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Estudios atacameños

On-line version ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.63 San Pedro de Atacama Dec. 2019

http://dx.doi.org/10.22199/issn.0718-1043-2019-0029 

Dossier Nuevos Capitalismos

Grandes narrativas, pequeños agricultores: explorando desbordes académicos en el caso de los excedentes de agua en el valle de Motupe, Perú

Big words, small farmers: exploring academic overflows and ‘surplus water’ in Motupe, Peru

Carolina Domínguez Guzmán1 
http://orcid.org/0000-0001-7843-6910

11 Anthropology Department, University of Amsterdam, PAÍSES BAJOS. Email: c.dominguezguzman@uva.nl

Resumen:

En la costa norte del Perú el cultivo de mango de exportación se encuentra en manos de pequeños agricultores, muchos de los cuales cultivan en tierras comunales sin licencias de agua o aprobación oficial para sembrar cultivos perennes. En este artículo presento el caso de los pequeños agricultores del valle de Motupe, conocidos también como los excedentes de agua, ya que solo tienen acceso a irrigar sus campos en tiempo de abundancia o exceso de agua. Aunque estos pequeños agricultores se consideran desplazados por la agroexportación moderna, ellos y sus plantaciones de mango han logrado echar raíces en un clima desértico y sector mercantil desfavorable, desafiando no solamente dichas condiciones para hacer agricultura, sino también, el cómo escribir sobre ellos y sus realidades de agua. Es en este último punto donde se concentra el principal aporte del presente trabajo. Inspirado en la Teoría del Actor Red, el artículo presenta alternativas o vías de desborde para situar las ontologías parciales que emergen del caso de estudio como punto de interferencia para conversar o intercambiar con las grandes narrativas y sus aspiraciones holísticas, sin necesidad de sumar a ellas.

Palabras claves: agua; agroexportación; pequeña agricultura; caso etnográfico; Perú

Abstract:

In the Motupe valley on the north coast of Peru, the cultivation of mango for export is in the hands of smallholders, many of whom cultivate on communal lands without water rights or official approval to grow perennial crops. In this article I present the case of the smallholders, known as excedentes de agua, who only have access to irrigate in time of abundance or excess water. Although these small farmers are considered displaced by modern agro-export, they and their mango plantations have managed to put down roots in a desert climate and adverse market sector. They challenge in this way, not only such conditions for doing agriculture, but also how to write about them and their water realities. It is this last point that constitutes the main contribution of this work. Inspired by actor-network theory, this article presents alternative ways to situate the partial ontologies that emerge from the case study as a point of interference - to converse or interchange with the grand narratives and their holistic aspirations, without having to add to them.

Keywords: water; agro-export; smallholders; ethnographic case; Peru

Introducción

En Motupe, en la costa norte del Perú, la agricultura de mango de exportación está en manos de pequeños agricultores, muchos de los cuales cultivan en tierras comunales. Ellos surgieron durante el aumento exponencial de la producción agroexportadora de los años noventa, que se prolongó en la primera década de este siglo. El boom de las exportaciones en Perú fue, en gran parte, el resultado de un paquete de reforma neoliberal (conocido como Fuji-shock) en respuesta a la hiperinflación y a la crisis económica. El paquete incluyó la privatización de bienes y servicios públicos, la liberalización del comercio, la atracción de inversiones extranjeras y el fin de los programas subvencionados por el Estado (Stensrud, 2016). Durante este período, las políticas agrícolas se orientaron a promover la agro-exportación a gran escala y la modernización de proyectos de irrigación (ver también Hepsworth et al., 2010; Urteaga, 2016) beneficiando a corporaciones transnacionales y élites que controlan las Juntas de Usuarios de Agua (véase también Vos y Vincent, 2011). Como consecuencia, algunos productos agrícolas nuevos y no tradicionales tales como el espárrago, el pimentón, las uvas y los mangos se dispararon y convirtieron en el centro de atención de una gestión hídrica moderna, la cual era respaldada por las políticas neoliberales (Eguren y Marapi, 2015). A comparación con otros cultivos de agroexportación, la mayor parte de la producción de mango está a cargo de pequeños agricultores, muchos en tierras comunales y sin la tecnología que caracteriza a la gran agricultura moderna.

El hecho de que pequeños agricultores cuiden y tengan acceso al agua para irrigar sus plantaciones de mango de exportación en tierras comunales en Motupe se debe a prácticas concretas y especificidades propias que son importantes de estudiar. Especialmente porque: a) los pequeños agricultores de estas tierras comunales son comúnmente considerados agricultores de subsistencia, superados (o expulsados) por los grandes agricultores modernos o capitalistas agroindustriales (Van der Ploeg, 2009); y b) los pequeños agricultores en estas tierras comunales carecen de derechos de agua oficiales y están legalmente prohibidos de sembrar cultivos perennes, tales como plantaciones de mango. Por el contrario, ellos se encuentran limitados a cultivar menestras, o maíz solo en épocas de abundancia de agua (véase también Vos, 2002, p. 55). Por esto se les conocen en las realidades de agua de Motupe como los excedentes, es decir, la gente sobrante. Esta distinción entre usuarios permite a las autoridades responsables en Motupe la posibilidad de gestionar una situación de escasez recurrente. En otras palabras, las nociones de abundancia y escasez de agua se crean y amoldan para facilitar una mejor gobernabilidad de ella (Mehta, 2007; Erensu, 2013; Lynch, 2013).

Uno de los enfoques en las ciencias sociales para analizar la aparente paradoja de los agricultores comunales sin acceso regular al agua que se dedican a la agroexportación, es ofrecido por la ecología política. Según Joan Martínez-Alier, la ecología política “estudia los conflictos de distribución ecológica” (2003, p. 73) haciendo referencia a la contestación y a las luchas por el acceso y al control de los recursos naturales. Este término se originó de la fusión de la economía política, “con un enfoque en las relaciones sociales de producción bajo el capitalismo”, y la ecología cultural, “con un énfasis en el trabajo etnográfico” en el contexto de las sociedades rurales en el sur global (Neumann, 2009, p. 228; véase también Martínez-Alier, 2003). Es importante rescatar el aporte crítico de la antropología al sistema mundo capitalista desde el estudio del campesinado (Wolf, 1966), en su intento por integrar las sociedades y culturas del mundo en una versión de la realidad (Nash, 1981) y sus reacciones a esta (Ortner, 1984). La forma en que la ecología política aborda el estudio del agua y el medio ambiente se deriva de una tradición donde las desigualdades de las relaciones sociales capitalistas se estudian desde una perspectiva estructuralista o funcionalista para arrojar luz sobre cómo los seres humanos se adaptan a su medio ambiente y condiciones de posibilidad de sus recursos naturales. En los últimos años, la ecología política ha venido adquiriendo líneas de estudio que han incluido algunas ramas del postestructuralismo y la Teoría Actor Red (Neumann, 2009; Boelens et al., 2016), mas sin abandonar los principios fundamentales de la ecología política -el estudio del campesinado, las relaciones desiguales de poder, la contestación y subordinación neoliberal. En definitiva, una de las características que definen la coherencia de este campo según Bridge, McCarthy y Perreault (2015), es su “compromiso político normativo con la justicia social y el cambio político estructural” que, parafraseando a Marx, apunta a “no sólo entender el mundo; si no el punto es cambiarlo” (Ibíd., p. 8). Estas características derivan de un interés explícito en estudiar los movimientos sociales; “algo que tiene su origen en los estudios agrarios clásicos, y que teorizan una penetración y difusión (esperadas) del capitalismo en la agricultura y, por lo tanto, en la producción y las sociedades rurales” (Wolford y Keene, 2015, p. 575).

Enmarcar el agua (el recurso y sus relaciones) de esta manera ha sido, y continúa siendo, útil para ayudar a comprender los procesos de lucha y resistencia sobre esta, con la intención de defender y abogar por las aguas y sus usuarios excluidos (Vera y Zwarteveen, 2008). Estos estudios han arrojado luz sobre los procesos multiescalares de gobernabilidad del agua, cuestionando problemas de inequidad e injusticia en el control del agua (Boelens et al., 2016; Perreault, 2013). Del mismo modo, los procesos neoliberales de acumulación de tierras y aguas por parte de los grandes exportadores agroindustriales -o por ejemplo de las industrias extractivas- han sido estudiados extensamente en los últimos años (Bebbington y Williams, 2008; Vos y Boelens, 2014; Urteaga, 2016). Estos estudios han realizado un trabajo político importante en la exposición de problemas de equidad social y ambiental. Por ejemplo, con respecto a la acumulación de agua por parte de la minería (Sosa y Zwarteveen, 2012), la realización de nuevas obras hidráulicas para riego comercial (Vera y Vincent, 2013) o sobre la acumulación de tierra y agua por consorcios y empresas transnacionales (Del Castillo, 2013). Enmarcando a los pequeños agricultores (de tierras comunales) como un grupo de usuarios marginados de agua, estos trabajos han sido relevantes para abogar y traducir las preocupaciones acerca de estos grupos en políticas públicas (Roa et al., 2015; Seemann, 2016). Podemos observar en estas obras un énfasis en las luchas de poder entre grupos rurales marginados y adversarios habilitados por políticas y programas capitalistas o neoliberales en donde las desigualdades de las relaciones sociales reiteran la perspectiva estructuralista y el compromiso de cambio (Bridge et al., 2015). Como se aprecia en muchos de estos estudios, el principal punto de referencia son las relaciones de capital y procesos neoliberales. Perreault y Martin (2005) hablan de neoliberalismo para referirse y escribir sobre un proyecto económico y político que se basa en la liberalización del mercado, privatización de las industrias y servicios estatales. En América Latina, en particular en los países andinos, el neoliberalismo se escribe en conexión con industrias extractivas y agricultura de exportación, acumulación y despojo de recursos locales de sociedades rurales (p.e., Bebbington, 2009a; Perreault, 2013). Con frecuencia, se asume que estas sociedades operan desde dentro de un sistema neoliberal (Ortner, 1984). Es importante enfatizar que escribir sobre estas realidades en términos neoliberales (así como en cualquier otra narrativa) es un acto performativo (Law, 1994, 2004). En el presente trabajo, mi objetivo es el de abordar los nuevos capitalismos empíricamente, para así añadir capas, variaciones y complejidades desde el caso de estudio que apunten a pensar en estos sin aspirar totalidades o una lógica singular.

En el presente trabajo me gustaría involucrarme con las mismas preocupaciones que han guiado la literatura presentada anteriormente, es decir, la desigualdad socioambiental y la marginación. Sin embargo, también departo de una inquietud con las formas en que los usuarios marginados del agua son a menudo, unívocamente, posicionados y enmarcados en grandes narrativas de la crítica capitalista. Si bien se reconoce la agencia de estos usuarios, su traducción a conceptos como la contestación y el control reafirma la presencia de alguna totalidad o estructura general. En la siguiente sección conceptual me referiré a la obra de James Scott y las formas de resistencia cotidianas, donde también elaboraré sobre nociones holísticas y desbordes. La sección tres trata de los métodos de investigación y la recopilación de los datos de campo. En la cuarta sección presentaré el caso de estudio etnográfico a través de mi encuentro con Cecilia en El Cruce, uno de los principales puntos de comercialización de Motupe. Cecilia, como muchos agricultores excedentes de agua, se dedica no solamente al cultivo de agroexportación, sino que mantiene otros cultivos y actividades para cuidar a su familia. La siguiente sección muestra el modo en que este cultivo de exportación logró propagarse en tierras comunales a pesar de la prohibición, para después convertirse en una de las piezas claves en la materialización de derechos de agua para los excedentes. La sección seis describe los hechos de ‘la toma de la toma’, revelando una realidad más de cómo los excedentes lograron llevar agua a sus campos. Sin embargo, los vínculos de amistad con los miembros de la Comisión de Regantes (producto de la política neoliberal de transferencia de gestión de riego) hacen difícil afirmar divisiones dualísticas. Sugiero en la conclusión y discusión algunas herramientas de análisis para abordar el caso de estudio.

Explorando los desbordes de las grandes narrativas

De acuerdo con el antropólogo James Scott los grupos subordinados no necesariamente enfrentan abiertamente y confrontan de forma beligerante, sino que resisten a través de prácticas y transcripciones cotidianas y más bien ocultas (1985, 1990). Estos trabajos seminales muestran que a través de su agencia, estos grupos crean un espacio de maniobra utilizando tácticas encubiertas de manipulación y disfraz. Bajo esta premisa, las prácticas y relaciones de los excedentes de agua que describiré con más detalle más adelante tales como: apropiarse de pequeñas cantidades de agua, mantener cultivos asociados o sus relaciones de camaradería con élites rurales son observadas por Scott como prácticas de resistencia. Incluso la producción de cultivos exportables, contra la lógica capitalista, también se podría conceptualizar como forma resistencia (Fletcher, 2007). Aunque en esos trabajos se destaca la agencia de los pequeños agricultores, el conceptualizar esta en relación a contestación y resistencia preserva la noción de totalidad y produce una versión de un sistema dominante (capitalista) o actores hegemónicos como fuerza preestablecida o a priori (Rose, 2002).

La forma en que la ecología política utiliza el caso etnográfico para añadir o sumar al análisis (neo)marxista de las estructuras o los enfoques de la agencia/acción denota a menudo un enfoque holístico, que se desprende de una noción de totalidad del territorio de estudio. En el sentido de que las relaciones de poder analizadas estructuran la forma en que los actores inscritos experimentan y dan sentido al agua y sus prácticas para acceder a ella. En el presente trabajo propongo usar el caso etnográfico para explorar sus especificidades y complejidades como puntos de inspiración y referencia en el debate teórico. Según Green (2013, 14) muchos grupos de pequeños agricultores “defienden no simplemente el acceso y el control sobre sus ‘recursos’, sino también complejas redes de relaciones entre humanos y no humanos, relaciones que, para ellos, se expresan mejor en el lenguaje del parentesco que en el lenguaje de la propiedad”, la distribución y el control. Si bien estoy de acuerdo con la crítica de Green sobre estar atentos a lo que emerge en nuestros casos de estudio, debo aclarar que no pretendo presentar una mejor imagen de la cuestión en mano, sino más bien un uso y análisis alternativo del caso etnográfico, que no ambiciona un enfoque holístico o de representatividad. En su lugar espero brindar vías alternativas que sirvan como puntos de interferencia para conversar e intercambiar, sin añadir o sumar a las grandes narrativas holísticas.

La imagen de que los elementos o relaciones no tienen existencia aparte de una estructura o sistema total (Strathern, 2004, p. 26), o que hay un todo social que consiste en partes que se juntan, es criticado por Strathern con la noción de conexiones parciales. Strathern moviliza esta noción para hacer un llamado a la etnografía no representacional (Morita, 2013; Yates Doerr, 2017). En lugar de ‘partes’ (culturas, sociedades, etc.) pertenecientes a un ‘todo’, ella propone pensar en fractales y sus intra-conexiones, en lugar de inter-conexión de unidades singulares (De la Cadena, 2015). Esta herramienta de análisis ayuda a explorar el caso de las personas excedentes del Caserío B y sus conexiones con el agua y los cultivos de agroexportación, no como parte de una estructura o conjunto, que sería el sistema capitalista, sino como parcialmente conectados a él. Si bien la búsqueda de conjuntos coherentes y estables ayuda a los compromisos de cambio de la ecología política, advierto que también podría impedir el abrir vías alternativas (relaciones/conexiones) para observar el problema en cuestión o explorar las especificidades y complejidades del caso de estudio. En respuesta a esta tensión, utilizo el término ‘desborde’ (overflowing) para denotar la imposibilidad de un enmarcado total, en el sentido de que durante el proceso de encuadre, nuevas complejidades son generadas al tratar de incluir nuevos actores (Callon, 1998). Es así que en el intento de “controlar” el desborde y la falta de coherencia de lo empírico -y hacer encajar el material etnográfico en las grandes narrativas académicas y en las reseñas provisionales “del todo”-, los investigadores pueden arriesgarse a congelar las complejidades emergentes que encuentran durante el trabajo de campo (Law y Mol, 2002; Law, 2004); alimentando así la idea de que la teoría se crea para luego ser aplicada empíricamente, con nuestros estudios de caso (Law, 2008). De ahí, la importancia del caso etnográfico y su escritura como acto ‘performativo’. En su libro Retóricas de la Antropología, Clifford y Marcus (1986) establecen que las condiciones en las cuales las etnografías son producidas, se deben no solamente al ensamblaje de material empírico, sino también son parcialmente movilizadas por los autores.

Sin intentar negar el importante proyecto académico de la ecología política, y con la intención de expandir y destacar el trabajo de otros autores que han mostrado su interés en conceptualizar diferencias en términos ontológicos, presento el caso de los excedentes de agua de Motupe. Animada por la Teoría del Actor Red, mi objetivo principal no es el de mostrar la agencia de los pequeños agricultores sino sus mundos de agua y agricultura; lo cual implica extender el análisis a políticas ontológicas (Mol, 1999). Enfocándome en cómo la agencia de los actores humanos y no humanos es distribuida en la redes de relaciones, en lugar de asignársela a estructuras o sujetos. Para ello, me inspiro en escritores de Ciencia, Tecnología y Sociedad (STS, por sus siglas en inglés), tecnociencia feminista y antropología que sugieren que los casos (etnográficos) llevan conocimiento “no en forma de reglas firmes o [...] regularidades, sino en forma de una historia [la cual…] puede revelar, indicar, [o] sugerir”. No transmiten lo que es general pero inspirador (Mol, 2013). Para los ecologistas políticos, entonces, un caso podría provocar preguntas sobre estructuras de opresión -en lugar de afirmarlas. Podría incluso conducir a pensar de manera diferente sobre los nuevos capitalismos, o tal vez más allá de ellos. Mi intención es usar el caso etnográfico de los excedentes de agua para explorar cómo podríamos ‘escribir’ sobre las realidades de los excedentes de agua, sus complejidades y maneras en las cuales activa y continuamente (re)modelan sus vidas en condiciones no estrictamente de su elección, aunque tampoco propiamente impuestas. Condiciones que no los capturan automáticamente como sujetos pasivos o heroicos de los nuevos capitalismos, sino que les permiten volver a apropiarse de estos de manera astuta e ingeniosa. Finalmente, reflexiono acerca de cuáles podrían ser los potenciales transformadores de tal forma de escritura.

Métodos

Esta investigación se basa en un trabajo de campo etnográfico que abarcó 14 meses entre agosto de 2013 y marzo de 2015 en el valle de Motupe, en Lambayeque, Perú. Esta área es el segundo sitio más importante de exportación de mangos en el país, contando con casi una quinta parte de la producción anual. El material presentado en este artículo es parte de un estudio sobre las prácticas de riego de pequeños agricultores con campos de cultivo de exportación de mango. La Comisión de Regantes B fue identificada dentro de Motupe como el área de investigación por sus condiciones hidrológicas, sociales y territoriales: aguas superficiales y subterráneas con relativo fácil acceso; tierras comunales y privadas, donde la mayoría de terrenos son de pequeños agricultores (5-10 ha) con algunos terrenos más grandes (100 ha), en un territorio dividido por el río principal de Motupe.

Con el mismo criterio fue seleccionado el Caserío B: una aldea a la margen izquierda del río principal, de pequeños agricultores cultivando en tierras comunales, donde el agua subterránea es demasiado profunda para que el bombeo sea factible para ellos. Mi primera visita al Caserío B fue junto a Cecilia, mi informante principal y quien me presentó a las demás familias del caserío. Juntas recorrimos las chacras, visitamos a sus familiares y vecinos en el caserío, participé en el riego de su chacra y almorcé varias veces en su casa. Es así como entrevisté a 15 familias, en su mayoría mujeres, todas agricultoras.

Junto con un asistente de investigación también recogí información sobre los procesos de comercialización del mango, incluyendo visitas a las plantas de procesamiento y envasado en las actividades diarias del personal local de la Junta de Usuarios de Agua. Entrevisté a acopiadores de mango y funcionarios gubernamentales y no gubernamentales involucrados en el control de extensión agrícola y saneamiento para obtener una mejor comprensión de la exportación de mangos. Además, trabajé estrechamente con varios agricultores en otros sectores de la Comisión de Regantes B, los que me permitieron seguirles en sus actividades cotidianas. A través de conversaciones o entrevistas activas, salidas de campo y observación participante, exploramos sus prácticas agrícolas y de riego para la exportación de mango. En otro sitio escribí sobre los agricultores con títulos de propiedad privada en la margen derecha del río principal (Domínguez Guzmán et al., 2017). A nivel de la Comisión de Regantes B, trabajé y (co)laboré (Verzijl y Domínguez Guzmán, 2015; De la Cadena, 2015) seis historias de vida con agricultores y agriculturas, seleccionados con el mismo criterio explicado anteriormente. Uno de ellas, Cecilia, es el punto focal de este artículo.

Agroexportación en la práctica: el caso de los excedentes de agua de Motupe

El Cruce es uno de los lugares más concurridos y con más vida en el valle de Motupe, por lo menos en los meses de enero y febrero, las épocas de cosecha de mango. Durante el resto del año este distrito de la provincia de Lambayeque, uno de los muchos valles áridos costeros del norte de Perú, es un lugar tranquilo, a no ser por la fiesta religiosa de la Cruz de Motupe. Motupe está ubicado en la transición de las tierras bajas a las estribaciones andinas, lo que hace que tenga un clima desértico con lluvias estacionales que caen -con poca frecuencia y en cantidades variables- entre diciembre y marzo. Debido a esta estacionalidad, el río Motupe y sus afluentes se secan en los meses posteriores a las lluvias. El Niño Oscilación del Sur (ENOS) se suma a la incertidumbre de precipitación, alternando años de sequía con -a menudo desastrosos- eventos de inundación. Los habitantes de Motupe, históricamente, han lidiado y hecho agricultura en estas condiciones de ciclos de exceso y escasez.

El Cruce está ubicado donde la carretera Panamericana cruza el camino que conecta la ciudad de Motupe y la parte alta de la zona rural. En este lugar, los acopiadores de mango se reúnen y hacen negocios con camioneros que van y vienen para llevar los productos a las plantas de empaque y después al puerto de Paita. Sentada frente al puesto de uno de estos acopiadores locales, conocí a Cecilia, una agricultora de tierra comunal. Hablamos, como de costumbre, sobre la cosecha de mango y la diferencia en los precios del mango de ‘exportación’ y de ‘descarte’. Este último se refiere a mangos que no cumplen con el tamaño, color o requisitos fitosanitarios de exportación. Estos van al mercado nacional y se venden en (super)mercados por todo el Perú o, alternativamente, terminan en fábricas de jugos de fruta o cubos congelados. Sin embargo, ese día Cecilia no estaba allí, en la acopiadora, para vender sus mangos. En lugar de esto, estaba sentada con dos grandes bolsas de comida que había preparado para vender más tarde en el mercado. Aunque ambos vivían en la misma zona, Cecilia vendió sus mangos a su vecino y acopiador a pequeña escala de mangos de exportación. ¡Por ese poquito de mangos! -Cecilia se quejaba conmigo, con una mirada de desaprobación, poniendo en contraste su modesta cosecha de mangos de ese año con el ocupado movimiento comercial de mangos en el Cruce. Mientras yo era consciente de que “ese poquito de mangos” correspondía a los rendimientos de los pequeños agricultores, que combinados daban cuenta de la mayoría de los mangos exportados en el Perú, Cecilia me señaló un hecho interesante. Además de los pequeños propietarios con tierras privadas, los mangos son cultivados también por pequeños agricultores en tierras comunales. A diferencia de otros pequeños productores, como su vecino, Cecilia no participó en programas de producción de mango y extensión comercial de corporaciones de desarrollo internacional. La razón era que ella no poseía tierras -o mejor dicho, ella no tenía ningún título registrado de propiedad privada, sino derechos de usufructo a la tierra de propiedad de la comunidad.

Existen dos tipos de tenencia de tierra en Motupe, tierras privadas y comunales. En general, las primeras son tierras de regadío, tienen títulos de propiedad registrados y licencias de agua reconocidas. Eran terrenos de las antiguas haciendas las cuales, después de la reforma agraria en 1968, se redistribuyeron a los trabajadores. Además, existen terrenos privados que lograron obtener una licencia desde los años veinte y son como enclaves dentro de dos grandes territorios de comunidades campesinas: San Julián de Motupe y Tongorrape. Los agricultores con terreno comunal tienen derecho de usufructo a estas tierras, lo que significa que los agricultores no pueden vender su chacra o transferirla sin la aprobación de la comunidad. Otra restricción es que debido a que no tienen tierras privadas para asegurar rendición de cuentas, no podían obtener créditos del Banco ni pueden acceder a los proyectos de desarrollo de producción y comercialización de mangos.

La agricultura e irrigación en Motupe es posible gracias al antiguo canal Huallabamba, construido en la década de 1940 en un intento de regular y asegurar un flujo de agua fiable durante todo el año. Grandes haciendas estuvieron detrás de la construcción de este canal de transvase en los Andes que transporta agua de la cuenca del Atlántico (Amazonas) a las cabeceras del río Motupe en el lado Pacífico de los Andes. Desde aquí el agua baja hasta el valle donde es transportada a través de una red de canales y ramales a los campos y huertos de mango. El canal Huallabamba es la principal fuente de agua que permite a los pequeños agricultores cultivar plantaciones de mango. En términos de acceso al agua, estos agricultores comunales estuvieron excluidos de las aguas de Huallabamba y regaban en los meses en que había abundancia de lluvias en la sierra. Es por eso que a nivel del valle de Motupe son llamados y se autodenominan excedentes, para quienes en principio cultivar mango fue y es legalmente prohibido. A los excedentes solo se les permite regar con la condición de que sea un cultivo anual. Sin embargo, Cecilia, al igual que muchos excedentes, tiene una pequeña plantación de mangos.

Ese día, ella no pudo quedarse mucho tiempo charlando conmigo en el Cruce. Aparte de la agricultura, Cecilia siempre tuvo que trabajar para obtener ingresos adicionales. En el pasado solía trabajar pelando y cortando mangos en cubo en una planta procesadora de fruta en Motupe. Este tipo de trabajo no le agradaba a su esposo, quien pensaba que por trabajar en la fábrica ella lo podría abandonar a él y a sus hijos, como había oído que otras mujeres que trabajaban afuera habían hecho. Cecilia explica: “Le dije que Dios, mis cuatro hijos y él eran lo más importante para mí y que mi familia era lo más sagrado que Dios me ha dado”. Sin embargo al final su salud decayó por las largas horas de pie frente a la banda de proceso y el cambio de la temperatura caliente de las salas de procesamiento de pimentón cocido a las de enfriamiento donde los mangos son pelados y cortados en cubos. Cecilia retomó entonces la agricultura, y volvió a cultivar maíz y asegurarse de que sus árboles produjesen mangos de buena calidad. Ella también comenzó un pequeño negocio de venta de comida, que es lo que estaba haciendo el día que la conocí en el Cruce. Antes de partir al mercado a vender sus platos de comida, me invitó a visitarla en su casa y su caserío, al cual en este texto me referiré como Caserío B. Se trata de un pequeño asentamiento de 35 familias en las afueras de la margen izquierda del valle de Motupe. Cecilia y su familia viven al lado de una capilla, y en general las chacras en ese lugar se encuentran bastante dispersas y con difícil acceso desde Motupe. Durante mi trabajo de campo, visité a Cecilia varias veces. Después de un tiempo se convirtió en mi amiga y una de mis principales informantes. Una visualización del valle de Motupe y Caserío B se encuentra en el Mapa 1. En la siguiente sección describiré las prácticas agrícolas para cultivar e irrigar sus plantaciones de mango.

Cultivo de mangos de exportación y cultivos asociados

En Motupe existen actualmente empresas de agroexportación y redes transnacionales, al igual que en el pasado había una gran hacienda productora de algodón (hacienda Baca) que controlaba la mayor parte de las tierras irrigadas del valle. En efecto, el Caserío B fue construido en la antigua pista de aterrizaje que en el pasado se utilizó para fumigar los campos de algodón de la familia Baca (Hatch, 1974). En 1968, la reforma agraria implementada por el régimen de Velasco Alvarado ordenó que las grandes haciendas, como Baca, fueran expropiadas. La tierra bajo riego fue redistribuida a los peones y trabajadores, organizados en cooperativas (Hatch, 1974; Van der Ploeg, 2006). Otros matorrales, propiedad de haciendas, fueron trasladados a comunidades existentes, incluyendo el área alrededor de la pista de aterrizaje; actualmente parte del territorio de la comunidad campesina de Tongorrape. El modelo cooperativo fracasó (Mayer, 2009) y hoy estos trabajadores forman la mayoría de los pequeños agricultores con títulos de propiedad privada y derechos de agua. Sin embargo, no todos los pequeños agricultores de Motupe tuvieron la oportunidad de unirse a una de estas cooperativas o estaban presentes cuando se redistribuyó la tierra. Para Motupe fue una época de cambios caóticos en el agro (Hatch, 1974, p. 62).

La abuela de Cecilia se trasladó a estos campos más o menos en este tiempo. Ella, como muchos otros, no tenía documentos de identidad para reclamar tierras bajo riego. En cambio, junto con sus dos hijos pequeños, colocó un cerco en este ‘terreno abierto’. Aunque estos campos eran pastizales secos sin riego, cuidaba algunos animales y confiaba en las lluvias para asegurar un futuro para sus hijos. Años más tarde, también crió a sus nietas en estas tierras adquiridas, de las que Cecilia era la mayor. Con el paso del tiempo, los habitantes del Caserío B convirtieron los pastizales en chacras y obtuvieron un derecho de usufructo de la comunidad campesina de Tongorrape. A pesar de que no tenían derechos de agua, a fines de los años ochenta rehabilitaron un antiguo canal de hacienda para usar en épocas de abundancia de agua y cultivar legumbres o a veces maíz. También en la década de los ochenta las variedades de mango de exportación (como Kent) se introdujeron en Motupe y florecieron en este clima árido. En los años noventa las agencias internacionales de desarrollo promovieron la producción y comercialización de mangos entre los pequeños agricultores del valle, sin embargo no apuntaron a los pequeños agricultores con tierra comunal, como fue el caso del Caserío B.

No obstante, en el inicio del boom de la agroexportación en la segunda mitad de los años noventa, los agricultores de Caserío B comenzaron a experimentar con plantones de mango en sus campos. Uno de estos agricultores aventureros fue Cecilia. Su intención era clara. Estaba embarazada y acordó con su esposo que plantar mangos de exportación podría ser una buena opción para el futuro (la educación) de su hijo. En ese momento, su esposo trabajaba en las plantaciones de mango y maíz de otro agricultor y compró ahí los brotes injertados en 1996, el año en que se casaron. “¿Pero qué hacer?”, Cecilia se pregunta, recreando esos años en que el mango estaba a buen precio: “Cómo empezar a cultivar si no hay agua”. Juntos, Cecilia y su esposo perseveraron: Mientras él cargaba agua en cilindros desde el canal más cercano, a una distancia de entre 2 y 6 km dependiendo del turno de riego, ella se encargaba de regar los plantones. Inicialmente, los árboles necesitaban agua una vez por semana. Sin embargo, porque solo podían cargar agua e irrigar cuatro a cinco árboles por vez, regar los 50 plantones era una actividad diaria. De los 50 plantones de mango, 40 sobrevivieron. Algunos de los vecinos de Cecilia en el Caserío B, que no podían permitirse comprar plantones injertados, experimentaron incluso con las pepas de los mangos que comían, como explicó otra agricultora: “Nos comíamos los mangos y los dejábamos secar. Luego los plantábamos”. Su vecina continúa explicando y haciendo un ademán apuntando al suelo: “Haces un pequeño hueco en el suelo y lo colocas ahí. Por aquí la mayoría lo ha hecho de esta manera [...] cargábamos agua del pueblo en cilindros, cada ocho, quince días dependiendo del tamaño de la planta. Cuando tenían sed, las regábamos”.

Las relaciones de los excedentes y sus árboles de mango son muy particulares, ya que ambos han persistido y continúan expandiéndose a pesar de las dificultades con que se enfrentan, como son la falta de agua o de un pozo motorizado. Ambos, de una forma obstinada han puesto raíces en un ambiente desértico como el de Motupe. En comparación con otras frutas de exportación, como las paltas o los espárragos, los mangos son mucho más resistentes a la sequía, pueden tolerar mejor la falta de agua y son menos propensos a enfermedades. También requiere menos inversión y tecnología que la uva y el maracuyá. Cecilia comenta: “Después de 2 o 3 años, cuando los árboles comienzan a dar fruto, se vuelven mucho más resistentes”. En Motupe, los árboles de mango en su fase madura pueden estar hasta un año sin agua. Con un buen riego al comienzo de la temporada de crecimiento, pueden tener un buen rendimiento más de nueve meses después. Más aún, la ausencia de lluvias durante la mayor parte del año, y la baja humedad en Motupe, significan que los árboles se encuentran menos afectados por enfermedades como la antracnosis, que se propagan en condiciones húmedas y requieren de tecnologías costosas para combatirlas. Las condiciones en Motupe también provocan que la cáscara de los mangos no se manche cuando las gotas de lluvia o rocío entran en contacto con la luz solar. Finalmente, el mango necesita un período de frío particular para entrar en floración y es un cultivo alternado , esto es, que hay años en que los árboles no producen fruto, un hecho que muchos pequeños agricultores respetan, ya sea por falta de dinero para comprar productos para inducirlos químicamente, o porque piensan que las plantas también necesitan descanso; en su mayoría son ambas las razones. Hoy Cecilia, y muchos pequeños agricultores con tierra privada y comunal como ella, exportan mangos. Al parecer estos árboles son muy adecuados para las condiciones en que los pequeños propietarios realizan agricultura.

La organización del agua en el valle de Motupe

Desde 1969, la Ley General de Aguas (Decreto Ley 17.752), prescribió las Juntas de Usuarios de Aguas como organizaciones de regantes cuyo fin era ayudar a la burocracia de agua del gobierno en términos de distribución de agua, recolección de tarifas y administración de derechos de agua. Mientras a nivel de Motupe, la Junta comprende todo el valle, las Comisiones de Regantes son las filiales de la Junta a nivel de un canal o subsector de riego. En Motupe existen cuatro comisiones y el Caserío B forma parte de la Comisión de Regantes B; la cual cuenta con 270 usuarios con derechos de agua (o licencia) y 80 excedentes con terrenos comunitarios. A estos últimos se les otorgan -por ley- un permiso para usar el agua en épocas de exceso, de ahí su nombre excedentes. Licencias y permisos son distintas categorizaciones legales, e implican diferentes reivindicaciones de agua y grados de toma de decisiones (Verzijl, 2007). Unas dos docenas de esos permisos corresponden a los agricultores del Caserío B y sus familias, aunque muchos no están formalizados todavía. Un obstáculo para los excedentes era que la Ley de Aguas (Ley 17.752 como desde 2009 la nueva Ley 29.338) dictamina que aquellos sin una licencia no podían sembrar cultivos perennes como árboles frutales. Sin embargo, en la práctica esto los no detuvo de cultivar mangos a partir de los años noventa:

-¿Y a ustedes se les permitió plantar mangos?, le pregunté a Cecilia. -No nada. Menestra. Solo menestra. Pero entonces vimos a los otros. Todo el pueblo [refiriéndose a Motupe] se volvió loco plantando mangos y entonces ¿por qué no podíamos hacerlo también nosotros? Un par de plantitas... como para probar algo para comer y si va bien, para venderlos…

Muchos en el Caserío B y otros en tierras comunitarias siguieron esta lógica cuando la exportación de mango empezó a prosperar. Sin embargo, varios exfuncionarios del gobierno y autoridades del Agua que fueron entrevistados, desconocían la presencia de mangos en tierras de excedentes, mientras que estas familias ya estaban exportando. Otros reconocieron que habían plantaciones, pero no sabían cómo en la práctica, a pesar de los años secos, los pequeños agricultores del Caserío B lograron mamntenerlas. Con el fin de entender de qué modo los pequeños propietarios lograron tener plantaciones, debemos considerar la estrategia tradicional de los pequeños agricultores de ‘cultivos asociados’, su relación con el riego y conexiones parciales con políticas públicas de transferencia de la gestión del riego.

Los ‘cultivos asociados’ son una de las principales características de la agricultura en pequeña escala en la costa del Perú. En muchos campos de Motupe, los mangos para la exportación se cultivan de manera asociada no solo con maíz sino también con maracuyá, paltas, lentejas y yuca. Esta diversidad tiene varios beneficios para los agricultores, ya que les asegura una provisión de alimentos y les proporciona ingresos adicionales. También sirve como solución alternativa en caso de fracasar la cosecha, bajos precios en el mercado o cuando experimentan con nuevos cultivos. De igual modo, esta práctica es beneficiosa para la ecología de la chacra, ya que los cultivos asociados mantienen la fertilidad del suelo y corresponden bien a los métodos de riego empleados en esta área (Domínguez Guzmán et al., 2017). Al contrario de lo que aconsejan la mayoría de programas extensionistas, de mantener los árboles con espacio reducidos para maximizar la producción, monocultivo y así emplear métodos modernos de riego tecnológico, el espacio entre los árboles de mango en el Caserío B está bien pensado por los pequeños agricultores pues les permite tener otros cultivos. En el caso de Cecilia, ella asocia sus mangos con maíz, el cual vende y también almacena para sus animales en tiempos de sequía. El maíz es un cultivo tradicional y aún preferido en esta zona (Hatch, 1974), pero necesita varias turnos de riego y requiere una inversión sustancial en pesticidas y fertilizantes. Para lograr asegurar la siembra de maíz Cecilia necesita, entonces, asegurar el agua, por lo que los árboles de mango juegan un rol importante en la materialización de sus derechos de agua.

El presidente de la Junta de Usuarios de Motupe expresó preocupación acerca de cómo las cosas habían evolucionado en tierras comunales y lo que esto podría significar para el futuro del agua en Motupe. Los agricultores excedentes habían estado plantando árboles de mango ‘extraoficialmente’, y una vez que estos empezaban a dar fruto, después de algunos años, les fue difícil a las autoridades negarles turnos de agua a excedentes para cultivos perennes. “¡No podemos decirles que corten los árboles!”, repetía el presidente mientras explicaba que su idea era tramitar una excepción a la Autoridad Nacional del Agua (ANA) para otorgarles licencias o derechos de agua, como una forma de salir del problema de plantaciones de mango para exportación sembradas en tierras comunales. Como presidente de la Junta de Usuarios de Motupe, él se enfrentaba al problema de que habían usuarios de agua sin licencia registrados en otras oficinas del gobierno como exportadores, lo cual no daba una buena imagen de la administración de la junta. Su petición para solicitar una excepción se basó en el hecho de que él y la Autoridad Local del Agua (ALA) necesitaban proporcionar información más precisa a las Autoridades Nacionales del Agua (ANA): “Para sincerar los datos..., primero terminaremos el proceso de formalización. Una vez hecho esto, el segundo paso sería pedir [a ANA] una excepción y tendremos que darles una licencia [de agua]! ¡No más como excedentes puesto que TIENEN árboles del mango!”, explica preocupado. Su inquietud está relacionada con la disponibilidad general de agua, por un lado, y las estrategias de cultivo asociado de muchos pequeños agricultores, por el otro.

Según la ALA, los cultivos permanentes o anuales, como las plantaciones de mango, tienen prioridad sobre el maíz y otros cultivos transitorios. Esto significa que una chacra con mangos recibiría agua antes que una chacra con maíz, menestras u otros cultivos anuales, si ambos sufriesen de estrés hídrico que dañara el cultivo o la cosecha. Sin embargo, un excedente explica: “Yo no riego apresurado... pierdes terreno con eso. En cambio, dejo mi agüita en pozas. Mis árboles (de mango de exportación) están justo en medio, entre esos árboles crece mi maíz. Dejamos un espacio en medio de 9 metros. Cuando el maíz se riega lo hace también mi mango. [...]. Estoy planeando sembrar maíz el lunes [...] Ya recibí el boleto de regadío [papeleta] para los mangos, así que debemos empezar a preparar la tierra”. Los cultivos asociados de pequeños agricultores y su método de riego por poza que vienen siendo utilizados en Motupe desde la época preincaica (Domínguez Guzmán et al., 2017) forman parte diaria de sus relaciones con el agua y el cultivo de exportación. En la siguiente sección muestro una nueva realidad que hizo posible el riego en los campos de los pequeños agricultores.

La toma de la toma

La presencia de cultivos de mango ayudó a establecer la posición de excedentes frente a los titulares de derechos de agua en Motupe. Sin embargo, esto también tiene que ser visto a la luz de un proceso de transferencia de gestión del riego en el valle, en el que nuevas responsabilidades y lazos personales existentes adquirieron una nueva dinámica. Antes de ese tiempo asegurar agua para sus cultivos a veces significaba medidas más drásticas. Cecilia recuerda:

Fue un día como hoy [refiriéndose que en mayo del 2014 ella y los usuarios de Caserío B eran ignorados cuando tenían necesidad urgente de irrigar sus campos]. Ellos [de la Comisión de Regantes B] seguían diciendo que nos darían el agua, por dos semanas consecutivas, pero no lo hicieron. En el último momento, nos dijeron: “Señores, no hay suficiente agua! El agua ahora va para Motupe!”. Pero Doña Mela, que permaneció en silencio durante toda la reunión, reaccionó una vez que estuvo fuera de la oficina. “¿Así que no hay agua para nosotros? Vamos a ver”, dijo. “Vamos a ver si el agua pasa a Motupe. Si queremos que el agua vaya a Motupe, va, pero si no queremos... ¡Vamos!”, instándonos a las mujeres a seguir. “¿No ves ...? ¿Dicen ahora que no hay agua? ¡Bien, veremos!!! ¡Vamos juntos! ¿Quién está conmigo” [Cecilia continuó explicando] Ves, a Doña Mela no le gusta hablar en las reuniones de la Comisión de Regantes, ya que no sabe expresarse bien... así que ese día nos urgió [a las mujeres del Caserío B] para tomar el agua. Todas la seguimos.

‘La toma de la toma’, o la toma de la estructura para la captación de agua de riego se produjo a mediados de los años noventa. La causa fue el maíz en los campos de Caserío B que se estuvieron por secar. Está claro que como excedente de agua, Cecilia luchó, y lo hace aún, para obtener agua, sin embargo, en sus acciones, la principal preocupación no es resistir al sistema o a la producción capitalista. Tampoco parece dirigir sus acciones contra la agroexportación o algún funcionario de la Comisión de Regantes. Cuando me contó esta historia de la toma de la toma, ella expresó un doble sentimiento, en el que se mezclaba vergüenza por el hecho de ser etiquetadas como personas problemáticas, pero también algo de orgullo de que nadie ignore o se meta con la gente del Caserío B. Lo importante fue que ‘su maíz estaba de sed’ -como expresó en varias oportunidades. Y eso lo puso en primer lugar.

Los excedentes acordaron regar esa noche hasta que cada uno de los campos estuviera terminado. Esa noche fueron a la toma y abrieron la puerta del canal rehabilitado y se aseguraron de que permaneciera abierta (y las otras cerradas) mientras sus esposos regaban los campos. Cuando el personal de la Junta de Usuarios de Motupe se dio cuenta de que estaba llegando menos agua a Motupe, viajaron hasta la zona de la toma para conocer la causa. Hubo discusiones y algunas riñas, pero el personal masculino no pudo forzar a las mujeres a retirarse. A pesar de la toma, las mujeres no fueron sancionadas o expulsadas de la Comisión de Regantes, probablemente porque no tenían derechos de agua regulada para ser expulsadas y porque de una forma u otra los demás usuarios y miembros de la Comisión B conocían su situación y solidarizaban. Este episodio tuvo lugar durante una fase de transición, cuando muchos huertos de mango en Caserío B aún estaban en desarrollo y cuando la descentralización de las responsabilidades de las Comisiones de Regantes implicó una nueva dinámica entre los responsables de la gestión del agua y los excedentes. Lo explicaré en el resto de esta sección.

En 1989 se lanzó una política neoliberal de Transferencia de Gestión de Riego (o IMT como se conoce con sus siglas en inglés) con el objetivo de retirar el estado de la gestión de los recursos. Esta política implicó la transferencia de las tareas de distribución, operación y mantenimiento de los sistemas de riego a gran escala del gobierno a las Juntas de Usuarios de Agua (Vos, 2002; Ore y Rap, 2009). Estas Juntas integradas por los propios regantes y agricultores se convirtieron en organizaciones (políticamente) influyentes, de segundo nivel, que a menudo eran dirigidas por las élites rurales, y que también se encargaban de la recolección de tarifas. Obviamente, la implementación de esta política en los años noventa coincidió con el auge del mango en Motupe y el norte del Perú y dio lugar a una serie de cambios, aunque de forma gradual. En primer lugar, después de la transferencia, las cuatro comisiones de regantes que anteriormente operaban desde la oficina de la Junta en El Cruce se ubicaron en diferentes lugares del valle. La oficina de la Comisión de Regantes B se abrió en una aldea cercana al Caserío B. Es en esta oficina donde el agua es repartida entre los usuarios. Este hecho de la proximidad de la oficina fue importante para los excedentes del Caserío B. Hasta ese momento, antes de la Transferencia de Gestión de Riego, una burocracia estatal de agua estaba a cargo de su administración, operación, mantenimiento, asignación y distribución. Estas oficinas administradoras mantenían los turnos de riego y planes de cultivo estrictos, asegurando con ello que los usuarios de agua, tanto los titulares de derechos como los excedentes, cumplieran con los turnos de riego y los cultivos asignados. En el pasado el lugar de distribución de agua era El Cruce, en la ciudad de Motupe, En aquellos tiempos, Cecilia y otros en la Comisión B rara vez viajaban tan lejos para tratar de obtener agua. Al abrirse la oficina de la Comisión de Regantes B, los que antes ignoraban a los excedentes, y se concentraban en atender a los titulares de derechos del agua regulada del canal Huallabamba, eran ahora los miembros del consejo elegidos, los mismos vecinos y compañeros agricultores de los excedentes. Esto creó cierto margen de maniobra y negociación para las familias de los excedentes.

Cecilia, como parte de la Comisión de Regantes B, empezó a pedir agua desde que recibió la tierra de su padre adoptivo para cultivar. Un día su suegra le dijo que no podía seguir pidiendo agua porque ella ya estaba muy vieja para hacerlo y que Cecilia tenía que reemplazarla. Por supuesto, esto no fue un trabajo fácil, explica, ya que los excedentes (todavía) tenían que esperar hasta que aquellos con derechos o licencias terminaran con la distribución de agua:

¿Sabes que para pedir agua, teníamos que ir y volver a la aldea? Por lo menos toda una semana […] El primer día que pedí agua, estaba nerviosa. Salí de mi casa imaginando muchas cosas. A pesar de que mi suegra ya me había explicado cómo hacerlo y cómo debía actuar en el momento indicado. Esto es algo que no he olvidado y nunca lo haré. Cuando mi suegra me dijo: “¡Si el presidente [de la CR] o cualquier usuario dice que no hay agua para excedentes, entonces tienes que decir que las mismas necesidades que los usuarios con derechos tienen, nosotros [los excedentes] también tenemos!”.

De esta manera, Cecilia continuó enfatizando sus necesidades en lugar de los derechos oficiales que le fueron negados. La secretaria de la Comisión de Regantes B también recuerda a las mujeres del Caserío B haciendo preguntas en reuniones abiertas como: ¿No ves que nosotros también tenemos bocas para alimentar? ¿Que también tenemos hijos? La secretaria que trabaja en la Comisión de Regantes B desde su creación, hace 25 años, ha visto cómo los excedentes han impuesto sus necesidades. Sin embargo, no fue hasta 2007 que estos obtuvieron, dentro de la Junta de Motupe y la Comisión de Regantes B, el derecho a votar (y a participar en la toma de decisiones). Y no fue hasta el 2013 que se permitió que los excedentes fueran elegidos miembros del consejo de los subsidiarios de la junta (la Comisión de Regantes). En el presente, a pesar de que las cosas han cambiado, la posición de los excedentes sigue siendo reñida cada vez que el agua es escasa, y muchos continúan sintiéndose secundarios a los titulares de derechos.

Hoy en día, aunque la ley estipula que no tienen derecho a reclamar agua, se les trata igual en la práctica -piensa la secretaria de la Comisión B-. Esto no significa que no hubo violencia ni conflictos por el agua en su área de regadío. Cuando hay escasez de agua la gente se pelea, incluso hubo un asesinato alguna vez. Muchas veces excedentes han sido parte de estos tumultos, como lo he descrito. Otras veces, estos mismos oficiales de la Junta actúan a favor de Cecilia con el reparto de agua o de otra forma. En una ocasión le dieron dinero para enviar a su hija al hospital. Para esta acción, la secretaria de la Comisión de Regantes intervino: “Así que Cecilia es mi amiga, y me habló de su situación. Le ofrecí que pediría al presidente de IC que presentara su problema durante la reunión de la Junta de Usuarios, en la ciudad. Y él acepto, porque es una buena persona”. En esa oportunidad Cecilia recibió 400 soles (130 dólares), ya que tres de las cuatro Comisiones de Irrigación aceptaron apoyarla. En otras oportunidades, prepara polladas o pollo asado para ayudar a su familia con problemas similares. La mayoría de las veces, termina vendiendo estos platos a los miembros de la Comisión de Regantes y a ciertas instituciones gubernamentales.

Discusión y conclusiones

En el presente trabajo he presentado el caso de estudio etnográfico de los excedentes de agua de Motupe, sin títulos de propiedad y derechos de agua, que cultivan mangos de exportación. Ellos contribuyen a la mayoría de la producción anual en campos menores de 2 ha, desafiando la idea de que el acceso al agua corresponde solamente a las empresas agroindustriales y transnacionales. En esta sección reflexionaré sobre los elementos teóricos y aportes metodológicos y ofreceré algunas de las principales conclusiones en torno a los hallazgos etnográficos.

En la práctica, Cecilia, como otros pequeños agricultores excedentes de agua, además de cultivar árboles de mango, mantiene también otros cultivos. Ella trabaja en la cocina para su familia y para vender en el mercado. En el pasado, trabajó largas jornadas para una empresa de jugos de exportación. Para hacer llegar agua a su chacra, ella, como otros agricultores motupanos de tierras comunales, mantiene cultivos asociados, negocia en las reuniones de la junta, pide favores a los dirigentes y cierra compuertas para desviar el agua a las tierras del Caserío B. Todo esto sugiere que Cecilia no forma parte de una sola realidad de agroexportación moderna, o de pequeña agricultura o de subsistencia, pero se relaciona parcialmente con ellas. Para Cecilia el cultivo de mangos de exportación es una de las múltiples actividades que la ayudan a cuidar de su familia y traer agua a su chacra. Del mismo modo en que su abuela hizo al cerrar las olvidadas pistas de aterrizaje de los campos de algodón para conseguir tierra y empezar a hacer agricultura. Una mirada cercana a las actividades de los pequeños agricultores muestra como la agencia no reposa en un solo actor (estructura, persona, cosa), pero es distribuida y recreada en las relaciones entre actores heterogéneos. Esto sale a relucir en el rol significativo del cultivo de mango y sus métodos de riego. La tenacidad de los árboles de mango para resistir estrés hídrico y enfermedades endémicas fue una ventaja para los pequeños agricultores que complementaron las técnicas de irrigación (pozas) y el cultivo asociado. En cierta manera son los árboles de mango de exportación en tierra comunal los que abrieron oportunidades para materializar los derechos de agua de los agricultores excedentes.

También, la amistad de estos pequeños agricultores y sus relaciones cercanas con los miembros de la Junta de Usuarios han sido importantes para acceder al agua de riego. Escribir sobre Cecilia como alguien que se opone a las empresas o burócratas/administradores de riego sería negar estas realidades que le permiten hacer agricultura. En el Caserío B es difícil determinar contra quién o qué luchan los agricultores como Cecilia, y si ‘contestación’ es el concepto adecuado para analizar las prácticas de estos agricultores. En el caso de la toma de la toma, las mujeres excedentes no actuaban en contra de un grupo objetivo sino, como anotaba Cecilia, su objetivo era regar sus campos y su maíz. Estos eventos pueden ser vistos como un momento clásico de resistencia o confrontación directa y abierta al personal de la Junta de Usuarios, utilizando agua para regar el maíz que de otro modo iría a los grandes polígonos comerciales de exportación de mango en Motupe. Sin embargo, el agua es tomada principalmente de pequeños agricultores de maíz, aunque con licencia, en Motupe. Asimismo, la decisión de Cecilia de comenzar a cultivar mangos para exportación, sin la aprobación de los oficiales del gobierno, cargando agua de los canales a sus plantones de mango, también podría interpretarse como actos de resistencia. Pero ¿contra qué? No contra las empresas agroexportadoras y acopiadores que compran sus mangos. Tal vez contra las leyes y políticas (neoliberales) que prohíben los cultivos perennes. Sin embargo, estas mismas leyes y políticas promueven la formalización de derechos de riego. Finalmente la estrategia de cultivos asociados de Cecilia podría ser vista como una (tercera) clase de resistencia contra la pomología moderna (Van der Ploeg, 2010) y por lo tanto, de intereses neoliberales. Estas acciones también se pueden entender desde la perspectiva del parentesco y cuidado, que le permiten asegurar y buscar oportunidades para promover el bienestar de su familia.

Nos queda, entonces, discutir cómo el caso de los excedentes de agua conversa con la ecología política y sus elementos teóricos. Es decir, ¿cómo escribir sobre los pequeños agricultores y sus relaciones con el agua de riego? Durante mucho tiempo los investigadores en ciencias sociales vienen siendo capturados por el enigma de la persistencia de los pequeños agricultores. Un enigma que ha fascinado e intrigado a los estudiosos de diferentes disciplinas y que apunta al corazón de la cuestión agraria clásica, elaborada por muchos desde Chayanov a Bernstein y últimamente, Van der Ploeg (2006, 2010). En términos amplios, el proyecto de la ecología política ha sido inspirado por esta persistencia y por el propósito de comprender y revelar actores y estructuras sociales superpuestas de dominación u opresión -provocados por las filosofías neoliberales y recientemente por la agroexportación moderna- para dar así cuenta de la respuesta o lucha campesina a nuevos capitalismos impuestos e iniciativas de cambio (Achterhuis, Boelens y Zwarteveen, 2010; Mena et al., 2016). Escribir sobre la pequeña agricultura y sus relaciones con el agua de riego de esta forma ha sido importante para hacer presión política sobre quiénes son los que se benefician del ‘sistema’ de agroexportación y reclamar los derechos de pequeños agricultores al acceso de agua de riego. Sin embargo, dichos marcos narrativos podrían también conllevar a reducciones indeseadas de la heterogeneidad y las múltiples realidades que caracterizan a los mundos rurales de la costa peruana, como los de Cecilia y los pobladores de Caserío B. Es por eso que el presente trabajo propone expandir el análisis del material empírico que apunta a explicar quién tiene acceso al agua y el poder de actuar y gobernarla, hacia qué tipo de realidades de agua se presentan entre los pequeños agricultores, el agua y sus cultivos (Mol, 1999). Esto es importante porque podría ayudar a desenredar los dualismos que frecuentemente forman parte del análisis de varios estudios de la ecología política -tales como agencia/estructura; humano/no-humano; teoría/etnografía que se enmarcan en relaciones de dominación y resistencia o el control y respuesta.

Metodológicamente esto significa un giro en el lenguaje comúnmente usado en el análisis de la ecología política hacia la búsqueda de nuevos vocabularios que acojan el desborde (overflowing en inglés) de los encuadres teóricos para reconocer la imposibilidad de totalidad (Callon, 1998). El filósofo Kwa (2002) hace una diferencia entre el estudio de complejidades que apuntan a integrar individuos y objetos heterogéneos a una sola entidad en un nivel superior de organización, cohesión o del ‘todo’ coherente y el que utiliza el caso de estudio para explorar sus especificidades. Esto representa un llamado a usar el material empírico no como un ejemplo para hacer generalizaciones o brindar coherencia a narrativas predeterminadas, sino como una forma de hablar con o interferir en estas. De esta manera concuerdo con Yates-Doerr y Labuski (2015) cuando afirman que “los casos etnográficos no deberían aspirar a la generalidad, sino que podrían cambiar la práctica y la posibilidad de la generalidad […] para abrir y voltear [nuestras] preguntas y así ayudarnos a narrar otras condiciones de posibilidad”.

En este trabajo he intentado hacer espacio a formas alternativas de escribir acerca de los pequeños agricultores, que en lugar de sumar ejemplos a grandes teorías o narrativas, hablen o interfieran con estas mientras responden a las especificidades y complejidades del caso de estudio (Mol, 2002; Haraway, 1991). Como expresa Haraway (1991, p. 173), “No necesitamos una totalidad para trabajar bien… los sueños para un lenguaje perfectamente verdadero, o de la experiencia perfectamente fiel, es uno totalitario e imperialista”. Refrescar el lenguaje de la ecología política para encontrar un vocabulario que responda a las complejidades de la pequeña agricultura guarda el potencial de abrir nuevas formas o registros para articular estas realidades. De tal forma vale la pena plantearse hasta qué punto necesitamos retener viejos términos para atender los retos de explorar nuevos capitalismos; en este caso, las vías de los desbordes parecen provechosas. Después de todo, si Cecilia lo hace en el campo para atraer más agua a su chacra, ¿por qué no seguir estos pasos?

Agradecimientos

Este artículo fue escrito gracias a una beca del Consejo Europeo de Investigación, concedida al proyecto de investigación “The Eating Body in Western Practice and Theory”, así como al Programa Integrado WOTRO “The Transnationalization of Local Water Battles”. Agradezco especialmente a Annemarie Mol y al equipo de trabajo. También a Andrés Verzijl, Else Vogel, Emily Yates-Doerr y Margreet Zwarteveen por sus valiosos comentarios en borradores anteriores. Agradezco también a la Autoridad Local del Agua (ALA) y a la Asociación de Usuarios de Agua (WUA) de Motupe, que mostraron interés y apoyaron mi investigación. Un especial agradecimiento a mi amiga Cecilia, cuyo nombre permanece anónimo en este texto, y a las familias del Caserío B y Comisión de Regantes B, por sus contribuciones y colaboraciones durante mis visitas.

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Recibido: 16 de Abril de 2017; Aprobado: 20 de Marzo de 2018

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