Occidentales del extremo norte, el litoral antofagastino cuenta con un modesto registro de arpones debido a la falencia de investigaciones dirigidas y producto del abandono y enorme saqueo. Nuestros esfuerzos iniciales fueron dirigidos a la búsqueda, registro, contextualización y análisis de las piezas de arpón depositadas en los museos de la región, sin olvidar aquellas trasladadas hacia otras latitudes tanto nacionales como extranjeras, junto a la información disponible en publicaciones científicas y documentos de excavación.

En total logramos registrar más de 300 cabezales de arpón, de los cuales solo 129 contaban con información de procedencia y contexto que permitiera atribuirlos a un sitio y período (Tabla 1). Su contextualización en ciertos casos requirió reestudiar la totalidad de las colecciones del sitio, conseguir los cuadernos y notas de campo, entrevistar a quienes participaron de las excavaciones y realizar nuevos fechados radiocarbónicos de las piezas. De este modo, datamos como parte de esta investigación 59 nuevos cabezales de arpón, lo que sumado a trabajos anteriores forma un conjunto compuesto de 31 cabezales provenientes de un contexto fúnebre datado, 43 de un cementerio datado y 55 con adscripción temporal según los rasgos culturales del contexto. Solamente en 40 de los ejemplares se pudo obtener información bioantropológica de los individuos a los cuales estaban ofrendados, en todos los casos hombres adultos. La colección proviene de contextos fúnebres de toda la prehistoria del litoral, ubicados geográficamente desde el norte de la desembocadura del río Loa (21°21’S) hasta el sur de la localidad de Taltal (25°24’S), comprendiendo más de 450 km en línea recta de costa (Figura 5, Tabla 1). Hasta el momento no fue registrada ninguna pieza completa procedente del interior del desierto dentro de las latitudes estudiadas, volviéndolos un bien esencialmente costero.2

Los cabezales se analizaron directamente en colecciones de museos e indirectamente desde información en publicaciones científicas cuando éstas lo permitían, registrando los atributos morfológicos, técnicos y estilísticos mencionados en la sección anterior, junto a las medidas de largo, diámetro menor y mayor de cada pieza. Se consideraron únicamente instrumentos que contaran con los elementos técnicos atribuibles a la categoría de cabezales de arpón, como son la barba de retención, sistema de amarre a la línea de captura y/o acople para un astil principal (Figura 3E, F y D), con tal de no generar confusiones con otros tipos de artefactos de similar forma, pero distinta función (p.e., barbas de poteras, agujas, punzones) (Barraza, 1981; Labarca et al., 2017; Silva y Bahamondes, 1968).

Segundo ejercicio tipológico: arpones de la costa del desierto de Atacama

La totalidad de los cabezales estudiados corresponden al tipo “simple-barbado compuesto” con un sistema de acople “macho” (Figura 4D), formado siempre por al menos un vástago hecho de una sola pieza, una o dos barbas independientes adosadas a un costado gracias a una atadura de cordelería, incluyendo en algunos casos, además, una punta lítica en la sección distal penetrante y un sistema de amarre perimetral en la sección proximal para contener la línea de retención de la presa. Esta situación marca una primera norma tecnológica de cierto nivel de estandarización en los diseños y su manufactura.

Pero aquello que desde una primera mirada general parece homogéneo y similar, al revisar en detalle sus principales rasgos tecnológicos surgen diferencias y variantes que requieren de un ordenamiento y clasificación. Para este segundo ejercicio tipológico hemos definido cuatro atributos principales del arpón que nos parecen son los más significativos en términos tecnológicos relativos a su funcionamiento y uso, cada uno con distintas variantes técnicas.

El primer atributo es el extremo penetrante, sección encargada de hacer el primer encuentro con el animal cazado y de cuya morfología depende la eficacia de penetración en los tejidos de la presa. Para este atributo técnico registramos dos variantes de manufactura, aquellas piezas cuyo vástago fue modelado en su extremo distal por façonnage para dejar una ranura transversal al eje donde se insertaba una punta lítica, en los casos de mejor conservación adherida con una goma (Figura 6E2). En ciertas ocasiones uno de los costados de la ranura se extiende más hacia el proximal, dejando una cavidad prolongada sobre la cara donde se inserta la barba lateral de hueso. La otra variante se caracteriza por piezas cuyo vástago fue tallado y pulido para dejar el extremo penetrante de forma puntiaguda y aguzada, de sección semicircular o con caras biseladas y aplanadas (Figura 6E1).

El segundo atributo corresponde al sistema de retención del cabezal al interior del animal, en este caso la barba de retención, rasgo técnico de vital importancia considerando que la función primordial del arpón es lograr capturar la presa sin que se libere. Dentro del conjunto solo se registraron dos soluciones técnicas, aunque siguiendo un diseño bastante similar. El caso más común es la variante que presenta una sola barba lateral adosada al vástago a través de un hilado perimetral con fibras (Figura 6B2), piezas manufacturadas principalmente de hueso de camélido, trabajadas finamente por façonnage mediante raspado y pulido, con un bisel alargado en el extremo para el acople con el vástago, un cuerpo curvo y de sección subcircular que deja un ángulo variable entre 45°-20° respecto del eje del cabezal. El tamaño, la forma y sección de estas barbas puede variar, pero el esquema general de ser una sola, late ral y de hueso de camélido se mantiene. La segun da variante presenta siempre dos barbas alargadas paralelas una al lado de la otra, amarradas también mediante fibras y dispuestas cercanas al extremo dis tal de la pieza (Figura 6B1). Las barbas son rectas y alargadas, ambas del mismo tamaño, formando un ángulo respecto del eje del cabezal notoriamente menor al caso anterior, por lo general utilizando es pinas de cactus para su manufactura, aunque existen unos pocos casos con lancetas de cobre que imitan su forma.

Tabla 1 Muestra de cabezales de arpón con información contextual y atributos técnicos. 

Figura 5 Ubicación geográfica de sitios arqueológicos mencionados en el texto. 

El tercer atributo corresponde a la materia prima escogida para la fabricación del vástago del cabezal, elemento técnico que será fundamental en la resistencia mecánica, flexibilidad y peso del dispositivo. Una parte del conjunto utilizó materias primas óseas, implicando etapas previas de selección de nódulos para su posterior debitage y façonnage (Figura 6A1). Otro grupo fue manufacturado en madera, un recurso que si bien es escaso en el desierto fue sumamente importante para las poblaciones litorales (Figura 6A2). Para cada variante, óseo y madera, se utilizaron distintos recursos animales y forestales para los soportes, lo que como veremos más adelante tuvo importantes implicancias tecnológicas.

Figura 6 Principales atributos tecnológicos y sus variantes en los cabezales de arpón del desierto de Atacama. Extremo penetrante: (E1) aguzado y (E2) cabezal lítico. Barba de retención: (B1) barbas paralelas de espinas de cactus o cobre y (B2) barba única de hueso. Materia prima del vástago: (A1) hueso y (A2) madera. Retención de la línea de caza: (RL1) encordelado perimetral, (RL2) modelado cónico y (RL3) engrosamiento. 

El último atributo es el modo de retención de la línea de caza, solución técnica empleada para que el amarre de la línea no se soltara del cabezal asegurando la retención de la presa, así como la recuperación del cabezal en actos fallidos. En el conjunto se registraron tres variantes. La primera ocupa una solución técnica aditiva o compuesta, ya que en la sección proximal del vástago del cabezal se adhiere un encordado perimetral de fibras de varias vueltas que genera una especie de anillo firme y rígido que servirá de tope para la amarra de la línea de caza, en general de algodón hilado y trenzado (Figura 6RL1). En las otras dos variantes la retención de la línea se realizó modelando por façonnage la sección proximal del vástago hasta formar un engrosamiento de mayor diámetro que impedía la soltura de la amarra de la línea. Así, en la segunda variante el esculpido fue hecho según un diseño cónico de extremo truncado que servía en su sección más gruesa para frenar la línea y en la más delgada o aguzada para calzar por presión y quedar sujeta en la cavidad hembra del astil principal del arpón (Figura 6RL2). La tercera y última variante presenta un modelado para formar un engrosamiento en su sección proximal del vástago que retiene la línea de caza (Figura 6RL3), en general en forma de anillo rodeando todo su perímetro o como protuberancias laterales (cruceta).

No todos los atributos son igual de importantes en la tecnología de arponaje. Como revisamos, los más significativos son la barba de retención y el modo de retención de la línea de caza debido a su papel protagónico en la función principal del mecanismo para quedar inserto en la presa y evitar que la línea se suelte. Así, los atributos y su combinación se jerarquizaron en la construcción de la tipología (Read 2007), considerando en el nivel más alto la barba de retención, luego el sistema de retención de la línea de caza, seguido de la materia prima del vástago y finalmente la forma del extremo penetrante. La combinación de estas variantes técnicas entre sí fue limitada y recurrente. De 24 posibles combinaciones entre las variantes de los cuatro atributos considerados (2x3x2x2), solo se formaron cuatro clases (Figura 7), una de ellas con dos subtipos, en total cinco combinaciones posibles correspondiente al 20,8% de las probabilidades.

El Tipo A (Figura 8A) es un cabezal compuesto de un vástago hecho sobre un fragmento longitudinal de metapodio de camélido, en muchos casos exhibiendo aún lateralmente la acanaladura medular interior del hueso. El extremo distal es aguzado por raspado y luego pulido en el proceso de façonnage, de sección subcircular a lo largo de toda la pieza y redondeado a través de las mismas técnicas en su extremo proximal. Hacia distal y próximo al extremo penetrante cuenta siempre con dos barbas paralelas, una al lado de la otra en ángulo agudo respecto del eje del cabezal, amarradas entre sí al vástago gracias a un encordado perimetral ancho de fibras de algodón para asegurar la sujeción. Las barbas en la totalidad de los casos estudiados fueron manufacturadas con espinas de cactus previamente seleccionadas, cortadas a la medida y pulidas para dejar el extremo aguzado aunque grueso, a diferencia de su forma original cuyo extremo es delgado y frágil. Tanto en la literatura como en el conjunto que no utilizamos como muestra debido a falta de contexto existen ejemplares en los que se utilizaron barbas aguzadas y pulidas de cobre asimilando la forma de las espinas (Digby, 1934; Figueroa et al., 2015; Mostny, 1964; Salazar et al., 2010).

El Tipo B (Figura 8B) presenta un vástago hecho siempre de madera densa de sección subcircular relativamente homogénea, tallado y raspado. Su rasgo técnico distintivo se ubica en la sección proximal del vástago, donde por façonnage se modeló el soporte para dejar un cono de extremo truncado que sirve para impedir el desliz de la línea de caza y a la vez para insertarse en la cavidad hembra del astil principal. En todos los casos el tipo de retención al interior del animal fue una única barba lateral hecha sobre hueso de camélido ubicado hacia distal del vástago, ocupando el último tercio de la pieza, y adosada con un encordado perimetral de fibras vegetales, principalmente algodón. En algunos casos el vástago presentaba un pequeño bisel o cavidad para acoplar la barba. Dos subtipos pudieron distinguirse en esta clase, una variante con el extremo distal aguzado y terminado en punta por façonnage (Figura 8B1), y otra que cuenta con una ranura transversal y a lo ancho del vástago donde se insertaba una punta lítica adherida con una goma y en ciertas ocasiones también con un encordado perimetral de fibras de algodón (Figura 8B2).

Figura 7 Clasificación tipológica por atributos técnicos jerarquizados. 

El Tipo C cuenta con un vástago hecho sobre hueso de mamífero marino modelado en façonnage mediante tallado, raspado y pulido, dándole una forma final semicilíndrica alargada, siempre con una ranura transversal en su extremo distal para la inserción de una punta lítica (Figura 8C). En su extremo opuesto, para la retención de la línea de caza se labró un engrosamiento del vástago en forma de anillo perimetral o como dos notorias protuberancias laterales (cruceta), en ambos casos rasgos manufacturados en el mismo momento de modelamiento del vástago. El sistema de retención al interior del animal siempre es mediante una única barba lateral de hueso de camélido adosada a través de un encordado perimetral de fibras.

Finalmente el Tipo D se compone de un vástago hecho sobre madera densa, modelado por façonnage hasta lograr una forma semicilíndrica de sección subcircular a lo largo de su eje, dejando siempre una ranura transversal en su extremo distal para la inserción de una punta lítica sujeta a través de una goma (adhesivo) y en ciertas ocasiones además con un encordado de fibras vegetales. En algunos ejemplares la ranura se extiende y prolonga en uno de los lados, dejando una cavidad alargada donde calzar la única barba lateral, ésta siempre sobre hueso de camélido. En su extremo opuesto para la retención de la línea de caza, cuenta con un firme y grueso encordado perimetral con fibras de algodón, y el vástago termina redondeado para calzar en la cavidad hembra del astil principal.

En términos métricos, los cuatro tipos de cabezales presentan diferencias (Figura 9). Los del Tipo A son notoriamente menores y más homogéneos en tamaño que las otras tres variantes, con rangos máximos por debajo de los mínimos de las piezas de los tipos B y D. Solamente con el Tipo C hay cierta concurrencia de tamaños. Los tipos B y D poseen prácticamente los mismos rangos máximos y mínimos de longitud, con mínimas muy similares cercanas a los 17 mm justo por encima del máximo del Tipo A (16,7 mm). El Tipo C, por su parte, es un cabezal de dimensiones intermedias entre el A y los B-D. Estas diferencias métricas tan marcadas entre los tipos A, C y B-D vuelven más significativas las clasificaciones iniciales, distinciones de tamaño que bien pudieron tener relación con el tipo de presa a cazar con cada uno de ellos, pero también con el soporte inicial escogido para manufacturar el cabezal, como sucede con el de Tipo A donde el largo máximo estaba limitado por el tamaño del metapodio del camélido.

Figura 8 Tipología de arpones de la costa antofagastina. Las piezas corresponden a: (1) Las Loberas, Mejillones (MMJ); (2) Caleta Huelén, desembocadura del río Loa (Spahni, 1967: Pl.V.16); (3, 4 y 5) Punta Blanca, Tocopilla (MA); (6) Vertedero Municipal, Antofagasta (MA); (7) Michilla 02, Mejillones (Fondecyt 1110702); (8 y 9) La Chimba, Antofagasta (MQB). 

Figura 9 Relaciones métricas de los largos de cada tipo de cabezal de arpón, incluyendo mínimos, máximos, medias y varianzas (piezas completas). 

Tipología y tecnología del arponaje: distribución espacial y cronológica

Los primeros habitantes del litoral desértico hace 11 mil años ya poseían un modo de vida volcado al mar y su litoral, tal como lo evidencian sus campamentos a cielo abierto en La Chimba 13 en Antofagasta y El Obispo 1 casi 350 km al sur, así como también sus asentamientos en aleros apostados en Paposo y Taltal (Castelleti, 2007; Cervellino et al., 2000; Llagostera 1977, 1979; Llagostera et al., 2000; Núñez y Santoro, 2011; Salazar et al., 2013, 2015). Los restos de fauna muestran que en esta época ya consumían diversas especies de moluscos, peces y algunos mamíferos marinos como otáridos y delfines, aunque aún sin desarrollar una tecnología especializada en su captura. Ésta solo surge en el litoral antofagastino hacia los 7000 cal AP debido, por un lado, a la presencia de restos de especies de alta mar en los basurales arqueológicos, como albacoras (Xiphias gladius), atunes (Thunnus sp.) y marlines (Kajikia audax), entre otras especies (Báerez et al., 2016; Castro et al., 2012; Contreras et al., 2011; Núñez et al., 1974; Olguín et al., 2014, 2015; Rebolledo et al., 2015), sincrónicamente con las primeras evidencias artefactuales de restos de arpón, especialmente barbas de hueso como aquellas características de los tipos B, C y D descritos previamente, pero también de posibles secciones de vástago, fragmentos en ge neral poco considerados en la comprensión de los procesos de caza marina (Figura 10) (Ballester et al., 2014b, 2014c; Bird, 1943; Bittmann, 1984; Bois- set et al., 1969; Castelleti, 2007; Contreras et al., 2008a, 2011; Cruz y Bravo, 1980; Montenegro, 1982; Mostny, 1964; Núñez et al., 1974; Olguín, 2011; Olguín et al., 2015; Rebolledo, 2014; Silva y Bahamondes, 1969). Esta situación se ve corroborada además con las transformaciones en el patrón de asentamiento con el nuevo rol preponderante de las embarcaciones y la caza marina (Ballester y Gallardo, 2011; Bittmann, 1978; True, 1975).

Lamentablemente no será sino hasta siglos después, datados entre los años 6500 y 4000 cal AP, que encontramos los restos más tempranos de cabezales completos en sitios arqueológicos debido a que es cuando surgen los primeros cementerios colectivos y se vuelven populares las piezas completas en los ajuares funerarios. Augusto Capdeville, sin lugar a dudas el arqueólogo más importante de Taltal, menciona varios ejemplares en sus excavaciones en los sitios de la Civilización Dolménica correspondientes a este momento temporal (Capdeville, 1921, 1928; Mostny, 1964). Casi 450 km al norte en el sitio CaH 42, de similares características y sincrónico, fueron recuperados como ofrenda a los entierros humanos cabezales de arpón completos de vástago de hueso y madera, uno de estos últimos proveniente de la tumba 12 de la Estructura 1 datado directamente en 4359-3870 cal AP (Núñez, 1974; Núñez et al., 1974; Zlatar Ms. s/f 1983, 1989). De esta colección de cabezales hemos podido acceder y analizar algunos del Tipo A. Si a esto agregamos la presencia de barbas de hueso en contextos basurales desde algunos siglos antes a lo largo del todo el litoral, sería a partir de este momento que la tecnología de arponaje ya estaría en pleno funcionamiento en distintas variantes, tanto el Tipo A como algunas de aquellas de mayor tamaño y potencial de retención al interior del animal, como los tipos B, C o D (Figura 10).

En los milenios posteriores, entre los 2500 y 1100 cal AP se populariza una nueva arquitectura fúnebre ahora separada del espacio residencial, caracterizada por túmulos de tierra y roca individuales donde eran depositados en una fosa central el fallecido junto a su ajuar, aumentando sustancialmente la presencia de objetos completos en las colecciones arqueológicas, aunque seriamente intervenidos por saqueadores (Ballester y Clarot, 2014; Capdeville, 1928; Gallardo et al., 2017; Latcham, 1910; Moragas, 1982; Most- ny, 1964; Núñez, 1971; Spahni, 1967). Así también se popularizan los cabezales de arpón y en algunos casos fragmentos de astiles principales, siendo comunes los tipos A, B y C, aunque está completamente ausente el Tipo D (Figura 10). Capdeville notó hace más de 100 años algo que volvemos a corroborar con nueva evidencia y gracias a fechados radiocarbónicos: que el cabezal de arpón Tipo C solo fue utilizado durante este período, como él decía, entre “La Gente de los Túmulos de Tierra”, no encontrándolos ni antes ni después (Mostny, 1964, p. 54).

Es en este momento en que contamos con las fechas más tempranas para el cabezal Tipo B, datado directamente hacia los años 1900-1400 cal AP en el cementerio de Punta Blanca 02, mismo contexto fúnebre donde encontramos directamente asociados los Subtipos B1 y B2, haciéndolos contemporáneos. Kilómetros más al norte recuperamos piezas sincrónicas del mismo tipo en CaH 07, 10, 10A y 20, ampliando geográficamente su distribución (Ballester y Clarot, 2014; Gallardo et al., 2017; Núñez, 1971; Spahni, 1967). Lamentablemente los cabezales de madera recuperados de Choluto, datados varios siglos antes (2148-1638 cal AP), se encuentran en muy malas condiciones de conservación, haciendo imposible diferenciar la técnica de retención de la línea de caza (Castelleti, 2007), aunque por el resto de sus características debiera corresponder a los tipos B o D.

Quinientos años antes de la llegada de los europeos, entre los 1000 y los 450 cal AP, si bien la cantidad de contextos estudiados sistemáticamente es menor, no por falta de evidencia arqueológica sino al con trario por poco interés de los arqueólogos, la frecuencia de cabezales de arpón sigue siendo igual de importante que durante etapas previas (Ballester et al., 2014a; Capdeville, 1922; Chervin, 1903; Digby, 1934; Mostny, 1964; Núñez, 1971, 1987; Sénéchal de la Grange, 1903; Spahni, 1967). Ante la completa ausencia del Tipo C, surge por primera vez en la secuencia el Tipo D como predominante dentro del conjunto, lo que es claramente apreciable en sitios como Auto Club y La Chimba de Antofagasta junto a los cementerios PIT/PT de la desembocadura del Loa (CaH 02, 04, 12, 33, 51) (Figura 10) (Ballester et al., 2014a; Spahni, 1967). Esta innovación no opaca los otros dos tipos ya tradicionales siguiendo en uso las variantes A y B, recurrentes hasta en los mismos sitios arqueológicos.

El momento de contacto europeo es tal vez el menos conocido desde la arqueología. Junto a las ruinas de la antigua Caleta Loa en la desembocadura del río (Núñez, 1971) un cementerio colonial temprano (CaH 53) aún exhibe junto a sus sepulturas saqueadas fragmentos de cerámica torneada, crisoles, textiles históricos y al menos una decena de cabezales de arpón del Tipo B y unos pocos del Tipo A (Figura 10), comprobando la continuidad tecnológica y el tradicionalismo de las prácticas de caza marina de estas poblaciones incluso luego del contacto europeo.

Figura 10 Distribución cronológica de los tipos de arpones y la presencia de barbas óseas de arpón (tipos B, C o D) en contextos arqueológicos. En columna material: (1) Fecha calibrada entregada en la bibliografía; (2) material terrestre calibrado mediante curva Cal13.14c (Hogg et al., 2013); (3) material marino calibrado mediante curva Marine13.14c (Reimer et al., 2013); (4) material mixto humano calibrado mediante curva Marine/So. Hem al 90% (Hogg et al., 2013); todas calibradas en Calib 7.0.4 (Stuiver et al., 2005). AR marino diferencial para rango 7000-4500 AP (Latorre et al., 2015) y 4000-500 AP (Ortlieb et al., 2011). 

Tecnología de arponaje, modo de vida y relaciones sociales

Donde las primeras apariencias pueden mostrar resiliencia y simplicidad, luego de miradas más profundas y detenidas no tardan en surgir los procesos, las transformaciones y la complejidad de soluciones culturales, económicas, políticas y simbólicas de un pueblo que vivió de la caza, pesca y recolección por más de 11 mil años en el litoral del desierto de Atacama. No fueron siempre iguales, menos se mantuvieron impávidos ante los procesos históricos regionales y locales, del desierto y la costa. Tampoco podemos tildarlos de simples cuando crearon una tecnología altamente sofisticada en soluciones técnicas y formas de organización social. Un examen aproximativo del arponaje desde una perspectiva histórica y comparada nos permite darnos cuenta de aquello, un ejemplo entre cientos de una labor aún pendiente.

Si bien el arpón es un artefacto común en las ofrendas fúnebres, y recurrentemente mencionado en la literatura especializada, yace invisibilizado en la prehistoria y su arqueología. Poco o nada sabíamos de su mecanismo, composición, materiales, diseño, cronología, distribución geográfica, atributos técnicos y diversidad morfológica. Aliciente suficiente para emprender su estudio y sistematización no como un fetiche, sino por el enorme valor de la caza marina en la sociedad litoral. Comenzamos por aclarar gracias a la etnografía comparada de sociedades litorales la definición conceptual del arpón, y con ello también su potencialidad de uso con casos reales. Luego de su definición práctica y artefactual, gracias a dos ejercicios clasificatorios situamos la solución técnica local en la escena continental, pero también ordenamos por primera vez la diversidad instrumental en una clasificación tipológica de cabezales de arpón para el litoral del desierto de Atacama.

Los resultados nos permiten hablar de un dispositivo de arponaje compuesto de un astil principal largo para caza directa que no requirió de propulsor, con largas cuerdas hechas de finas tiras de cuero de lobo marino, sin boyas como es común en Norteamérica. Los cabezales mantienen una norma y diseño común, y son a lo largo de toda la secuencia “simples barbados compuestos”, a diferencia de lo que ocurre en otras poblaciones como aquellas del Ártico y el Pacífico occidental (Lavondès, 1982; Leroi-Gourhan, 1945; Quimby, 1946). Una tecnología aditiva de enorme sofisticación que permitía por una parte reemplazar secciones en caso de fracturas o pérdidas sin necesidad de confeccionar desde el comienzo la pieza completa; por otra, articular un conjunto de saberes técnicos y artesanales sobre múltiples materias primas que conectaban diversos territorios, situación que nos llevará más adelante a discutir temas transversales de enorme interés cultural. La continuidad del diseño general y el modelo simple barbado compuesto a lo largo de más de 6 mil años demuestra eficiencia tecnológica, tradicionalismo artefactual y estética funcional (Leroi- Gourhan, 1964).

Pero tras el diseño general homogéneo y conservador se manifestaron innovaciones en variantes técnicas sobre distintos atributos del cabezal y en su combinación, especialmente en el sistema de retención del animal, modo de retención de la línea de caza, materia prima del vástago y terminación del extremo penetrante. Cuatro tipos de cabezal de arpón fueron identificados, algunos presentes en toda la secuencia temporal desde la aparición del dispositivo, otros restringidos a ciertos períodos o regiones, haciendo visibles procesos de innovación técnica y agencia tecnológica. El Tipo A, más pequeño y con barbas de reducido potencial de retención, debió destinarse a presas menores que impusieran baja resistencia y fuerza en la captura, variante que fue utilizada desde los 4400 cal AP hasta momentos posteriores al contacto europeo sin cambios en su morfología y atributos, mostrando continuidad y tradicionalismo técnico, productivo y de diseño.

Antes que eso aparecen las primeras evidencias de arpones debido a barbas de hueso y fragmentos de vástago en contextos basurales desde los 7000 cal AP, estando completamente ausentes en los casi 5 mil años de ocupación litoral que le anteceden. La morfología y características de estas barbas óseas corresponden a aquellas que posteriormente veremos articuladas a los cabezales tipo B, C o D, utilizándose como parte del dispositivo hasta momentos posteriores al contacto europeo. Estos tres tipos, al poseer tamaños superiores junto a un sistema de barba más robusta y firme, debieron estar orientados a la captura de presas mayores que ofrecieran una resistencia más dura a la actividad de caza y aprehensión.

De ellos las variantes B y C poseen sus fechados más tempranos hacia el período Formativo Litoral (2500-1100 cal AP), los primeros presentes de forma continua a lo largo de la secuencia hasta el siglo XVI, mientras que los segundos se limitan única mente al rango comprendido para el Formativo, sin que existan ejemplares presentes posteriores a los 1100 cal AP. Pero el Tipo C además de estar restringido temporalmente no ha sido identificado a lo largo de todo el litoral, concentrándose desde el sector sur de Tocopilla en Punta Blanca hasta el sur de Taltal en Las Guaneras (Figura 5). Su ausencia en contextos más nortinos puede deberse a diversas causas, por una parte, a problemas de muestreo y falta de arqueología sistemática, por otra, producto de diferencias regionales de diseño entre la zona septentrional y meridional del litoral antofagastino. Esta última es una opción probable si consideramos que la zona norte cuenta con una riqueza forestal notoriamente mayor que aquella del sur, en especial por los bosques de la ribera del Loa y sus oasis, como Quillagua y Chacance (60 y 70 km de la costa, respectivamente), pero también de la pampa del Tamarugal y el salar de Llamara (40 y 50 km de la costa, respectivamente), mientras que hacia el sur la merma en la disponibilidad forestal pudo fomentar el aprovechamiento de materias primas óseas de animales marinos. Si bien es una opción plausible, no explica porqué esta proliferación de cabezales con vástagos óseos de mamíferos marinos se circunscribe solo a un período particular y no continúa hacia momentos posteriores, quitando validez a la variable ambiental. Para ahondar en estos temas requerimos una arqueología más profunda e interregional.

El Tipo D solamente aparece en los últimos cinco siglos previos a la llegada de los europeos, volviéndolo una variante más bien tardía dentro de la secuencia. Mantiene ciertos atributos tradicionales aunque con transformaciones sectoriales importantes; el más notorio en el sistema de retención de la línea de caza reemplazando el modelado del vástago por la adición de un complemento de fibras. De todas formas esta innovación artefactual no sustituyó a su par del Tipo B; al contrario, se mantuvieron conjuntamente en uso apareciendo en algunos casos hasta en los mismos cementerios. ¿Por qué la coexistencia? Tal vez un fenómeno de renovación tecnológica que no fue de golpe sino un proceso largo donde se resguardaron soluciones tradicionales en convi vencia con innovaciones, permitiéndoles funcionar paralelamente. Otra opción es que el Tipo D viniera a ocupar el lugar del desaparecido Tipo C en el equipo de caza, aunque sus tamaños son notoriamente distintos, volviéndolo poco probable en términos funcionales.

La existencia de normas estrictas y compartidas de diseño a más de 500 km de distancia fue resultado de la alta movilidad longitudinal de los pescadores y balseros tanto a nivel de capacidad de desplazamiento en largos trayectos como en su recurrencia y periodicidad, situación que debió verse reforzada gracias a lazos de parentesco y compadrazgo (Ballester y Gallardo, 2011, 2017; Ballester et al., 2010, 2015; Bittmann, 1986; Gallardo et al., 2017). Movilidad de personas que traía como consecuencia el flujo de ideas, imaginarios, conceptos, gestos y formas de hacer que gracias a relaciones sociales estrechas y habituales cuajaban en una estructura cognitiva y mental común, materializándose en una cultura tecnológica compartida que sobrepasaba a los arpones hacia todo su universo material. Basta comparar sus anzuelos, pesas, poteras, balsas de cuero de lobo marino, redes, collares, puntas de proyectil, monumentos fúnebres y estructuras habitacionales, solo por poner algunos ejemplos.

Volvamos al arpón. Luego de la síntesis de la información existente y su clasificación, podemos decir que nos enfrentamos a uno de los bienes más sofisticados del universo material del litoral. Más allá de las variantes, constituyen artefactos compuestos de múltiples partes acopladas entre sí siguiendo un esquema preconcebido y un diseño mental de base social, con algunas secciones estáticas y rígidas en su encaje, junto a otras móviles que se articulan y ensamblan dinámicamente como parte del mecanismo de arponaje. Maquinaria compleja con módulos independientes, un engranaje de funcionamiento definido, repleta de finas sutilezas técnicas. Pero desmembremos el arpón: vástagos modelados sobre maderas densas o huesos de mamíferos marinos y terrestres, barbas óseas sobre metapodios de camélido, fibras vegetales de las cuales la más común fue el algodón, puntas líticas de rocas ricas en sílice talladas bifacialmente, delgadas líneas de caza de cuero de lobo marino, espinas de cactus recortadas y pulidas, lancetas de metal en unos pocos casos, gomas y resinas para adherir ciertas secciones, además del uso regular de pigmento rojo para mantener los cueros y cubrir los artefactos. Madera, hueso marino, hueso terrestre, cactus, metal, pigmento, lítica, algodón, fibras vegetales, resinas y cueros. El arpón condensa en un solo tipo de objeto numerosos materiales provenientes de diferentes ambientes articulados a través de cientos de actos prácticos, implicando la existencia de conocimientos de producción para las múltiples materias primas, cada una con su respectiva cadena operativa, cúmulo de saberes técnicos, herramientas de trabajo, organización laboral y distribución geográfica. Aun cuando podrían haberlos manufacturado con los materiales inmediatos a sus residencias en la costa y cercano al mar donde más tarde los utilizarían en las faenas de caza -de la misma forma que lo hicieron sin problema por ejemplo las comunidades yámana del extremo sur y ciertas parcialidades esquimales del polo norte-, por alguna razón escogieron utilizar prácticamente todos los materiales que conocían del desierto para fabricar el arpón. Cuando podrían haber aprovechado a cabalidad los recursos que entregaba el mar, más aún aquellos que obtenían mediante el mismo acto de arponaje en la caza marina como las materias primas óseas, crearon un complejo modelo clasificatorio que definía el material con que debía confeccionarse cada sección del arpón y cómo combinarse entre sí, normas productivas que bien pudieron corresponder a estrategias cognitivas y simbólicas conscientes de incorporación del desierto a su paisaje, a modo de un gesto ideológico de articulación territorial anclado en la tecnología. Sobre este tema puramente cultural continuaremos trabajando en futuras inves tigaciones, ya que no es aquí ni ahora el lugar ni el momento.

Ahora vayamos al cazador. En la introducción nos guardamos a propósito para el final el desenlace del relato de Vázquez de Espinoza (1948 [1630], p. 619) sobre la caza de la ballena:

...el indio vuelve a cobrar su babilla, y se viene a tierra a ojear, y atalayar adonde viene a morir a la costa, y así están en centinela, hasta que la ven parar donde va luego toda aquella parcialidad, y parentela, que ha estado con cuidado a la mirar, juntos todos con los amigos, y vecinos para el convite, la abren por un costado, donde están comiendo unos dentro, y otros fuera seis y a ocho días hasta que de hedor no pueden estar allí, en este tiempo hinchen todas sus vasijas (que las mas son de tripas de lobo marino) de lonjas de la vallena.

Figura 11 Escenas de caza de grandes presas marinas mediante arponeo en el arte rupestre El Médano: (A) Quebrada de Izcuña, I-02, B-08, P-1; (B) Quebrada El Médano, Md-19, P-2; (C) Quebrada de Izcuña, I-09, B-9, P-1; y (D) Quebrada de Izcuña, I-09, B-2, P-1. (Fotografía B de Francisco Gallardo; Fotografías A, C, D del autor). 

Si bien la práctica de la caza fue una actividad especializada y restringida a ciertos individuos del grupo, aquellos conocedores del arte del arponaje y el navegar, el acto de consumo de los enormes volúmenes de carne, grasas, huesos y pieles extraídas fue colectivo, sobrepasando las unidades domésticas de los cazadores, un momento importante de congregación social. Fuera a la manera de grandes festines comunales o para acumular el excedente pensando en el futuro para un consumo diferido, la labor de los cazadores era en beneficio del grupo completo (Hayden, 2014). Este gesto de distribución colectiva ponía a los balseros y cazadores en una situación diferencial frente a sus pares, desequilibrando la balanza económica de la estructura organizacional al poner a unos pocos actores portadores de un conocimiento experto encargados de una labor específica en una condición política y social privilegiada (Earle y Springgs, 2015; Godelier y Strathern, 1991; Hirth, 1996; Spielmann, 2002; Testart, 1988). Una estructura social modelada por la concentración de conocimiento, la división laboral y las relaciones de distribución. Tal vez sobre este mismo desequilibrio económico y político se ancla el motivo tras el cual en sus representaciones rupestres los balseros y la caza marina toman papeles protagónicos que invi- sibilizan ideológicamente las otras cientos de prácticas, actores y roles que definen el modo de vida litoral (Ballester, 2018) (Figura 11).

El funcionamiento y reproducción de esta estructura social dependía de que la caza fuera fructífera, condición en la cual las embarcaciones y el arponaje eran fundamentales. Pilar material que además era uno de sus artefactos más sofisticados y complejos. Para utilizarlos había que recorrer previamente cientos de kilómetros de desierto no sin antes conocerlo a cabalidad, poseer múltiples saberes técnicos sobre cada materia prima y sus cualidades, además de disponer herramientas para cada trabajo específico y más importante aún, disponer del tiempo para realizarlo sin poner en jaque la reproducción de sus unidades domésticas. Todo esto a orillas de uno de los océanos más ricos y productivos del mundo, donde las comunidades habitaban prácticamente en la opulencia, viviendo sin necesidad de la caza marina con arponaje y embarcaciones por más de 5 mil años. Mi pregunta final: ¿El arpón solo servía para apaciguar el hambre del salvaje pueblo costero? Evidentemente no.

Agradecimientos

FONDECYT 1110702 y 1160045, FONDAP 15110006. A las instituciones Museo de Antofagasta (MA), Museo Augusto Capdeville Rojas de Taltal (MACRT), Museo de Mejillones (MMJ), Universidad de Antofagasta (UA), Museo Arqueológico San Miguel de Azapa de la Universidad de Tarapacá (MASMA), American Museum of Natural History de Nueva York (AMNH) y al Musée du Quai Branly de París (MQB). A Francisco Gallardo, Alexander San Francisco, José Blanco, Alejandro Clarot, Daniel Quiroz, Patricio de Souza y Marianne Christensen por sus comentarios y recomendaciones. Finalmente a Carolina Agüero y Marcela Aguirre por su trabajo editorial.

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2Si bien Núñez (1962, 2006) recuperó cabezales de arpón en Pica, Tarapacá y salar de Soronal, en la región de Tarapacá, ésta quedó fuera de los límites geográficos de este análisis debido a que representa una realidad social diferente de la cuenca del Loa hacia el sur, con otras lógicas de movilidad y relaciones comunitarias. Una situación similar ocurre con los cabezales recuperados por Latcham (1938) en Quillagua, piezas que hasta el momento no tienen contexto de proveniencia conocido.

Recibido: 18 de Octubre de 2016; Aprobado: 29 de Marzo de 2017

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