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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.64 San Pedro de Atacama  2020

http://dx.doi.org/10.22199/issn.0718-1043-2020-0005 

Dossier Relaciones políticas, económicas y socioculturales en los espacios haliéuticos iberoamericanos

Seal-skinners lobeando en territorio chono, aónikenk y chilote, 1830-1845

Seal-skinners sealing in chono, aónikenk and chilote territory, 1830-1845

Marcelo Mayorga Zúñiga1 
http://orcid.org/0000-0003-1600-3655

1 Universidad de Magallanes, Facultad de Educación y Ciencias Sociales, Punta Arenas, CHILE. Email: marcelo.mayorga@umag.cl

Resumen:

Hacia fines del siglo XVIII e inicios del XIX, en el contexto de un período de expansión por parte de naciones europeas y la naciente república norteamericana, empieza a desarrollarse la caza comercial de lobos marinos, y en tal sentido, el extremo austral de América se configuraría como una de las principales áreas de sus incursiones.

Este trabajo busca contribuir a conocer mayores antecedentes respecto de la presencia de este grupo de navegantes, en relación a la interacción sostenida con los aborígenes australes y las actividades cinegéticas propiamente tales. El estudio se basa en documentos inéditos, específicamente bitácoras (logbooks) de embarcaciones loberas estadounidenses.

Se plantea la hipótesis de que esta actividad comercial fue mucho más que un transitorio deambular dedicado a la obtención y acopio de pieles para su posterior traslado a mercados lejanos; por el contrario, los cazadores de lobos establecieron una estrecha relación con los aborígenes que poblaban dichos territorios, además de generar un paulatino proceso de familiarización con la geografía.

Palabras claves: loberos; Chiloé; mamíferos marinos; aborígenes australes; lobos marinos

Abstract:

Towards the end of the XVIII century and the beginning of the XIX century, in the context of a period of expansion on the part of European nations and the nascent North American republic, the commercial hunting of fur seals began to develop, and in this sense, the southern end of America became one of the main areas of their incursions.

This work seeks to contribute to know more background regarding the presence of this group of navigators, in relation to the sustained interaction with the austral aborigines, as well as, regarding hunting activities. The study is based on unpublished documents, specifically American sealing ship logs.

It is hypothesized that this commercial activity was much more than a transitory wandering dedicated to obtaining and collecting skins for distant markets, on the contrary, fur-seal hunters established a close relationship with the aborigines who populated these territories, in addition to generating a gradual process of familiarization with geography.

Keyworks: sealers; Chiloé; sea mammals; austral aborigines; fur seal

Introducción

Hacia fines del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, en el contexto de un período de expansión por parte de naciones europeas y la naciente república norteamericana, se produjo en el Cono Sur americano, específicamente en el área de Patagonia y Tierra del Fuego, islas subantárticas y antárticas, la consolidación de una actividad económica ligada a la explotación de mamíferos marinos, basada en el aprovechamiento de las pieles del lobo marino fino o de dos pelos (Arctocephalus australis) y del lobo marino de un pelo o común (Otaria flavescenses) (Mayorga, 2016a, p. 6).

Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia fueron los países desde donde zarparon la gran mayoría de estos navegantes-cazadores que irrumpieron en el extremo austral americano, tanto en la costa de los océanos Pacífico y Atlántico, en procura de las pieles de los pinnípedos que eran transportadas a los puertos de Cantón (China) y Londres, posteriormente, desde la segunda década del siglo XIX, la mercancía era también transportada hasta la costa este de Estados Unidos (Mayorga, 2016b, pp. 27, 64-65).

Los antecedentes que explican la llegada de loberos hacia esta parte del globo están dados, en primer lugar, por la independencia de Estados Unidos, situación que llevaría a la búsqueda de nuevos mercados, debido al cierre de los puertos ingleses; por la apertura de los puertos orientales a la marina mercante norteamericana hacia fines del siglo XVIII, posibilitando el acceso al puerto chino de Cantón; y, a causa del impulso generado por las diversas expediciones científico-navales organizadas por las potencias europeas, entre las que destacan las de George Anson, John Byron, James Cook y Alejandro Malaspina (Dulles, 1930, pp. 3-4; Greenberg, 1951, pp. 41-48; Pereira, 1971, pp. 23-25; Mayorga, 2016b, p. 38).

En este trabajo, nos centraremos en el período que va desde 1815 en adelante, época en que los loberos o seal-skinner se concentraron en el área en torno al sur de Chiloé y las costas del estrecho de Magallanes, Tierra del Fuego y sus innumerables pasajes marinos adyacentes. Lo anterior, producto de la drástica disminución de los stocks de otáridos en los primeros cotos de caza históricamente explotados, de forma tal, que se hizo necesario para los loberos adentrarse en nuevos territorios para obtener las preciadas pieles.

En este contexto, planteamos que la industria de la caza de lobos marinos desarrollada por loberos angloamericanos resultó ser más que un deambular por los intrincados canales patagónicos, ya que debido a las características que de suyo implicaba esta actividad extractiva (acecho y caza, descuere, secado, obtención de aceite, etc.1), requirió necesariamente de permanencias obligadas y prolongadas en los sitios de anidamiento de pinnípedos, con el resultado de la familiarización con la geografía y recursos del lugar, y en los casos de regiones con presencia aborigen, interacción e intercambios entre ambas partes, elementos de los que se procura entregar antecedentes a lo largo de este artículo.

La investigación es de carácter histórico documental, y está basada en la revisión y análisis de tres logbooks o bitácoras, correspondientes a las goletas Betsey y Hancox, y al bergantín Athenian, embarcaciones de bandera estadounidense, cuyas singladuras allí registradas proporcionan valiosa e inédita información respecto de las relaciones interétnicas sostenidas con los aborígenes australes, tanto de ámbito pedestre como marítimo, abundando en detalles respecto de aquellas acontecidas para con grupos aónikenk y chono (Tabla 1). Respecto de estos últimos, la información que aquí se entrega viene a complementar otros interesantes hallazgos que de este último grupo canoero, ha realizado consistentemente en los últimos años la historiadora Ximena Urbina (2014; 2016; 2017), a la luz de la revisión de fuentes coloniales habidas fundamentalmente en repositorios europeos.

En cuanto a la mirada historiográfica internacional respecto al tema específico de los cazadores de lobos marinos, los estudios se han concentrado fundamentalmente desde el ámbito de la historia marítima y de la arqueología, con especial énfasis en aspectos tales como el origen y desarrollo del comercio peletero, exploración de rutas marítimo-comerciales, registros de armadores y embarcaciones (Goode, 1887; Jones, 1991), exploración y descubrimiento del continente antártico (Stackpole, 1955; Bertrand, 1971; Headland, 1989). Mención especial requieren los estudios que desde Argentina y Brasil han desarrollado María Ximena Senatore junto a Ándres Zarankin, quienes desde el ámbito de la arqueología histórica han estudiado los sitios de caza y campamentos loberos en las Shetland del Sur, partiendo de la base de un cuestionamiento al discurso oficial de la historia antártica -centrada en la denominada época heroíca del descubrimiento-exploración y los grandes personajes-, han relevado el papel de los cazadores de mamíferos marinos en el proceso de ocupación de la Antártica (Zarankin y Senatore, 2007, p. 12).

Desde la mirada de la historiografía nacional, las referencias a la temática de estudio son más escasas, sin embargo, destaca el erudito trabajo de Eugenio Pereira Salas (1971) en el que dedica varios capítulos al estudio de la presencia de los cazadores de lobos marinos y ballenas en aguas chilenas, en el período correspondiente a los años previos a la independencia de Chile. En este sentido, y desde una perspectiva sociológica, plantea un temprano proceso de vinculación, fundamentalmente de tipo cultural, comercial y diplomático, entre Chile y Estados Unidos, donde balleneros, loberos y marinos mercantes jugaron un papel fundamental (Pereira, 1971, p. 261). Sin embargo, tal mirada sociológica responde únicamente a la vinculación cultural entre las nacionalidades estadounidense y chilena, en términos del influjo dejado por los contingentes humanos de dicha nacionalidad durante su presencia en el Chile colonial (Pereira, 1971, p. 305), de modo que esta perspectiva no involucra dentro de tales contactos culturales aquellos sostenidos entre loberos y aborígenes australes, en circunstancias que las fuentes relevadas por el autor daban cuenta al menos indirectamente de tales interacciones (cfr. Goode, 1887; Stackpole, 1955; Bertrand, 1971).

A nivel regional austral, el enfoque ha estado enmarcado en el contexto de la historia marítima, según el cual, los loberos protagonizaron el ciclo náutico desarrollado hacia fines del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX, casi en contemporaneidad con el ciclo científico que tuvo lugar entre 1764 y 1838 (Martinic, 1987, p. 11), destacándose en este sentido que la presencia de estos navegantes constituiría el primer ejercicio de una actividad económica desarrollada en Magallanes (Martinic, 1992, p. 321). Por lo tanto, el foco de interés ha respondido particularmente a poner de relieve la participación de los cazadores de pinnípedos en el marco general del movimiento marítimo por aguas magallánicas y su relación con la posterior presencia colonizadora en el territorio.

Una excepción en el ámbito nacional, la constituye la investigación que desde la perspectiva de la arqueología histórica ha realizado Rubén Stehberg, quien estudió la relación existente entre los cazadores de lobos marinos y los aborígenes canoeros, a partir de prospecciones en el territorio antártico. Tras el hallazgo en 1985 de un cráneo aborigen de sexo femenino en la isla Livingstone (del grupo de las islas Shetland del Sur), cuyas características bioantropológicas eran compatibles con la población indígena del extremo sur de América y de posteriores hallazgos de herramientas y edificaciones precarias, Stehberg planteó la hipótesis del traslado de mano de obra aborigen por parte de los cazadores de lobos marinos que operaban en dicha zona geográfica durante el siglo XIX (Stehberg, 2003, p. 15). En nuestro caso, y sin ser nuestro objetivo probar dicha hipótesis, la revisión y análisis de diversas fuentes ha proporcionado información directa que da cuenta de la utilización de aborígenes en las incursiones de los loberos, pero en el ámbito geográfico de Patagonia y Tierra del Fuego.

Nuestro enfoque viene a recoger los lineamientos que ha estado incorporando en los últimos años la historia marítima, en el sentido de lo planteado por Haller y Vezub (2018), en cuanto a que más allá de la otrora tradicional preocupación por aspectos relativos a la historia de las exploraciones, guerras navales y tópicos exclusivamente económicos, se ha venido prestando atención a la experiencia de los sujetos históricos y, más recientemente, a elementos derivados de otras disciplinas, que ha trasuntado en preocupaciones por aspectos ecológicos y ambientales, elementos que en su conjunto facilitan y permiten realizar una necesaria vinculación entre lo local-regional, con los procesos globales (pp. 16-17, 34).

Valga mencionar, en este sentido, el trabajo realizado por Nancy Shoemaker, quien aboga por una mirada nueva respecto de la forma como se ha trabajado la historia de los nativos americanos en Estados Unidos, incorporando en sus trabajos la dimensión histórica, antropológica y narrativa (Shoemaker, 2002). Se ha especializado en el estudio de la industria ballenera en la costa de Nueva Inglaterra y la relación de esta actividad para con los aborígenes primigenios de dicha zona histórica. Concretamente, plantea que los nativos americanos desempeñaron un papel central en la industria de los cetáceos, en torno a la cual se generó un espacio social particular, ajeno al racismo de la sociedad de Nueva Inglaterra, donde los nativos gozaban de poder, prestigio y privilegios (Shoemaker, 2013).

En este sentido, planteamos una mirada menos restrictiva de la irrupción de los cazadores de mamíferos marinos hasta la zona meridional americana, que si bien ha buscado incorporar aspectos sociales, aquello se ha realizado únicamente en relación a las actividades loberas en la Antártica (Stehberg, 2003; Zarankin y Senatore, 2007), y más aún, excluyendo a priori fuentes históricas, en el supuesto de que solo refieren información de una área geográfica distinta a la Antártica, las que por el contrario, enriquecen el análisis historiográfico.

Tabla 1 Resumen interacciones sostenidas por las tripulaciones del Hancox, Athenian y Betsey con aborígenes yámana, kawésqar, sélknam, aónikenk y chono. Fuente: Elaboración propia 

Consecuencias derivadas de las expediciones científico-navales de James Cook

Las expediciones científico-navales impulsadas a contar del siglo XVIII, que no son otra cosa que la manifestación de la rivalidad entre las potencias europeas, resultaron ser fundamentales como vector del interés de los cazadores de balleneros y loberos hacia latitudes australes, por cuanto fueron acumulando un arsenal de conocimiento en relación a vastas regiones del planeta, tales como las islas Malvinas/Falkland, las costas de Patagonia, Tierra del Fuego, isla Alejandro Selkrik, Nueva Zelanda y Australia, entre otras, lugares que tenían como característica en común, albergar una inmensa cantidad de mamíferos marinos, información que a la sazón sería fundamental para el proceso de expansión industrial y comercial que se comenzó a manifestar con énfasis en este período, sobre todo en Inglaterra y tras alcanzar su independencia, en Estados Unidos. Precisamente el aceite, utilizado para lubricar las máquinas de la industria textil y más adelante de la maquinaria a vapor, y de otro lado, las pieles de lobos finos, serán dos mercancías que coadyuvarían a la vinculación de sectores periféricos con áreas metropolitanas en el hemisferio norte (Mayorga, 2017, p. 37).

En este contexto, merecen especial atención las navegaciones realizadas por James Cook. Consabido es que comandó tres expediciones, entre cuyos objetivos se hallaban la observación del tránsito del planeta Venus sobre el sol (primer viaje, 1768-1771), la búsqueda de la Terra Australis Incógnita (segundo viaje, 1772-1775) y la exploración de la costa septentrional del oeste de América del Norte (tercer viaje, 1776-1779). Los viajes segundo y tercero serán particularmente relevantes por los comentarios y observaciones que registraría respecto de sectores con abundante presencia de recursos faunísticos factibles de explotar.

Por su extensión geográfica y resultados, las expediciones desarrolladas por Cook, directa e indirectamente terminarán por incorporar a los grandes circuitos comerciales regiones ignotas del planeta, y entre cuyos agentes se encuentran loberos y balleneros, quienes se encargarán de explotar y surtir a los mercados de ciertos recursos naturales dados a conocer por los exploradores de fines del siglo XVIII.

En el segundo viaje logra alcanzar en enero de 1775 la latitud de las islas Georgias del Sur (54°26’S-36°33’O), lugar donde avista una gran cantidad de lobos finos antárticos (Arctocephalus gazella), apuntando lo siguiente: “Lobos u osos marinos, eran bastante numerosos. Eran más pequeños que aquellos que vimos en la isla de los Estados; tal vez, la mayoría de los que vimos eran hembras; en la costa pululaban junto a los jóvenes cachorros” (Cook, 1842, p. 567).

En diciembre del año anterior reporta similares avistamientos de mamíferos marinos en la costa sudoriental de Tierra del Fuego y en la isla de los Estados, donde cazaron varios lobos marinos, aprovechando de obtener aceite, degustar las vísceras y carne de los otáridos, concluyendo al respecto que la carne de “los cachorros era muy apetitosa, incluso la carne de algunas hembras viejas no era tan mala; pero la de los machos viejos era abominable” (Cook, 1842, p. 560). Durante el primer viaje, igualmente observan todo tipo de mamíferos marinos (ballenas, delfines y lobos marinos) en las cercanías de las islas Malvinas/Falkland y Tierra del Fuego (Cook, 1842, p. 19).

En los próximos años las islas Georgias del Sur serán visitadas asiduamente por loberos británicos y estadounidenses, estimándose que desde sus costas se extrajeron aproximadamente un millón doscientas mil pieles, de acuerdo a lo que señalara el lobero británico James Weddell mientras se encontraba en las islas en el año 1822 (1825, p. 54).

Complementa la información entregada por Weddell aquella porporcionada por el célebre lobero norteamericano Edmund Fanning, quien apuntó que durante la temporada 1800-1801 se obtuvieron 112 mil pieles por parte de las tripulaciones que arribaron durante aquel período (Fanning, 1833, p. 299).

Similar situación se daría en la isla de Más Afuera (Alejandro Selkirk), donde se estima que desde 1792 -cuando se reporta al primer lobero yankee cazando allí, el capitán Stewart, a bordo del Eliza- y hasta 1807, año en que las recaladas loberas cesan producto de la dramática disminución del número de otáridos, se extrajeron más de tres millones quinientas mil pieles (Clark, 1887, p. 407).

Específicamente, los hallazgos llevados a cabo durante el tercer viaje de Cook son los que harán que británicos y norteamericanos se involucren en el comercio de pieles con el lejano mercado chino.

En efecto, mientras se encontraban explorando las costas del noroeste del actual territorio estadounidense, miembros de la tripulación adquieren pieles de nutria por medio del trueque con los aborígenes de la isla de Vancouver, las que posteriormente serían vendidas en Cantón, alcanzando algunas el precio de 120 dólares (King, 1842, p. 5322), de acuerdo a lo señalado por el capitán James King, quien asumiera el mando de la expedición después de que James Cook fuese ultimado el 14 de febrero de 1779 en la isla de Hawái (Bradley, 1999, p. 550).

En este contexto, en 1784 se organizó una expedición a las islas Malvinas/Falkland, que zarpó desde la isla de Nantucket, en Estados Unidos. La embarcación destinada sería el States, a cargo del capitán Benjamin Hussey. El objetivo original era la obtención de aceite de cetáceos y elefantes marinos, sin embargo, durante la estadía en el archipiélago malvinense -que se prolongó hasta inicios de 1786-, logran obtener un cargamento de 13 mil pieles de fur seals3 (lobos marinos finos). Francis Rotch, armador de la expedición, había leído el diario de viaje de James Cook, por lo que conocía el valor de las pieles de nutria en el mercado de Cantón, además de conocer la presencia de mamíferos marinos en el Atlántico Sur.

En los primeros meses de 1786, las pieles fueron transportadas a Nueva York, donde eran vendidas en 50 centavos cada una, para posteriormente ser reembarcadas hacia Cantón a bordo del bergantín Eleanora, al mando del capitán Metcalf. En este puerto, fueron vendidas ventajosamente a 5 dólares cada una, y de este modo, las pieles de fur seal se sumaron al comercio de pieles de nutria y del lobo fino del ártico (Callorhinus ursinus), que antes habían iniciado comerciantes rusos desde las costas del noroeste de América hacia Cantón y proseguido por británicos y estadounidenses. Así, “los viajes del States y del Eleanora inauguran el comercio de pieles en Cantón para los loberos estadounidenses” (Stackpole, 1953, p. 188).

Paralelamente a la expansión de la actividad ballenera por latitudes australes, se inicia la explotación comercial de otáridos. Por esta razón desde un principio no resultó extraño que se organizasen expediciones con fines de caza de ballenas y pinnípedos, máxime considerando que de todos estos mamíferos marinos se podía extraer aceite, lo que llevó a calificar estas incursiones como “viajes mixtos” (Watson, 1931, p. 476). Los balleneros ocasionalmente cazaban lobos y elefantes marinos para completar sus cargas de aceite (Clark, 1887, p. 400), tal como el States y los loberos que no solo perseguían lobos finos (por sus pieles), sino que también hacían lo propio con lobos comunes (obtención de grasa y cuero) y elefantes marinos (obtención de aceite). Como se verá más adelante, a medida que la población de otáridos decayó, los sealers devinieron en cazadores de nutrias (Lontra felina), coipos (Myocastor coypus) y cetáceos, además de los ya mencionados pinnípedos.

Loberos norteamericanos en el litoral austral de Chile

En primer lugar, resulta pertinente mencionar que miles de años antes de que se diera inicio a la caza comercial de las diferentes especies de lobos marinos, grupos aborígenes de ambos hemisferios hicieron del aprovechamiento de mamíferos marinos una actividad fundamental para procurarse su existencia (Mayorga, 2017, p. 34).

En el hemisferio norte, los aborígenes aleutas, que se habrían establecido hace unos 4000 años en las islas localizadas entre las penínsulas de Alaska y de Kamchatka, se dedicaban a la caza de lobos marinos, ballenas y nutrias (Ellis, 2005, p. 1489).

En cuanto a los habitantes primigenios del hemisferio sur, destacan las culturas que habitaron las actuales costas de Chile, entre los cuales se cuentan aquellos conocidos bajo la denominación genérica de changos, que poblaban entre los ríos Loa y Aconcagua, y que de los lobos marinos obtenían carne, fabricaban sus vestimentas, habitaciones, y confeccionaban balsas a partir de las pieles, las que cosían entre sí para formar unos bolsones que servían de elemento de flotación para sus embarcaciones (Latchman, 1910, pp. 40, 43, 46-48; Zapater, 1998, p. 113; Villalobos, 2003, p. 14; Quezada, 2011, p. 58).

Más al sur del territorio chileno, se encontraban los grupos chono, que habitaban desde el canal de Chacao por el norte hasta las inmediaciones del golfo de Penas por el sur. Para estos nómades-canoeros, los pinnípedos constituían un elemento fundamental de su cultura, aprovechando su carne como alimento, la grasa para cubrir su cuerpo y protegerse de las inclemencias climáticas, la piel para la confección de vestimentas y accesorios, además de la obtención de aceite, que bebían en aquellas circunstancias en que el agua escaseaba (Cárdenas, Grace y Montiel, 1991, p. 109).

Desde el golfo de Penas hasta el canal Cockburn (54°30’S-72°00’O) por el sur, incluyendo la costa del estrecho de Magallanes, se concentraban los grupos kawésqar, quienes junto con aprovechar diversos recursos del mar, tales como mariscos y crustáceos, cazaban cetáceos y lobos marinos, y de estos últimos se beneficiaban de su carne y de la piel elaboraban sus vestimentas y cubrían sus tolderías. De acuerdo a Martinic (1992), para cazar lobos marinos se reunían en varias canoas, dirigiéndose hacia los apostaderos de pinnípedos, por lo general tras la época de parición, efectuando grupalmente la matanza. Incluso en su lenguaje existen vocablos que diferencian entre lobo de un pelo y lobo de dos pelos, respectivamente, alowíkches y arqáse (Aguilera y Tonko, 2005, p. 56).

Los yámana, que frecuentaban desde el canal Beagle hacia el sur, utilizaban la piel de lobo marino para elaborar pequeñas capas, mocasines y cubrir sus toldos, además de aprovechar su carne como importante fuente de proteínas. Al igual que los chono y kawésqar, además de cazar pinnípedos, perseguían otros mamíferos marinos, tales como nutrias y ocasionalmente cetáceos, tres especies de animales que desde fines del siglo XVIII se constituirían en los principales objetivos de navegantes europeos y norteamericanos en aguas del océano Pacífico y del Atlántico Sur.

Respecto de los inicios de la explotación comercial de lobos marinos, existe el antecedente de que en 1516, miembros de la expedición de Juan Díaz de Solís obtuvieron una partida de pieles de lobos finos (arctocephalus australis) desde la isla de Lobos, en la actual costa de Uruguay, con el fin de venderlas en Sevilla (Vaz-Ferreira y Ponce de León, 1984, p. 29). En el hemisferio norte, a contar de 1740, tras los descubrimientos realizados por el explorador danés al servicio de la corona de Rusia, Vitus Bering, comenzaron a llegar promyshlenniki (cazadores independientes de pieles), quienes en primer lugar se volcaron a la explotación de pieles de nutria, para luego proseguir con la de lobos marinos del ártico (Callorhinus ursinus) desde las islas Bering, y años más tarde, desde las islas Pribylof (Busch, 1987, p. 7).

Primero, y con el fin de graficar la ruta seguida por los loberos en este período de la actividad cinegética, recogemos el derrotero del viaje del capitán William Noyes, quien a bordo de la goleta Betsey dirigió sus velas hacia el estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego,4 según consigna la bitácora o logbook de la embarcación, aun cuando, como se verá, el área de caza se confinó casi exclusivamente al sur de la isla de Chiloé:

- Julio 1836: Zarpan desde New London.

- Agosto 1836: Llegan a la isla de la Sal y Boavista, del grupo de las Cabo Verde.

- Octubre 13/1836: Ingresan a la boca oriental del estrecho de Magallanes y pasan por la isla Isabel (52°51’S-70°40’O), donde cazan aves y obtienen algunos mariscos.

- Octubre 29/1836: Cazando en las inmediaciones del archipiélago de las Guaitecas, al sur de la isla de Chiloé.

- Noviembre 1836: Pasan al puerto de Valparaíso.

- Febrero 1837: Cazando en el área de la isla Huafo (43°37’S-74°40’O).

- Abril 1837: Arriban al puerto de San Carlos de Ancud, extremo norte de la isla de Chiloé.

- Abril 1837- Marzo 1838: Permanecen en faenas de cacería en el archipiélago patagónico.

- Marzo 1838: Retornan a la costa nororiental del estrecho de Magallanes.

- Abril 1838: Cazando en la costa oriental de Patagonia.

- Mayo 1838: Arriban al cabo de San Agustín, Brasil.

- Junio 1838: Llegan a Estados Unidos.

Toda vez que las embarcaciones zarpaban desde algunos de los puertos loberos de la costa atlántica de Estados Unidos -fundamentalmente, Stonington, New London, New Haven, Hartford, Salem, Boston, Nueva York y Philadelphia (Scott, 1917, p. 41)-, emprendían rumbo hacia las islas Cabo Verde, donde se abastecían de alimentos y sal, este último suministro fundamental para el proceso de conservación de las pieles. Desde este archipiélago proseguían hacia las costas sudamericanas, tocando en ocasiones en las costas de Brasil y del litoral en torno al río de La Plata, donde aprovechaban de reabastecer sus depósitos de agua (Mayorga, 2017, p. 37). A continuación, el objetivo era recalar en alguna de las islas del archipiélago malvinense, islas que a la sazón serían un paso obligado para todas las embarcaciones loberas y balleneras cuyo destino era los mares del sur, no solo por la presencia de pinnípedos, sino que también por la facilidad que esas estratégicas locaciones representaban para conseguir suministros de agua fresca, huevos, hortalizas y carne, esta última conseguida del ganado cimarrón dejado tras los primeros intentos de colonización llevados a cabo en el archipiélago. La isla de los Estados (Staten Land) y sus islotes adyacentes constituyeron también un lugar habitual de visitas de los seal-skinners, dada la presencia allí de pinnípedos y madera, este último recurso no disponible en las Malvinas/Falkland (Figura 1).

Fuente: Elaboración propia

Figura 1 Ruta seguida por loberos norteamericanos (1815-1850). 

A partir de aquí, empezaban las singladuras en torno a los canales y vericuetos de la geografía del sur de Chile, y para dar cuenta de sus actividades cinegéticas, nos ocuparemos de los viajes de las goletas Hancox y Betsey, así como del bergantín Athenian.

Resulta necesaria una breve digresión, con el fin de entregar algunos antecedentes respecto de las características de las embarcaciones utilizadas. Los registros dan cuenta de la amplia utilización de bergantines (brigs) y goletas (schooners). Los primeros fueron utilizados con mayor énfasis hacia fines del siglo XVIII, varios de los cuales habían recorrido vastas millas náuticas persiguiendo ballenas, en tanto que posteriormente, toda vez que las travesías se hicieron más riesgosas, se hizo necesario reducir el tamaño de las embarcaciones, razón por la que se prefirió mayormente la utilización de goletas, embarcaciones mucho más maniobrables que los bergantines, los que con sus tres mástiles y mayor eslora estaban en desventaja en términos de desplazamiento. Las goletas, con un calado de 8 a 9 pies, eran perfectas para trabajos cercanos a la costa; por tal motivo fueron empleadas para viajes basados exclusivamente en caza de lobos marinos, evitando de este modo embarcaciones más espaciosas aptas para el depósito de gran cantidad de barriles de aceite, como era el caso de los viajes dedicados a la caza de cetáceos y de elefantes marinos (Dickinson, 2007, pp. 11-12).

Por lo general las goletas estaban revestidas de cobre, sus mástiles eran más cortos y gruesos que los de una goleta corriente, en tanto que sus aparejos y velamen eran de materiales más resistentes (Clark, 1887, p. 426). Un ejemplo de goleta lo constituye la Unicorn del lobero escocés William Low, cuya característica distintiva era la presencia de dos mástiles y velas de cuchillo (Mayorga, 2016b, pp. 46-47), al contrario de los bergantines, que estaban equipados de tres mástiles y velas cuadras. Tras ser adquirida por Robert Fitz-Roy, con el fin de acompañar al Beagle en las labores hidrográficas, la Unicorn es rebautizada Adventure (Figura 2). Un ejemplo de bergantín lo constituye el Betsey, del capitán Edmund Fanning, que con sus 100 toneladas, fue utilizado para emprender un viaje hacia la isla Alejandro Selkirk5 (33°46S-80°48’O) en el año 1797 (Figura 3). En la narración escrita años después de la travesía apunta que “[…]su aparejo fue completamente reformado y dispuesto de la mejor forma posible. Las bodegas, con provisiones de todo tipo […], consisten en granos de diversos tipos, pequeños espejos, botones, agujas, artículos de cuchillería y similares, adecuados para el comercio con los indios nativos en los lugares que podemos visitar […]” (Fanning, 1833, p. 68).

La goleta (schooner) Hancox y los aónikenk

El 15 de julio de 1833, desde el puerto lobero de Stonington, en la costa de Nueva Inglaterra, zarpó el schooner Hancox,6 al mando del capitán Gilbert Davison. El 26 de agosto, traspasan la línea ecuatorial, y a mediados del mes siguiente, están en la latitud de Río de Janeiro, en tanto que el 2 de octubre alcanzan el archipiélago de las Malvinas/Falkland. En este se abastecen de carne de aves, huevos, agua e incluso cazan algunos otáridos.

El 17 de octubre alcanzan la isla de los Estados, prosiguiendo la faena cinegética, donde además de recargar sus barriles con agua, obtienen madera. Desde aquí, el 24 de noviembre singlan hacia el cabo de Hornos. A los dos días llegan a las cercanías del Falso cabo de Hornos (55°43’S-68°03’O), en la península Hardy, en el extremo noreste de la isla Hoste, donde avistan una fogata montada por los indios yámana. En las proximidades se encuentran con dos goletas loberas, Talma (capitán Gurdon Allyn) y Monticello (capitán Clift), y en compañía de aquellas, se dirigen a las islas Ildefonso y Diego Ramírez, en el extremo sur del continente.

La bitácora de la Hancox contiene un par de interesantes registros de relaciones interétnicas llevadas a cabo entre tribus aónikenk y loberos yankees, y que da cuenta del tipo de dinámica de interacción que pudo desarrollarse entre ambos grupos humanos. Los mismos patrones se observan en sendas recaladas realizadas por el bergantín Athenian en los meses de febrero y mayo de 1837.

Fuente: Martens, C. (1833-1834). En: Organ, M. (1996). Conrad Martens’ Beagle Pictures. Disponible en: https://bit.ly/2AWEpkm

Figura 2 The Adventure off Port Desire, Decr. 23 1833.  

En efecto, luego de tres meses de caza en el extremo austral de América, la Hancox se dirige hacia la costa nororiental del estrecho de Magallanes, deteniéndose en la bahía San Gregorio, lugar de históricos y habituales encuentros entre navegantes foráneos y aborígenes aónikenk (patagón o tehuelche meridional). El registro de bitácora del día 13 de marzo de 1834 señala que “went on shore and bought some fresh meat of the natives and bought 4 mantles”.7 Producto de los fuertes vientos, permanecen en este lugar una semana, por lo que es dable sugerir algún otro encuentro con los aónikenk. Más adelante, luego de casi un año de aquel amistoso encuentro, y en el contexto de la finalización de las faenas de caza por el archipiélago occidental patagónico, cuando la tripulación de la goleta se aprestaba a salir a las aguas del Atlántico por la vía del estrecho de Magallanes, efectúan una nueva detención en la costa nororiental del paso interoceánico, y en tal sentido, la bitácora consigna que el día 8 de marzo “laying on Oazy harbour8trading with the indians”.9

El bergantín Athenian tuvo similar dinámica con los aónikenk, tanto al momento de iniciar su recorrido por los canales patagónicos como aquel en que emprendían la retirada hacia la costa atlántica. Es así como el 8 de febrero de 1837 llegan a la bahía Oazy, donde desembarca un grupo de la tripulación, encontrando a una parcialidad de aborígenes dentro de sus toldos, reportando que aquellos no tenían capas (quillangos) y solo poseían algo de carne de guanaco.10 Al otro día, un miembro de la tripulación deserta del bergantín, ante lo cual el capitán ofrece una recompensa a los indios con el fin de traerlo de vuelta. El día 9, llegan los indios con Thomas Hawkins,11 el marinero que había desertado, además de traer catorce guanacos,12 servicios que fueron pagados por medio de tacos de tabaco. La expedición continúa hacia el sur de Chiloé, y en momentos en que están de regreso al océano Atlántico en procura de ballenas, vuelven a pasar a puerto Oazy, donde permanecen tres días, entre el 23 y el 25 de mayo. En la primera jornada, la tripulación va a la playa, reuniéndose con los indios, a quienes “bought about 15 goanuchers and got the promise of 15 or 20 more in the morning”.13 El día 25 los indios llegan con 30 guanacos, solicitan que además de tabaco, les entreguen en parte de pago un barril de pan que estaba en la cubierta del Athenian.

Fuente: Fanning, Edmund. “Voyages round the world: with selected sketches of voyages to the South Seas, North and South Pacific Oceans, China, etc…, Collins & Hannay, New York, 1833.

Figura 3 Bergantín Betsey, en su retorno al puerto de Nueva York en 1799. 

Analizando con detención lo que se registró en ambas bitácoras, la dinámica de encuentros estaba determinada por el acercamiento ex profeso de los veleros a los paraderos habituales utilizados por los aborígenes, en estos casos, las bahías de San Gregorio y puerto Oazy, ambos sitios localizados en la costa nororiental del estrecho de Magallanes. Por lo general, los capitanes decidían acudir donde los indígenas al momento previo de internarse en los canales patagónicos y fueguinos, y también en los momentos en que se aprestaban a abandonar el estrecho para dirigirse rumbo a Norteamérica, lo que deja en evidencia el particular interés en las capas o quillangos aónikenk.

Tal interés en aquella manufactura, meticulosamente confeccionada con pieles de guanacos nonatos y jóvenes, pudo responder a la fama que fue adquiriendo con el tiempo luego de los sucesivos contactos entre loberos e indígenas, predilección que bien puede extrapolarse a los demás loberos que circundaron la zona en procura de otáridos. Las Figuras 4 y 5 muestran, respectivamente, el exterior e interior de un quillango, en tanto que en la Figura 6, se aprecia un campamento aónikenk, ilustración en la que en primer plano se aprecian dos jinetes ataviados con sus capas.

Los loberos procuraban mantener el trato mercantil con los nativos, no solo por su interés en los quillangos, sino también por una cuestión estratégica, ya que a través de ellos podían conseguir carne -fundamentalmente de guanaco-, sobre todo en el período en que las expediciones loberas se concentraron en el estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego, lugares donde solo era posible obtener dicho suministro de la mano de los aónikenk, máxime si se considera que la alternativa más cercana eran las islas Malvinas/Falkland.

De este modo, los aborígenes sustentaban este trato mercantil sobre la base de los quillangos y la carne de guanaco, dos elementos centrales en su ancestral modo de vida. Pocos años después, una vez que se asentó la soberanía chilena en el Fuerte Bulnes (1843) y años más tarde en Punta Arenas (1848), las visitas de los aónikenk a estos asentamientos se hicieron frecuentes y, desde luego, ambos productos siguieron cumpliendo un rol central en sus relaciones de intercambio.

Fuente: Archivo Fotográfico, Centro de Estudios del Hombre Austral, Instituto de la Patagonia

Figura 4 Exterior de un quillango aónikenk, cuyo ejemplar se haya depositado actualmente en el Ethnologisches Museum de Berlín.  

Fuente: Archivo Fotográfico, Centro de Estudios del Hombre Austral, Instituto de la Patagonia

Figura 5 Interior de un quillango aónikenk, cuyo ejemplar se haya depositado actualmente en el Ethnologisches Museum de Berlín.  

Por su parte, los loberos entregaban a cambio tacos de tabaco, pan, melaza, cucharas, elementos mencionados explícitamente en las fuentes tenidas a la vista,14 y bebidas alcohólicas, según se desprende de los antecedentes que aporta el misionero Titus Coan (2006, p. 229).15 La disponibilidad de tabaco y alcohol terminará por perjudicar el normal funcionamiento de las sociedades aónikenk, y su consumo excesivo contribuyó en buena medida a la aculturación de este pueblo. Por ejemplo, en el caso del capitán del bergantín Athenian, se aprecia que toda la carne de guanaco recibida le fue retribuida a los aónikenk con abundantes cantidades de tabaco, señal de la predilección y/o dependencia que tempranamente adquirieron por aquella mercancía.

Tornando al derrotero de la Hancox, hacia fines de marzo de 1834 prosiguen hacia el sur del estrecho magallánico deteniéndose en distintos lugares a recargar agua y cortar madera. En los días siguientes se dedican a cazar lobos de un pelo, toninas (Cephalorhynchus commersonii), nutrias y, por cierto, lobos finos. Concentran sus operaciones en torno a las islas del archipiélago Reina Adelaida (52°10’S-74°40’O) por el sur, hasta el canal Trinidad y Wide por el norte, justo al sur de la isla Wellington (49°22’S-74°55’O) (Figura 7).

En uno de los tantos recorridos por los canales patagónicos, dan con una partida de aborígenes canoeros, los que son invitados a abordar la goleta (1 de junio de 1834). Esto acontece al sur de la isla Wellington, territorio ancestral de los kawésqar. Lamentablemente la bitácora no recoge los pormenores de este encuentro, pero dado que a los aborígenes se les permitió subir a cubierta, asumimos que se habría efectuado en términos amistosos.

Se ha mencionado que la tripulación se dedica, entre otras tareas, a recolectar madera. En este caso, además de servirles para cocinar la grasa de los lobos que iban almacenando,16 les sirvió para la construcción de un refugio de emergencia, que a la sazón se constituyó en una pequeña base de operaciones, por cuanto bajo su alero pudieron construir una embarcación, con el fin de reponer la que días antes había hecho aguas. Se incluyen estos pormenores, ya que por un lado reflejan la dinámica que caracterizaba a esta actividad, riesgo y trabajo en condiciones precarias, y por otro, ejemplifican la manera en que estos cazadores-exploradores iban adquiriendo y acumulando conocimientos respecto de las particularidades del medio físico y humano.

Ya finalizando con el derrotero de la Hancox, en marzo de 1835 salen del estrecho de Magallanes hacia el Atlántico, con rumbo directo al norte, por cuanto no pasan a las Malvinas/Falkland. En abril están frente a las costas del Brasil, en Pernambuco, donde se abastecen de frutas y provisiones. Finalmente la goleta arriba al puerto de Stonington (Connecticut), el 22 de mayo de 1835.

Fuente: Beerbohm, J. (1881, p. 4)

Figura 6 Campamento aónikenk.  

Otro interesante logbook lo constituye el llevado a bordo del bergantín Athenian,17 viaje de carácter mixto, esto es, dedicado a la caza de ballenas y lobos de mar, y al que ya se aludió más atrás. Inicialmente el capitán era Rowland Hallett, quien es reemplazado en octubre de 1836 por James Nash. Este último ya había estado recorriendo los mares australes, cuando en 1834 capitaneaba el Antarctic.

El derrotero inicial incluyó una recalada en la isla Fernando de Noronha (3°51’S-32°25’O) y en Río de Janeiro, lugares donde pasaron a abastecerse de provisiones y de agua. En octubre están en las costas de Patagonia oriental, lugar donde se dedican a cazar ballenas y lobos marinos. En algún lugar de difícil localización, al sur de la Tierra del Fuego, encuentran una partida de indios yámana, van a la costa, tal vez llevados por la curiosidad, y obtienen una carga de agua de parte de aquellos, lo que hace suponer que el encuentro se llevó en buenos términos. Aquello ocurrió en el mes de diciembre de 1836, y posteriormente, el 26 de enero de 1837, el logbook consigna “todos los votes a la pesca, pero no ven nada, sin embargo, ven indios todo el día”.18

Dados los escuetos detalles consignados en la bitácora, no es posible determinar el grado o dinámica de la interacción sostenida o si acaso hubo algún trato mercantil. Considerando las rudas condiciones geográficas en las que se desenvolvían los yámana, las que condicionaban la obtención de productos con los cuales los canoeros pudieran llevar a cabo alguna clase de trueque, se puede explicar la causa de tan breves referencias en las bitácoras loberas cuando de aborígenes canoeros se trataba (a excepción de los chono).

Tras lograr la captura de tres ballenas, el Athenian se dirige rumbo al estrecho de Magallanes, costeando la ribera oriental de la Tierra del Fuego. A la altura de los 53°S (al sur de la bahía de San Sebastián) se acercan a la costa, lugar donde sostienen un encuentro conflictivo con los aborígenes, en este caso, pertenecientes a una parcialidad selk’nam (ona). Aquel 4 de febrero de 1837 el capitán Nash habría ido a la orilla para cazar, encontrando a un grupo de nativos, los que de acuerdo a lo registrado en el logbook habrían empezado las hostilidades, hiriendo al capitán, quien respondió con disparos, junto con alejarse del lugar.

Resulta complejo determinar qué pudo haber pasado, más allá de lo que menciona la bitácora, ya que los selk’nam son los aborígenes de los que prácticamente no existen referencias históricas de encuentros con foráneos, sumado a que su territorio era distante de las habituales rutas de navegación (Martinic, 2006, p. 315). Existe el antecedente de la expedición holandesa comandada por Oliverio van Noort, cuya tripulación dispara media docena de tiros, sin mediar provocación alguna, contra un grupo de selk’nam que venían desde el interior del territorio. Esto ocurre en noviembre de 1599 en la costa noroeste de la Tierra del Fuego.19 La distancia cronológica no permite siquiera sugerir una actitud motivada por la venganza, en caso de que efectivamente hubieran sido los indios los responsables de agresión al lobero James Nash.

Dejando de lado la recalada que posteriormente hacen en puerto Oazy (8 al 11 de febrero de 1837, a la que ya nos referimos), en los días sucesivos el bergantín se dirigió hacia el archipiélago occidental, siguiendo en derechura por el estrecho de Magallanes hasta llegar a su boca occidental, y desde aquí cazan por cada recoveco donde detectan la presencia de algún mamífero, ya que van capturando lobos finos,20 lobos comunes21 y nutrias.22

A mediados de abril, ya se encuentran en las cercanías de la costa meridional de la isla Huafo (43°37’S-74°40’O), y en alguna de las islas adyacentes a esta observan “about 8 or 10 huts the natives bought of some potatoes and cabbages and filled 8 cask of water”.23 Al otro día, la bitácora consigna el envío de un bote para comerciar con los nativos, mencionando la necesidad de obtener 30 bushels24 de papas, 50 cabezas de repollo y 6 u 8 bushels de manzanas.25

Estas dos instancias de contacto interétnico refieren antecedentes de unos de los pueblos canoeros de los que menos antecedentes se cuenta; nos referimos a los chono. En efecto, la tripulación del Athenian seguramente tuvo contacto con un grupo relictual, probablemente uno de los pocos que aún residían en las cercanías de su territorio histórico (canal de Chacao hasta el golfo de Penas), el que se vio alterado a partir de la colonización española en la isla de Chiloé y por influencia de los misioneros jesuitas.

Por una característica propia de la información contenida en las bitácoras, que dice relación con la discreción en el manejo de la información, estas suelen incluir regularmente los datos relativos a latitud y longitud hasta antes de empezar con las labores de caza propiamente tal, ya que a partir de ese momento solo registran de vez en cuando alguna alusión toponímica concreta o de algún accidente geográfico que permita identificar los derroteros. Además, los loberos solían utilizar su propia toponimia, lo que dificulta aún más la tarea identificatoria. De acuerdo a las nulas referencias al respecto, salvo la mención de que tres días antes de reunirse con los nativos estaban cerca de la isla Huafo, es posible que el emplazamiento chono visto por la tripulación del capitán Nash haya estado en alguna de las islas Guaitecas.

El carácter lacónico de la información registrada no permite conocer mayores detalles respecto de la dinámica del trato que se llevó a cabo entre ambas partes, sin embargo, si se lee entre líneas la información de la bitácora, todo indica que el capitán Nash debió tener antecedentes previos respecto de la factibilidad de conseguir suministros de los chono. Está el hecho de que Nash previamente ya había realizado un viaje lobero a Patagonia capitaneando el Antarctic (Coan, 2006, p. 129). Y en segundo lugar, examinando detenidamente la bitácora, el día 11 de abril (dos días antes de divisar el campamento chono), luego de andar buscando ballenas y lobos de mar en torno a la isla Huafo, se dirigen a “las islas, ya que el capitán quiere conseguir algo de papas”, y al día siguiente, desde las seis de la mañana van rumbo a las islas, y otra vez se lee, “a conseguir algo de papas”; a las nueve de la noche “se hallan aproximadamente a 6 millas de los nativos”;26 y al siguiente día, a las nueve de la mañana es cuando divisan las chozas de los nativos.

Por lo tanto, la información sugiere que la embarcación iba con un rumbo preestablecido, es decir, “a las islas”, que corresponderían a las Guaitecas, lugar donde los chono tenían siembras del tubérculo buscado por el capitán Nash, sin dejar de mencionar, por ejemplo, la información recogida por William Low, en cuanto a que los chono conocían de la existencia de la papa silvestre o aquina. Esta situación sugiere además que Nash sabía que en esta área podía encontrar provisiones; de ahí que es factible que este tipo de tratativas ya las había llevado a cabo, tal vez, cuando iba a cargo del Antarctic en 1834.

La goleta Betsey, ‘lobeando’ con los chono y habitantes de Ancud

Finalmente, nos referimos a dos viajes realizados a bordo de la goleta Betsey27 y capitaneados por William Noyes. El primero se desarrolló entre 1836-1838, teniendo como objetivo cazar lobos marinos y nutrias. En julio zarpan desde el puerto norteamericano de New London con destino a la Patagonia, arriban a las costas de Chile a inicios de noviembre de 1836, realizan un periplo que abarcó desde la isla San Ambrosio por el norte, tornando al sur hacia los intrincados canales del archipiélago occidental patagónico, finalizando sus actividades cinegéticas en la costa oriental de Patagonia en abril de 1838.

Fuente: Elaboración propia. Figura cortesía de Víctor Sierpe G. (prohibida su reproducción).

Figura 7 Lugares recorridos por las embarcaciones Hancox, Athenian y Betsey (1) Ancud, (2) isla Huafo, (3) islas Guaytecas, (4) archipiélago de los Chonos, (5) Goat island (isla de las Cabras), (6) canal Esteban, (7) isla Wellington, (8) canal Trinidad, (9) canal Wide, (10) archipiélago Reina Adelaida, (11) bahía San Gregorio, (12) puerto Oazy, (13) bahía San Sebastián, (14) isla Hoste, (15) Falso Cabo de Hornos.  

Desde febrero de 1837 a marzo de 1838, los loberos norteamericanos realizaron un intensivo recorrido cinegético que abarcó desde la isla Huafo hasta el golfo de Penas. El 5 de octubre de 1837 la bitácora de la goleta Betsey registra que cuando se aprestaban a fondear en Goat island (isla de las Cabras28), se encuentran con el capitán lobero escocés William Low, quien venía al mando de una pequeña goleta desde el puerto de San Carlos, personaje con quien en los días sucesivos sostuvieron varios encuentros (Mayorga, 2016a, p. 27).

Durante la estadía de la Betsey en el área situada al sur de la isla de Chiloé, además de haber tenido contacto con Low, se consigna también la relación sostenida con habitantes de la ciudad de San Carlos de Ancud, en el extremo norte de aquella isla. Nos referimos a una relación comercial en la que marineros chilotes se dedican a obtener pieles, las que posteriormente venden a los norteamericanos. El día 12 de junio de 1837, la bitácora consigna: “came along side three boats from St. Carlos bought prime them 14 clapmatches, 4 yearlings, 22 pups, 14 otters, 12 nutria skins”,29 transacción que se repite en iguales circunstancias los días 22 de mayo y 23 de septiembre.30

Tras permanecer por espacio de prácticamente un año al interior de los canales occidentales patagónicos, donde los loberos yankees se dedicaron a cazar toda clase de mamíferos marinos -nutrias, coipos, lobos de uno y de dos pelos-, retornan con el fin de seguir con la cacería, esta vez en la costa patagónica que da al océano Atlántico. En marzo de 1838, en el trayecto de regreso, a la altura del paso inglés (English Reach) divisan a varios indios en sus canoas, quienes se acercan al costado de la goleta.31 A los pocos días, arriban a puerto Oazy, donde permanecerán algunas jornadas.32 Durante el primer día de estadía se dedican a cazar aves y al siguiente obtienen algo de carne fresca suministrada por los aónikenk. Durante la jornada del 31 de marzo les solicitan que traigan más carne de guanaco, lo que efectivamente ocurre al siguiente día, cuando los naturales arriban con poco más de veinte de los camélidos. Según consigna la bitácora, rápidamente embarcan la provisión de carne fresca y salen de la bahía, sin mencionar detalles respecto del intercambio.

En el siguiente viaje que emprende Noyes, esta vez entre 1840-1842,33 lleva a cabo la misma estrategia, aunque en esta ocasión, además de contar con la colaboración de los chiloenses para las labores cinegéticas propiamente tales, estos fueron requeridos también para “sunday jobs”,34 frase que registran habitualmente las bitácoras, y que aluden a los trabajos de mantención de las embarcaciones y todos aquellos relacionados con las faenas de caza; entre estos, cortar madera, recargar los toneles de agua, elaborar “seal club35 (los garrotes o macanas utilizados para derribar a los otáridos), secar las pieles, etcétera.

En una de estas transacciones se entrega un dato interesante respecto de la modalidad de los intercambios: “came in a country boat bought from them 86 otter skins, 44 yearlings, 10 clapmatches for cash and trade”.36 Es decir, las transacciones que involucraban a los chiloenses incorporaban, además del trueque, el uso de dinero, que en estos casos correspondía a dólares. De hecho, durante la expedición anterior, Noyes envía a un miembro de la tripulación a la ciudad de Ancud con el fin de que a su nombre realice algunos intercambios, entregándole para ese fin, cinco pares de aretes, 66 collares de cuentas y 10 dólares en efectivo.37

Esto último indica que en determinados casos algunos loberos contaban con este tipo de mercancías para realizar intercambios, básicamente baratijas o adornos, y que igualmente debieron utilizar con los aborígenes australes. Por lo demás, la circunstancia de llevar baratijas y chucherías de todo tipo se observa desde los primeros viajes loberos, como el caso de Edmund Fanning, quien en 1797 zarpó hacia la isla Masafuera, en el bergantín Betsey, llevando en sus bodegas pequeños espejos, agujas, artículos de cuchillería, etcétera, para el comercio con los nativos en los lugares a visitar.

Otro dato interesante es la mención que hace la bitácora de la cooperación recibida de un tal John Yates.38 En efecto, el día 20 de septiembre se reporta que proveniente de San Carlos, llega Yates con cuatro lanchas, cuya tripulación es empleada en la fabricación de seal clubs (garrotes loberos); a los ocho días nuevamente aparece Yates, esta vez vendiéndoles provisiones a los loberos yankees, consistentes en 80 bushels de papas, 9 jamones, 2 ovejas y un cerdo de 60 libras y trigo.39 Yates llegó a Chiloé proveniente de Inglaterra alrededor de 1825, radicándose en Ancud, donde se dedicó a la caza de lobos marinos, a la pesca y ahumado de peces, la recolección de madera, y producto de la experiencia y conocimiento que fue adquiriendo de la geografía, ofició de práctico de varias expediciones (Montiel, 2008, pp. 53-55).

Como mencionamos en otro trabajo, casi coetáneamente se encontraban en Chiloé otros tres británicos, John Williams y el ya mencionado William Low, asentados en Ancud, en tanto que en Curaco de Vélez40 se hallaba radicado Carlos Miller,41 estos últimos dedicados a la caza de lobos marinos, en tanto que Williams ejercía como funcionario de la Armada Nacional en el cargo de capitán de puerto de Ancud. Estos cuatro hombres quedarán vinculados entre sí, en el contexto de la organización y ejecución del viaje de la goleta Ancud en 1843, cuyo objetivo era tomar posesión a nombre de la República de Chile del estrecho de Magallanes y territorios adyacentes. Williams, Miller y Yates participaron directamente en la travesía de la goleta Ancud, en tanto Low había sido el candidato original para comandar la expedición, pero a causa de su fallecimiento en septiembre de 1841, se optó por el capitán John Williams Wilson (Mayorga, 2016a, p. 58).

Durante este segundo viaje se registran dos encuentros con aborígenes. El primero acaece en el canal Esteban (51°12’S-74°19’), en una bahía bautizada como “Betsey harbour”, lugar donde divisan una parcialidad kawésqar, no reportando mayores detalles.

El segundo encuentro es doblemente interesante, ya que por una parte se refiere a los chono, de los que, según se ha dicho, se conoce relativamente poco respecto de su cultura, y por otro, refiere un caso de interacción interétnica, en la que los aborígenes se involucran directamente en la actividad lobera que, con objetivos comerciales, desarrollaban los loberos angloamericanos. Estando surtos en “Goat island” en un fondeadero denominado “Otter cove” -en otro ejemplo de la toponimia particular utilizada por los marineros yankees-, apuntan lo siguiente: “Bought from the indians about 700 seal skins mostly dry 50 otters”.42

Este intercambio debió requerir de algún tipo de contacto previo entre las partes, ya que si se considera la elevada cantidad de pieles acarreadas y el proceso de secado a las que fueron sometidas, revela que los nativos fueron instruidos de algún modo en los requerimientos o cuidados necesarios para que las 750 pieles pudieran ser recibidas en buenas condiciones de conservación, sin considerar el tiempo que les habría tomado obtenerlas.

Como en el primer viaje, cazan nutrias, coipos, elefantes marinos (Mirounga leonina) y las dos especies de lobos marinos. En febrero de 1842 realizan un recuento de las capturas hasta ese momento, entre las que se cuentan 8000 pieles de lobos, 2700 de nutrias, 110 barriles de aceite de lo bo (y elefante marino) y 100 coipos.43 El viaje continúa con las faenas hasta fines de marzo, incrementando la cantidad de pieles en las bodegas, ya que en una sola jornada, el día 10 de marzo, obtienen 462 yearlings. Luego, el 10 de abril salen del estrecho de Magallanes con dirección a New London, llegando a Estados Unidos el día 8 de marzo de 1842.

Otro aspecto a relevar dice relación con la toponimia utilizada por los loberos, ya que los registros dan cuenta de la utilización de denominaciones propias. A los ya citados Goat island y Betsey harbour, se suman otros lugares de más difícil localización, a saber: Mullet cove, Rat bay, Bad bay, Fish island, Ysloon, Ship cove y Lamoof harbour, todas situadas en torno a las más de mil islas que conforman el archipiélago de los Chono, por lo que determinar a ciencia cierta su localización, resulta ser una tarea compleja.

Ciertamente lo que dificulta la identificación de los itinerarios seguidos por estos cazadores es la forma en que la información se encuentra consignada en los logbooks, lo que se explica por el sigilo con el que se manejaba este tipo de información, debido a lo competitivo de la actividad, no solo por la gran cantidad de embarcaciones involucradas en el negocio, sino que también consecuencia de las cada vez más escasas poblaciones de pinnípedos. En ese sentido, la ausencia de referencias exactas en términos de posición geográfica responde a una estrategia deliberada.

Conclusiones

La embarcación Betsey realizaría dos viajes más por los canales australes (1842-1844; 1844-1845), y sus actividades junto con la de cientos de otras tripulaciones loberas conforman un valioso caudal de información derivadas de las actividades cinegéticas que llevaron a cabo estos marineros-cazadores, por cuanto las faenas requeridas para el tratamiento de las pieles eran de suyo arduas y requerían de prolongadas permanencias en la costa, generando casi obligadamente un vínculo directo con los territorios visitados, dando como resultado una gran familiarización con la geografía y recursos del lugar, y en los casos de regiones con presencia aborigen, como es el caso de la Patagonia y Tierra del Fuego, interacción e intercambios con aborígenes.

La revisión documental ha permitido dar a conocer una serie de inéditos contactos entre loberos estadounidenses y distintas parcialidades de aborígenes australes: yámana, kawésqar, selk’nam, aónikenk y chono. Se aprecia un determinado patrón en la dinámica suscitada entre loberos y aborígenes aónikenk y chono, a diferencia de la acaecida con los kawésqar y yámana. Esta situación se explicaría por la presencia o ausencia de productos y/o manufacturas a partir de las cuales sostener algún tipo de intercambio.

En el caso de los aónikenk, disponían de abundancia de carne de guanaco y sus apetecidas capas o quillangos, en tanto los chono contaban con la posibilidad de generar cierto grado de excedentes de sus incipientes actividades agrícolas, y según se pudo detectar, participaron directamente en la industria lobera, a través de la captura de otáridos y mustélidos, que luego eran entregados a los loberos norteamericanos mediante alguna modalidad de trueque o trato mercantil. Para el caso de kawésqar y yámana, fuertemente condicionados por la rudeza climática y las características accidentadas del área archipielágica austral, contaban básicamente con cierta variedad de mariscos, agua dulce y trozos de pieles con escasa elaboración.

La presencia prolongada de estos cazadores de mamíferos y su interacción con los habitantes de Chiloé, particularmente de Ancud, más allá del trato mercantil, terminó operando un traspaso de experiencias en el modo de desarrollar la actividad extractiva, pues es sabido que tanto la caza de pinnípedos como de mustélidos siguió realizándose por gente de Chiloé tras la retirada de las embarcaciones yankees de latitudes australes, hacia fines de la década de 1870. A la vez, William Low, John Yates y Carlos Miller contribuyeron en este traspaso mutuo de experiencias para con los habitantes de Chiloé.

Téngase en cuenta que los antecedentes aquí compulsados representan solo una muestra respecto del verdadero caudal de información que debieron acumular los loberos en el contexto de su accionar cinegético. Entre 1786 y 1845 hemos registrado 125 embarcaciones (provenientes desde diferentes puertos estadounidenses y británicos) con destino específico a las costas de Patagonia, Tierra del Fuego, islas Malvinas/Falkland, de los Estados e islas Shetland del Sur.

En relación a los contactos interétnicos entre loberos y aónikenk, se ha detectado que la bahía o puerto Oazy se constituyó en un sitio alternativo a San Gregorio para hacer tratativas mercantiles con los aónikenk, lo que constituye un inédito antecedente, ya que históricamente solo se registra un encuentro intercultural en este lugar previo a 1834.

No se puede soslayar el impacto negativo que tuvieron estos contactos entre aborígenes y loberos, ejemplificado particularmente en el caso de los aónikenk, quienes antes del contacto con grupos foráneos ya ejecutaban la caza y recolección motivados por la satisfacción de necesidades primarias como vestuario, en el caso de los quillangos, y alimentación, representada por la carne de guanaco, manufacturas y materias primas que en adelante derivarían en mercancías, con las que podían obtener -como ya se ha mencionado-, elementos dañinos como tabaco y alcohol.

Lo aquí presentado solo conforma una parte de la información recopilada desde estas fuentes inéditas; todavía existen interesantes informaciones que no se han incluido aquí, como el detalle de los derroteros seguidos por los loberos, y por tanto, los sitios o apostaderos históricos de pinnípedos; las dinámicas de organización de las cuadrillas loberas; las estrategias de acecho y caza (p.e., utilización de perros y armas de fuego para cazar nutrias y coipos), entre otros.

Agradecimientos

El presente artículo forma parte del Proyecto FONDECYT 1170318 “Narrativas etnográficas y operaciones balleneras en las costas sudamericanas entre los siglos XVII y XX: patrones, transformaciones y continuidades”.

REFERENCIAS

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1 En Mayorga (2017, pp. 35-39) nos hemos referido con mayor detenimiento a la temática de las faenas desarrolladas por loberos norteamericanos en las costas de la Patagonia oriental, los usos y mercados de las pieles y rutas de navegación.

2La edición que se ha tenido a la vista del Diario de navegación de los viajes de James Cook, incluye un extracto del diario del capitán James King, quien releva a Cook tras su muerte. Ver: ‘Captain King’s Journal of the transactions on returning to the Sandwich Islands’, En Voyages of Captain James Cook, illustrated with maps and numerous engravings on Wood, with an appendix, giving an account of the present condition of the south sea islands, &c, in two volumes, Vol II, Londres, William Smith, 1842, pp. 370-550.

3En inglés, Fur seal es la denominación para los lobos de dos pelos o finos, en tanto que hair seal corresponde al lobo común o de un pelo.

4Logbook of the Betsey (Log 6), G. W. Blunt White Library, Mystic Seaport Museum, Inc.

5Los loberos utilizaban la denominación Más Afuera, Masafuera o Masa Fuero para referirse a este importante apostadero de lobos marinos de dos pelos (Arctocephalus philippii) que hacia fines del siglo XVIII comenzó a ser intensamente explotado. Otras denominaciones para esta isla aparecen en Risopatrón, L. (1924). Diccionario Jeográfico de Chile. Santiago: Imprenta Universitaria, p. 534.

6Logbook of the Hancox (Log 731), G. W. Blunt White Library, Mystic Seaport Museum, Inc.

7“[…] fuimos a la orilla y compramos algo de carne fresca a los nativos y cuatro mantas”, en Log 731, 13.03.1834, s.f.

8Puerto Oazy (52°43’S-70°36’O), se localiza al este de la bahía San Gregorio, y corresponde a un fondeadero de aguas bajas, poco utilizado por las embarcaciones

9Log 731, 8.03.1835, s.f. “apostados en puerto Oazy, comerciado con los indios”.

10Log 4, 08.02.1837, s.f.

11Log 4, 11.02.1837, s.f.

12Lama guanicoe, mamífero artiodáctilo de la familia de los camélidos, de abundante presencia en vastos sectores de América del Sur, entre estos, las mesetas patagónicas y de la Tierra del Fuego, y en tal sentido, este animal era central en la economía doméstica de los aborígenes aónikenk y selk’nam.

13“Compramos alrededor de 15 guanacos y obtuvimos la promesa de 15 o 20 más para el otro día”. Log 4, 23.05.1837, sf.

14Además de las bitácoras de la Hancox, Athenian y Betsey, véase Fanning (1833) y Townsend (1888).

15Titus Coan, junto a Williams Arms, ambos misioneros protestantes estadounidenses, intentaron llevar a cabo una tentativa evangelizadora entre los aónikenk hacia fines de 1833 e inicios de 1834. Fueron transportados a la costa nororiental del estrecho de Magallanes por una embarcación lobera, así como también durante el viaje de regreso. La narración de autoría de Titus Coan se publicó en 1880 basado en el diario que llevó durante su estadía entre los aónikenk; se titula: Adventures in Patagonia, a Missionar’s Exploring Trip. En el año 2006, la editorial Zagier & Urruty lo edita en español con un apéndice de notas inéditas no contenidas en la publicación original.

16Log 731, 8.07.1834, s.f.

17Logbook of the Athenian (Log 4), G. W. Blunt White Library, Mystic Seaport Museum, Inc.

18Log 4, 26.01.1837, s.f.

19Ver Van Noort (1602, p. 14).

20Log 4, 24/03/1837, s/f.

21Log 4, 21/03/1837, s/f.

22Log 4, 7/04/1837, s/f.

23“[…] unos 8 o 10 cabañas de los nativos, compramos algo de papas y repollos, y llenamos 8 barriles con agua”. Log 4, 13.04.1837, s.f.

24Bushel es un contenedor de forma cilíndrica cuya capacidad se expresa de manera diferente de acuerdo al sistema de medida considerado, ya sea el sistema imperial británico o el estadounidense. Su utilización es extendida en el ámbito de la agricultura. Para este caso en particular, se ha tomado en cuenta la norma estadounidense, según la cual un bushel equivale a 25,40 kilogramos, y se emplea en el pesaje de granos de maíz.

25Log 4, 14.04.1837, s.f.

26Log 4, 10, 11 y 12.04.1837, s.f.

27Logbook of the Betsey (Log 6), G. W. Blunt White Library, Mystic Seaport Museum, Inc.

28De acuerdo al capitán inglés John Williams (Anrique, 1901, 21), la isla de las Cabras corresponde a la isla Inchemó (42°25’S-73°35’O), las más austral del grupo de los Chonos.

29 “[…] vinieron a nuestro lado tres botes desde San Carlos, le compramos, 14 pieles de hembras, 22 de popis, 14 de nutria, 12 de coipo”. En idioma inglés la denominación ‘nutria’, se refiere al roedor conocido como coipo (Myocastor coypus), en tanto que ‘otter’, hace referencia a las nutrias (Lontra felina). Log 6, 10, 11 y 12.06.1837, s.f.

30Log 6, 22.5.1837 y 23.9.1837, s.f. Los loberos tenían su propia clasificación de los lobos marinos, en función de la edad y sexo; al respecto el lobero Edmund Fanning refiere: “Los machos adultos, llamados ‘wigs’; las hembras, ‘clapmatches’; los machos no tan viejos, ‘bulls’; los medianamente desarrollados, de ambos sexos, ‘yearlings’; los jóvenes de casi un año, son llamados ‘gray’ [canoso] o ‘silvered pups’ [popis plateados]; y antes de que su piel cambie a esa tonalidad, son denominados ‘black pups’ [popis negros]” (1833, p. 354). Lo agregado entre corchetes es nuestro.

31Log 6, 22.03.1838, s.f.

32Log 6, 29.03.1838, s.f.

33Logbook of the Betsey Log 7, G. W. Blunt White Library, Mystic Seaport Museum, Inc.

34Log 7, 3.09, y 30.10.1841, s.f.

35 Log 7, 20.09.1841, s.f.

36“vino una lancha, a la que le compramos 86 peles de nutria, 44 juveniles, 10 hembras, en efectivo y trueque”. Log 7, 20.08.1841, s.f.

37Log 6, 24.01.1837, s.f.

38El registro de bitácora del día 28 de septiembre de 1841 consigna “(…) bought from Mr. John Yates 80 bushel (…)”. En función de lo anterior, y dado su origen anglosajón, estimamos que la correcta grafía del nombre, es John y no Yohn como lo consigna Montiel (2008).

39Log 7, 20/09 y 28/09/1841, s/f.

40Localidad situada en la parte noroeste de la isla de Quinchao (42°25’S-73°35’O).

41Carlos Miller, nacido en Irlanda, se radicó hacia la misma época en Chiloé, dedicándose a la caza de lobos marinos y nutrias. Se casa con Rosa Bórquez, con quien se instala en la isla de Quinchao (Montiel 2008: 72).

42Compramos a los indios alrededor de 700 pieles de lobos marinos la mayoría seca, 50 nutrias”. Log 7, 04/02/1842, s/f.

43Log 7, 12/02/1842, s/f.

Recibido: 21 de Julio de 2017; Aprobado: 04 de Diciembre de 2018

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