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Alpha (Osorno)

versión On-line ISSN 0718-2201

Alpha  no.40 Osorno jul. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012015000100018 

RESEÑA

Bruno TACKELS. Walter Benjamin: Una vida en los textos. Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2012, 663 pp. Traducción: Josep Aguado Codes, Inmaculada Miñana Arnao


La obra de Walter Benjamin (1892-1940) empezó a ser valorada tardíamente, a partir de los años sesenta del siglo XX, pero desde entonces ha conocido una fortuna crítica en auge permanente. Para el lector en castellano fue una magnífica noticia la aparición del Libro de los Pasajes por la editorial Akal en 2005, pero sobre todo el emprendimiento de la publicación de las Obras Completas en 11 volúmenes por parte de Abada desde 2010 (no así en Francia, como se lamenta Bruno Tackels en la postdata del libro). La crítica chilena ha ido realizando aportaciones de valor como los ensayos de Elizabeth Collingwood Selby y Federico Galende, ediciones y traducciones como las de Pablo Oyarzún, o publicaciones por parte de editoriales como Metales Pesados, entre muchos otros, e incluso el Centro Gabriela Mistral en Santiago de Chile acogió, entre el 18 de abril y el 30 de junio de 2011, parte de la importante muestra “Walter Benjamin. Constelaciones” que el Círculo de Bellas Artes de Madrid le dedicó del 17 noviembre de 2010 al 6 febrero de 2011, con la publicación del catálogo de los archivos del pensador.

Y hablando de Chile y de Benjamin, el filósofo y crítico teatral Bruno Tackels (1965-), quien ya había publicado trabajos como L’OEuvre d’art à l’époque de Walter Benjamin (2000) o Petite introduction a Walter Benjamin (2001), confiesa en el prólogo del libro que aquí reseñamos que se decidió a emprender la tarea monumental de escribir un trabajo biográfico sobre Benjamin estando con su amigo Matthias Langhoff justamente durante un viaje en 2008 “en el último rincón de Chile” (16). Enfrentar la tarea de escribir una biografía sobre Benjamin, o mejor dicho un “Essai biographique”, como se encarga de recalcar el autor en el prólogo, no es tarea fácil, más teniendo en cuenta los precedentes: el valioso testimonio personal de Gershom Scholem, y los ensayos de Bern Wite o Pierre Missac, por citar sólo unos pocos. El subtítulo “Una vida en los textos” da cuenta de la imbricación que, en el caso de Benjamin, hubo entre vida y obra y que Tackels desgrana en veintiséis capítulos, dedicados, a partir del quinto, “1923”, a cada año de la vida del filósofo hasta 1940. Constituyen la excepción los capítulos dedicados exclusivamente a los trabajos de la Obra de arte en la época de su reproducción técnica (cap. XIX) y el Libro de los Pasajes (cap. XXIII). Pero “ensayo biográfico” también remite a la concepción de que “los textos iluminan la vida, y no al revés” (435). Este libro no es ni un ensayo ni una biografía clásica. Se opone a cualquier “biografismo”, porque como decía el mismo Benjamin “la vida no aporta nada a la explicación de la obra” (19). Invierte el dispositivo convencional y se basa en los textos para explicar la vida, una vida consagrada al acto de escribir. Según Tackels, la vida de Walter Benjamin está “cifrada”, escrita por debajo de su obra de escritor.

El esforzado trabajo de Tackels se fundamenta en dos pilares: la copiosa correspondencia benjaminiana por un lado —ese “arte de escribir a distancia” como decía él— y la propia obra del pensador por el otro; cuando no, las memorias, diarios y recuerdos de sus contemporáneos. Subrayemos en primer lugar uno de los méritos del trabajo: la claridad. Gracias a este ensayo, Tackels logra esclarecernos aspectos a menudo complicados o directamente impenetrables del pensamiento de Walter Benjamin, deshace malentendidos y ensancha su comprensión. En este sentido, el libro contiene un afortunado anexo formado por diez “Notas de lectura” que profundizan    —entre cinco y diez páginas cada nota excepto las treinta dedicadas a “la obra de arte”—en lo que el autor considera los estudios más representativos de Benjamin: los ensayos sobre Hölderlin, el lenguaje, la traducción, Goethe, el drama barroco alemán, Karl Kraus, Kafka, la obra de arte, Baudelaire y los pasajes parisinos. A parte de esto, el autor escribe a modo de prólogo y postdata una carta destinada a Benjamin, donde lo pone al corriente de los problemas políticos, sociales y culturales de la situación global en la actualidad y todos los temas que él, Benjamin, había anticipado e intuido que iban a suceder, sin por ello perder la esperanza en los cambios a venir.

Otra virtud del libro es la capacidad de Tackels para establecer vínculos entre las experiencias, viajes y lecturas del Benjamin joven con determinados estudios del Benjamin maduro. El libro abre pistas de lectura de temas a veces desconsiderados o simplemente ignorados por la crítica. Enlaza temas (ideas cazadas al vuelo, iluminaciones e intuiciones) mencionados en cartas a sus amigos, retomados años más tarde y cristalizados en ensayos más o menos extensos.

Sin ánimo de revelar la sustancia del libro, cosa por lo demás imposible en poco espacio, quisiera destacar algunos aspectos biográficos de Benjamin que me parecen notables. Decir en primer lugar que Walter Benjamin fue muy consciente de estar viviendo en un mundo atravesado completamente por la muerte, y buscó y encontró sosiego cuando descubrió tierras nuevas, en particular islas: Capri, Ibiza, las costas danesas o, su última isla, la Biblioteca Nacional de Francia en París. Siempre, eso sí, acompañado de sus protectores, los libros. Fue incapaz en toda su vida de comprometerse políticamente y convivió con dos exigencias irreconciliables: entre “una rigurosa ley social y la salvaje libertad individual” (44). Además, sintió verdadera devoción por los libros y sufrió en cada exilio por su biblioteca y el destino de su colección, lo que dio origen al exquisito ensayo “Desembalo mi biblioteca”. Desde el Bachillerato elaboró una lista con los libros  que había leído (más de mil setecientos) en un cuaderno, lista publicada a menudo con el mencionado ensayo (300, nota 10) que da cuenta de la increíble amplitud intelectual de este filósofo.

Señalar también que siempre mantuvo una “relación extraña” tanto con el dinero como con las mujeres. En uno de los momentos de mayor precariedad económica, en 1933, cuando entraron en su apartamento de Berlín a robar, le escribió a Scholem acerca del vínculo, creía Benjamin, entre la pobreza y el mal: “Aquí vemos hasta qué punto la pobreza es un mal y cómo los arreglos de orden práctico que inspira forman parte del universo diabólico” (299). Destaca el contraste entre la desahogada situación económica de juventud por su origen burgués, cuando su padre lo mantenía y él podía viajar por Europa a placer, y los últimos años de su vida, casi en la pobreza total. Con las mujeres, su capacidad de seducción se daba en el plano intelectual, mediante su encantadora conversación, pues no era precisamente atractivo físicamente (una de sus amantes dijo incluso que Benjamin era “incorporal”).

Desde muy temprano se sintió distinto al resto de sus compañeros —Tackels califica su infancia de “desfasada”— y a partir de las excursiones a la campiña que realizaban en la escuela teorizó acerca de la postura del viajero, original y sin modelo: leer y viajar. La lectura es parte esencial del viaje, que en el fondo, es al mismo tiempo una lectura. Probablemente el escritor W.G. Sebald es quien haya llevado más lejos esta premisa, acarició la posibilidad de ser librero y llegó a desempeñarse como grafólogo en Berlín dando clases particulares. La conocida sentencia que “la historia debería poder leerse en los posos de café” (120) demuestra su interés por lo irracional, por la grafología y la quiromancia, por lo anecdótico y lo desatendido, por lo banal y lo kitsch.

Una de las imágenes recurrentes para definir las relaciones sociales de Benjamin es la del “oso tímido y torpe”, según la expresión de su amigo Jean Selz (399). Incapaz de interesarse por cualquier otra cosa que no fueran sus preocupaciones y reflexiones intelectuales, su prodigiosa agilidad mental era inversamente proporcional a su lento desplazamiento corporal. Este caminar pesado devenía muchas veces en parada para reflexionar, y los descubrimientos, acompañados de la doble exclamación francesa “tiens, tiens”. Por ello, algunos jóvenes alemanes lo apodaron jocosamente “Tiens-tiens”. Pero esta imagen de bonachón ceremonioso podía transformarse de repente en violentos ataques de cólera por nimiedades como perder una partida de ajedrez. Incluso para la burguesía progresista e ilustrada Benjamin era un tipo raro, hasta desfasado, como explica Tackels a propósito de las discusiones con la mujer de su amigo Franz Hessel cuando convivieron juntos en Berlín (254). Benjamin colocó un gran contrapeso a su vida (muy a menudo) solitaria y en permanente exilio: el arte de escribir a distancia —esbozó, como no, una “Teoría de la correspondencia” en estado fragmentario—. Tackels sabe dar cuenta minuciosa del intercambio epistolar de opiniones que siempre mantuvo con su amigo Gershom Scholem, para determinados temas, pero también con Gretel Adorno, confidente permanente ante la creciente precariedad económica en sus últimos años en París y protectora de su biblioteca en Berlín. Sorprende ver cómo Benjamin sometió continuamente su obra a la crítica de un “triángulo infernal” (381) formado por Brecht, Scholem y Adorno en cada uno de sus vértices, atenazado y debatiéndose muchas veces entre posiciones irreconciliables.

El capítulo relativo a la “obra de arte”, de los más brillantes sino el que más, merece una mención aparte y puede leerse como un ajuste de cuentas con Max Horkheimer y el “Instituto de Frankfurt”. Tackels es buen conocedor del ensayo acerca de la época de la reproductibilidad técnica y desgrana las vicisitudes y obstáculos que tuvo que sortear Benjamin, y hasta la humillación que tuvo que soportar para poder publicar el trabajo, apremiado en París por una situación de extrema precariedad, frente a las exigencias (“orientaciones”), casi sin escrúpulos, de un Horkheimer cómodo y prepotente desde su posición en Nueva York.

Además, un aspecto biográfico de Benjamin en el trabajo de Tackels llama la atención por su ausencia. Nos referimos al hijo de Dora y Walter, Stefan Benjamin, nombrado apenas un par de veces —en contraste con el testimonio de Scholem—. Y es que la relación que mantuvo el filósofo con su hijo, a juzgar por el libro, fue casi inexistente después de la separación con Dora. Sobre el “misterio” que envuelve la muerte de Benjamin (titulada por Tackels “un mito absoluto”) y la famosa maleta perdida de manuscritos en Portbou, se dedica un breve capítulo que esclarece perfectamente lo sucedido —y que aquí no vamos a revelar— con testimonios de primera mano.

Una ojeada al índice onomástico nos da pistas acerca de las figuras más relevantes en las páginas de la biografía benjaminiana: Theodor y Gretel Adorno, Baudelaire, Bretch, Goethe, Hofmannsthal, Horkheimer, Kafka, Asja Lacis, Marx, y de forma destacada Gershom Scholem. Tal vez se echa de menos, en un libro de semejante extensión, un índice no solo onomástico sino también temático (similar por ejemplo al del estudio sobre los pasajes de Susan Buck-Morss). Pero sin lugar a dudas es imperdonable la considerable cantidad de faltas ortográficas  que una simple corrección de estilo habría resuelto y que salpican el texto aquí y allá por todas partes, de la primera a la última página (incluidas por cierto). Una pena. Una pena porque una estudio biográfico de tal calado y seriedad no lo merece.

Este libro, en fin, nos acerca a una comprensión del pensamiento de Walter Benjamin cuyo sentido está íntimamente relacionado con sus vivencias. Quizás la mejor forma de cerrar estas líneas sea un testimonio que esboza el retrato del filósofo en pocas palabras. Habla Jean Sealz, amigo de Benjamin durante los denominados “años franceses”, o últimos años de su vida: “Walter Benjamin es uno de los hombres más inteligentes que, en mi vida, he conocido. Es, quizás, el único que me haya dado con tanta fuerza la sensación de que existe una profundidad del pensamiento en la que, arrastrados por una rigurosa lógica de razonamiento, hechos precisos de la historia y de la ciencia se sitúan en un plano en el que conviven con su doble poético, el mismo plano en que la poesía dejando de ser tenida por una forma del pensamiento literario se revela como una expresión de la realidad en la que se aclaran las relaciones más secretas entre el hombre y el mundo” (520).

David Caralt

Universidad San Sebastián
Escuela de Arquitectura
Lientur 1457, Concepción (Chile)
david.caralt@uss.cl

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