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Estudios atacameños

versión On-line ISSN 0718-1043

Estud. atacam.  no.64 San Pedro de Atacama  2020

http://dx.doi.org/10.22199/issn.0718-1043-2020-0010 

HISTORIA

Origen y evolución del mimbre de Chimbarongo (1762 - 2017)

Origins and evolution of the wicker from Chimbarongo (1762 - 2017)

1 Centro de Investigación en Artes y Humanidades (CIAH), Facultad de Artes, Escuela de Agronomía, Facultad de Ciencias, Universidad Mayor, CHILE. Email: amalia.castro@umayor.cl

2 Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) Universidad de Santiago de Chile, Santiago, CHILE. Email: amalia.castro@usach.cl

3 Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) Universidad de Santiago de Chile, Santiago, CHILE. Email: pablo.lacoste@usach.cl

4 Escuela de Sommeliers de Chile. CHILE Email: fernando.mujica.chefsomelier@gmail.com

Resumen:

Se explica el surgimiento del producto típico mimbre de Chimbarongo, su origen y desarrollo. Se analizan tres momentos claves de su devenir histórico (1762, 1914 y 1975). Gracias a su capacidad adaptativa, los mimbreros de Chimbarongo fueron capaces de mantener viva una tradición prehispánica, con más de 400 productores localizados en la ciudad. El análisis utiliza como fuentes documentos inéditos de archivo (siglos XVIII y XIX), hemerográficas de la región de O’Higgins, Boletín de la Sociedad Nacional de Agricultura, Boletín de la Sociedad de Fomento Fabril, Censos de la República entre 1813 y 1920, los semanarios ilustrados Caras y Caretas de Buenos Aires (Argentina, 1898-1941), Zig-Zag (Santiago, Chile, 1905-1964) y Sucesos (Valparaíso, Chile, 1902-1934).

Palabras claves: mimbre; Chimbarongo; producto típico

Abstract:

We explained the emergence of the typical product Wicker from Chimbarongo, its origin and development. For this, three key moments of its historical evolution are analyzed (1762, 1914 and 1975). Thanks to their adaptative capacity, they ensured the survival of a prehispanic tradition with 400 producers located in that city. For the analysis, unpublished archival documents (18th and 19th centuries), periodicals of the O’Higgins Region, together with the Bulletin of the National Society of Agriculture, the Bulletin of the Society of Industrial Development and Censuses of the Republic between 1813 and 1920 are used as sources, together with the illustrated weeklies Caras y Caretas of Buenos Aires (Argentina, between 1898 and 1941), Zigzag de Santiago (Santiago, Chile, 1905-1964) and Sucesos (Valparaíso, Chile, 1902-1934).

Keywords: wicker; Chimbarongo; typical product

Antecedentes: el mimbre en la historia de las ideas y la historia del mueble

El mimbre de Chimbarongo es un producto típico chileno, de singular valor social, cultural y económico. Se trata de una artesanía tradicional, elaborada en el corazón del valle central, con más de dos siglos de trayectoria. Este trabajo de fibra tejida fue reconocido por su origen recién a partir de 1970, época de apertura de la Ruta 5 Sur, cuando los mimbreros pudieron instalarse en su vera para ofrecer sus productos y la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), realizada en Santiago de Chile en 1972, y donde destacó el pez gigante de mimbre de Chimbarongo realizado por el famoso artesano Manzanito. Antes de ello, los más famosos recopiladores del arte tradicional, Tomás Lago y Oreste Plath, no detectaron esta zona mimbrera, prestando más atención a San Felipe, Hualqui y Rari, que destacaban por sus tejidos de vivos colores (Lago, 1955, 1971; Plath, 1972). Más allá del objeto, la materia prima ‘mimbre de Chimbarongo’ es hoy ampliamente reconocida por su calidad y durabilidad, exportando el 90% de su producción a España, México, Ecuador y Argentina (Castro, 2017).

Actualmente, más de 400 mipymes se dedican a manufacturar objetos de mimbre trenzado; algunos maestros han recibido reconocimientos internacionales por la calidad de sus trabajos. La relevancia cualitativa y cuantitativa de este producto lo ha llevado a poner en marcha el proceso de reconocimiento como Denominación de Origen. A escala latinoamericana existe una tendencia a estudiar los productos típicos, como el sombrero de Jipijapa en Ecuador, el salame de Colonia Caroya en Argentina, el tequila y el mezcal en México, la cachaza brasileña, el pisco peruano, el chamanto doñihuano, el pisco, el Pintatani de Codpa, el pipeño, el pajarete, el asoleado en Chile, entre otros (Blanco y Granados, 2007; Castro, Mujica y Argandoña, 2015; De Sousa, 2015; Lacoste, Castro, Briones y Mujica, 2015; Carduza, Champredonde y Casablanca, 2016; Castro et al., 2016; Lacoste et al., 2016). Al afirmar el arraigo territorial y los saberes campesinos, estos productos logran defender su identidad y diferenciarse de la industria, permitiendo ocupar un lugar en los mercados y dejando a los campesinos vivir dignamente en su paisaje.

Como eje de análisis acogemos variables desde la historia de las ideas que aclaran los procesos de producción, valoración, figuración social y distribución de piezas consideradas ‘populares’ o ‘identitarias’ como las de mimbre de Chimbarongo, relacionadas con conocimientos que se originaron en época prehispánica y terminaron por formar parte de políticas estatales de apreciación y rescate de técnicas que florecieron desde fines del siglo XIX hasta la década del setenta del siglo XX, tanto en América como en Chile. En sus diferentes etapas de desarrollo histórico, se observa el paso de un tipo de aprendizaje preindustrial, que involucraba un maestro y uno o más aprendices, a los que se enseñaba por años, con un carácter más bien individual; y otro de época industrial, con una educación dirigida desde la Ilustración, como herramienta aplicada a la producción en serie, para lo que se requería educar a grandes volúmenes de trabajadores.

Junto con ello, es importante también dar cuenta, dada su escasez, de los estudios en torno a la historia del mueble en Chile, pues permite contextualizar y mejorar la comprensión acerca de la línea de muebles de mimbre que se desarrolló en Chimbarongo. Muy tempranamente, Márquez de la Plata (1933) y Fontecilla Larraín (1946) introdujeron la temática de la historia del mueble, sin precisar o profundizar en fuentes, sino más bien realizando una descripción de lo existente. Un estudio más profundo es el de Lacoste et al. (2011) que detecta, desde fuentes notariales y judiciales, el aprovechamiento de la madera de los árboles frutales para constituir parte del ajuar de las casas coloniales, muebles e imaginería religiosa, elementos que integraban un ciclo de aprovechamiento completo de los árboles. Desde la perspectiva del diseño, encontramos una breve pero clarificadora nota sobre la silla Valdés, de Muñoz (2010). Por ello, es conveniente comprender el progreso y las corrientes ligadas a la historia del mueble para el desarrollo de las tipologías que aquí se estudian, en especial, las sillas y amoblados de mimbre.

En Europa y Estados Unidos, la historia del mueble provee un marco interesante para el estudio del caso que aquí se presenta. De las tres grandes divisiones propuestas para la periodización del uso de los muebles (viejo régimen, transición al estilo del régimen burgués y régimen burgués) puede comprenderse un primer punto clave para el estudio de esta temática: la significancia del tipo de poder creado a partir de la tenencia de muebles fue cambiando su eje a lo largo de los siglos. De la periodización propuesta, pasamos desde una constitución de poder político alrededor de los objetos domésticos hasta su transformación en bienes pensados para la creación de poder social a fines del siglo XIX y comienzos del XX (Auslander, 1996).

De este gran panorama, es preciso detenerse en la importancia del mueble barroco del siglo XVII y su enorme influencia en la transformación de estos. Este estilo lujoso, diseñado para impresionar, correspondió a una época en la que la aristocracia adoptó lugares de residencia más fijos, con lo que los muebles, no necesitando ya ser transportados cada estación, ganaron en presencia y riqueza. A medida que el siglo avanzaba, y junto con el afianzamiento del comercio con el lejano este, se introdujeron nuevos materiales exóticos, como caparazón de tortuga, madreperla, ébano y palo de rosa. Junto con estos materiales, que resultaban costosos y, por lo mismo, apropiados para muebles de alto estatus, se importaron muebles lacados y de caña, lo que iluminó a los artesanos europeos, especialmente de los Países Bajos, a la utilización de materiales que resultaran menos costosos, como la caña y el mimbre, pero igualmente exóticos y lujosos para la época. Estos elementos, importados desde la India por comerciantes holandeses influyeron en la nueva moda del mueble que Luis XIV, desde el palacio de Versalles, impuso al mundo de la estética. Los cambios que se mostraban en aquel lugar eran rápidamente interpretados por artesanos de Gran Bretaña y el resto de Europa. El uso de fibras vegetales para los asientos y respaldos de las sillas fue ganando espacio hasta establecer completamente muebles de ratán, bambú o mimbre para los siglos XIX y XX (Miller, 2005).

Si bien muebles, y más particularmente sillas, que combinaban materiales como madera y mimbre, se conocen desde épocas antiguas (Gómez, 2003), será recién después del siglo XVII, con la cuasi universalización de un estilo, que la fabricación de muebles se enfrentará a una escala distinta a la de los tiempos antiguos. En efecto, con el perfeccionamiento y difusión de los procesos industriales y el aumento de la demanda de productos manufacturados desde el siglo XVI en Europa, el énfasis en las máquinas y las formas de trabajo industrial (Nef, 1969) darán como resultado una ampliación de los bienes ofrecidos, que no tuvo parangón con otro período histórico. Posterior al perfeccionamiento de la técnica y los métodos constructivos de los muebles en el siglo XVIII, la producción se industrializó. Con esta producción en serie del siglo XIX, ya no será solo la aristocracia, la alta nobleza o los ricos comerciantes burgueses los que podrán adquirir muebles para alhajar sus espacios domésticos. Ahora también la clase media tendrá al alcance, con la expansión de las formas crediticias y la aparición de las grandes tiendas (Raizman, 2003), la posibilidad de adquirir mobiliarios completos para sus hogares.

En este contexto, se planteó en Europa, junto con la expansión del movimiento industrializador del siglo XVIII, la enseñanza de artes y oficios para educar trabajadores ‘industriosos’ (González, 2012). En España es posible constatar este proceso desde 1810 con el establecimiento en Madrid de un Conservatorio de Artes y Oficios (Sabio, 2005, p. 4). Según Mosquella y Reyes (2011) desde mediados del siglo XIX, las primeras escuelas de artes y oficios perdieron vigencia en Europa mientras se asentaban en Latinoamérica.

Las mayores facilidades de consumo y alternativas de estilo que aparecen entre la segunda mitad del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial propician la aparición de la figura del decorador, con lo que el alhajamiento del hogar comenzó a manifestar la ideología de los habitantes de la casa. Al mismo tiempo, por el enfoque de la educación para la producción industrializada de bienes, con orientación mecanicista, no se consideró importante mantener la belleza de los antiguos objetos artesanales. Tanto en Europa como en América surgirían corrientes que intentaron superar esta división artificiosa. Así lo demuestran tendencias europeas, como modern style, art & craft, art nouveau, art déco, liberty, modernismo y jugendstil, en las cuales confluirán o se opondrán visiones historicistas, racionalistas y artesanales; y serán caminos de expresión de convicciones, ideologías y formas de ver el mundo. El foco estaba puesto en reunir el arte con aquellos objetos utilitarios ‘rebajados estéticamente por la manufactura industrial o en serie’ (Subercaseaux, 1997, pp. 112-113; Montiel, 2014). De este modo, se asistirá a rápidas adaptaciones del gusto en los siguientes años hasta aproximadamente 1920.

En España la historia del mueble muestra un desarrollo asimétrico con respecto a los países europeos más avanzados de la época. La revisión histórica del mueble español -cuya fabricación, tipologías y ámbitos de aplicación social tienen rasgos en común con el resto de Europa-, da cuenta de una tardía entrada al proceso de fabricación industrializada y al uso de procedimientos mecánicos de fabricación. No obstante, es interesante constatar el efecto del ostentoso barroco del siglo XVII y su paso a muebles de influencia francesa, de carácter más privado y cómodo, en el XVIII, todo lo cual repercutirá en las colonias de ultramar y, por ende, en Chile (Ruano, 1990; Rodríguez, 1999 y 2008; López, 2005; Martínez, 2008; Aguiló, 2011; Martín y Carrasco, 2011; Fernández, 2013 y 2016; Villanueva y García, 2017). Posteriormente, y en el período 1860-1920, el modernismo español, cuyo más excelso representante fue Gaudí, llevó al mueble a su mayor forma expresiva: la de lograr una unidad total entre el interior y el exterior para manifestar un todo desde la arquitectura hasta la decoración (Montiel, 2014).

En Latinoamérica se encuentran tipologías clásicas de muebles y un desarrollo que siguió de cerca lo que sucedía en Europa y Estados Unidos. Sobre el período colonial fue frecuente encontrar referencias a la escasez de muebles. Fuera de los tipos clásicos, estos son, vargueño, sillón frailero, cofres y arcas, además de camas, no parece haber existido gran variedad o cantidad. En Perú, por ejemplo, la escasez se compensaba con profusión de plata labrada, alfombras y tapices de lana de fabricación tanto local como europea. En Argentina, Brasil, Cuba y Chile sucedió algo similar. En términos generales, se trató de muebles que combinaron madera y cuero, en algunos casos repujados. A mayores recursos económicos, especialmente desde el siglo XVII y la influencia barroca europea, aparecieron muebles con incrustaciones de concha perla, carey y plata, que en Chile en el siglo XVIII se llamaron “enconchados”. A partir de la segunda mitad de dicho siglo, la importación de objetos suntuosos se incrementó, al poner en comunicación a América con Oriente a través del anual “Galeón de Manila” (Márquez de la Plata, 1933; Zupán, 1999; Villegas, 2005; Gálvez, 2007; Morales, 2009; Martín Brito, 2012 y 2016). En Brasil, aunque hubo una influencia colonial española mantenida hasta el siglo XIX, fue importante la introducción de la cultura francesa en la corte y los entornos más sofisticados (Castro, 2016).

En el siglo XX, a la clásica división de la fabricación de muebles entre los estilos de la llamada protoindustrialización (Pfister, 2002), de fuerte influencia europea, particularmente inglesa y francesa, se suma una segunda corriente nacida en Hispanoamérica, aunque influida por las vanguardias europeas, identificada con la historia del diseño industrial latinoamericano, donde figuraron exponentes como Luis Barragán, Clara Porcet, Julián Valdés y Ricardo Blanco (Girod, 2009). Para el caso de Chile, será justamente la silla Valdés la primera obra ligada al mueble de diseño chileno que se inscribió en el marco de la modernidad del siglo XX; así, en la década del sesenta se creó un objeto que traspasó “las barreras de la mera funcionalidad” (Muñoz, 2010). Estas dos corrientes movieron el debate de lo tradicional y lo moderno entre 1930 y 1950, particularmente en Argentina, con la producción a escala industrial de muebles, intentando expresar diferentes visiones y demandas que se correspondían con dicho debate (Mazza, 2012).

En relación con otros trabajos sobre el mimbre detectados en Europa y Oriente, particularmente España e Israel, estos muestran un cariz nostálgico, pues detectan los restos de un arte que involucraba a pueblos enteros hasta el siglo XX. Dichos estudios parten desde la pesquisa de restos arqueológicos y pasan por una extensa constatación de la actividad mimbrera en estudios que visualizan esta temática desde la toponimia, la historia y la antropología (Cerda 1973; González, 1976; Ortiz, Sanz y González, 1976; Sánchez, 1977; Padilla, 1978; Garrido, Márquez y Villablanca, 1984; Herrero y García, 1986; Vicién, 1993; Ben-Tor, 2004; Bañón, 2008; Moralejo, 2010; Ibáñez y Rovira, 2011; Cabrera, Caballero y Díaz, 2013).1

Gracias a estos estudios es posible detectar que el gran arte en mimbre en España ha sido la cestería y lo relativo al quehacer vitivinícola, junto con la producción de elementos de consumo doméstico. Lo investigado para Cuenca, Valencia, Málaga, Guadalajara, La Litera, Galicia, Soria, Navalcarnero y San Martín de Valdeiglesias tiene que ver con la pérdida de un arte y el rescate de un conocimiento ancestral que estaba desapareciendo y era necesario registrar para una posible recuperación. Hoy, la producción tradicional en España es mínima, permaneciendo un núcleo más fuerte en Cuenca, como productora de materia prima mimbre (casi el 100% de la producción nacional) y transformando su paisaje en un bien turístico con “la ruta del mimbre” que vincula a Alcarria, Serranía y Cuenca.2

En América Latina la vigencia de la mantención del arte en fibras vegetales, en el ámbito de la cestería, muebles u objetos artísticos, puede explicarse desde la evolución político-económica de la región y los efectos que el proceso industrializador tuvo sobre las artes y oficios. Con el asentamiento de nuevas formas políticas y económicas, puestas en práctica durante la Revolución Industrial y trasladadas a Latinoamérica en los albores de la vida independiente (Castillo, 2014), el incipiente proceso modernizador y la falta de condiciones estructurales, higiénicas, políticas y sociales en las ciudades provocaron la emergencia de movimientos obreros y su reivindicación social. En este ámbito, el proceso industrializador provocó fuertes asimetrías al interior de las sociedades, especialmente en grupos considerados marginales. Ello se vio reflejado en la aceleración de la migración campo-ciudad, que puso en el foco del ojo político los desequilibrios provocados por metrópolis poco preparadas para recibir a grandes contingentes de nuevos habitantes, pero que al mismo tiempo demandaban bienes, servicios y, fundamentalmente, mano de obra especializada, con oficios cuya importancia fue definida desde su aplicabilidad para la labor industrial.

La crisis provocada por la Primera Guerra Mundial volvió la mirada hacia el desarrollo interno, planteando a partir de los años cincuenta hasta los ochenta la estrategia de desarrollo denominada Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI). En Chile, las nuevas políticas estatales infundieron un sentido industrialista y autoabastecedor, en plena vigencia a partir de la década del cuarenta (Castillo, 2014). En este contexto se verifica desde la década de 1920 un gran interés por el desarrollo de la producción popular. La convivencia de lo nuevo con lo tradicional tuvo lugar en diferentes expresiones productivas y culturales. La intelectualidad artística americana más progresista, como Diego Rivera, José María Arguedas, Pablo Neruda, entre otros, que plasmaron en sus obras la visibilización de los sujetos indígenas precoloniales y populares poscoloniales, intentaron plasmar la identidad primigenia de los pueblos americanos e impulsaron a través de ello las luchas populares de comienzos del siglo XX.

En este sentido, desde la historia de las ideas, el debate que recorrió los siglos XIX y XX mencionó que conceptos como la “instrucción práctica, manufacturas, fomento, oficios, industrias, progreso, educación popular” podían alinearse con diferentes etapas de la historia nacional (Castillo, 2014). La expansión del sistema de fábricas puso en peligro los oficios manuales; la necesidad de instruir obreros para su participación en dichas fábricas dio por resultado la fundación de escuelas de artes y oficios en América, desde fines del siglo XIX y en especial durante el XX.

Los procesos de modernización ya mencionados para América Latina terminaron por conformar un nuevo tejido histórico-social que aglutinó sectores medios, entre los que se encontraban los artesanos (independientes y con talleres propios) y el perfilamiento, de acuerdo con Bernardo Subercaseaux, de tres circuitos de circulación cultural que coexistieron: “el de alta cultura, el de cultura popular y una incipiente cultura de masas” (Subercaseaux, 1997, p. 9). Se establece un marco común en América Latina, en que “lo ideológico estuvo dado por un afán modernizador de cuño ilustrado positivista; en lo económico, por la incorporación estructural al mercado capitalista mundial; en lo social, por la inmigración masiva y la presencia de nuevos actores; y en lo político, por la instauración de regímenes teóricamente liberales, pero en la práctica fuertemente restrictivos” (Subercaseaux, 1997, p. 99).

Inserto en este debate, la Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1813 y que abogaba por la promoción de la industria y el fomento y la enseñanza de la agricultura y las artes, apoyó un proyecto educacional que se encontraba focalizado en la capacitación para la industria, apostando por las manufacturas locales como camino al progreso (Castillo, 2014). En ese momento, Chile se encontraba frente a una incipiente modernización urbana, con altas tasas de población rural y poca alfabetización. La Escuela de Artes y Oficios (EAO) fundada en 1849, durante el gobierno de Manuel Bulnes, pretendía atraer a estos campesinos, enseñarles un oficio para luego retornar al campo, instalar un taller y aplicar lo aprendido. La enseñanza duraba seis años, con una fuerte dirección hacia la formación de recursos humanos para la naciente industria nacional, a través de cuatro oficios básicos: carpintería, herrería, fundición y mecánica. A partir de la década del cuarenta, con la plena vigencia del modelo industrializador y autoabastecedor, los estudiantes de la EAO, conformado por individuos de capas populares y medias, se incorporaron en diferentes ámbitos productivos (Castillo, 2014).

De todos modos, las artes no lograron insertarse en el programa de la EAO. Casi paralelamente, se instaló en el país un modelo de Bellas Artes europeizante. El diálogo entre ambos modelos fue casi nulo durante la segunda mitad del siglo XIX, aun cuando ese cruce se estaba produciendo en Europa. Como reacción a este modelo, desde las Bellas Artes se muestra el mundo popular a comienzos del siglo XX, que recoge la llamada ‘Generación del 13’ integrada por Augusto D’Halmar, Fernando Santiván, Magallanes Moure y pintores como Julio Ortiz de Zárate, Pablo Burchard y Rafael Valdés, agrupados en una Colonia Tolstoiana y que se empeñaba en enseñar arte a los hijos de obreros en los barrios populares (Vico, 2010).

Al mismo tiempo, la preocupación por la identidad nacional puso en marcha rescates de la herencia cultural indígena del territorio chileno. Entre ellos figuran Ricardo Latcham, Tomás Guevara, Eugenio Pereira Salas, Oreste Plath y Tomás Lago. Este último dirigió un proyecto de envergadura a partir de la fundación del Museo Popular de Arte Americano de la Universidad de Chile, en la década del cuarenta. La misma intencionalidad, pero buscando la inserción de hijos de obreros y migrantes en la industria nacional tuvo Carlos Isamitt, parte de la Generación del 13 y fundador de la Escuela de Artes Aplicadas (EAA), que pretendía, al mismo tiempo, resolver la dualidad entre lo artesanal e industrial como “modo de volver a la tradición artesana colonial y al aporte indígena” (Vico, 2010, pp. 322-324).

En esencia, se trató a las escuelas de artes y oficios como productoras de bienes de capital, despojadas de belleza, mientras que en las escuelas de Bellas Artes quedó la manufactura de bienes de consumo con cualidades artísticas. Esta dicotomía dejó un saldo positivo en tanto y en cuanto la manufactura y elaboración de objetos de fibras vegetales se encuentra en estado de florecimiento en la región. En Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Nicaragua, México y Colombia se detecta cultivo de mimbre y elaboración de diversos elementos asociados a esta fibra. En este continente parece tratarse de un sector de pujante y creciente desarrollo económico, de la mano de la coordinación de estrategias planteadas desde el ámbito estatal y universitario, en su gran mayoría. Los estudios se focalizan desde la introducción de esquejes, perfeccionamiento de diseño de productos, estudios para posicionar las artesanías indígenas en el mercado hasta el mejoramiento de embalajes y la inserción de elementos de arte en mimbre en ciudades como Chimbarongo (Zardo, 1995; Undurraga, 1997; Arango, 2004; Llano, 2004; Montoya, 2004; Ramírez, Olver y Quitián, 2004; Benavides, 2005; Senar, 2007; Martínez, 2008; Pichardo, 2008; Martínez y Riccioli, 2011; Gutiérrez, 2012; Huarte, 2012; Corradine, 2013; Sesnic, 2013; Astellarra, 2014; Cárdenas y Castro, 2014; Chino, 2014; Quiroga, 2015; Arancibia, 2016; Castillo, Jirón y Rodríguez, 2016; Mamani, 2016).

La cuestión del origen del producto típico mimbre de Chimbarongo no había sido precisada. En términos generales informan de la existencia de una tradición de data prehispánica del trenzado de fibras vegetales. Para Chimbarongo se señala el surgimiento de la artesanía en muebles en la primera mitad del siglo XX, y comercialización de canastos y encanastillados alrededor de 1940 vinculados a “Cristalerías Chile”.3 Con mayor profundidad, Lira (2014) evidencia la venta de utensilios de mimbre en las calles de Chimbarongo en 1906, aunque posteriormente posiciona el origen de la “artesanía en mimbre” en 1920 de la mano de Manuel Benito Sandoval (2014), afirmación que también realizan Aliaga y Schätzke (2016). Por primera vez un estudio arrojará luz sobre la profundidad histórica de este producto típico, ubicando su origen en 1762 para la cestería, y a fines del siglo XIX para el caso del mueble.

El mimbre de Chimbarongo actualmente hace brillar a la ciudad homónima como Capital del mimbre (2007) y Ciudad Artesanal del Mundo (2015). Sus artesanos han sido reconocidos con el Premio Nacional Maestro Artesano (maestro Rodolfo Castro Duarte, 2013), Sello de Excelencia (maestro Segundo Rodríguez, 2015), Primer lugar en Mundial de Mimbre de Nowy Tomysi, Polonia (otorgado a Miguel Ortega, 2015). En conjunto, han sido reconocidos como Cultores Destacados del Colectivo de Artesanos y Artesanas de Chimbarongo (2014).

Dentro de la tradición del mimbre de Chimbarongo, coexisten dos corrientes principales: utensilios y muebles. La línea de utensilios tiene como objetivo equipar el hogar doméstico con objetos de uso cotidiano: canastos, bandejas, recipientes, servilleteros, entre otros. Por su parte, la línea de muebles incluye mesas, sillas, sillones, cunas, etcétera. La línea de utensilios domésticos tiene sus orígenes en el período precolombino y se afianzó durante el colonial, en el marco de una sociedad hispano-criolla que valoraba las fibras trenzadas como medio económico de resolver sus necesidades cotidianas. Por su parte, la línea de muebles surgió a fines del siglo XIX, en el marco del proceso de modernización general que se extendió en América Latina.

El objetivo del presente artículo se focaliza en conocer el origen y evolución del arte de utensilios y muebles en Chimbarongo. Ambas líneas coexistieron y lograron desarrollarse de la mano de los artesanos locales. En este proceso destacan tres momentos claves en su evolución histórica: 1762 y el primer registro formal de utensilios artesanales de mimbre en Chimbarongo, 1914 y el surgimiento de la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre en San Fernando y, finalmente, 1975 y la incorporación de la producción mimbrera de Chimbarongo al modelo neoliberal capitalista. Estos tres momentos marcan puntos de inflexión, pues los acontecimientos estudiados presentan un valor simbólico cuyos efectos tuvieron proyección en el tiempo y fueron generadores de cambios culturales decisivos.

Se pregunta, en este espacio, cómo evolucionó el arte en utensilios y muebles de Chimbarongo desde el ámbito doméstico hasta posicionarse en el mercado nacional: ¿es posible hablar del trabajo en mimbre como un elemento de resistencia cultural?; ¿vino este desarrollo de la mano de una dirección estatal o surgió desde los artesanos? En este sentido, ¿es posible apreciar cómo cambió la producción desde una etapa preindustrial a una industrial? Por otra parte, y a diferencia del proceso actual europeo, el arte en mimbre es floreciente en América, lo que lleva a preguntarnos por qué sucede este fenómeno en Chile, bajo qué influjos el gusto y apreciación por el mimbre se mantuvo o cambió desde los primeros registros hasta el presente.

Materiales y método

Para la presente investigación se utiliza el método heurístico-crítico, proceso que comprende la búsqueda o descubrimiento de fuentes y su recolección para el análisis histórico, manteniendo una postura crítica frente a los materiales de investigación. En cuanto al tipo de material susceptible de ser sometido a este tipo de análisis, Droysen, al acuñar el concepto, lo define como “el arte de buscar los materiales necesarios”, subordinando la heurística a la pregunta histórica (Matute, 1999, p. 12). El tipo de documento escrito considerado como fuente única fue diversificándose con el giro que planteó la escuela de los Annales, proponiendo una búsqueda activa de otro tipo de fuentes, pesquisa guiada por la pregunta de investigación.

Por tanto, en el contexto historiográfico actual, a las fuentes más clásicas como las emanadas desde los aparatos administrativos de diferentes tipos de regímenes políticos de un territorio determinado se suman otras de interés para la investigación histórica. En este caso, se han utilizado como fuentes documentos originales del Archivo Nacional Histórico, siglos XVIII-XIX; censos de la República desde el año 1813 hasta 1920, boletines de la Sociedad Nacional de Agricultura y de la Sociedad de Fomento Fabril (años 1914-1919). Diferentes a estas fuentes oficiales, se analizan fuentes hemerográficas de la región de O’Higgins, compulsando 244 periódicos desde 1848 para el más antiguo (El Regional de O’Higgins de Doñihue) hasta junio de 2016 (El Rancagüino de Rancagua) y otros documentos como catálogos de las exposiciones de industria, agricultura y anuarios de agronomía como los de Recaredo Tornero (1872) y Alberto Prado Martínez (1905), junto con algunas guías de turismo de las décadas del cuarenta al setenta, y los semanarios ilustrados Caras y Caretas de Buenos Aires (Argentina, entre 1898 y 1941), Zig-Zag de Santiago (Chile, 1905-1964) y Sucesos de Valparaíso (Chile, 1902-1934).

La utilización de publicaciones periódicas como fuente para el análisis de la historia permite conocer diversos aspectos de la historia política y cultural de las sociedades, dado que están conformados por testimonios diarios, coetáneos a la vida política, socioeconómica y cultural, por lo que su valor como fuente primaria es de primer orden (Beigel, 2003; Kircher, 2005; Arroyo, 2014; Soto, 2014). De los tres tipos de contenidos que pueden considerarse en su utilización como fuente (editoriales, noticias y anuncios publicitarios) nos focalizamos en los anuncios publicitarios, pues “permiten reconstruir el valor de objetos y servicios, las imágenes establecen las costumbres y las maneras de vestir, etc.” (Bedoya, 2011, p. 93), lo cual permanece en el foco de nuestra investigación.

Registro formal de utensilios artesanales de mimbre en Chimbarongo (1762- 1914)

La versatilidad, facilidad de manipulación y rápida propagación hicieron del mimbre una fibra ampliamente utilizada en el mundo antiguo. Las posibilidades que brinda permitieron desarrollar técnicas muy tempranamente, mucho antes de la alfarería y textilería, tal como lo demuestran los registros neolíticos en Çatal Hüyük (Turquía), El Fayum y Badari (Egipto) o los yacimientos lacustres suizos. En España el hallazgo en la cueva de Los Murciélagos fechado entre 6000 y 3500 AC reafirma la profundidad de su utilización (Alfaro, 1984; Herrero y Barceló, 1986; Ibáñez y Rovira, 2011). En el Oriente Próximo se descubrió un cedazo de mimbre en la tumba de Nahal Misnar, fechado entre el 4000 y 3500 AC (Ben-Tor, 2004).

En América las culturas indígenas utilizaron ampliamente fibras vegetales, registrándose fechados que superan los ya mencionados (Rodríguez, 1999, entre otros). Para Chile las dataciones son anteriores a cualquier fechado pesquisado en Europa y Oriente. En Monte Verde, cercano a Puerto Montt, con un asentamiento humano de 18.5004 años de antigüedad (Dillehay y Mañosa, 2016) se registraron elementos de fibras vegetales. En época prehispánica, en relación al mimbre, se elaboraban objetos de pequeña escala asociado al uso doméstico en su mayoría, pero también se detectan grandes construcciones de carácter estatal realizadas en mimbre (Raffino, Vitry y Gobbo, 2001; Bustamante y Rojas, 2015). En Chile, se han registrado puentes colgantes de fibra vegetal sobre los ríos Aconcagua, Maipo y Mapocho (Odone, 1997; Bustamante y Rojas, 2015). Charles Darwin, entre los años 1832 y 1835, detectó, en el valle del río Cachapoal, que estos puentes aún se mantenían vigentes y en uso en las primeras décadas de la República (Darwin, 2016).

Con la llegada del español, el trabajo en mimbre dio lugar en Chile a una mixtura particular, resultando en nuevos productos con carácter local (Núñez, 2016).5 Se continuó con la elaboración de objetos de mimbre asociados a las nuevas formas agrícolas, siguiendo los patrones del desarrollo económico del país. La cultura española, fuertemente influenciada por el mundo árabe, tomó del indígena americano el manejo de las técnicas de trabajo de fibras vegetales para producir sus elementos ligados al mundo de los utensilios domésticos, agrícolas y de construcción.

Canastas, canastos, canastillas, cestos y cestas son definidos como objetos de mimbre tejido, tal como lo expresan los diccionarios de Sebastián de Covarrubias (1611, pp. 249, 250 y 306) y el de Autoridades (1726, pp. 106, 107 y 295). Las variaciones entre uno y otro se expresan en el tamaño y forma del objeto, no en su materialidad, que se mantiene de mimbre en todos los casos. El nombre se encuentra directamente ligado a una tipología determinada, como el cesto, asociado a la actividad productiva de la cosecha de uva, definido como “un vaso de mimbres tejidas unas con otras y cuando es grande y hondo le llamamos cesto; en éstos se trae la fruta y en los que llaman de vendimiar las uvas, son grandes. Después de vendimias, cestos o cuévanos, cuando pasada la ocasión se acude con lo que entonces pudo aprovechar” (De Covarrubias, 1611, p. 306).

De este modo, junto con los noques y lagares de cuero, los cañones, pailas y alambiques de cobre, y los implementos de greda, las cestas de mimbre utilizadas para cosechar la uva en las denominadas mulas cestoneras completaban el panorama del utillaje productivo en las haciendas coloniales. El mimbre, material ligero y barato, se incorporó también en las extensas jaulas que resguardaban palomas, gallinas y otras aves de corral. Al mismo tiempo, los tejidos de fibra vegetal se encontraban incorporados en las construcciones de barro cocido, en el sistema denominado “quincha”, que combina una estructura vegetal con barro y en los cielos que podían ser forrados de varillas de mimbre, caña o coligüe. En San Fernando, en 1788, los inventarios de bienes reflejan el uso persistente de la quincha en las construcciones de casas y ranchos. En algunas ocasiones, se diferencia su utilidad, como el “rancho que sirve de granero, con 13 varas de largo, y 4 y media de ancho, su pared de quincha embarrada con puerta de una mano de madera de patagua”.6

Dentro de las casas, es posible recoger antecedentes que demuestran el uso continuo de la línea de objetos de mimbre doméstico. Resulta esencial el registro recopilado correspondiente a la estancia de Chépica de Chimbarongo, propiedad de Miguel Valenzuela, en 1762. Con 500 cuadras de tierra, bodega, lagares, viña, vino aliñado en tinajas, lagares de cuero, cañones de cobre y piqueras de greda, se trataba de un emprendimiento comercial de importancia, equipado con todos los elementos de la época. En ella, se registran “2 canastas y un harnero que tasamos a 2 reales cada pieza” y “un cedazo de cernir harina, viejísimo, que tasamos en 2 reales”.7 Este antecedente permite aseverar, por primera vez, la antigüedad en los objetos de mimbre en la zona Chépica-Chimbarongo.

Los demás registros se corresponden con la jurisdicción de la villa de San Fernando, estancia Las Peñuelas, con los inventarios de bienes de Don Santiago Gálvez y Doña María González (1764).8 Lo recopilado muestra una zona concentrada de origen de esta actividad, nucleando las localidades de San Fernando, Placilla, Chépica, Chimbarongo y Nancagua. Ya en el siglo XIX, en San Juan de Pedegue [sic], propiedad de doña Francisca Navarrete de Guzmán (1809), se tasan una canasta y un canastito. La Corona española, por su parte, implantó obrajes de tejido de mimbre (Pérez Rosales, 1886, p. 374), lo que continuó en paralelo a la utilización de estas fibras para la realización de cestas.

De este modo, se percibe un temprano interés desde la entidad política dominante en proyectar la producción mimbrera a escalas mayores que las domésticas, incidiendo económicamente en un ámbito preindustrializado. Estos antecedentes se proyectan hasta fines del siglo XIX y comienzos del XX, con abundantes testimonios de la utilización del mimbre en diferentes ámbitos, trascendiendo el uso relacionado a lo campesino y de utillaje doméstico. Gracias a ellos, se entiende que los diferentes elementos elaborados con mimbre, desde herramientas de trabajo hasta muebles, están presentes en las vidas chilenas campesinas y citadinas, desde las personas más humildes hasta las más adineradas. Ello también ofrece indicios del comienzo del recorrido de esta manufactura desde su elaboración doméstica hasta su posicionamiento en el mercado nacional en el siglo XXI.

En el ámbito campesino Santos Tornero (1872) describe diferentes usos aplicados del mimbre en las labores del campo, siendo utilizado como harnero para la tierra; criba para limpiar arvejas, lentejas y otras semillas; empleo del mimbre para amarrar las estacas de una cerca; canastos para las empolladoras; jaula para los pollos; cajas para colocar huevos, incubadora artificial; la caja para criar los pollos que salieron de esa incubadora y también se empleaba en apicultura para llenar canastos de mimbres con panales desmenuzados. Los panales eran sostenidos por dos palos y destilaban su miel sobre una gamela. Los registros de Tornero afirman la continuidad en la utilización de elementos de mimbre asociados al mundo productivo campesino.

Los viajeros que visitaron Chile en aquella época también atestiguaron el uso del mimbre en el mundo campesino, principalmente asociado a labores productivas y comerciales. Prior, periodista y grabador inglés, dibujó entre 1889 y 1891 las carretas de bueyes cargadas con inmensos canastos de mimbre, similares a los utilizados en España y Portugal (1992, p. 39). Pereira Salas recogió una acuarela de León Pallière (1823-1887) denominada El Hermano Limosnero, un embarcadero frente al mar chileno en el que se destaca una cocinería llena de frutas que sobresalen de grandes canastos de mimbre. En la escena, también se aprecian canastos tejidos con la forma de los animales de transporte (1992, p. 246).

En forma paralela, se encuentran indicios de la utilización de mobiliario de mimbre en los grandes palacios santiaguinos. Gracias a los catálogos editados para la asistencia a los remates de los bienes contenidos en dichas mansiones, se observa entre el menaje de la casa Echaurren, en Santiago de Chile, en 1889, la presencia de una silla de mimbre entre los muebles de vestíbulo y patio (Remate, 1889, p. 8). Coincidentemente, la literatura de fines del siglo XIX y comienzos del XX muestra la preferencia de la aristocracia chilena por los muebles de mimbre importados (sobre todo desde Estados Unidos), como símbolos de ostentación para palacios y casas patronales (Orrego Luco, 1892, 1905, 1908, 1912, 1914; Melfi, 1935). Al mismo tiempo, atestiguan la mantención del uso de canastos entre las clases populares, sobre todo por vendedoras en la ciudad. Registran, también, el uso de cestos en las casas acomodadas, como la cesta de mimbre que servía de cobijo a una botella de “Mouton-Rotschild” servida por el sommelier en la Hacienda del Romeral, en Curipeumo (Orrego Luco, 1908, tomo II, p. 197).

Los testimonios fotográficos de época han dejado registro de la presencia del mimbre en las ferias populares desde comienzos del siglo XX. Antonio Quintana retrató la parroquia San José de Chimbarongo poco después del terremoto de 1906, por lo que se muestra con su campanario derrumbado y severos daños estructurales. La calle que conduce a la parroquia estaba flanqueada de puestos repletos de cestos de mimbre (Lira, 2014, p. 12).9 Ello muestra a la ciudad con un temprano perfil asociado a la producción y venta de estos objetos.

La Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre (1914-1917)

Con la introducción del mimbre como cultivo industrial se separó el foco productivo: por un lado, las comunidades campesinas continuaron elaborando cestos y otros objetos de uso cotidiano con el mimbre silvestre recogido de los bordes de las acequias y canales, donde se cultivaba para demarcar los límites de los campos; por otro, comenzaba una producción que respondía a una fabricación de mayor escala, que se tornó más industrializada hacia comienzos del siglo XX, respondiendo a los procesos sustitutivos de importaciones que primaron en la época en toda América Latina. El mueble de mimbre, y en particular la silla, se difundió desde Europa. De la mano de la industrialización y la actividad desplegada por las grandes tiendas, fueron incorporadas en los hogares de las clases más acomodadas, en primera instancia, para luego conquistar la estética de las clases emergentes, apreciándose la nobleza de dicho material.

Entre 1870 y 1930 se consolidan las grandes tiendas en Chile, aplicando ciertas tácticas que les permitieron crecer; las estrategias de venta se volvieron más innovadoras, intensas y agresivas, sumando al uso de la propaganda periodística la publicación de catálogos, eventos especiales, ofertas, premios y otros incentivos (Dusaillant, 2011). De este modo, la estrategia de venta que planteó la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre, en 1915, se encuentra alineada con las políticas asumidas por las grandes tiendas (que representaban, al mismo tiempo, puntos de venta de los productos elaborados en las fábricas) y con la realidad económica del país.

Es necesario tener en cuenta que la EAO, fundada en 1849, se encontraba formando oficiales artesanos en diferentes áreas. El tema es relevante porque el proceso prácticamente coincide con lo desarrollado en Europa, al alero de la aplicación del “principio ilustrado de la educación” (Castillo, 2014, pp. 12-14). Al mismo tiempo, hacia fines del siglo XIX ya se encontraban en funcionamiento casi la mitad de los establecimientos industriales establecidos en Chile, que demandaban una mayor cantidad de especialistas para su operación (canteros, marmolistas, albañiles, bronceros, ebanistas, etc.), aumentando la población de nuevos sectores medios y plutocráticos en las ciudades, que demandaban mayores cantidades de servicios (Subercaseaux, 1997). Por otra parte, dichas fábricas comenzaron a trabajar en una producción que en gran medida estaba destinada al mercado interno, compitiendo con las mercaderías extranjeras llegadas al país.

De este modo, muy tempranamente las campañas publicitarias pudieron moldear el gusto de la sociedad de la época. Los semanarios ilustrados, gracias a la importación de imprentas de última generación, tuvieron la capacidad de imprimir imágenes para un público masivo, en las que se retrataron las modas en el peinado, vestido y otros objetos. Las campañas publicitarias, instrumentalizadas para acentuar una dependencia mayor entre periferia (Latinoamérica) y centro (Europa y Estados Unidos), no solo impulsaron el consumo de bienes importados, sino que también forzaron a las industrias locales a operar con precios internacionales y generaron espacio para la inserción de empresas extranjeras en la economía y sociedad chilena (Álvarez, 2008). En ese contexto aparecen los muebles de mimbre en locaciones elegantes, destinados a la alta sociedad, poniendo en marcha un proceso de valoración del mueble de mimbre entre la élite, que culmina con la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre (Figura 1).

Fuente: Caras y Caretas n° 1524 Buenos Aires, 17 de diciembre de 1927

Figura 1 Muebles de mimbre importados publicitados por semanario Caras y Caretas. 

Por la misma época, el avance industrial, con el aumento del gasto público permitido por las riquezas salitreras, tocaba a casi todas las ramas de la actividad económica: material rodante para ferrocarriles, construcción de maquinaria agrícola e industrial, perfeccionamiento de fábricas de tejidos de lana, vidrio y papel. Para fomentar la industria, el gobierno mejoró caminos y la enseñanza industrial (Martner, 1929; Meller, 1996). Para la primera década del siglo XX, el ferrocarril unía toda la extensión del valle central de Chile.

San Fernando, capital histórica del Corregimiento de Colchagua, contaba con una población total de 81.131 habitantes para todo el Departamento. Su capital, San Fernando, nucleaba 7.447 habitantes, siendo Chimbarongo la segunda en términos de población, con 2.371 en 1901 (Prado Martínez, 1905). A fines del siglo XIX, contaba con algunos establecimientos que producían bienes a una escala mayor que la artesanal: dos fábricas10 de curtiembres, dos de aguardiente, dos de jabón y velas, dos de cerveza y dos panaderías (Tornero, 1872, pp. 283-284).

El auge de las exportaciones de trigo, cobre y plata permitió al Estado ordenar sus finanzas internas y modernizar infraestructuras. Se instalaron industrias en distintas localidades con la idea de abastecer al mercado interno. En San Fernando coexistieron dos vertientes de industrialización: una protoindustrialización agrícola (1850-1900), ligada al trigo (molinería y panadería) y al procesamiento de cuero vacuno, y una agroindustrialización intensiva (1900-1930), desarrollada por extranjeros y grandes propietarios, caracterizada por su rápido crecimiento exponencial, que desarrolló “complejos industriales” mecanizados y empleó mano de obra masiva (Geisse, 1978; Ortega, 1991-1992 y 2005; Robles, 2010 y 2003; Urzúa, 2014).

Debido a ello, San Fernando irradió buena parte de los oficios que actualmente se encuentran vigentes en la región de O’Higgins, como la piedra labrada y los muebles de Pelequén. Lo mismo ocurrió con el mimbre de Chimbarongo. En San Fernando se creó la primera industria nacional del mimbre, casi 50 años antes de la radicación y asentamiento de la actividad productiva “muebles de mimbre” en Chimbarongo.

Los censos realizados entre 1865 y 1920 dan cuenta del número de personas asociadas a oficios con tejido de fibras vegetales. Aunque no se aclara el material con que se realizan los distintos productos, la información da cuenta de canasteros, cedaceros, estereros, escoberos, silleteros, trenzadores y petateros, agrupados entre San Fernando, Caupolicán y Rancagua. Para el Censo 1920, los oficios de canasteros, estereros y escoberos, conformados completamente por hombres, quedaron incluidos en el ramo de “industria”. Este registro permite comprender la posterior diversificación del trabajo en fibra vegetal aplicada en la elaboración de diferentes tipos de productos, incluida una silla que resulta clave para el posterior desarrollo del arte en muebles de mimbre en Chimbarongo.

Con respecto a los silleteros, estos solo aparecen en los censos de 1865, 1875 y 1895. En 1907 la categoría única de “artesano” no nos permite conocer el área de especialización. Pero, dada la constante presencia de silleteros en los censos anteriores, podemos suponer que habrían formado parte de la fuerza de trabajo que se nucleó, posteriormente, al alero de la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre (Figura 2).

Fuente: censos 1865, 1875 y 1895.

Figura 2 Silleteros en las provincias de Colchagua y Santiago. 

Por otra parte, desde 1875, la Sociedad Nacional de Agricultura se preocupó, a través de la organización de la Exposición Internacional en Chile, de promover la industria del país y jugar un importante papel en la transmisión de ideas que tendían a modernizar e industrializar la producción campesina. Sus publicaciones impulsaron la difusión del conocimiento agrícola en Chile y formó parte de un movimiento de similares características en el Cono Sur de América, contribuyendo significativamente a la modernización tecnológica de la agricultura en Chile (Robles, 2010 y 2012; Lacoste et al., 2013). Por ello, señaló las ventajas del cultivo del mimbre a nivel industrial, porque

[…] su cultivo sistemático produce los rendimientos más altos, desde que se multiplica con suma facilidad, se desarrolla con gran prontitud y presta múltiples y valiosos servicios. Sin embargo, para ello es indispensable disponer de una buena variedad, escoger perfectamente el terreno y la exposición, sembrar, abonar y cultivar con todo cuidado y atender a la recolección y conservación de los mimbres. Prospera admirablemente en los terrenos húmedos, contiguos a ríos, arroyos o acequias, sujetando la tierra por el entrelace de sus raíces (Boletín SNA, 1885, p. 315).

En 1901 el Anuario de Prado Martínez (1905, p. 508) muestra que no existían fábricas de muebles en San Fernando, pero sí en Santiago, la de Guillermo Jeffs (Maipú) y Johnson Hnos. (San Miguel). En ambos casos, pareciera tratarse de ingleses o norteamericanos asentados en Chile. Distinto es el caso de los talleres dedicados a elaborar objetos de mimbre, de los cuales se detectan cinco ubicados en Santiago y cuatro en Valparaíso (Prado Martínez, 1905, pp. 508-598).

La Primera Guerra Mundial provocó la cuasi paralización del comercio extranjero, generando un cambio en la apreciación de la producción interna, donde el origen comenzó a jugar un papel protagónico en la oferta y demanda de los productos. En el año 1914, en un contexto que giraba rápidamente la producción industrial latinoamericana hacia adentro, se funda la Industria Nacional del Mimbre, propiedad de Severo Peña y Lillo11 que, en tres años, a través de cuatro estrategias de inserción, logró posicionarse en el mercado, consolidando un producto realizado al interior de los hogares campesinos. La importación de muebles de mimbre abasteció solo a las clases de mayor poder adquisitivo, dejando abierto un amplio mercado para el consumo interno.

En ese lapso, la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre se transformó en punta de flecha del mercado, descubriendo la potencialidad de un producto nacional hasta entonces menospreciado. Logró entender su dinámica, al copar los diferentes sectores de producción, distribución y consumo. Además, posicionó al mueble de mimbre en los estratos medios. A partir de esta estrategia de comienzos del siglo XX se generó una producción que siguió hasta la actualidad. Gracias a la visión y conocimientos adquiridos en la fábrica y la apertura temprana del mercado, los mimbreros de Chimbarongo pudieron afianzarse a su tradición.

Desde los anuncios comerciales, se ve el posicionamiento de la fábrica en el mercado ofreciendo algunos productos específicos, como los muebles amorcillonados. Al mismo tiempo, se observa su primera gran estrategia comercial, al establecer la guerra contra la “Fábrica Inglesa”, con sede en Santiago, ofreciendo un descuento sustantivo (30%) con respecto a los productos manufacturados por ella.12 La Fábrica Inglesa, propiedad de Guillermo Jeffs, en 1905 ofrecía muebles de mimbre según la moda europea, como se promocionó semanalmente durante 1905 y 1906 (Figura 3).

Fuente: Revista Zig-Zag, número 15 (Santiago de Chile, 28 de mayo de 1905).

Figura 3 Fábrica Inglesa de Muebles de Mimbre de Guillermo Jeffs. 

Gracias a la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre lo nacional comenzó a posicionarse de manera preferente frente a lo extranjero, como resultado de las primeras políticas proteccionistas del Estado, que partían del principio de que la industrialización sacaría al país de la crisis económica, volcándose hacia la sustitución de importaciones, que obligaba a una producción interna de envergadura.

La labor de SOFOFA fue relevante en el desarrollo y organización de la industria en Chile. Con respecto a la fabricación de muebles, se señala para los primeros veinte años del siglo XX la existencia de 69 establecimientos formales, a los que se sumaba una gran cantidad de pequeños talleres. Las grandes tiendas, en lo que a muebles se refiere, aportaron a la venta de la producción nacional y, al mismo tiempo, introdujeron distorsiones identitarias que confundieron al público sobre el origen de los muebles vendidos: “[H]asta hace poco las grandes casas comerciales de Santiago, que tenían talleres de muebles, expendían sus artículos como de procedencia extranjera” (González, 1920, p. 32).

La preocupación frente a la llegada de productos extranjeros gatilló medidas de protección para la mueblería nacional, en especial referida a la importación de muebles desde Estados Unidos, mediante la elevación en un 50% de los aranceles aduaneros (González, 1920). Dicha competencia, al parecer encarnizada, dejó un saldo negativo para la fábrica de muebles en estudio. En efecto, el Álbum Gráfico editado por SOFOFA en 1926 informa de la existencia de seis fábricas de muebles de mimbre, pero ninguna de ellas en San Fernando, de lo que se colige que la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre había dejado de existir para la época, dejando como legado un saber hacer que florecerá posteriormente en Chimbarongo (Figura 4).

Fuente: González y Soto 1926, 371

Figura 4 Fábricas de mueble de mimbre en Chile al año 1926. 

Menos de un año después de su fundación, la fábrica planteó una segunda estrategia, cuando conformó “El Gran Club de muebles de mimbre Morcillonados”. Dado el costo de los muebles -190 pesos un amoblado completo-, se proponía hacerse socio del club mediante una membresía semanal de 2,50 pesos. Con esa membresía, se optaba a un sorteo mensual que permitía adjudicarse un juego de muebles. Abonando esa suma, y con algo de suerte, se podía obtener el anhelado juego solo con la primera cuota abonada. Este sistema se llama Círculo de Ahorro Previo y consiste en el agrupamiento de personas que desean obtener una suma de dinero o un producto. Con estos fines se abona una cuota mensual para formar un fondo que adjudica por sorteo y licitación el dinero o producto. Las cuotas deben seguir abonándose por parte de los adjudicados hasta completar el valor del bien. Este sistema ofrece un flujo de fondos que permite una línea de créditos solidaria, sin intereses, con la seguridad de mantener los fondos depositados en la entidad bancaria o donde el fabricante. Dado que no compite con planes de crédito, en países como Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Uruguay es uno de los canales habituales de financiación para obtener dinero o un producto13 (Figura 5).

Fuente: El Imparcial (San Fernando) 15 de julio de 1915. Repite el 31 de octubre de 1915

Figura 5 Gran Club de Muebles de Mimbre Morcillonados. 

La tercera estrategia, establecida en diciembre de 1915, tiene que ver con la visibilización comercial. Para aumentar su radio de alcance, la fábrica promocionaba a través de su depósito, la mueblería “San Vicente” (Figura 6). En enero de 1916, junto a su más importante socio comercial, el periódico El Imparcial, se planteó una alianza estratégica de ganancia para ambos: realizar un sorteo entre los suscriptores (Figuras 7 y 8). Dado que el sorteo se realizaría un año más tarde, el diario podía vender más ejemplares y el fabricante asegurar el costo del mueble.

Fuente: El Imparcial(San Fernando) 5 de diciembre de 1915

Figura 6 Mueblería San Vicente. Depósito de la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre.  

Fuente: El Imparcial (San Fernando) 06 de enero de 1916

Figura 7 Sorteo de muebles de mimbre por ser suscriptor de El Imparcial.  

Fuente: El Imparcial (San Fernando) 23 de enero de 1916.

Figura 8 Gran Sorteo de la Fábrica Nacional de Muebles. 

El 27 de enero de 1916 se avisó en el periódico El Imparcial el ganador del segundo sorteo del “Club del Mueble”, destacando que ya se había realizado un sorteo anterior, lo que habla del éxito que tuvo esta estrategia. La transparencia de la información que se publicó para conocimiento de todos puso énfasis en el cariz social y solidario de esta modalidad de transacción (Figura 9). Al mes siguiente, y atendiendo a los pedidos del público, el dueño de la fábrica, Severo Peña y Lillo T. ofreció la formación de otro club, ahora con la cuota más baja, la que se fijó en 3 pesos semanales.14

Fuente: El Imparcial (San Fernando) 27 de enero de 1916

Figura 9 Resultados del Sorteo de unos de los grupos del Club del Mueble.  

Finalmente, se relevó concepto de “modernidad” como cuarta estrategia de venta, de la mano de la mueblería “La San Vicente”. En 1917 el concepto “moderno” ocupó un lugar central en el aviso de la fábrica (Figura 10). Esta idea, al mismo tiempo que atractiva, alejaba el origen campesino de este producto típico en momentos que la modernidad era deseada y buscada. Aunque pueda parecer paradójico considerar moderno un mueble de fibra tradicional, en la época reflejaba un proceso modernizador asimétrico e inorgánico, lo que permitió la coexistencia “de lo moderno con lo arcaico, de lo nuevo con lo tradicional” (Subercaseaux, 1997, p. 99). Lo campesino, aunque considerado atrasado y de poco valor en el discurso de las élites liberales (al menos hasta la década de 1940), intentó ser relegado de este proceso, pero las características de la modernización local lo neutralizaron, permitiendo que el campo siguiera latiendo en el corazón de esos muebles.

Fuente: El Imparcial (San Fernando) 11 de enero de 1917

Figura 10 Concepto de lo “moderno” como estrategia de venta.  

Muebles y utensilios de Chimbarongo y su incorporación al capitalismo y modelo neoliberal (1973-2017)

Posterior a la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre, la presencia del mimbre en la prensa decayó a partir de la década del veinte, apareciendo después escasamente.15 A partir de allí, el impacto de las políticas desplegadas por el Estado en las décadas del treinta y cuarenta, orientadas a fomentar las denominadas “industrias caseras”, se hicieron sentir en la actividad comercial de los mimbreros de Chimbarongo. La fabricación de elementos de mimbre permitiría complementar la principal fuente de ingreso en los hogares campesinos, en especial, de la mano de mujeres, niños y adultos mayores (Instituto de Información Campesina, 1941). Esta orientación estatal, que se tradujo en una serie de programas orientados a fomentar estas artes, tuvo su máximo esplendor en la década del setenta, marcando un punto alto de producción y comercialización.

En efecto, se asiste a un período de apreciación artístico-cultural de los objetos elaborados desde las identidades formantes de América Latina. La parte chilena de las Comisiones nacionales de Cooperación Intelectual, formadas a raíz de la recomendación del estudio de las artes populares por la Sociedad de las Naciones, como consecuencia de los acontecimientos internacionales que devastaban Europa, logró montar exhibiciones de objetos folclóricos en 1935, 1938 y 1943, con piezas llegadas desde Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, México, Guatemala, Paraguay, Perú y Venezuela. De acuerdo a Juvenal Hernández, en ese momento rector de la Universidad de Chile, las motivaciones tuvieron que ver con la interrupción del vínculo cultural con la “civilización europea” de la cual América es heredera, por lo que “se impone un examen de nuestros recursos vitales […] debemos recoger, ahora, el patrimonio inseparable de nuestro propio ser […] para sacar de allí una idea exacta de nuestra realidad histórico-social” (Universidad de Chile, 1943, p. 7).

Tomás Lago, curador de la primera gran muestra internacional realizada en Chile, fundó el Museo de Arte Popular en 1954, marcando un hito en Sudamérica, proponiendo “ser sinceros para conservar en su integridad esencial el espíritu popular. Nos corresponde recoger, guardar y clasificar sus expresiones […]” (Lago, 1945, p. 91).

La posguerra marcaría el ascenso de un nuevo referente internacional sobre Latinoamérica: Estados Unidos. El nuevo orden impactó en las políticas de fomento de la industria nacional, las cuales se desarrollaron con fuerza hasta la década del sesenta con los gobiernos radicales. Con la consolidación de una economía de libre mercado, dichas políticas comenzaron su declive. Los productos nacionales, carentes de tecnología y de la infraestructura necesaria para competir en los mercados internacionales no tuvieron oportunidad de inserción en ese momento. En ese contexto de crisis se recurrió a la Reforma Agraria para solucionar la situación. Sercotec (Servicio de Cooperación Técnica) fue creado en 1952 como filial de CORFO (Vico, 2010) para impulsar el desarrollo de la ‘pequeña empresa industrial’,’englobando en esto al artesanado, a la pequeña empresa y al pequeño empresario. Una de las características de la industria fabril chilena es su pequeño tamaño -el 80% posee entre 10 y 50 trabajadores-, y son, justamente, las que se relacionan con las comunidades campesinas locales (Consejería Nacional de Promoción Popular, 1968).

Entre 1970 y 1975 ocurrieron una serie acontecimientos dentro de la producción mimbrera. En primer lugar, se intensificaron las plantaciones de sauce, lo que aseguraba la materia prima mimbre a los talleres de artesanos. En segundo lugar, la Corporación de Fomento a la Producción (CORFO) otorgó créditos a los nacientes talleres artesanos para impulsar la industrialización y adquirir materiales y maquinarias. La consolidación de la Cooperativa de Artesanos de Chimbarongo en 1975 marcó otro hecho, la que por ese entonces nucleaba a más de 100 socios. También se construyó el Centro Mimbrero Artesanal, apoyado por el Sercotec e impulsado por la cooperativa (La Región, San Fernando, 23 de enero, 1975).16 A ello se suma la apertura de la Ruta 5 Sur, que une Chile de Arica a Puerto Montt, con las respectivas consecuencias de visibilización del mimbre de Chimbarongo.

La apertura de la Carretera 5 Sur puso en el mapa a Chimbarongo como ciudad mimbrera. Las guías de turismo de Chile no hablaban del mimbre de Chimbarongo hasta entonces. La Guía General de Chile de 1970 (pp. 352-354) clasificó a la comuna como “famosa por los trabajos en mimbres, los que son ofrecidos en casas ubicadas a la vera de la Carretera Panamericana”, agregando que “especialmente solicitados son los mimbres de Chimbarongo” (p. 354). Seguramente este anuncio se publicó por varios años, porque al terminar la década, la Guía Turística de 1979 (p. 86) seguía repitiendo el escrito de 1970. Los registros son interesantes, porque demuestran el impacto que tuvo la apertura de la carretera sobre el mimbre, tal como ocurrió con otros productos típicos de Chile, como la piedra labrada y los muebles de Pelequén, los dulces de Curacaví y los dulces de La Ligua.

Paralelamente, Chile experimentó violentos cambios en su conducción política. El gobierno socialista de Allende fue depuesto para dar paso a uno de corte militar. La crisis social y económica que por aquel entonces se desató tuvo, como consecuencia, la implantación del modelo neoliberal. Este modelo (Meller, 1996) transformará la realidad productiva del país, convirtiéndolo en un exportador de materias primas con escaso valor agregado.

La situación tocó a los mimbreros. La cooperativa, a instancias de Sercotec, comprometió la venta de una partida de 15 toneladas de mimbre tratado, junto con artículos de cestería, hacia Venezuela.17 Se trataba de transformar a los maestros mimbreros en productores de mimbre para exportación; mientras, el Estado iba retirando su apoyo a la industria. La excesiva demanda que impuso el trato mencionado terminó por impactar negativamente en la cooperativa, la que se disolvió junto con el centro mimbrero. Los bienes que se habían conseguido (la planta y el terreno donde funcionaba) terminaron siendo vendidos a un particular.

Las políticas de fomento y apoyo del Estado cesaron completamente en las décadas del ochenta y noventa. En suma, para el Estado, la artesanía era un área que podía generar empleo; aunque ya no desde la perspectiva académica conservacionista (Vico, 2010), sino más bien, como un commodity, dado que la artesanía se asoció más a la manualidad que al arte. En 1986 se propuso la exportación de bandejas de mimbre de Chimbarongo a Canadá, aclarando no obstante que la rentabilidad de los productos de artesanía era “un mito”.18

En efecto, para ProChile y Sercotec si “un productor desea exportar, debe adecuar su oferta al gusto y tendencia de los consumidores en el mundo”.19 En otras palabras, lo deseable para el modelo neoliberal era la exportación de productos adecuados al mercado, pero despojados de toda identidad y singularidad, borrando de un plumazo dos centurias de cultura mimbrera en Chimbarongo. Ángel Gallardo (ProChile) terminaba afirmando que “la artesanía presenta un mercado interesante siempre y cuando el artesano estudie su mercado, se adapte a los valores estéticos de éste y logre niveles de precios competitivos”,20 cuestión que desconoce el valor de un producto típico y su capacidad de generar riqueza en un territorio. De hecho, los conceptos industrializantes vertidos por Gallardo alentaban la producción uniforme y masiva que responde al volumen demandado.

A estos fines, desde 1990, FOSIS y Sercotec comenzaron a trabajar con los artesanos de Chimbarongo, buscando la manera de ser abastecidos constantemente de materia prima, por lo que Bienes Nacionales adquirió un terreno de 12 hectáreas para la plantación de mimbre, el cual se dividió entre las dos organizaciones existentes: la Asociación de Artesanos y la Corporación de Artesanos. También, se trabajó directamente con los mimbreros, con cursos de diseño dirigidos al mueble. En el momento en que se registra esta noticia, 1995, existían en Chimbarongo más de 1.500 artesanos,21 que ya venían disminuyendo a consecuencia de las dificultades mencionadas.

La nueva orientación del mercado casi colapsó la actividad mimbrera radicada en Chimbarongo; la caída del precio y la demanda, obligó a muchos artesanos a abandonar su actividad o comercializar sus productos a muy bajo precio, dividiendo a los artesanos en elaboradores y comercializadores, tal como es hasta ahora.

A partir del 2002 la artesanía en mimbre de Chimbarongo reaparece en la prensa, visibilizando la labor de los mimbreros como genio creador de obras de arte, relatores de una historia y portadores de un patrimonio cultural que, en este caso, se remonta a varios siglos. La prensa regional y nacional ha dado a conocer ampliamente el arte que se desarrolla en Chimbarongo, invitando a mantener este arte tradicional. También se han generado otras iniciativas para apoyar al arte en mimbre. Por una parte, el Estado aplicó políticas relativas al patrimonio cultural inmaterial, otorgando sellos de excelencia a la artesanía de Chile que destacan el saber hacer de los artesanos. Este impulso sirvió para reactivar y conmemorar al mimbre con un gran evento anual: la Expo-mimbre. También las universidades se han propuesto alianzas con el mundo del diseño, colaboraciones que han dado resultados positivos al permitir el perfeccionamiento de las piezas y, al mismo tiempo, la participación de algunos mimbreros en ferias y mercados internacionales.

Palabras finales

El mimbre de Chimbarongo se muestra como un producto típico patrimonial, con antecedentes registrados documentalmente desde 1762 para una producción que refleja un saber campesino traspasado de generación en generación durante cientos de años, elaborado con un producto específico, el Salix viminialis, producido en la misma zona, lo que permite afirmar que el mimbre de Chimbarongo cumple con fuertes condiciones para ser reconocido como Denominación de Origen.

La presente investigación permitió aclarar con mayor precisión el proceso histórico del mimbre de Chimbarongo. Por un lado, la documentación colonial muestra el registro más antiguo de uso de elementos de mimbre, casi 150 años antes de lo sostenido por la teoría. Además, se detecta el desarrollo de dos líneas de productos: utensilios domésticos y muebles de mimbre. La tradición de los utensilios domésticos se remonta al antiguo Oriente y a las culturas prehispánicas de América, mientras que la trayectoria del mueble comenzó lentamente a mediados del siglo XIX, impulsada por las grandes tiendas, el comercio británico y una élite liberal que difundieron esta moda desde las revistas ilustradas como Caras y Caretas, Sucesos y Zig-Zag. Para la historia del mueble en mimbre de Chimbarongo, un papel crucial le cupo a la Fábrica Nacional de Muebles de Mimbre, que abrió un mercado interno y masivo para esta nueva faceta productiva.

El mimbre de Chimbarongo demostró la resistencia cultural de su arte, implicó una diversidad amplia de influyentes actores e instituciones que actuaron sobre el firme sustrato cultural de los mimbreros. En definitiva, los mimbreros de Chimbarongo sobrevivieron junto con su arte porque son depositarios de antiguas técnicas y tradiciones, más allá del rol que cupo al Estado o a la Academia en distintos momentos de la historia.

Junto con ello, los productores mimbreros lograron capitalizar un conocimiento y desplegarlo en productos con una tipicidad de alto valor e interés comercial, superando así las dicotomías que reflejaron la EAO, la EAA, la Universidad de Chile y el Estado en la escisión entre la utilidad y la belleza o la dificultad de convertir un producto típico en un producto rentable, sin perder tipicidad ni convertirse en un commodity. Los mimbreros de Chimbarongo también enfrentaron el cambio drástico del modelo económico en 1975, lo que terminó por guiarlos hacia la innovación y modernización de las formas tradicionales de utensilios y muebles.

El mimbre de Chimbarongo alcanzó fama y prestigio a nivel nacional gracias a la apertura de la Carretera 5 Sur. La carretera se transformó en una gran vitrina donde expusieron sus productos al público y dieron a conocer sus obras de creación. Fue una especie de estrategia comercial inconsciente, que nació de la necesidad y la desesperación de poder vender sus productos; respondió a una asfixia económica, a un acto desesperado de parte del cultor.

Junto con aclarar la evolución del arte en muebles y utensilios de Chimbarongo, desde aquí se pueden desprender los pilares básicos para sustentar una Denominación de Origen. La reputación que goza hoy día Chimbarongo como capital del mimbre se apoya en la antigüedad de un saber campesino. El mimbre de Chimbarongo posee un espacio geográfico productivo delimitado más allá de los límites políticos administrativos de la comuna, que toca a San Fernando, Placilla, Chépica, Nancagua y Chimbarongo. Tiene una materia prima específica, de calidad distintiva y una base sólida de poco más de 400 productores, guardianes de la cultura del mimbre de Chimbarongo.

Agradecimientos

Universidad de Santiago de Chile, USACh. Agradecimientos Proyecto POSTDOC_DICYT 031794LG, Vicerrectoría de Investigación, Desarrollo e Innovación. Proyecto FONDECYT Iniciación 11160222

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1La mayor parte de estas publicaciones fueron socializadas a través de la revista Narria, dependiente del Museo de Artes y Tradiciones Populares de la Universidad Autónoma de Madrid, aparecida entre 1975 y 2013.

2http://www.ecoturismocuenca.com/noticias/temporada-del-mimbre/ http://www.tuscasasrurales.com/blog/la-ruta-del-mimbre-en-cuenca/

3http://www.fundacionraicesvivas.org/single-post/2015/10/02/Chimbarongo-la-comuna-del-mimbre

4Fechados corroborados al año 2013. http://fundacionmonteverde.cl/. Consultado el 26.07.2017.

5En Chile solo hay una especie nativa de esta familia, la Sálix humboldtiana. El Sálix viminalis, que actualmente se utiliza en Chimbarongo y en el mundo para la elaboración de objetos de mimbre, fue introducido en América vía Santo Domingo, hacia 1505 (Romero et al., 2004).

6Autos de Inventario y Partición de Bienes de Valentín Peña. 1788. AHN, Fondo Judiciales San Fernando, Legajo 25, Pieza 8, f. 3v.

7Partición de bienes de Miguel Valenzuela. Estancia Chépica de Chimbarongo, 23 de noviembre, 1762. AHN, Judiciales de San Fernando, Legajo 10, Pieza 5, fs. 9 y 9v.

8Lorenzo González con Don Santiago Gálvez sobre los bienes el segundo y de la finada Doña María González, Don Lorenzo González y Don José Gutiérrez. AHN, Fondo Judiciales San Fernando, Legajo 10, pieza 13, f. 9v.

9Puede verse la imagen en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-85853.html http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-81462.html

10Dado el nivel de desarrollo industrial del país en la época, con el nombre de ‘fábrica’ no puede pensarse en el modelo de una fábrica moderna mecanizada, sino más bien en un taller especializado con maquinaria básica y una cantidad limitada de operarios.

11El Imparcial, San Fernando, 23 de enero, 1916.

12El Liberal, San Fernando, 2 de mayo, 1914.

13https://www.interplan.com.ar/ayuda/como-funciona

14El Imparcial, San Fernando, 17 de febrero, 1916.

15Muebles de mimbre La Parisien, La Chispa, Rancagua, 10 de agosto, 1944; y la firma Ferreira Castillo, El Rancagüino, Rancagua, 6 de febrero, 1948.

16La Región, San Fernando, 23 de enero, 1975.

17El Rancagüino, Rancagua, 25 de octubre, 1975.

18El Rancagüino, Rancagua, 30 de abril, 1986, p. 11.

19Ibíd.

20Op. cit.

21El Rancagüino, Rancagua, 15 de mayo, 1995.

Recibido: 09 de Marzo de 2018; Aprobado: 20 de Marzo de 2019

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