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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.39 Osorno dic. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012014000200020 

NOTA

 

NOTAS SOBRE MÍMESIS. LA REPRESENTACIÓN DE LA REALIDAD EN LA LITERATURA OCCIDENTAL, DE ERICH AUERBACH1

Notes on Mímesis: the representation of reality in western literature, by Erich Auerbach

 

Raúl Rodríguez Freire*

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso*, Instituto de Literatura y Ciencias del Lenguaje, Viña del Mar, Chile.

Dirección para correspondencia


I

Gracias a Edward Said, uno de los más renombrados lectores de Auerbach, se nos ha hecho habitual comenzar a resaltar no el famoso inicio de Mímesis (1942), aquel donde se compara el reconocimiento de Ulises por parte de su nodriza Euriclea, con el sacrificio de Isaac, sino su final, precisamente el penúltimo párrafo, donde el autor refiere las condiciones bajo las cuales escribió este libro hacia la mitad de su exilio en Estambul, en plena Segunda Guerra Mundial, y exactamente hace setenta años:


Ahí no existe ninguna biblioteca bien provista para estudios europeos, y las relaciones internacionales estaban interrumpidas, de modo que hube de renunciar a casi todas las revistas, a la mayor parte de las investigaciones recientes, e incluso, a veces, a una buena edición crítica de los textos. Por consiguiente, es posible y hasta probable que se me hayan escapado muchas cosas que hubiera debido tener en cuenta y que afirme a veces algo que se halle rebatido o modificado por investigaciones nuevas […] Por lo demás, es muy posible también que el libro deba su existencia precisamente a la falta de una gran biblioteca sobre la especialidad; si hubiera tratado de informarme sobre todo lo que se ha producido sobre temas tan múltiples, quizá no hubiera llegado nunca a poner manos a la obra (525)2.














En El mundo, el texto y el crítico, uno de los principales libros de Said, la primera mención de este trabajo, es la siguiente: “Todo lector de Mímesis, de Erich Auerbach, uno de los libros de crítica literaria más admirados e influyentes que jamás se hayan escrito, queda impresionado por las circunstancias en que se produjo la escritura del libro” (16). Vemos que a Said no le interesa, ni aquí ni en otro lugar y a primera instancia, el método filológico de Auerbach, sino algo así como una condición existencial que encontramos a lo largo del trabajo del alemán, dado que Mímesis es uno de los mayores libros del humanismo occidental escrito precisamente desde su borde externo, desde la misma tierra que vería partir hacia el exilio al primer historiador de Grecia.

Dado su origen judío, en 1935 tuvo que renunciar a su puesto en la Universidad de Marburgo para terminar instalándose en Turquía un buen tiempo (1936-1947) trasladándose posteriormente a Estados Unidos, donde fallecería en 1957. Auerbach, como Said mismo, vivieron el resto de sus vidas en el exilio (salvedades aparte), y ambos hicieron de esta condición una posibilidad para la crítica. En el ensayo “Philologie der Weltliteratur” (1951), Auerbach hace suya una reflexión de Hugo de Saint-Victor que le permite leer la producción textual de más de veinte siglos con una requerida distancia estratégica: “El hombre que encuentra dulce su tierra natal es todavía un tierno principiante; aquel que hace de toda tierra su tierra natal es ya fuerte; pero la persona perfecta es aquella para quien el mundo entero es como una tierra extranjera” (De Saint-Victor, 101). De Saint-Victor apuntaba en el siglo XII, a uno de los requerimientos más importantes para aprender a leer, dado que esta cita se encuentra en el tercer libro del Didascalicon, correspondiente a la reflexión de un capítulo titulado “Sobre una tierra extranjera”, tierra a la que pertenece, según De Saint Victor, todo aquel dedicado al pensar, pero que él llamaba, en su siglo, filósofo.

Esta frase, señaló más tarde Auerbach en “Philologie der Weltliteratur” que nos llegó en español en el 2005, estaba dirigida a quienes deseaban abandonar su amor terrenal, pues la cita continúa así: “El alma tierna ha depositado su amor sobre un lugar en el mundo, el hombre fuerte ha extendido su amor a todos los lugares; el hombre perfecto ha eliminado esto” (819-820). Sin embargo, Auerbach pensaba que estas palabras también pueden representar lo contrario, el amor por el mundo, un amor que resuena fuertemente en Said, quien, junto a su esposa, tradujo al inglés este famoso ensayo.

II

Ahora bien, luego de varios años de encontrarse ausente de una parte representativa de las librerías de lengua española (como también de algunas bibliotecas), la reciente aparición de Mímesis, impulsada tal vez por el texto introductorio que escribió Said para la edición en inglés publicada cuando se cumplieron 25 años de su traducción al inglés, nos permite volver a discutir su pertinencia más allá de su potencia existencial, con tal de retomar su fuerza crítica y, también, política. Ello porque un desarrollo teórico más o menos reciente ha regresado al trabajo crítico de Mímesis, pero también una serie de publicaciones acaecidas en los últimos años ha recordado que Auerbach todavía tiene mucho que aportar a nuestro tiempo3. Me refiero en particular a la teoría estética del filósofo francés Jacques Rancière, quien de manera no siempre explícita, ha retomado el desplazado análisis filológico para reinscribirlo en nuestra contemporaneidad; pero antes de señalar el lugar que Mímesis adquiere en estas líneas, necesitamos recordar en qué consiste.

Cuando Auerbach escribió Mímesis, el hilo conductor con el que analizó los distintos textos que se encargaban de la representación de la realidad, tenía un nombre: interpretación figural, una forma de leer que le permitió, como indica el subtítulo, ocuparse de “la representación de la realidad en la literatura occidental”. Cuatro años antes de que su libro más conocido entrara en circulación, y, por tanto, también desde el exilio, Auerbach había publicado en una revista de filología un ensayo titulado “Figura” (1938), donde ya hacía gala de su productiva mezcla de historia y crítica literaria que caracterizará a Mímesis. Recordemos que la interpretación figural es un método de lectura que se vale de dos términos centrales, la figura como tal y la consumación o cumplimiento, y que surgió cuando los cristianos necesitaban conciliar el Antiguo Testamento con el nuevo, cuando necesitaban explicarse a Cristo. Para aquellos lectores, el primer término configura y da cumplimiento al segundo.

Para Auerbach, la figura es un acontecimiento verdadero e histórico que representa y anuncia otro acontecimiento igualmente verdadero e histórico. En Mímesis, la define citando su propio trabajo “Figura” del siguiente modo: “La interpretación ‘figural’ establece una relación entre dos acontecimientos o personas, por la cual uno de ellos no solo tiene su significación propia, sino que apunta también al otro, y éste, por su parte, asume en sí a aquel o lo consume. Los dos polos de la figura están separados en el tiempo, pero, en tanto que episodios o formas reales, están dentro del tiempo” (75-76)4. Este será entonces el método que le permitirá recorrer no el devenir de la representación, sino el de la realidad representada a lo largo de su historia. Ello porque como ha recordado de manera acertada Hayden White (1996), el subtítulo de este libro (Dargestellte Wirklichkeit in der abendländischen Literatur) desvía la atención del objetivo de Auerbach, pues su acento no estaba puesto tanto sobre la “realidad” como sobre la “representación”. Tal traducción impide comprender entonces que en Mímesis representación (Vorstellung) no se corresponde con un objeto —como se desprende del subtítulo—, sino con una actividad, la actividad misma de presentar una realidad (Wirklichkeit). Para White, por tanto, la mejor forma de comprender el subtítulo sería “la realidad presentada en la literatura occidental”.

Por otra parte, si bien en Mímesis Auerbach rechaza dar una definición de realidad (506), no es difícil indagar en lo que por ella entiende, pues debemos recurrir a Giambattista Vico (no extraña otra referencia obligada para Said) para señalar que para el filólogo alemán la realidad es la naturaleza humana modulada desde la historia (de manera cíclica diría el napolitano), realidad que ha sido y seguirá siendo producida por la acción de los humanos a lo largo de su porfiado devenir, y es por ello que podemos conocerla. Se ha dicho que Auerbach inició su carrera ocupándose de Vico, lo cual no es del todo cierto. Antes de publicar su traducción de La Scienza nuova al alemán en 1924 y la introducción a la filosofía de Vico de Benedetto Croce en 1927, ya había publicado la traducción de un soneto de Dante y un pequeño (pero significativo) ensayo sobre el florentino en 1921 (Ginzburg, 2011). Lo que entonces sí es cierto es que Vico y Dante serán dos de las mayores preocupaciones que Auerbach mantendrá a lo largo de toda su vida académica y ambos estarán presentes en la estructura de Mímesis, aunque no siempre de manera explícita. Su primer ensayo sobre Vico data de 1922, pero más relevante para nosotros resulta uno posterior titulado “Vico y el historicismo estético”, escrito inicialmente para ser presentado como conferencia en la American Society for Aesthetics (Cambridge, 1948), y también publicado en  una revista de filología un año más tarde. En este texto podemos encontrar de manera más precisa lo que llevó a Auerbach a interesarse por el pensador napolitano:

 

[L]a convicción de que cada civilización y cada periodo tiene sus propias posibilidades de perfección estética; que el trabajo del arte de diferentes periodos y pueblos, además de sus determinadas formas de vida, debe ser entendido como el resultado de condiciones individuales variables, y cada producto tiene que ser juzgado por su propio desarrollo, no según reglas absolutas de belleza y fealdad (Vico and Aesthetic, 415).






De manera que para Auerbach, el horizonte estético es una determinada (“nuestra” indica él) perspectiva histórica fundamentada en el historicismo, perspectiva realizada en la época de los hombres, pues “no hay conocimiento sin creación” humana. Así que si la historia es hecha por los hombres, entonces puede y debe ser comprendida por ellos: solo podemos conocer aquello que hemos hecho, señaló con una radical convicción. Mímesis entonces no es tanto un libro sobre la representación como tal, es decir, de la “imitación” de una realidad extraverbal; es, en cambio, un libro acerca de las formas en que la experiencia humana ha sido re-presentada en diversos textos a lo largo de la historia; y como esta cambia con cada época. Cada época tendrá su propia figuración de la experiencia e incluso más de una, como lo indica de una manera magistral “La cicatriz de Ulises”, el ensayo con el cual inicia Mímesis, al comparar el texto homérico con el Antiguo Testamento, mostrándonos dos formas o estilos de representación que a lo largo de la historia tendrán encuentros y desencuentros, aunque siempre habrá alguno que domine o —como en el caso del mismo Auerbach— que se privilegie.

Por  último, para Vico, y también para Auerbach, el devenir terreno no tiene un punto de cierre, sino que se encuentra abierto a la transformación, lo que permite que la literatura siempre permanezca dispuesta a la renovación de sus formas de tratar la experiencia, así como al impacto de esta en el escritor mismo. Aquí es importante resaltar que esta renovación no obedece a ninguna relación temporal de causalidad, ya que el devenir de la literatura no es lineal, sino horizontal y anacrónico, como lo puede demostrar de manera muy clara el restablecimiento de la separación de estilos aristotélica realizada por el clasicismo francés, separación que tuvo lugar de una manera incluso más radical que la que le dio vida. Auerbach recuerda al Racine que llegó a presentar “el límite extremo de la separación estilística, del desprendimiento de lo trágico de lo cotidiano-real, a que ha llegado la literatura europea” (Mímesis, 365), pues ni la tragedia antigua, de donde provenía tal restablecimiento, fue tan intransigente. La diferenciación de estilos tan acentuada en la Poética de Aristóteles, tuvo altos y bajos, e incluso por momentos llegó a desaparecer, gracias a la hegemonía que logró alcanzar el método figural, que volvía irrelevante tal diferenciación, como muestra de manera magistral, para Auerbach, la Divina Comedia.

Es este punto, el quiebre de la poética aristotélica tan bien caracterizado y defendido por Auerbach, donde su trabajo es “rescatado” por una preocupación política que recorre el pensamiento de Rancière, que también estriba en la historia humana y sus modos de aprehensión. Si la épica iniciada con Homero se convertirá pronto en tragedia, enviando a la oscuridad de la noche toda esa historia humana a la que se le negará su lugar y su habla, pudiendo ser presentada tan solo de manera bufa y adoquinezca en la comedia, Rancière insistirá que la translocación de la poética aristotélica se funda, por tanto, en un acontecimiento político. Auerbach rastreará aquella negada presencia a lo largo de los siglos, hasta encontrar en el realismo de Zolá uno de los mejores antídotos contra las leyes del estagirita, cuestión que devela un compromiso político importante en la obra del filólogo, pero que, sin embargo, apenas ha sido considerado. En su acaecer, tanto la diferenciación genérica, animada por un decoro apropiado a la naturaleza de las acciones invocadas, como su indiferenciación a partir del Antiguo Testamento, tuvieron que vérselas con la “profunda historicidad”, negada por uno y resaltada por otro, dado que, “tal como se formaron en los primeros tiempos, han ejercido su acción constitutiva sobre la representación europea de la realidad” (Mímesis 30).  

III

Si la política es, como señala Rancière, la injerencia en el reparto de lo sensible, entonces una determinada literatura es política porque no hace otra cosa que permitir una forma heterogénea del reparto, porque lo que la literatura ha permitido al dejar el régimen mimético de lado, es decir, con la emergencia del régimen llamado estético es, como en Balzac, la aparición “de cualquier tema, incluso el más bajo, a ser tratado seriamente y, por tanto, la mezcla de estilo”, esa misma mezcla que ya inicia Dante y realiza, magistralmente para Auerbach, Zolá. Esta lectura tendrá un gran eco en Rancière, dado que es a partir del autor de Mímesis que el filósofo radicalizará su comprensión de la literatura. En un pequeño texto publicado inicialmente en Río de Janeiro en 1995, Rancière señalaba que “la novela, como género —realista— moderno de la literatura, es posible cuando ‘la totalidad de vida’ deja de ser presentada simplemente como una dimensión extensiva de acciones situadas sobre un nivel único, y la inteligibilidad de gestos, palabras, y acontecimientos relatados comienzan a ser tratados en una relación vertical respecto al fondo que los dispone en una perspectiva dramática y como un destino de humanidad” (The Body, 73).

En otras palabras, Rancière reconoce aquí que fue Mímesis el libro que le permitió percibir aquella estética que realiza el quiebre de lo que él mismo llama el régimen mimético aristotélico. Un par de frases más adelante, lo explicita: “Este punto de vista, señala Auerbach, es el que nos permite fundar la tradición del realismo novelístico, y romper así con el tabú de la división aristotélica de los géneros poéticos impuestos sobre tal representación. En efecto, aquella tradición clasificó los géneros según la dignidad del sujeto representado. Géneros elevados —la tragedia o la epopeya— apropiados únicamente para personajes elevados, como reyes o héroes. La representación de los estratos bajos era trabajo de géneros bajos, como la comedia y la sátira. Y Auerbach presenta la historia de la negación de Pedro como un contrapunto a dos historias que marcan los límites del poder de representación en la tradición literaria antigua”.

Vemos aquí a un Rancière mostrando su filiación realista explícitamente, de manera que nos llama muchísimo la atención que en sus posteriores obras, el nombre de Auerbach y el título Mímesis, desaparezcan de ellas. Aún más cuando vemos que no solo el pensamiento estético de Rancière podría estar influido por Auerbach, sino también sus textos filosóficos, pues nuestro autor ya había sido relevante para un trabajo anterior de Rancière, y prácticamente por el mismo interés que ya hemos señalado. A inicios de los noventa publicaba Los nombres de la historia (1992), donde Mímesis nuevamente resaltaba por su interés en la historicidad de la vida humana. Rancière escribe:

 

En el capítulo dieciséis del primer libro de los Anales, Tácito nos relata un acontecimiento subversivo: la revuelta de las legiones de Panonia, excitadas, al día siguiente de la muerte de Augusto, por un oscuro agitador de nombre Percenio. Si este pasaje llama nuestra atención es, por supuesto, porque ya ha sido objeto de un comentario magistral, el de Erich Auerbach, quien, en el segundo capítulo de Mímesis, comenta la representación que da Tácito de una palabra y de un movimiento populares oponiéndola a la que ilustra, en el evangelio de San Marcos, el relato de la negación de San Pedro (36).







Lo que hace interesante la tesis de Rancière es que el realismo descrito por Auerbach es leído en clave política, y es ello lo que le permite acentuar la radicalidad que acompaña la emergencia de aquello que llama un nuevo régimen de visibilidad, un régimen para el cual el arte no es político por los mensajes que porta, ni por la representación de los conflictos sociales que pueda realizar o vehiculizar.

Para Rancière el arte o la literatura son políticos en tanto arte o literatura, porque para este régimen lo político reside en “la distancia que toman con respecto a sus funciones, por la clase de tiempos y de espacio que instituye, por la manera en que recorta este tiempo y puebla este espacio” (Rancière, El malestar, 33); en otras palabras, es político porque logra instituir un espacio común diferente y específico al recortar una esfera particular de la experiencia, porque logra “reconfigurar el reparto de lo sensible que define lo común de la comunidad, en introducir sujetos y objetos nuevos, en volver visible aquello que no lo era y hacer que sean entendidos como hablantes aquellos que no eran percibidos más que como animales ruidosos” (35). En síntesis, el arte y la literatura son políticos porque se plantean de manera heterogénea al Auerbachensorium de la dominación que vehiculiza el discurso poético de Aristóteles. Este es, en parte, un descubrimiento de Auerbach, un descubrimiento que nos permite comenzar a releer Mímesis más allá de su condición existencial, que es una de las formas más comunes en que se lo ha estado leyendo, con tal de restablecer su potencia crítica, y ver qué nos puede decir la representación figural en un mundo denominado como poshistórico. Es más, me atrevería a señalar, para concluir, que el historicismo de Auerbach bien podría ser el antídoto que necesitamos para comprender la realidad representada una vez que se ha declarado la muerte de la representación y la muerte de la realidad.     

NOTAS

1 El presente texto forma parte del proyecto “Del género humano al capital humano: una arqueología de las humanidades en Chile”, financiado por Fondecyt-Chile (3130597).

2 Un año después de haber publicado Mímesis (1942), Auerbach escribió un libro para sus alumnos de Turquía, Introduction aux etudes de philologie romane (Frankfurt: Klostermann), que fue publicado en traducción en 1944 y en francés, lengua original del libro, en 1948. En el prefacio de esta edición leemos una sentencia similar a la del epílogo citado: “Este libro fue escrito en Estambul en 1943 […] Eso aconteció durante la guerra: estaba lejos de las bibliotecas europeas y norteamericanas; casi no tenía contactos con mis colegas del extranjero, y hacía mucho tiempo que no leía libros ni revistas recién publicadas”.

3 Ver Barck Karlheinz y Treml Martin, 2007; y Tortonese, 2009.

4 Véase Figura, p. 99.

OBRAS CITADAS

Auerbach, Erich. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. Trad. Ignacio Villanueva y Eugenio Ímaz. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2011.         [ Links ]

------- “Filología de la literatura universal”, En José Manuel Cuesta y Julián Jiménez (eds.). Teorías literarias del siglo XX. Madrid: Akal, 2005 [1952]. 809-820.         [ Links ]

------- Figura. Madrid: Trotta, 1998 [1944]         [ Links ].

------- “Vico and Aesthetic Historism”. The Journal of Aesthetics and Art Criticism 8.2 (1949): 110-118.         [ Links ]

------- Introduction aux etudes de philologie romane. Frankfurt: Klostermann, 1948.         [ Links ]

Barck, Karlheinz y Martin Treml (eds.).  Erich Auerbach. Geschichte und Aktualität eines europäischen Philologen. Berlin: Kulturverlag Kadmos, 2007.         [ Links ]

Ginzburg, Carlo. “Dante y Auerbach: algunas reflexiones”. Dimensión histórica de Chile 1.1 (2011): 35-53.         [ Links ]

Rancière, Jacques. El malestar en la estética. Buenos Aires: Capital Intelectual, 2011.         [ Links ]

------- Políticas da escrita. Río de Janeiro: Editora 34, 1995.         [ Links ]

Saint-Victor, Hugh of. The Didascalicon of Hugh of Saint Victor: a Guide to the Arts. New York: Columbia University Press, 2006.         [ Links ]

Tortonese, Paolo. Erich Auerbach, la littérature en perspective. Paris: Presses Sorbonne Nouvelle, 2009.         [ Links ]

White, Hayden. “Auerbach’s Literary History: Figural Causation and Modernist Historicism”, en Seth Lerer (ed.). Literary History and the Challenge of Philology: the Legacy of Erich Auerbach. Stanford: Stanford UP, 1996, 123-143.         [ Links ]

Correspondencia a:

Avenida El Bosque 1290, Santa Inés, Viña del Mar (Chile)
rodriguezfreire@gmail.com

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