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Estudios atacameños

On-line version ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.63 San Pedro de Atacama Dec. 2019

http://dx.doi.org/10.22199/issn.0718-1043-2019-0019 

Arqueología

Maquetas incaicas en Chiu-Chiu: paisaje y ritualidad agraria en el desierto de Atacama

Inca carved outcrops in Chiu-Chiu: landscape and agrarian rituality in atacama desert

1 Departamento de Antropología, Universidad de Chile. Santiago, CHILE. Email: atroncos@uchile.cl; dsalazar@uchile.cl

2 Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT), Consejo Superior de Investigación Científica. ESPAÑA. Email: cesar.parcero-oubina@incipit.csic.es; pastor.fabregas-alvarez@incipit.csic.es

3 Department of Anthropology, University of New Mexico. ESTADOS UNIDOS. Email: fmh@unm.edu

4 Gestión Arqueológica, CHILE. Email: pablolarach@gmail.com

Resumen:

Una de las manifestaciones de arte rupestre más particulares del desierto de Atacama corresponde a las maquetas rupestres asociadas a la ocupación incaica. En este trabajo caracterizamos un sitio de maquetas rupestres ubicado en el río Loa, en las cercanías de Chiu-Chiu. A partir de sus atributos formales evaluamos su filiación cronológica con el período Inca. A la vez, al considerar su organización espacial interna y su relación con el paisaje, discutimos cómo estas maquetas actuaron como intermediarios entre los humanos y no humanos en la región dentro de una ritualidad agrícola. Finalmente, integramos la ritualidad agraria relacionada con estas manifestaciones dentro de la dinámica ritual y política establecida por el Estado inca en Atacama.

Palabras claves: maquetas incaicas; agricultura; paisaje; desierto de Atacama

Abstract:

Sculpted stone models or maquetas are a distinctive material expression of the inca occupation of the Atacama Desert. In this paper, we characterize a site with stone maquetas located along the Loa River above the town of Chiu-Chiu. Based on its formal attributes, the site can be dated to the Inca period. We consider the site’s internal spatial organization and relationship with the landscape to discuss how the maquetas acted as intermediaries between human and non-human beings in the region as part of agricultural rituality. Finally, we situate the agricultural rituality of the maquetas within the ritual and political dynamics established by the inca state in the Atacama.

Keywords: inca carved outcrops; agriculture; landscape; Atacama desert

Introducción

La ocupación incaica en la región atacameña del norte de Chile se encuentra referenciada en un conjunto de evidencias arqueológicas que sugieren una importante presencia del Tawantinsuyu asociada a la explotación minera, intensificación agrícola, establecimiento de nuevas prácticas sociales y reconformación de paisajes rituales (p.e., Adán y Uribe, 2005; Aldunate, 1991; Aldunate, Castro y Varela, 2003; Berenguer, 2007; Berenguer, Cáceres, Sanhueza y Hernández, 2005; Berenguer y Salazar, 2017; Cornejo, 1995, 1999; Llagostera, 1976; Núñez, 1999; Uribe, 1999-2000; Uribe, Adán y Agüero, 2002; Uribe y Adán, 2004, entre otros). Esta situación implicó la incorporación de nuevas prácticas y materialidades en la región, la transformación de otras, pero también el mantenimiento de algunas de ellas por parte de las poblaciones locales, dando cuenta de una compleja dinámica social, pero también del relevante papel que jugó la cultura material en este proceso histórico.

Una práctica y materialidad de amplia profundidad histórica en Atacama es el arte rupestre (Berenguer, 2004; Berenguer y Gallardo, 1999). Si bien se ha dado una amplia discusión sobre la presencia de un arte rupestre propiamente inca en la región (p.e., Berenguer y Cabello, 2005; Berenguer, Cabello y Artigas, 2007; Gallardo y Vilches, 1995, 2001; Sepúlveda, 2004, 2008; Vilches y Uribe, 1999), parece existir en la actualidad un cierto consenso sobre que las comunidades locales posiblemente mantuvieron sus prácticas de marcado en la roca durante el período Tardío y en asociación a la intromisión del Tawantinsuyu. No obstante lo anterior, hay un tipo de registro rupestre que no ha entrado mayormente en esta discusión, aun cuando los distintos investigadores parecen coincidir en que sería una expresión propia del Estado. Nos referimos a las llamadas maquetas rupestres, que corresponden a rocas labradas en bajos y sobrerrelieves con formas cuadrangulares y circulares, en muchas ocasiones unidas por líneas, e interpretadas como representaciones de campos de cultivos y canales (Castro y Varela, 1994; Gallardo, Sinclaire y Silva, 1999). Su registro en otros espacios del Tawantinsuyu y en los mismos alrededores del Cusco da cuenta del carácter imperial de este registro (Christie, 2005, 2015; Bauer y Stanish, 2003; Kosiba, 2015; Van de Guchte, 1990).

Nuestro trabajo tiene como objetivo caracterizar un conjunto de maquetas rupestres que hemos reconocido en las proximidades de la localidad de Chiu-Chiu (Figura 1). Tras realizar una descripción formal de este conjunto y relacionarlo con otras manifestaciones de rocas labradas ubicadas en otras provincias del Estado, profundizamos en la discusión de su relación con el paisaje y las prácticas sociales que pudieron desarrollarse en estos espacios en el marco de las dinámicas establecidas por el Tawantinsuyu en la región. Cabe señalar que a la fecha el registro conocido de maquetas para Atacama es escaso, correspondiendo a los conjuntos de Cupo y Toconce (Castro y Varela, 1994; Gallardo et al., 1999), sin que exista un estudio y descripción específica de cada uno de ellos, por lo que este trabajo también busca establecer una caracterización formal de las maquetas rupestres de Chiu-Chiu y su variabilidad.

La comprensión del papel jugado por este tipo de cultura material dentro de las estrategias incaicas en la región es relevante para aproximarse a algunas dimensiones de las transformaciones acaecidas en Atacama durante el período Tardío. Al corresponder las maquetas a una expresión material estatal que no se reconoce en todas las provincias del Tawantinsuyu (Christie, 2015), su presencia en la región es relevante para entender el papel que jugaron ciertas dinámicas prácticas, rituales y espaciales estatales, especialmente en un contexto donde si bien se ha reconocido una intensificación agrícola, se ha enfatizado la centralidad de los paisajes minero-metalúrgicos incaicos en Atacama, en donde los paisajes materializan una concepción integrada entre un territorio animado, núcleos poblados, prácticas rituales, recursos críticos para la economía política del Estado y la reproducción de las comunidades locales, y vías de circulación y movilización que articulan todos estos espacios (Salazar, Berenguer y Vega, 2013a).

Figura 1 Mapa con la ubicación del sitio. 

En esa línea, en tanto las maquetas corresponden a soportes inmuebles relacionados tradicionalmente con ritualidad agraria (p.e., Aschero, Martel y Campeny, 2009; Castro y Varela, 1994; Meddens, 2006; Williams, Korstanje, Cuenya y Villegas, 2010), su presencia en el entorno articula inmediatamente con las estrategias de producción del paisaje tanto en términos prácticos como semánticos y experienciales. Es por ello que la comprensión de las características de estas maquetas y su inserción práctico-espacial dentro del paisaje histórico del período Tardío en la región posibilita evaluar cómo ellas articulan en la conformación de este paisaje minero-metalúrgico y en la dinámica social de aquel momento. Como es bien sabido, por sobre las distintas estrategias políticas desplegadas por el Tawantinsuyu en sus provincias, la reorganización y resemantización del paisaje fue una práctica central dentro del proyecto político cusqueño (p.e., Acuto, 2013; Aldunate et al., 2013; Kosiba, 2015). Dentro de esta lógica, la interacción y mediación con las wak’as locales y una serie de otros seres-no-humanos fue una prioridad política en buena medida desplegada a partir de una serie de prácticas y reconfiguraciones espaciales que promovían la centralidad del Estado en este tipo de mediaciones (p.e., Acuto y Leibowicz, 2018; Bray, 2009, 2018; Berenguer y Salazar, 2017).

Rocas esculpidas y maquetas en el Tawantinsuyu

Es conocido el alto valor social y simbólico que tuvieron las rocas en los Andes prehispánicos y, en particular, en el Tawantinsuyu, donde una serie de mitos y prácticas sociales dan cuenta de su relevancia (Dean, 2010; Ogburn, 2004; Urton, 1999; Van de Guchte, 1990). Este hecho llevó no solo a que muchas rocas fueran consideradas wak’as y participantes del sistema de ceques (Bauer, 1998; Zuidema, 1994), sino también a que ellas fueran talladas y modeladas integrándose dentro de prácticas y paisajes rituales relevantes para el Estado (Bauer y Stanish, 2003; Christie, 2005, 2015; Kosiba, 2015; Van de Guchte, 1990). En un reciente estudio Christie (2015) propone una tipología de rocas incaicas esculpidas segregando entre: i) esculpidos geométricos, los más recurrentes y basados en cortes horizontales y verticales de la roca, ii) gnomen o knobs, proyecciones redondeadas o angulares de superficies suaves y generalmente interpretadas como intiwatanas, iii) cup-marks, similares a huecos de poste en la roca asociados a rituales agrícolas, iv) imágenes figurativas en sobrerrelieve con representaciones de animales y en menor medida estructuras arquitectónicas y, v) canales y canalizaciones que corresponden a meandros que acaban en contenedores y que se relacionan también con rituales agrícolas. Aunque no hay un estudio sistemático sobre su distribución espacial, las rocas esculpidas son recurrentes en el heartland incaico y se reconocen también en espacios provinciales como el Titicaca o la zona de Samaipata en Bolivia (Christie, 2015; Strecker, 2016). Las evidencias más australes conocidas a la fecha se ubican en el desierto de Atacama, nuestra área de estudio, y el Noroeste Argentino (Aschero et al., 2009; Castro y Varela, 1994; Gallardo et al., 1999). En ambos casos, estas rocas esculpidas se conocen como maquetas y combinan atributos de los tipos cup-marks y canales-canalizaciones de Christie (2015).

En el caso particular de Atacama, los sitios referenciados en la bibliografía a la fecha corresponden a las maquetas de Toconce y Cupo, las cuales han sido descritas de manera general; en ambos casos consisten en campos cuadrangulares y circulares que se encuentran unidos por líneas a manera de canales (Gallardo et al., 1999, Castro y Varela, 1994). En el caso de Cupo, una reciente descripción indica la presencia de dos rocas intervenidas donde predominan campos cuadrangulares ordenados según un eje vertical-horizontal unidos entre sí y con horadaciones semicirculares por medio de meandros a manera de canalizaciones (Troncoso, 2019). Producciones similares se encontrarían en Bajada del Toro (Berenguer et al., 2007) y en Zapar, en la cuenca del salar de Atacama (Valentina Figueroa, com. pers. 2018), pero no se cuenta con descripciones detalladas de estas.

Dada la representación de canales y terrazas, las maquetas se han asociado a rituales de fertilidad agrícola (Aschero et al., 2009; Castro y Varela, 1994; Christie, 2015; Gallardo, 1999). Mientras Castro y Varela (1994) han mostrado cómo las maquetas en Atacama continúan actuando dentro de los rituales agrícolas contemporáneos, Aschero et al. (2009) observan en el NOA una relación entre la distribución espacial de maquetas y vertientes de agua. Desde otra mirada, para Christie (2015) las maquetas actúan como paqcha y replicación del paisaje ya que, a partir del vertimiento, las maquetas hacen circular líquidos que luego caen hacia la tierra. Pero a la par, a través de la reproducción de un paisaje en una roca, este vaciado y circulación de líquidos por la maqueta posibilitaría transferir las capacidades de fertilidad desde la roca hacia el entorno circundante. Es por estas relevantes cualidades que las rocas esculpidas han sido consideradas como parte de una ideología de la piedra que es más que nada “like a signature of the state frozen in Stone” (Christie, 2015, p. 101). En efecto, Kosiba (2015) ha considerado que muchas wak’as en general, y las rocas esculpidas en particular, fueron parte de una estrategia política incaica orientada a diseminar y legitimar un entendimiento ontológico particular del mundo. A través de esta estrategia se construía un paisaje diseñado para cultivar prácticas y embodiments idealizados que definían tipos particulares de personas, lugares y cosas. Wak’as y rocas esculpidas no solo actuarían construyendo nuevos paisajes, sino que también en ellos se desplegarían prácticas rituales diferentes a las de las plazas incaicas actuando como espacios geopolíticos relevantes para el Tawantinsuyu (Kosiba, 2015).

Como indicamos previamente, la distribución más meridional de las maquetas parece no traspasar el desierto de Atacama y el Noroeste Argentino por ambas vertientes de los Andes. Al menos los intensivos trabajos de documentación de arte rupestre en la zona centro-norte de Chile (30 a 32° S) no han llevado al registro de este tipo de evidencia (Troncoso, 2008; Troncoso et al., 2016). A la par, investigaciones en el extremo norte de Chile y sur del Perú han permitido reconocer rocas marcadas que, siguiendo las propuestas de Christie (2015), combinan cup-marks con canales, correspondiendo a un punto intermedio entre maquetas y petroglifos en tanto no en todos los casos se produce un moldeamiento y esculpido de la roca (Cardona, 2002; Valenzuela, Santoro y Romero, 2004).

Una clasificación particular para las maquetas ha sido propuesta por Aschero et al. (2009), a partir de sus estudios en el NOA, segregando tres tipos básicos: i) sistemas de riego, que “presentan oquedades conectadas a surcos curvilíneos o rectilíneos simples, o bien conjuntos de oquedades interconectadas por tales surcos” (Aschero et al., 2009, p. 260), ii) chacras, correspondientes a “surcos paralelos unidos por un surco perpendicular en alguno de los extremos, o bien en la parte central del conjunto, delimitando áreas rectangulares o subrectangulares” (Aschero et al., 2009, p. 260) y finalmente, iii) combinada, que es una representación que mezcla sistemas de riego y chacras. Para estos autores las maquetas en el NOA antecederían a la presencia incaica, especialmente las del tipo sistema de regadíos construidos a partir de círculos y líneas. Esta propuesta se fundamenta en las asociaciones espaciales que presentan las maquetas en los paneles y sus grados de pátina. Si bien esta hipótesis debe ser tenida en mente al momento de abordar las maquetas de Atacama, parece existir un acuerdo que para esta región su adscripción se asociaría con el Tawantinsuyu, dado su escaso registro y su diferencia visual y técnica con los restantes conjuntos rupestres reconocidos para la zona. De hecho, como indican Gallardo y Vilches (2001), las maquetas dan cuenta de un poder, capacidad y concepción asociados a la transformación de la naturaleza, atributos que solo pueden ser desplegados y legitimados en un contexto estatal como el incaico.

Sobre el Tawantinsuyu en Atacama

La presencia incaica se encuentra ampliamente documentada a lo largo del desierto de Atacama a partir de una diversa y ubicua presencia material, así como de las transformaciones que generó sobre las comunidades locales del período (Adán y Uribe, 2005; Uribe et al., 2002; Uribe y Sánchez, 2016), todo lo cual da cuenta de distintas articulaciones y estrategias políticas en relación con la ocupación de este territorio y dominio de las poblaciones atacameñas. Es así como mientras un número importante de asentamientos incaicos se segregan de los poblados locales produciendo un nuevo paisaje para el Estado, otras tantas facilidades se emplazan dentro de los espacios residenciales de las comunidades atacameñas interviniendo sobre sus prácticas cotidianas de habitar (Adán, 1999; Berenguer y Salazar, 2017; Cornejo, 1999). Producto de lo anterior es que la ocupación incaica en la región se despliega tanto en el ámbito económico-productivo como socio-político y simbólico-ritual, sin que sea posible segregarlos en su accionar (Berenguer y Salazar, 2017).

Tradicionalmente se ha reconocido que la explotación minera habría sido uno de los principales motores de la ocupación y anexión de este territorio al Estado (Berenguer, Cáceres, Sanhueza y Hernández, 2005; Cornejo, 1995; Niemeyer y Schiappacasse, 1998 [1987]; Núñez, 1999; Raffino, 1981). Esto tuvo como efecto una clara intensificación de la explotación minera en la región, que conllevó la ampliación y creación de nuevas faenas minero-metalúrgicas (Salazar et al., 2013a). Este proceso fue acompañado también de una intensificación en la producción agrícola, reutilizando espacios de cultivos existentes previamente, pero también inaugurando nuevos sectores agrícolas (Berenguer, 2007; Berenguer y Salazar, 2017; Llagostera, 1976; Parcero-Oubiña et al., 2016). Si bien no es aún del todo clara la articulación del sistema económico regional, y si la producción excedentaria especialmente minero-metalúrgica fue para uso local o extrarregional, lo cierto es que ambos procesos son parte de una misma política estatal que permite dar cumplimiento al conjunto de obligaciones que imponía un sistema de reciprocidad, redistribución y de mit’a en la región.

Los procesos de intensificación económica fueron de la mano con un conjunto de transformaciones simbólicas, las que, por una parte, ponían énfasis en la ritualidad minera a través de la creación de centros ceremoniales propios de estas prácticas y sus wak’as asociadas (Salazar et al., 2013a) y, por otra, introducían nuevas dinámicas particulares al Tawantinsuyu que se intersectaban con las explotaciones mineras y agrícolas, tales como la instalación de plataformas y ofrendas de spondylus en faenas minero-metalúrgicas, o bien la erección de huancas dentro de los campos de cultivo (Aldunate et al., 2013; Salazar, Borie y Oñate, 2013b). En la misma línea, la construcción de centros administrativo-ceremoniales incaicos en la región, así como la intervención sobre los poblados locales, implicó la construcción de nuevos espacios públicos en los cuales se desplegaron una serie de actividades rituales y comensales a través de las cuales todo un conjunto de relaciones desplegado entre el Tawantinsuyu, las poblaciones locales y las wak’as locales (p.e., Acuto, 2013; Salazar et al., 2013a). A través de estas prácticas se construyó y reprodujo un entramado político en el cual el Estado inca se ubicaba como entidad mediadora entre las comunidades locales y las distintas wak’as locales (Berenguer y Salazar, 2017), manteniendo de esta manera una relación de diferencia y asimetría con las comunidades en las que estaba inserta.

Caracterizando las maquetas de Chiu-Chiu

El conjunto de maquetas que a continuación describimos se ubica al norte del actual pueblo de Chiu-Chiu, emplazado específicamente en el sector superior del farellón rocoso que delimita el cañón del río Loa por su sector oeste (ver Figura 1). Su ubicación inmediatamente aledaña al precipicio del cañón implica serias limitaciones para su registro visual, pero permite su fácil identificación en terreno. Los trabajos en particular consistieron en la descripción de cada uno de los conjuntos de maquetas considerando sus atributos formales y espaciales.

Con el fin de organizar el amplio conjunto de maquetas presentes en el lugar, estas fueron subdivididas en paneles para posteriormente caracterizarlos. Si bien esta categoría tiene un carácter arbitrario, es frecuentemente utilizada en los estudios de arte rupestre en pos de organizar espacial y visualmente los distintos conjuntos. Su definición combina, por una parte, un criterio espacial y de composición que busca aglutinar representaciones por cercanía y visualidad y, por otra, las propiedades mismas de las rocas, específicamente las fracturas que pueda presentar su superficie o bien las orientaciones de las piedras. A la par, dada la distribución de estas maquetas se realizó una sectorización relativa a un principio de contigüidad, de forma tal de segregar aquellos conjuntos que no se encuentran inmediatamente aledaños o formando alguna concentración.

La descripción realizada se basó en los atributos formales de las maquetas, considerando principalmente su morfología y la presencia de surcos interpretables como canales de irrigación. Al mismo tiempo, y considerando su distribución dentro del panel, se definió un número mínimo de conjuntos de maquetas por panel. Debido a la presencia de algunos paneles con petroglifos, se realizó también una descripción sumaria de estos a la luz de los antecedentes regionales conocidos (Berenguer, 2004).

En la Tabla 1 se entregan los resultados de la descripción y sistematización del registro de maquetas y petroglifos estudiados, donde se puede observar que se reconoció un total de 28 paneles divididos en tres sectores, todos ellos próximos al borde del acantilado y realizados sobre afloramientos de ignimbrita. Considerando sus posicionamientos geoespaciales, estos conjuntos rupestres se distribuyen desde las coordenadas UTM WGS84 Huso 19S: 536245 E - 7531899 N (panel A) hasta 536332 E - 7532309 N (panel AE).

En términos formales, y si seguimos la clasificación propuesta por Christie (2015), estas maquetas corresponderían mayormente a cup-marks y en menor medida a canales y canalizaciones (Figura 2). Como se observa en la Tabla 1, el grueso de los campos acá descritos son concentraciones de horadaciones circulares con ordenaciones verticales y horizontales, mientras una minoría corresponde a cuadrados o rectángulos. A la vez, canales y canalizaciones son escasos, asociándose a campos circulares y cuadrangulares. Si usamos la clasificación de Aschero et al., (2009), nos encontramos con que un mínimo del conjunto se asociaría a la categoría chacras o sistema de riego. En contraposición, el grueso estudiado no entraría en las categorías definidas anteriormente, pues si bien tienen el patrón formal de la categoría sistema de riego, ellas suelen no tener los surcos conectores. El tipo combinado también es escaso en nuestro registro. No obstante la importante cantidad de maquetas producidas en el sector, no se evidenciaron claras relaciones de superposición entre los distintos conjuntos que permitieran reconocer alguna secuencia estratigráfica de producción. Similar situación se observa con los petroglifos: son escasos en el sitio y no se observan claras relaciones escénicas entre los conjuntos de campos y tales representaciones.

Figura 2 Maquetas a) Circulares con y sin líneas conectoras (panel C), b) Circulares y verticales con surcos (panel H), c) Cuadrangulares y circulares (panel G), d) Circulares y verticales con surcos (panel P), e) Cuadrangulares (panel U), f) Campos Circulares, Cuadrangulares y petroglifos (panel W). 

Tabla 1. Caracterización de los paneles con maquetas en Chiu-Chiu. 

Sector Panel Conjunto de Campos Canales Forma de Campos Descripción
1 A 7 Ausencia Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares ordenados horizontal y verticalmente.
B 1 Ausencia Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares ordenados horizontal y verticalmente
C 4 Posible Campos circulares Conjuntos de horadaciones circulares ordenados horizontal y verticalmente. Se observan diferencias de pátinas entre los campos y de disposición. Uno de ellos está enmarcado por líneas
D 1 Ausencia Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares ordenados horizontal y verticalmente
E 4 Posible Campos circulares y cuadrangulares Corresponde a uno de los paneles más complejos pero de difícil observación. Se reconocen conjuntos de horadaciones circulares ordenados horizontal y verticalmente., uno de ellos enmarcado por una línea y otro con una posible línea que finaliza en dos cuadrados con punto central. Otro conjunto representa horadaciones cuadrangulares en bajorelieve y otro corresponde a una chacra. Un camélido esquemático con 4 patas y cuerpo con volumen se ubica próximo a la representación de chacra
F 1? Ausencia Campos rectangulares e irregulares Panel pequeño que presenta horadaciones irregulares y rectangulares
G 18 Presencia Campos circulares, cuadrangulares y rectangulares Es el panel más complejo del sitio. Coexisten oquedades ordenadas vertical y horizontalmente, algunos de ellos con surcos que las delimitan, con campos cuadrangulares y rectangulares yuxtapuestos entre si con similar ordenación. En ocasiones campos circulares y cuadrangulares coexisten en una composición. Se observan unos pocos canales que entroncan con campos cuadrangulares. Se observan también dos antropomorfos lineales simples, posiblemente uno de ellos bajo un surco de un canal. Se reconoce una posible chacra también
H 5 Presencia Campos circulares y rectangulares Presenta horadaciones circulares ordenadas vertical y horizontalmente, algunas de ellas enmarcadas por surcos. Coexisten campos vertical con similar ordenación y enmarcados por surcos laterales
I 1 Posible Campos circulares Horadaciones circular con ordenación vertical y horizontal con surcos líneales intercalados entre los círculos
J 2 Posible Campos circulares Conjuntos de horadaciones circulares con surcos lineales intercalados
K 2 Ausencia Campos circulares Dos conjuntos de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal
L 2 Ausencia Campos circulares Dos conjuntos de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal. Se observa un petroglifo compuesto por líneas anguladas conectadas a un cuadrado
M 2 Presencia Campos circulares e irregulares Se reconoce un pequeño conjunto de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal junto al cual hay otros bajorelieves de forma cuadrangular e irregular. Se observa también un alineamiento vertical de horadaciones circulares conectados a un surco a manera de canal
N 1 Ausencia Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal que se van expandiendo en número en forma horizontal
O 1 Ausencia Campos circulares Pequeño campo con horadaciones circulares ordenadas vertical y horizontalmente
P 3 Presencia Campos circulares, cuadrangulares e irregulares Se reconoce un extenso campo con círculos ordenados vertical y horizontalmente y separados entre si por líneas verticales. Hay otro campo sólo con oquedades de menor tamaño. Finalmente, del sector inferior central del primer conjunto de campos aparece un surco quebrado a manera de canal que desemboca en tres campos cuadrados ordenados verticalmente. Del último de éstos parece salir otro canal hacia unos campos irregulares poco claros
Q 2 Ausencia Campos circulares Se observan 3 pequeños conjuntos de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal. Coexisten con al menos 3 petroglifos, uno de ellos correspondiente a un círculo con apéndice, otro un lineal no determinado y finalmente una greca curva.
R 1 Ausencia Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal
S 1 Posble Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal que en su sector superior está enmarcado por una línea curva
T 2 Posible Campos circulares Dos conjuntos de horadaciones circulares, uno de ellos enmarcado por una línea
2 U 9 Presencia Campos cuadrangulares y circulares Conjunto de campos cuadrangulares con ordenación vertical y horizontal donde existe un solo canal asociado a un campo cuadrangular
V 1 Ausencia Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal
3 W 7 Presencia Campos circulares y cuandrangulares Panel complejo donde coexisten campos con horadaciones circulares ordenadas vertical y horizontalmente, un campo cuadrangular asociado a un surco lineal a manera de canal que lo circunda y petroglifos que comprenden un camélido, meandros y un círculo con punto central
X 0 Ausencia Conjunto de aproximadamente 5 petroglifos con malas condiciones de observación. Corresponden a motivos no figurativos lineales y un camélido
Y 0 Ausencia Petroglifos en mal estado de conservación, reconociéndose al menos un camélido
Z 0 Ausencia Petroglifo de camélido estilizado
AA 1 Posible Campos circulares Conjunto de horadaciones circulares con ordenación vertical y horizontal asociada a un surco lineal extenso
AB 2 Posible Campos cuadrangulares Dos conjuntos de campos cuadrangulares, uno de ellos con un surco perimetral a manera de canal. Coexisten con un par de petroglifos lineales no figurativos y la representación de un cuadrupedo
AC 0 Ausencia Corresponde a un petroglifo posiblemente de un antropomorfo inscrito en una figura circular
AD 0 Ausencia Se reconocen algunos posibles camélidos grabados y un diseño irregular construido a partir de negativos circulares de golpes y que parece sugerir una representación zoomorfa
AE 0 Ausencia Diseño grabado irregular y una cruz inscrita

Con relación a los petroglifos, estos corresponden mayormente a motivos antropomorfos y zoomorfos que recuerdan las representaciones propias de los períodos Intermedio Tardío y Tardío en la región (Berenguer, 2004; Sepúlveda, 2011) (Figura 2). En ninguno de los casos se observó una relación escénica entre los campos y estas representaciones. Solo en un caso podría existir una relación estratigráfica con un diseño antropomorfo ubicado bajo una chacra. Estas dos situaciones parecen sugerir que no existiría una relación de composición entre petroglifos y maquetas.

En términos espaciales, aunque las maquetas se distribuyen por un área extensa, no lo hacen de forma continua, por lo que se segregaron tres sectores. El primero corresponde a la parte más meridional del farellón y es donde se concentra la mayor cantidad de maquetas y las más complejas (ver Tabla 1). Coexisten en este sector campos circulares y cuadrangulares, lo que se replica también en algunos paneles. La totalidad de las maquetas son intervisibles entre ellas y se tiene una importante visibilidad del entorno, la que cubre la vega de Chiu-Chiu, espacios agrícolas aledaños y los campos de cultivo ubicados aguas arriba de este poblado y que se disponen por el cañón del río Loa hasta la localidad de Lasana.

El sector 2 tiene una menor inversión en maquetas y coexisten campos circulares y cuadrangulares. Esta área se ubica en un espacio más alto y alejado del sector 1. Aunque desde este punto no es posible reconocer visualmente las maquetas del sector anterior, sí se distingue fácilmente el afloramiento que constituye el sector 1. Del mismo modo, se mantiene una visibilidad abierta del entorno, similar a la del sector previamente señalado.

Finalmente, el sector 3, el más septentrional, presenta mayor cantidad de paneles con petroglifos y un bajo registro de maquetas, las que nuevamente corresponden a campos circulares y cuadrangulares. Este sector no mantiene relación visual con ninguno de los espacios anteriores y, de hecho, no todas las rocas trabajadas se relacionan visualmente entre ellas. Esto se debe a que los paneles se ubican en un área de hondonadas que no siempre permiten la intervisibilidad entre los afloramientos de ignimbrita. Por lo anterior, estos paneles presentan un campo de visibilidad cerrada donde solo es posible apreciar pequeños parches de terreno cultivado que se ubican entre Lasana y Chiu-Chiu. Una particularidad que presentan los bloques en este sector es que suelen ubicarse en asociación a pequeñas quebradillas que se forman entre las hondonadas y que desaguan hacia el farellón. Dado que estos paneles se disponen horizontalmente, en eventos pluviosos ellos podrían quedar cubiertos por los escurrimientos de agua que caen hacia la quebrada.

Al considerar la distribución espacial de los pocos paneles con petroglifos, nos parece que se reafirma la idea de independencia entre ambos conjuntos de manifestaciones, en tanto los grabados son escasos en los sectores 1 y 2, donde son abundantes las maquetas, y la situación inversa ocurre en el sector 3.

Finalmente, no se reconoció otro tipo de manifestaciones arqueológicas en asociación directa con las maquetas y petroglifos (p.e., fragmentos cerámicos).

Discusión

En las páginas precedentes hemos realizado una sumaria descripción y caracterización del conjunto de maquetas rupestres reconocidas en la localidad de Chiu-Chiu y que no se habían descrito previamente. Integramos este conjunto de paneles dentro de la categoría de maquetas rupestres en tanto representan campos de cultivos y su técnica de manufactura descansa mayoritariamente en la producción de bajorrelieves, guardando semejanza con obras similares reconocidas en la región y otros espacios del área andina, ajustándose a la tipología existente para estas representaciones (Christie, 2015).

Un primer aspecto que nos parece interesante de abordar es la cronología de estas manifestaciones. Si bien ya indicamos que existe un cierto consenso en la región en reconocer que las maquetas se asociarían al período Incaico, lo cierto es que la hipótesis cronológica planteada por Aschero et al. (2009) para el NOA requiere reforzar esta discusión en Atacama. No obstante, por el momento nos parece que para esa zona ellas deben seguir siendo consideradas propias de la época inca por las siguientes razones. Primero, y en la línea de las propuestas de Gallardo y Vilches (2001), las maquetas muestran una forma de producción y temática que son ajenas al repertorio técnico y visual del arte rupestre preincaico de Atacama. De hecho, la revisión que diversos autores han realizado de las secuencias históricas de estos repertorios muestra las importantes continuidades que se dan a lo largo del tiempo y que le entregan una impronta particular al arte rupestre atacameño (Berenguer, 2004; Berenguer y Gallardo, 1999). En tal sentido, las maquetas corresponden a una irrupción tecnológica e iconográfica en la región, dando cuenta de su excepcionalidad.

Segundo, y como se desprende de la descripción de los conjuntos entregada en la Tabla 1, más allá de la variabilidad formal, la representación de los campos remite a la combinación de dos movimientos simétricos, la traslación horizontal y vertical (sensu Washburn, 1983), lo que genera un ordenamiento vertical y horizontal. Este tipo de ordenamiento se reconoce en diferentes sistemas de representación visual incaicos, como por ejemplo la alfarería, el arte rupestre y los keros (Troncoso, 2008; Zuidema, 1992), y ha sido reconocido también en las maquetas de Cupo (Troncoso, 2019). Para la costa sur del Perú, sitio Monte Sierpe, se ha descrito un conjunto de estructuras arquitectónicas que no solo remiten a este mismo patrón de ordenación espacial, sino que también se asemejan notablemente a lo que representan las maquetas, conjunto de agujeros circulares ajustados al sistema de ordenación antes mencionado (Hyslop, 1984; Stanish y Tantaleán, 2015). Si bien sería posible pensar que las maquetas pudiesen ser una representación de este tipo de estructuras, y que los autores interpretan como depósitos asociados a la tributación de distintos grupos sociales (Stanish y Tantaleán 2015), lo cierto es que Monte Sierpe es un sitio bastante único dentro del Tawantinsuyu, apuntando tanto a la información arqueológica y etnográfica como al hecho de que las maquetas se relacionan mayormente con aspectos propios de la ritualidad agraria y la circulación del agua por la superficie de la roca.

Finalmente, lo cierto es que las maquetas remiten a una formalidad, técnica y temática que se reconocen en otros espacios del Tawantinsuyu y que, por tanto, refuerzan su posición cronológica (Christie, 2015; Dean, 2010; Strecker, 2016). A la luz de lo anterior, y sumado a su escaso registro en Atacama, entendemos las maquetas como una expresión material asociada directamente al Tawantinsuyu y sin presencia previa para la región. Esta situación nos lleva también a señalar la relevancia de reevaluar la temporalidad de las maquetas del NOA y explicar el porqué de su posible disonancia cronológica con otros espacios de los Andes.

Por otra parte, al integrar las maquetas de Chiu-Chiu dentro del contexto regional de Atacama, podemos ver que ellas no guardan una completa similitud formal con los ejemplares de Cupo y Toconce, los que a su vez son variables entre sí. En efecto, en estos otros dos sitios no se encuentra una gran cantidad de maquetas como en el caso de Chiu-Chiu y, en ellas, suelen predominar más bien las representaciones de campos cuadrangulares-rectangulares adscribibles al tipo canales-canalizaciones de Christie (2015) (Figura 3). Esto indica que, si bien las maquetas parecen ser una producción asociada al Estado, en su ejecución son posibles distintas alternativas de manufactura, algo que se ve también a nivel de todo el Tawantinsuyu (Christie, 2015; Meddens, 2006). Dentro del mismo sitio de Chiu-Chiu esto se observa en la coexistencia de campos con formas circulares y cuadrangulares. Aunque no es posible entregar una interpretación a esta variabilidad dado el incipiente conocimiento de estas manifestaciones y de los aspectos formales de la práctica agrícola en la región, esta podría estar vinculada con aspectos propios de la diversidad en las prácticas agrícolas locales y las dinámicas de las comunidades atacameñas donde se ejecutaron estas manifestaciones.

Figura 3 Vista de un panel con maquetas identificadas en la localidad de Cupo. 

No obstante lo anterior, y a pesar de esta heterogeneidad, lo cierto es que en todos los casos se cumple un mismo principio: la circulación y acumulación del agua dentro de los campos, ya sea por medio de canales o por su simple deslizamiento por la superficie de la roca, aspecto que ha sido resaltado por múltiples autores. Esta característica nos parece que apunta a un principio y fundamento básico de las maquetas: su carácter performativo (Christie, 2015; Kosiba, 2015). Las maquetas no parecen esculpidas solo para ser observadas, sino para interactuar activamente con ellas. En este sentido, antes que una simple “representación” de campos de cultivo, las capacidades afectivas de las maquetas vienen dadas por la relación performativa que se produce entre ellas, los líquidos circulantes, el paisaje y los sujetos sociales que están ahí presentes.

Como indicamos, las maquetas de Chiu Chiu se organizan en tres espacios segregados entre sí, pero dentro de cada uno de los cuales se replican los mismos tipos de campos y la presencia de una combinación de paneles simples y complejos. Por una parte, la presencia de distintos paneles con maquetas a lo largo del sitio sugiere la producción de diferentes espacios donde el mismo tipo de actividad se realiza, pero en el que destaca el sector 1 por la alta frecuencia de maquetas y la proximidad visual de las mismas, aspectos que señalan a este sector como un espacio con alta inversión visual y performativa.

Por otro lado, y considerando las relaciones de visibilidad e intervisibilidad entre los sectores, es posible definir dos conjuntos performativos. El conjunto A que abarca los sectores 1 y 2, los cuales posiblemente funcionan para el despliegue de prácticas sociales en distintos puntos del afloramiento, pero que a la vez conforman un espacio público amplio que puede congregar a múltiples personas en relación con la ejecución y observación de las actividades vinculadas con la circulación de líquidos por las maquetas. En contraposición, el conjunto B remite únicamente al sector 3, donde no solo la presencia de maquetas es menor, sino que en ellas se observa mayor presencia de petroglifos y espacios que no permiten una aglomeración de personas como las reconocidas en el conjunto performativo A (Figura 1). Ambos conjuntos, por tanto, corresponderían a áreas de prácticas segregadas espacial y visualmente entre sí, donde si bien la presencia de maquetas sugiere que en ellas se realizan el mismo tipo de actividades, sus capacidades de carga, su visualidad y la coexistencia con otros tipos de expresiones visuales las conforman como espacios sociales diferentes.

Lo anterior se refrenda al considerar otro elemento que define la performatividad de estas maquetas rupestres, el paisaje. Esta relación con el espacio es constitutiva a todo elemento material inmueble como lo es el arte rupestre (Bradley, 1993; Criado, 2012; Tilley, 2004), y ya ha sido advertida para otros espacios del Tawantinsuyu (Bauer y Stanish, 2003; Christie, 2005, 2015). Lo anterior se acentúa si consideramos que las actividades vinculadas con la circulación de líquidos por las maquetas seguramente formaron parte de prácticas rituales que se encuentran íntimamente ligadas al paisaje en el mundo andino (Castro y Varela, 1994; Christie, 2015).

Es así como mientras la visibilidad del conjunto performativo A (sectores 1 y 2) es amplia, cubriendo no solo los campos aledaños al farellón, sino también todo el espacio agrícola que rodea a la actual vega de Chiu-Chiu, en el conjunto performativo B (sector 3) los campos visuales son extremadamente reducidos remitiéndose solo a algunos campos próximos al farellón rocoso (Figura 4). Esta diferencia entre ambos conjuntos performativos se reitera al considerar la presencia de los petroglifos, los que son más abundantes en el espacio performativo B que en el A.

Estas diferencias indican, por lo tanto, que por sobre una similitud genérica en las dinámicas performativas de las dos áreas, ellas presentan una cierta diferenciación y segregación que a la luz de los datos presentes no es posible entender a cabalidad, pero que pueden responder a una segregación de las prácticas rituales entre un espacio más colectivo y otro menos colectivo, aspecto que es reconocido en otros espacios ceremoniales del Tawantinsuyu. A la par, se puede evaluar también la posibilidad de que ellos expresen dos momentos diferentes de la ocupación incaica y performatividad ritual en este lugar, uno de carácter más inicial y menos reducido (conjunto performativo B) y otro posterior, más intenso y amplio (conjunto performativo A). Al respecto, diferentes autores han planteado en los últimos años la posibilidad de la existencia de dos momentos de ocupación incaica en la región (Cornejo, 1999, 2014; Salazar et al., 2016; Uribe y Adán, 2004; véase también Nielsen (1994) para la quebrada de Humahuaca). No obstante, aún estamos lejos de poder postular una diferencia cronológica entre ambos conjuntos, por lo que estas hipótesis deberán ser evaluadas en trabajos futuros con nuevos conjuntos de datos y una mirada de más amplio alcance sobre las maquetas rupestres de Atacama.

Figura 4 Visibilidades desde las maquetas: a y b) Visibilidades abiertas sector perfomativo A (vega de Chiu-Chiu y Cajón del río Loa), c y d) Visibilidades cerradas sector perfomativo B. 

A pesar de las diferencias mencionadas, y en coherencia con lo planteado, es recurrente para ambos conjuntos la necesaria relación visual entre las maquetas, los espacios fluviales y sectores asociados a campos de cultivo. En esa lógica, la mayor intensidad de prácticas inscriptivas en el conjunto performativo A, va de la mano con una mayor visualización del entorno. En este conjunto no solo todas las maquetas tienen un amplio control visual de las áreas agrícolas circundantes, sino que las maquetas más meridionales se ubican justo en el límite del campo visual que permite tener un dominio total de la vega de Chiu-Chiu y su entorno. De hecho, una de las maquetas más complejas por la cantidad y ordenación de campos que presenta se ubica justo antes de que las condiciones de visibilidad cambien y se pierda la relación con los alrededores del pueblo de Chiu-Chiu. Las maquetas de Chiu-Chiu, por tanto, establecen un relevante diálogo con su espacio circundante, siendo el paisaje en el que se insertan un componente esencial para su performatividad y accionar social. Considerando lo anterior, es posible pensar que las maquetas no son una mera representación metafórica que simboliza y ritualiza la puesta en funcionamiento de los sistemas productivos agrícolas de la zona, sino que quizás haya una relación más profunda y directa entre estas obras y su entorno circundante (de ahí, justamente, su necesaria interrelación visual y espacial). Allen (2002, 2015) y una diversidad de autores (p.e., Bray, 2009; Haber, 2009; Sillar, 2009) han reconocido el carácter animado del mundo andino. Esto quiere decir que “las cosas materiales” no son entidades inertes sino que, por el contrario, presentan una personalidad particular, perspectivas específicas y comparten con los humanos una matriz común, conformando un colectivo social relacional (Allen, 2002). Por ello, las relaciones entre los distintos miembros de estos colectivos están mediadas por una serie de responsabilidades y derechos recíprocos, por lo que “all objects were subjects, which mean that all activity was interactive” (Allen, 2016, p. 330). Esta capacidad de animación y afectar sobre el mundo y las prácticas sociales por parte de estos otros-no-humanos, para Bray (2009) se funda en la noción de camay, que corresponde a una fuerza o energía vital que anima a toda la materia en los Andes.

Si asumimos el carácter animado de las maquetas rupestres, insistimos en que no podemos entenderlas como simples simbolizaciones o representaciones de campos de cultivo, sino que más bien ellas corresponderían a dobles o replicaciones de estos campos (Christie, 2015). Estos dobles tienen la particularidad de que adquieren y presentan cualidades y características propias del original, por lo que no corresponden a metáforas ni simbolizaciones de algo, sino que son entidades en propiedad que no solo articulan con sus originales, sino que bien pueden corresponder a los contenedores de las fuerzas de vidas esenciales (camay) que animan al original y su doble de piedra (Allen, 2016; Bray, 2009; Van de Guchte, 1996). De hecho, en particular para las rocas, Bray (2009) sostiene que su modificación por el Inca puede ser vista como una manera de crear y distinguir espacios donde se hace visible la naturaleza esencialmente animada y sagrada de las mismas.

Es esta característica la que nos parece que vuelve relevante todo el aspecto performativo y la relacionalidad visual que se despliega desde las maquetas. A través del acto de hacer circular y mojar los campos de cultivos esculpidos en las réplicas, se están regando el conjunto de campos y terrazas emplazados en la zona de Chiu-Chiu y alrededores, actuando como una réplica en miniatura de todo el paisaje que se encuentra en la zona y que los participantes de esta ritualidad están observando. De esta forma, la relación visual con el entorno circundante se vuelve central para esta noción de replicación, por cuanto a través de este acto la persona que riega y la maqueta transmiten este proceso (agua y fertilidad) hacia el entorno circundante, o en otras palabras, regar la roca es regar los campos de cultivo de la zona. Es por esto también que la separación entre los conjuntos performativos A y B requiere ser explicada en mayor profundidad a futuro, por cuanto su integración con el paisaje regional se realiza a escalas distintas.

Esta performatividad del regar el paisaje circundante es parte de una dinámica interactiva más amplia. A partir de alimentar la tierra en estas rocas, se entra en una relación recíproca por la cual se movilizan las agencias no humanas para recibir los frutos que se siembran en tal lugar, por lo que las maquetas actúan en un doble sistema. Por un lado, la circulación de las aguas por sus campos y canales posibilita la circulación de este mismo recurso por el paisaje regional; por otro, a partir de alimentar la roca se alimenta también la tierra y el paisaje, respetando de esta forma las relaciones recíprocas que se establecen entre humanos y los otros-no-humanos en los Andes.

De esta manera, la materialidad de las maquetas, su entorno circundante y la performatividad de la acción social en tal lugar se despliega en pos de entablar una serie de relaciones con un conjunto de actores no humanos que son relevantes para el mantenimiento del mundo. La ritualidad agrícola de los campesinos andinos actuales sigue aún esta misma lógica (Mariscotti, 1978; Van den Berg, 1990). En palabras de Van der Berg (1990),

En los ritos que acompañan una actividad tan importante como la primera siembra, todas las fuerzas de la naturaleza que puedan favorecer esta labor deben ser invocadas, desde las más grandes hasta las más pequeñas. Todas ellas juntas son consideradas como una ‘comunidad’ que está presente cuando la comunidad campesina se empeña por dar un buen inicio al nuevo año agrícola (p. 55).

Lo que nos parece interesante es que este proceso de articulación con los otros miembros del colectivo social y que posibilita el mantenimiento de las redes de relaciones entre unos y otros es desplegado a partir de prácticas sociales promovidas por el Tawantinsuyu. Es el Estado el que introduce y produce estas maquetas con sus capacidades de animación, y es a través de las prácticas performativas desarrolladas en estos espacios, seguramente acompañadas de la memoria mítica activada y relatada durante ellas, que se media con la tierra y el paisaje en pos de obtener una buena cosecha en la zona. Por tanto, es muy posible que a través de estas prácticas introducidas por el Estado, la figura del Inca se establezca y constituya como un mediador, no solo entre la comunidad y la producción agrícola, sino también entre la comunidad, el río, la tierra y los diferentes actores no humanos relacionados con este proceso. Lo anterior es aún más sugerente si consideramos que, a pesar de que es bien sabido que para tiempos preincaicos los cerros se constituyen en deidades tutelares de las comunidades locales atacameñas, y proveedores del agua y la fertilidad de los campos, los rebaños y los minerales (Aldunate y Castro, 1981; Berenguer, Aldunate y Castro, 1984; Castro, 2009; Castro y Aldunate, 2003; Castro y Varela, 1992), las maquetas de Chiu-Chiu se emplazan en un espacio que no tiene ninguna relación visual directa con los cerros de la región. De hecho, los campos visuales solo se encuentran abiertos hacia el río Loa y los sectores con campos de cultivo regados con las aguas de este río, mientras que las altas cumbres andinas quedan relegadas fuera del campo visual debido a las hondonadas que se despliegan por todo el sector. Nos parece que este hecho no es trivial, por cuanto nuevamente ubica las prácticas rituales promovidas por el Estado como actor central de la performatividad asociada con las maquetas, desplazando de las dinámicas ahí realizadas a los cerros, lo que rompe de cierta manera con las tradiciones locales. Una situación similar ha sido descrita para el río Salado, donde para Berenguer y Salazar (2017) “la neutralización de las personas no humanas de las comunidades fue esencial” (p. 60), no solo en pos de la construcción de una nueva territorialidad, como indican los autores, sino también en búsqueda de la producción de un nuevo orden y balance del mundo donde el Tawantinsuyu, y en particular la figura del Sapa Inca, adquiere un rol central entre los múltiples humanos y personas no humanas que habitan el mundo.

Las maquetas, por tanto, se integrarían dentro de una ritualidad agrícola promovida por el Tawantinsuyu y se constituirían como espacios públicos performativos que diferirían de otros espacios públicos como son las plazas de los poblados o bien los centros ceremoniales incaicos que Salazar et al. (2013a) han asociado en Atacama con la ritualidad minera. La menor capacidad de carga del espacio público asociado a las maquetas, a la par de la ausencia de instalaciones arquitectónicas y de depósitos asociados con prácticas de comensalismo político como las observadas en los sitios con arquitectura, reafirman el hecho de que la ceremonialidad y ritualismo de estos sitios se construye desde performatividades diferentes a las de la ritualidad minera y, posiblemente, en relación con una menor capacidad de asistentes. La escasa presencia de estas maquetas en Atacama indica que la intervención incaica sobre los ciclos productivo-rituales agrícolas parece haberse concentrado en ciertos puntos de la región, siendo necesarias nuevas investigaciones que profundicen el porqué de esta distribución.

La conformación de esta ritualidad agraria sería complementaria a la ritualidad y paisaje minero propuesto por Salazar et al. (2013a) para la región. En efecto, y como bien indican los autores, el despliegue de las prácticas mineras en Atacama, y el comensalismo asociado, requirió una importante producción agraria que permitiera suplir todos los requerimientos de tales actividades. La ampliación productiva agraria que se ha propuesto en la región sería coherente con lo anterior (Berenguer y Salazar, 2017) y, en ese sentido, la ritualidad agrícola de las maquetas se integraría dentro de este proceso incaico multiescalar, que llevó a la producción y articulación de un importante paisaje minero junto a su ceremonialismo, pero para el cual la agricultura y su propia ritualidad pasaban a ser elementos estructuralmente relevantes. Sin embargo, dado que una y otra ritualidad apuntaban a aspectos diferentes, ellas se segregan en el paisaje y establecen articulaciones diferenciales con los componentes no humanos de la “comunidad” local. Mientras los centros ceremoniales mineros establecen relaciones con w’akas mineras, montañas y qaqa’s, y congregan a los pobladores locales en torno a la actividad minera que se erige como referente simbólico permanente de la actividades públicas propiciadas por el Tawantinsuyu (Salazar et al., 2013a, 2013b), la ritualidad agrícola se despliega a partir de otras performatividades, segregada de la arquitectura, sin congregar grandes contingentes de personas y sin que estos sitios se constituyan en puntos de alta visibilidad en el paisaje, como sí lo son los centros ceremoniales mineros y las respectivas cumbres que se le asocian.

En este contexto, la presencia en los sitios de maquetas de petroglifos elaborados por las poblaciones locales da cuenta de prácticas previas en el lugar, pero ellas claramente no fueron intensas a juzgar por los pocos grabados realizados. De la misma manera, el hecho de que la intensidad de la ocupación de las maquetas se asocie a los sectores con menos petroglifos puede deberse a esta misma idea de construir un nuevo espacio de ritualidad desde lo incaico. Sin embargo, aún puede considerarse extraño que un espacio propiciado por el Estado inca esté asociado con estas manifestaciones previas. Pensamos que esta situación, en última instancia, se debió a dos condicionantes propias que imponían la producción de las maquetas: i) la presencia de afloramientos de ignimbrita, ii) espacios visuales amplios que permitiesen una relación visual con los espacios de cultivo a regar y con el río Loa que constituye la fuente de agua del sistema agrícola asociado a la vega de Chiu-Chiu. Ambas condicionantes requeridas para un correcto accionar de las maquetas y de las prácticas performativas implicaban la selección exclusiva de este espacio, por lo que la coexistencia con los petroglifos habría sido más bien un resultado colateral de las necesidades de las maquetas. De hecho, dada la alta intervención de las rocas a través de las maquetas, los petroglifos fueron casi completamente anulados visualmente.

Conclusiones

En las páginas precedentes hemos caracterizado e interpretado las maquetas rupestres de la localidad de Chiu-Chiu. Si bien el sitio en cuestión no había sido reconocido previamente en la literatura, forma parte de un conjunto exclusivo de obras rupestres que se encuentran en Atacama, pero también en otros espacios del Tawantinsuyu. Para entender estas maquetas hemos recalcado dos aspectos centrales: primero, su necesaria relación con la performatividad de las prácticas ahí desplegadas y, segundo, su entendimiento como parte de un mundo animado en el que los colectivos sociales no remiten exclusivamente a los humanos. Este desplazamiento nos permitió entender estas maquetas por sobre su mera visualidad, integrándolas dentro de un circuito de prácticas y seres que fueron esenciales para la reproducción de las prácticas agrícolas y el mundo social durante el período Incaico en la región. En esa línea, las maquetas pasarían a ser parte de las dinámicas agrícolas propias a la región, pues en ellas se celebrarían rituales que buscaron movilizar las voluntades de las personas no humanas que conformaban las “comunidades” locales. El hecho de que estos rituales hayan sido introducidos y promovidos por el Tawantinsuyu, que a través de ellos se haya clausurado la relación visual explícita de estos ritos agrícolas con los cerros tutelares locales y que, seguramente, estos ritos se hayan vinculado con la memoria social promovida ideológicamente por los incas, constituye a estos espacios y sus prácticas asociadas en enclaves y discursos de poder por parte del Estado, no obstante su escasa monumentalidad visual. Esto muestra un complejo panorama de la ocupación incaica en la región atacameña en el que se intersectan y despliegan múltiples aspectos y ámbitos sociales que permean los paisajes locales.

Finalmente, pensamos que este modelo bien puede ser aplicado a los otros conjuntos de maquetas reconocidas en Atacama. Sin embargo, será a través de una mirada comparativa que abarque tanto lo visual como lo espacial y performativo de tales conjuntos que podremos ir develando los principios básicos sobre los cuales estas maquetas actuaron en el mundo social del período Tardío, como también las particularidades que ellas adquirieron en sus procesos de incorporación frente a las distintas comunidades y espacios de Atacama.

Agradecimientos

A los miembros del equipo Topain, especialmente a Mariela Pino, César Borie, Cristián González y Natalia Lamura por su recurrente apoyo en terreno. A José Berenguer y Victoria Castro por compartir sus conocimientos. A las y los evaluadores por sus comentarios y sugerencias. A Fernanda Kalazich por su ayuda editorial. Este trabajo fue financiado a través de los proyectos CONICYT USA 2013-0012 y FPCI 05-0417 “Ritualidad y manejo del agua en los sistemas agrícolas de Atacama”.

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Recibido: 19 de Junio de 2017; Aprobado: 18 de Octubre de 2018

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