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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.45 Osorno Dec. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22012017000200077 

ARTÍCULO

LA MITOLOGÍA GRECORROMANA EN EL DISCURSO NARRATIVO DE LAS CRÓNICAS UNIVERSALES MEDIEVALES

Greco-roman mythology in the narrative discourse of the medieval universal chronicles

José Miguel de Toro Vial* 

*Universidad Católica de la Santísima Concepción, Facultad de comunicación, Historia y Ciencias Sociales, Alonso de Ribera 2850, Concepción (Chile), jmdetoro@ucsc.cl

Resumen:

Para reconstruir el pasado de Europa, los cronistas medievales debieron recurrir a un cúmulo de textos narrativos de origen griego y romano, atiborrados de elementos de carácter mitológico, dioses y héroes. En el presente artículo exponemos el proceso de evemerismo empleado por esos clérigos cristianos para depurar doctrinalmente la historia antigua. El análisis de las crónicas universales redactadas en el siglo XII muestra la construcción de un discurso narrativo basado en un rico lenguaje compuesto de sustantivos (fabula, mendacium), adjetivos (fabulosus, fictus, ridiculus, mendax) y sus derivados adverbiales, tendiente a desacreditar la veracidad de la mitología clásica.

Palabras clave: evemerismo; crónicas universales; mitología; fábulas; Edad Media

Abstract:

In order to reconstruct Europe’s past, the medieval chroniclers had to resort to a series of narrative texts of Greek and Roman origin, which were full of mythological elements, gods and heroes. In this paper we present the process of euhemerism used by these Christian clerics to doctrinally purify ancient history. The analysis of the universal chronicles written in the XII century reveals the construction of a narrative discourse based upon a rich language composed of nouns (fabula, mendacium), adjectives (fabulosus, fictus, ridiculus, mendax) and adverbs, with the purpose of discrediting the veracity of classical mythology.

Key words: euhemerism; universal chronicles; mythology; fables; Middle Ages

La narración de la historia en la primera cristiandad

El cristianismo nace asociado a la escritura de la historia. No solo mediante la composición de evangelios sinópticos y de la historia de la Iglesia, sino también como parte de un saber general al que aspira la conciencia cristiana. Esta se ha reflejado en la llamada ‘historia universal’, desde la creación del mundo, el punto cero absoluto del tiempo (Wallraff, 2005), hasta el presente, procurando abarcar la mayor cantidad de pueblos y civilizaciones. En el intento por reconstruir la historia antigua, los cronistas debieron recurrir a fuentes de origen diverso. Además de los escritos bíblicos, fuente principal por su antigüedad y preeminencia moral, la tarea de rescatar el pasado de la humanidad se hacía a partir de un conjunto de historiadores romanos como Tito Livio, Salustio, Suetonio, Julio César, Floro, Justino y otros, amén de los tratados de filósofos, retóricos y poetas (Sanford, 1944, p. 21-43).

Los intelectuales cristianos comenzaron a confeccionar epítomes de obras históricas clásicas y redactaron las primeras crónicas universales. En este empeño se enfrentaron a una historia llena de elementos provenientes de la mitología grecorromana. Los relatos se nutrían de las luchas entre los titanes, las hazañas de los semidioses, los logros artísticos de las musas y las construcciones maravillosas de artesanos dotados de una sabiduría propia de los númenes. Para lidiar con posibles problemas teológicos, los apologistas acometieron un largo proceso de depuración que ya habían iniciado los griegos de época helenística y que habían continuado los romanos, conocido como “evemerismo” por Evémero de Mesenia († c. 250 a.C.), quien postulaba que los antiguos dioses no eran más que personajes muy antiguos, divinizados en reconocimiento a su contribución a los pueblos (Bonnefoy, 482-484).

En esta labor destacó en primer lugar Eusebio de Cesarea (†339), especialmente en la composición de su Chronicon, que abarca un extenso arco temporal desde los tiempos de Abraham hasta el año 323. Esta obra, perdida irremisiblemente, la conocemos gracias a la traducción latina y continuación de ella efectuada por Jerónimo de Estridón (†420) en el año 380. En la misma línea profundizaron las reflexiones de Agustín de Hipona (†430), de Paulo Orosio (†s. V) y de Isidoro de Sevilla (†636). Este último contribuyó centrando la discusión en la distinción fundamental entre dos términos que se revelaron fundamentales en la escritura de la historia en la Edad Media: historia y fabula. Así declara el obispo hispano en sus Etimologías:

Existe también distinción entre ‘historia’ (historia), ‘argumento’ (argumentum) y ‘fábula’ (fabula). Historias son los hechos verdaderos que han sucedido; argumentos, sucesos que no han tenido lugar, pero pueden tenerlo; fábulas, en cambio, son aquellas cosas que ni han acontecido ni pueden acontecer, porque son contrarias a lo natural (1993; I, 44, 5)1.

La raíz de esta distinción se encontraba ya en los sabios romanos quienes, como Cicerón († 44 a.C.), contraponían el relato basado en los hechos ocurridos realmente y cuya finalidad es contar la verdad, y las narraciones poéticas con el objetivo de delectar al lector (De legibus, I, I, 5). En un contexto ya cristiano, san Pablo exhortaba a su discípulo Timoteo a rechazar las “fábulas profanas y los cuentos de viejas” (1 Timoteo 4,7), refiriéndose con ello tanto a las genealogías judías, con frecuencia de dudosa veracidad, y a la historia mitológica grecorromana (1 Timoteo 1, 3-4) (Mégier, 2002, p. 15-16). Isidoro de Sevilla (I, 41, 2), yendo aún más lejos que el orador romano, aclaraba que es condición propia de la historia el hecho de narrar “sin falsedad” (sine mendacio).

Este procedimiento se impuso como una necesidad de la cronística y se transformó en una práctica corriente que Paul Alphandéry calificaba de ‘exégesis mitológica’ (1934). Por la familiaridad de los lectores con esta situación, los autores muchas veces incluyen los acontecimientos pero sin mayores comentarios respecto de la historicidad de sus protagonistas. Las hazañas más asombrosas de los semidioses, en cambio, a menudo son señaladas como el grupo de fabulæ compuestas por los antiguos, añadiendo los calificativos de fictæ o aniles, términos que se hicieron recurrentes para designar el carácter ficticio de esas narraciones (Mégier, 2002, p. 15). De manera que los relatos teñidos de mitología pagana no eran más que fabulæ poetarum para los escritores cristianos.

En la presente investigación se han tomado crónicas universales escritas durante el siglo XII en los principales espacios culturales de la Europa occidental, es decir, el norte de Francia (al norte del río Loire), Flandes y el Imperio Germánico (Holtz y Poirel, 1998-1999, p. 159; Thomson, 2007, p. 19-42)2. Todas ellas fueron redactadas en latín y en un ambiente monacal, aunque conforme avanzaba el siglo la composición de crónicas fue desplazándose de los scriptoria benedictinos a centros de producción catedralicios (canónigos) o de las órdenes nuevas (cistercienses, premostratenses) (De Toro, 2014, p. 55-56). En ellas se revisó la sección de historia antigua correspondiente a las cinco primeras edades del mundo (Baura, 2012, p. 51-52), en especial los segmentos relativos a la historia de Grecia que es donde se concentran las referencias a las fábulas antiguas. Aquí se han analizado tanto las palabras asociadas a la presentación de las fábulas, así como los distintos argumentos para negar o explicar históricamente lo que se recoge en esos relatos.

El discurso narrativo de las crónicas universales

El monje francés Hugo de Fleury († post 1119) marcó en cierta forma la manera de proceder frente a las fábulas antiguas. Al abordar el problema en su Historia ecclesiastica, marcadamente inspirada en la obra homónima de Eusebio de Cesarea, adopta distintos procedimientos distinguiendo siempre y con claridad la fabula de la historia. En primer lugar, explica insistentemente el surgimiento histórico de las deidades paganas para que no quede duda de su condición humana. También se toma el tiempo de enumerar una larga lista de fábulas que no tienen ningún valor histórico para él, introduciendo el elenco de la siguiente manera: “Por aquel tiempo, las fábulas fueron creadas entre los gramáticos”3, donde estos dos vocablos producen el contexto y sitúan al lector en el campo de la ficción: el verbo invenire (sunt invente) y los gramaticos. La lista está constituida por Triptolemo, el Minotauro, los centauros, el monstruo Cerbero, Frixo y Hele, la Gorgona, Belerofonte y Pegaso, Anfión, Ícaro y Dédalo, Edipo, Anteo, Ganimedes, Tántalo y Dánae (Hist. eccl., ms BNF, 2v)4. De ahí la conclusión del cronista, tajante ciertamente pero que revela un alto grado de sentido histórico: “los acontecimientos que no pueden ser atribuidos a ningún rey o a ningún reino no pueden ser recibidos como históricos, sino que deben ser tenidos por cuentos de viejas” (Hist. eccl., Rottendorff, III, prólogo; traducción nuestra)5. Por la misma razón, en los escritos de Hugo así como en muchos otros de la época, vemos con frecuencia el uso del adjetivo fabulosus (y su derivado adverbial fabulose) empleado para desacreditar argumentos en el discurso historiográfico. Esto inspirado probablemente en el hecho de que la Biblia usa el término mythos (equivalente a fabula) en términos muy peyorativos. Así, como ha mostrado Jean-Claude Schmitt (2001), el cristianismo asume varias oposiciones en el espectro literario que remiten a concepciones de mundo irreconciliables: historia y fábula, cristianismo y paganismo, verdad y error (p. 58). No hay que olvidar, como bien anota Elisabeth Mégier (2002), que para los cronistas medievales el relato bíblico se encuentra del lado de la historia y por tanto está dotado de la más absoluta realidad histórica (p. 20).

En el Imperio Germánico el monje bávaro Frutolfo de Michelsberg († 1103) es un fiel seguidor de la tradición de Eusebio-Jerónimo. En su larga crónica universal califica generalmente a los relatos mitológicos clásicos como fabulæ, incluso cuando su fuente no los había considerado como tales. Además de ubicar en el tiempo el momento preciso de la composición de las fábulas6, individualiza algunas (Triptolemo, la Esfinge, la Gorgona, Pegaso, los hipocentauros) y finalmente agrega un aliæ multæ englobando en el mismo concepto los demás personajes de similares características (1844, p. 41-42)7. Hacia 1182, un autor desconocido compuso los Annales Palidenses en la abadía premostratense de Pöhlde (Baja Sajonia). Para ello se apoyó en la obra de Frutolfo retomando las explicaciones relativas a los héroes y seres mitológicos. En esta industria decidió dedicar un párrafo específico para desenmascarar las leyendas en torno al titán Prometeo y su parentela, donde recalca la responsabilidad que le cupo a los poetas, usando el verbo fingo (crear, inventar): “En su tiempo [rey Chebrón de Egipto] vivió Prometeo, de quien los poetas inventaron que había formado a los hombres del barro” (4r; traducción nuestra)8. Igual tratamiento recibe el familiar del héroe: “Su hermano Atlas fue un gran astrólogo. Como descubrió el curso de los astros en el monte Atlas, se dice falsamente (fabulose) que sostenía el cielo” (4r; traducción nuestra)9. La misma suerte le cupo a uno de sus descendientes: “Mercurio, nieto de Atlas, engendrado por su hija Maya, fue famoso por su pericia en muchas artes. Después de su muerte fue contado entre los dioses” (4r; traducción nuestra)10.

El obispo Otón de Freising († 1158), cisterciense y antiguo alumno de la escuela de París, escribió una de las crónicas universales más influyentes del siglo XII, la Chronica sive historia de duabus civitatibus, dedicada a su sobrino el poderoso emperador Federico Barbarroja. Al igual que sus contemporáneos, Otón es riguroso al momento de analizar la historia antigua y denunciar las fábulas de los paganos. Mientras que Busiris, Procne, Filomela, Tántalo, Pélope, Ganimedes, Edipo y Medea son recordados con vergüenza como grandes criminales de la Antigüedad (I, 19), las hazañas de Cécrope, quien supuestamente repobló la tierra después del diluvio ocurrido en tiempos de Deucalión (I, 17), y los centauros (I, 21) se cuentan entre las fábulas (in fabulis legitur) (I, 17), es decir, en los relatos de ficción. En el entender del obispo, estos no deben ser considerados bajo ningún respecto como historia y apenas pueden ser tomados en serio, como se aprecia en dos pasajes de su obra. En primer lugar, la leyenda de Faetón conduciendo el carro del sol es calificada de ridiculosa (ridícula, absurda): “En aquel tiempo un calor insoportable se abatió sobre la tierra porque el sol se desvió de su curso. Por eso los gentiles, engañados por un error pasajero, inventaron la ridícula fábula de Featón” (I, 18; traducción nuestra)11. En segundo lugar, hablando de los conflictos de los atenienses con el Minotauro, concluye: “no hay necesidad de que siga con la historia, que es muy conocida tanto por esta guerra como por los ingeniosos hechos de Dédalo [que se leen] en las fábulas, y porque es un tema muy usado por los niños en las escuelas (I, 21; traducción nuestra)12. Entonces, las historias de los héroes y dioses no pasan de ser cuentos para infantes.

Muy versado en teología y filosofía, el obispo introduce además un argumento de carácter teológico para lidiar con la mitología clásica: la acción de los demonios en el mundo. A veces, por mucho que intente historizarse un pasaje, las explicaciones no parecen suficientes. En estos casos queda la posibilidad de recurrir a lo sobrenatural, en un contexto dogmático y en el marco de la doctrina cristiana bien conocida. Es decir, se admite la intervención sobrenatural pero reservada a la acción del Dios cristiano como su prerrogativa exclusiva y a la acción de los demonios permitida por Aquel, como enseña la teología (Carozzi y Taviani-Carozzi, 1999, p. 42; Le Goff, 1991, p. 22-23). Se aprecia, por ejemplo, cuando el obispo narra las aventuras de Ulises y sus compañeros. Reacio por principio a dar crédito a los innumerables sucesos fantásticos del episodio, Otón debe reconocer que las fuentes históricas coinciden con los relatos de poetas y otros documentos (especialmente el De Officiis de Cicerón y las Epistulæ de Horacio). Ante el dilema se ofrecen dos posibilidades: que los sucesos sean una mera invención poética o que efectivamente hayan tenido lugar. Pero en este último caso, el obispo se ve en la obligación de echar mano de la argumentación teológica:

Si acaso inventan todos estos cuentos por amor a sus dioses o esas cosas pueden realmente suceder por la acción burlesca de los demonios y ciertas fuerzas ocultas de la naturaleza, decirlo no concierne a la presente obra (I, 26; traducción nuestra)13.

Inmediatamente después de enunciada esta conclusión, Otón brinda ejemplos tomados de Agustín de Hipona en los que los demonios operan transformaciones sobre las personas, y otras situaciones que escapan a las leyes de la naturaleza. Hacemos notar, sin embargo, que la palabra ludificatio empleada en esta explicación también tenía en la época el sentido de ‘ilusión’. Con ello, la acción de los demonios, sin dejar de ser burlesca, podría referirse a una ilusión de transformación y no tratarse necesariamente de una transformación en el plano físico.

En cualquier caso, el obispo fundamenta su método historiográfico en el recurso a los scriptores veridicos que constituye una constante a lo largo del relato. Para discriminar las fábulas de la realidad histórica recurre a los autores clásicos, como Cicerón u Horacio, con el fin de fundamentar por el argumento de autoridad sus aseveraciones, pudiendo así distinguir entre lo propio de la narración histórica y lo fictitium. El éxodo de los troyanos luego de la caída de su ciudad lo narra a partir del autor Dares Frigio, quien gozó de mucha estima en los siglos medievales. Esta ‘autoridad’ le permite salir al paso de la propaganda francesa en la que los habitantes del reino descendían de los exiliados troyanos por medio de Francón (o Franción), hijo de Héctor (Beaune, 1985, p. 25-74). Como el héroe epónimo de los francos no figura en la obra de Dares, concluye el obispo, “lo que se dice de Francón parece ficticio” (I, 26; traducción nuestra)14, es decir, inventado, fabricado, artificial y, por consiguiente, falso.

Es manifiesto, pues, el esfuerzo del obispo bávaro por buscar la explicación de los relatos mitológicos en las circunstancias históricas y concretas de la época o bien en consideraciones de tipo antropológico. Dicho de otra forma, no concede historicidad a los acontecimientos antiguos que no puedan ser explicados racionalmente, aun cuando por el mismo método histórico de la contrastación de fuentes parezcan tener consistencia real, a pesar de ser inverosímiles. Pero en este caso queda la posibilidad de explicarlos a partir de argumentos teológicos, o sea, desde la racionalidad de la discusión dogmática.

Honorio Agustodunense († c.1156), autor vinculado a la región de Baviera, se destaca por sus invectivas frecuentes contra las fábulas paganas. Su intención no es otra que dejar en claro la falsedad que radica en ellas, en algunos casos por tratarse de hechos que nunca ocurrieron, en otros porque se atribuye a seres humanos poderes incompatibles con su naturaleza. En la Summa totius de omnimoda historia, la obra de Esopo, compositor de fábulas por excelencia, queda reducida a una lectura ridicula (graciosa, extravagante, absurda) (12v) que servía en la Antigüedad para inspirar a los autores líricos como Horacio Flaco, Fedro y Flavio Aviano15.

Los ataques del cronista se abaten con especial rudeza sobre la figura de Homero. Sin negarle su condición de gran poeta y sabio, no le perdona que haya poblado la tierra de dioses y héroes al narrar las desventuras de los griegos en Troya o el periplo de Odiseo. De hecho declara que sus narraciones son falacias (mendacia)16 y recuerda que Homero fue el primero en escribir un tratado de nigromancia (14v, 21v)17. Hesíodo, por su parte, es calificado de mythologus, escritor de mitos (24v)18. Estos dictámenes son coherentes con un movimiento propio del siglo XII que pretende revalorizar a Dares Frigio y Heródoto como los primeros escritores de historia en Grecia (Hugo de Saint-Victor, III, 2)19, lo que lleva en forma más o menos explícita a marcar la distinción entre escritores de hechos verídicos (cronista, historiador) y escritor de ficciones (poeta). En efecto, de acuerdo con Isidoro de Sevilla, “los poetas dieron su nombre a la fábula derivándolo del verbo fari (hablar), porque no se trata de hechos reales, sino solamente de ficciones habladas” (I, 40, 1)20. Aunque la etimología que expone no es incorrecta (Corominas y Pascual, 1997, p. 296-297), el sabio hispalense aprovecha de jugar con la fonética para relacionar los términos fabula -fando (fari)- ficta, con el fin de dotar al término de un contenido que la gramática no le proporciona, lo que es una táctica recurrente en sus Etimologías.

La postura adversa de Honorio frente al fenómeno mitológico en la historia se mantiene en otro de sus trabajos titulado Imago mundi. Esta actitud se acomoda bastante bien a lo que postuló Valerie Flint (1981) acerca del carácter de la obra: en grandes líneas, una de las funciones del Imago sería la de hacer frente a la magia y a la astrología que se comenzaban a desarrollar en Occidente e intentar poner freno a la superstición (p. 229-238). Esto explica el porqué de la animosidad del autor contra los mitos antiguos y el intento por reducir al mínimo su presencia en el texto.

Esta animadversión hacia los poetas es aún más acentuada en Herrade de Landsberg († 1195), abadesa del monasterio de Hohenburg en el monte Sainte-Odile (Alsacia). Su célebre Hortus deliciarum, destruido durante la guerra franco-prusiana en 1870, es una gran enciclopedia que reúne textos del carácter más variado: teología, filosofía, artes liberales y crónicas universales como las de Beda y de Freculfo de Lisieux. Gracias a los fragmentos copiados antes de la desaparición del manuscrito y publicados después de la guerra (Straub y Keller, 1879-1899), sabemos que en el folio 32r había una gran imagen que invitaba a la reflexión respecto de las disciplinas que componen el saber. El centro de la imagen, y culmen del saber, lo constituye el círculo de la sapientia, la teología ayudada por la filosofía. Rodeando este círculo se observan las materias del trivium y quadrivium: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música; todo ello está rodeado a su vez por otro gran círculo. Fuera de este, en la parte inferior del folio, aparecen los poetas, calificados de ‘magos’ (poete vel magi) y representados por cuatro escritores cada uno con un ave negra en el hombro. Entre ellos se lee: “Estos escriben inspirados por espíritus inmundos el arte de la magia y la poesía, es decir, invenciones fabulosas” (Green et al., I, p. 33; traducción nuestra)21. De manera que las obras de los poetas-fabulistas no son solo remitidas al ámbito de la ficción sino también al campo de la ilusión maligna, del engaño y, en definitiva, del pecado. La condenación de su mala acción queda implícita.

Ya en el cambio de siglo, el premostratense Roberto de Auxerre († 1212) nos provee de una explicación diáfana en el surgimiento de las fábulas, poniendo énfasis en las verdades (veritatem rerum gestarum) ocultas bajo la máscara del mito:

En su tiempo comenzaron los misterios entre los griegos y fueron creadas las fábulas. En efecto, ellos quisieron ensombrecer la verdad de lo sucedido con algunos términos velados y así llamaron al cielo Juno, al éter Júpiter, al mar Neptuno y de igual modo a las demás cosas (16va; traducción nuestra)22.

Roberto complementa la lista de fábulas entregada décadas antes por Hugo de Fleury con el rapto de Proserpina, las hazañas de Teseo, Hércules, Perseo, el rey Pandión y sus hijas Procne y Filomela23. No pierde la ocasión para desenmascarar el mito de la Gorgona, reduciéndola a los fríos términos de la prostitución antigua: “[Perseo] también cortó la cabeza de la meretriz Gorgona, quien por su belleza eximia dejaba a quienes la miraban completamente desarmados, por lo que se creía que los convertía en piedra” (16 va; traducción nuestra)24. Su contemporáneo Nicolás de Amiens († post 1204), canónigo de la catedral, terminó de redactar su crónica universal en 1203. Si bien no se detiene mayormente en el problema de la mitología y de las fábulas, siente la necesidad de restituir a un personaje bíblico lo que la imaginación de los antiguos le sustrajo perversamente. Según la Biblia (Gn 4,21), el patriarca Júbal hijo de Lamec fue el inventor de la música, “invención que los griegos atribuyen falsamente a Pitágoras” (3r; traducción nuestra)25. Es el culmen de un proceso de depuración lento y profundo en virtud del cual se niega la condición sobrenatural de los héroes paganos y, a la vez, se alza el escrito cristiano como máxima autoridad, no solo en el plano doctrinal sino también en el histórico.

Conclusiones

Con esta breve exposición hemos tratado de mostrar que durante el siglo XII, los autores de crónicas universales enriquecieron considerablemente el léxico asociado a la mitología antigua, léxico caracterizado por palabras que tienden a desacreditar la veracidad de aquellos pasajes. Al uso frecuente del término fabula añadieron los adjetivos ficta, fictitia, ridicula, ridiculosa para referirse a los relatos paganos relacionados con los dioses, mientras que los autores de esos relatos fueron calificados como mendaces. Algunos cronistas, para reforzar su discurso, agregaron el adjetivo incredibilis o el adverbio incredibile al describir las hazañas de algunos héroes clásicos, como hace Otón de Freising cuando refiere el encuentro de Alejandro Magno con los árboles parlantes del Sol y de la Luna en la India y las demás cosas maravillosas que allí vio (II, 25).

Creemos que la desmitificación o ‘historización’ de las fábulas entre los cronistas cristianos no responde únicamente al rechazo de lo mitológico en cuanto pagano y, por tanto, contrario a la religión revelada26. Esta actitud, que se enraíza en un proceso de evemerismo consciente y de larga data, fue sobrepasada por la puesta en práctica de lo que podríamos llamar una incipiente metodología de la historia. Esta podría caracterizarse preliminarmente por los siguientes elementos: la búsqueda de una verdad histórica (que arrancaba para los cronistas de la verdad teológica sobre el mundo y el ser humano), la elaboración de una estructura narrativa en torno a la verosimilitud, y la aparición de una crítica historiográfica moderada pero real27. Con esta metodología, muchas generaciones de cronistas procuraron sacar los relatos antiguos de la dimensión del mito y traerlos al espacio de la historia.

A partir de lo que se ha presentado, pensamos que se nos abren dos vías de investigación para completar este cuadro. En primer lugar, habría que profundizar en el tratamiento de los pasajes mitológicos que se da en los llamados romans d’antiquité escritos en la misma época. Estos romans están estrechamente emparentados con las narraciones de la Antigüedad clásica (Ainsworth, 2003)28 y en ellos la figura mitológica se explota en razón del contenido literario y del divertimiento como producto final. Una comparación entre estos y las crónicas universales permitiría ciertamente profundizar en el delineamiento de la narrativa histórica frente a la incipiente literatura de ficción en Europa (que se convertiría con el tiempo en la novela), contribuyendo a la discusión entre los géneros literarios en la Edad Media. En segundo lugar, sería muy provechoso cotejar este tratamiento de la mitología clásica con la recepción de otras mitologías como la celta o la germánica. De hecho, sorprende constatar que los cronistas son muy reticentes a incorporar en sus obras relatos provenientes del ciclo artúrico o de los lais de origen celta. Incluso las proezas de los reyes britanos descritas en la Historia regum Britanniae de Godofredo de Monmouth, un texto que sedujo a muchos intelectuales del siglo XII, rara vez son mencionadas en las crónicas universales. Asimismo, no es frecuente encontrar a los dioses y héroes del panteón nórdico sometidos al proceso de evemerismo que se aplicaba a la mitología grecorromana29. ¿Por qué los dioses celtas y germánicos no gozaban de la atención necesaria, siquiera para merecer una explicación de parte de los evangelizadores y teólogos? Todo parece indicar que los autores medievales se atrevieron a jugar con la mitología clásica porque esta había sido declarada fabula y, por tanto, libre ya de generar conflictos en el plano doctrinal-religioso. No así las divinidades de los bosques, de las fuentes, de los caminos y las rocas, que seguían viviendo entre la imaginación y las tradiciones orales de los europeos.

NOTA

Este estudio ha sido posible gracias al apoyo económico del fondo FAA de la Dirección de Investigación e Innovación de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.

Obras citadas

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1Item inter historiam et argumentum et fabulam interesse. Nam historiae sunt res verae quae factae sunt; argumenta sunt quae etsi facta non sunt, fieri tamen possunt; fabulae vero sunt quae nec factae sunt nec fieri possunt, quia contra naturam sunt.

2Si bien en el espacio anglonormando (Inglaterra y Normandía) también hubo una producción cronística importante en la época, en lo que respecta a las crónicas universales, estas son herederas directas de los ejemplares producidos en Francia y en el Imperio Germánico. Juan de Worcester († post 1141) copia directamente a Mariano Escoto, que floreció en Maguncia, y Raúl el Negro (†) usa la crónica de Hugo de Fleury como base para su trabajo. En cuanto a Roberto de Torigni († 1186) y Raúl de Diceto († 1202), sus obras no abordan el problema de las fábulas antiguas. Tampoco las crónicas de Winchcombe y Coventry (c. 1150), que comienzan sus relatos con el nacimiento de Cristo. Las escasas crónicas universales producidas en la Península Ibérica o en Italia presentan una situación similar. La primera parte de la Crónica de Nájera (c. 1180) está tomada de la Chronica maiora de Isidoro, con pequeñas variaciones, mientras que la crónica de Romualdo de Salerno († 1181) se basa fuertemente en la Chronica maiora de Beda el Venerable.

3Per idem etiam tempus celebres apud gramaticos fabulę sunt invente.

4Fabula scilicet de Triptolemo, quod iubente Cerere anguium portatus alis, indigentibus terris frumenta volando cumtulerit [sic]; de Minotauro, quod bestia fuerit inclusa laberinto, quo cum intrassent homines inextricabili errore inde exire non poterant; de Centauris, quod e<qu>orum hominumque fuerit natura coniuncta; de Tricerbero, quod sit triceps inferorum canis; de Frixo et Helle eius sorore, quod vecti ariete volaverint; de Gorgone, quod fuerint crinita serpentibus et aspicientes se convertebat in lapides; de Bellorofonte, quod equo pennis volante sit vectus, qui equus Pegasus dictus est; de Anphione, quod citharę suavitate lapides mulserit et adtraxerit; de fabro Dedalo et eius filio Icaro, quod sibi aptatis pennis volaverint; de Edippo quod monstrum quoddam, quod spinga dicebatur humana facie quadrupes, soluta quę ab illo proponi solebat velut insolubile questione, suo precipitio perire compulerit; de Antheo quem necavit Hercules, quod filius fuerit terrę, propter quod cadens in terram fortior soleret assurgere; de Ganimede puero ad stuprum rapto, quod nefas non Iovis cui adscribitur sed rex Tantalus fecisse refertur; Danaes ętiam per imbrem aureum ipsius Iovis fertur adepta fuisse concubitum, ubi subintelligitur mulieris pudicitia auro fuisse corrupta.

5Illae quippe res gestae quae nulla regum ac temporum certitudine commendantur, non per historiam recipiuntur, sed inter aniles fabulas deputantur.

6Aliae quoque fabulae his temporibus fictae sunt.

7De Gorgone scilicet, quod serpentibus crinita fuerit et pulchritudine sui asspectus [sic] homines in lapides converterit, de Pegaso equo ex eius sanguine nato, de Yppocentauris, quod equorum hominumque natura permixti sint, et aliae multae.

8His temporibus [Chebron secundus Egiptiorum rex] fuit Prometheus, a quo homines factos esse de luto fingunt poete.

9Cuius [Promethei] frater Athlas magnus fuit astrologus. Qui quoniam cursus siderum in Athlante monte deprehendit, fabulose celum portare dictus est.

10Mercurius etiam nepos Athlantis ex filia Maia, multarum artium peritus claruit. Qui post mortem in numero deorum habitus est.

11Eo tempore sole per devia oberrante fervor intolerabilis terra exussit. Unde ridiculosam Phetontis fabulam vario errore delusa gentilitas texuit.

12Quam hystoriam non solum ex hoc bello, sed etiam ex artificiosus factis Dedali in fabulis notissimam, a puerisque in scolis tritam prosequi non oportet.

13Quae omnia utrum deorum suorum amore fingant, an ita ludificatione demonum ac quibusdam abditis naturae seminibus fieri possint, dicere presentis non est operis.

14Quare et hoc, quod de Francone traditur, ficticium videtur.

15Aesopus Atheniensis ex responso Delphici Apollinis primo ridicula exorsus est ut legenda firmaret. Cuius postea fabulas Socrates divinis operibus indidit et Flaccus Horatius poemati suo. Eas etiam fabulas collectas Phedrus in v libros distinxit, quarum partem decerpsit Avianus.

16Sybilla quarta claruit Erithrea vel Babylonica nomine Harophila. Quę Grecis de Troia peritura vaticinavit homerumque mendacia vel incendia scripturum, et Lesbios amissuros imperium.

17Homerus librum nicromantię fecit primus.

18Esiodus poeta mythologus et hystoricus insignis. Qui primus orpheum secutus cerimoniarum libros descripsit et agriculturę.

19Divinam historiam primus Moyses scripsit. Apud gentiles primus Darhes Phrygius Trojanam historiam edidit, quam in foliis palmarum ab eo scriptam esse ferunt. Post Darhetem in Graecia Herodotus historicus primus habitus est.

20Fabulas poetae a fando nominaverunt, quia non sunt res factae, sed tantum loquendo fictae.

21Isti inmundis spiritibus inspirati scribunt artem magicam et poetriam, id est, fabulosa commenta.

22Sub huius tempore primum apud Grecos cepere mysteria, et fabule sunt invente. Voluerunt enim veritatem rerum gestarum quibusdam adumbrare in tegumentis verborum, appellantes aerem Iunonem, Iovem etherem, mare Neptunum et cetera huiusmodi.

23Fabula Proserpine quam rapuit Orcus rex Molossorum. Cuius canis ingentis magnitudinis Cerberus nomine Peritoum devoravit, qui ad raptum uxoris eius cum Theseo venerat. Quem et ipsum iam in mortis periculo constitutum adveniens Hercules liberavit, et ob id quasi ab inferis receptus dicitur. Achaia ab Acheo condita. Ea que de Progne et Philomena filiabus Pandionis regis dicuntur tunc gesta sunt. Hisdem temporibus Perseus a Grecia in Asiam transvectus est, ubi barbaras gentes Gravi diuturnoque bello domuit, et novissime victor subiecte genti nomen dedit. Namque a Perseo Perse sunt vocati. […] Hac etate Phrinxus cum Hella sorore fugiens insidias novercales, visus est per mare vehi ab ariete aurei velleris. Fuit autem ei novis parata fugienti, cuius insigne aries erat. Porro Palephatus affirmat arietem vocatum nutritorem eius, per quem liberatus sit.

24Hic [Perseus] etiam Gorgonis meretricis caput desecuit, que propter eximiam pulchritudinem ita spectatores suos mentes inopes reddebat ut vertere eos putaretur in lapides.

25Quo fabricante [Tubailcaim], Iubal, sono malleorum delectatus, ex ponderibus, eorum proportiones et consonantias que ex eis nascuntur excogitavit, quam rem Greci Pictagore fabulose attribuunt.

26Paralelamente a la supresión de los dioses grecorromanos, los cronistas nutrieron sus relatos con las vidas y los milagros de los santos cristianos. Esto dio origen a la veta hagiográfica de la historiografía medieval. Si la hagiografía pertenece o no al ámbito de la escritura de la historia, es un tema que sigue suscitando encarnizados debates (Bourdé y Martin, 1983, p. 50; Aurell M., 2010, p. 58; Aurell J., 2013, p. 112-113). En cualquier caso, la hagiografía produjo lo que Jean-Claude Schmitt (2001) llamó “mitología cristiana” (p. 53), aunque no compartimos su idea de que esta se basa en la cristianización de los dioses y héroes antiguos (p. 70).

27En este sentido, por ejemplo, las normas del género historiográfico impedían a los cronistas medievales hacer interpretaciones alegóricas y moralizantes de Homero y de Virgilio, como sí hacían los filósofos y tratadistas políticos (Curtius, 1995, p. 292-298).

28Piénsese, por ejemplo, en el Roman d’Énéas, el Roman de Thèbes, el Roman de Troie de Benoît de Sainte-Maure, y en los diferentes romans d’Alexandre (Alberico de Pisançon, Alejandro de París, Lamprecht, Tomás de Kent, Gualterio de Châtillon).

29Con la notable excepción del autor danés Saxo Gramático († 1220) y su escrito Gesta Danorum.

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