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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.61 San Pedro de Atacama jun. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-10432019005000202 

Articles

“Seres aquellos de costumbres depravadas”: cholos e indígenas andinos en los testimonios de chilenos durante la Guerra del Pacífico (1879 - 1884)

“Beings those of depraved customs”: Cholos and Andean Indians in Chilean testimonies during the War of the Pacific (1879 - 1884)

Patricio Ibarra Cifuentes1 
http://orcid.org/0000-0002-7696-6173

1 Centro de Estudios Históricos Universidad Bernardo O’Higgins. General Gana 1702. Santiago, CHILE. Email: patricio.ibarra@ubo.cl

Resumen:

Los protagonistas de la Guerra del Pacífico que dejaron registro escrito de sus experiencias vividas entre 1879 y 1884 realizaron una detallada narración de lo que observaron durante su periplo al norte. Parte importante de sus crónicas y documentos personales, las dedicaron a realizar una etnografía con un discurso y retórica en marcada clave nacionalista, que adquirió también rasgos racistas. Allí, intentaron diferenciarse de sus enemigos, especialmente de aquellos que provenían del bajo pueblo mestizo, los cholos, y de los indígenas andinos provenientes en su mayoría de las culturas aymara y quechua. Con ese objetivo, y desde la subjetividad de su punto de vista, se refirieron a las características generales de sus enemigos subrayando su ascendencia étnica mestiza e indígena, personalidad, comportamiento en el campo de batalla, apariencia física, cultura y costumbres. Este artículo se enmarca en los estudios de guerra y sociedad, y analiza el fenómeno con herramientas conceptuales provenientes de la historiografía, etnohistoria y la etnografía.

Palabras claves: Guerra del Pacífico; crónicas de guerra; documentos personales; cholos; siglo XIX

Abstract:

The protagonists of the Pacific War that left written record of their experiences between 1879 and 1884, made a detailed account of what they observed during their journey to the North. An important part of his chronicles and personal documents were devoted to make an ethnography with a speech and a rhetoric in nationalist key, which also acquired racist features. There, they tried to differentiate themselves from their enemies especially those who came from mixed race low class people, cholos, and from the Andean Indians, mostly Aymara and Quechua cultures. With that goal, and from the subjectivity of their point of view, they referred to the general characteristics of their enemies underlining its mixed race and indigenous ethnic ancestry, personality, behavior in the battlefield, physical appearance, culture and customs. This article is frand in the studies of war and society, and analiyzes the phenomenom with conceptual tools from historiography, ethnohistory and ethnography.

Keywords: War of the Pacific; war chronicles; personal documents; cholos; 19th century

Introducción

La disputa de Chile contra el Perú y Bolivia por la posesión de los ricos territorios salitreros de Antofagasta y Tarapacá significó el estallido de la Guerra del Pacífico, que tuvo en vilo por más cinco años, desde el desembarco de las tropas chilenas en Antofagasta en febrero de 1879 hasta la firma del Pacto de Tregua entre Chile y Bolivia de abril de 1884, la suerte de esas tres noveles repúblicas sudamericanas.

El comienzo de las hostilidades implicó el inicio de un masivo reclutamiento de nuevos soldados que habrían de defender los intereses de los Estados involucrados. En Chile, el Ejército pasó de un contingente de cerca de 2.400 efectivos en febrero de 1879 (Grez, 1935) a más de 26 mil al momento de su entrada a Lima en enero de 1881 (Bulnes, 1914). Muchos de aquellos miles de hombres que partirían al destino incierto de la guerra estaban en posesión de los saberes de la lectura y la escritura, producto del acceso a diversos grados de educación, fuera esta formal, informal, privada o estatal. Cabe señalar que, en términos cualitativos, la capacidad de dar testimonio escrito de las experiencias vividas durante la campaña tenía directa relación con la posibilidad de acceder a la educación y tiempo de escolaridad de cada individuo. En general, podría afirmarse que los oficiales del Ejército y la Armada eran hombres letrados, por cuanto su origen social y la naturaleza de su empleo requerían de determinadas habilidades, conocimientos y competencias para ejercer el mando sobre la tropa. Entre otros la capacidad de impartir órdenes claras y precisas, estudiar las ordenanzas del Ejército, recibir instrucciones por escrito, dar cuenta de una acción de guerra a través de un parte de batalla. A ellos podrían sumarse no pocos suboficiales y clases (sargentos y cabos). También se debe señalar que la gran mayoría de estos soldados letrados pertenecían a un segmento medio-alto de la población urbana del último cuarto del 1800, pues el proceso de la expansión de la instrucción primaria (enseñanza de la lectura, escritura y la aritméticas que se implementó en Chile durante este siglo fue lento y socialmente desigual. Además, la ampliación de la red de escuelas fue un fenómeno fundamentalmente citadino en detrimento de la población rural (Ponce de León, 2010).

También partieron al frente de batalla políticos, funcionarios públicos, sacerdotes, médicos, corresponsales de periódicos, entre otras personas, que dejaron registro para la posteridad de sus experiencias durante los años de conflicto, tanto en sus viajes por tierra o mar, en el campamento, el entrenamiento, el esparcimiento, en el campo de batalla y de su contacto directo con sus circunstanciales enemigos. Cartas, diarios, memorias y crónicas fueron los formatos en que se materializaron sus recuerdos, ideas y pareceres respecto de lo que les tocó en suerte vivir como primeros protagonistas del enfrentamiento de Chile contra el Perú y Bolivia. De ese modo, constituyeron, parafraseando a Ángel Rama, un campamento letrado, en términos de concebir el discurso escrito como una práctica realizada por los individuos para responder a determinadas demandas definidas por y hacia la sociedad. Esto presume la existencia de un grupo de productores de textos escritos y un público asociados a esta práctica, situados en un espacio y en un momento histórico determinado (Rama, 2004). Así, los protagonistas de la contienda pusieron al corriente de sus vivencias a sus seres queridos. Además, muchas de sus comunicaciones fueron publicadas en los periódicos contemporáneos, poniendo al tanto a la opinión pública de sus impresiones, preocupaciones y problemas (Ibarra, 2015a).

Los testimonios dejados por los chilenos, escritos algunos in situ y otros ex post facto, tuvieron un sello triunfalista, transversal entre quienes describieron el conflicto en primera persona, cuya idea fuerza se asentó en que, pese a las dificultades y penurias vividas durante la campaña, Chile resultaría vencedor; y resultó, producto del valer de su población y de sus instituciones. Desde ese ángulo, la causa se asumió como justa y el triunfo era obligado, por cuanto el empuje de la nación y sus ciudadanos transformados en soldados se impondrían a Bolivia y, especialmente, sobre el Perú. En ese sentido, Lawrence LeShan sostuvo que desde mediados del siglo XIX hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, las sociedades en su conjunto se involucraban activamente en los conflictos impulsados por el fervor nacionalista y azuzados por la información transmitida por la prensa, facilitada por la presencia de corresponsales de guerra que relataron las acciones bélicas en clave heroica. Así, la sociedad participaba en una “guerra mítica”, caracterizada por el compromiso de todas las clases sociales en la lucha, la aparición de héroes conocidos por todos, una excitación general por participar e informarse de los hechos y la idea de formar parte de una cruzada contra el mal, entre otras percepciones (LeShan, 1992). Por su parte, Carmen Mc Evoy sostiene que desde la perspectiva chilena la guerra se interpretó como una “cruzada civilizadora” de una república moderna, movilizada contra naciones ancladas en el Antiguo Régimen, fundamentalmente el Perú, de la cual participaron tanto las instituciones públicas, como la Iglesia católica y la prensa (Mc Evoy, 2011).

Un aspecto importante presente en las crónicas de guerra y documentos personales dejados por los chilenos que participaron de la expedición al Perú y Bolivia entre 1879 y 1884 fue la descripción en detalle de sus experiencias y cotidianidad de guerra y, a partir de ellas, la elaboración de una etnografía de sus enemigos, en especial de los mestizos provenientes del bajo pueblo, denominados comúnmente como cholos, y también de los indígenas andinos. Según el Diccionario de chilenismos de Zorobabel Rodríguez publicado en 1875, en el habla coloquial de los chilenos se definió como cholo a “la gente baja y soez, proveniente de la sangre española e indígena”. Sin embargo, Rodríguez subraya que esa denominación es más usada en el Perú que en Chile, en tanto “ocupa el cholo en la sociedad peruana más o menos la misma posición que el roto en la chilena”. Con todo, aclara que las características del roto son mejor valoradas que las del cholo por la sociedad chilena contemporánea, pues este es “robusto, musculoso i enjuto de carnes”, entre otras cualidades (1875). Asimismo, Rodolfo Lenz señaló en 1904 que la calificación de cholo dicha de “los peruanos en general” fue muy usada “en tiempo de la guerra del Pacífico” (Lenz, 1979).

Los expedicionarios chilenos interactuaron mayoritariamente con aymaras y quechuas, tanto los que formaron parte del Ejército aliado como aquellos que encontraron durante su periplo por los diversos parajes de la geografía de Atacama, Tarapacá, Moquegua, Lima o la Sierra.1 A partir de allí, crearon una imagen de ellos transmitiéndola a sus lectores.

¿Cómo caracterizaron los chilenos a los cholos e indígenas andinos? Una vez enfrentados a la realidad de la campaña militar, y más aún en los encuentros armados, el contacto de los chilenos con sus enemigos fue directo y cotidiano, lo cual quedó plasmado en su narrativa de guerra. Carmen McEvoy en su obra Guerreros civilizadores sostuvo que el relato contenido en los documentos personales de los protagonistas del enfrentamiento de 1879 logró “explicar con claridad los aspectos etnográficos que todo conflicto bélico encierra”, en tanto señalan que “desde un punto de vista cultural, tanto la violencia física, verbal y simbólica ejercida contra el enemigo responden a razones más ontológicas que utilitarias, pues terminan convirtiendo al adversario en un objeto que permite perpetuar la identidad propia” (McEvoy, 2011). Es así como el imaginario nacionalista chileno contemporáneo tomó forma y definición, incorporando lo distinto en un plano marginal e inferior, todo lo anterior guiado por la idea que se tiene de los “otros” “no solo como significantes que le dan sentido al mundo, sino como espejos sobre los cuales se construye identidad” (Tiapa, 2011). Se instauró, de ese modo, un nuevo régimen de verdad a partir de la fijación de una representación de ese “otro”, visibilizado y rechazado a la vez, como consecuencia de la repetición de un estereotipo socialmente aceptado (Bhabha, 2002). Así entonces, el discurso público institucional (estatal) y de discusión en la opinión pública (periodístico), se engarza con el privado depositado en los escritos dejados por combatientes y coetáneos a la guerra, transformándose en el canon transversal de representación negativa de los adversarios de Chile entre 1879 y 1884. De la misma manera, en palabras de Jeffrey Klaiber la victoria de las armas chilenas sirvió, para “confirmar, fortalecer y aún popularizar el mito de la superioridad racial chilena”. El mismo autor sostiene que la derrota del Perú en la guerra confirmó, entre la élite y población general de ese país, “el mito de inferioridad del indio peruano” (1978).

Los escritos testimoniales de combatientes y participantes del conflicto construyeron un relato de diferenciación y alteridad respecto de los aliados en general, y de los individuos del bajo pueblo peruano-boliviano e indígenas andinos en particular. En aquellos documentos se describió y construyó una imagen negativa y despreciativa de sus enemigos, categorizándolos como inferiores a los chilenos, susceptibles de ser derrotados, conquistados y civilizados, en tanto su etnia, cultura, condiciones de vida material, personalidad, organización y sistema de creencias eran inferiores comparados con el canon eurocéntrico, racional e ilustrado, imperante en las sociedades latinoamericanas, y también en la chilena, durante el último cuarto del siglo XIX, herencia de los siglos de colonización española y de las décadas de creación de los Estados Nacionales (Martínez et al., 2002, pp. 28-29). Así entonces, fueron convertidos en un “otro” ajeno y desconocido, a quienes les fue negada la posibilidad de ser considerados como individuos que poseían la misma condición y derechos atribuidos para sí mismos (Todorov, 1987).

De la misma manera, esa forma de caracterizar a los vecinos del norte adquirió también connotaciones racistas (Arellano, 2012, p. 258). Un elemento de suma importancia debido al gran impacto que tiene esta construcción de cánones de apreciación en las conductas diferenciadoras de los individuos y los grupos entre sí (Gundermann, 1997), más todavía considerando que el grueso de las tropas aliadas estaban conformadas por soldados de origen y ascendencia mestiza e indígena. La necesidad de contar con nuevos efectivos para satisfacer las necesidades del conflicto llevó a los Gobiernos del Perú y Bolivia a echar mano a la conscripción obligatoria, logrando de ese modo completar los cuadros de las unidades, principalmente de infantería, que partirían al frente de batalla para intentar detener la invasión chilena. Es así como algunos de los cuerpos bolivianos fueron conformados exclusivamente por mestizos del bajo pueblo e indígenas, tales como el Oruro, Tarija y Potosí (Sater, 2016). Esto se materializó en el desprecio étnico y cultural hacia el bajo pueblo e indígenas de los países aliados. Los relatos de guerra plasmaron sus opiniones cargadas de prejuicios y estereotipos respecto de ellos; peruanos y bolivianos, merced a su condición inferior, debían ser discursivamente subyugados o erradicados (Arellano, 2014). Pese al discurso y retórica agresiva en contra de peruanos y bolivianos, en los que por extensión también se incluyó a mestizos e indígenas andinos, aquello no se materializó en un enfrentamiento que adquiriera rasgos de lucha étnica por parte de los chilenos. En efecto, los derechos de los cuales estaban provistos los soldados regulares fueron respetados. Prisioneros y heridos estuvieron protegidos por la jurisprudencia humanitaria contemporánea, acogida y mayoritariamente acatada por los beligerantes durante el desarrollo de las hostilidades. No así con las fuerzas irregulares compuestas por civiles e indígenas que combatieron en la Sierra, las cuales no estaban protegidas por el derecho internacional (La Declaración de San Petersburgo, la Convención de Ginebra, el Código Lieber, entre otras), usadas como referencia para el comportamiento de los ejércitos en la época de la guerra del Pacífico (Ibarra, 2010).

En definitiva, se definió un sistema clasificatorio de la alteridad no chilena anclado en el paradigma cultural hegemónico hispano-criollo-burgués de matriz eurocéntrica, predominante durante el siglo XIX en Latinoamérica, el cual además era funcional al objetivo unificador en tiempos de guerra y se oponía a dos naciones que fueron identificadas con un patrón étnico y cultural asociado a lo indígena. Ese perfil se fundó en torno a cinco tópicos, a saber, una caracterización general de las sociedades de Perú y Bolivia con un marcado rasgo étnico mestizo e indígena; su comportamiento en el campo de batalla; su apariencia física; su cultura y costumbres, y su personalidad.

A partir de las expresiones vertidas por los chilenos en sus testimonios de guerra se podrá explorar una parte de la imagen construida respecto de peruanos y bolivianos durante el desarrollo del conflicto de 1879, aquella referida a cholos e indígenas andinos, que también se hizo extensiva al resto de la sociedades de los países aliados. El conflicto se constituyó en un período de singular importancia en la consolidación del Estado nacional chileno, tanto por el fortalecimiento de sus organismos de gestión pública como por la expansión territorial y económica que conllevó la adquisición de recursos naturales (salitre y cobre principalmente), los que serían esenciales para el desarrollo futuro del país. Del mismo modo, este enfrentamiento armado se transformó en un hito cultural que contribuyó a la consolidación de la identidad moderna de los chilenos (Subercaseaux, 2007) y marcó un aspecto importante de la futura relación con sus vecinos del norte.

Por último, cabe señalar que los antecedentes presentados en las páginas que vienen a continuación, tienen por objeto aportar elementos a la discusión historiográfica relativa a la Guerra del Pacífico, en general, y a la construcción de los discursos culturales asociados a su desarrollo y a la forma en que se caracterizó en Chile a los combatientes y población de Perú y Bolivia, en particular, dando cuenta de las características específicas de la retórica y discurso de la narrativa testimonial de los combatientes chilenos. Así es como se enmarca en los estudios de guerra y sociedad, haciendo una revisión del conflicto de 1879, a partir de los documentos dejados por algunos de sus contemporáneos.

Los cholos e indígenas andinos en el imaginario contemporáneo a la Guerra del Pacífico

El conflicto de 1879 fue prolífico en diversas manifestaciones culturales, contemporáneas y posteriores, en las cuales se intentó poner de manifiesto la superioridad de chilenos por sobre peruanos y bolivianos. De hecho, a través de las editoriales de periódicos, relaciones de corresponsales de guerra, grabados, caricaturas y versos, entre otras expresiones, se construyó la alteridad de los chilenos durante el desarrollo de la Guerra del Pacífico y también en las décadas posteriores (Ibarra, 2015b, 2016). De la misma manera, las narraciones de la época también son una fiel expresión de la forma en que el fenómeno de la guerra permitió potenciar la diferenciación entre los bandos en conflicto a partir de la negación del otro.

Gran parte de la mirada negativa hacia el bajo pueblo mestizo e indígenas aliados durante los años de la Guerra del Pacífico se fundó en discursos homogeneizadores y estereotipos asentados durante los años de dominación española de América, los cuales se transformaron en una caracterización asociada a conglomerados sociales concretos. Aquello también incluyó la creación de un patrón de diferenciación con la población europea o criolla. En efecto, la asociación de los indígenas a rasgos característicos de su condición, tales como la carencia de razón, la ociosidad, la violencia, la borrachera, el amancebamiento y la idolatría, en definitiva, su inferioridad intrínseca respecto del patrón de comportamiento cristiano-occidental se encuentra en mucha de la literatura colonial, sea esta de carácter testimonial o administrativo-jurídica. Por ejemplo, la melancolía, la cólera y el temor fueron atributos endilgados a los indígenas andinos por los conquistadores ya hacia mediados del siglo XVI (Morong, 2013).

Ese paradigma se mantuvo y repitió luego de las revoluciones por la independencia y la instauración de la República, aunque con el matiz asociado de que lo indígena era el referente a negar, pues se identificó con la continuidad del pasado colonial y, en ese sentido, con el inmovilismo alejado del ideal racional e ilustrado europeo ligado al paradigma moderno del progreso y al desarrollo al cual los noveles Estados Nacionales sudamericanos deseaban homologarse (Martínez, Gallardo y Martínez, 2002). Así fue como la clasificación de “indio” se transformó en sinónimo de “raza diferente” y también “raza inferior” (Martínez, Gallardo y Martínez, 2003a). Esta mirada respecto de las etnias originarias se mantuvo, pese a que la instauración del Estado Nacional y la República como sistema de gobierno en las tres naciones involucradas significó, en teoría, que toda su población adquiriera la condición de ciudadanos iguales ante la ley, además de plenitud de derechos y deberes. Empero, en la práctica siguieron viviendo bajo el estigma racial o lingüístico adquirido tras la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XV (Salomon, 2001). En Chile aquello perduró hasta muy adentrado el siglo XX, manifestándose con especial fuerza en los nuevos espacios fronterizos septentrionales (Arica y Tacna), territorios que fueron conquistados durante el conflicto de 1879 y luego integrados a la jurisdicción de las autoridades de La Moneda, sometiéndose a un intenso proceso de chilenización que trajo aparejadas dinámicas de violencia y discriminación (Díaz, Ruz y Galdames, 2015).

De la misma manera, cabe señalar que el intento de diferenciación y construcción de un “otro” respecto de peruanos y bolivianos se incubó siglos antes del estallido de la Guerra del Pacífico y se fundó en la rivalidad entre el Virreinato del Perú y la Capitanía General de Chile. Esta rivalidad se acentuó posteriormente a través de dos procesos: el envío de una expedición financiada por Chile bajo las órdenes de José de San Martín, que tuvo como propósito iniciar la campaña militar que culminaría con la independencia del Perú (1820-1826) durante las primeras décadas de la República; y, en segundo lugar, el conflicto de 1838-1839 que desbarató la Confederación Perú-boliviana encabezada por el mariscal Andrés de Santa Cruz (Villalobos, 2002; Collier, 2005).

De esa misma forma, la negación de los chilenos respecto de la masa del bajo pueblo tanto peruano como boliviano que formó el grueso del ejército que participó del conflicto de 1879, denominados despectivamente como cholos, se asentó en su origen mestizo. Pese a que en las valoraciones sociales de sus respectivas naciones los cholos poseían un estatus superior al del indio, en tanto lograron acceder a algunas profesiones estatales tales como sacerdotes, soldados y empleados públicos, además de que desarrollaron códigos de pertenencia y una estética propia (Soruco, 2006). También se dio esa denominación a los mestizos “de costumbres indias” y a los “civilizados” (Martínez, Gallardo y Martínez, 2003b). Sin embargo, cabe señalar que pese a las diferencias existentes -étnicas y culturales, entre otras- entre la población mestiza citadina y la indígena, los chilenos utilizaron indistintamente el vocablo cholo para referirse e individualizar a todos quienes a sus ojos no fueran parte de la porción blanca de la ecúmene Perú-boliviana. Un ejemplo de ello es lo publicado en la Voz Chilena de Iquique donde, a propósito del relato del entierro de los restos de Arturo Prat y otros tripulantes de la Esmeralda luego del combate naval de Iquique (Campaña Naval, 21 de mayo de 1879), el cronista del periódico, con el propósito de criticar la decisión de las autoridades peruanas de dejar los cadáveres de los marinos chilenos caídos en la cubierta del monitor Huáscar, expuestos al público en el muelle iquiqueño aseveró que:

Hasta las nueve de la noche permanecieron arrojados en el suelo, sin que siquiera una bandera vieja los cubriese, expuestos a las miradas de esa repugnante plebe que compone el populacho del Perú: cholos, negros, indios, zambos, mulatos, chinos-cholos i las mil combinaciones de esa raza híbrida, saciaron en ellos su complaciente curiosidad, a ciencia y paciencia de las autoridades (Ahumada, 1884).

A lo anterior, se debe sumar que en Chile durante el siglo XIX también existió una valoración negativa respecto de sus propios indígenas. Los mapuche, o araucanos como se les denominaba en la época, del mismo modo que a las otras etnias del territorio, fueron mirados con recelo pese a su mistificación durante los inicios de la República como un pueblo guerrero que plantó cara a la colonización española (Gallardo, 2001). Una muestra de la exaltación a la población aborigen son las expresiones de Claudio Gay, naturalista francés contratado en 1830 por el gobierno chileno para que realizara investigaciones diversas respecto del país, quien escribió en uno de los volúmenes dedicados a la historia en 1848:

[…] hombres puramente de la naturaleza, pero héroes creados por ella; sin civilización, pero dotados de profunda inteligencia, de invencible energía y de los más acendrados sentimientos de independencia y de patriotismo; sin más armas defensivas que sus pechos, y obligados a arrostrar los fuegos enemigos para luchar y combatir al arma blanca, se han visto, volvemos a decir, a los bizarros araucanos no solo hacer, no solo resistir a sus hasta entonces, invencibles agresores, sino también vencerlo, derrotarlos y hacerles desesperar, más de una vez, del éxito de su empresa queriendo conquistarlos (Gay, 1848).

Con todo, el antiindigenismo se manifestó en el Chile del siglo XIX a partir de cuatro ideas asentadas en la élite política e intelectual. En primer lugar, la necesidad de integrar el territorio indígena (desde el río Biobío al Toltén) a la soberanía nacional. Luego, la calificación de estos como una raza inferior, renunciando a reconocerlos como iguales y a su herencia histórica o de cualquier otra índole. En tercer lugar, la profundización de la idea de que Chile era un país acosado y ultrajado por la constante actitud belicosa de un pueblo que se constituyó como el epítome de la barbarie, el cual debía ser sometido incluso por la fuerza. Finalmente, la supuesta superioridad de la raza blanca materializada en los inmigrantes europeos, alemanes principalmente, que comenzaron a llegar a determinadas zonas del sur de Chile a partir de mediados del siglo XIX. En el argumento de la élite, estos recién llegados no solo civilizarían a los mapuche, sino también serían capaces de conducir por el camino del progreso al resto de la población (Pinto, 2003). Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con peruanos y bolivianos, el hombre del bajo pueblo mestizo, citadino o campesino, durante los años de la Guerra del Pacífico, el roto, proveniente del norte minero (Atacama, Choapa, Elqui y Limarí) y la zona central (desde el río Aconcagua hasta el Biobío) fue glorificado. Por lo tanto, se trató de un individuo en contacto con las normas y costumbres de la cultura hispano-criolla predominante, y así, directa o indirectamente sometido al proceso de disciplinamiento iniciado durante las primeras décadas de la República (Pinto y Valdivia, 2009). Las personas incluidas en la denominación de roto fueron convertidas en el símbolo del esfuerzo colectivo de Chile durante el conflicto, de las virtudes patrióticas y combativas, cuyo comportamiento en las filas del Ejército fue ensalzado por la prensa y la opinión pública contemporánea mientras duró la guerra. Además, sirvió para fundamentar la diferencia y la construcción de un “otro” peruano y boliviano (Cid, 2009). En ese sentido, una sucinta revisión de los diccionarios de chilenismos y voces chilenas sugiere que a fines del siglo XIX y comienzos del XX, existió una diferenciación en la clasificación entre rotos e indios (araucanos), señalándolos como individuos de distinta condición y origen. Por ejemplo, Zorobabel Rodríguez, en su Diccionario de chilenismos, definió al roto como la manera en la que se designa a “la jente de última clase, a la misma cuyos individuos son llamados cholos en Perú, i leperos en Méjico” (1875). Por su parte, Rodolfo Lenz definió en 1904 al araucano como el “indio natural de Arauco” (Lenz, 1979). Décadas más tarde, José Toribio Medina, en 1928 nombró a los “araucanos” como “Naturales de Arauco” o “Perteneciente a este país de América, hoy una de las provincias de Chile” (Medina, 1929), es decir, a comunidades que en un pasado cercano pertenecían a un territorio y nacionalidad diferente a la chilena.

Debido a este mismo orden de cosas, indígenas y mestizos aliados se encontraron en un plano de desvaloración mayor al de sus congéneres chilenos. No solo pertenecían a un segmento social menospreciado por sus características étnicas y culturales específicas asociadas a la barbarie, sino también formaban parte de los enemigos que amenazaron la integridad de Chile, y por lo tanto, merecedores del desprecio y de ser tratados con todo el rigor que las leyes y usos de la guerra permitían. Aquello se potenció a partir de la retórica y discurso aglutinador característico de los conflictos bélicos de fines del siglo XIX (LeShan, 1992).

Cabe mencionar que la caracterización despectiva hacia el bajo pueblo y los indígenas andinos también provino de la clase alta peruana. Así entonces, Juan Carlos Arellano propone que el descrédito y la construcción simbólica del bajo pueblo y el indio como un “otro” incivilizado y abyecto fue un rasgo transversal entre las élites de los países beligerantes, que se hizo extensivo al resto de las sociedades en conflicto. Asimismo, la Guerra del Pacífico fue un instante en el que tanto en Chile como en el Perú se cristalizaron retóricas y discursos que apelaron a la exaltación de componentes culturales y raciales que articuló un relato guerrero en esas sociedades. En ese contexto, se construyó una imagen de los adversarios anclada en representaciones estereotipadas y homogeneizantes (Arellano, 2015). Por ejemplo, el destacado intelectual peruano Ricardo Palma escribió una carta al defenestrado dictador Nicolás de Piérola en febrero de 1881, a semanas de la entrada de las tropas chilenas a Lima luego de las grandes batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores, asegurando que “los antecedentes históricos nos dicen con sobrada elocuencia que el indio es orgánicamente cobarde” (2005), lo cual a su juicio explicó en gran parte la derrota militar de su país a manos de los invasores del sur. Otro peruano contemporáneo al conflicto, el historiador Mariano Paz Soldán, aseguró en su Narración histórica de la Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia, que el desembarco sin oposición de las tropas chilenas en Pisco y Paracas para iniciar la campaña que culminaría en la conquista de Lima en noviembre de 1880, se debió a la inexistencia de fuerzas regulares, la mediocridad de la mayoría de los oficiales a cargo y a “antipatía que reina entre las razas negra e india, de que se compone casi la totalidad de sus habitantes” (1884). Del mismo modo, los aliados Perú-bolivianos vincularon directamente a los chilenos con los mapuche, desplegando también una retórica con marcados tintes racistas. En un folleto anónimo de 1879 publicado en Oruro se aseguró:

Descienden pues los chilenos, de los araucanos y de los españoles de la más baja ralea; pues entre los que trajo Pizarro, solo los que no pudieron quedarse en el gran imperio peruano, pasaron a Chile y otras tierras en busca de aventuras; es decir, que descienden de lo peor, de lo malo, de la escoria, de ese grupo de aventureros traídos a América por Pizarro y Almagro [...] Por eso no es extraño, que el carácter de la actual raza chilena, resultado del cruzamiento de la peor gente española y de la más feroz de las tribus aborígenas (sic) de América, sea ahora la peor de las que pueblan este hermoso continente. (Lo que es Chile y lo que debe hacerse de Chile (consideraciones sobre la actual guerra, 1879)).

Algo similar ocurría con los rotos. Una carta anónima escrita en Lima el 20 de abril de 1879, publicada en La Patria de Valparaíso relató el clima reinante en la capital peruana a pocos días de la declaración formal de la guerra y de cómo eran vistos los chilenos por la población en general: “Se habla en ella periquitos contra los chilenos, a quienes se obsequia con los títulos de canallas, ladrones y, sobre todo, rotos” (La Patria, 28 abril 1879).

Del mismo modo, esa visión contemporánea al desarrollo del fenómeno también se mantuvo en el tiempo, merced a que muchos de los escritos testimoniales conocieron la luz pública años, e incluso décadas, después de concluidos los hechos. Muchas de sus ideas permanecieron en la memoria colectiva chilena, tanto por la sacralización de la memoria histórica asociada a la victoria alcanzada en los campos de batalla, proceso desarrollado en Chile durante las primeras décadas del siglo XX como por la fianza sociocultural de la que gozan los documentos personales, asentada en la experiencia de vida y la autoridad que entregó a los sobrevivientes del conflicto ser partícipes directos de los hechos. En ese contexto, cabe mencionar que esos documentos y las narrativas ligadas a ellos son de vital importancia para la “creación de mitos de guerra”, que a su vez son un insumo fundamental para la construcción de la identidad nacional y, por esa razón, son perpetuados por las sociedades, el Estado y sus dirigentes, ocupando un lugar destacado en las celebraciones y ritos republicanos (Hynes, 1999).

Etnografía en campaña: cholos e indígenas andinos en los testimonios chilenos de la Guerra del Pacífico

Como ya se señaló en líneas precedentes, los chilenos que participaron en distintas tareas durante la campaña del Perú y Bolivia entre 1879 y 1884 dejaron registro de su experiencia vital durante sus recorridos por tierras en ese entonces enemigas, las cuales les tocó en suerte visitar como soldados del Ejército, jefes políticos, empleados civiles o bien acompañando a las tropas como corresponsales de guerra. Consciente o inconscientemente, los chilenos en sus cartas y crónicas realizaron una observación y descripción acabada de personas, comunidades y entorno geográfico de lugares considerados como exóticos para muchos de sus coetáneos. Antofagasta, el desierto de Tarapacá, el valle de Moquegua, Lima o la Sierra andina del Perú, ubicados a miles de kilómetros de los grandes centros poblados de Chile, fueron los territorios que recorrieron narrando y relatando lo que observaron así como las características de personas, culturas y el entorno natural. En otras palabras, realizaron una etnografía durante su expedición al norte, en tanto examinaron y narraron lo que vieron, presentando a sus contemporáneos y a las generaciones posteriores, en la medida que sus escritos se han preservado, las características que a ellos les parecieron más relevantes de lugares, individuos y acontecimientos. De ese modo, fueron testigos de una actualidad presente o realizaron una remembranza de sus vivencias de guerra, tomando nota de ella, retransmitiéndola y caracterizándola según sus perspectivas y escala de valores (Bosa, 2010). En definitiva se trató de una narración de lo que Carmen McEvoy denominó como “Protocolo de viaje en clave burguesa”, donde una serie de viajeros independientes dieron vida a un relato que combinó la experiencia vital y el recorrido que cada uno de ellos realizó durante los años de conflicto (2011).

Kalmukos de raza mestiza de español e indio ”: El estallido de la guerra y los enemigos de Chile

Desde el momento mismo del inicio de la contienda con sus vecinos del norte, en febrero de 1879, los chilenos hicieron notar la marcada condición mestiza e indígena de la mayoría de la población de los países enemigos en el conflicto que comenzaba. José Francisco Vergara, conspicuo dirigente político que durante los años de guerra se desempeñó en cargos de responsabilidad tanto en el frente de batalla -Secretario del general Erasmo Escala, Comandante General de la Caballería y Ministro de Guerra y Marina- como en Santiago -a la cabeza de la cartera de Interior-, escribió el 27 de enero de 1879 una carta desde Viña del Mar a su hijo José Salvador, que en ese momento se encontraba en Europa realizando sus estudios superiores, señalándole que los bolivianos no eran otra cosa que “kalmukos de raza mestiza de español e indio” (Henríquez, 2009). Con este calificativo los equiparaba despectivamente con el pueblo calmuco de Rusia, herederos de las civilizaciones nómadas del Asia Central, resultado de la mezcla de las etnias oirates, mongoles, buriatos y daur, rebajando su condición y negándoles ser iguales a los chilenos. El propio Vergara, en una misiva enviada a su vástago a mediados de agosto de 1879, cuando ya se encontraba en Antofagasta tomando parte de las operaciones, se quejaba amargamente, pues según su parecer aún no había un líder militar que fuera capaz de guiar con éxito a las tropas. Sin embargo, pese a su pesimismo respecto de los mandos del Ejército, estaba seguro de que el conflicto se decidiría a favor de los chilenos, “exclusivamente por la superioridad física de nuestra raza, sobre los descendientes de quichuas y aimaraes de la altiplanicie boliviana”. A su juicio, el roto sería superior a ellos por el solo hecho de ser chileno. En la misma línea, aseguró que “Los híbridos de indio y español o africano que pueblan los valles de la costa peruana son tal vez menos débiles físicamente que los indios puros, pero más viciosos y menos sufridos que ellos para soportar las fatigas de la guerra” (Henríquez, 2009). En ambas oportunidades, Vergara negó a priori y sin observación empírica alguna, el potencial y cualidades combativas futuras de los bolivianos, basándose única y exclusivamente en su ascendencia india y africana.

Por su parte, un anónimo que firmó con el seudónimo de Alepo una relación fechada en Antofagasta el 28 de febrero de 1879, se preguntó si acaso los naturales de Bolivia estarían a la altura de los chilenos. En su carta, publicada en El Atacama de Copiapó tres días después de elaborada, inquiría: “¿Qué podrán contra el espíritu levantado de los hijos de C. Henríquez, O’Higgins, Blanco Encalada y demás valientes, los indios de Illimani?” (El Atacama, 3 marzo 1879), haciendo una comparación simbólica del ascendente indígena de los bolivianos con la de los chilenos, identificando a estos últimos con los próceres de su revolución independentista. Estos tenían un origen hispano criollo y vinculados al mundo de las letras como el sacerdote Camilo Henríquez, o militares y de hombres de Estado, tales como Bernardo O’Higgins y el almirante Manuel Blanco Encalada.

Esa opinión era transversal en la sociedad chilena. Por ejemplo, en el periódico El Nuevo Ferrocarril se publicó una sátira que muestra las “Fisonomías del ejército aliado”, refiriéndose en especial a los prisioneros aliados tomados tras el desembarco de Pisagua (2 noviembre 1879). En la oportunidad, el dibujante resaltó de manera crítica los rasgos étnicos amerindios y negroides de muchos de los soldados aliados tomados por los chilenos, homogeneizando a los enemigos de Chile en la Guerra del Pacífico (Figura 1).

Fuente: El Nuevo Ferrocarril, Santiago, 4 diciembre 1879.

Figura 1 Sátira publicada en el periódico El Nuevo Ferrocarril

Por su parte, en la visión de Florentino Salinas, efectivo del regimiento Aconcagua que participó de las expediciones a Lima y a la Sierra, el bajo pueblo del Perú estaba compuesto en su mayoría por negros e indios. Los definió como “seres aquellos de costumbres depravadas e instintos innobles y groseros, que corrompen el corazón del pueblo naciente”. En sus palabras, no solo reparó en su ascendencia indígena y africano, sino en la supuesta influencia negativa sobre el resto de la población, que impedía la posibilidad de desarrollo del Perú. Además, aseguró que “la oscura sangre” se encontraba repartida “en todas las esferas sociales” incluyendo la clase alta limeña, pues “son muy pocas las familias donde no haya llegado el moreno color, presentando por esto las fisonomías, muchas faces difíciles de distinguir, entre el color pálido-mate de los criollos y el zambo, el mulato, el moreno y el negro” (Salinas, 1893). De esa manera, Salinas escribió desde su superioridad autoasignada como hombre con sangre más o menos blanca, recalcando que el carácter negativo atribuido a cholos, indígenas y negros, apelando a las clasificaciones raciales coloniales tales como zambo y mulato, también era extensivo y transversal en la sociedad peruana. Los observadores extranjeros de la Guerra del Pacífico también hicieron notar el marcado ascendente mestizo e indígena de la población y ejército del Perú. Por ejemplo, el médico F. Santini señaló en sus memorias de su viaje por el mundo realizado entre 1879 y 1882 sirviendo a bordo de la corbeta de la Armada Real italiana Garibaldi, que la caballería peruana estaba compuesta casi en su totalidad por “negros y zambos” y la “curiosa” infantería por “indios y cholos” (1895). Del mismo modo, el también italiano Pietro Perolari-Malmignati aseguró que en términos raciales el Perú estaba conformado por cuatro grupos principales: indígenas, negros, blancos y chinos, cuya sangre se mezclaba aleatoriamente: “In fatto di razze, i peruviani ne distinguono quatro principali, cioe gli indiani o indigeni, negri o zambos, i bianchi e i chinesi” (1882).

En síntesis, para los chilenos el Perú, y en especial Bolivia, además de ser naciones pobladas mayoritariamente por cholos, eran consideradas como inferiores pues también se les estimaba políticamente inestables, debido a los constantes golpes de Estado, motines y revoluciones ocurridos durante su trayectoria como naciones independientes (Sater, 2016). Así fue como desde el inicio hasta el final de las hostilidades, la población mestiza e indígena, y en definitiva las sociedades de los países aliados en su conjunto, no fueron reconocidas por los chilenos como adversarios que se encontraran a su mismo nivel a la par suya. En su mirada, la naturaleza débil e incivilizada de esos pueblos fue suficiente para demostrar su inferioridad intrínseca, la cual, según los testimonios de la época, quedaría de manifiesto en el enfrentamiento que se iniciaba.

Los cholos arrancan como ratones ”:

El comportamiento de indígenas y cholos en el campo de batalla

La narrativa testimonial de la Guerra del Pacífico es riquísima en relatar y describir lo ocurrido en los encuentros armados registrados durante los años del conflicto. En ella se mezclan la exaltación patriótica y el chauvinismo nacionalista con la relación detallada de las urgencias por la sobrevivencia en el combate. En ese contexto, los memorialistas chilenos reservaron un espacio destacado para contar vívidamente y a ras de suelo, cómo fue su participación en las acciones bélicas en cuanto tales. Del mismo modo, se hicieron cargo de manifestar sus apreciaciones respecto del proceder de sus enemigos cuando los enfrentaron cara a cara, midiendo y comparando así sus propias capacidades colectivas e individuales en cuanto combatientes, para cumplir con sus obligaciones de soldados y preservar su vida ante la azarosa suerte en el campo de batalla.

La caracterización realizada por los chilenos respecto de la actuación de cholos e indígenas en el campo de batalla se asoció a su supuesta cobardía y exiguas capacidades combativas. Los memorialistas apuntaron a que peruanos y bolivianos eran temerosos y pérfidos por naturaleza, idea que se asentó transversalmente, tal como se señaló en el apartado anterior, entre los chilenos desde el inicio de la guerra. El primer ejemplo se puede observar en las palabras de un oficial anónimo de la cañonera Magallanes, la cual se enfrentó a las naves peruanas Unión y Pilcomayo en la escaramuza de Chipana (Campaña Marítima, 12 abril 1879). En la oportunidad, el buque chileno logró evadir la presencia de sus perseguidores, luego de un intenso intercambio de disparos. Al confirmarse el hecho de que los peruanos cesaban la cacería, un tripulante de la Magallanes exclamó: “¡Piab! Ya se acholaron los cholos!” (Los Tiempos, 23 abril 1879). En esa expresión el marinero chileno reforzó metafóricamente la idea de la cobardía intrínseca de los peruanos, asegurando que la condición de cholo, entendida como asustadizo, aumentó a través del acholamiento. De la misma manera, otro desconocido escribió que luego de terminado el combate de Los Ángeles (Campaña de Tacna y Arica, 22 marzo 1880), “los cholos que huían como unos conjurados perseguidos por el yatagán de mis compañeros” (El Constituyente, 15 abril 1880). Asimismo, en su relación de la batallas de San Juan y Chorrillos (Campaña de Lima, 13 enero 1881) Hipólito Gutiérrez, soldado del regimiento Chillán, anotó que durante la parte más encarnizada de la lucha, “Vamos avanzando lijero que ya se van arrancando estos cholos cobardes, maricones”. A renglón seguido, Gutiérrez aseveró que “los cholos se [a]rrancaban de una trinchera y se mudaban más a retaguardia a otras trincheras que tenían en todos los cerros que habían tenían trincheras y polvorazos y torpedos” (Gutiérrez, 1976). Esta frase hace alusión al uso por parte de los defensores de la línea de San Juan de minas terrestres, arma considerada como impropia, deshonrosa y alejada de las leyes de la guerra por los chilenos durante los años del conflicto, razón por la cual la soldadesca tomó duras represalias contra sus símiles aliados (Villalobos, 2002). Un testimonio similar al de Gutiérrez ofreció el corresponsal de La Libertad de Talca, quien aseguró que durante el combate los chilenos “apenas dieron a la carga a la bayoneta, los cholos arrancaron” (La Libertad, 28 enero 1881). Apreciaciones como las recién citadas asociaron la condición de cholo e indígena con la de cobarde o maricón, atribuyéndoles características de comportamiento inapropiadas y deshonrosas que no coincidían con el ideal del guerrero masculino, viril y honesto al momento de enfrentar al enemigo. Incluso podría tratarse de un sinónimo de homosexual. En efecto, según el Novisimo Diccionario Manual de la Lengua Castellana de Diego de Mora, la palabra maricón se define como “afeminado y cobarde” (1857).

Los testimonios contemporáneos fueron más allá. En algunos de ellos se aseguró que la sola presencia de los chilenos bastaba para hacer que sus enemigos huyeran en busca de refugio. El enviado especial del periódico La Patria de Valparaíso, refiriéndose a un episodio de la batalla de Miraflores (Campaña de Lima, 15 enero 1881) que selló la entrada de los rotos a la “Ciudad de los Reyes”, señaló que ante la aparición de la caballería chilena, “Los jinetes cholos huyeron al simple amago, razón por la cual los nuestros se fueron en derechura sobre la infantería enemiga” (Relación completa de las batallas de Chorrillos y Miraflores escrita en el teatro de la guerra por el corresponsal de “La Patria”, 1881). Asimismo, El lunes 31 de enero de 1881 -días después de las dos grandes batallas que decidieron la suerte de la capital del Perú y después de visitar el Palacio de la Exposición de Lima, utilizado como hospital donde se encontraban muchos de los heridos chilenos y peruanos producidos tras el combate-, el sargento Justo Abel Rosales de la dotación del regimiento Aconcagua anotó en su diario que “Ahí estaban los mismos cholos de Chorrillos y Miraflores, tan bravos de boca cuando nos veían lejos. Parece que estaban muy atendidos. Les veía caras negras, pero satisfechas, en medio de los blancos pliegues de las sábanas” (Rosales, 1984). Sus palabras denotaron todo el rencor y desprecio que sentía Rosales por sus enemigos las cuales, además de subrayar su supuesta cobardía, reparaban en su condición étnica contrastando la piel oscura con la blancura de la ropa de cama.

Pese a la infravaloración recalcada de manera trasversal por los chilenos en sus testimonios de guerra, no todo fue denostaciones contra los aliados Perú-bolivianos. Hubo algunos combatientes que repararon, y dejaron por escrito, el valer de cholos e indígenas como adversarios en la batalla. Por ejemplo, Juan de Dios Galecio, que durante la guerra sirvió en el regimiento Chillán, se refirió a lo que observó luego de superar junto con sus camaradas de armas un sector de la línea fortificada de San Juan (Campaña de Lima, 13 enero 1881): “Momentos después, se veían miles de cholos muertos en su puesto por los soldados chilenos”. Empero, señaló que vio a “grandes grupos que tomaban la más vergonzosa fuga” (La Discusión, 11 enero 1883). Del mismo modo, el sargento Pedro Vera del regimiento Concepción se refirió de manera favorable al comportamiento de sus enemigos en la batalla de Huamachuco (Campaña de la Sierra, 10 julio 1883), el último gran combate de la guerra que selló el destino del enfrentamiento y permitió la firma del Tratado de Ancón entre el gobierno chileno y el general peruano Miguel Iglesias:

[N]uestros rotos tomaron nueva pujanza y en menos de una hora de crudísimo tiroteo recobraron su frente haciendo retroceder al enemigo, donde los cholos se mantuvieron firmes como una roca, contestando el nutrido fuego de nuestros batallones con más nutrido tiroteo de su parte (La Esmeralda, 12 agosto 1883).

Con todo, pese a reconocer el empeño de sus enemigos, ambos relatos colocaron en relieve la superioridad de la hueste chilena.

Por otra parte, en algunos de los testimonios, peruanos y bolivianos fueron desprovistos alegóricamente de su condición humana y reducidos a la de animales miserables que, en derrota, fueron perseguidos y cazados por los chilenos. Un soldado anónimo de la Artillería de Marina relató con orgullo a su madre que luego de finalizada la batalla de San Francisco (Campaña de Tarapacá, 19 noviembre 1879), “los cholos arrancan como ratones y el [regimiento] Atacama tomó 9 piezas de artillería”. De la misma manera, otro desconocido dirigió una carta a un amigo en la cual señaló que en el combate de Los Ángeles (Campaña de Tacna y Arica, 22 marzo 1880), apenas llegados a la cima de la cuesta que debían asaltar, y luego de escuchar el toque de ataque por parte del corneta de su unidad, “partimos como un rayo contra los cholos quienes al vernos en tal actitud escaparon despavoridos a ocultarse en el vecino bosque. Mucho los perseguimos y después de cazar a once reunimos al grueso de la división” (Diario de la Guerra, 16 abril 1880). Igualmente, un efectivo chileno que protegió su identidad bajo la firma “X. X. X.”, aseguró que terminado el combate de Buena Vista, también conocido como de Sama (Campaña de Tacna y Arica, 18 abril 1880), “me acordé entonces de mis hábitos de cazador, y no pudiendo manejar mi sable, tomé la carabina de uno de nuestros soldados que estaba rendido de cansancio, y con ella volví a hacer mis ensayos de puntería sobre los pobres cholos que, aunque ligeros como un gamo para la fuga, no lo eran, sin embargo, tanto como las tórtolas y perdices que cazaba al vuelo en el potrero de las acacias” (El Ferrocarril, 7 mayo 1880). En una anotación similar, el cirujano Guillermo Castro señaló que en las postrimerías de la batalla del Alto de la Alianza (Campaña de Tacna y Arica, 26 mayo 1880), “después de declarar en derrota al enemigo los soldados nuestros cazaban en el bosque, al oeste de la ciudad, a los cholos y cuicos como a pájaros o animales salvajes feroces” (Castro, 1986). Respecto de este último fragmento cabe mencionar que en Chile el vocablo cuico era utilizado en oportunidades para individualizar a los bolivianos (Rodríguez, 1875). Asimismo, “Demetrio” escribió a “Rómulo”, comentándole que tras la carga dada por su unidad contra los peruanos en la batalla de Miraflores, “vi que los cholos, como los pájaros, volaban en dispersión” (El Estandarte Católico, 28 enero 1881). En ese mismo sentido, un capitán anónimo del batallón Coquimbo, en su diario publicado en el periódico El Correo de la Serena, comentó que días después de la batalla del Alto de Alianza, los prisioneros de guerra aliados fueron internados en Tacna y “ya la catedral del pueblo está casi repleta de esos pájaros” (Diario de un capitán del batallón Coquimbo n° 1…, 2014). En perspectiva, esta forma de representar a los combatientes aliados sugiere que se trata de una “deshumanización como infrahumanización”, es decir, la construcción de un “otro” a partir de la cimentación de la identidad propia procedente de un paradigma etnocéntrico derivado de la identidad social de los individuos, atribuyéndose para sí mismos las características humanas básicas (Rodríguez, 2007).

El contacto más directo de los memorialistas chilenos de la Guerra del Pacífico con los indígenas andinos, tanto como adversarios en combate y en el trato cotidiano, fue durante la campaña a la Sierra del Perú (1881-1883). Según ellos la naturaleza salvaje de los indios serranos quedó de manifiesto durante aquella penosa incursión a los Andes peruanos. Como se sabe, un gran número de indígenas fue reclutado para formar parte de las guerrillas organizadas por Andrés Cáceres, el “Brujo de los Andes”, para resistir la invasión, constituyéndose así en su columna vertebral. Cabe señalar que mucha de la actitud belicosa de los indígenas se fundamentó en que los chilenos desarrollaron en la Sierra un tipo de guerra diferente de la utilizada hasta el momento. Al enfrentar a fuerzas irregulares y ante las deficiencias logísticas que enfrentaron, las tropas de La Moneda hicieron sentir el peso de la campaña en la población civil, es decir, impusieron cupos de guerra, incautaron alimentos, confiscaron propiedad privada y realizaron juicios sumarios contra los insurgentes, muchos de los cuales culminaron en fusilamientos. Aquello implicó que la resistencia a la incursión y a las guarniciones fuera más enconada, en tanto se percibió a los chilenos como un invasor que oprimió a la población tanto blanca, mestiza y autóctona (Bulnes, 1919).

Pese a que los chilenos impusieron la superioridad de sus armas en muchas de las oportunidades en que se enfrentaron con las montoneras, nunca lograron establecer por completo el control efectivo de la zona. Así es como en varias acciones los chilenos se vieron superados por sus adversarios. Pese a ello, a ojos de los contemporáneos, incluso en la derrota los chilenos fueron superiores a los naturales serranos. El corresponsal de El Coquimbo de La Serena relató en marzo de 1882 cómo una columna de caballería chilena fue atacada con galgas2 por una montonera en los alrededores de Huancayo. Pese a la superioridad de los atacantes, según el cronista los jinetes chilenos “seguían en marcha siempre valerosos, en este desigual combate, manteniendo a raya a los enemigos y despachando a la eternidad a cuantos podían tener al alcance de sus carabinas”. Empero, ante la supremacía de sus adversarios el oficial al mando decidió retirarse y “emprendió con los suyos esta penosa retirada que será uno de los titulares de honor que más enaltecerá el nombre chileno” (El Coquimbo, 10 abril 1882). A juicio del mismo escritor, el alzamiento de los naturales de la Sierra peruana fue atizado por los emisarios del ya mencionado Andrés Cáceres “por sus falaces y traidoras promesas”. Así, los indígenas se convirtieron en “retemplados defensores de la patria peruana, que para ellos no ha sido otra cosa, en toda circunstancia, que cruel e inexorable madrastra”. Sin embargo, aseguró el cronista, “en poco tiempo más aplazaremos con un escarmental [sic] que no les quedará la gana de molestarnos otra vez con sus ridículas bravatas” (El Coquimbo, 2 mayo 1882). Así entonces, además de su natural tendencia a la barbarie, los naturales andinos carecerían de virtudes patrióticas.

Son puros cholos en aspecto y origen ”: La apariencia de cholos e indígenas andinos

Una de las categorías donde se estableció con especial énfasis la diferenciación y visión despectiva por parte de los chilenos respecto de peruanos y bolivianos, provenientes del bajo pueblo y de la masa indígena que les tocó en suerte enfrentar, fue al momento de describir y caracterizar su apariencia física y atuendos, distinguiendo y enfatizando su fisonomía, actitud y características amerindias. En efecto, a casi un mes de finalizada la campaña de Tacna y Arica (marzo-junio de 1880), marcada por la conquista chilena de la provincia de Moquegua y, más importante aún, el fin de la cooperación efectiva de peruanos y bolivianos tras el revés que sufrieron en el Campo de Alianza (26 de mayo), un grabado publicado en El Ferrocarrilito el 7 de julio de 1880 muestra a uno de los soldados de Nicolás de Piérola, encargados de la defensa de la “Ciudad de los Reyes”, como un personaje desgarbado, de baja estatura, de rasgos simiescos y de aspecto timorato (Ibarra, 2015b). (Figura 2). Es en esta categoría donde se manifestó con mayor fuerza el rasgo etnográfico presente en los testimonios contemporáneos chilenos de la Guerra del Pacífico. Así es como se presentó de manera más evidente la construcción de un “otro” distinto al chileno, que poseía características propias que les llaman la atención y les permiten construir un relato de alteridad funcional a los tiempos de guerra y a la negación de sus enemigos, anclado en la dicotomía civilización-barbarie.

Fuente: El Ferrocarrilito, 7 de julio de 1880.

Figura 2 Caricatura satirizando a los futuros defensores de Lima. 

Los chilenos reservaron un espacio de sus crónicas de guerra para registrar sus impresiones respecto de la apariencia de cholos e indígenas. Uno de ellos fue el oficial del regimiento Esmeralda Alberto del Solar, quien en su Diario de campaña, escrito en Francia años después de terminado el conflicto, rememoró el semblante y condiciones en que se hallaron los efectivos Perú-bolivianos heridos que fueron capturados como prisioneros de guerra, tras la victoria chilena en el Campo de Alianza. En la oportunidad, Del Solar diferenció el estado de ánimo de peruanos y bolivianos. Respecto de los primeros afirmó que “Los pobres cholos llevan un aire de víctimas sacrificadas y de cierta expresión de dulzura en el semblante”. En cambio, de los altiplánicos señaló que “parecen tener más conciencia de que han caído prisioneros y denotan una especie de ferocidad rebelde que no les va mal”. En resumen, aseguró: “¡Cómo se ve la diferencia de caracteres entre ambos pueblos!” (1967). Pese al elogio formulado respecto de los bolivianos, en sus palabras se distingue un importante dejo de paternalismo, superioridad e incluso compasión con el enemigo derrotado.

Otro rasgo en el cual fijaron su atención los memorialistas fue la apariencia física y vestimenta de cholos e indígenas andinos. Justo Abel Rosales, ya individualizado, mientras se encontraba junto con su unidad en pleno proceso de adiestramiento militar en Antofagasta durante febrero de 1880, relató uno de sus primeros encuentros cara a cara con los efectivos aliados. Se trató de cuatro prisioneros de guerra llegados desde Pisagua, a los que definió como “cholos en su aspecto y origen”; sin embargo aseguró que “a los que he oído hablar me han hecho a formar de ellos buena opinión, porque revelan inteligencia”. Del oficial que venía entre los cautivos afirmó: “gordo y de color de esas esteras de totora que se venden a gritos en todas partes de Chile. Su cara es la figura exacta de un perro presero”. Pese a lo anterior, señaló en particular que: “uno de esos soldados, natural de la Sierra de Puno, es todo un indio de feísimo aspecto” (1984). En una anotación similar, un anónimo que escribió desde el campamento de Pachía, en los alrededores de Tacna, aseveró respecto de unos “indios serranos”, los cuales llegaron al vivac a reclamar por los animales que aseguraron les habían sido quitados por los chilenos, eran “horribles con sus vestiduras y cara descomunal” (El Mercurio, 28 septiembre 1880). En términos parecidos se refirió Florentino Salinas, a propósito de los naturales de los Andes peruanos que observó durante la expedición de los chilenos a esa zona: “Hombres y mujeres son de físico ordinario” y aseguró también que “sus bronceados rostros solo demuestran sumisión y embrutecimiento” (1893). Igual de crítico, aunque más descriptivo que Salinas, el soldado Abraham Quiroz escribió a su padre Luciano desde Huancayo, en mayo de 1882, afirmando que las mujeres serranas vestían bayeta “y los hombres de lo mismo”, aunque “con un calzón corto”. A renglón seguido subrayó despectivamente que “Son muy feos todos en general”. Tiempo después, nuevamente desde Huancayo aunque en abril de 1884, Quiroz comentó a su progenitor que el rostro de las féminas indígenas “es redondo; la nariz un poco chata, la boca grande, los labios regulares, los ojos negros chicos, las orejas proporcionadas, la cejas y el pelo negro. Este último lacio y un poco corto” (1976). En la misma línea que Quiroz, Alberto del Solar delineó a las mujeres que acompañaron a los soldados durante la campaña militar, las rabonas, como “chatas de cara, y de cuerpo robustas, desgreñadas” (1967). Por su parte, Justo Abel Rosales se refirió a la apariencia de los cadáveres de los peruanos en las batallas de San Juan y Chorrillos. Puntualmente, describió el estado en que se encontraba uno de ellos al momento de pasar él y sus camaradas de armas por el lugar donde se había desarrollado el combate: “Uno de ellos estaba quemándose y era un negro de feísimo aspecto, aunque sobre esto último no hay que hablar, pues el cholaje muerto es de lo más feo que en mi vida he visto” (1984).

Del mismo modo, los chilenos también fijaron su atención en el modo de vestir de los cholos e indígenas andinos. Con gran detalle, Florentino Salinas señaló que el “traje de los indios es tosco y sencillo”. Según la misma descripción, el de los varones consistía en “una especie de chamarra de bayeta, manta corta, sombrero de paño fabricado por ellos mismos, y que tiene la forma de cono truncado, calzón ancho y corto hasta las rodillas, y de estas, medias gruesas hasta los pies, que generalmente calzan con ojotas plegadas en forma de zapato rebajado, y que llaman usutas” (1893). Según Abraham Quiroz los indios vestían:

Bayeta negra gruesa, pantalón corto muy ancho, abierto en los costados, chaqueta hasta la cintura ajustada al cuerpo, un poncho grueso, sombrero grande color de los animales pacientes, borricos, y ojotas ajustadas en la punta del pie, formando verrugas, dejando el resto en descubierto (1976).

Además, llamó la atención de un soldado anónimo el que algunos de los nativos usaran “dos mechones de pelo que se dejan crecer por delante de las orejas y les cae hasta la barba” (El Mercurio, 28 septiembre 1880). Por su parte, las mujeres “visten del mismo género ajustándose al cuerpo, en forma de hábito, una bata hasta poco más debajo de las rodillas, y no hay más que el hábito”, además, “Se ponen un pedazo cuadrado de Castilla que varía en todos el color. No son muy uniformes en esto. En forma de talma, se abrochan hasta la garganta, y con otro pedazo igual se cubren la cabeza, doblándolo en tres o cuatro partes” (1976).

Asimismo, Salinas observó que ellas usaban una “pollera corta de bayeta de color oscuro, sujeta a la cintura con una huincha pintada de todos colores, rebozo de la misma tela, suelto sobre los hombros y prendido al pecho con un raro alfiler, y montera, esto es, una especie de sombrero de paño con labores y de pésima hechura” (Salinas, 1893). Al respecto, Alberto del Solar anotó que las féminas indias vestían “bayetas de colores fantásticos” y “muchas de ellas llevan sus hijos a la espalda, en una bolsa, a la manera de los indios del Chaco y de Arauco” (1967).

Todos los testimonios citados describen con atención el aspecto de cholos e indígenas andinos, presentándolos como personajes de apariencia extravagante, debido a sus rasgos físicos asociados a las etnias aymara y quechua, muy alejados de los estándares de vestimenta imperantes en Chile, tanto en los altos estratos sociales como en el bajo pueblo.

El Perú es solo civilizado en la costa ”: La cultura y costumbres de los cholos e indígenas andinos

Superada la primera impresión del encuentro con individuos y comunidades que tenían características étnicas distintas a las que estaban acostumbrados, los chilenos se relacionaron con cholos e indígenas en distintos contextos. Por necesidad o curiosidad, algunos de quienes dejaron testimonio escrito de sus experiencias durante la Guerra del Pacífico tomaron contacto y registraron sus ideas e impresiones respecto de la relación que a diario tuvieron con ellos, especialmente con los aborígenes, y de paso, caracterizaron parte de su cultura y costumbres.

La lengua utilizada por los indígenas, quechua principalmente, fue uno de los elementos más llamativos para quienes no estaban familiarizados con otro idioma que no fuera el español. Alberto del Solar, quien se relacionó con los indígenas que se encontraban en Moquegua, afirmó que aquellos “Hablan un idioma especial que no es precisamente el quichua, y que se asemeja más al aimará, pero que, probablemente, participa de ambos” (1967).

De la misma manera, durante su permanencia en la Sierra del Perú, los chilenos hicieron notar la forma particular del habla de los habitantes autóctonos de la zona, vinculándola directamente con su grado de “civilización”. En mayo de 1882, el soldado Abraham Quiroz escribió desde Huancayo a su padre, haciéndole notar que en ese momento él y sus camaradas de armas se encontraban “en medio de indios salvajes”. A continuación agregó: “El Perú es sólo civilizado en la costa”, y de inmediato: “Aquí no se encuentra gente que hable el castellano sino el quichua”. En efecto, el propio Quiroz en una misiva de junio del mismo año 1882, esta vez escribiendo desde Cerro de Pasco, reparó nuevamente en el hecho de que la forma de expresarse de la gente del interior del Perú “es muy diferente del de Lima y así cuando hablan castellano no se les puede entender” (Quiroz, 1976). Similar fue el parecer del soldado del regimiento 2º de Línea Marcos Ibarra Díaz, que en su desgarbada relación de la campaña a los Andes peruanos afirmó que el habla de los naturales “es el quichu. I el limaras idioma que uno no le comprende” (1985). Un matiz introdujo el oficial del 2º de Línea Guillermo Chaparro White, que hizo toda la campaña al Perú y Bolivia y permaneció largos meses como prisionero de guerra en la localidad serrana de Tarma entre julio y diciembre de 1879, quien aseguró que pese a predominar entre los indígenas el quechua “los individuos algo cultos poseen además el castellano”, sin embargo estuvo de acuerdo en que “entre los indios del campo muy pocos pueden darse a entender en otra lengua que la nativa” (1910).

Florencio del Mármol, oficial argentino que sirvió bajo el pabellón peruano durante los años de guerra, hizo un panorama general respecto de las formas de comunicación de los indígenas y de las dificultades para establecer contacto con ellos para un individuo no acostumbrado a hacerlo. En su periplo desde Jujuy a La Paz, Del Mármol sufrió en carne propia la imposibilidad de relacionarse apropiadamente para conseguir los elementos básicos y satisfacer necesidades tales como alojamiento o alimentación, propias de un largo viaje como el que realizó. “Ninguno habla español”, sentenció. Asimismo, aseguró que cualquiera que se internara por aquellos parajes debía conocer algunas palabras básicas de la lengua indígena para establecer un nexo con los naturales, pues “Los indios, duros para entender por señas, o pillos para aparentar que no comprenden, hacen muy difícil su trato sin aquella precaución”. Peor aún, aseguró que “el quichuista no comprende el aymará, y éste no habla el quíchua”, pues “entre cuyos habitantes indígenas no espere encontrar uno solo que le entienda en otra lengua que la suya” (1880). Otro extranjero, el teniente inglés Carey Brenton, que acompañó al cuartel general del Ejército peruano que defendió Lima, afirmó que “por lo general los soldados son indios que no saben otro idioma que el suyo” (Wu, 1986). El italiano Perolari-Malmignati compartió ese pensamiento señalando que para convertir al indio en un buen soldado, debía pasar por dos o tres años de servicio en la milicia pues ellos “no hablan una palabra de español” (1882).

De la misma manera, los memorialistas chilenos se dieron un espacio para referirse a las manifestaciones de religiosidad de los indígenas, las cuales se caracterizaban por ser una expresión del sincretismo producido entre las creencias autóctonas y las traídas por los colonizadores españoles (Bravo, 1993). Durante su estadía en Tarapacá a comienzos de 1880, el presbítero Javier Valdés Carrera escribió al vicario capitular de Santiago Joaquín Larraín Gandarillas, destacando las virtudes como creyentes de los naturales bolivianos con los que interactuó, señalando que en su mayoría “son muy morales, dóciles y religiosos”, pese a que “han estado durante mucho tiempo servidos por curas que los escandalizan en vez de moralizarlos” (Matte, 1983). Un aspecto que llamó la atención de los chilenos fue cómo los indígenas se encomendaban al Dios de los católicos al momento de enfrentarse en batalla en su contra. Entrevistado por Armando Donoso, Jorge Boonen Rivera -quien hizo la campaña al Perú y Bolivia de inicio a fin como oficial subalterno- señaló que uno de los errores cometidos por el dictador Nicolás de Piérola en la defensa de Lima fue “hacer confesar a los indios que constituían la mayoría de sus fuerzas”, quienes “sólo se confiesan en artículo de muerte”, lo cual provocó la “depresión de ánimo de la mayoría del ejército” (Donoso, 1947). Por su parte, el general Estanislao del Canto aseguró que en el ataque de las montoneras de Cáceres contra los chilenos en Nahuelpuquio del 5 y 6 de abril de 1882 (Campaña de la Sierra), los indígenas sobrevivientes se acercaban a la tropa chilena y “se hincaban implorando les diese la muerte para salvarse”, por cuanto un sacerdote que murió en la escaramuza “les había dicho que el que falleciese en ese día, peleando con la tropa chilena, se salvaría irremediablemente, porque tendría la dicha de expirar en Viernes Santo, aniversario de la crucifixión de Nuestro Señor”. Aquello fue calificado por el oficial como una muestra de su “fanatismo e ignorancia”. Además, aseguró que en la ocasión “mayor habría sido el número de muertos, si los oficiales chilenos no hubiesen mandado suspender el fuego de la tropa, al notar que aquellos desgraciados eran más ignorantes que ofensivos” (2004).

En la misma excursión a los Andes peruanos, Florentino Salinas observó cómo los indígenas del poblado de Ihuarí se escandalizaron porque los chilenos decidieron alojarse en la iglesia local debido a la intensa lluvia que caía, pues “creían así profanado el templo que elevaban sus oraciones a Tata Dios”. En la misma oportunidad, señaló que los naturales de la zona aprovechaban la muerte de algún miembro de su comunidad para darse a “los placeres de Baco”, bebiendo “el chactas, aguardiente que los pone en estado de delirio” y realizando “bacanales” donde “bailan, cantan y beben a la salud del muerto”. A propósito de su sistema de creencias, Salinas afirmó que “los indios son muy piadosos, porque todo lo creen” y “sus fiestas religiosas las impregnan de un pintoresco paganismo, pues, concluidos los rezos, y en el mismo sitio de la festividad, cantan, beben, bailan y tiran voladores con un fervoroso entusiasmo”. Además, “tampoco reparan en que los objetos del culto, como ser estatuas o imágenes de santos, representen con verdad el misterio o versión histórica que se les atribuye”. Aquello pues en un pequeño templo le llamó poderosamente la atención que a una figura del arcángel Gabriel, a falta de la espada que le caracteriza, le fue puesta una “escopeta antigua de chispa” (1893).

A propósito de sus costumbres a la hora de los festejos, un soldado anónimo comentó que el baile particular de los indígenas de la zona de Moquegua se caracterizaba por las “piruetas y palmoteos de manos” y que “en los movimientos se parecen al can can” (El Mercurio, 28 septiembre 1880). Más descriptivo, el ya citado Florentino Salinas se refirió a la danza practicada por los aborígenes del interior de Chancay, caracterizándola como “monótono y triste y le llaman cáchua”, para la cual “se toman de las manos en círculo, y dan vueltas al compás de algún instrumento músico de los que usan ellos, subiendo y bajando la cabeza y volteándola hacia los lados”. En el caso de la despedida de un cercano que se ausentara por algún tiempo, esta se denomina “cacharrihuai”. Su bebida principal es la chicha de jora, la cual “hace el principal papel en estas zandungas, y la beben en grandes vasos de cristal, o más comúnmente en potos, tales llaman la mitad de un mate de regulares dimensiones”. Según su relato, terminada la fiesta todos duermen la borrachera juntos, así “en un mismo lecho, padre, madre, hermanos, maridos, amantes, etc., etc.” Por esta razón, a ojos de Salinas, “los indios son muy inmorales” (1893). Según el relato del corresponsal de El Coquimbo de La Serena los días de festividad, como los días de chaya, eran para los nativos “una fiesta de inmoralidad y borracheras” (El Coquimbo, 11 abril 1880). En efecto, pese a que Guillermo Chaparro consideró que el comportamiento general de las mujeres indígenas era de “una moralidad intachable”, afirmó que “en las fiestas públicas no es raro ver viejas ebrias cometiendo inconveniencias” (1910).

Los comentarios recién citados asocian el abuso del alcohol a la incivilización y a las faltas a la moral cristiana, desconociendo el componente social que su uso tenía para las comunidades. Para esos grupos la borrachera era vista como un tiempo de reafirmación comunitaria en tanto permitía la creación de un espacio para la construcción o renovación de identidades y solidaridades, así como también la solución de conflictos derivados de rivalidades cotidianas (Castillo, 2001).

Asimismo, Florentino Salinas se refirió a la música de sus quenas, su instrumento característico, de las que reconoció que sus “voces o sonidos son tan quejumbrosos, apasionados y tiernos, que llegan al alma”, y “fúnebres y patéticos” hacen que “el corazón se sienta inundado de un dolor y sentimiento inexplicables”. También le pareció triste el yaraví, canto del cual “cada nota, cada apoyatura, conmueve dolorosa y tiernamente el corazón, y no puede escucharse sin lágrimas en los ojos” (1893).

Tienen aspecto humilde y triste ”: La personalidad de cholos e indígenas andinos

La personalidad y forma de interactuar de cholos e indígenas andinos con quienes no pertenecían étnica y culturalmente a sus comunidades -los “blancos” y, por extensión, los invasores chilenos- también ocupó un espacio en la narración de los memorialistas de la Guerra del Pacífico. En general, los naturales del Perú y Bolivia fueron identificados como tímidos, temerosos, afligidos, cazurros, aduladores y de carácter en general dócil. Aquello se constituyó en una mirada similar a la que tuvieron de ellos los cronistas españoles coloniales (Morong, 2013). En efecto, un anónimo que escribió desde la oficina salitrera de Santa Catalina de Tarapacá a fines de febrero de 1880 comentó que todos los días llegaba al vivac chileno un grupo de “indios peruanos o bolivianos” a intercambiar los productos de la tierra que ellos cultivaban, y otros derechamente a pedir comida, que manifestaban “mucho temor al ejército peruano” (El Censor, 11 marzo 1880). Por su parte, Guillermo Chaparro aseguró que “los indígenas tienen aspecto humilde y triste”. Además, subrayó el carácter servil que demostraban ante la presencia de los chilenos por cuanto “un fruncimiento de cejas de un oficial chileno bastaba para que el indio temblara de pie a cabeza y pidiera misericordia”. En definitiva, a ojos de Chaparro, los indígenas carecían “de fuerza, gracia y valor, siendo, por consiguiente, un tipo nada interesante y bastante antipático” (1910). Del mismo modo, el argentino Florencio del Mármol comentó que mientras hacía el viaje entre Jujuy y La Paz, presenció cómo en cada pueblo había “un grupo de indios e indias sentados al sol, silenciosos, alzando apenas los ojos a presencia del viajero, y ocupados en rebuscar en la cabeza del vecino que la recuesta en su falda, el parásito inmundo de que se sirven como alimento” (1880). A juicio de Florentino Salinas, “su carácter primitivo no lo han perdido con la civilización moderna, que no llega hasta ellos ni quieren admitir”. Sin embargo, en palabras del propio Salinas, la “tristeza de su suerte [que] parece avasallar sus almas, apocando aún más su pasiva condición” se fundamentó en la memoria ancestral asociada a la “malignidad de sus conquistadores” y los hizo “huraños y desconfiados con los blancos” (1893). Un inglés, el teniente Carey Brenton, aseguró que cholos e indígenas “no son de naturaleza belicosa y es la gente más pasiva, dócil y de mejor naturaleza que jamás he visto” (Wu, 1986). Por último, el oficial francés M. Le León, extranjero y espectador neutral de las campañas de la guerra, comparando la personalidad de los individuos del bajo pueblo de Chile y Perú, afirmó que mientras “el roto chileno tiene la fuerza de la resistencia; en el cholo hay resignación melancólica” (1969).

Sin embargo, pese a ser señalados como dóciles y temerosos, también fueron individualizados como bárbaros, merced a sus costumbres ya delineadas en el apartado anterior, y además por su comportamiento agresivo cuando se encontraban en masa. Es decir, convivían en ellos un carácter taciturno al encontrarse solos y otro agresivo al momento de llevar adelante acciones grupales. Guillermo Chaparro afirmó que “esos individuos tan ruines, se transforman en fieras humanas cuando tienen abrumadora superioridad numérica sobre su enemigo” (1910). Algo similar anotó el corresponsal de El Coquimbo, quien en marzo de 1882 afirmó que “el indio, manso y humilde al parecer, es traicionero y feroz como todo cobarde cuando se ve en mayor número” (El Coquimbo, 11 abril 1880). Por su parte, en una visión general y positiva del recluta boliviano en general, el oficial estadounidense Theodorus B. M. Mason opinó que la población general boliviana estaba formada por indígenas, los cuales eran “guerreros por naturaleza”, y “eran en su mayoría indios que mostraban resistencia y valor a toda prueba, sumisos e incansables en las marchas” (1971).

Colofón

Los escritos de quienes fueron primeros partícipes u observadores de las alternativas de la Guerra del Pacífico no solo dejaron registro del derrotero de la campaña militar o de sus experiencias cotidianas. También dieron cuenta de muchas de sus apreciaciones respecto de las personas con las que interactuaron y el territorio que recorrieron. Un aspecto en el cual repararon los memorialistas chilenos del conflicto de 1879 fue la opinión que generó en ellos el contacto con mestizos del bajo pueblo, denominados comúnmente cholos, e indígenas andinos.

Por tratarse de escritos que tienen la forma y responden a los códigos literarios de los diarios de viaje modernos, en clave discursiva racional y vinculada a la idea ilustrada europea y el paradigma moderno del progreso dominante durante el siglo XIX. Se trató también de la recopilación de experiencias vitales asociadas a un periplo por tierras desconocidas, lejanas y en gran parte exóticas, que además adquirieron el carácter de una descripción etnográfica. En ellos presentaron a sus lectores las características que más llamaron su atención respecto de los lugares visitados y de las comunidades que los habitaban. Esas impresiones fueron entregadas a sus familiares, en el caso de los epistolarios privados, y también al gran público lector interesado en los temas de la guerra, para quienes publicaron sus cartas y crónicas en la prensa contemporánea al conflicto o en memorias y epistolarios que vieron la luz en años y décadas posteriores.

En las narraciones chilenas contemporáneas a la Guerra del Pacífico, y dedicadas a la descripción de cholos e indígenas andinos, se constata la creación de una retórica y discurso asociados a la construcción de un “otro”, basados en la dicotomía entre civilización y barbarie, que les desplazó a un plano de inferioridad a partir del cual se diferenció simbólicamente a chilenos de aquellos del bando contrario aliado. Así, las expresiones contenidas en esos documentos fueron un medio más de negación del adversario en la guerra, ancladas en prejuicios provenientes de la época de la conquista de América y los siglos coloniales españoles, que perduraron luego de las revoluciones de la Independencia, proyectándose en el período de la construcción del Estado Nacional republicano. Por cierto, su mayor intensidad se materializó durante la Guerra del Pacífico, tiempo en el cual se produjo una exacerbación de la retórica y discurso nacionalista, materializado en el encono transversal contra todo cuanto tuviera relación con el Perú y Bolivia, permaneciendo con gran intensidad luego de finalizado el conflicto y durante la época de la chilenización de Tarapacá, Arica y Tacna. En definitiva, son parte de un fenómeno de larga data en América Latina: la estigmatización respecto de quienes escapan del modelo de comportamiento eurocéntrico, burgués, racional e ilustrado, y también de aquellos que poseen rasgos étnicos mestizos e indígenas. Esto explica cómo la estigmatización chilena hacia cholos e indígenas, y por extensión a toda la población del Perú y Bolivia, no se inició con el estallido del conflicto de 1879.

Cinco fueron los ejes en torno a los cuales se formuló la descripción, retórica y discurso respecto de cholos e indígenas andinos en los escritos testimoniales chilenos de la Guerra del Pacífico: una caracterización general de los enemigos de Chile como descendientes de indígenas; su comportamiento en combate; su apariencia física; su cultura y costumbres; además de los rasgos de su personalidad.

Las formas discursivas y retóricas derivadas de la negación de lo mestizo e indígena se materializaron en diversas expresiones. Las categorías de cholo o indio fueron utilizadas como sinónimo de cobardía y vileza. Así también sus costumbres fueron consideradas como primitivas a la luz del canon ilustrado contemporáneo. De la misma manera se les despojó simbólicamente de su condición humana animalizándolos al compararlos con roedores y aves silvestres, convirtiéndolos en objeto de burlas por las derrotas sufridas en batalla y calificándolos, de paso, como malos guerreros, aunque en la realidad hicieron pagar a los chilenos un alto precio por las victorias obtenidas a lo largo de la contienda. Sin embargo, pese a la negación y deslegitimación del “otro”, la Guerra del Pacífico no adquirió las características de un conflicto con una política, implícita o explícita, dirigida al exterminio étnico. El desprecio se mantuvo solo a un nivel retórico y discursivo, que no necesariamente se aplicó a las circunstancias del combate o a las dinámicas asociadas a la ocupación y administración de un territorio enemigo.

En términos generales, se definió la construcción de la alteridad aliada a partir de dicotomías tales como: civilización-barbarie, valentía-cobardía, varonil-afeminado, caballeresco-ruin, y todas aquellas que el lenguaje permita presentar, donde el primer término de los polos correspondía al carácter chileno. Empero, esos “seres de costumbres depravadas” que constituyeron el núcleo del ejército aliado, se transformaron en un hueso duro de roer para los chilenos y les hicieron bregar por cinco largos años antes de lograr imponerse en la Guerra del Pacífico.

Finalmente, el discurso homogeneizador en torno a los valores hispano-criollo-burgués ayudó en parte a cimentar la victoria que los chilenos alcanzaron en la Guerra del Pacífico, en tanto los aglutinó para enfrentar el desafío de un conflicto contra dos países al unísono, los cuales les superaban en población y recursos. Aquello pasó a formar parte del imaginario cultural que se desplegó en el contexto de un enfrentamiento que trajo importantes modificaciones territoriales para los Estados-Nación involucrados, que se transformó en un hito de la historia común de los países beligerantes, cuyas consecuencias en los planos político, económico y cultural se perciben hasta nuestros días.

Agradecimientos

Artículo resultado del Proyecto FONDECYT 11160136 “La guerra íntima: testimonios, experiencias y cotidianidad en la Guerra del Pacífico (1879 - 1883)”.

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El Constituyente. Copiapó. 1879 - 1883. [ Links ]

El Coquimbo. La Serena. 1879 - 1883. [ Links ]

El Estandarte Católico. Santiago. 1879 - 1883. [ Links ]

El Ferrocarril. Santiago. 1879 - 1883. [ Links ]

El Ferrocarrilito. Santiago. 1880 - 1881. [ Links ]

El Nuevo Ferrocarril. Santiago. 1879 - 1881. [ Links ]

El Mercurio. Valparaíso. 1879 - 1883. [ Links ]

La Discusión. Chillán. 1879 - 1883. [ Links ]

La Esmeralda. Coronel. 1879 - 1883. [ Links ]

La Libertad. Talca. 1880 - 1883. [ Links ]

La Patria. Valparaíso. 1879 - 1883. [ Links ]

Los Tiempos. Santiago. 1879 - 1882. [ Links ]

(1879). Lo que es Chile y lo que debe hacerse de Chile (Consideraciones sobre la actual guerra). La Paz: Imprenta de la Unión Americana. [ Links ]

(1881). Relación completa de las batallas de Chorrillos y Miraflores escrita en el teatro de la guerra por el corresponsal de “La Patria”. Valparaíso: Imprenta de “La Patria” - Calle del Almendro. [ Links ]

(2014). Diario de un capitán del batallón Coquimbo n°1 desde la partida de Ilo (III División) hasta la ocupación de Tacna. Cuaderno de Historia Militar, 10, 35-67. [ Links ]

1Esta creación de un “otro”, inferior y bárbaro e incivilizado, también alcanzó a protagonistas de la guerra de otras nacionalidades, cuyos testimonios serán igualmente incluidos en el presente escrito como complemento de la percepción de los chilenos respecto de los individuos del bajo pueblo e indígenas peruanos y bolivianos durante el desarrollo del conflicto. Se trata de M. Le León (francés), Carey Brenton (inglés), Theodorus B. M. Mason (estadounidense), Florencio del Mármol (argentino), Pietro Perolari-Malmignati y F. Santini (italianos).

2Las galgas eran un rudimentario pero efectivo armamento utilizado por las montoneras de la Sierra peruana. Se trató de grupos de grandes piedras, las cuales eran lanzadas en caída libre desde las alturas de cerros o laderas de desfiladeros, arrastrando a otras más pequeñas a su paso, con el propósito de desestabilizar, lastimar o incuso matar a quien recibiera el impacto directo de alguna de las rocas que caían.

Recibido: 20 de Septiembre de 2016; Aprobado: 02 de Marzo de 2017

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