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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.63 San Pedro de Atacama dic. 2019

http://dx.doi.org/10.22199/issn.0718-1043-2019-0027 

Antropología

‘Así ocupo un lugar’. Situación de calle y las otras formas de habitar la ciudad en Chile y Uruguay

‘That´s how i occupy a place’. Homelessness and the other ways to live the city in Chile and Uruguay

Leonardo Piña Cabrera1 
http://orcid.org/0000-0003-0161-6985

1 Departamento de Antropología, Universidad Alberto Hurtado. Almirante Barroso 10, Santiago, CHILE. Email: lpina@uahurtado.cl

Resumen:

Sobre la base de diversos materiales testimoniales y fotográficos producidos a partir de la entrevista en profundidad y fotografía participativa, este artículo se pregunta por la situación de calle como una otra forma de habitar la ciudad por parte de un grupo de personas que las usan para vivir en Montevideo y Paysandú, en Uruguay, y Arica y Santiago, en Chile. Parte de una investigación mayor, propone como posibilidad un modo de habitar relacional, problematizándose acerca del impacto que la perspectiva de la desafiliación y el punto de vista domiciliado tienen en la invisibilización de este habitar, si bien material en su manifestación, fundamentalmente jugado en su significación.

Palabras claves: situación de calle; formas de habitar; representación

Abstract:

On the basis of several testimonial and photographic materials produced by in-depth interview and photovoice, this article asks about of the homelessness as another way of inhabiting the city by a group of homeless people who use the streets to live in Montevideo and Paysandú, in Uruguay, and Arica and Santiago, in Chile. Part of a larger research, proposes as a possibility a way to inhabit relational, problematizing about the impact that the perspective of the disaffiliation and the viewpoint of domicile have on the invisibility of this dwelling, although material in its manifestation, fundamentally played in its significance.

Keywords: homelessness; dwelling; representation

Introducción

Vivir en ciudad, desde antiguo, ha sido sinónimo de civilidad. Hacerlo bajo techo y en privado, la forma en que históricamente se ha entendido. Heredero del modo en que en nuestros países se pensó el urbano acto de brindar civilización a quienes se presumía o indicaba faltos de ella, de su consolidación en el tiempo no solo ha decantado una forma de comprender la vida social, sino una cierta noción de la ciudadanía, excluyente y no inherente a la condición humana.

Determinante en el caso de la población toda, con las personas en situación de calle no ha ocurrido algo muy diferente. Pensadas como carentes, y movilizando en ello distintas formas de atención y desatención, su presencia en nuestras ciudades ha supuesto su mayoritaria consideración en falta, el afianzamiento de una particular retórica de la marginación incapaz de observar sus capacidades y maneras de afrontar aquello que, desde tal perspectiva, precisamente los definiría: la falta de techo y de sujeción que lo haría posible. Este artículo, que se sitúa en la discusión de dicha lógica, busca dar cuenta de las formas de habitar y representar la situación de calle por parte de esta población, justamente a partir de la expresa intención de no agregar vacío ahí donde sí hay contenido. ¿El modo de hacerlo? A través de la selección y exposición de algunos de los materiales producidos en una investigación mayor en cuatro ciudades de nuestro continente: Paysandú y Montevideo, en Uruguay, y Arica y Santiago, en Chile.1

Sobre la base, pues, de un más amplio conjunto de materiales producidos a través de la entrevista y fotografía participativa, aquí se ahonda en la pregunta por lo que hay y no únicamente falta entre esta población, esto es, una otra forma de vivir en ciudad. De paso, y a partir de sus mismos resultados, se reflexiona en torno a la persistencia del enfoque sinhogarista de la desafiliación y el punto de vista del domicilio, reconociéndose las posibilidades del método y mirada antropológica como herramientas para el conocimiento de un fenómeno tan escaso en abordaje como en lecturas críticas de ello.

Cerca y acerca del fenómeno

Una cuestión de números

Más allá de su cercanía o distancia geográfica, Chile y Uruguay comparten varios horizontes en materia de trabajo con respecto al tema y esta población. Ambos, como otros países de la región, hacia mediados de la década pasada emprendieron esfuerzos de conteo e integración a sus políticas públicas estrenando una preocupación bastante similar en términos de perspectiva y dispositivos de atención. Y los dos, aunque de distinto modo, han perseverado y mutado con el tiempo, anotándose, y evidenciándose por lo mismo, como otro de los factores incidentes y no necesariamente conscientes de ello2 (Tabla 1).

Tabla 1 Resumen instrumentos de registro y domiciliación citados, Chile y Uruguay. (Elaboración propia) 

Chile Uruguay
Instrumentos de conteo población en situación de calle Primer Catastro Nacional de Personas en Situación de Calle, 2005. Segundo Catastro Nacional de Personas en Situación de Calle, 2011. Integración a Registro Social de Hogares, 2017. Primer conteo y censo de personas en situación de calle y refugios de Montevideo, 2006. Censo y conteo de personas en situación de calle, 2011. Censo de Población en Situación de Calle, 2016.
Políticas o acciones de legitimación de la domiciliación Programa Rescate Social, Municipalidad de Santiago. Programa Noche Digna. Ley de Faltas y conservación y cuidado de los espacios públicos. Programa de desocupación de los espacios públicos, Intendencia de Montevideo.

Fuente: Elaboración propia.

Uruguay, cuya población en situación de calle alcanza las 1.274 personas de acuerdo al censo del año 2011 (Mides, 2011), muestra en su composición una fuerte concentración en la ciudad de Montevideo, además de una marcada masculinización y una relativa tendencia al uso de hospederías o refugios por sobre la vía pública como sitio para pernoctar. Con 1.023 de esas personas residiendo en la capital (80,3%), tres cuartas partes de ellas serían hombres (950) y casi 17% mujeres (216);3 y mientras cerca del 66% del total haría uso de los distintos recursos bajo techo para dormir que se les ofrece (837), el 34% restante lo haría en la calle u otros sitios de la vía pública (437). En cuanto a las edades, y no obstante las dificultades de establecerla por el tipo de conteo, el rango etario que concentraría más población en esta situación es el de 30 a 54 años, proviniendo de tal tramo el 39% de las personas que hace uso de las hospederías para dormir y cerca del 50% de quienes, por el contrario, lo hacen en la calle.

Tabla 2 Comparación situación de calle Uruguay y Chile, año 2011. 

Población Uruguay Chile
Cantidad 1.274 p. 12.255 p.
Concentración Montevideo Resto del país Región Metropolitana Resto del país
80,3% 19,7% 47% 53%
Distribución por género Hombres Mujeres S/inf. Hombres Mujeres S/inf.
74,5% 16,9% 8,4% 83,1% 16,2% 0,6%
Sitio de pernoctación Bajo techo En la calle Bajo techo En la calle S/inf.
65,6% 34,3% 43% 56,2% 984 p.4

Fuente: Elaboración propia a partir de datos Mides 2011 y Midesoc 2012.

En Chile, en tanto, 12.255 personas estarían en situación de calle según datos del segundo catastro nacional (Midesoc, 2012), el que, efectuado también en 2011, dejó a la vista un comportamiento relativamente similar, esto es, la masculinización del fenómeno y una muy alta concentración, aunque no tan marcada como en el caso uruguayo, en la región que es cabecera metropolitana del país. Así, con un 83% de ellos hombres (10.185) y un 16% mujeres (1.986), la concentración de aproximadamente la mitad de esta población en la región Metropolitana (47%) mostraría una ligera variación con respecto a sus comportamientos, lo que también se haría efectivo en lo concerniente a los sitios que se usan para pernoctar, pues un 56,2% de las personas encuestadas habría pasado la noche anterior en la calle (6.388), mientras que el 43% restante lo habría hecho en hospederías u otro tipo de lugares bajo techo semejantes (4.883).5 Con más población empleando las calles para dormir que en Uruguay, la ampliación del rango temporal de la consulta confirmaría tal tendencia, ello porque cuando se pregunta por los siete días precedentes a la realización del censo, solo un 38% de los consultados informa haber pernoctado bajo techo (Tabla 2).

En relación a las edades y el factor tiempo, los datos señalan que el promedio de edad de las personas que están en situación de calle alcanzaría a los 44 años, en tanto que un 6% sería menor de edad y un 16% tendría más de 60 años; y que el tiempo en la calle llegaría a los 5.8 años como valor medio, dato que no se consigna en el caso de Uruguay, tal como se ha dicho, por la imposibilidad de establecerlo dadas las características del registro efectuado: por inspección visual y no por contacto directo, al menos entre quienes se encontraban durmiendo a la intemperie durante el conteo.

Con valores y comportamientos más o menos similares, si se mira hacia atrás y adelante en el tiempo, lo que se observa tampoco cambia mucho. En Uruguay, por ejemplo, el Primer conteo y censo de personas en situación de calle y refugios de Montevideo, efectuado durante la noche y madrugada del 24 y 25 de octubre de 2006 (Mides, 2006), señala la existencia de 320 personas durmiendo a la intemperie, 7,6% de las cuales serían hombres (242) y 9,1% mujeres (29).6 En refugios, por su parte, los datos muestran que 419 personas mayores de 18 años dormían en ellos, 58,9% en albergues del Programa de Atención a las Personas Sin Techo (PAST) y 41,1% en refugios de tipo permanente,7 correspondiendo el 63,7% de su total a hombres (267) y 36,3% a mujeres (152).8 Hecha la comparación, y aunque esta no se pueda establecer a nivel país dado que este relevamiento fue solo en la capital, se tiene que 739 personas estaban en esta situación, 284 menos que en 2011 (incremento del 38,4%), observándose ya entonces las proporciones que luego se mantendrían en materia de perfiles y comportamientos: mayoría masculina entre su población (68,9%), y mayoría pernoctando en refugios (57%, siete puntos porcentuales menos que en 2011).

En el caso chileno, cuyo censo de 2006 reveló la existencia de 7.254 personas en esta situación, los datos dejan ver un incremento del 68,9% entre censos, correspondiendo un 85% a hombres y un 15% a mujeres (Mideplan, 2005), proporción prácticamente igual a la que se verificaría cinco años después. En cuanto a los sitios empleados para pernoctar, las cifras señalan que en términos declarativos las mujeres tendían a ocupar en mayor medida las locaciones bajo techo dispuestas, esto es, un 67,6%, mientras que los hombres lo hacían en un 59,4%. Respecto a la concentración de la población, y tal como se observaría hacia 2011, esta tendía a agruparse en la región Metropolitana, que ya concentraba cerca de la mitad de la misma (47,7%).

Finalmente, en lo que toca a lo sucedido con posterioridad, el último registro de población realizado en la ciudad de Montevideo en 2016 (Mides, 2016) muestra la existencia de 1.651 personas en esta situación, lo que significa un incremento informado del orden del 52,6% con respecto a 2011. De esta población, 556 personas estaban en situación o disposición de pernoctar en la calle (33,7%), mientras que 1.095 ocupaban los diversos dispositivos bajo techo existentes (66,3%), lo que consecuentemente deja ver la no modificación de los últimos valores registrados. En cuanto a la diferenciación por sexo, en ambos casos la mayoría correspondería a población masculina, toda vez que tanto a la intemperie (94%) como en los recursos bajo techo dispuestos (83%), gran parte de sus ocupantes eran hombres, lo que a su vez significa la mantención del perfil masculino señalado. De Chile, en tanto, la interrupción del esfuerzo censal que en seis años significó la realización de dos catastros nacionales y la inclusión, en adelante, de su interés como protocolo anexo del ya existente registro social de hogares, no ha supuesto la actualización pormenorizada de la información, solo el adelanto en la página web respectiva (www.registrosocial.gob.cl) de la existencia, sobre la base del 81% de avance en el procesamiento de los datos, de 10.610 personas viviendo en las calles, 85% de las cuales serían hombres y poco menos de la mitad (43,9%) residente en la región Metropolitana.

Respecto a las ciudades de Arica y Paysandú, cuya información es muy disímil en cuanto a contenido y atención, consígnese la existencia de 395 personas viviendo en esta situación según datos del último censo de 2011 para el caso de la región de Arica y Parinacota (Midesoc, 2012), lo que significa un porcentaje bastante reducido de ella en relación a su distribución país: 3,2% frente al 46,7% ya anotado de la región Metropolitana. A pesar de ello, tal número adquiere otro valor cuando el punto de observación es su propia densidad regional, del orden de las 22 personas por cada 10 mil habitantes, el segundo más alto después de la región de Tarapacá, que por su parte muestra una relación de 25 por esa misma cantidad. Esta situación, que señala una presencia relativa más visible que en el resto del país, también deja abierta la pregunta por las bondades de su clima y de su condición de frontera norte como factores incidentes de tal concentración.9

De Paysandú, por último, con escasa presencia en las cifras nacionales dado el menor volumen relativo de esta población, el censo de 2011 anota la existencia de 17 personas pernoctando en la calle (Mides, 2011), último dato registrado considerando que el conteo de 2016 solo se realizó en Montevideo. Datos locales, sin embargo, de un informe técnico del Refugio La Heroica (2017) que presta atención, entre otros públicos, a esta población, muestran que el 52% de los ingresos verificados en 2016 fueron a propósito de esta situación, porcentaje que correspondería a un total acumulativo de 426 personas, si se tiene en consideración que ese año se atendió, por diversos motivos y con distintos tiempos de duración, a un total de 819 personas.

Un asunto también de decires

No un tema profusamente abordado, la situación de calle, y en particular las formas en que se usan o apropian los espacios públicos de modo distinto a los establecidos, sí ha sido materia de abordaje y discusión relativa. Marginal, sin embargo, su revisión deja ver la centralidad de la posición y la lectura que de ella se haga, toda vez que, mayoritariamente interpretada como falta, ha obstaculizado la observación de los muchos otros sentidos que representa. Y dificultándolo, también ha afectado la posibilidad de leerla como una otra forma de ampliar el ancho de lo posible (De Certeau, 1999; Rosaldo, 1991), practicar la ciudad (De Certeau, 1996) y/o producir espacio urbano (Delgado, 2007).

Pensada como condición de posibilidad de los fenómenos, tal lectura de la posición, o del espacio según se anota en lo señalado por Kant (2007), podría consignarse como el grado cero de los abordajes en la materia, ello porque el tipo de ocupación que se hace de o en lo público no ha sido leído en conformidad, vale decir, como un estar que posibilite el ser. Park (1999), por ejemplo, que a partir de los trabajos de Anderson ha relevado la importancia de la locomoción o movilidad en la organización de lo que denomina la naturaleza de la sociedad, también ha hecho hincapié en su localización, señalando que “a fin de asegurar la permanencia y el progreso de la sociedad, los individuos que la componen deben estar localizados. Han de estarlo por una razón: para mantener la comunicación, pues sólo a través de ésta, el equilibrio dinámico que llamamos sociedad puede ser preservado” (p. 87). Con ello, no solo ha dejado en un segundo plano la lectura de la hobohemia de Anderson como un mundo posible, sino que ha dado pie a las perspectivas de la carencia y la desafiliación, tradición dominante en lo que seguiría con posterioridad:

Todas las formas de asociación entre los seres humanos descansan en definitiva en la localidad y en la asociación local. Los extraordinarios medios de comunicación que caracterizan a la moderna sociedad -el periódico, la radio y el teléfono- son simplemente mecanismos para preservar esta permanencia de la localización y de las funciones en los grupos sociales, en relación con la mayor movilidad y libertad posibles de sus miembros.

El hobo, que comienza su carrera rompiendo los vínculos locales que le ligaban a su familia y a su vecindario, ha terminado rompiendo con todas las demás asociaciones. No es sólo un “sin techo”, sino un hombre sin causa y apátrida (Park, 1999, p. 87).

Puesto así, la lectura relacional, organizada y próxima de la hobohemia hecha por Anderson (1923), o eso que lo lleva a caracterizarla como un modo de vida al paso capaz de reunir “al hombre en búsqueda de empleo y al trabajo en busca de hombres” (p. 12) -y que incluso en Pujadas queda señalado como “una cuestión de tipo cultural, […] una visión del mundo, [o] una estructura de las relaciones sociales distintas a las de la mayoría de la población urbana” (2002, p. 32)-, paulatinamente va dando paso a un tipo de lectura que, restringiendo el sentido de lo social al asentamiento, poco a poco lo ha llevado al terreno de la pérdida de relaciones, la carencia y su condición en falta. Con ello, a invisibilizar los muchos lazos que igualmente desarrolla y mantiene, esto es, su lectura como retraimiento, asocialización o conducta desviada (Merton, 1960), o bien como falta de lazo o disminución de este, base del aislamiento social que caracterizaría la predominante lectura sinhogarista del fenómeno (Bahr, 1973). Y que en nuestro país le ha caracterizado, incluso, como un proceso de desacoplamiento sociorrelacional progresivo (Berho, 2010), base de la adaptación que la vida en la calle requeriría.

Visto, entonces, como un problema de lugar y a partir suyo de vinculación en él, de sus muchas resonancias posibles destáquese la muy persistente dificultad para ver otras formas de construcción de ambos, no ancladas a su arraigo, como permanentemente ocurrió en nuestro país con quienes por distintas circunstancias debieron recorrer su geografía en búsqueda de trabajo (Araya, 1999; Salazar y Pinto, 2002; Bengoa, 1988; Falabella, 1970), o bien entendiendo su transitoriedad como opuesta al carácter histórico, biográfico y relacional con que se ha cualificado la condición de lugar (Augé, 1998). Así las cosas, y volviendo con Park como temprano referente del aislamiento atribuido a esta población, su misma argumentación termina siéndolo de la domiciliación, fórmula que de la mano de su entendimiento como falta de techo, luego como problema, a su vez dificultaría la apreciación de su distinta ocupación de lo público, léase otra u otras formas de habitar en él:

Y esto acentúa la importancia, sin embargo inútil, de los esfuerzos de hombres como James Eads para establecer centros para el vagabundo en diferentes partes del país: lugares donde estos individuos puedan encontrarse para intercambiar experiencias, discutir sus problemas y todos los problemas de la sociedad; lugares, también, en los que puedan mantener algún tipo de existencia colectiva y encontrarse e intercambiar perspectivas con el resto del mundo sobre una cierta base igualitaria y con la esperanza de comprensión (Park, p. 87).

En Park un temprano guiño a la domiciliación como negación de estas otras formas de habitar, la relación entre posición y condición de posibilidad de los fenómenos, y esta como lugar material y sitio de las ideas -y aún más, como su falta en el caso de esta población-, no solo permitiría entender su invisibilización como legítimos usuarios de la ciudad y sujetos en plena calidad de tal, sino la negación, como se ha dicho, de su condición de ser y estar en el mundo. De paso, su disminuido derecho a la ciudad (Lefebvre, 1969) y la discusión, pero por ausencia, de los sentidos que su evidente presencia en ella de todos modos representa.

Asunto, pues, de disputa material y simbólica, la lectura de su particular ocupación de lugar como espacio de referencia (Bufarini, 2010), contexto de estabilidad y apropiación creativa (Berho, 2010), e incluso como espacio de identidad (Midesoc, 2012), señala una cierta apertura que, por oposición, también ayuda a comprender la movilización de un sinfín de recursos para legitimar su domiciliación; en otras palabras, su expulsión de lo público en tanto uso no proyectado de él. La Ley de Faltas en Uruguay, o el Programa de Desocupación de los espacios públicos de la Intendencia de Montevideo; la actuación de programas como Rescate Social, de la Municipalidad de Santiago; o el efecto que en tal sentido busca producirse con la llamada arquitectura defensiva en muchas de nuestras ciudades, son ejemplos, entre muchos, de sendos dispositivos que marchan en esa línea. En ningún caso lo único ni solo una cuestión de índole material, el documentado caso de la Dirección General de Control Urbano, en la ciudad de Rosario (Bufarini, 2010), también sería ejemplo de la ascensión de ciertas representaciones al nivel de retóricas dominantes (Romaní, 1996), tal como sería su diversa desacreditación por parte de la prensa (Hodgetts, Hodgetts y Radley, 2006) y su reiteración como conocimiento irreflexivo que, a su vez, contribuiría a la desigualdad y mantención del existente estado de las cosas (Vasilachis, 2003).

La preeminencia, por otra parte, que de tal suerte cobra su visibilidad, resulta concordante con la lectura de la calle como sitio de paso (Delgado, 2006) y el ruido que produciría, por extensión, en tanto interrupción de su ruta y rutina diaria (Giannini, 2004). Contradictoria, sin embargo, su reacción con lo dicho por De Certeau (1999) a propósito de la distinción entre lugar pensado y lugar practicado, la percepción de la calle como lugar de pertenencia, aprendizaje y solidaridad a la vez que mal lugar y lugar ajeno (Vasilachis, 2003), no solo habla de la multitud de posibilidades que en torno suyo pueden emerger, sino de la expropiación que a manos de ciertos usos y usuarios se hace de lo público. Negada tal aceptación, ni siquiera se alcanza a visualizar en varias de las aseveraciones que respecto de esta población se hacen cuando se la logra ver, por ejemplo que gira solo o preferentemente tras su supervivencia, como ocurriría con la insistencia y no discusión de la llamada ruta de la cuchara (González, 2010); pero también con los modos de acción que se le atribuyen (Berroeta y Muñoz, 2013), los que situados en la obtención de recursos y en las formas de pernoctar, además de no reconocer todo ‘lo otro’ que en la calle se lleva a cabo, tampoco dejan margen a la posibilidad de imaginarlos en posesión de una vida más amplia. Y que sí observado en los denominados usos del espacio público por parte de estos mismos autores (territorial, funcional, social y contemplativo), no parecen reconocer tal contradicción, ni de que en su ejercicio han de relacionarse, necesariamente, con otras poblaciones.

De ninguna forma adjudicable a una sola autoría pero sí expresión de la lectura desafiliante, carenciada y en falta del sinhogarismo, la investigación en torno a la resignificación socioespacial y los procesos de construcción de subjetividad en que derivarían (Palleres, 2010), también se puede observar como ejemplo de dicha dificultad, ello porque no parece convincente que para discutir su atribuida inactividad se afirme que su desplazamiento responda “a varios objetivos que van desde la satisfacción de necesidades inmediatas para subsistir, hasta otras más mediatas como la búsqueda de un rincón de la ciudad del cual poder adueñarse o sentir como propio a lo largo del tiempo” (p. 108). Poseedores de mayor densidad, las mismas tácticas materiales y simbólicas que se describen para transformar el espacio público a través de su utilización, como han precisado Radley, Hodgetts y Cullen (2005), darían cuenta de esa hondura y capacidad al leerla como un proceso que bien puede identificarlos con, o distinguirlos de, la situación de calle, en este caso al ponerla en relación con dinámicas que tanto tienen que ver con la contención de la vulnerabilidad, como con el momento específico por el que se atraviese, o el contexto, las condiciones de posibilidad y las necesidades que se tenga. Señalada como la expresión material de una manera de vivir, esto es, el conjunto de actos por medio de los cuales se transforma la calle o la ausencia de casa, precisamente, en casa (Radley, Hodgetts y Cullen, 2005), tal lectura sería más o menos coincidente con lo planteado por Bachiller (2008) cuando puntualiza, a partir de su trabajo en Plaza Ópera de Madrid, que gran parte de esta población si bien no reconoce la calle como su hogar, sí personaliza el espacio en que reside, lo que difuminando los contenidos de cada cual (o que la calle se hogarifica y el hogar se callejiza), ayudaría a no perder de vista las muchas líneas de relación, y no marginalidad, existentes entre ambos universos.

Aun así una cuestión muy posible de soslayar, su puesta en relación con la significación situaría su asunto, más que con las formas de habitar en sí, con la posibilidad de leerla como tal. Y ello, ligándose con el tema de la posición, también se relacionaría con la distancia o cercanía con y sin domicilio. Adelantado por Farrell (2005) cuando llama la atención con respecto a la conformación de un área de relación en torno a su presencia en la ciudad, más puntualmente estaría asociado con la generación de un punto de vista más inclusivo y comprensivo acerca de ella en la restante población, sea por la exposición a la situación de calle o por su distinta pero próxima vivencia de la llamada desventaja social. Tal exposición a la falta de vivienda, sin embargo, y su mayor visibilidad en las zonas donde se concentra la disputa material y simbólica de las ciudades, no solo actuaría como un factor atenuador de su visión, o de reacción y privatización según se trate, sino como un amplificador del hecho que la experiencia del observador en cuanto a esta población, su educación, adscripción política, religiosa o pertenencia étnica, aunque obviadas, no son indiferentes en su valoración (Lee, Jones y David, 1990).

Dicho lo último a propósito de una investigación acerca de las creencias públicas en torno al fenómeno (Lee et al., 1990), la centralidad de estos aspectos parece más que relevante, en especial por su relación con la puesta en acción de las retóricas dominantes: lo sucedido hacia 1989 en Berkeley con las restricciones sobre People’s Park (Mitchell, 1995), por ejemplo, o en Rosario más recientemente con la campaña Rosario inclusiva, que no obstante la restringió (Bufarini, 2010), o bien hacia 2008 en la ciudad de Puerto Montt a raíz de la ocupación del llamado pueblito Melipulli (Piña, 2013), parecen suficiente para sostener esta última posibilidad. Y con ello, cerrando esta revisión, para observar su papel como efecto y factor del retroceso de una perspectiva capaz tanto de considerarlos como agentes (Piña, 2010) y legítimos otros (Rojas, 2008), como de apreciar sus dinámicas de arraigo territorial (Bachiller, 2008), atrincheramiento (Bachiller, 2008) y lugarización (Garrido, s.f.). O, puesto en clave de movimiento, a sus desplazamientos como tácticas de adaptación y subsistencia (Bachiller, 2008), pero también de desafiliación dado el forzamiento a aquello (Bachiller, 2008); o, en términos de interrelación, de poder reconocer sus núcleos de sociabilidad (Bufarini, 2010), redes sociales en que se insertan (Midesoc, 2012) o su diversa vinculación, también del tipo humano-animal (Irvine, 2013).

Pupilas vacías, o la calle puertas adentro

Antesala metodológica

Tal como se adelantó, los testimonios y fotografías en torno a los cuales giran estas elaboraciones forman parte de un proyecto de investigación que ha buscado avanzar en el entendimiento de la situación de calle como expresión de un fenómeno, si bien ligado comprensivamente a lo material, sustantivamente jugado en su significación. Para ello, y reconociendo la importancia de sus representaciones (Moscovici, 1979; Jodelet, 2008), ha procurado poner al centro del debate las voces y prácticas de esta población, usualmente dejadas a un lado, haciendo frente a un segundo círculo de exclusión, cual es su negación como efectiva exponente e interlocutora del hecho de vivir en la calle. Así observado, el instrumental técnico metodológico elegido estuvo dado por la fotografía participativa o photovoice en inglés (Radley et al., 2005; Melleiro y Gualda, 2005; Grinschpun y Bendersky, 2005; Miller, 2006; Risor y Guerra, 2007; Auyero y Swusitun, 2008; Bermúdez, 2009), la entrevista en profundidad (Guber, 1994; Jociles, 2006) y el enfoque biográfico (Márquez y Sharim, 1999; Pujadas, 2002), conjunto de estrategias complementarias que buscan remontar dicho desplazamiento y avanzar en la comprensión multidimensional del fenómeno, tal como ha insistido Somerville (2013).

Desplegadas, entonces, a partir de una aproximación comparativa a las realidades de Chile y Uruguay en dos de sus ciudades de frontera (Arica y Paysandú) y metropolitanas (Santiago y Montevideo), la investigación produjo un total de 48 casos, indagándose acerca de una serie de aspectos de los cuales acá solo se profundiza en algunos, a saber, las formas de habitar, el emplazamiento y desplazamiento de sus dinámicas, y la representación del sentido que adquiere bajo la pregunta de si se puede vivir bien en la calle. Con ello de fondo, en términos muestrales también quiso representar las tendencias que la literatura técnica y científica señalan, vale decir, su masculinización, diversidad de perfiles y tiempo en calle, así como el movimiento que le es característico y que resalta la condición fronteriza o porosa del mismo. En otras palabras, que se construye tanto en la interacción con los contextos bajo techo yendo y viniendo de él como en relación a sus dinámicas, por ejemplo a partir de la violencia de género, la pérdida del empleo o el retroceso de la vivienda asequible, todos los cuales pueden alimentarle y eventualmente reunirles ya sea en la calle o en albergues u hospederías.

Hecha la suma y decantada selectivamente acá, los siete casos respecto de los cuales se ahonda y que por razones de confidencialidad se registran bajo otros nombres, tratan de dar cuenta de las diversas formas en que se construye y representa el fenómeno, acentuando para ello tanto su multidimensionalidad como la importancia de una mirada no domiciliocéntrica capaz de trascender los abordajes por salto o quiebre del fenómeno; su entendimiento a la luz de la carencia, falta y no agenciamiento de su población; o su traducción en tipologías apresuradas que reducen la complejidad del mismo y que terminan por comprenderlo solo en clave causal (Somerville, 2013).

Así diseñado, la opción por un acercamiento cualitativo con claro acento en lo etnográfico (Bachiller, 2010) y apoyo en herramientas de distinta fuente (Lopez et al., 2013), ha querido brindar complejidad a la exploración de un fenómeno que lo es en sí mismo, pero que por distintas circunstancias ha tendido a verse solo en su emergencia y materialidad desigual, cuando se le ve desde la intervención, o en su diversa disrupción y desafiliación, cuando lo ha sido desde la investigación no aplicada. Tal decisión, en especial la referida al empleo de la fotografía participativa, ha tratado de responder a la reducción y privación de su ciudadanía, la que, situada en su aparente no disposición de un sitio en la ciudad, ha decantado en la negación de la humanidad y dignidad que le es propia. Y que no visualizada a partir de lo que se imagina como el quiebre con y sin techo, tampoco permite imaginarlas como trayectorias continuas, todavía en ejercicio y siendo capaces de conferir sentido a la experiencia que a través suyo se tiene. En la necesidad, entonces, de inyectar densidad al lente con que se observa, este trabajo se plantea como un aporte al reconocimiento de esta población, discutiendo no solo la desigualdad que de muchos modos expresa, sino la más invisible que olvida los varios planos, pliegues y matices que tienen las vidas de las personas. También las de quienes ocupan las calles para vivir.

Formas de habitar

“La casa no me espera, está conmigo”

Hugo Montes

De ningún modo representativo de la situación de calle pero sí de los casos producidos, la investigación deja ver, en cuanto a las formas de habitar por esta población, tanto el empleo de la vía pública y sitios eriazos como la utilización de hospederías y otros dispositivos de apoyo diseñados para ella. La primera de estas formas, no necesariamente aislada al momento de la elección y ocupación de los lugares en que se emplaza, puede ser de modo unipersonal o compartido con otras personas, sea que exista relación directa entre ellas o bien que solo actúen como puntos de concentración eventual para dormir. Su habilitación, muy diferente entre países como efecto de la Ley de Faltas en Uruguay, puede llegar a ser muy vistosa en el caso chileno dada la utilización de carpas y la construcción de instalaciones de material ligero, conocidas como rucos, aunque también más simple a propósito de su práctica a la intemperie con o sin bolsa de dormir. El uso de hospederías y otros recursos especializados, en tanto, muestra un tipo de disposición relacionado con el género, la salud y el tiempo o experiencia en la calle, observándose mayores niveles de aceptación o uso entre mujeres, en especial cuando se está embarazada o a cargo de niños o niñas menores, o bien en casos de reciente llegada a la calle y cuando la salud así lo demanda.

El detalle, por su parte, tanto de las entrevistas y fotografías como del proceso de observación asociado, deja ver una cierta concentración en los ejes cívicos y el centro de cada ciudad, no pudiendo establecerse, como se ha dicho, algún grado de representatividad con el fenómeno, dada la decisión de fijar ahí, preferentemente, el foco de la indagación. Aun así, su correspondencia con la concentración de la oferta especializada en el tema y la permanente reunión y circulación ahí del resto de la población señalan un aspecto clave de las formas de habitar en estudio, esto es, su localización de modo más o menos próximo a las fuentes que pudieren proveer o ayudar a la subsistencia, en ningún caso entendida solo como material. Localizados ahí, también preferentemente, sus sitios de habitación, trabajo y reunión como los lugares, personas y situaciones retratadas, el análisis de sus contenidos y el conocimiento logrado muestran la doble importancia, material y simbólica, que sigue teniendo lo domiciliado, ello por su articulación como referente práctico de la vida que se lleva, pero también como fuente y objeto de los juicios que se emiten: lo primero, porque la vida en la calle no asoma como una cuestión desgajada de la trayectoria vital de que deriva o de cómo se la enfrenta; y lo segundo, porque su representación bebe y se dirige, en muchos sentidos, de y hacia lo que ahí emana.

Para Félix Barros, por ejemplo, un hombre de 42 años de edad al momento de la entrevista y con 22 años de experiencia en la calle desde que pernoctó por primera vez en ella, la calle, en su forma de habitar, no sería muy distinta a lo que puede encontrarse en, o habitualmente se entiende como, domicilio. Ocupando, en su caso, la cabecera norte de un céntrico parque público en que convergen dos importantes avenidas de la ciudad de Santiago, la alusión a dinámicas de la vida bajo techo realizadas puertas afuera resulta iluminadora, incluso de la proximidad material que pueden llegar a tener. Ver televisión, y disponer del modo para hacerlo (Figura 1), a estos efectos se transforma en una frontera activa, una que como tal difumina claramente los límites entre ambos contextos:

Ahí está el rack po, el jontiter [home theater] de la calle. Lorea [Mira], ahí está la tele, la paioner, los bafles, el DVD, el subgufer [subwoofer] […]. ¡Chucha! [improperio que denota sorpresa], la misma hueá [cuestión] que tení en la casa la tení aquí, la tení en la calle, po hueón [interpelación al entrevistador] […] 3.700 wueats de potencia… Aquí dejamos la media escoba [causar desorden]. Pónelo en tu casa: la misma cuestión, po (FB, Santiago, 12.09.15).

Figura 1 El jontiter de la calle (FB, Santiago, 12.09.15). 

De distinto modo, otra fotografía, pero ya no localizada en las proximidades del centro cívico o de las cercanías materiales entre calle y domicilio, muestra el universo de preocupaciones compartido entre ambas formas de habitar, y que no obstante provenir de una persona que está en situación de calle, da cuenta de la importancia que los contextos bajo techo siguen teniendo ahí. Rita Sastre, una argentina de 27 años de edad, embarazada y con dos hijas de 4 y 7 años entonces, retrata las condiciones de habitabilidad de los sectores bajos de la ciudad de Paysandú, los que inundables con la crecida del río Uruguay evidencian, en su decir, el desamparo de quienes viven bajo techo en su inmediación (Figura 2). Hospedándose en el refugio de la ciudad, y con dos años de experiencia en la calle además de otros de esporádica pernoctación en ella por problemas con su madre, su testimonio no solo pone de relieve la proximidad de clase entre ambas poblaciones, como de otra forma ha sugerido Farrell (2005), sino la mantención de un tipo de preocupación que además de no ser privativo del domicilio, tensiona la imagen de este como el contexto de la protección social con que usual y paradójicamente es presentado:

Acá lo que quiero mostrar es que pasan propagandas que combaten contra el dengue, y acá estos vecinos, viste, con el agua estancada, impresionante, que nadie ha ido a fumigar tampoco. Esa es una. Y que también, como no tienen saneamiento, tienen que tirar todo el desperdicio para la calle, ellos mismos hacen zanjas y que eso corra para abajo. Y esto, ahora en invierno, como la gente está adentro, viste el mal olor que hay todo, no lo sienten tanto. Pero en verano, vos no sabés, el agua queda podrida en mosquerío, mosquitos, los zancudos como vos le decís […] Y las calles también, quiero mostrar las calles, que como es un barrio ya alejado, no se preocupan, ni hacer las calles, ni nada, y el día que llueve eso se empantana de barro, y las criaturas tienen que salir para la escuela y tienen que andar todos mugrientos porque no hay calle […]. Es importante, porque acá viven personas, en primer lugar, los niños que van a la escuela tienen que pasar con los pies húmedos porque tienen que pasar cerca de la zanja esta. Y después por el tema de los mosquitos, de las enfermedades también (RS, Paysandú, 10.05.15).

Figura 2 Con el agua estancada (RS, Paysandú, 10.05.15). 

Expresión de una proximidad que no se interrumpe con la salida física del domicilio, la experiencia de Javier Saldías, un hombre de 36 años de edad y siete en la calle en distintas ciudades del continente y Europa al momento de conocerlo, da cuenta de otras formas en que esta se manifiesta, si bien asociadas con la itinerancia en su caso, también ligadas al trabajo, el ejercicio de ciertas prácticas y gustos, el sostenimiento de lazos de filiación, o la necesidad de mantener algunos recaudos, como la seguridad personal y la separación de su autoimagen de la común representación del vagabundaje como ociosidad o flojera. Cercano de muchos modos a las formas de vida al paso documentadas por la literatura (Anderson, 1923; Falabella, 1970; Baigorria, 1998), su afirmación de que ocupa la calle para vivir o de que determinada playa de Arica correspondería al living en que se instala a leer, por ejemplo, lo sitúan no solo en el horizonte de realización de lo que discursivamente informa, sino en el de la reivindicación de su equivalente derecho a hacerlo. Acto político tal ocupación y reclamación, igualmente lo es la inclusión de la hora en que toma una de sus fotografías, las 7:50 de la mañana (Figura 3), momento del día en que se levanta e inicia su rutina de ancha ocupación y apropiación de la ciudad, o ciudades en rigor, por las que se mueve:

Este es el lugar donde yo duermo de lunes a viernes. Se llama [playa] El Laucho. La quise sacar para que se vea cómo está… Bueno, ahí pongo mi bicicleta, ahí la pongo, la amarro, tiene una cadena, tiro mi cartoncito, tiro mi colchoncito y es donde duermo. Y esto es en la mañana, y le puse ahí 7:50 a. m., que es la hora en que yo, más o menos, todos los días despierto y me levanto (JS, Arica, 10.04.15).

En el otro extremo, pero de la jornada diaria, Raimundo Garrido, un acomodador de vehículos de 45 años de edad y 20 de experiencia en la calle, decide comenzar el registro fotográfico con una serie de siete tomas que dan cuenta del cotidiano acto de ocupar la calle para dormir, todos los días, más o menos a la misma hora y en el mismo lugar donde trabaja ya por años. Disponiendo en el suelo el colchón que guarda en una carnicería vecina, y acomodándolo en su envoltorio de plástico a fin de evitar la humedad junto a las dos capas de colchas y el cojín que completa su indumentaria de descanso (Figura 4), lo que hace es registrar su diaria y muy doméstica relación con el entorno y las personas que lo circundan; relación que hacia inicios de 2017, y no obstante la normativa legal que lo impide, ya lo tenía ocupando una carpa sobre la misma vereda, con conexión eléctrica y televisor adentro, más un mural de un metro aproximado de diámetro, con su rostro en blanco y negro como protagonista. Afirmando que ese es el lugar donde comienza su ‘estadía’, su relato no guarda muchas diferencias de lo que podría ser el diario acto de hacer lo propio bajo techo, y que en sus palabras sería importante porque “es el tema que estamos hablando, cierto, la gente que vive en la calle, entonces partimos de, de donde empieza mi hora de descanso… cómo empieza la rutina mía del descanso […] que ahí era temprano, viste, eran las nueve, ponele, nueve y poco, pero por lo general me acuesto más tarde” (RG, Montevideo, 21.04.15).

Figura 3 7:50 a.m. (JS, Arica, 10.04.15). 

Figura 4 La vida diaria (RG, Montevideo, 21.04.15). 

Con muchos más elementos de los aquí resumidos, y ya sea de modo próximo o contrario a ello, lo domiciliado emerge recurrentemente en testimonios y fotografías, por ejemplo en el tránsito e itinerancia con y sin domicilio de quienes están en su situación, pero también en la importancia que pueden llegar a tener las relaciones de vecindad que se establecen con otras personas, vivan o no bajo techo; en el papel específico, cotidiano o referencial, que por distintas circunstancias pueden jugar algunas de esas personas; en los sitios de habitación y trabajo como espacios y prácticas del día a día; en otros de reunión, esparcimiento o paseo a los que eventualmente se acude; en las pertenencias que acompañan a la persona o a los lugares que se ocupan; o bien en las cosas que se hacen y las reflexiones que suscitan. Su centralidad, no derivada únicamente de la historia personal bajo techo que se tenga o del espacio que ocupe la declaración de querer volver a él, aparece como un indicador de los lazos, e incluso equivalencia y similitud, que la vida a ambos lados de la línea con y sin domicilio puede y en efecto llega a tener. Su indicación acá y aún más su documentación, importante por la exoticidad con que suele representarse al fenómeno, también lo es por la desafiliación con que se imagina a esta población, atributo que impide ver, como se ha dicho, su capacidad de generar y mantener vínculos, no pocas veces con algún animal, la mayoría pero no exclusivamente perros.

En línea con lo dicho por Irvine (2013) a propósito del papel redentor que de distinto modo pueden jugar los animales en la vida de esta población, la tenencia y/o referencia a la posesión de perros también aparece como central en las formas de habitar la calle, por ejemplo fomentando la responsabilidad que su cuidado demanda, o bien premiándola con su presencia en situaciones cuyo cumplimiento así lo deja ver. Samuel Valencia, un hombre de 53 años que al momento de la entrevista vivía con su pareja de 40 en una carpa en las afueras de una conocida universidad privada en el centro de Santiago, destaca que en una ocasión decidieron regresar desde el sur del país porque extrañaban a su perro, Morón (Figura 5), al que habían abandonado dos meses antes para ir en búsqueda del estacional trabajo agrícola, precisamente después de una fuerte discusión con la arrendadora de la pieza en que residían debido a las molestias que el perro ocasionaba. Consultado acerca del porqué 12 de los 27 tiros de cámara que habían tomado tenían al perro como protagonista total o parcial, su respuesta es muy decidora:

Ella [su pareja] le saca fotos, no halla a quién sacarle fotos. Y es importante igual, yo te voy a contar: cuando nos fuimos por la señora [la arrendadora], vendimos todas las cosas y nos fuimos pal sur, ¿entiende? Dejamos todo tirao, al perro también. Y estábamos en el sur y de repente empecé a echar de menos al perro, y dije: ‘chucha, qué hueá, devolvámonos pa Santiago’. [risas] Si volvimos más por ese hueón. [Después de] dos meses. […]. Estaba en esa plaza chica de ahí [Los Niños, en el centro de la ciudad]. Estaba flaco po […] Yo estaba trabajando en la agricultura […] estaba cosechando frutillas y eché tanto de menos a este hueón que dije: ‘ya, vamos’ (SV, Santiago, 16.06.16).

Figura 5 Morón (SV, Santiago, 16.06.16). 

Ligado, en este caso, con la itinerancia calle-casa y el trabajo de temporero que lo lleva a identificarse como parte del viejo torranteo descrito por Falabella (1970), tal declaración no solo deja ver lo férreos que pueden llegar a ser estos lazos, sino a lo relacional como una característica de las formas de habitar en situación de calle. Un tema de afectos y asunción de responsabilidades, el valor central de tales vínculos igualmente emerge en el caso de Ramón Sanabria, un hombre de 48 años que también vive con su pareja en una carpa en las afueras de otra universidad del sector centro de Santiago. Recorriendo 2 kilómetros de distancia para llegar al sitio de la ciudad donde emplazan el punto de venta de lo que diariamente recolectan, y otros 14 en la otra dirección para visitar y compartir con parte de sus familias y amigos, ambos trayectos, que realizan a bordo de la locomoción colectiva, lo hacen en compañía de sus dos perros, Blanco y Male, los que también duermen al interior de su tienda (Figura 6). Consultados acerca de ese itinerario, su respuesta señala que habiéndose tenido que bajar en más de una ocasión por la negativa a llevarlos, ello casi no ocurriría por lo habitual que ha seguido siendo en el tiempo:

po, en la micro. Y si nos echan pa abajo a los perros nos bajamos nosotros igual, po. […]. Sí, nos bajamos. Dicen: ‘cabros, los perros no’. ‘Ya, entonces bajémonos’. Bajamos con los perros, ¿cachai o no? ‘Ya, no importa, hermanito’. Pero igual ya nos conocen, ya… ¡Porque viajamos todos los días!: con los perros de aquí a Mapocho, cachai, y de Mapocho a La Pintana, y La Pintana pacá, cachai. Todos los días con los perros, si ya saben el recorrido. Entonces esa foto la saqué porque son parte de nuestro vivir diario. ¿Me entendí o no? (RS, Santiago, 14.08.16).

Muestra tanto de las formas de habitar en vínculo humano animal como humano espacial dado los radios de desplazamiento que llegan a alcanzarse, sus esfuerzos para hacer frente a la conjuntivitis que afectaba a uno de sus perros -y que hizo que el investigador fuera en búsqueda de un remedio a una farmacia del sector-, es indicativo de relaciones, prácticas y prioridades que pueden ser pasadas por alto, y que van más allá de las que acá se apuntan. Con una activa red de atención y cuidado de su mascota a la que pensaban acudir en un par de días, su mención refiere a un conjunto de cosas, si bien diferente, no muy distinto del que también puede haber o acontecer bajo techo. En este caso muestra de la no reconocida agencia de esta población, el papel que a este efecto jugaría la presencia animal resulta más o menos coincidente con el concepto de redención, que en su forma más simple se referiría, siguiendo a Irvine (2013), a la liberación del sufrimiento o la angustia propia de la mano de tener a alguien a quien dirigir el cuidado y encontrar retorno al cariño que así se entrega. Tal posibilidad, que no supone necesariamente que haya algo que redimir, de otra forma supondría la tenencia de algo que dar, lo que interpretado como intercambio por Matta y Perelman (2017) refuerza la idea de que en estos modos de habitar lo relacional no es una invención, ni que lo que se mueve a través suyo sea algo sin interés para quien, eventualmente, se sitúe del otro lado de esa relación.

Figura 6 Mi diario vivir (RS, Santiago, 14.08.16). 

Presente no solo en el acto de pedir -o machetear, como también se le llama-, su mención acá apunta a la multidireccionalidad de relaciones que, comúnmente observadas en un solo sentido, a la vez que no aprecian lo construido del juicio en que se fundan, no resultan justas con lo que se obtiene, sea a partir de esa misma negación, o del hecho de participar del toma y da que no se observa. Muy claro en varias de las prácticas económicas de esta población (ya se volverá sobre esto), igual lo es en la relación humano animal de que se habla, pero entendida más allá del papel redentor que se le asigna y no únicamente a partir de su comprensión como una línea de relación con dos vectores. Javier Saldías, quien no suele estar más de seis meses en cada localidad según precisa, cuenta de la importancia que tienen los perros en materia de seguridad para quienes viven en la calle, y que en el caso de la suya, Borracha (Figura 7), tal relación incluso ha trascendido los años y la ausencia que suelen generar sus viajes, al punto de dejarla encargada por dos años a una señora la última vez que emprendió rumbo:

Aquí estoy en el parque, en el parque que está en la [población] Juan Noé, cerca del centro de noche, [del programa] de la Noche Digna. Ahí hay un parque, en la Juan Noé. Aquí se ve mi bicicleta, se ven algunas cosas mías pequeñas, y se ve una perra que yo tengo […]. Esa perra se llama Borracha, yo la tengo hace 10 años a esta perra, pero cuando me fui de viaje, dos años, una señora me la cuidó: dos años, una señora me la cuidó, aquí en Arica. Ahora yo vuelvo a Arica, me encuentro con la perra, me encuentro que está enfermita, ya no me puede seguir en la bicicleta, no puede correr detrás mío en la bicicleta. Pero la idea de sacar esta foto fue que para alguien que vive en la calle como yo, un perro te da una seguridad que no te la va a dar nadie […]. Porque andar con un perro en la calle viajando o como vivo yo, o como yo todos los años que viví con ella, es una protección pa mí, o sea prácticamente para mí ella es todo, yo puedo dormir en la carpa tranquilo si estoy con ella […]. Eso fue lo que quise mostrar, que un perro te ayuda en la calle un montón, un montón (JS, Arica, 10.04.15).

Figura 7 Mi perra guardiana (JS, Arica, 10.04.15). 

Como un otro dependiente que fomenta el sentido de la responsabilidad, pero que por su parte entrega una serie de elementos que van más allá de la pura matemática intercambiable, la tenencia de animales, en los casos relatados, muestra una forma de habitar en vínculo que, por extensión, discute la falta de filiación de esta población, sea con personas, lugares o con los mismos animales con que se establece. Tales casos, paradigmáticos de un tipo de ceguera selectiva en los estudios del sinhogarismo, también lo son de la profundidad a que se puede llegar con herramientas distintas a la pregunta censal, por lo común centrada en el quiebre con y sin domicilio, o a partir de intervenciones que impiden y buscan romper las filiaciones y aprendizajes hechos en la calle (Peña, 2017). La adopción de tal perspectiva, anclada en una comprensión problemática del fenómeno, otra vez no logra observar los múltiples vínculos que entre ambos contextos se siguen manteniendo y, peor aún, que en no pocas de esas historias fue la calle, y no los contextos bajo techo de la protección social, la que abrió sus puertas cuando todas las otras se cerraron. En suma, que más que reforzar el sentido de la justicia a que aspira con lo que concibe como reinserción, lo que hace en muchos casos es lastimar el derecho a una autoimagen en completitud y no fragmentada, una imagen donde la calle y estas otras formas de habitar sí han sido parte de su construcción.

Partícula y movimiento

Observado como una cierta tendencia al emplazamiento entre quienes accedieron a colaborar, el tipo de ocupación que se hace de la ciudad, más localizado que móvil, no necesariamente es algo que despunte en alguna forma de representación. Su importancia, altamente relativa por el peso que tienen las dinámicas de negociación y expulsión existentes en lo público, refleja además de la evidente expropiación de tal decisión, la permanente adecuación o adaptación a dichas lógicas, lo que por su parte se constituiría en otro de los elementos de este habitar: se está donde se puede más que donde se quiere. No definitivo ni el único modo de hacerlo, las diferencias entre países y en menor grado entre ciudades, las políticas pro movilidad de las hospederías o refugios que definen horarios de entrada y salida pero también tiempos máximos de estadía, o el mayor derecho de la población domiciliada a ocupar privadamente lo público10 y las propias particularidades de cada caso ayudan a entender esta tendencia, lo mismo que su impacto en la alta rotación con que se percibe a esta población y el desfase que se produce entre la diaria y muy concreta construcción del fenómeno y la menos clara forma en que se lo representa.

El desplazamiento, por lo tanto, si bien menor en lo observado y/o retratado en las fotografías, emerge como importante en las trayectorias vitales de cada entrevistado, sea que ocurra por relativa decisión propia, o bien como resultado de un conjunto de situaciones que más o menos lo dirigen hacia ello. El ya referido Javier Saldías, por ejemplo, pernocta en las calles y trabaja vendiendo lo que recicla o compra en las ciudades de Arica y Tacna, respectivamente, las que distanciadas por 56 kilómetros recorre en bicicleta, también para ir a practicar patineta a un parque de esta última. Su desplazamiento, en consecuencia, supone tanto movimientos diarios como semanales (y a lo largo del año), pernoctando cuatro o cinco días en una de las playas de la ciudad, otros dos en una bencinera cercana al Terminal Agropecuario, distantes 8 kilómetros y a donde acude para vender lo que reúne, y en algunas otras ocasiones ‘donde caiga la noche’, como el parque de la población Juan Noé, a otros 5 kilómetros del primero de los sitios señalados. Así, y tal como él mismo indica con respecto a la ex isla Del Alacrán, a donde también acude para descansar (Figura 8), dicha práctica de ocupación sí supondría un tipo de construcción de lugar, algo bastante próximo a lo que sería un domicilio según se puede apreciar en su testimonio:

Acá está un libro, atrás se ve mi bicicleta, y atrás prácticamente es como, yo diría, mi casa, por decirlo, o mi oficina. Aquí en este lugar yo voy a leer, encuentro también silencio acá, es como un techo… hay un techo, hay sombra acá. Prácticamente este lugar es como un refugio que tengo para capear la sombra, no hace mucho calor, se puede leer tranquilo, a menos que lleguen los regetoneros con su música, con su regetón a todo full, porque paran autos por todos lados acá […] Aquí es como lo que yo tengo en Arica, como prácticamente una casa o un techo o un lugar para, cómo se podría decir, como el living de mi casa prácticamente […] es donde yo leo, son lugares donde yo voy buscando silencio para poder concentrarme un poquito más y yo leer (JS, Arica, 10.04.15).

Figura 8 Mi casa. O mi oficina (JS, Arica, 10.04.15). 

De otra manera, pero también ligado al desplazamiento y emplazamiento como formas concurrentes y no necesariamente polares de estar en situación de calle, para Néstor Hurtado, un chileno de 23 años y con 103 días en la calle al momento de conocerlo, la modalidad de su situación y el rango de sus movimientos, por tanto, respondía a la dificultad de sus padres de aceptar sus preferencias sexuales y la decisión de no continuar en la carrera que por entonces cursaba. Expulsado de la casa paterna y yéndose a Argentina a propósito de la gratuidad de la educación en ese país, recorre distintas ciudades durmiendo en terminales de buses o sus inmediaciones, y pasa a Uruguay, específicamente a Paysandú, pernoctando en su refugio mientras regulariza su documentación de trabajo. Haciéndolo de todos modos a partir del reciclaje de las latas de bebestibles que él mismo recogía, su desplazamiento, de reducido radio entonces pero más amplio espectro en el tiempo, se relacionaría con el efecto de tales fuerzas, las que según su propia proyección habrían de seguir afectándolo dado el egreso que en el corto plazo debía hacer de la hospedería en que estaba:

Cuando yo salga de acá, quizá va a comenzar de nuevo mi situación de calle […] porque yo estoy acá porque, como quiero trabajar, tengo que sacar primero… Acá en Uruguay las leyes no te permiten trabajar si no tienes un carné de salud. Entonces, lo que tengo que hacer es pedir el carné de salud, que ya lo tengo en la fecha y todo: el 4 de mayo […] Entonces la trabajadora social, [con quien lo] acordamos, me dijo: ‘bueno, tú tienes que sacar esto, te vamos a ayudar hasta que lo saques’. Si saco eso, me tengo que ir de acá. La idea también es trabajar en Montevideo (NH, Paysandú, 23.04.15).

Recurriendo a los terminales de buses para hacer frente a los cambios que estaba experimentando, esto es uno de los arquetípicos no lugares de Augé (1998), su decisión de retratarlos identifica una de las locaciones más recurrentes de tal forma de habitar al paso: dormir en ellos, con o sin permiso de su personal de guardia. Unas veces dentro y otras fuera, informa que fue ahí el primer sitio de la ciudad en que durmió (Figura 9), paradojal emplazamiento de seguridad a partir del cual inicia su exploración tal como había hecho en los días precedentes y, muy probablemente, como habría de hacer en el futuro:

Mira, esta es la terminal […] esta la saqué especialmente de un ángulo que pudiese abarcar muchas cosas que quería mostrar […] Primero, la saqué para que se notara que es la terminal (dice ‘Buen viaje, Paysandú, bla, bla, bla’), que es grande, que es espaciosa, todo eso le saqué. Y además le saqué porque acá tiene un balcón, no sé si tú lo viste, pero hay un balcón, y yo la primera noche que pasé acá, la dormí acá. Uno se mete al balcón, y se pone acá, y no te ve nadie; entonces hay como un murito así, que es el que está ahí, y después viene un ventanal, entonces uno se acuesta, la gente mira para allá… ve el balcón, ve pa afuera, pero no ve que hay alguien durmiendo acá. Entonces por eso quise sacar esa foto, porque era importante el lugar, que fue la primera noche que pasé acá, en esta ciudad al menos. Hacía frío y esas cosas… porque está como al aire libre. En otros terminales… en otros terminales he dormido adentro […]. En esta lo logré porque yo ya he aprendido con todas mis lecciones en tratar de dormir en los terminales que uno tiene que llegar y hacerse como el buena onda con el guardia, entonces ahí uno le dice: ‘oh, respetando su autoridad, y no sé qué, bla, bla, bla, ¿puedo dormir acá?, no sé qué, es que no puedo, he llegado muy tarde, y no sé qué’… cualquier mentira. Entonces es mejor ir en la buena y te dejan (NH, Paysandú, 09.05.15).

No el único modo de enfrentarlo en movimiento, Félix Barros relata que una de sus primeras formas de hacerlo, en los inicios de su vida en la calle, fue en los autobuses de la locomoción colectiva, luego de que su padre lo echara de la casa por su creciente afición a las drogas, marihuana y pasta base en su caso. Recordando un complejo cuadro de crisis familiar que incluyó el suicidio de su madre, su relato muestra la circulación por las calles como singular estrategia para resolver lo que se presentaba como un problema, una que a la vez que le permitía pasar el frío y difuminarse entre sus demás ocupantes, lo hacía parte de la alta rotación que caracteriza a esta población y alimenta su visibilidad como fenómeno. Nuevamente un sitio para la seguridad, su relato es muy claro al respecto:

Figura 9 Terminal de buses (NH, Paysandú, 09.05.15). 

Así que un día, no sé qué condoro [error] me pitié [cometí], y mi papá me echó. ¡Y qué!, mi papá me echaba y yo me pasaba igual por la reja, me volvía a meter pa dentro […]. Ahí pasé una noche en la calle: brígida [intensa] […] Frío, no hallai a dónde tirarte po… Volví en la noche a acostarme y no me dejó entrar… ¡Y a dónde me tiro po! […]. Me tiré por ahí no más, me aguanté del frío po […] al fondo [del patio], al fondo al lado de unas tablas. No sé si me tapé con algo, no me acuerdo […]. No hallaba la hora de que amaneciera. Me tomé una micro que me fui pa… ¿pa dónde me fui? ¡Ah!, a andar en micro no más: la micro estaba calentita. Tomé una micro pa andar en micro, no sé, me bajaba, me subía a una micro, después me bajaba, me subía a otra micro y llegué a la casa esperando que mi papá se hubiera ido… Entonces yo esperaba que mi papá saliera de la casa y ahí me metía yo pa dentro. Saltaba la reja no más […]. Harto tiempo estuve así po, esperando que mi papá saliera (FB, Santiago, 12.09.15).

De cualquier modo una manera minoritaria, en el otro extremo, el localizado, no solo habría que considerar los sitios de pernoctación y lo que se hace en ellos, sino todos los otros donde el resto de la vida se lleva a cabo, y en los que el trabajo ocupa una parte muy relevante del día y no pocas veces en relación a sus opuestos: la noche o el movimiento. Ramiro Sanabria y su pareja, por ejemplo, dedican parte de la tarde, y en ocasiones de la noche, a recorrer varias cuadras a la redonda del lugar en que emplazan su habitación, en el centro de Santiago, buscando los elementos que luego venderán (o utilizarán ellos mismos), sobre uno de los puentes del río Mapocho, que es donde se instalan a ello. Néstor Hurtado, en Paysandú, se desplaza por sus calles en búsqueda de las latas de aluminio con que elabora las flores que más tarde vende, o las cajas de tetrapack que transforma en billeteras, la mayoría de las veces al interior de los depósitos de basura a los que dedica cuatro tomas fotográficas (Figura 10); o bien se instala en las esquinas bajo el rojo de los semáforos con alguna rutina de swing, suerte de malabar hecho con banderas, todo a cambio del aporte monetario de transeúntes o automovilistas. Y Rita Sastre, también en Paysandú, se mueve entre una de las calles donde eventualmente ayuda a cuidar motocicletas y un negocio donde otro de los usuarios del refugio las oficia como ayudante, y en el que ella bien puede cubrir algún mandado o conseguir una merienda para sus hijas. Con menor radio de movimiento en el presente a raíz de una herida por apuñalamiento, Félix Barros aprovecha la congestión vehicular, o las salidas del tren subterráneo, para ensayar algún chiste o historia que él mismo inventa a cambio de dinero entre peatones y conductores; mientras que Raimundo Garrido trabaja como acomodador, como ya se dijo, en la misma calle en que pernocta y concentra una parte de sus relaciones, en tanto que la otra, localizada varios kilómetros al norte, lo muestra entre conocidos y amistades con los que comparte y fuma pasta base.

Figura 10 ¿Basura? (NH, Paysandú, 09.05.15). 

¿Espacio para vivir?

En cuanto a la valoración de la vida en la calle, los testimonios dejan ver una cierta tendencia a hacerlo positivamente cuando los años en ella han permitido la adaptación a sus dinámicas y la generación de estrategias que así lo posibilitan. En tales casos, su observación como un espacio no muy distinto al existente bajo techo muestra, otra vez, la persistencia del referido punto de vista domiciliado, ahora a partir del específico reconocimiento de la plausibilidad y semejanza de las prácticas y necesidades con y sin techo. El ya citado Félix Barros, por ejemplo, señala:

Es igual que vivir en una casa pero acá afuera. También hay que generar dinero. Quizás no pago las cuentas -como el agua, la luz, esas cosas- pero también hay gastos… [Y] también hay momentos de disfrute donde uno como que sale de la pega [trabajo], entre comillas, y ya en la tarde veo Los Simpson [serie animada de televisión], después las noticias y si me da la cosa, a veces me acuesto después de las noticias y chao pescao [alusión al término de la jornada] hasta el otro día (FB, Santiago, 12.09.15).

Esta una lectura no tan infrecuente, para Raimundo Garrido, con muchos años también en la calle, en ella sí se podría vivir bien:

Porque lo único que te falta son las cuatro paredes nada más. [risas] Sí, cuatro paredes y un techo, nada más. Después, cuál es la diferencia: si te querés higienizar, te higienizás; si querés alimentarte, te alimentás; si querés dormir… Lo único que te falta son las cuatro paredes y el techo, nada más. Y la luz […] pero podés vivir (RG, Montevideo, 21.04.15).11

A pesar de ello, también se reconoce que estar en la calle comporta riesgos y limitaciones, semejantes o distintos a los del domicilio, pero que pueden afectar el cotidiano de los días y aún más a la seguridad y proyección en el tiempo. Javier Saldías, que había valorado la compañía de su perra en ese sentido, explicita sus riesgos y faltas cuando afirma:

Siempre te va a faltar algo. Bien, bien, no creo que estés bien, bien, en la calle: te va a faltar un baño siempre, básico, y nadie te lo va a prestar. Vas a tener que siempre apurarte para eso. [Y] si quieres descansar, por ejemplo estudiar, leer un libro, no vas a poder estar en una pieza tranquilo, que nadie te moleste, que nadie te meta ruido. Yo para leer un libro tranquilo me tengo que ir a la playa, lejos, para estar tranquilo. Entonces creo que la calle, igual, no te da mucha tranquilidad. Si te quieres pegar una siesta vas a tener que estar con un ojo abierto, que no te roben… Entonces, es como que la calle no te deja despertar, no te deja estar tranquilo (JS, Arica, 7.04.15).

En este sentido, y en los de la señalada proyección, para Rita Sastre, quien como se dijo tenía a su cargo a sus dos hijas y estaba embarazada al momento de la entrevista:

En la calle no se puede vivir bien. No, para mí no: ¡quién vive bien en la calle! No, porque no podés vivir, no te puedes higienizar, no puedes depender que diga ‘bueno, voy al trabajo y qué’, y dónde, qué dirección les digo. No te contratan también si estás en la calle… Tienes que decir ‘estoy en tal lugar’, una dirección fija para contratarte. Y después que no se aprenden también cosas buenas […] andar robando, andar haciendo cualquier cosa, yo qué sé, y hasta mismo, a veces por defenderte terminas matando, terminas en la cárcel, a veces también un poco hacer lo peor de lo peor, no solo lo bueno (RS, Paysandú, 10.05.15).

Como sea, y tal como puede ocurrir bajo techo, la calle y su representación también deja ver puntos de vista encontrados o contradicciones, ello porque a la par de los riesgos y limitaciones que se indican, igualmente se la asocia con enseñanzas, no solo con respecto a cómo se aprende a vivir en ella, y oportunidades, muchas veces en relación a los contextos del domicilio a partir de los cuales se abre como posibilidad. Consignado de tal suerte por Javier Saldías, que llega a ella movido por su interés de viajar, la libertad que permitiría, en cuanto al conocimiento de personas y lugares, y las fortalezas que ayudaría a construir, como medio que estimula un tipo de atención múltiple, serían parte de los elementos que se valoran, incluso al punto de indicar que mucho de ello no sería posible al interior del domicilio:

Estar en la calle te da más oportunidades de conocer más personas y aprender un poquito más que estar encerrado, por ejemplo, viendo tele, que no vas a conocer a nadie, no vas a interactuar con nadie, no vas a socializar con nadie. […] La situación de calle igual te fortalece, yo pienso, para mi punto de vista, que un amigo una vez me lo dijo y le encontré mucha razón: ‘nosotros somos de la calle, nosotros somos fuertes’, dijo. Y ahí es un poco cierto eso: la calle te hace un poco fuerte porque tienes que luchar contra todo a las finales […]. La calle te hace más fuerte, te hace más perspicaz, más vivo […]. La calle te da eso, de fuerza, y de saber quién es quién (JS, Arica, 7.04.15).

Así apreciada, para Rita Sastre, que llega a ella por problemas con su madre, su valor se vincularía con las puertas que representa cuando es el techo el que se cierra, en su caso en alusión a la proyección que, estima, habría tenido ahí:

Yo siempre digo que le doy gracias a mi madre por, a veces, sacarme de ahí, porque si quedaba ahí quedaba estancada: sería alcohólica o prostituta, quién sabe qué […] porque hay algunos que están, no sé, por hacerse los rebeldes, pero cuando tenés que estar obligado, como nos toca a veces a algunos, aprendés a defenderte y a valorar principalmente todo (RS, Paysandú, 10.05.15).

Materia de aprendizaje y posibilidades, pero también de incomodidades concretas como la falta de baño, para Samuel Valencia el asunto que lo resumiría es el tipo de adaptación que, como conformidad o lucha contra ella, supondría maneras distintas de hacerle frente. Y que saldadas por la disposición de una pared que señale el adentro y el afuera de las cosas, pondría en la privacidad un límite que siendo físico deja a la vista semejanzas y transgresiones, aspecto clave de la significación y posicionamiento que con respecto al fenómeno y a esta población se tiene:

¡No, no, no!, no se puede vivir bien de ninguna manera, porque la gente que tiene, o sea la gente que vive en situación de calle, tenimo cero comodidad, no tenemos baño, no tenimos luz, no tenimos agua; si no nos movimos, nos cagamos de hambre, entonces cómo uno va a vivir bien así, ¿me entiende o no? Lo que sí, hay harta gente que se conforma con vivir así, ¿me entiende o no? Se conforma: ya les da lo mismo tener o no tener, ¿entiende? La cuestión es así po, uno no puede obligar a las personas a que te ayuden. [Y yo] no, no me conformo, por eso, si me conformaría estaría echado ahí, en la carpa, ¿entiende? Por eso salgo todos los días a movilizarme, a hueviar [búsqueda de algún trabajo] pa allá, pa acá, pensando qué puedo hacer y toa la hueá… Entonces no se puede, entonces ese es uno de los puntos de que uno no vive bien en la calle, la única diferencia no más es que uno ya, como que le dije en denante, puede hacer y deshacer, pero también tiene ciertos límites, ¿entiende? Porque si uno se raya mucho [perder el foco] llegan los pacos y te echan cagando arriba del furgón [riesgo de ser detenido] y te dan una patiadura por hueón [por falta de astucia] po, ¿entiende o no? Y si uno no se raya, aunque sea lo más mínimo, se aburre po, se aburre estar todos los días ‘ah, ya, hay que acostarse, quiero tomarme una cerveza’… ‘ah, pero si me tomo una cerveza me voy a tomarme otra’… ‘Ah, mejor me acuesto’. Después acostao: ‘chucha, por qué no fui a buscar la cerveza, toi aburrío’. ¿Entiende o no? Esos son los factores de que uno no vive bien en la calle, po compare, no es lo mismo que estar en una casita ya, por último en una casita hay luz, hay una tele, ¿entendí o no? Ahí se entretiene (SV, Santiago, 09.06.16).

Comentarios finales

Ya sea de modo localizado o en movimiento, las formas de habitar en situación de calle muestran exactamente aquello que se le ha negado: su construcción relacional, una manera otra de constituirse en relación con, y no sin, los lugares, personas o animales con que se vincula. En diálogo con ellos, y con la diversidad que sus distintas historias y perfiles señalan, las vidas documentadas dejan ver trayectorias continuas y en ningún caso suspendidas por su arribo a la calle y lo que ahí ocurre. Agentes de la vida que se lleva y transformando los lugares que se ocupan, su apropiación y la representación de esta adquiere así el valor que circunstancialmente puede tener, esto es, una valoración no absoluta y necesariamente mediada por el tiempo que se lleve en la calle, su grado de adaptación, la historia de que derive y/o las responsabilidades que se carguen. Con ello en su horizonte, el mismo cuestionamiento que se hace del domicilio como espacio relacional y de protección, que de distinto modo hacen Javier Saldías y Rita Sastre por ejemplo, se plantea como un argumento que tanto discute que se siga diciendo lo mismo acerca del fenómeno, como que se le continúe oponiendo polarmente a lo que sucede bajo techo.

Con más matices y porosidades en su línea de diferenciación, y cuestionando la perspectiva social de la localización apuntada por Park, las formas de habitar que acá se han presentado señalan un tipo de construcción que, a pesar de las obvias diferencias de materialidad, no son por definición opuestas a lo que ocurre en lo domiciliado. Verificadas calle adentro, o en los dispositivos bajo techo que no aseguran tenencia ni continuidad en ellos, su materialidad se viste de varios de los sentidos que abundan en los contextos del domicilio, sea como obstáculo que impide observarlo como plausible, o bien como medio de apropiación de lo público que, aunque temporal, lo señalan en su próximo habitar. En ambos impactado por el punto de vista asentado, mientras que en uno actúa como anteojera que lo invisibiliza, del otro lo hace como proyector y desesencializador del techo como sitio de lo social. Asunto, sin embargo, de significación y del distinto derecho a relacionarse en él, la persistencia de tal entendimiento y de su comprensión como fuente y no solo como retrato, reclama un tipo de atención que trascienda la mirada miserabilizadora y reconozca a esta población en su diferente pero equivalente ciudadanía.

Somos todos iguales pero algunos lo somos más, la irónica afirmación con que Orwell (2003) sentencia el distinto lugar que se ocupa en el orden social, a este efecto sirve para ilustrar su menor derecho a la ciudad como a dotarle de algún sentido y participar, más allá de la pura opinión, del mezquinado ejercicio de la significación. Actores también de él, pero en un segundo plano como resultado de tecnologías de la negación centradas en la carencia, como población continúa en medio o debajo de un (des)conocimiento que, a nivel de enfoque, abordaje e intervención, no se ha observado como parte de la lectura que ayuda a producir. Y que insinuado por Cabrera (1998) cuando afirma que el fenómeno no solo ha dejado ver un similar perfil sociodemográfico a lo largo de los años sino, más preocupante aún, un muy semejante conjunto de acciones y reacciones, obliga a preguntarnos acerca del mejor derecho, ético y político, del resto de la población a invisibilizar su existencia y emprender acciones de restitución muchas veces capilares, con escaso sentido del compromiso y negando, a través suyo, todo lo que a pesar nuestro igualmente es y tiene esta población. Parte de ello su contemporáneo entendimiento como desafiliación, carencia y vida en falta, los materiales que acá se exponen, y que precisamente han sido producidos en colaboración, junto con dejar a la vista esa vastedad de formas con que ello queda en entredicho, nos desafían de otras más a airear la discusión y no seguir insistiendo en lo mismo.

Agradecimientos

Este artículo, y la investigación en que se funda, no habría sido posible sin las personas en situación de calle que colaboraron en él. A ellos y ellas está dedicado, aunque no se puedan consignar sus nombres dados los protocolos de confidencialidad firmados. Sin ese resguardo, las gracias también a Celia Arbón y José Muñoz; a Lucaz González, Mauricio Lara, Ignacia Luco, Roberto Rojas, Diego Troncoso, Felipe Trujillo y Francisca Vidal, miembros del taller de estudio del proyecto; a Alexis Mandujano, Guillermo Molina y Florencia Picasso, partícipes en distintos momentos del trabajo; a Esteban Dupré, Cristóbal Palma y Gonzalo Peña, sus primeros tesistas titulados; y a Santiago Bachiller, Philippe Bourgois, Mariel Bufarini y Luz Quiroga, colaboradores internacionales del mismo. Y a CONICYT, entidad que financió el proyecto FONDECYT de Iniciación 11140871 de cuyos resultados forma parte lo que aquí se expone.

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1Pupilas vacías, o el acto de observar puertas adentro de la calle. Un estudio comparativo de fotografía participativa, representaciones sociales y situación de calle (FONDECYT de Iniciación 2014, No 11140871).

2La llamada Ley de faltas y conservación y cuidado de los espacios públicos en Uruguay (Camejo et al., 2014), por ejemplo, o el Programa Noche Digna en nuestro país, pueden anotarse como casos paradigmáticos del efecto de distintas acciones del Estado sobre el fenómeno y, de paso, de cómo su misma implementación es representativa de una cierta transformación desde el enfoque de derecho o restitución a otro centrado en la acción asistencial, de emergencia, e incluso penalización.

3La diferencia, del orden del 8,5% (108 personas), correspondería a una cifra indeterminada, dadas las características del conteo hecho en la vía pública, esto es, por avistamiento y no por contacto directo o cara a cara por parte del equipo que lo realizó (Mides, 2011).

4 Cifra correspondiente al diferencial no informado, tal como se indica en nota anterior.

5Como en el caso de los totales parciales para hombres y mujeres (cuya suma es 12.171 y no 12.255 como se informa), con el número de personas que dormían bajo techo o en la calle durante los días del censo pasa algo similar, pues la suma de ambas cifras también es inferior al total informado, en este caso 11.271, sin que se informe la causa de ello y tampoco de sus porcentajes asociados, consecuentemente erróneos.

6La diferencia, cercana al 15%, otra vez correspondería a un valor indeterminado dadas las características del conteo efectuado: por avistamiento.

7 La diferencia, según indicación del mismo Mides (2006), corresponde al pago según tipo de refugio, sin capacidad en el caso de los refugios PAST, y con capacidad en el de los refugios permanentes.

8 Respecto del detalle de los cálculos, considérese que varios de ellos han sido hechos por el articulista, toda vez que la documentación revisada para este primer censo y conteo (Mides, 2006), en muchos casos solo establece porcentajes relativos.

9Sobre lo primero, consígnese un reportaje fotográfico del periodista Roberto Farías (2008), mientras que para lo segundo, una nota de prensa (Astudillo, 2006) y otro reportaje (Gutiérrez, 2006), en los que se llama la atención, respectivamente, acerca del movimiento estacional de esta población hacia el norte del país durante el invierno, y del efecto que sobre el fenómeno tendría el ingreso al país desde el extranjero, no siempre legal, en búsqueda de empleo.

10A modo de ejemplo, consígnese un reportaje periodístico de Valenzuela y Palacios (2015, Junio 27), en que movilizándose una serie de juicios de tipo domiciliado se apela a ese distinto derecho al uso de lo público.

11Señalado más atrás, en la última visita a Raimundo Garrido, casi dos años después de esta conversación, ya contaba con electricidad y televisor al interior de la carpa en que dormía.

Recibido: 20 de Septiembre de 2017; Aprobado: 10 de Abril de 2018

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